• Así que esa es la dichosa grieta... Un portal normal se cierra porque la energía que lo sostiene se disipa. Esa grieta no tiene un sostén externo. Se alimenta de sí misma. El carmesí aporta caos, el dorado la estructura que lo mantiene estable. La teoría dice que deberían cancelarse. La práctica demuestra que... se fusionan en algo nuevo. Es un circuito cerrado. Por eso no se cierra. No puede. La única forma de detenerlo sería agotar ambas fuentes... o separarlas. Imposible. Ya son el mismo desastre
    Así que esa es la dichosa grieta... Un portal normal se cierra porque la energía que lo sostiene se disipa. Esa grieta no tiene un sostén externo. Se alimenta de sí misma. El carmesí aporta caos, el dorado la estructura que lo mantiene estable. La teoría dice que deberían cancelarse. La práctica demuestra que... se fusionan en algo nuevo. Es un circuito cerrado. Por eso no se cierra. No puede. La única forma de detenerlo sería agotar ambas fuentes... o separarlas. Imposible. Ya son el mismo desastre
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  • La pequeña iglesia de madera se alzaba a medio terminar en el centro del pueblo. Las paredes apenas alcanzaban la altura de un hombre y el techo todavía era un esqueleto de vigas desnudas. Alrededor, las casas mostraban el mismo aspecto de abandono y miseria: ventanas cubiertas con tablas, huertos secos y rostros marcados por semanas de hambre.

    Entre el polvo y los tablones trabajaba el joven cura de gorra de caza roja y abrigo oscuro. Sus manos estaban cubiertas de tierra mientras ayudaba a levantar una de las paredes. Cerca de la obra, varias ollas humeaban sobre un fuego improvisado.

    "Padre... tenemos hambre". Murmuró uno de los aldeanos, observando la escasa comida que quedaba.

    El cura dejó el martillo a un lado y miró la fila de personas que aguardaban. No había mucho: apenas unas pocas papas que había racionado cuidadosamente. Sin embargo, tras días explorando los alrededores, había encontrado un terreno fértil junto al río donde ya comenzaban a crecer nuevos cultivos. Tomó una de las ollas y comenzó a repartir las porciones.

    -Niños y mujeres comerán primero.

    Algunos hombres intercambiaron miradas preocupadas y replicando: "Pero padre."

    -Los hombres comeremos cuando sus estómagos estén saciados

    Continuó con firmeza.

    -Ningún niño de este pueblo volverá a acostarse con hambre mientras yo pueda evitarlo.

    El silencio se extendió entre los presentes. Las porciones eran pequeñas, pero suficientes para devolver algo de color a los rostros agotados. Los niños se acercaron tímidamente con sus cuencos, y las madres recibieron la comida con ojos humedecidos.

    El cura señaló entonces hacia las afueras del pueblo, donde varias hileras de tierra recién removida se extendían bajo el sol.

    -Hoy comemos poco. Mañana plantaremos más. Y cuando llegue la cosecha, este pueblo no dependerá de la caridad de nadie.
    La pequeña iglesia de madera se alzaba a medio terminar en el centro del pueblo. Las paredes apenas alcanzaban la altura de un hombre y el techo todavía era un esqueleto de vigas desnudas. Alrededor, las casas mostraban el mismo aspecto de abandono y miseria: ventanas cubiertas con tablas, huertos secos y rostros marcados por semanas de hambre. Entre el polvo y los tablones trabajaba el joven cura de gorra de caza roja y abrigo oscuro. Sus manos estaban cubiertas de tierra mientras ayudaba a levantar una de las paredes. Cerca de la obra, varias ollas humeaban sobre un fuego improvisado. "Padre... tenemos hambre". Murmuró uno de los aldeanos, observando la escasa comida que quedaba. El cura dejó el martillo a un lado y miró la fila de personas que aguardaban. No había mucho: apenas unas pocas papas que había racionado cuidadosamente. Sin embargo, tras días explorando los alrededores, había encontrado un terreno fértil junto al río donde ya comenzaban a crecer nuevos cultivos. Tomó una de las ollas y comenzó a repartir las porciones. -Niños y mujeres comerán primero. Algunos hombres intercambiaron miradas preocupadas y replicando: "Pero padre." -Los hombres comeremos cuando sus estómagos estén saciados Continuó con firmeza. -Ningún niño de este pueblo volverá a acostarse con hambre mientras yo pueda evitarlo. El silencio se extendió entre los presentes. Las porciones eran pequeñas, pero suficientes para devolver algo de color a los rostros agotados. Los niños se acercaron tímidamente con sus cuencos, y las madres recibieron la comida con ojos humedecidos. El cura señaló entonces hacia las afueras del pueblo, donde varias hileras de tierra recién removida se extendían bajo el sol. -Hoy comemos poco. Mañana plantaremos más. Y cuando llegue la cosecha, este pueblo no dependerá de la caridad de nadie.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    ||Darían tiene pareja y se llama Ciel, es de mí autoría, no debi confiar en ese usuario para crear personajes juntos, no respetó y ni siquiera me habla, yo estoy fuera de Ficrol, hago rol fuera de Ficrol porque la plataforma me aburrió pero eso no quita que tales personajes que manejé estén solteros, me llevé a dos personas de aquí a WhatsApp porque roleo ahí, no agoten mí paciencia
    ||Darían tiene pareja y se llama Ciel, es de mí autoría, no debi confiar en ese usuario para crear personajes juntos, no respetó y ni siquiera me habla, yo estoy fuera de Ficrol, hago rol fuera de Ficrol porque la plataforma me aburrió pero eso no quita que tales personajes que manejé estén solteros, me llevé a dos personas de aquí a WhatsApp porque roleo ahí, no agoten mí paciencia
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  • 。 𝗧𝗵𝗶𝘀 𝗰𝗶𝘁𝘆 𝗻𝗲𝘃𝗲𝗿 𝗳𝘂𝗰𝗸𝗶𝗻𝗴 𝘀𝗹𝗲𝗲𝗽.
    Categoría Original
    La lluvia no caía.

