Para Viktor, la noche nunca había sido un simple escape de la mirada del mundo; era, en toda la extensión de la palabra, su verdadero hogar.

Mientras el resto de los mortales se arrastraba bajo el yugo del sol, él comenzaba su verdadera existencia en el instante en que la luna reclamaba su trono sobre el manto celestial. Era entonces cuando el silencio se volvía cómplice y Umbra, su lobo, emergía de entre las sombras para acompañarlo.

El animal vigilaba los alrededores con ojos ámbar mientras Viktor se entregaba a lo que su propia naturaleza le exigía.

Su Clan familiar, con su milenaria sofisticación, había cometido el error de convertir la sangre en pura logística. Los Brașov la habían transformado en un sistema de normas, en una administración fría y protocolaria que Viktor no encontraba nada atractiva. Por eso, encontraba un placer casi eléctrico en desafiar cada una de sus reglas.

Viktor no cazaba meramente por la necesidad física del hambre. Lo hacía por el éxtasis de sentir el pulso del miedo acelerándose en la sangre de sus víctimas, una vibración que solo se percibía cuando la presa comprendía que no había salida.

Para él, cada incursión nocturna era un acto de rebelión, una forma de romper las leyes que otros en su linaje veneraban como sagradas.

No sentía el menor temor por lo que habitaba en la penumbra, pues comprendía que él mismo era la entidad más peligrosa de ese reino. Mientras algunos humanos se estremecían ante los ruidos inexplicables y las sombras alargadas, Viktor se fundía con ellas con una naturalidad aterradora.

Él no caminaba por la oscuridad; él le pertenecía. Era una parte indivisible de ese vacío que devoraba la luz, un depredador que recordaba al mundo que el orden de los Brașov era solo una máscara para la bestia que siempre latía debajo.