La existencia de Viktor no se reducía únicamente al mármol frío ni al silencio del Castillo. Fuera de los muros del Castillo Brașov, el mundo reclamaba su presencia de una forma mucho más salvaje. Uno de sus hábitos más arraigados, y el que más aire puro le otorgaba a sus pulmones, era recorrer los caminos que rodeaban la propiedad familiar a lomos de Noctis, su imponente Shire negro.
Desde los senderos rurales que serpenteaban entre la maleza hasta el casco antiguo, allí donde la piedra todavía parecía recordar más de lo que los libros de historia se atrevían a confesar, Viktor y Noctis se convertían en una única sombra en movimiento. El Shire, un animal de una fuerza y elegancia hercúleas, avanzaba con un pulso rítmico que acompasaba la mente del vampiro.
Viktor disfrutaba de cómo la noche lo transformaba todo a su paso. Bajo su mirada, las calles se apagaban y el ruido mundano se retiraba como una marea baja, dejando que la ciudad comenzara a respirar sin espectadores. Era en ese preciso instante cuando el mundo revelaba su verdadera cara; una que los mortales, en su afán por la luz, nunca llegarían a conocer. Para quienes, como él, sabían apreciarla, existía una belleza inexplicable en el silencio absoluto de las calles adoquinadas y en la quietud de un mundo donde el sol ya no gobernaba. No era una soledad vacía, sino una plenitud cargada de misterio.
Sentir el músculo de Noctis tensarse bajo él mientras cruzaban puentes antiguos y plazas desiertas le recordaba que su dominio no terminaba en las puertas del castillo. La noche era su reino, y cada galope sobre la tierra húmeda de Valaquia era una reafirmación de su libertad.