    Se desplomaba.

    Ácida. Enferma. Con el mismo ánimo de vivir que la mayoría de los habitantes.

    Bajaba desde un cielo sin estrellas, atravesado por anuncios holográficos que parpadeaban sobre los edificios como heridas de neón. Cada gota dejaba manchas iridiscentes sobre el asfalto, mezclándose con vómito, combustible y sangre vieja arrastrada desde algún callejón donde a nadie le importaba quién había gritado por última vez.

    La ciudad seguía viva.

    Y ese era el problema.

    Vivía como viven las cucarachas dentro de un cadáver: moviéndose entre carne podrida, comiendo lo que quedaba y fingiendo que aquello era el progreso.

    Los rascacielos corporativos se elevaban sobre los barrios bajos como dioses en vidrio blindado. Arriba, los ejecutivos bebían agua purificada y vendían guerras con sonrisas perfectas. Abajo, la gente empeñaba pulmones, recuerdos, brazos, córneas y dignidad por una noche más de calefacción, una dosis más de calma o una bala menos en la cabeza.

    Las pantallas gigantes repetían propaganda gubernamental entre comerciales de implantes militares y cuerpos sintéticos de alquiler.

    OBEDECE. CONSUME. MEJORA. SOBREVIVE.


    En mitad de aquella avenida desdentada, bajo el toldo roto de una clínica ilegal de ripperdocs, estaba él.

    El cazador.

    Nadie tenia claro si era su nombre, su oficio o simplemente una advertencia.

    Llevaba un sombrero viejo, empapado por la lluvia y deformado por años de mugre, balas y malas decisiones. El parche sobre su ojo derecho estaba hecho de cuero negro cuarteado, sujeto con una correa que le cruzaba la sien como una cicatriz más en el rostro. Un abrigo largo de fibra antibalas remendada, botas gastadas, guantes sin dedos y una camisa que había sobrevivido a demasiadas peleas para seguir llamándose así misma prenda.

    En su cintura colgaba una pistola pesada, vieja, brutal. No era elegante. No tenía luces decorativas ni asistencia inteligente. Solo era metal, con un retroceso brutal y una tendencia a dejar agujeros enormes sobre la carne humana.

    El cazador aspiró el humo de un cigarrillo y miró el cadáver del hombre tirado frente a él.

    O lo que quedaba.

    Tenía la mandíbula arrancada, cables nerviosos saliéndole del cuello como lombrices plateadas y media cara convertida en una masa brillante de carne, cromo y hueso pulverizado. Sus ojos ópticos seguían encendidos, enfocando y desenfocando el vacío mientras una voz interna repetía, completamente rota:

    — Error... Error... Error…

    El cazador soltó humo por la nariz.

    — Bienvenido al club, idiota.

    A un lado, una mujer con uniforme corporativo temblaba bajo un paraguas transparente. El logo de su empresa brillaba sobre su pecho con una pulcritud obscena, completamente fuera de lugar en una calle donde hasta las ratas parecían tener deudas.

    — Usted fue contratado para traerlo vivo. —dijo ella, intentando sonar firme.

    El cazador giró la cabeza.

    Su único ojo visible era pálido, cansado, hundido bajo una ceja marcada por cicatrices viejas. No había culpa en su expresión.

    Tampoco orgullo.

    Solo hastío.

    — Y él fue contratado para no intentar partirme en dos con unas mantis oxidadas. —respondió con voz ronca—. Mira qué noche tan llena de putas decepciones, ¿no?

    La ejecutiva tragó saliva. Evidentemente nerviosa.

