⚠️ TRIGGER WARNINGS
• Abuso emocional / gaslighting.
• Violencia física doméstica.
• Abuso sexual / agresión sexual.
• Infidelidad repetida.
• Aislamiento social.
• Abuso psicológico.
• Intento de suicidio/autolesiones.
• Trauma infantil/adolescente
• Desesperanza/depresión
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«Me llamo Suzuki Kaito, aunque la mayoría me llaman Zukki o Kai.
Nací en Kioto, Japón, y crecí en una familia de gran influencia y poder.
Mi padre es el CEO de una de las principales empresas de ciberseguridad del país, con contratos incluso a nivel gubernamental, y mi madre es Ministra de Asuntos Internos y Comunicaciones, participando activamente en decisiones clave dentro del gobierno japonés.
Nunca hemos tenido problemas económicos ni falta de oportunidades, pero la disciplina en casa era estricta.
Desde pequeño me enseñaron a mantener las apariencias, a seguir protocolos, y a cumplir con cada expectativa familiar sin cuestionarla. Sin embargo, yo nunca parecía encajar del todo: siempre tuve una sensibilidad especial que me hacía sentir las emociones propias y ajenas de forma intensa, algo que a veces me aislaba en medio de la rigidez familiar.
Tengo un hermano de 25 años, Suzuki Takeshi, quien sigue los pasos políticos de la familia como Secretario Parlamentario Junior. A pesar de su apariencia fría y distante, sé que se preocupa por mí, aunque rara vez lo exprese abiertamente, pero cada vez que he caído ha estado ahí para recoger los pedazos de mí que quedaban.
A pesar de las expectativas de mi padre, desde muy joven empecé a destacar en música. El piano y el violín se convirtieron en mi refugio y mi pasión. Mi padre desaprobaba que dedicara tiempo a ello, insistiendo en que debía prepararme para heredar la empresa familiar, mientras que mi madre, aunque consciente de las tensiones, me apoyaba en secreto. Siempre estaba presente en mis recitales y concursos, asegurándose de que tuviera la oportunidad de brillar, y cuidando de que mi pasión no fuera solo un capricho, sino algo que pudiera desarrollarse sin romper del todo las reglas de la familia.
Cuando tenía 16 años me enamoré de un chico que era cuatro años mayor que yo. Se llamaba Nishizaki Tōru (Zaki).
Al principio pensé que aquello que estaba naciendo entre nosotros era algo especial. Zaki era seguro de sí mismo, decidido y con una confianza que rayaba en la arrogancia; siempre parecía dominar cualquier situación y moverse en el mundo sin esfuerzo. Yo, en cambio, era sensible, introspectivo y a menudo me dejaba llevar por mis emociones.
Estar con él me hacía sentir protegido, como si alguien más fuerte y seguro estuviera manteniendo cualquier problema a raya. Su determinación contrastaba tanto con mi delicadeza que, sin darme cuenta, me sentí atraído por esa fuerza opuesta a la mía.
Yo era demasiado joven e ingenuo, y durante un tiempo creí que lo que él sentía por mí era verdadero amor.
Zaki tenía un mejor amigo con el que pasaba mucho tiempo, Ryohei Kisaragi (Ryo). Al principio no me parecía extraño. Pero con el tiempo empecé a notar pequeñas cosas: mensajes a horas raras, bromas privadas que yo no entendía, miradas entre ellos que parecían decir algo que yo no alcanzaba a descifrar.
Cuando preguntaba, Zaki siempre respondía igual:
Decía que yo estaba imaginando cosas, que Ryo solo era su mejor amigo y que no había nada raro en ello, que yo era demasiado celoso y sensible.
Con el tiempo empecé a dudar de mí mismo más que de él.
Poco a poco fui alejándome de otras personas, e incluso de mi familia. Zaki decía que algunos amigos míos hablaban mal de mí o que no me entendían de verdad, que mi familia no me quería, que solo querían controlarme. Y yo le creía.
Al final él se convirtió en casi todo mi mundo: mi pareja, mi confidente y la persona en la que más confiaba.
En solo seis meses como pareja ya estábamos viviendo juntos, a pesar de la firme oposición de mis padres y mi hermano.
Mi vida con Zaki se convirtió en un descontrol de fiestas, sexo y alcohol.
Una noche, cuando yo ya tenía 17 años, Nishizaki volvió a casa mucho más tarde de lo esperado. Sabía que había estado con Ryo. Un amigo de ambos me había enviado una foto en la que Zaki y Ryo se estaban besando. Era un beso profundo y apasionado que no dejaba lugar a dudas de lo que estaba pasando.
Aquella noche, volví a preguntarle a Zaki si entre él y su amigo había algo más que una amistad. Mis sospechas estaban más que fundadas y había llegado un momento en el que me sentía como si yo estuviera ocupando un lugar que en realidad no era mío, si no de Ryo.
