Las sábanas y mantas estaban revueltas alrededor de sus cuerpos, todavía cálidas a pesar del frio adherido a las paredes del castillo de Invernalia, como si guardaran el secreto silencioso de lo que acababa de ocurrir en aquella cama. El aire tenía ese ligero cariz denso y lento que solo surge después de conocerse demasiado bien, cuando ya no queda nada que demostrar tan solo la verdad más absoluta… y, aun así, tampoco hay nada que añadir.

Daenerys Targaryen permanecía tumbada, con un brazo por encima de la cabeza y el cabello desordenado y revuelto extendido sobre la almohada de plumas. Su respiración ya se había calmado y tornado algo más calma y reflexiva, pero su mente no. Los ojos claros de la reina Targaryen miraban hacia el techo sin verlo realmente, pues realmente ella estaba atrapada en pensamientos que no terminaban de tomar forma clara. Y eso, le molestaba.

A su lado, Daario Naharis no parecía tener prisa por moverse ni salir de entre las mantas al frio de la noche de Invernalia. Apoyado sobre un costado, observaba a la Targaryen con esa mezcla de interés y calma que siempre lo caracterizaba, como si cada ligero gesto de ella fuese algo digno de ser memorizado y recordado. Sus dedos recorrían de forma distraída la piel del brazo femenino, subiendo y bajando en un gesto lento, casi ausente, pero constante sobre la nívea piel.

-Tienes esa cara -murmuró al cabo de un rato, ya que Daenerys no compartía sus pensamientos. Su voz sonó baja, como si no quisiera romper apenas el silencio.

Pero fue suficiente para llamar la atención de Daenerys a pesar de que no apartaba la mirada del techo.

-¿Qué cara? -preguntó ella en respuesta.

Daario esbozó una leve sonrisa, divertido por la situación. Divertido porque Daenerys aun creyera que conservaba secretos para él. Después de aquellos años el mercenario sabía leer los micro gestos de la reina y tambien el subtexto de todo lo que decía.

-La de cuando ya has decidido algo… pero aún no quieres decirlo en voz alta.

Ella dejó escapar un suspiro suave, algo más largo de lo normal, como si ese simple comentario hubiese dado en el punto exacto. Daario siempre sabia dar en el clavo. A veces era insoportable que la conociera tan bien.

-Siempre has sido demasiado observador.

-No -respondió él rápidamente en un murmullo ronco, todavia sin apartar los dedos de su piel, todavia perdido en aquella caricia- Solo te miro más de lo que debería.

Aquello logró arrancarle a la reina planteada una pequeña sonrisa, breve, casi cansada. Finalmente giró el rostro hacia él, encontrándose con su mirada sin esfuerzo, sin necesidad de buscarle. Siempre sabia donde estaba.

-Poniente no es como Essos.

Daario soltó una ligera risa nasal, bajando la mirada un instante antes de volver a alzarla.

-Ya lo he notado. Menos sol, más normas… y demasiada gente preocupada por lo que dirán los demás.

-No es solo eso -añadió ella, ahora más seria- Aquí todo se sostiene sobre alianzas, ya lo sabes. Matrimonios. Casas. Un apellido pesa más que los ejércitos.

Mientras ella hablaba, él dejó de trazar líneas distraídas y apoyó la mano completa sobre su brazo, firme pero sin retenerla. Asintió de forma pausada.

-Y tú no puedes permitirte elegir a alguien como yo -concluyó él con naturalidad, sin rastro de reproche, ya que era una conversacion que habían mantenido una vez en Meereen.

Daenerys sostuvo su mirada.

-No. No puedo.

La respuesta fue directa, sin adornos. Precisamente por eso dolía más.

Daario asintió despacio, como si simplemente confirmara algo que llevaba años sabiendo.

-Lo supe en Meereen -dijo con calma, casi como si siempre hubiera tenido aquella certeza y hubiera estado viviendo el tiempo prestado de otro- Antes incluso de que tú lo admitieras.

Hubo un pequeño silencio entre ambos, pero no era incómodo. Nunca lo era entre ellos.

-Y aun así viniste conmigo - añadió ella después, frunciendo ligeramente el ceño sin entender por qué Daario haría algo asi sabiendo que le acarrearía dolor al final.

Daario pareció sopesar sus consiguientes palaras.