    — La corporación no pagará el total.

    El cazador apagó el cigarrillo contra la chapa ensangrentada del cadáver.

    — La corporación puede meterse el contrato por el puerto neural y actualizarse hasta sangrar por el culo.

    Los drones policiales pasaron por encima, proyectando luces rojas sobre los charcos de sangre.

    Nadie se detuvo. Nadie preguntó.

    En aquella ciudad, si un muerto no bloqueaba el tráfico ni afectaba las acciones de una compañía; era simplemente decoración urbana.

    El cazador se agachó junto al cuerpo y arrancó de su nuca un chip bañado en sangre.

    Lo observó al sostenerlo entre dos dedos, viendo cómo los filamentos internos todavía chisporroteaban como nervios expuestos.

    — Al menos esto sí vale algo.

    La mujer dio un paso atrás.

    — Eso es propiedad privada.

    Él la miró.

    Pesado.

    Despacio.

    Con una paciencia tan podrida que parecía violencia concentrada.

    — Cariño, todo aquí es propiedad privada. Los edificios, la lluvia, tus órganos, mi maldito cansancio. La diferencia es que yo todavía tengo manos para tomar lo que necesito.

    Guardó el chip en el bolsillo interior del abrigo.

    Y la mujer se fue con prisa. Aterrada. Agradecida de no haber muerto.

    Entonces su comunicador vibró.

    Una llamada entrante. Número oculto. Señal encriptada.
    Demasiado limpia para venir de alguien pobre. Demasiado sucia para venir de alguien honesto.

    El cazador suspiró.

    — Fantástico. Más mierda cayendo sobre mí.

    Aceptó la llamada.

    Una voz distorsionada llenó su oído, fría como metal bajo la lengua.

    — Tenemos otro trabajo para ti.

    Él observó la avenida, las pantallas, los cuerpos bajo plástico negro, los niños con implantes baratos rebuscando comida entre contenedores marcados con advertencias químicas.

    Veía a la ciudad entera abrir la boca, masticar a su gente y pedir más.

    — Qué sorpresa... —murmuró—. Por un segundo pensé que el mundo había decidido dejarme pudrir en paz.

    La voz continuó.

    — Hay un activo que se ha rebelado. Tráela. Con vida. 

    El cazador se quedó quieto.

    La lluvia golpeó el ala de su sombrero.

    Una gota bajó por el borde de su parche.

    — ¿Con vida? Eso es complicado.

    — Solo nos sirve con vida. No lo arruines.

    Él soltó una risa baja, áspera, sin humor.

    — Pero ese es mi encanto.

    Hubo un silencio al otro lado de la línea.

    — El riesgo es elevado. La paga alta.

    El cazador cerró el ojo.

    Por un instante, pareció casi dormido de pie bajo la lluvia venenosa.

    Luego sonrió.

    Una mueca desgastada.

    Cansada.

    — Entonces supongo que volveré a vender otro pedazo de mi alma. Total, ya nadie compra el lote completo.

    Cortó la llamada.

    A lo lejos, más allá de los bloques residenciales carcomidos por óxido y pantallas pornográficas defectuosas; una torre abandonada se alzaba contra el cielo eléctrico. Sus ventanas estaban oscuras. Demasiado oscuras para una ciudad que nunca dejaba morir la luz.

    El cazador se acomodó el sombrero, revisó su pistola y empezó a caminar.

    Cada paso chapoteaba en agua sucia, sangre diluida y reflejos de neón.

    — Veamos con que me sorprende esta ciudad de mierda.

    Gruñó para sí mismo, pero siguió avanzando porque en aquel mundo nadie era libre.

