Apenas habia dormido la noche previa a aquel viaje. No se debía a una fobia a volar (de forma totalmente aleatoria, conocía las estadísticas mejor que nadie y sabía que el avión era en su mayoría seguro) sino porque cada visita a Las Vegas implicaba para Spencer Reid un tipo de preparación emocional para la que no existían manuales que poder consultar o estudiar.
El avión aterrizó a media mañana en el aeropuerto Harry Reid. Desde la ventanilla de su asiento, el doctor habia podido observar, mientras se acercaban a destino, el desierto extendiéndose como un mar inmóvil que rodeaba la ciudad de Las Vegas. Y es que, aun así, la ciudad brillaba incluso bajo el sol, como si hubiera estado allí desde siempre y como si fuera a durar de igual modo.
Spencer tomó un taxi sin demasiado esfuerzo, algo raro en una ciudad tan llena de vida y movimiento. Por suerte para él nunca se quedaba más de un par de días. Aquella vez ni siquiera seria uno solo… Durante el trayecto y a pesar de que su mirada parecía centrada en observar el paisaje, Spencer repasaba mentalmente datos aleatorios: fechas históricas, fórmulas matemáticas, citas literarias en ruso… Era un mecanismo mental automático para mantener su cabeza ocupada. No soportaba la inactividad. Y ya que no habia dejado ningún caso pendiente en la UAC tenía que entretenerse con algo.
El taxi, finalmente, se detuvo frente al Sanatorio Bennington. Aquel edificio seguía absolutamente igual que siempre, nada habia cambiado: era discreto, clínico y casi anónimo. El doctor Reid entró en el edificio con esa sensación que siente alguien al pisar el lugar que siempre evita pisar. Una mezcla de familiaridad y tensión contenida que solo uno alcanza a sentir en lugares donde el tiempo parece haberse detenido, o al menos funcionar de otra manera.
En la recepción lo reconocieron, por supuesto, así que firmó el registro con letra pulcra y, por supuesto, le permitieron el paso hacia la sala de estar de los pacientes. Estanterías de madera clara, sillones cómodos, ventanales grandes por donde entraba luz clara y no llegaban los sonidos de la calle. Habia un ligero hilo musical flotando en el aire de forma sutil. Todo aquello dotaba a la estancia de un lugar donde se reducían los estímulos de los pacientes y trataba de mantenerlos estables.
Diana Reid estaba sentada en un sillón frente a uno de aquellos ventanales. Parecía concentrada leyendo un libro de literatura renacentista. Al verla, Spencer sintió el mismo vuelco silencioso de siempre.
Y, como si Diana hubiera percibido que su hijo habia llegado, volteó a mirarlo. Al principio no lo reconoció, dedicándole una de esas miradas frías y ciertamente asustadas al ver a un desconocidos. Pero un par de segundos después, su cerebro pareció recordarle quien era él.
Y Diana sonrió al reconocerlo.
-Spencer.
Su nombre salió claro y alegre de entre los labios de su madre que se ampliaron en una sonrisa mientras se ponía en pie y dejaba el libro a un lado. Reid sacó las manos de sus bolsillos y se acercó a su madre sintiendo que aquello, por sí solo, ya era una pequeña victoria.
-Hola mamá.
La abrazó con cuidado notando lo ligera que era, habia adelgazado desde la última vez. Aquello lo preocupó. ¿Estaría comiendo bien? ¿Estaría tomando debidamente su medicación?.
Se sentaron juntos, de nuevo frente a la ventana y durante un rato tan solo hablaron de libros, aquello parecía casi una conversacion normal y casual, en un universo en el que la esquizofrenia no le habia arrebatado su madre a Spencer Reid. Diana, en un momento dado, mencionó una novela que estaba convencida de haber leído recientemente, aunque Spencer sabía que no era así si no una novela que habia tratado en una de sus clases de Literatura Comparativa en la universidad, pero no la corrigió. En cambio, decidió ampliar la conversación citando al autor y añadiendo contexto histórico. Asi pudo ver a su madre disfrutar de ese intercambio intelectual que siempre habia sido como un lenguaje privado entre los dos.
