El silencio en el refugio de Maral se hizo añicos cuando el teléfono satelital vibró violentamente. La noticia golpeó con la fuerza de una ráfaga: la mansión principal de los Romanov estaba bajo asedio. El YME, la organización marroquí, había lanzado un ataque directo al corazón de la dinastía.

El Descenso al Infierno

El trayecto fue un borrón de velocidad y chirrido de neumáticos, pero para Maral, cada segundo se sentía como una eternidad de plomo. Al llegar, los jardines de la mansión eran un campo de exterminio.

—¡Fuego de cobertura! —rugió Maral, saltando del vehículo antes de que este se detuviera por completo.

La entrada principal estaba bloqueada por escombros y cuerpos. Maral no esperó a que Gregor despejara el camino. Se lanzó hacia el ala oeste, encontrándose de frente con dos operativos del YME. No hubo tiempo para apuntar. Maral embistió al primero, hundiendo el cañón de su arma en su garganta antes de apretar el gatillo. El estallido fue ensordecedor, salpicando su rostro de carmín. El segundo hombre intentó golpearla con la culata de su rifle, pero ella se agachó con una agilidad desesperada, barriéndole las piernas y rematándolo en el suelo con un disparo seco.

"No otra vez", golpeaba una voz en su cabeza al ritmo de sus pulsaciones. "Vladimir ya no está. Si ella también se va... si la pierdo a ella, no quedará nada de mí".

El terror era una garra fría en su estómago. La imagen de su hermano, frío y sin vida, se superponía a la de su madre. El miedo no la paralizaba; la convertía en algo inhumano, en una máquina de matar que solo buscaba un objetivo.

—¡Abran paso! —gritó Gregor, derribando una puerta doble mientras intercambiaba ráfagas de subfusil con los mercenarios que custodiaban el pasillo central.

Maral se lanzó al cuerpo a cuerpo contra un atacante que surgió de una habitación lateral. El hombre era más pesado, pero ella era puro odio. Le propinó un cabezazo que le rompió el tabique, escuchando el crujido del hueso con una satisfacción sombría. Lo agarró de la solapa y lo estampó contra la pared, apuñalándolo repetidamente con un cuchillo táctico que ni siquiera recordaba haber desenfundado.

—¡¿DÓNDE ESTÁ ELLA?! —bramó Maral, su voz rompiéndose en un grito ronco que se perdió entre el estruendo de las granadas de humo y los gritos de agonía de los invasores.

El Escenario Dantesco

Cuando finalmente irrumpió en la gran sala, el aire estaba saturado de humo y el olor metálico de la sangre. En el centro del salón, rodeado por hombres armados, el líder del YME sostenía a Sasha Romanov. El hombre tenía una mano enredada en el cabello de Sasha y la otra presionando una daga contra su garganta.

Sasha parecía frágil, con la cabeza gacha. Maral sintió que el mundo se detenía. El pánico de perder al último pilar de su vida la hizo tambalear.

—¡Suéltala! —rugió Maral, con el arma firme pero el corazón galopando contra sus costillas.

El líder marroquí sonrió con arrogancia.

—La reina de la Bratva es más débil de lo que dicen los mitos, Maral. Mírala, ni siquiera puede sostenerse en pie.

El Despertar de la vieja Leona

Pero el error del YME fue confundir paciencia con debilidad. Sasha Romanov no estaba colapsando; estaba calculando. En el instante en que el líder desvió la mirada hacia Maral, la postura de Sasha cambió. Sus dedos se cerraron con una fuerza inhumana sobre la muñeca del hombre.

Con un movimiento fluido y brutal, Sasha giró el brazo de su captor, desarticulando su hombro con un crujido seco. Antes de que el hombre pudiera gritar, ella le arrebató la daga y la hundió en su cuello con precisión quirúrgica.

Los hombres del YME intentaron reaccionar, pero Maral y Gregor ya habían iniciado la descarga. La sala se convirtió en un infierno de trazadoras y casquillos calientes cayendo sobre el mármol. En medio del caos, Sasha terminó el trabajo, de pie sobre el cadáver del líder, con los ojos brillando con un fuego frío.

El Reencuentro

Cuando el último de los invasores cayó, el silencio regresó. Maral bajó su arma, su respiración aún agitada por la adrenalina y el miedo visceral que casi la despoja de su cordura. Caminó hacia el centro de la sala. Sasha extendió los brazos y Maral se refugió en ellos, uniendo sus fuerzas en un abrazo que sellaba la supervivencia de su estirpe.

—Pensé que te perdía —susurró Maral, ocultando su rostro un momento en el hombro de Sasha—. No vuelvas a jugar con mi cordura de esa manera, mamá. No después de Vladimir... no sobreviviría a eso.

Sasha la estrechó con fuerza, recordándole que los Romanov no solo heredan el apellido, sino la ferocidad.

—Nunca vuelvas a dudar de mí, pequeña —susurró Sasha con una sonrisa gélida—. La Bratva no se arrodilla ante nadie.

Maral se separó un poco, observando el cadáver del líder marroquí. El temblor en su labio delataba que, aunque el abrazo le devolvía la paz, su mente ya estaba cazando.

—¿Por qué ahora, Gregor? —preguntó en voz alta—. Irrumpió aquí como si tuviera la victoria asegurada. Nadie es tan estúpido sin una razón oculta.

La duda quedó flotando en el aire. El ataque no parecía una invasión, sino un sacrificio orquestado. Pero mientras estuvieran todos unidos, cualquier intriga enemiga terminaría exactamente como esa tarde: con los Romanov de pie sobre las cenizas de sus adversarios.