    Solo existían distintos precios para la misma condena.
    La lluvia no caía. Se desplomaba. Ácida. Enferma. Con el mismo ánimo de vivir que la mayoría de los habitantes. Bajaba desde un cielo sin estrellas, atravesado por anuncios holográficos que parpadeaban sobre los edificios como heridas de neón. Cada gota dejaba manchas iridiscentes sobre el asfalto, mezclándose con vómito, combustible y sangre vieja arrastrada desde algún callejón donde a nadie le importaba quién había gritado por última vez. La ciudad seguía viva. Y ese era el problema. Vivía como viven las cucarachas dentro de un cadáver: moviéndose entre carne podrida, comiendo lo que quedaba y fingiendo que aquello era el progreso. Los rascacielos corporativos se elevaban sobre los barrios bajos como dioses en vidrio blindado. Arriba, los ejecutivos bebían agua purificada y vendían guerras con sonrisas perfectas. Abajo, la gente empeñaba pulmones, recuerdos, brazos, córneas y dignidad por una noche más de calefacción, una dosis más de calma o una bala menos en la cabeza. Las pantallas gigantes repetían propaganda gubernamental entre comerciales de implantes militares y cuerpos sintéticos de alquiler. OBEDECE. CONSUME. MEJORA. SOBREVIVE. En mitad de aquella avenida desdentada, bajo el toldo roto de una clínica ilegal de ripperdocs, estaba él. El cazador. Nadie tenia claro si era su nombre, su oficio o simplemente una advertencia. Llevaba un sombrero viejo, empapado por la lluvia y deformado por años de mugre, balas y malas decisiones. El parche sobre su ojo derecho estaba hecho de cuero negro cuarteado, sujeto con una correa que le cruzaba la sien como una cicatriz más en el rostro. Un abrigo largo de fibra antibalas remendada, botas gastadas, guantes sin dedos y una camisa que había sobrevivido a demasiadas peleas para seguir llamándose así misma prenda. En su cintura colgaba una pistola pesada, vieja, brutal. No era elegante. No tenía luces decorativas ni asistencia inteligente. Solo era metal, con un retroceso brutal y una tendencia a dejar agujeros enormes sobre la carne humana. El cazador aspiró el humo de un cigarrillo y miró el cadáver del hombre tirado frente a él. O lo que quedaba. Tenía la mandíbula arrancada, cables nerviosos saliéndole del cuello como lombrices plateadas y media cara convertida en una masa brillante de carne, cromo y hueso pulverizado. Sus ojos ópticos seguían encendidos, enfocando y desenfocando el vacío mientras una voz interna repetía, completamente rota: — Error... Error... Error… El cazador soltó humo por la nariz. — Bienvenido al club, idiota. A un lado, una mujer con uniforme corporativo temblaba bajo un paraguas transparente. El logo de su empresa brillaba sobre su pecho con una pulcritud obscena, completamente fuera de lugar en una calle donde hasta las ratas parecían tener deudas. — Usted fue contratado para traerlo vivo. —dijo ella, intentando sonar firme. El cazador giró la cabeza. Su único ojo visible era pálido, cansado, hundido bajo una ceja marcada por cicatrices viejas. No había culpa en su expresión. Tampoco orgullo. Solo hastío. — Y él fue contratado para no intentar partirme en dos con unas mantis oxidadas. —respondió con voz ronca—. Mira qué noche tan llena de putas decepciones, ¿no? La ejecutiva tragó saliva. Evidentemente nerviosa. — La corporación no pagará el total. El cazador apagó el cigarrillo contra la chapa ensangrentada del cadáver. — La corporación puede meterse el contrato por el puerto neural y actualizarse hasta sangrar por el culo. Los drones policiales pasaron por encima, proyectando luces rojas sobre los charcos de sangre. Nadie se detuvo. Nadie preguntó. En aquella ciudad, si un muerto no bloqueaba el tráfico ni afectaba las acciones de una compañía; era simplemente decoración urbana. El cazador se agachó junto al cuerpo y arrancó de su nuca un chip bañado en sangre. Lo observó al sostenerlo entre dos dedos, viendo cómo los filamentos internos todavía chisporroteaban como nervios expuestos. — Al menos esto sí vale algo. La mujer dio un paso atrás. — Eso es propiedad privada. Él la miró. Pesado. Despacio. Con una paciencia tan podrida que parecía violencia concentrada. — Cariño, todo aquí es propiedad privada. Los edificios, la lluvia, tus órganos, mi maldito cansancio. La diferencia es que yo todavía tengo manos para tomar lo que necesito. Guardó el chip en el bolsillo interior del abrigo. Y la mujer se fue con prisa. Aterrada. Agradecida de no haber muerto. Entonces su comunicador vibró. Una llamada entrante. Número oculto. Señal encriptada. Demasiado limpia para venir de alguien pobre. Demasiado sucia para venir de alguien honesto. El cazador suspiró. — Fantástico. Más mierda cayendo sobre mí. Aceptó la llamada. Una voz distorsionada llenó su oído, fría como metal bajo la lengua. — Tenemos otro trabajo para ti. Él observó la avenida, las pantallas, los cuerpos bajo plástico negro, los niños con implantes baratos rebuscando comida entre contenedores marcados con advertencias químicas. Veía a la ciudad entera abrir la boca, masticar a su gente y pedir más. — Qué sorpresa... —murmuró—. Por un segundo pensé que el mundo había decidido dejarme pudrir en paz. La voz continuó. — Hay un activo que se ha rebelado. Tráela. Con vida.  El cazador se quedó quieto. La lluvia golpeó el ala de su sombrero. Una gota bajó por el borde de su parche. — ¿Con vida? Eso es complicado. — Solo nos sirve con vida. No lo arruines. Él soltó una risa baja, áspera, sin humor. — Pero ese es mi encanto. Hubo un silencio al otro lado de la línea. — El riesgo es elevado. La paga alta. El cazador cerró el ojo. Por un instante, pareció casi dormido de pie bajo la lluvia venenosa. Luego sonrió. Una mueca desgastada. Cansada. — Entonces supongo que volveré a vender otro pedazo de mi alma. Total, ya nadie compra el lote completo. Cortó la llamada. A lo lejos, más allá de los bloques residenciales carcomidos por óxido y pantallas pornográficas defectuosas; una torre abandonada se alzaba contra el cielo eléctrico. Sus ventanas estaban oscuras. Demasiado oscuras para una ciudad que nunca dejaba morir la luz. El cazador se acomodó el sombrero, revisó su pistola y empezó a caminar. Cada paso chapoteaba en agua sucia, sangre diluida y reflejos de neón. — Veamos con que me sorprende esta ciudad de mierda. Gruñó para sí mismo, pero siguió avanzando porque en aquel mundo nadie era libre. Solo existían distintos precios para la misma condena.
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  • Cielo rojo en el reino de Undión
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    Categoría Aventura
    La noche envolvía al reino de Undión con una calma engañosa. Desde las murallas podían verse los campos oscuros extendiéndose hasta perderse entre colinas cubiertas por neblina, mientras el viento nocturno hacía crujir los estandartes con el emblema dracónico de la corona. Las calles del reino ya estaban casi vacías; solo quedaban algunas ventanas iluminadas y el sonido lejano de herreros apagando sus forjas antes del amanecer.