Durante años, su madre había sido la mente más brillante de la habitación, era inteligente, apasionada y entregada. En cambio, ahora había días en los que las palabras se le escapaban como arena entre los dedos o se perdían en medio de un lio confuso de sinapsis mal organizadas.
Como digo, aun asi, durante aquella visita, el doctor Reid pudo ser testigo de algunos momentos de lucidez plena por parte de su madre:
-Nunca dejes que tu mente sea lo único que te defina -le dijo en un instante de inesperada lucidez mirándolo intensamente con aquellos preciosos ojos claros, momentáneamente ausente de la sombra de la perdida de personalidad que la lastraba.
Spencer la miró, sorprendido por lo precisa y lucida que era aquella frase, y asintió despacio.
En vista de que los médicos lo recomendaban y aseguraban que algo de aire libre le sentaría bien a Diana, esta y su hijo salieron a caminar por el césped de un color verde vivo del enorme jardín trasero de la institución. Un aparente oasis en mitad de Las Vegas. El sol del desierto lucia con intensidad, pero el aire era seco y limpio en los límites de aquel jardín. Diana hablaba de la infancia de Spencer, de cómo lo habia enseñado a refugiarse en los libros cuando el mundo exterior le resultara extraño e incomprensible. Y recordó con exactitud el día en que un pequeño Spencer de ocho años leyó su primer texto universitario.
Spencer sonrió. No necesitaba confirmarlo con fechas; sabía que ella tenía razón.
Poco después, la esquizofrenia interrumpió aquel momento de conexión entre madre e hijo. Spencer pudo verlo y ser testigo dolido del momento en que madre quedaba en silencio a mitad de una frase que nunca llegó a terminar. Diana frunció el ceño como si fuera consciente de haber olvidado algo. Pero fue un instante.
-¿Spencer? -preguntó ella con cierta inseguridad.
El chico sostuvo la mano de su madre con firmeza recordándole que estaba a su lado.
-Estoy aquí, mamá.
Repitió esas palabras de nuevo, con la misma paciencia con la que a menudo tenía que repetir conceptos a estudiantes de criminología en los seminarios que, a veces, impartía la UAC.
Cuando regresaron al interior del sanatorio, Diana se notaba mucho más cansada. Antes de despedirse, ella observó a su hijo con una mezcla de debilidad y de… orgullo.
-Eres feliz, ¿verdad, Spencer?
Reid, automáticamente, pensó en la UAC. En los pasillos de Quántico. En las escenas de crímenes que aún a día de hoy todavia se le aparecían en sueños. Y pensó en su equipo, en esa familia que si bien no compartía su sangre era la que él había elegido, y en las veces que habían logrado salvar a alguien en el último segundo.
-Paso mi vida haciendo exactamente lo que debo, mamá. Estoy donde debo estar —respondió finalmente.
No estaba evitando dar una respuesta, es que en ese momento aquellas palabras eran lo más honesto que podía ofrecerle a su madre.
Una vez que se despidieron, Spencer esperó a que los enfermeros llevaran a su madre a su habitación antes de marcharse. Y esta vez sí miró atrás, por necesidad.
En el taxi de regreso al aeropuerto no abrió ningún libro, no resolvió ecuaciones mentalmente, ni siquiera citó a Tolstói para sus adentros. Simplemente observó la ciudad alejarse por la ventanilla del taxi.
De noche, ya en su apartamento de Quántico, dejó las llaves en el cuenco del aparador cerca de la puerta, se quitó la chaqueta y, sintiéndose agotado, se sentó en el sofá con el apartamento todavia en penumbra, en un silencio reflexivo. Visitar a su madre siempre le removía. Y le hacía pensar. Pensar en el pasado, en sus propias probabilidades de desarrollar tal enfermedad… Pensó en la memoria como en un archivo que se podía terminar por corromper lentamente. Y en como él era capaz de almacenar información con precisión fotográfica y, aun con todo, era totalmente incapaz de detener el deterioro de la mente que le había enseñado a amar el conocimiento.
Y pensó en que durante aquel corto viaje a Las Vegas, no había sido el genio del equipo, ni el doctor ni el perfilador experto. Solo habia sido un hijo intentando conservar lo que el tiempo insistía en borrar.