El olor a sardinas fritas inundaba la escalera conforme Zulema subía los peldaños de dos en dos, arrugando ligeramente la nariz al pasar por la segunda planta, donde el olor se intensificaba. Los gritos, ladridos ansiosos y los llantos de al menos dos bebés ponían banda sonora a aquel edificio desvencijado, ubicado en la zona sur de la ciudad.
Ni siquiera le dio tiempo a llamar con los nudillos cuando la puerta se abrió frente a ella y de un tirón, la obligaron a pasar al interior.
—Ya sabía yo que te morías de ganas de verme —apuntilla con la voz aterciopelada y, aunque una leve y pícara sonrisa cruza sus labios, se zafa del agarre con un grácil movimiento.
Su firme mirada recorre la estancia con rapidez, ubicando en primer lugar las posibles salidas en caso de que lo necesitara. No es que lo haga a propósito, es una manía que tiene.
El apartamento es más bien pequeño y diáfano, a excepción del cuarto de baño. Se aprecia a simple vista el mal estado de los escasos muebles que lo adornan y de la pintura, ennegrecida con motitas de moho cerca de las dos únicas ventanas que alberga.
—Hace dos putas horas y media que te he llamado y te presentas como si…
—Vamos, no me jodas —musita la chica cuando su mirada se centra en la figura que está reclinada en el sofá en una postura muy poco natural—. ¡Todavía no te has deshecho del fiambre!
El tono jovial en la voz de Zulema hace que a Lucas se le ericen los pelos de la nuca. La observa, inmóvil, siguiendo con la mirada cómo la chica se acerca al sofá sin ningún tipo de vacilación. La alfombra del salón amortigua las pisadas de sus botas militares y se detiene frente al cuerpo inerte, colocando las palmas de las manos sobre sus propias rodillas para contemplar con detalle la escena, llegando incluso a ladear la cabeza para obtener un mejor ángulo de visión.
—Es una pena, la verdad. Te acabas de cargar el sofá. La sangre sale como el culo del terciopelo.
Zulema se encoge de hombros con ligereza y, como si estuviese en su propia casa, se dirige hacia la zona de la cocina para abrir la nevera. Pasea la mirada por su interior hasta que da con lo que parece ser un envase de comida china.
—Mmm, tallarines con cerdo agridulce. Soy más de arroz frito, para qué te voy a engañar —agarra un tenedor que reposa junto al fregadero y se lleva un bocado a los labios.
Lucas la mira con perplejidad. Abre la boca un par de veces para decir algo, pero la situación le parece tan surrealista que le cuesta sobreponerse. No es hasta que Zulema murmura algo sobre lo buena que está la comida que logra reaccionar.
—¿Te estás quedando conmigo, verdad? ¿Es eso? Porque si es eso, no tiene ni puta gracia.
El chico avanza con paso decidido hacia Zulema, quien se ha sentado en uno de los taburetes colocados en una pequeña isla que hace de mesa de comedor. A pesar de parecer que está absorta en la comida, no ha dejado ni un solo segundo de estar pendiente de cada movimiento por parte de Lucas. No es que le tenga miedo ni mucho menos, pero ella jamás baja la guardia. Jamás, bajo ningún concepto.
—¿Quieres un poco?
Tal vez sea por la pregunta, por la manera en la que le está vacilando o porque realmente está tratando con una puta loca, pero Lucas termina por perder la paciencia. Zulema lo sabe, lo ve en sus ojos, en la sombra que se apodera de esos ojos verdes que ahora se posan con ferocidad sobre los suyos. Lo sabe y la satisfacción que le invade le hace sentir cosquillas en el estómago.
Desvía su brazo con un golpe seco cuando Lucas, tras llevarse la mano a la espalda, apunta a su cabeza con su arma. Sin pestañear ni una sola vez, la felina mirada de Zulema se clava en la ajena, arañándola, casi como si con esa sola mirada pudiese destripar hasta el secreto más oscuro de su contrincante.
—No seas tan maleducado, Lucas. Echa un vistazo a tu alrededor… ¿Tengo que recordarte que eres tú el que está jodido? ¿Que es tu cabeza la que tiene precio?
Lucas se tensa por un momento ante las palabras de Zulema, como una presa que está a punto de ser cazada, y se prepara para huir. Finalmente se rinde. Baja el brazo y suspira con nerviosismo. Pasa la mano libre por su rostro y después por el cabello, como si ese gesto pudiese aportar algo de lucidez a la maraña de pensamientos que se agolpan en su cabeza.
—¿Qué es lo que quieres? —cuestiona el chico en un pequeño hilo de voz, agotado, como si todo el peso del mundo estuviese recayendo sobre sus hombros en ese preciso momento.
—¿Yo? Eres tú el que ha llamado. Y yo, servicial, he acudido a tu llamada.
—No soy gilipollas. Fuiste tú la que apareció de la nada en aquel bar y la que me contó las verdaderas intenciones de Damián y ahora ahí lo tengo, tieso en el puto sofá —recalca sus palabras señalando en esa misma dirección antes de proseguir—. Así que dime de una vez qué cojones es lo que quieres, porque perdona que te lo diga, pero no pareces Santa Teresa de Calcuta. Algo tienes que sacar de todo esto.
Zulema casi tuvo que morderse la lengua para no soltar una sonora carcajada. Claro que no era ninguna santa, jamás lo había sido y jamás lo sería.
Había sido demasiado sencillo. Enterarse de que Damián quería utilizarlo para infiltrarse entre los Gallardo y sembrar la duda en Lucas en aquel bar, susurrando el miedo justo en el oído adecuado. Lucas había hecho el resto. Como un buen peón.
De hecho, Lucas nunca fue más que una pieza mal colocada.
Y las piezas mal colocadas se sacrifican.
—Tres millones de euros. Se rumorea que Héctor Gallardo guarda en su caja fuerte la friolera cantidad de tres millones de euros. Y tú vas a ayudarme a conseguirlos.
Zulema se baja de la butaca de un pequeño salto, encarándose a Lucas, quien la mira como si acabara de ver un fantasma.
—Ugh, odio las caras largas —hace rodar sus ojos y coloca las manos en su cintura a modo de jarra—. ¿Qué opciones te crees que tienes? A estas alturas de la película, los tontos estos de La 17 estarán buscándote por todos lados y no es por nada, pero tienes al jefazo con un agujero de bala entre los ojos en tu sofá. ¿Cuánto tiempo crees que va a pasar antes de que los Gallardo se enteren de todo? A ver si te enteras de que tienes una puta diana en la frente —apostilla cada palabra de esa última frase empujando la frente de Lucas con su índice—. Con tres millones de euros a repartir entre los dos, podrías irte de aquí sin dejar rastro alguno de tu existencia y empezar de cero en cualquier otro lugar. Si es que te quedan cojones, claro.