Desde que su memoria alcanzaba a registrar el paso de los siglos, Viktor dormía de aquella manera. No recordaba con exactitud cuándo aquella rutina se había convertido en su único dogma, pero tampoco le importaba; simplemente, siempre había sido su forma de alcanzar el verdadero descanso. Mientras el mundo exterior vibraba bajo el sol y los mortales corrían frenéticos tras un tiempo que creían controlar, él permanecía en una inmovilidad absoluta, envuelto en la caricia de las tinieblas.
Viktor comprendía bien la balanza de su linaje: el sol drenaba su energía con una voracidad implacable, mientras que la noche se encargaba de renovarla con cada sombra que se alargaba sobre Valaquia. Por ello, su ciclo era el espejo inverso de la humanidad; descansaba cuando otros despertaban, reservando cada ápice de su fuerza para disfrutar plenamente de los tesoros que solo la oscuridad absoluta podía ofrecer.
Su lecho no era una cama de seda, sino un ataúd de madera noble que dictaba su naturaleza. Allí, el silencio era absoluto, la luz no se atrevía a profanar el espacio y el mundo ruidoso desaparecía por completo durante unas horas necesarias de olvido.
Había quienes llamaban a aquella costumbre algo extraño, incluso perturbador, pero para Viktor no existía la rareza en lo que era puramente instintivo.
Aquello no era una excentricidad, sino la marca que lo hacía diferente. Y para un Brașov, lo diferente no era una carga, sino aquello que los volvía verdaderamente especiales. Se acomodaba en su refugio de terciopelo, dejando que la tapa se cerrara sobre él como el punto final de una frase bien escrita.
Al final, el descanso no era una huida, sino el umbral hacia una noche que siempre le pertenecía.