Hubo un tiempo en el que Pierre no era Pierre, sino un hombre con un nombre que ahora prefiere no pronunciar y que nadie debe recordar. Fue rey. Gobernó un reino próspero, rodeado de hombres leales que se sentaban a su mesa como iguales, aunque todos supieran quién llevaba realmente el peso de la corona. Creía en el honor, en la justicia y en la idea de que el mundo podía sostenerse sobre algo tan frágil como la lealtad y la cofianza.

A su lado estaba Eva, su esposa, su reina, la mujer con fe inquebrantabl. Eva no era solo una figura ni un símbolo del poder que compartían; era la única persona en el mundo con quien Pierre podia dejar de ser rey y simplemente existir y ser un hombre enamorado. La quería con una intensidad que quitaba el aliento, firme, de esa forma que no necesita demostrarse constantemente para ser real.

Fue en aquella época cuando Merlín puso en manos de Pierre algo que no pertenecía del todo a este mundo. Una espada que sido forjada con un propósito muy concreto: acabar con aquello que la magia por sí sola no podía detener. Merlín nunca le explicó todos los detalles, pero sí lo suficiente para que entendiera su peso. Aquella espada era lo único capaz de dar muerte a Morgana una terrible y temible hechicera, y, llegado el momento, a cualquier mal que escapara del equilibrio natural. No debía usarse a la ligera. No debía caer en las manos equivocadas.

Pierre la aceptó como aceptaba todo: como un deber. Pero nunca se imaginó hasta qué punto terminaría necesitándola, pues todo empezó a torcerse el día que Pierre encontró a un muchacho en el bosque.

El chico estaba herido, rodeado de sangre, apenas consciente. Había sido atacado por lo que parecían bestias. Nadie supo explicar muy bien qué eran aquellas criaturas, y Pierre tampoco lo necesitó. No lo pensó un solo instante. Se llevó al chico con él, lo protegió y lo acogió como a uno más. Se llaba Étienne. Lo vio hacerse fuerte y lo entrenó, confió en él hasta el punto de convertirlo en uno de sus hombres más cercanos.

Lo que nunca supo fue que aquel chico nunca habia necesitado ser salvado.

Porque Étienne era una criatura que nadie en aquel pueblo podia comprender. Una criatura fuerte, poderosa, inmortal y... sedienta de sangre.

El tiempo hizo su trabajo. La confianza se volvió costumbre y la cercanía, inevitable. Étienne se ganó un lugar que nadie cuestionó, pero también empezó a cruzar líneas que no debía. Entre salones y pasillos, fiestas y reuniones, se enamoró de Eva. No fue algo inmediato ni evidente, pero terminó siendo imposible de ignorar. Y aunque nunca llegó a decirlo en voz alta, ese sentimiento empezó a contaminar todo lo demás.

Merlín fue el primero en ver el problema completo, por supuesto. Nada escapaba a sus ojos tan antiguos, pues habia visto y vivido más que ningun otro.

No solo descubrió lo que era Étienne, también entendió lo que podía llegar a pasar si Pierre permanecía a su lado. No era solo el peligro de un vampiro infiltrado en la corte, era algo más profundo, más inevitable. Y también sabía que la espada que había creado, aquella que debía servir para contener el mal… podía acabar en manos equivocadas si todo se torcía. Pues era un arma creada con un propósito muy concreto: acabar con Morgana. No contenerla, no frenarla, sino destruirla si llegaba el momento. Porque, según Merlín, habría un momento en el que todo se rompería.

Y ese momento llegó.

Morgana no atacó por ambición ni por conquistar territorios. Su guerra nunca fue contra el reino en sí, sino contra Merlín y contra lo que él representaba. Pero Pierre, sin buscarlo, se convirtió en parte de ese conflicto en cuanto aceptó la espada. La creación de aquella espada era una amenaza directa para ella, y dejarla en manos de un rey que aún creía en el equilibrio y en la luz era un riesgo que no estaba dispuesta a asumir.

El ataque no fue limpio ni organizado. Fue caótico, violento, imposible de contener. Criaturas, magia desatada, cosas que ni siquiera tenían nombre empezaron a arrasar todo lo que encontraban a su paso. No era una guerra que pudieran ganar con soldados ni estrategia. Era otra cosa. Y Merlín lo sabía. Asi que le dio a Pierre la unica salida posible. No podian quedarse. Porque intentar salvar el territorio, se llevaria consigo la vida de todas las personas que Pierre conocia y amaba. Si se quedaban, no quedaría nada que salvar. Así que Pierre hizo lo único que nunca habría pensado hacer. Abandonó su reino. No por cobardía, sino porque era la única forma de proteger a los suyos. Reunió a su gente, a los pocos que quedaban, y los guió lejos de todo lo que conocían en busca de una nueva oportunidad. Una tierra donde empezar de nuevo.