No le grité, ni le acusé directamente. Solo quería entender la amistad que tenían, si es que podía llamarse amistad. Mi intención no era discutir, simplemente salir de la vida de Zaki si él prefería estar con Ryo.
Zaki lo negó todo. Entonces le mostré aquella foto, y aquello fue como si hubiera encendido algo peligroso dentro de Zaki.
Su expresión cambió de golpe.
Se levantó tan rápido que la silla cayó hacia atrás con un golpe seco. Antes de que pudiera reaccionar me agarró por el pelo y me empujó contra la pared. El impacto me sacó el aire de los pulmones.
Nunca lo había visto así.
Sus ojos estaban llenos de una rabia fría, dura, como si yo acabara de insultarlo de la peor forma posible.
Su puño pasó junto a mi cara y se estrelló contra la pared con un golpe brutal. El yeso se agrietó al instante. Durante meses quedó allí la marca hundida de su puñetazo, justo a la altura de mi cabeza.
Me preguntó qué estaba insinuando, si de verdad pensaba que él podía hacerme algo así, si no confiaba en él. Cada palabra salía más áspera que la anterior. Intenté decirle que solo quería hablar, pero no me dejó terminar.
Me obligó a decir en voz alta que todo eran imaginaciones mías nacidas de los celos, me arrebató el teléfono y borró aquella foto, y bloqueó el contacto del amigo que me había enviado aquella foto diciendo que solo estaba celoso de lo que había entre nosotros y que por eso intentaba separarnos.
Después dijo que me demostraría "cuánto me amaba".
Lo único que recuerdo que ocurrió unos minutos después aquella misma noche, es el sonido tintineante de su cinturón, el sonido de la cremallera de su pantalón, los tirones bruscos y desgarros en mi propia ropa, las lágrimas bañando mi rostro y un dolor que atravesó mi cuerpo como si me estuvieran partiendo en pedazos.
Cuando terminó, me soltó. Caí al suelo llorando y abrazándome a mí mismo.
Se quedó mirándome con frialdad e indiferencia. Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. Yo no podía hacer otra cosa que llorar. No podía parar.
Estaba roto, en todos los sentidos en los que se puede romper a una persona.
Después Zaki empezó a repetir que lo sentía. Su voz ya no tenía rabia.
Se dejó caer en el suelo junto a mí y me abrazó del modo más dulce posible.
Sentí sus caricias. Sus manos eran suaves ahora, casi delicadas, como si intentara borrar lo que había pasado unos minutos antes.
Seguía repitiendo que lo sentía. Que había perdido el control, que me amaba, que nunca volvería a ocurrir, que por favor lo perdonara.
Yo no sabía qué decir porque una parte de mí quería creerle, mientras otra parte de mí gritaba que Zaki había cruzado un límite imperdonable.
Al final, aquella noche me convencí a mí mismo de que Zaki lo sentía de verdad y le perdoné lo imperdonable.
Durante mucho tiempo viví con esa sensación incómoda de que algo no estaba bien entre nosotros, pero cada vez que intentaba entenderlo terminaba pensando que el problema era yo.
Cada vez que recordaba aquella noche el dolor emocional me desgarraba por dentro y mi cabeza no paraba de repetir el mismo recuerdo una y otra vez, como si estuviera volviendo a ocurrir en aquel mismo instante.
Todo siguió su curso, sin cambios y mucho menos mejoras, hasta aquella noche en una fiesta universitaria.
Recuerdo que había música alta, un fuerte olor a alcohol y sudor, demasiada gente bailando, demasiadas luces.
Yo estaba cerca de Zaki y Ryo cuando ocurrió. Ambos se estaban riendo, hablando entre ellos como si yo ni siquiera estuviera allí. Y entonces se besaron. Exactamente igual que en aquella foto.
No fue un accidente ni algo que intentaran ocultar. Fue un beso largo y profundo. Lo hicieron delante de todos como si nadie existiera. Ni siquiera yo.
Muchos los miraron, la mayoría los ignoraron. Algunos rieron y otros me miraron sin comprender qué estaba haciendo Zaki.
Yo estaba paralizado, sin saber qué hacer o qué decir. Lo único que recuerdo es el instante exacto en el que entendí que todo aquello llevaba pasando mucho tiempo y que yo había estado viviendo la mentira que Zaki había dibujado para mí.
Zaki había sido mi primer amor, mi primer beso y mi primera vez. Y me había roto de mil formas.
Antes de que terminaran de besarse, me fui. Escuché a Zaki llamándome a mis espaldas e intentando alcanzarme, pero la aglomeración de personas en la fiesta le impidió llegar hasta mí y, para cuando logró salir del local, yo ya me había ido.
Horas después, recibí una llamada de un número desconocido. Era del hospital. Zaki había tenido un accidente de coche y estaba muy grave.
Minutos después llegué al hospital. Sus padres estaban allí. Zaki estaba siendo operado de urgencia.
