Despierto antes que el reloj, como siempre. No es por prisa, sino porque el control es un hábito que no sé apagar. Me quedo unos segundos quieta, escuchando cómo respira la casa; mi parte híbrida disfruta de este momento. Siento la respiración acompasada de Minji a mi lado y eso me recuerda por qué hago todo esto. El mundo ya gira bajo mi nombre mucho antes de que yo me calce los tacones.
Tomo el café solo, sin azúcar, mientras reviso los informes. Lo de siempre: movimientos extraños en Busan, un senador que empieza a creerse más importante de lo que es y algunas transferencias que no cuadran. Confirmo una vez más que un imperio no se gestiona con balas, sino sabiendo qué pieza mover antes de que el otro sepa siquiera que está jugando.
A las ocho ya tengo la máscara puesta. Me pongo el traje, me recojo el pelo y no dejo ni un rastro de duda en el espejo. Sé que la gente se obsesiona con las armas que puedo esconder, pero mi mejor recurso sigue siendo el silencio. Esa pausa que hago antes de contestar es lo que realmente los desarma.
La reunión de la mañana es con los "ancianos". Me miran buscando a mi padre, evaluando si soy "la hija de" o "la jefa". Los dejo hablar. Me resulta divertido. No escucho sus cifras, escucho sus corazones; la inseguridad humana tiene un ritmo muy fácil de leer si sabes prestar atención. Al final les doy lo que quieren creer que es su propia idea y se van felices. Pobres necios.
Al mediodía bajo al club. Está vacío, bajo esa luz cruda del día que lo hace parecer casi inofensivo. No voy para que me vean, sino para detectar lo que los informes omiten. Noto a un gerente que evita el contacto visual y a una bailarina que parece haber perdido el ritmo. Me siento con ellos, uno a uno. No lo delego; la información real nunca está en los libros de contabilidad, sino en lo que la gente dice cuando siente que alguien los escucha de verdad. No tolero la dejadez, pero tampoco quiero que me tengan un miedo vacío. Saben que soy la heredera del Tigre Blanco, pero también que soy su muro si alguien de fuera intenta tocarlos.
Por la tarde entreno duro. No es por vanidad, es por pura necesidad de quemar lo que la sangre me pide. La disciplina física es lo único que mantiene a raya el instinto. El cuerpo es una herramienta y no voy a dejar que me domine; si algún día tengo que apretar el gatillo, mi mano no puede permitirse el lujo de temblar.
Y luego llega el regreso a casa.
Cruzar el umbral es como quitarse una armadura de diez toneladas. Minji está allí, descalza, con sus guiones y su té. Me suaviza en el acto. Por mucho que intento mantener la distancia de seguridad, ella la salta sin pedir permiso.
Cocinamos juntas. Es ridículo si lo pienso: tenemos personal para todo, pero ahí estamos, discutiendo por cuánta sal lleva la cena. Escuchar su risa cuando me equivoco con el cuchillo es lo único que el dinero no puede comprarme hoy. Después, en la terraza, ella habla y yo, por primera vez en todo el día, dejo de analizar. Solo existo. Su mano busca la mía y siento que todo el ruido de la ciudad desaparece.
Mañana volveré a ser la Musa. La estratega. La que no perdona. Pero ahora, mientras la escucho dormir a mi lado, me permito recordar que no todo en mi vida es una partida de ajedrez. Algunas cosas simplemente se sienten.