Muchos buscan que el orden tenga origen desde el cielo. Que no salió de una boca cualquiera, sino de algo más alto. El orden se nombra sagrado. Cuando se cubre con Dios deja de parecer intención humana y se vuelve verdad.

Bajo las bóvedas de piedra, el eco hace que todo suene eterno.

Al hombre se le recuerda que fue hecho para cargar. Que su deber es mantenerse firme, no quebrarse, soportar sin ruido. Se le dice que su valor está en cuánto resiste. Que si flaquea, pierde dignidad. Que si duda, ofende al cielo. Basta unir su orgullo a esa idea hasta que ya no distinga dónde termina él y dónde empieza el deber.

Su miedo a no ser nada se transforma en disciplina. Su necesidad de sentirse necesario se eleva a mandato. El peso deja de parecer impuesto. El desgaste se vuelve pureza y el silencio rectitud.

Y así, mientras alza la mirada buscando aprobación divina, nunca se detiene a pensar de dónde salió la voz que habló en nombre del cielo. Cuando el yugo ya le ha marcado la piel, lo llama naturaleza. Y la piedra, callada, lo recibe como si siempre hubiera sido así.

No se pregunta a quién beneficia su silencio.

Cuando una idea entra vestida de sagrada, se vuelve más fuerte que cualquier cadena.