Yo, Elyndar Vëlloren, escribo estas palabras cuando ya no espero absolución de nadie.
No busco que me crean ni que me comprendan. Escribo porque el silencio se ha vuelto un peso insoportable, y porque la memoria, cuando no es dicha, se pudre por dentro.
He caminado entre palacios levantados sobre juramentos rotos y he dormido en callejones donde la fe se vende por un mendrugo de pan. He visto a hombres besar a sus hijos con la misma boca con la que horas antes ordenaron incendiar aldeas. He visto sacerdotes bendecir espadas aún tibias de sangre, y amantes jurarse eternidad con los dedos manchados de traición.
Conozco los nombres del hambre, de la ambición y del miedo.
No porque me los hayan contado, sino porque los he escuchado susurrar en las almas.
Pero hay una forma de mal más pequeña, más pulcra, más educada, que me ha herido con mayor hondura que la violencia abierta.
No alza la voz.
No derrama sangre.
Sonríe.
Es el mal de los lugares tibios donde todos se conocen por el nombre que se dan entre ellos, y donde la amabilidad es una puerta que solo se abre hacia adentro. Allí se reparten gestos suaves como monedas entre los mismos de siempre, y se llama hogar a un círculo cerrado que no admite nuevas sombras en su luz domesticada.
Vi cómo la cortesía se convertía en muralla.
Cómo la dulzura era usada para negar.
Cómo el pan compartido se transformaba en un símbolo de pertenencia al que no todos eran invitados, aunque extendieran la mano con respeto.
No me arrojaron a la calle con gritos ni con piedras.
Me apartaron con sonrisas.
Y comprendí entonces que hay destierros más crueles que el exilio: aquellos en los que nadie admite estar expulsándote.
He visto la codicia vestir ropajes de justicia.
He visto la crueldad aprender a sonreír para ser aceptada.
He visto la mentira convertirse en ley, y a la verdad ser arrastrada como un cadáver incómodo fuera de los salones donde se decide el destino de los hombres.
Muchos me llaman Observador de Almas.
Creen que es un don.
Ignoran que no hay tormento más hondo que comprender.
Porque cuando uno aprende a ver el temblor que precede a la traición, el vacío que antecede al crimen y la sombra que nace antes del odio, ya no puede fingir sorpresa. El mundo se vuelve predecible en su miseria. Y la esperanza… una cortesía que se concede a los ingenuos.
No odio a los hombres.
Pero los conozco demasiado.
He visto a los justos caer por cansancio.
He visto a los monstruos justificarse con palabras hermosas.
He visto al amor prometer salvación y, al no poder cumplirla, marcharse dejando ruinas.
Si escribo ahora, es porque el peso de todo lo visto amenaza con romperme por dentro.
No para redimirme.
No para ser recordado.
Escribo para que quede constancia de que este mundo no fue arruinado por demonios ni por dioses crueles, sino por las manos de quienes juraron protegerlo.
Y porque quizá, en algún rincón del tiempo, alguien lea estas palabras y entienda que la melancolía no nace del dolor…
sino de haber esperado algo mejor del hombre.