    Entonces apareció el extranjero.

    Un caballo cansado avanzó lentamente por el camino principal hacia las enormes puertas del castillo. Sobre él viajaba un joven cura cubierto por un largo abrigo ennegrecido por el polvo del viaje. La distintiva gorra de caza roja que llevaba puesta destacaba incluso bajo la luz tenue de las antorchas. El animal respiraba con dificultad y pequeñas nubes de vapor escapaban de su hocico en el aire frío de la noche.

    Los guardias del portón descendieron inmediatamente sus lanzas, bloqueándole el paso. El ambiente se volvió tenso; ningún desconocido podía acercarse al castillo a esas horas. Sin embargo, tras escuchar el nombre del Papa y descubrir las conexiones directas del sacerdote con la Santa Sede, la actitud de los soldados cambió por completo. Los murmullos recorrieron la entrada del castillo antes de que finalmente las pesadas puertas de hierro comenzaran a abrirse lentamente.

    El joven cura permanecía a una distancia prudente del trono, sin atreverse a acercarse más de lo necesario. Sujetaba con firmeza su maletín mientras parte de su abrigo aún goteaba humedad del viaje. Su expresión cansada contrastaba con la seriedad de su voz.

    Más allá de los vitrales podía escucharse el viento atravesando los campos del pueblo… los mismos campos donde, según había venido a advertir, comenzarían a aparecer demonios durante la noche.
    La noche envolvía al reino de Undión con una calma engañosa. Desde las murallas podían verse los campos oscuros extendiéndose hasta perderse entre colinas cubiertas por neblina, mientras el viento nocturno hacía crujir los estandartes con el emblema dracónico de la corona. Las calles del reino ya estaban casi vacías; solo quedaban algunas ventanas iluminadas y el sonido lejano de herreros apagando sus forjas antes del amanecer. Entonces apareció el extranjero. Un caballo cansado avanzó lentamente por el camino principal hacia las enormes puertas del castillo. Sobre él viajaba un joven cura cubierto por un largo abrigo ennegrecido por el polvo del viaje. La distintiva gorra de caza roja que llevaba puesta destacaba incluso bajo la luz tenue de las antorchas. El animal respiraba con dificultad y pequeñas nubes de vapor escapaban de su hocico en el aire frío de la noche. Los guardias del portón descendieron inmediatamente sus lanzas, bloqueándole el paso. El ambiente se volvió tenso; ningún desconocido podía acercarse al castillo a esas horas. Sin embargo, tras escuchar el nombre del Papa y descubrir las conexiones directas del sacerdote con la Santa Sede, la actitud de los soldados cambió por completo. Los murmullos recorrieron la entrada del castillo antes de que finalmente las pesadas puertas de hierro comenzaran a abrirse lentamente. El joven cura permanecía a una distancia prudente del trono, sin atreverse a acercarse más de lo necesario. Sujetaba con firmeza su maletín mientras parte de su abrigo aún goteaba humedad del viaje. Su expresión cansada contrastaba con la seriedad de su voz. Más allá de los vitrales podía escucharse el viento atravesando los campos del pueblo… los mismos campos donde, según había venido a advertir, comenzarían a aparecer demonios durante la noche.
    Tipo
    Grupal
    Líneas
    10
    Estado
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  • Galadriel caminó por los bosques, estaba agotada después de huir de aquél gran incendio que había arrasado con la ciudad.
    Había huido al mar, donde la vegetación era menor y podía ver aquél humo tan enorme subir hasta el cielo. Las llamas eran horribles, como si el mismísimo infierno hubiera atravesado el mundo de los vivos y se hubiera asentado aquí.

