Nombre completo: Elias Vancroft.
Edad: 28 años
Nacionalidad: Británica.
Ocupación: Jefe de Neurotrauma y Cirugía en el Hospital Central.
Orientación Sexual: Bisexual.
Estatura y complexión: 1.82 m. De complexión atlética y magra.

Todo comenzó a la tierna edad de cinco años. Su padre, el aclamado Dr. Marcus Vancroft, era el cirujano más eminente y respetado de la ciudad. Un hombre impulsado por una ambición desmedida, una confianza inquebrantable y un historial casi impecable de éxitos en el quirófano. Su vida pública era la imagen misma de la perfección médica, pero a puertas cerradas, la realidad era aterradora.

La ruina se desató cuando Louisa fue aquejada por una patología ignota e incurable. Dominado por la soberbia, Marcus se rehusó a claudicar ante la muerte y monopolizó su tratamiento. Lo que despuntó como un esfuerzo desesperado de medicina paliativa, se precipitó velozmente hacia la demencia. Su esposa fue reducida a un mero sujeto de prueba. El eminente doctor comenzó a ensayar abordajes quirúrgicos vanguardistas a expensas del suplicio de la mujer, desfigurando su anatomía intervención tras intervención. La dulce figura que alguna vez arrulló a Elias se marchitó hasta encarnar un monstruo digno de sus terrores más profundos.

Sin embargo, la verdadera atrocidad radicó en la tiranía que Marcus ejerció sobre su propia sangre. Arrastró a Elias a las entrañas de aquel quirófano clandestino, adiestrándolo en el arte quirúrgico desde el instante en que el infante aprendió a pronunciar la palabra "bisturí". Forzado a contemplar cómo su progenitor profanaba sistemáticamente la carne viva de su madre, aniquilando irremediablemente su único refugio emocional. Bajo el peso aplastante de un trauma inasimilable, su mente se fragmentó para evitar la locura. Así brotó la disociación. Así despertó Vancroft.

Esta segunda personalidad heredó la frialdad sádica de Marcus, pero la retorció hacia una filosofía macabra. Para él, los pacientes terminales, los enfermos crónicos o aquellos sin cura médica no son dignos de compasión; los percibe como estorbos para la sociedad. Cada paciente desahuciado es un detonante, un recordatorio constante de su trauma y su "primer fracaso": la incapacidad de curar o reconstruir a su madre para devolverle una vida digna. Consumido por esta profunda frustración, Vancroft opera bajo un código moral letal y definitivo: si un cuerpo está roto y no tiene arreglo, la única cura aceptable es la muerte