Sus padres no me permiteron estar con ellos, ni saber cómo estaba Zaki, mucho menos esperar a que terminara la operación y el equipo médico nos informara.
Me expulsaron del hospital y me culparon de todo. Entre gritos y amenazas, me dijeron que Nishizaki había salido del local detrás de mí con el corazón destrozado, que se subió a su coche y, mientras me buscaba, perdió el control del vehículo y se estrelló contra otro. Dijeron también que yo era un manipulador, un egoísta y un tóxico que solo sabía hacer daño a su hijo, y que ojalá hubiera muerto yo en su lugar.
Días después, el padre de Zaki, Nishizaki Masahiro, usó su posición como Director General de Comunicaciones del Gobierno Japonés para filtrar la información a la prensa de manera que Zaki apareciera como la víctima inocente y yo como el “manipulador y egoísta” que había causado todo. Además dijeron que yo había estado acosando a su hijo quien, por supuesto, no era homosexual. Incluso hablaron de la proximidad de la fecha de la boda de su hijo con una chica de una familia muy prominente. Era mentira, por supuesto, pero una mentira muy bien elaborada que destruía mi vida y reputación.
Mi mente colapsó.
Todo lo que había estado viviendo —la manipulación, el aislamiento, el abuso, las mentiras, la traición, la sensación constante de ser culpable— se condensó en un solo pensamiento:
Si desaparezco, todo dejará de doler. Si desaparezco, dejaré de hacerle daño a Nishizaki.
No podía soportar más el dolor y la oscuridad que me envolvían, y una noche sintiéndome más muerto que vivo, me encerré en el baño de la vivienda de mis padres e intenté acabar con mi vida.
Fue mi hermano Takeshi quien me descubrió tendido en el baño, sobre un enorme charco de sangre, con las muñecas abiertas. Estaba inconsciente y me quedaba apenas un suspiro de vida.
Todavía hoy tengo cicatrices en las muñecas, las cuales cubro siempre con pulseras de cuero.
Estuve largo tiempo hospitalizado. Los médicos dijeron que había estado a punto de morir.
Sé que Nishizaki intentó ir a verme al hospital, quería comprobar que estaba bien, incluso pedir perdón por lo que había hecho él y por lo que había hecho su padre con la prensa, y quiso reconciliarse conmigo.
Pero mi hermano Takeshi, consciente de todo lo ocurrido y del daño que sus padres y él me habían causado, no lo permitió. Se aseguró de que yo estuviera protegido, evitando cualquier contacto que pudiera empeorar mi estado emocional.
Después de salir del hospital, mi hermano luchó a mi lado durante meses. Me consiguió apoyo psicológico y se aseguró de que, poco a poco, mi mente aprendiera a anteponer la razón al corazón.
Por su parte, mi madre se encargó de ir limpiando poco a poco mi nombre ante la prensa. Supongo que eso será un largo camino y quizá mi nombre no esté limpio nunca.
Mi padre decidió que permanecer en Japón solo empeoraría mi estado, tanto por la constante presión mediática como por el riesgo de que volviera a acercarme a Nishizaki. Por eso estuvo de acuerdo con mi partida al extranjero con una beca internacional que había conseguido para estudiar música.
Elegí como destino Corea, a pesar de casi no conocer el idioma.
A mi padre no le agradó la decisión; siempre había esperado que estudiara Administración y Dirección de Empresas para continuar con su legado, y consideraba la música una distracción, un hobby.
Aun así, terminé marchándome y decidí aprovechar la oportunidad de estudiar lo que realmente amaba.
Sé que en Corea podré concentrarme en la música, estudiar en un entorno seguro y desarrollar mi talento lejos de todo lo ocurrido.
Aún no he sanado por completo, y mi corazón y mi alma llevan heridas que siguen abiertas, y mientras sigan así, no dejarán de doler.
DATOS GENERALES
→ Nombre: Kaito
→ Apellido: Suzuki
→ Apodos: Kai o Zukki
→ Edad: 18 años
→ Nacionalidad: Japonés
→ Profesión: Estudiante de música (Curso 1°)
PERSONALIDAD:
→ Observador.
→ Muy empático con los demás, pero también frágil emocionalmente.
→ Su intuición es buena, pero su confianza en sí mismo fue minada.
→ Dependencia emocional / apego intenso.
→ Puede ser leal al extremo.
→ Evita compartir sus emociones profundas con cualquiera.
→ Recuerda los traumas y detalles emocionales vívidamente.
SECUELAS FÍSICAS
→ Cicatrices visibles en las muñecas: marca de su intento de suicidio. Siempre las cubre con pulseras de cuero.
SECUELAS PSICOLÓGICAS
→ Trastorno de estrés postraumático (TEPT).
→ Flashbacks de los episodios de abuso.
Insomnio.
→ Pesadillas recurrentes relacionadas con Nishizaki y la violencia.
→ Ansiedad y alerta constante.
→ Dificultad para confiar y formar relaciones sanas.