    Tranquilizó a su caballo el cuál estaba relinchando, cualquiera estaría así después de aquél caos.

    "Ya amigo... Todo estará bien" Le dijo al corcel, aunque ella misma no se habi autoconvencido de aquello. Simplemente, no sabía que pasaría a partir de ese momento.
    Galadriel caminó por los bosques, estaba agotada después de huir de aquél gran incendio que había arrasado con la ciudad. Había huido al mar, donde la vegetación era menor y podía ver aquél humo tan enorme subir hasta el cielo. Las llamas eran horribles, como si el mismísimo infierno hubiera atravesado el mundo de los vivos y se hubiera asentado aquí. Tranquilizó a su caballo el cuál estaba relinchando, cualquiera estaría así después de aquél caos. "Ya amigo... Todo estará bien" Le dijo al corcel, aunque ella misma no se habi autoconvencido de aquello. Simplemente, no sabía que pasaría a partir de ese momento.
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  • El abismo parece pulsar, comunicando algo en un lenguaje que sólo él entiende. Detrás de la grieta, el colapso de varias capas de realidad, empalmándose y luchando todas por la misma potestad, creó algo aberrante.

    ¿Este era el espacio en el que Kazuha y Veyra estaban? No, esto, lo que quedaba, es sólo un cadaver. Profanado y canibalizado por sí mismo en un bucle imposible: El Ouroboros que del éter nace. Y al encontrar esta serpiente que más de sí misma no podía seguir consumiendo, se retorcía y regurgitaba, sufría, moría y renacía.. Un ciclo eterno que se repite infinitas veces cada segundo; cada repetición, más grande la grieta hacía.

    Incompatible con la existencia era ese lugar -si es que puede llamárse "lugar" a una nada tan concentrada-, como incompatibles con el plano humano eran los seres que de aquí nacían, que desde aquí invaden.

    ...Y, sin embargo, ahí estaba, desafiando esa incompatibilidad.

    —Haah... —jaló aire, aunque el aire ahí no existía. Diez minutos, un nuevo récord ahí adentro. Significaría algo, pero, sorpresa, el tiempo ahí no existía tampoco.

    Es que existir era un desafío en sí mismo a la nada. Y el simple acto de existir ahí, ya suponía un esfuerzo titánico. Su magia abarcando cada célula de su cuerpo, estabilizándolas para no desintegrarse al instante. ¿Y si a eso le sumaba el acto de moverse? Una locura.

    ¿Y al acto de entrar ahí por voluntad propia a encarar a esos seres? Quizás no existía un nombre para algo así de imprudente. No todavía.

    Pensaría en uno al salir.

    "Hazte fuerte", dijo ella. ¿Qué carajo se supone que significaba eso? Tan irritantemente vago. Tan obvio y natural para alguien que -asumía él- nunca había tenido que encarar la debilidad.

    —Diez minutos... diez segundos... —nuevo récord. Se desplomó al regresar. Ya volvería a intentarlo al despertar de una siesta de agotamiento -quién sabe cuántas llevaba a ese punto.
    El abismo parece pulsar, comunicando algo en un lenguaje que sólo él entiende. Detrás de la grieta, el colapso de varias capas de realidad, empalmándose y luchando todas por la misma potestad, creó algo aberrante. ¿Este era el espacio en el que Kazuha y Veyra estaban? No, esto, lo que quedaba, es sólo un cadaver. Profanado y canibalizado por sí mismo en un bucle imposible: El Ouroboros que del éter nace. Y al encontrar esta serpiente que más de sí misma no podía seguir consumiendo, se retorcía y regurgitaba, sufría, moría y renacía.. Un ciclo eterno que se repite infinitas veces cada segundo; cada repetición, más grande la grieta hacía. Incompatible con la existencia era ese lugar -si es que puede llamárse "lugar" a una nada tan concentrada-, como incompatibles con el plano humano eran los seres que de aquí nacían, que desde aquí invaden. ...Y, sin embargo, ahí estaba, desafiando esa incompatibilidad. —Haah... —jaló aire, aunque el aire ahí no existía. Diez minutos, un nuevo récord ahí adentro. Significaría algo, pero, sorpresa, el tiempo ahí no existía tampoco. Es que existir era un desafío en sí mismo a la nada. Y el simple acto de existir ahí, ya suponía un esfuerzo titánico. Su magia abarcando cada célula de su cuerpo, estabilizándolas para no desintegrarse al instante. ¿Y si a eso le sumaba el acto de moverse? Una locura. ¿Y al acto de entrar ahí por voluntad propia a encarar a esos seres? Quizás no existía un nombre para algo así de imprudente. No todavía. Pensaría en uno al salir. "Hazte fuerte", dijo ella. ¿Qué carajo se supone que significaba eso? Tan irritantemente vago. Tan obvio y natural para alguien que -asumía él- nunca había tenido que encarar la debilidad. —Diez minutos... diez segundos... —nuevo récord. Se desplomó al regresar. Ya volvería a intentarlo al despertar de una siesta de agotamiento -quién sabe cuántas llevaba a ese punto.
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  • La nieve caía débilmente sobre las calles vacías mientras el cura permanecía frente a una vieja cabina telefónica iluminada por una luz amarillenta y temblorosa. El frío invernal mordía sus manos y teñía el aire de un silencio pesado, pero aun así gotas de sudor descendían lentamente por su frente.

