Yo, Elyndar Vëlloren, soy un caminante solitario entre las sombras. 

Fui condenado al destierro por Hellen Lysander, y desde ese día no he vuelto a pertenecer a ningún fuego.

Camino donde la luz llega cansada, donde incluso las sombras me rehúyen por viejas conocidas. Mis pasos ya no buscan refugio: buscan territorio. He cruzado los límites que antaño me prometí no tocar, y no fue un accidente. Fue una elección repetida hasta volverse costumbre.

Al principio creí que el mal era una herramienta.

Un filo prestado para defenderme del mundo que me negó abrigo.

Después comprendí que el filo no se presta: se queda en la mano, se acostumbra al calor de la sangre.

He dañado.

No por necesidad, sino por dirección.

Busqué rostros amables para quebrarlos.

Busqué manos ofrecidas para apartarlas con desprecio.

Busqué voces suaves para imponerles mi silencio.

No era justicia lo que perseguía.

Era venganza disfrazada de juicio.

En cada panadera que bajaba la mirada, vi el reflejo de la mansedumbre que detesto.

En cada gesto dócil, el eco del rostro que me desterró sin temblar.

No hería a esas almas por lo que eran, sino por lo que me recordaban.

Y, sin embargo, mi corazón aprendió a disfrutar del acto mismo de herir.

Eso fue lo más terrible:

no la crueldad, sino el placer.

He dejado atrás la ilusión de que el mal era un camino de paso.

No hay retorno para quien aprende a habitar la noche sin miedo.

Ya no soy un viajero que cae en tinieblas:

soy un morador de ellas.

Y aun así…

a veces, en la vigilia antes del sueño, algo en mí se resiste a morir.

No es bondad.

No es esperanza.

Es apenas un recuerdo.

Un recuerdo de haber sido luz alguna vez.

De haber creído que el dolor podía redimirse sin volverse veneno.

Ese resto de humanidad no me salva: me delata.

Me recuerda que no nací monstruo, que me fui haciendo.

Y lo odio por eso.

Porque esa chispa inútil aún arde en mi pecho

como una herida que no termina de cerrarse.

Como un testigo que me observa en silencio

mientras yo elijo, una y otra vez,

no volver atrás.

Si este es mi reino ahora —la sombra, el temor ajeno, el poder sobre la fragilidad—

entonces que así sea.

No reniego de lo que soy.

Lo acepto como se acepta una condena que ya no se discute,

sino que se ejerce.

Camino sin mirar atrás.

Porque quien mira atrás, recuerda.

Y quien recuerda, todavía sangra.