Me encuentro en clase de Estética Musical. El profesor escribe en el pizarrón:
“¿Qué hace que una obra trascienda?”
Empieza a hablar sobre estructura, complejidad armónica, evolución histórica. Luego suelta la frase que cambia el ambiente:
—Las corrientes modernas como el rock priorizan impacto sobre profundidad. Por eso rara vez trascienden como lo hace la música académica.
Algunos asienten. Yo levanto la vista.
—¿Y si el impacto es precisamente lo que la hace trascender? —pregunto.
El profesor sonríe apenas.
—El impacto puede ser inmediato. La trascendencia requiere estructura.
Me acomodo en la silla.
—Pero la estructura sin emoción no conecta con nadie.
Un compañero interviene:
—Pero el rock es repetitivo. Muchas canciones usan las mismas progresiones.
Me giro hacia él.
—Y la música clásica también usa patrones repetitivos. La diferencia es el contexto.
El profesor interviene otra vez.
—Callahan, la música clásica exige una formación rigurosa. El rock puede ejecutarse con conocimiento básico.
Siento varias miradas sobre mí.
—Que algo sea accesible no lo hace inferior —respondo—. Lo hace universal.
El profesor se cruza de brazos.
—Entonces, ¿usted diría que una canción de tres acordes tiene la misma profundidad que una sinfonía?
Silencio.
Podría decir que sí. Podría decir que no. Pero respondo otra cosa.
—Depende de lo que haga sentir.
La clase termina sin conclusión clara. Algunos se acercan al profesor a apoyarlo. Otros me dicen que tengo razón.
Yo recojo mis cosas sin celebrar nada.
No estaba intentando ganar.
Solo estaba intentando que la pregunta quedara abierta.
¿La música trasciende por su complejidad técnica?
¿O por lo que provoca en quien la escucha?
No lo sé.
Pero sé que no pienso tocar algo solo porque alguien lo considere “superior”.