Había noches en las que Adrián no podía evitar preguntárselo.
No importaba cuántas decisiones tomara ni cuántos nombres pronunciara la corte con respeto. Bastaba el silencio adecuado, la hora precisa, para que la duda regresara como una sombra conocida. ¿Qué diría su padre de él ahora? La pregunta nunca traía consuelo. Recordaba demasiado bien aquella voz dura, siempre lista para señalar errores, incluso cuando nadie más los veía. Con otros hombres había sido distinto, más paciente, más justo. Con él, nada parecía suficiente.
Había crecido oyendo que era una decepción. Que se esperaba grandeza de él, pero que nunca terminaba de alcanzarla. Adrián lo había intentado todo. Había obedecido, había resistido, había aprendido a cargar responsabilidades que no le correspondían. Y aun así, jamás logró ver orgullo en los ojos de su padre.
No recordaba una sola vez en la que hubiera sonreído por algo que él hiciera.
Suspiró despacio. Ni siquiera había cumplido lo último que le pidió. Sé el hombre de la casa. Cuida de tus hermanas. La frase seguía ahí, intacta, como una herida que nunca terminó de cerrar. Dejó escapar una risa breve, sin alegría. A menudo eran ellas quienes lo cuidaban a él, aunque jamás lo admitiría. Ni siquiera eso parecía hacerlo bien.
Y todo comenzó el día que su padre se fue.
La noche ya estaba avanzada cuando Adrián despertó. No fue un sueño lo que lo arrancó del descanso, sino una certeza silenciosa, una sensación que le apretó el pecho antes de abrir los ojos. La cabaña estaba en penumbra. El aire olía a madera húmeda y a despedida.
Escuchó el sonido inconfundible del metal moviéndose con cuidado, el roce de correas ajustándose. Ese sonido ya lo conocía.
Bajó de la cama descalzo y avanzó sin hacer ruido hasta asomarse a la estancia principal. Su padre estaba allí, preparando sus cosas como siempre hacía cuando se marchaba. Cada movimiento era preciso, contenido, como si el tiempo le perteneciera solo a él.
Su madre dormía. Adriana también. Nadie más estaba despierto.
Solo Adrián.
—¿Te vas otra vez? —
preguntó, con la voz aún cargada de sueño.
El hombre se detuvo y se giró.
—Sí. Esta vez por mucho tiempo.
—¿Por qué? —
insistió Adrián, dando un paso adelante.
La respuesta tardó en llegar. Su padre recorrió la cabaña con la mirada, deteniéndose un instante en las figuras dormidas, antes de volver a él.
—Tengo responsabilidades en el castillo. Ya no puedo seguir viniendo.
Se acercó entonces y tomó algo apoyado contra la pared, cubierto por una tela oscura. Cuando la retiró, Adrián contuvo el aliento.
Era una espada… demasiado grande.
La hoja superaba con creces la altura del niño. Incluso envainada, parecía hecha para un adulto, para guerras que Adrián no entendía. Su padre intentó colocarla en sus manos, pero el peso lo venció al instante. La espada cayó, golpeando el suelo con un sonido sordo que retumbó en la cabaña.
Adrián retrocedió un paso, sorprendido. Sus brazos temblaban.
Su padre la sostuvo antes de que volviera a caer y la apoyó con cuidado, dejando que Adrián solo sujetara la empuñadura.
—No está hecha para ti… todavía —
dijo con voz baja
—. Pero te pertenece.
En la empuñadura estaba grabado el emblema de los Salvatore. Adrián pasó los dedos por el metal frío, sintiendo su peso incluso sin levantarla. No era solo una espada. Era una historia entera cayéndole encima.
—Nadie debe saber que la tienes —
continuó su padre
—. Esta espada ha decidido guerras. Y volverá a hacerlo.
Apoyó entonces una mano firme sobre el hombro del niño.
—Eres el hombre de la casa ahora. Cuídalas. A tu hermana. A tu madre. No me falles.
No hubo abrazo. Solo el peso de esas palabras, tan grandes como la espada misma.
El hombre se dio la vuelta y abrió la puerta. El aire de la medianoche entró como una cuchilla. Luego, se fue.
La cabaña volvió a quedar en silencio.
Adrián permaneció allí, sosteniendo una empuñadura que apenas podía cargar, con una espada más grande que él descansando a sus pies.
El recuerdo se deshizo y el presente volvió a imponerse. Adrián respiró hondo, sintiendo otra vez la inmovilidad del gran salón, la noche cerrada tras los ventanales.
Bajó la mirada hacia sus manos, como si todavía esperara encontrar allí el frío del metal.
—No fallé —
murmuró
—. Las cuidé. Hice todo lo que dijiste.
El silencio no respondió.
Adrián apretó la mandíbula.
—Pero nunca volviste para verlo.