    Con respiración agitada, se quitó la gorra de caza roja y pasó la manga del abrigo sobre su rostro húmedo. El vaho escapó de sus labios en pequeñas nubes blancas mientras intentaba reunir valor.

    -Tú puedes… tú puedes…

    Ambas manos permanecieron enterradas en los bolsillos de su largo abrigo oscuro durante unos segundos antes de decidirse. Finalmente levantó el auricular de la cabina y marcó el número con dedos temblorosos.

    -¡Sí…! sí, estoy bien.

    La conversación duró bastante rato. Desde afuera solo podía escucharse la voz cansada del sacerdote rompiendo el silencio de la noche.

    -¿Dinero? Tengo todavía…

    Abrió lentamente la billetera mientras hablaba y observó el interior vacío, salvo por unas pocas monedas de cambio descansando en una esquina gastada.

    -No se preocupen por mí, puedo apañármelas.

    De pronto, la línea emitió un ruido seco. La llamada se cortó. El cura frunció apenas el ceño y trató de marcar nuevamente, pero las monedas restantes no alcanzaban para pagar otra llamada. El teléfono devolvió un tono muerto y apagado. Permaneció inmóvil unos segundos antes de colgar lentamente el auricular. La nieve seguía cayendo.

    -Dios...

    Con la mirada perdida hacia las luces lejanas de la ciudad, el sacerdote soltó un suspiro que se mezcló con el vaho helado de la madrugada.

    -Yo también los quiero…

    Dijo en voz baja, casi para sí mismo.
    La nieve caía débilmente sobre las calles vacías mientras el cura permanecía frente a una vieja cabina telefónica iluminada por una luz amarillenta y temblorosa. El frío invernal mordía sus manos y teñía el aire de un silencio pesado, pero aun así gotas de sudor descendían lentamente por su frente. Con respiración agitada, se quitó la gorra de caza roja y pasó la manga del abrigo sobre su rostro húmedo. El vaho escapó de sus labios en pequeñas nubes blancas mientras intentaba reunir valor. -Tú puedes… tú puedes… Ambas manos permanecieron enterradas en los bolsillos de su largo abrigo oscuro durante unos segundos antes de decidirse. Finalmente levantó el auricular de la cabina y marcó el número con dedos temblorosos. -¡Sí…! sí, estoy bien. La conversación duró bastante rato. Desde afuera solo podía escucharse la voz cansada del sacerdote rompiendo el silencio de la noche. -¿Dinero? Tengo todavía… Abrió lentamente la billetera mientras hablaba y observó el interior vacío, salvo por unas pocas monedas de cambio descansando en una esquina gastada. -No se preocupen por mí, puedo apañármelas. De pronto, la línea emitió un ruido seco. La llamada se cortó. El cura frunció apenas el ceño y trató de marcar nuevamente, pero las monedas restantes no alcanzaban para pagar otra llamada. El teléfono devolvió un tono muerto y apagado. Permaneció inmóvil unos segundos antes de colgar lentamente el auricular. La nieve seguía cayendo. -Dios... Con la mirada perdida hacia las luces lejanas de la ciudad, el sacerdote soltó un suspiro que se mezcló con el vaho helado de la madrugada. -Yo también los quiero… Dijo en voz baja, casi para sí mismo.
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  • Owen Weekes Nicole Thompson Rhys Feu Filyn Feu Rihanna Carther Bonesy The Necromancer Maximilian Serynthia Feu𝓨𝐯𝐨𝐧𝐧𝐞 Loki Queen Ishtar Drizz Whirlpool Lady Céleste Shane Miller ・❥・ Fenrir Queen・❥・ Chris Black Hiro 𝗚𝗘𝗡𝗘𝗥𝗔𝗟 𝗥𝗔𝗗𝗔𝗛𝗡 ˢᵗᵃʳˢᶜᵒᵘʳᵍᵉ Drogo Hitosaki [CrybyLucreci4] Koseki Bijou Judith Thompson Zelk Hagok💧 Jero Rael 💀Sealed [Tras el incidente de las fotos filtradas. Y una reunión sorpresa en el departamento de Bianca que cada vez se hacía más estrecho. Drizz casualmente transformó el departamento en una gigantesca mansión]

    *Mi mandíbula casi se cae al piso de la sorpresa* -¿PERO QUÉ?. Este día se pone cada vez más extraño.

