Las dos entradas reposaban sobre la mesa del salón. Ambas tenían dueño, o al menos, eso pensaba cuando las adquirió y ahora, no tenía quien le acompañara a una velada que se antojaba interesante y divertida. No la culpaba. No se culpaba. Las cosas no suelen salir como uno lo planea y cuando alguien vive más vidas de las que puede y quiere recordar, empieza a ver los patrones y las certezas. Estaba furioso, airado, pero lo contenía de una forma excelsa, pues el mobiliario ya pagó en otro momento los desaires y desazones de un temperamento irascible. Si bien tenía en mente un culpable, no podía negar la evidencia más apremiante. Estaba en su derecho de maldecir, pero era obligatorio entonar el mea culpa.
En su mano, una copa de sangre a medio consumir, dándole vueltas mientras su mirada se perdía por la ventana que daba a una ciudad que parecía inmutable a lo que le sucediera a cada persona en particular. Ella no volvería, no había habido una fuerte discusión, gritos o violencia. Ni siquiera dolor excesivo, tristeza o lágrimas. Era la consecución coherente a una situación que había ido demasiado deprisa y que, quizá a imagen y semejanza de tiempos pretéritos, él había cometido los mismos errores. Era estúpido perderse en esa melancolía, en los qué hubiera pasado si, en los qué podría haber hecho. Simplemente no encajaban y así debía ser. Se despidieron con un beso en la mejilla, con una última caricia. Una despedida que si bien en otra circunstancia hubiera antojado un quizás, ambos sabían que sus caminos discurrían ahora en paralelo, sin llegar a cruzarse de nuevo.
El tocadiscos, como correspondía a un momento así, emitía baladas tristes que hablaban de amor, de pérdida, de desazón. No negaba que tenía una nutrida colección de diversos estilos y que siempre acudía a ellos para enfatizar sus emociones. Una costumbre que había adoptado de los humanos con los que convivía en sus quehaceres diarios y sus amistades.
Bebió un trago largo, notando el sabor metálico en su boca, caer el líquido por su garganta. Era lo poco que podía saborear, dada su condición, pero salvo cosechas específicas, su paladar ya se había acostumbrado a tomarlo como quien toma agua. Se dirigió hacia la mesa y dejó allí la copa, cogiendo ambas entradas, mirándolas entre sus dedos.
Ante él, dos caminos. Ambos fáciles, sencillos y opuestos. Coger el coche e ir a la función o quedarse en casa revolviéndose en su soledad. Elevó la vista como si una cámara le enfocase y rodó los ojos hacia atrás, sabiendo que esa dicotomía no era más que una ilusión y que la decisión estaba más que tomada.
Cogió su abrigo y se dirigió hacia la puerta, sin volver la vista atrás, con ambas entradas en el bolsillo, sabiendo que sólo gastaría una y que la otra, sólo el diablo sabía dónde acabaría, si en el primer cubo de basura o en las manos de alguien afortunado que no esperaba encontrarse con un inesperado regalo. En cualquier caso, su destino estaba sellado.
Al cabo de unos minutos, llega al lugar. El atuendo escogido, no pasaba desapercibido, sin embargo, su identidad quedaba oculta tras las gafas de sol y algo de sus habilidades. Por más que le gustara ser el centro de atención, admitía disfrutar de no dejar más huella en la memoria de aquellos que depositaran su vista sobre él. Era vanidad momentánea, orgullo pasajero, al menos en la mayoría de ocasiones. Aquellas que quería que fuesen inolvidables... se podía decir que París lo tenía cincelado en piedra.
Al llegar a la entrada, le indicaron a dónde debía dirigirse, pues sus entradas no eran para el pabellón principal, sino para uno de los palcos especialmente habilitado para personalidades o gente que deseaba tener un encuentro especial, ya fuera romántico o de negocios. Dio amablemente las gracias y encaminó sus pasos hacia su espacio privado.
Toda clase de lujos y atenciones le eran ofrecidos. Todo lo que se le pudiese antojar, le era servido. Rechazó con elegancia esas ofertas, pues sólo quería disfruta del espectáculo, sin mayores esplendores que los proporcionados por los artistas que iban a actuar sobre la tarima.
Se acomodó en su butaca, retirando el abrigo y dejándola en la que tenía vacía justo al lado. Dejó escapar media sonrisa, un pequeño gesto, una tibia mueca de lo que pudo ser y no fue. Se quitó igualmente las gafas y se permitió el lujo de contemplar el mundo con sus colores naturales.
Allí estaba París, a sus pies, una vez más, aunque de un modo distinto. Una París en paz, afable, nerviosa y feliz. Se iban colocando pausadamente, indicados por los asistentes del teatro para que llegara cada uno a su lugar asignado. Cientos de caras, cientos de expresiones, cientos de miradas que admiraban aquél espacio lleno de brillantez y esplendor. A veces se olvidaba de lo que era sentir esa impresión, esa maravilla por lo que a uno le rodea y sentía genuina envidia.
- París... bien vale una misa, según decían...- se incorpora y apoya en la barandilla que los epara de la caída al vacío. Ha encontrado algo, alguien, que le llama la atención.
Allí estaban. Ninet, Christine, Jean Paul y Maelle. Ese último nombre le sorprendió.
Hacía un par de semanas que no había tenido tutoría con la joven Ninet y tampoco había querido incidir cuando había pasado por su casa a tomar vino o café. Sabía de su rendimiento académico y cómo parecía poco a poco integrarse mejor en la facultad, pero más por lo que comentaba su padre que por la experiencia propia compartida. La otra mujer, sin embargo, no recordaba haberla tenido en su despacho, pero a juzgar por sus facciones, coincidía con la descripción que el bueno de Jean Paul le había hecho alguna vez acerca de las relaciones y amistades de su pequeña.
Tenía un cariño inconmensurable por esa familia. Sin saber ni cómo ni por qué, a razón del paso del tiempo, había dedicado su tiempo a fortalecer esa relación. Ambas partes habían hecho lo posible por ahondar en ese sentimiento y era innegable que todos se tenían por muy buenos amigos. Tanto el matrimonio como él mismo se tomaban el cuidado de Ninet como algo personal, aunque cada uno desde su perspectiva y de sus funciones. Él, por su parte, había procurado no excederse en su cometido, sabiendo lo gustosos que son esa clase de rumores en diferentes grupos de gente tan joven como en la facultad.
- Da gusto veros salir de casa... habrá que celebrarlo, ¿verdad?.- se levanta del asiento y abre la puerta de ese palco, encontrándose al otro lado al servicio ex profeso para esas plazas.
- Buenas noches, me gustaría pedir un favor, si es usted tan amable. Verá, acompáñeme, porque quiero que vea exactamente a quién me estoy refiriendo...- ambos se acercan a la barandilla y Erik señala a la familia junto a su amiga, y tras unas palabras convincentes, reforzadas por la suma adecuada, el servicio asiente y se dirige a cumplir lo solicitado.