Entre todo lo que se llevaron, aquella espada no se quedó atrás.

Y tampoco Étienne.

Lejos de su reino, de su propósito y de todo lo que le daba sentido, Pierre empezó a venirse abajo poco a poco. No de golpe, sino de esa forma lenta en la que alguien deja de reconocerse. Y Étienne estuvo ahí todo el tiempo, sosteniéndolo cuando hacía falta… y empujándolo cuando le convenía.

Hasta que lo rompió del todo. Y una noche, en mitad de ninguna parte en un viaje que no tenia certezas de exito para nadie, traicionó a su rey y lo convirtió en vampiro. No por un accidente ni por un arrebato, fue una decisión. Una decisión meditada durante mucho tiempo. Étienne no quería matar al rey, claro que no. Quería despojarlo de todo lo que lo hacía ser quien era. Igualarlo. Arrastrarlo a su mismo nivel. Y lo consiguió. Pierre murió y volvió siendo algo que nunca habría aceptado. Lo peor no fue la transformación en sí, sino lo que vino después. El hambre, la pérdida de control, la confusión… y la sangre. Mató a uno de sus soldados, alguien que había confiado en él. Y en ese momento, todo lo que Pierre había sido dejó de importar.

Cuando llegaron a París, ya no quedaba nada del rey que había guiado a su gente fuera del desastre. Solo alguien que no sabía qué hacer con lo que era. Y Étienne supo aprovecharlo. No necesitó grandes mentiras, solo reforzar lo evidente. Pierre era peligroso, inestable, un monstruo. La gente hizo el resto.

Nadie sabía la verdad. Nadie sabía que Étienne era igual… ni que había sido él quien lo había creado.

La espada, en medio de todo aquello, dejó de ser una promesa de salvación para convertirse en un problema. Si había algo capaz de acabar con criaturas como ellos, era esa espada. Y Étienne lo sabía. Por eso empezó a moverse con cuidado, asegurándose de que Pierre no pudiera usarla, de que no representara una amenaza real.

Eva fue la siguiente en caer. En medio del caos, de la tensión acumulada y de todo lo que ya no tenía arreglo, murió a manos de Étienne… o estuvo a punto de hacerlo. Y, de alguna forma, volvió. Pero no como antes. Al ser una bruja que solo podia crear magia si la absorbia de otra fuente, Eva se convirtió en una hereje, una vampira capaz de hacer magia. Algo que no debería existir y que, aun así, encajaba perfectamente en ese mundo que se había torcido por completo.

Inevitablemente, el enfrentamiento entre Pierre y Étienne no fue heroico ni limpio. Fue todo lo contrario. Fue rabia contenida durante años, traición, culpa, todo saliendo de golpe. Y en medio de ellos, Eva.

Murió tratando de salvar a los dos de si mismos. A Pierre de la culpa por matar a un hermano. A Étienne de salvar al hombre que lo habia protegido. 

Y con la muerte de Eva, desapareció cualquier posibilidad de que aquello terminara de otra forma.

Después de eso, Pierre no tuvo cómo sostenerse. Era el monstruo, el rey caído, el responsable de todo lo que había salido mal. Étienne se encargó de que esa versión fuera la única que quedara. Lo desterraron, lo apartaron, lo borraron de la historia.

Antes de desaparecer, Pierre tomó una última decisión. Se llevó la espada y la ocultó. Si él ya no era digno de empuñarla, nadie lo sería. No mientras el mundo siguiera siendo lo que era.

Y luego se fue.

 

 

Étienne se quedó en París y la convirtió en su territorio. Fue ganando poder, sometiendo a otras criaturas, construyendo algo que ya no se parecía en nada a una ciudad, sino a un reino levantado sobre el miedo.

Y en algún lugar, lejos de todo eso, el hombre que una vez fue rey sigue existiendo. No como antes. Pero tampoco del todo roto acogiendo entre los muros de un hogar demasiado fragil a todas esas criaturas que soportaban el odio, la persecucion y la crudeza de Étienne. Porque hay cosas que no desaparecen, por mucho tiempo que pase. Y el mal que obligó a huir a todo un reino… sigue ahí fuera...