    //TODO TEAM BIANCA SEA BIENVENIDO A LA INAGURACIÓN DEL NUEVO DEPARTAMENTO. FIESTA.
    [Ghostly_Singer_Spectrum] [nicole_goth] [RhysFeu7] [Filyn_blue] [storm_lavender_shark_168] [Necr0MANcer] [Maxi8] [pulse_green_whale_937][doucevi3] [loki_q1] [specter_gold_magician_349] [LadyCeleste2008] [ShaneMiller2000] [Sury_Sakai_1724] [echo_fuchsia_zebra_170] [Hiritox3] [Starscourge09] [fable_ivory_hippo_129] [CrybyLucreci4] [specter_gold_turtle_911] [illusion_amethyst_horse_472] [Zelkhagok01] [Jeroaberration0] [Tras el incidente de las fotos filtradas. Y una reunión sorpresa en el departamento de Bianca que cada vez se hacía más estrecho. Drizz casualmente transformó el departamento en una gigantesca mansión] *Mi mandíbula casi se cae al piso de la sorpresa* -¿PERO QUÉ?. Este día se pone cada vez más extraño. //TODO TEAM BIANCA SEA BIENVENIDO A LA INAGURACIÓN DEL NUEVO DEPARTAMENTO. FIESTA.
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  • —INVINCIBLE WAR (ALT): 1/???—


    —Cuando ocurrió la guerra de los Invencibles y todos fueron enviados a esparcir el caos, lo primero que quiso hacer fue subir cerca de la estratosfera para poder elegir un objetivo al azar, pero termino encontrándose a alguien que jamás conoció, una figura pequeña se dirigía hacia el espacio exterior, portaba una armadura que el jamás había visto antes, por lo que lo tomo como un nuevo desafío, inmediatamente se lanzo hacia aquella persona, interceptandola y llevándola hasta el espacio, aquella persona al principio trato de hablar con el—


    : "¡Calmate amigo, estoy de tú lado!"


    —Obviamente el sabía que lo más seguro es que lo haya confundido con el Invincible de este mundo, así que siguió atacando hasta que finalmente aquella persona respondió, un destello salió de su frente, seguido de un laser que le quemaba la piel a Mark, esto lo obligó a retroceder un poco, cuando al fin estuvo dispuesto a contraatacar, una figura familiar se le apareció a su lado, una de las variantes con un bigote y vestimenta de soldado viltrumita se acercó a su lado y le puso una mano en su hombro—

    : "La mocosa es mi objetivo, retírate o tú serás el siguiente"

    —¿¡Y TU QUIEN CARAJOS TE CREES QUE ERES PARA DARME ORDENES?, YO SOY LO SUFICIENTEMENTE FUERTE PARA!–

    —Nuevamente el laser fuer disparado hacia el, está vez no pudo cubrírse y recibió el golpe de lleno, haciendo que esté quede inconsciente y empieze a caer nuevamente hacia la tierra—
    —INVINCIBLE WAR (ALT): 1/???— —Cuando ocurrió la guerra de los Invencibles y todos fueron enviados a esparcir el caos, lo primero que quiso hacer fue subir cerca de la estratosfera para poder elegir un objetivo al azar, pero termino encontrándose a alguien que jamás conoció, una figura pequeña se dirigía hacia el espacio exterior, portaba una armadura que el jamás había visto antes, por lo que lo tomo como un nuevo desafío, inmediatamente se lanzo hacia aquella persona, interceptandola y llevándola hasta el espacio, aquella persona al principio trato de hablar con el— —👤: "¡Calmate amigo, estoy de tú lado!" —Obviamente el sabía que lo más seguro es que lo haya confundido con el Invincible de este mundo, así que siguió atacando hasta que finalmente aquella persona respondió, un destello salió de su frente, seguido de un laser que le quemaba la piel a Mark, esto lo obligó a retroceder un poco, cuando al fin estuvo dispuesto a contraatacar, una figura familiar se le apareció a su lado, una de las variantes con un bigote y vestimenta de soldado viltrumita se acercó a su lado y le puso una mano en su hombro— —👤: "La mocosa es mi objetivo, retírate o tú serás el siguiente" —¿¡Y TU QUIEN CARAJOS TE CREES QUE ERES PARA DARME ORDENES?, YO SOY LO SUFICIENTEMENTE FUERTE PARA!– —Nuevamente el laser fuer disparado hacia el, está vez no pudo cubrírse y recibió el golpe de lleno, haciendo que esté quede inconsciente y empieze a caer nuevamente hacia la tierra—
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