Alberto se quedó inmóvil, con las luces centelleando sobre su rostro, apenas dejando algunos destellos neón que se reflejaban en sus cabellos. La duda era un muro invisible frente a él. Al mirar a Zetch, no encontró la frialdad que esperaba, sino una mirada empañada por una ternura dolorosa que lo detuvo en seco.

El ángel se acercó, pero se detuvo a una distancia prudente, respetando el espacio del otro. Con una timidez que le encogió el alma a Alberto, Zetch extendió una mano y, con la punta de los dedos, rozó apenas la manga de su chaqueta. Fue un contacto tan leve, tan delicado, que parecía que estaba tocando las alas de una mariposa.

 

—Cada noche, cuando el silencio se hacía demasiado pesado, me convencía de que escuchaba tus pasos en el pasillo —continuó Zetch, alzando la vista para conectar con los ojos de Alberto. Sus pupilas estaban dilatadas, reflejando una mezcla de esperanza y miedo—. Pero las horas pasaban y la puerta nunca se abría. Te fuiste... y el tiempo se detuvo para mí.—

 

El demonio tragó saliva, mientras notaba cómo la mano ajena bajaba de la manga para buscar, casi con una vacilación infantil, su mano.

 

—He estado esperándote todo este tiempo, Alberto. Pensé que tal vez me habías olvidado, que habías encontrado un lugar donde mi recuerdo no te pesara. Pero yo nunca supe cómo dejar de esperarte.—

 

Las palabras le pesaban y martilleaban contra la sien como un martillo, haciéndole ladear la cabeza y entornar los ojos.

Zetch humedeció sus labios, su respiración volviéndose un poco más errática al sentir el calor que emanaba de Alberto. Su mano bajó de la manga para buscar, muy lentamente, la palma de la mano de Alberto, entrelazando apenas sus dedos meñiques en un vínculo frágil.

 

—Me dijiste que volverías pronto, Alberto. ¿Sabes lo largo que se hace un "pronto" cuando el corazón no sabe dónde estás?—

 

La vulnerabilidad de Zetch era un imán. Esa timidez, esa forma de ofrecerse sin exigir, era precisamente lo que siempre había mantenido a Alberto anclado a él, y lo que ahora hacía que su resolución de mantenerse alejado se desmoronara como un castillo de arena.