El rompehielos "Vory" cortaba la negra superficie del Mar Báltico con una brutalidad silenciosa. En el puente de mando, Maral Romanov observaba la silueta recortada de la refinería de gas. No llevaba a Koldum, pero su presencia era igual de intimidante. Vestida con equipo táctico negro, su piel pálida contrastaba violentamente con sus ojos. La furia contenida, el luto y el veneno que Gregor mencionaba habían teñido sus iris de un rojo carmesí profundo, como si la sangre de Vladimir fluyera directamente en su mirada.

A su lado, como siempre, estaba Gregor. Su barba canosa estaba tensa y sus ojos vigilaban no solo el horizonte, sino cada movimiento de Maral. Llevaba una mano apoyada en su hombro, un gesto que combinaba la protección de un escudo con la contención de una camisa de fuerza. Gregor temía que la venganza no solo consumiera a los enemigos de Maral, sino que devorara lo último que quedaba de humanidad en la joven reina.

—Están listos —dijo Gregor, su voz con un murmullo bajo—. Yousef y Radu han cumplido su parte. Pero Maral... recuerda respirar. No dejes que el rojo te ciegue por completo.

Maral no respondió. Se limitó a ajustar el agarre de la Habibi, la daga de su hermano, en su cinturón. El rojo de sus ojos brilló intensamente cuando la refinería se iluminó ante ellos.

El Pasillo de la Muerte

La infiltración no fue silenciosa. Los mercenarios del grupo Hiena, contratados por los Caballeros y TXE, sabían que ella venía. Pero no esperaban la ferocidad de la Bratva respaldada por las mafias Siria y Rumana.

Mientras los hombres de Yousef (Sirios) eliminaban a los francotiradores con precisión quirúrgica y los rumanos de Radu saboteaban las comunicaciones, Maral, Gregor y un equipo de asalto de élite de los Volki se abrieron paso hacia el núcleo de la refinería.

El primer enfrentamiento serio ocurrió en el muelle de carga. Una docena de mercenarios fuertemente armados intentaron detenerlos. Maral se movía como una sombra letal. No usaba armas de fuego; la Habibi destellaba en el aire, cortando gargantas y arterias con una precisión aterradora. Gregor iba un paso por detrás, su escopeta automática barriendo a cualquiera que intentara flanquearla.

—¡Cúbranla! —rugía Gregor a los Volki, mientras abatía a un mercenario que apuntaba a Maral—. ¡Que nadie se acerque a la L'vitsa!

Maral estaba rodeada. Un mercenario enorme intentó embestirla. Ella esquivó el ataque, hundió la Habibi en su costado y usó su cuerpo como escudo contra una ráfaga de balas. Sus ojos rojos parecían dejar una estela de fuego en la penumbra. Se sentía la tensión en ella, la necesidad casi física de matar, y Gregor lo veía con creciente preocupación. Estaba demasiado cerca del límite.

El Nido de Víboras al Descubierto

Gracias al sabotaje de Radu, la "cámara de vacío" que habían preparado para Maral se volvió en su contra. Cuando Maral y Gregor llegaron a la sala de control blindada, las puertas estaban selladas. Al otro lado del cristal reforzado, el líder de los Caballeros Ingleses (Sterling) y Dragan (de TXE Serbio) se dieron cuenta de que su trampa había fallado.

Radu, desde una terminal externa, desbloqueó la puerta principal. Maral entró primero. Gregor se quedó en el umbral, su escopeta apuntando a los cuatro guardaespaldas supervivientes que quedaban en la sala.

—Atrás —ordenó Gregor a los guardias con un tono que no admitía réplica. Los hombres, viendo los ojos de Maral y la escopeta de Gregor, bajaron sus armas.

Maral caminó hacia Sterling y Dragan. El rojo de sus ojos era tan intenso que parecía emitir luz propia.

La Mofa antes de la Tormenta

Sterling, el inglés, recuperó la compostura con una sonrisa arrogante. Miró a Maral de arriba abajo, deteniéndose en sus ojos rojos.

—Vaya, la Leona está llorando sangre —se mofó Sterling, su acento londinense destilando veneno—. ¿Sigues de luto por el pequeño Vladimir? Tuvimos que admitir que fue divertido verlo rogar.

Dragan, el gigante serbio, soltó una carcajada brutal.

—Sí, lloraba como una puta —añadió Dragan, dando un paso adelante, confiado en su tamaño—. "¡Mi hermana me vengará!", gritaba. Bueno, aquí estás. Una niña con ojos rojos y una daga de juguete. ¿Sabes qué hicimos con su cuerpo antes de dejarlo en la nieve, l'vitsa?

Maral permaneció inmóvil. Sus ojos rojos no parpadearon. El silencio en la sala se volvió opresivo. Gregor apretó el gatillo de su escopeta, listo para intervenir, pero Maral levantó una mano, deteniéndolo. Ella quería hacer esto sola.

