El blanco inmaculado de la celda no era una agresión para sus ojos; al contrario, le resultaba de una comicidad exquisita. Bajo el efecto de las pastillas que el personal le había suministrado con una diligencia casi religiosa antes de encerrarlo, el brillo de las paredes parecía vibrar con una intensidad divertida. Viktor permanecía inmóvil, disfrutando de cómo la lona áspera de la camisa de fuerza intentaba, en vano, convencerlo de su supuesta fragilidad humana.

Resultaba irónico, casi poético: alimentarse del pulso ajeno en el corazón eléctrico de Londres seguía siendo considerado un comportamiento profundamente… incívico.

Cerró los ojos, dejando que la sedación bailara con sus recuerdos de la noche anterior. La música se había fracturado en un estruendo súbito; el pánico se había filtrado por la sala con una voracidad que superaba a la de la propia sangre. Alguien había gritado. Alguien había invocado a la ley. Alguien, en un arrebato de negación, decretó que lo que acababan de presenciar no era más que un error de la realidad. Y cuando Londres se enfrentaba a lo imposible, siempre aplicaba la misma solución exquisitamente civilizada para anestesiar el miedo: El diagnóstico.

Allí se encontraba él, una figura pálida bajo la restricción de las correas, sintiendo el rastro químico de los fármacos como un cosquilleo interesante en sus venas. Estaba sitiado por paredes que fingían ser nubes y observado por un concilio de hombres grises que garabateaban notas incesantes sobre "delirios clínicos" y "psicosis de vampirismo". Lo estudiaban con una paciencia estéril, aguardando el instante en que su voluntad se quebrara y admitiera que todo había sido un truco.

Esperaban que confesara:

 * Que el hierro en su lengua no era sangre.

 * Que el marfil en sus encías no eran colmillos.

 * Que el hambre... no era aquel vacío ancestral que lo devoraba por dentro.

A Viktor, el diagnóstico le resultaba fascinante, casi tierno en su profunda ignorancia. Sin embargo, lo verdaderamente sustancial para él no era el encierro, ni aquel altar levantado a la cordura humana. Lo que realmente le divertía, mientras el sedante suavizaba los bordes del mundo, era imaginar cuánto tardarían aquellos hombres en procesar la única verdad que importaba. Creían haberlo confinado por haber perdido el juicio, pero en realidad lo habían enjaulado porque, durante un breve y glorioso segundo, el vampiro había olvidado el tedio de fingir que era uno de ellos.

Esbozó una sonrisa imperceptible bajo las correas. Podía marcharse cuando se le antojara, pero la idea de quedarse un tiempo más, observando cómo la ciencia intentaba diseccionar un mito bajo el efecto de sus propias drogas, era una distracción demasiado exquisita como para desperdiciarla.