El silencio en la mansión de San Petersburgo siempre se sentía más pesado desde la partida de Vladimir, pero hoy, la tensión no nacía del luto, sino de la obstinación. Sasha Romanov caminaba de un lado a otro en el despacho privado, sus tacones golpeando el mármol con la precisión de una ejecución, mientras Mikhail permanecía sentado frente a la chimenea, observando las llamas con una calma que a ella le resultaba insultante.

—¿Te vas a quedar ahí, Mikhail? ¿Mirando el fuego como si las respuestas estuvieran escritas en las cenizas? —Sasha se detuvo en seco, fulminándolo con la mirada—. Te pedí una sola cosa: que me respaldaras. Maral te escucha a ti, aunque pretenda que no.

Mikhail suspiró, cerrando los ojos un momento. Sabía que este enfrentamiento era inevitable. Su esposa era un torbellino de fuego y pragmatismo, la mujer que había reinado a su lado en el inframundo durante décadas.

—Sasha, mi amor —dijo él con voz pausada—, Maral no es una pieza de ajedrez. Es la *Boss* de la Bratva. Tú misma le enseñaste que su voluntad es la ley. No puedes esperar que ahora se rinda ante un contrato matrimonial como si fuera una debutante.

—¡No es por etiqueta, es por supervivencia! —exclamó Sasha, acercándose a él. Su voz tembló ligeramente, una grieta en su armadura de hierro—. Vladimir ya no está. El linaje Romanov pende de un hilo que ella se niega a asegurar. Si Maral no se casa, si no tiene un heredero, todo lo que construimos, todo lo que sacrificamos... se perderá cuando ella ya no esté.

Mikhail se puso de pie con la pesadez de los años y las batallas. Era un hombre imponente, incluso en el retiro, pero frente a Sasha siempre bajaba las armas. Intentó rodearle los hombros, pero ella se apartó con brusquedad.

—No me toques como si estuviera histérica. Estoy siendo lógica. Necesitamos que ese linaje continúe.

—Lo que necesitas es aceptar que ella está de duelo a su manera —rebatió Mikhail, su tono subiendo apenas un octavo—. Perdió a su hermano menor hace meses. Tiene a los lobos de las otras familias oliendo debilidad. ¿Y tú quieres que se siente a elegir un marido? Sasha, si la presionas más, lo único que lograrás es que nos prohíba la entrada a su territorio.

—¡Me dejaste sola ahí dentro! —le recriminó ella, señalando la puerta por donde Maral se había marchado minutos antes tras una gélida cena—. Cuando le mencioné al hijo de los Volkov, tú simplemente seguiste cortando tu carne. Ni una palabra. Ni un "tu madre tiene razón". Nada.

—Porque no la tienes —soltó Mikhail con una sinceridad que cortó el aire—. No en las formas. Maral es un halcón; si intentas enjaularla con un matrimonio arreglado, te arrancará los ojos. Ella elegirá cuando esté lista, o no lo hará. Pero no seré yo quien le diga a la mujer más poderosa de Rusia qué hacer con su cama o con su apellido.

Sasha se cruzó de brazos, sus ojos brillantes de furia y una pizca de miedo que no admitiría.

—Eres un cobarde, Mikhail Romanov. Prefieres la paz en esta casa que la seguridad del futuro.

Mikhail soltó una risa seca, corta y carente de humor. Se acercó a ella, esta vez sin permitir que retrocediera, tomándola suavemente por los antebrazos.

—He enfrentado ejércitos por ti. He matado a hombres por nuestra hija. No me hables de cobardía. Solo conozco a las mujeres de esta familia. Sé que si sigo tu juego, perderé a la única hija que me queda.

Sasha soltó un suspiro trémulo, su postura perdiendo un poco de rigidez. La mención de la pérdida golpeó el lugar donde aún dolía la ausencia de Vladimir. Miró a su esposo, viendo en sus ojos el mismo cansancio que ella sentía, pero disfrazado de paciencia.

—Solo no quiero que se quede sola —susurró ella, finalmente dejando que él la atrajera hacia su pecho.

—Nunca estará sola, Sasha. Es una Romanov —murmuró Mikhail contra su cabello—. Pero si sigues insistiendo con los Volkov, lo más probable es que amanezcamos con la cabeza de ese muchacho en nuestra puerta. Y sabes que ella es capaz.

Sasha soltó un bufido que casi pareció una risa, ocultando su rostro en el hombro de su marido. La discusión no había terminado, ambos lo sabían, pero por esa noche, el fuego de la chimenea sería la única batalla que observarían.

 

Detrás de las pesadas puertas de roble, Maral Romanov permanecía inmóvil, como una sombra fundida en el pasillo. Había regresado al despacho para hablar con Mikhail sobre unos asuntos de la ruta del Báltico, pero las voces elevadas de sus padres la detuvieron.

Nunca los había escuchado así. Su madre, Sasha, sonaba como un cristal a punto de quebrarse, y su padre, el hombre que siempre fue un muro de granito, dejaba ver las grietas de un cansancio profundo.

—*Solo no quiero que se quede sola* —la voz de su madre llegó a sus oídos, cargada de una vulnerabilidad que Sasha nunca mostraba ante la Bratva.

Maral cerró los ojos y apretó los puños. La muerte de Vladimir seguía siendo un vacío negro en el centro de su pecho. Recordó una de sus últimas noches con él, compartiendo un cigarrillo en el balcón mientras la nieve caía sobre Moscú. Vladimir, con esa sonrisa despreocupada que ella nunca pudo permitirse, le había hablado de su novia, de sus planes de proponerle matrimonio y de cómo imaginaba a sus hijos corriendo por los jardines de la propiedad. *"Alguien tiene que traer algo de luz a esta familia de sombras, hermana"*, le había dicho.

Ese futuro se había desvanecido en un asfalto frío, y ahora ella era la única guardiana de las cenizas de los Romanov.

Sintió una punzada de culpa. Había visto a su madre envejecer diez años en los últimos meses. Si un matrimonio era lo que Sasha necesitaba para recuperar el aliento, para sentir que el linaje no moriría con ella, Maral se lo daría. No por deber a la organización, sino por amor a la mujer que la trajo al mundo.

Sin hacer ruido, se alejó de la puerta y caminó hacia el gran ventanal del pasillo que daba a los jardines nevados. Su reflejo en el vidrio le devolvió la imagen de una mujer que infundía terror en sus enemigos, pero que por dentro estaba dispuesta a hacer un sacrificio final.

—Hacerla feliz —susurró para sí misma—. Solo eso.

Pero Maral no era una mujer de términos medios. Si iba a aceptar un esposo, no sería un títere de los Volkov ni un heredero ambicioso que buscara sentarse en su trono. Necesitaba un hombre que entendiera que el poder en Rusia tenía un solo nombre, y era el de ella. Buscaría a alguien que pudiera estar a su lado en el campo de batalla, pero que supiera que, al cerrar la puerta, ella seguía siendo la *Boss*.

Un hombre que no intentara domarla, porque Maral Romanov no aceptaba bridas, ni siquiera de oro.

Se dio la vuelta, con la decisión tomada y la mirada gélida de nuevo en su sitio. Mañana le diría a su madre que aceptaba iniciar la búsqueda. La dinastía continuaría, pero bajo sus propias reglas.