—¿Eso es todo lo que tienen? —pregúntó Maral, su voz tan gélida que pareció congelar el aire—. ¿Mofas sobre un muerto para ocultar tu propio terror?

El Final de Sterling: El Caballero en Llamas

Maral se movió con una velocidad sobrenatural. Antes de que Sterling pudiera reaccionar, ella lo pateó con fuerza, lanzándolo contra una fila de barriles de combustible de aviación que los rumanos habían colocado estratégicamente. Sterling cayó, empapándose del líquido inflamable.

—Hablabas de "tierra quemada" —dijo Maral, sacando una bengala de emergencia de su chaleco táctico—. Me parece justo que tú la experimentes primero.

Sterling, con los ojos abiertos por el pánico, intentó levantarse, pero el combustible lo hacía resbalar.

—¡Espera! ¡Podemos negociar! ¡La pirámide...!

—La pirámide tiene una nueva reina —interrumpió Maral—. Y tú no estás invitado.

Encendió la bengala. El fósforo brilló violentamente, reflejándose en sus ojos rojos. Con un movimiento casual, lanzó la bengala sobre Sterling.

El fuego fue instantáneo y voraz. El líder de los Caballeros Ingleses se convirtió en una antorcha humana en un segundo. Sus gritos agónicos llenaron la sala, pero Maral no parpadeó. Observó cómo las llamas consumían al hombre que se había mofado de su hermano, con los ojos rojos fijos en la pira, hasta que solo quedó el olor a carne quemada y un montón de cenizas en el suelo.

El Final de Dragan: La Trituradora Industrial

Dragan, viendo el final de su aliado, intentó huir hacia la zona de procesamiento industrial, embistiendo a Gregor en su desesperación. Gregor, aunque viejo, era duro como el roble; absorbió el impacto y logró disparar a la pierna de Dragan antes de que el serbio lo derribara.

Dragan cojeó hacia una pasarela superior que daba a la trituradora de residuos industriales, una máquina masiva diseñada para pulverizar metal y escombros. Maral ya estaba allí, esperándolo. El rojo de sus ojos brillaba en la penumbra de la zona de maquinaria.

El serbio, acorralado, sacó un cuchillo de combate gigantesco.

—¡Te mataré con la misma hoja con la que corte a tu hermano! —rugió Dragan, lanzándose al ataque.

Maral no esquivó. Usó la Habibi para desviar el ataque de Dragan. La daga de damasco cortó el aire y, con un movimiento fluido, cortó los tendones de ambas corvas del gigante. Dragan rugió de dolor y cayó de rodillas.

—Él no rogó —susurró Maral, acercándose a su oído desde atrás—. Vladimir murió como un Romanov. Tú morirás como basura.

Con una fuerza inhumana, alimentada por el odio y la adrenalina, Maral empujó al gigante serbio por encima de la barandilla de la pasarela. Dragan cayó directamente dentro de la tolva de la trituradora en funcionamiento.

El sonido fue ensordecedor. Las enormes muelas de acero se engancharon en la carne y en los huesos de Dragan. Los gritos se escucharon junto con el horrible sonido mecánico de la trituración. El rojo de los ojos de Maral pareció intensificarse mientras observaba cómo la máquina vomitaba una pasta roja y gris al otro lado.

El Regreso de la Leona

Maral se quedó de pie junto a la trituradora, con la Habibi temblando en su mano. Gregor, cojeando ligeramente por el golpe, se acercó a ella. La vio: estaba al borde del colapso, consumida por la violencia que ella misma había desatado.

Gregor guardó su escopeta, se acercó a ella por detrás y la abrazó con fuerza, inmovilizando sus brazos.

—Está hecho, l'vitsa. Está hecho —le dijo suavemente al oído—. Respira. Vuelve a mí. No dejes que se lleven todo de ti.

Maral luchó un momento, su cuerpo tenso como una cuerda de violín. Pero el abrazo de Gregor era seguro, un ancla en su tormenta de odio. Lentamente, la tensión abandonó sus músculos. Cerró los ojos y, cuando los volvió a abrir, el rojo carmesí de sus ojos parecía verse más tranquilos, aunque empañado por un dolor profundo.

—Gregor —susurró, su voz quebrando por primera vez—. Se mofaron de él.

—Lo sé, pequeña leona. Pero ellos ya no existen. Y tú sigues aquí.

Gregor la guio fuera de la zona de maquinaria, pasando junto a Yousef y Radu, que observaban con respeto religioso. Salieron de la refinería hacia el frío amanecer del Báltico. Quedaban siete líderes de la mafia, pero esta noche, la Bratva había demostrado que la muerte tenía un nuevo nombre, y que Gregor siempre estaría allí para asegurarse de que su reina no se perdiera en su propia oscuridad.