Como era costumbre, Carmina estaba sentada detrás del mostrador de la tienda de su abuela, jugueteando con un bolígrafo mientras el lento tic-tac del reloj en la pared marcaba el paso del tiempo. Afuera, el aire fresco y crujiente del otoño barría las hojas secas por la acera, llevándolas de un lado a otro en pequeños remolinos. Pocos clientes se aventuraban a entrar en la tienda, preferían quedarse en casa o pasear por el parque cercano, disfrutando del clima templado. Carmina se acomodaba en su silla, estirándose de vez en cuando, mientras observaba cómo las nubes grises se movían lentamente por el cielo, presagio de una posible llovizna.
Con un suspiro, dejó caer la cabeza sobre el mostrador, su cabello cayendo como una cortina desordenada frente a sus ojos. Levantó la mirada y recorrió con aburrimiento los estantes llenos de productos: latas de sopa, paquetes de galletas, refrescos alineados de manera impecable. Todo se le hacía monótono. Los días sin clientes eran así, largos y pesados, especialmente en aquella tienda de conveniencia que había sido parte de su vida desde que tenía memoria.

De repente, comenzó a tararear suavemente para romper el silencio. Era una canción que tenía atrapada en la cabeza, algo melancólica pero también reconfortante. —" Devuélveme la vida ~" —murmuró, dejando que las palabras salieran casi sin pensar. La voz de Carmina era apenas un susurro, acompañada por el suave murmullo del refrigerador de bebidas.

Se enderezó en su asiento y tamborileó con los dedos sobre la madera del mostrador, mirando a la puerta, esperando que alguien —cualquiera— entrara a darle algo de acción. Pero nadie entraba, y el tedio seguía. —" Y el no querer odiarte…~" —continuó, esta vez un poco más fuerte, dejando que el eco de su voz llenara el pequeño espacio de la tienda. Sonrió para sí misma, atrapada en el ritmo de la canción, dejando que su mente se evadiera por un momento.

Su abuela, Lucia, apareció de repente desde la trastienda, cargando una caja de productos. La observó desde el otro lado del mostrador, con una sonrisa cariñosa, aunque sus ojos siempre parecían algo apagados desde la partida de Pietro.

—"¿Aburrida otra vez, Carmina?" —preguntó con ese tono que mezclaba paciencia y cariño. Carmina se encogió de hombros, aun canturreando.
—"Un poquito" —respondió, alzando las cejas con una mueca juguetona—. Aunque estaba en mi concierto privado, ¿sabes? —bromeó antes de volver a cantar en un susurro—. "Alíviame esta herida…"

Lucia sonrió, pero esta vez fue una sonrisa más débil, casi nostálgica. Dejó la caja en el suelo y sacudió las manos, sus dedos arrugados como el tiempo que había pasado desde que Pietro ya no estaba. —"Tu abuelo siempre decía que tu voz llenaba esta tienda más que cualquier cliente" —comentó en voz baja, mirando el mostrador que él solía ocupar. Carmina se quedó en silencio un momento, su canción atrapada en su garganta. Miró a su abuela, sintiendo el peso de la ausencia, pero luego dejó que las palabras fluyeran otra vez, como un bálsamo.

—" O dame de perdida mi corazón por partes…~" —repitió en un susurro, más suave esta vez, pero con un sentimiento que resonaba más profundo. El día seguía siendo lento y monótono, pero su canto ahora parecía llenar algo más que el silencio, como si también calmara los recuerdos que flotaban en la tienda, junto con el aire pesado de la tarde.
Como era costumbre, Carmina estaba sentada detrás del mostrador de la tienda de su abuela, jugueteando con un bolígrafo mientras el lento tic-tac del reloj en la pared marcaba el paso del tiempo. Afuera, el aire fresco y crujiente del otoño barría las hojas secas por la acera, llevándolas de un lado a otro en pequeños remolinos. Pocos clientes se aventuraban a entrar en la tienda, preferían quedarse en casa o pasear por el parque cercano, disfrutando del clima templado. Carmina se acomodaba en su silla, estirándose de vez en cuando, mientras observaba cómo las nubes grises se movían lentamente por el cielo, presagio de una posible llovizna. Con un suspiro, dejó caer la cabeza sobre el mostrador, su cabello cayendo como una cortina desordenada frente a sus ojos. Levantó la mirada y recorrió con aburrimiento los estantes llenos de productos: latas de sopa, paquetes de galletas, refrescos alineados de manera impecable. Todo se le hacía monótono. Los días sin clientes eran así, largos y pesados, especialmente en aquella tienda de conveniencia que había sido parte de su vida desde que tenía memoria. De repente, comenzó a tararear suavemente para romper el silencio. Era una canción que tenía atrapada en la cabeza, algo melancólica pero también reconfortante. —" Devuélveme la vida ~" —murmuró, dejando que las palabras salieran casi sin pensar. La voz de Carmina era apenas un susurro, acompañada por el suave murmullo del refrigerador de bebidas. Se enderezó en su asiento y tamborileó con los dedos sobre la madera del mostrador, mirando a la puerta, esperando que alguien —cualquiera— entrara a darle algo de acción. Pero nadie entraba, y el tedio seguía. —" Y el no querer odiarte…~" —continuó, esta vez un poco más fuerte, dejando que el eco de su voz llenara el pequeño espacio de la tienda. Sonrió para sí misma, atrapada en el ritmo de la canción, dejando que su mente se evadiera por un momento. Su abuela, Lucia, apareció de repente desde la trastienda, cargando una caja de productos. La observó desde el otro lado del mostrador, con una sonrisa cariñosa, aunque sus ojos siempre parecían algo apagados desde la partida de Pietro. —"¿Aburrida otra vez, Carmina?" —preguntó con ese tono que mezclaba paciencia y cariño. Carmina se encogió de hombros, aun canturreando. —"Un poquito" —respondió, alzando las cejas con una mueca juguetona—. Aunque estaba en mi concierto privado, ¿sabes? —bromeó antes de volver a cantar en un susurro—. "Alíviame esta herida…" Lucia sonrió, pero esta vez fue una sonrisa más débil, casi nostálgica. Dejó la caja en el suelo y sacudió las manos, sus dedos arrugados como el tiempo que había pasado desde que Pietro ya no estaba. —"Tu abuelo siempre decía que tu voz llenaba esta tienda más que cualquier cliente" —comentó en voz baja, mirando el mostrador que él solía ocupar. Carmina se quedó en silencio un momento, su canción atrapada en su garganta. Miró a su abuela, sintiendo el peso de la ausencia, pero luego dejó que las palabras fluyeran otra vez, como un bálsamo. —" O dame de perdida mi corazón por partes…~" —repitió en un susurro, más suave esta vez, pero con un sentimiento que resonaba más profundo. El día seguía siendo lento y monótono, pero su canto ahora parecía llenar algo más que el silencio, como si también calmara los recuerdos que flotaban en la tienda, junto con el aire pesado de la tarde.
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