La noche en que el Rey Demonio murió, el cielo no se iluminó.

Se pudrió.

Las nubes colgaban sobre el castillo como carne descompuesta, hinchadas por relámpagos enfermos que iluminaban, por instantes breves y atroces, montañas enteras de cadáveres. El aire olía a hierro, a vísceras calientes, a humo y lluvia mezclados con sangre.

El héroe avanzaba arrastrando una pierna.

Cada paso dejaba una huella roja detrás de él.

No sabía ya si aquella sangre pertenecía a sus enemigos... O a sí mismo.

La espada sagrada arrastraba un peso muerto, como si cada alma que había cortado siguiera aferrada a ella.

Sus dedos tenían la carne desgarrada hasta el hueso por sostenerla demasiado tiempo. Los nervios expuestos temblaban bajo la lluvia fría.
Tenía un pulmón perforado. La respiración le producía un sonido húmedo y nauseabundo, como un animal ahogándose lentamente en su propia sangre.

Pero siguió caminando.

Porque detrás de él no quedaba nada.

El mago, su amigo de hace largos años, había muerto gritando mientras las llamas le derretían el rostro desde dentro.
La santa, su protegida, había sido encontrada de rodillas, todavía rezando, con los ojos arrancados de las cuencas.
Y la guerrera… Ah, la guerrera… Su pareja, su acompañante, su compañera de vida.

A ella la dejaron clavada sobre las puertas del castillo demoníaco.

Desnuda.

Abierta desde la garganta hasta el vientre.

Los cuervos ya le habían vaciado los intestinos cuando el héroe llegó demasiado tarde.

Y aun así siguió avanzando.

Porque el mundo debía salvarse.

Porque los hombres siempre llaman “destino” al sendero de sangre sobre el que obligan caminar a sus mártires.

El Rey Demonio lo esperaba sentado sobre un trono hecho de espinas y huesos humanos fusionados por magia negra. Decenas de rostros deformes sobresalían todavía de aquella estructura monstruosa; bocas petrificadas en un último grito silencioso.

El monstruo contempló al héroe con una expresión extrañamente cansada.

Como un verdugo obligado a repetir una tarea demasiado vieja.

Mira en qué te has convertido —dijo.

La voz no retumbó.

Se deslizó.

Entró por los oídos del héroe como gusanos arrastrándose dentro de un cadáver.

El héroe no respondió.

Ya no tenía palabras.

Las había dejado atrás junto con los cuerpos de quienes había amado.

Entonces, atacó.

La batalla no fue gloriosa.

No hubo elegancia.

No hubo honor.

Solo violencia.

Violencia desnuda, absoluta, animal. 
Dos criaturas rotas, hambrientas de la sangre del otro y condenadas a despedazarse hasta no dejar nada.

La espada atravesando carne negra.
Garras arrancando trozos de rostro.
Huesos rompiéndose como ramas húmedas.
Dientes humanos escupidos sobre el suelo.
Sangre cayendo del techo en hilos espesos.

El héroe perdió un ojo.

El Rey Demonio perdió la mandíbula.

Y continuaron peleando.

Porque hay seres que dejan de pelear por sueños o principios... Y siguen respirando únicamente por el odio que les pudre las entrañas.

Finalmente, el héroe hundió la espada sagrada en el pecho del monstruo.

La hoja atravesó el corazón.

La luz explotó.

El castillo entero comenzó a colapsar entre alaridos de piedra y fuego.

Y entonces ocurrió algo inesperado.

El Rey Demonio comenzó a reír.

No una carcajada furiosa.

No.

Era una risa suave.

Compasiva.

La risa de alguien que contempla a un condenado caminando voluntariamente hacia el abismo.

La sangre negra brotaba de su boca mientras inclinaba la cabeza hacia el héroe.

¿De verdad crees... —tosió— ...que ellos son distintos de mí?

El héroe hundió aún más la espada.

El monstruo siguió sonriendo.

Y murió.

Sonriendo.

Cuando regresó a la capital, lo recibieron como a un dios.

Las calles rebosaban flores.
Los niños repetían su nombre como si fuese una oración.
Las mujeres lloraban al verlo pasar.
Los reyes inclinaban la cabeza con esa humildad teatral que solo poseen quienes jamás han conocido la humillación verdadera.

Le construyeron estatuas.

Le escribieron himnos.

Y en el festival bajo su nombre; los hombres celebraron.

Celebraron mientras los campos seguían llenos de cuerpos hinchados por los gusanos.
Celebraron mientras las viudas vendían sus cuerpos para comprar pan.
Celebraron mientras los niños arrancaban carne de los muertos durante las hambrunas.

Los nobles organizaron banquetes.

El olor de la carne asada llenaba salones iluminados por candelabros de oro mientras, afuera, mutilados de guerra morían congelados contra las murallas del palacio.

El héroe observó todo aquello en silencio.

Veía cómo los soldados vencedores violaban mujeres en pueblos “liberados”.
Cómo sacerdotes bendecían ejecuciones públicas.
Cómo comerciantes enriquecidos por la guerra compraban esclavos entre los huérfanos.

Y comprendió.

Comprendió la verdad más obscena de todas:

Los demonios nunca habían corrompido a la humanidad.
La humanidad ya estaba podrida antes de que el primer demonio aprendiera siquiera a hablar.

Y, poco a poco, una idea —atroz como una araña creciendo dentro de un cráneo— comenzó a extenderse en la mente del héroe:

Quizás, el Rey Demonio no era la enfermedad.

Quizás, era solamente el síntoma.

Desde entonces, el héroe comenzó a pudrirse por dentro.

Dejó de hablar.

Dejó de dormir.

A veces, despertaba cubierto de sangre porque había intentado arrancarse la piel durante la noche. Otras veces permanecía inmóvil durante horas mirando su reflejo en un recipiente de agua, intentando descubrir en qué momento su ojo había empezado a parecerse tanto al del monstruo que mató.

A veces, escuchaba voces.

No voces divinas.

No.

Las voces de sus compañeros muertos.

El mago riendo mientras ardía en vida.
Los sollozos de la santa entre lágrimas de sangre.
La guerrera cuestionándose porque fue débil.

Y detrás de todas ellas...

La risa del Rey Demonio.

Siempre esa risa.

Siempre tan vivida.

El héroe bebía hasta el amanecer intentando arrancarse los recuerdos, pero el alcohol solo volvía más nítidas las tumbas.

Y cuanto más pensaba en la humanidad, más repulsiva le parecía.

El hombre —esa criatura vanidosa que se proclama hijo de la luz— no era sino un animal cruel que había aprendido a disfrazar sus instintos con palabras bonitas, completamente elegantes.

Justicia. Honor. Fe. Reino. Amor. Compasión.

Máscaras.

No eran más que preciosas máscaras ocultando su pútrido interior.