Shoko se deslizaba suavemente en la serenidad de su habitación, un espacio decorado con estantes repletos de libros de medicina y pequeños detalles personales. Se quitó su bata blanca y la colgó cuidadosamente en la puerta, revelando una camisa de algodón suave que abrazaba su figura esbelta. Se cepilló el cabello con movimientos lentos y precisos, su mente repasando los eventos del día. Al encender una lámpara tenue, su habitación se llenó de una luz cálida y acogedora. Se acostó en su cama, cubriéndose con una manta ligera, y dejó escapar un suspiro de cansancio, lista para sumergirse en el descanso merecido.
Shoko se deslizaba suavemente en la serenidad de su habitación, un espacio decorado con estantes repletos de libros de medicina y pequeños detalles personales. Se quitó su bata blanca y la colgó cuidadosamente en la puerta, revelando una camisa de algodón suave que abrazaba su figura esbelta. Se cepilló el cabello con movimientos lentos y precisos, su mente repasando los eventos del día. Al encender una lámpara tenue, su habitación se llenó de una luz cálida y acogedora. Se acostó en su cama, cubriéndose con una manta ligera, y dejó escapar un suspiro de cansancio, lista para sumergirse en el descanso merecido.
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