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Drian no solía recoger flores.
Nunca le habían parecido útiles.
Pero ese día, lo hizo.
Caminaba despacio entre los girasoles, rozando apenas los tallos con la punta de los dedos, como si no quisiera interrumpir nada. El campo se extendía sin fin, pintado de un amarillo cálido que casi dolía de tan perfecto.
El viento soplaba suave.
Y por una vez…
No había ruido en su cabeza.
Se detuvo frente a un girasol más alto que los demás.
Lo observó.
Erguido.
Firme.
Siempre mirando hacia la luz.
— Tú sí sabes a dónde mirar…—
Murmuró.
Lo cortó con cuidado, sin brusquedad. Luego otro. Y otro más. Hasta formar un pequeño ramo torpe, imperfecto… pero suyo.
Siguió caminando.
El sol le caía encima, tibio, constante. No se cubrió. No se escondió. No pensó en quién podría verla, ni en quién podría encontrarla.
Por un momento, no estaba huyendo.
Ni esperando.
Ni vigilando.
Solo… estaba.
Se sentó entre las flores, dejando el ramo sobre sus piernas. Observó cómo algunos pétalos se movían con el viento, como si respiraran.
Cerró los ojos.
El mundo no desapareció.
Pero dejó de pesar.
Y en ese pequeño espacio…
Drian no fue alguien peligrosa.
No fue un nombre que se susurra.
No fue un error.
Fue solo una chica bajo el sol, sosteniendo flores que no necesitaba.
Cuando abrió los ojos, el cielo seguía igual.
El campo también.
Nada había cambiado.
Y, aun así…
Algo era distinto.
Tomó el ramo otra vez, ajustando un pétalo que se había doblado.
Se levantó con calma.
No había prisa.
Nunca la hubo realmente.
— Tal vez…—
Murmuró, casi sin voz.
Pero no terminó la idea.
Solo siguió caminando entre los girasoles, dejando atrás un rastro invisible de pasos que el viento borraría en segundos.
Como si nunca hubiera estado ahí.
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