-Te juré mi espada. Te seguiré al fin del mundo. Te hubiera seguido más allá de ese muro de hielo…

No había grandilocuencia en sus palabras, Daario no era de grandes discursos. Solo hablaba con la verdad. Desde el primero momento fue así. Sus dedos retomaron el movimiento, más lento esta vez, como si cada roce tuviera un peso distinto, sabedor de que podría ser el último.

Pasaron unos segundos en silencio, compartiendo simplemente el momento, hasta que él volvió a hablar.

-Entonces dime… ¿quién será?

Daenerys lo miró, confusa, sin entender a qué se refería.

-¿Quién será qué?

-El hombre al que sí puedes elegir -aclaró él, con un deje burlón que apenas disimulaba la curiosidad.

Ella lo observó un instante, sopesando si responder o no. Al final, lo hizo.

-Puede que haya uno.

Daario arqueó una ceja, interesado.

-Claro que sí. Siempre hay uno. ¿Jon Nieve?.

Daenerys lo miró divertida y dejó ir una risa sincera, salida de lo más profundo del alma.

-¿Jon? -preguntó incrédula.

La risa aún le vibraba en el pecho cuando negó suavemente con la cabeza, como si la sola idea le resultara ajena, casi absurda. No había burla en ese gesto, por supuesto, pero sí una claridad que no dejaba lugar a dudas.

-Es valiente -añadió ella después, acomodándose un poco entre las sábanas, dejando que su mirada se perdiera un instante antes de volver a él- Y honorable. Demasiado, incluso.

Daario esbozó una media sonrisa, apoyando la cabeza sobre su mano mientras la observaba.

-Tal como lo dices, eso no suena a halago.

-No lo es -respondió ella con calma-. Es... lo que es. Jon es un buen hombre. De los que hacen lo correcto aunque nadie se lo pida. Lo ha demostrado con creces los últimos meses.

Hubo una pequeña pausa. Sus dedos juguetearon distraídamente con el borde de la sábana.

-Pero no. Jon Nieve no es el hombre que elegiría.

Daario la estudió en silencio, afinando la mirada como si intentara encontrar lo que no estaba diciendo. Porque, por una vez, no era capaz de leer entre líneas. Por una vez Daenerys de la Tormenta guardaba un secreto para él.

-Entonces hay otro.

No era una pregunta. Daenerys sostuvo su mirada apenas un segundo más de lo necesario, lo justo para que algo en su expresión cambiara... y desapareciera al instante siguiente.

-Hay otras opciones – lo corrigió, restándole importancia al asunto con una naturalidad demasiado medida- Poniente está lleno de ellas.

Daario soltó una breve risa, baja, casi entretenida. Estaba claro que no se creía las palabras de la reina, tan esquivas como peliagudo era el tema que estaban tratando.

-Eso ha sonado a la respuesta que daría la reina, no la mujer.

-Quizá porque ya no puedo permitirme ser solo una de las dos.

El silencio que siguió fue algo más denso, pero de nuevo sin tornarse incómodo. Daario no insistió de inmediato, pero tampoco apartó la mirada.

-No has respondido.

Daenerys dejó escapar una nueva exhalación. Más suave, algo cansada, girándose ligeramente hacia él, apoyándose sobre un codo. Sus ojos, claros y firmes, se clavaron en los suyos.

-Porque no hay nada que responder.

Mentía, y ambos lo sabían.

Daario entrecerró levemente los ojos, observándola con más atención, como si buscara algo que ella misma estaba evitando.

-Hmm- no fue más que un sonido, pero estaba cargado de significado. Luego volvió a sonreír de forma más suave - Entonces me quedaré con la idea de que ninguno de ellos te hace reír así.

El comentario fue ligero, pero no pasó desapercibido. Daenerys sostuvo su mirada, y durante un segundo demasiado largo, no dijo nada porque en algún lugar, muy al fondo, sabía que no era del todo cierto.

Pero no iba a admitirlo. Ni ante él. Ni ante sí misma.

-No confundas una risa con una elección -respondió al final, con voz firme.

Daario asintió despacio.

-Nunca lo hago.

Sus dedos rozaron los de ella una vez más, sin prisa, sin urgencia.

-Pero tampoco suelo equivocarme.

Daenerys no apartó su mano y tampoco respondió. Y en ese silencio, más elocuente que cualquier palabra que hubieran pronunciado hasta el momento, quedó patente que aquella conversación no iba realmente sobre Jon Nieve, ni sobre ningún otro nombre que pudiera pronunciarse en voz alta.