Isla Rowan no tuvo un pasado demasiado… normal, por decirlo de alguna forma. Pero durante mucho tiempo no supo ponerle nombre a eso, puesto que para ella, lo extraño era lo cotidiano.
Nació en un ambiente que parecía temporal, nunca hubo una casa fija de verdad. Pasaron por pisos prestados, barracones cerca de zonas de conflicto, habitaciones pequeñas donde las paredes eran demasiado finas y el silencio duraba más bien poco. Su madre, Maeve, era enfermera de guerra. No hablaba demasiado de su trabajo, pero Isla aprendió a reconocer el cansancio en su forma de caminar o incluso en las manos temblorosas cuando se lavaba la sangre que no era suya. Aun así, Maeve era el único lugar seguro que Isla conocía. Su voz suave por las noches, el modo en que le acariciaba el pelo mientras le cantaba para que se durmiera, las historias improvisadas que inventaba cuando no había libros…
Su padre por otro lado… era tema aparte. Exsoldado, marcado por algo que jamás explicó. A veces era cariñoso, o más bien ¿manipulador? ; otras distante, y otras directamente aterrador. Isla aprendió a leerlo con una precisión instintiva, el sonido de sus botas al entrar, el tono de su respiración, la forma en que cerraba puertas. Sabía cuándo debía desaparecer de la habitación y cuándo podía quedarse sentada en el suelo dibujando, fingiendo que no escuchaba las discusiones de sus padres.
Desde muy pequeña entendió que el amor podía convivir con el miedo.
A los siete años ya sabía disparar porque su padre insistía en que “el mundo no perdona a los débiles”. Maeve se oponía siempre, y esas discusiones eran las peores. Isla las escuchaba escondida, con los dedos tapándose los oídos, sintiendo que era ella el motivo de todo, mientras, su madre intentaba protegerla, suavizarlo todo, devolverle algo parecido a una infancia. Le enseñaba a leer, a escribir, a pensar por sí misma, a tener decisiones propias. Le decía que podía ser lo que quisiera, que no estaba destinada a la violencia que la rodeaba.
Isla la creía, claro. Con una fe absoluta, al final era su madre quien se lo decía.
Pero con los años, el padre fue cambiando, o quizá siempre fue así y simplemente dejó de esconderlo. La tensión en la casa se volvió constante, y ahí Isla aprendió a no hacer ruido, a no llorar y a no pedir nada. Se volvió una niña observadora, silenciosa, demasiado madura para su edad, por muy típico que suene.
El día que cumplió trece años, todo se rompió.
No fue una discusión cualquiera, Isla lo supo desde el principio. Los gritos fueron más fuertes y desesperados, recuerda haberse quedado paralizada en su habitación, con el corazón acelerado, intentando convencerse de que no estaba pasando nada. Hasta que escuchó el sonido seco que no olvidaría jamás. Cuando salió, el mundo ya no era el mismo.
Su padre había matado a su madre. Por celos, por control, o por algo que Isla nunca terminó de entender del todo. Solo recuerda la sangre, el cuerpo inmóvil de su madre, y la sensación de que el aire había desaparecido. Su padre simplemente, se fue, desapareció como si nunca hubiera existido.
Isla se quedó sola a los trece años, sentada en el suelo junto al cuerpo de la única persona que la había amado sin condiciones.
Después vino el silencio, las autoridades, las preguntas… y los lugares temporales otra vez. Pero nada volvió a sentirse igual, Isla dejó de ser una niña ese mismo día. Algo dentro de ella se cerró, se endureció. Y el dolor no desapareció, sino que se transformó en rabia, en vacío.
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Después de la muerte de su madre, Isla pasó por varios lugares: Centros de acogida, casas temporales, instalaciones ligadas a gente que conocía vagamente el pasado de sus padres. Nadie sabía realmente qué hacer con ella, y a ella tampoco le importaba.
Al principio hablaba poco, solo lo justo. Respondía con educación automática, miraba a los adultos a los ojos lo suficiente para que no insistieran más. Por dentro, estaba completamente vacía, no lloraba, no gritaba ni reaccionaba a nada. El dolor se le había quedado atascado en un punto que no sabía cómo alcanzar. Dormía mal, con sueños cortados por imágenes de su madre y el día que lo había cambiado todo.
En el instituto —cuando llegó a pisar uno— era invisible por elección propia. Se sentaba atrás, observaba, aprendía rápido. Sin embargo, no destacaba, aunque tampoco fracasaba. Los profesores decían que era “lista pero distante”. Sus compañeros apenas la conocían, Isla no quería amigos, los amigos eran vínculos, y los vínculos eran cosas que podían romperse o usarse en tu contra.
A los catorce empezó a entrenar en serio. No fue algo formal al principio, en realidad. Gente que había conocido a su padre, contactos antiguos… le enseñaron a disparar mejor, a desmontar armas, a moverse sin hacerse notar. Isla absorbía todo con una frialdad inquietante, teniendo en cuenta que solo era una preadolescente.
A esa edad ya no creía en la justicia. Su padre había matado a su madre y había desaparecido, nadie lo buscó con verdadera intención, nadie le dio respuestas. Esa idea se le clavó muy hondo: el sistema no protege a nadie, solo sobreviven los que saben hacerlo.
A los quince entraba y salía de entornos cada vez más oscuros, siempre bajo la tutela implícita de adultos que la veían como una inversión. Isla sabía que la estaban moldeando, pero no le importaba, de hecho, era consciente de algo más inquietante, y es que era muy buena en eso. Tenía sangre fría, reflejos rápidos y una capacidad alarmante para desconectar emociones cuando hacía falta.
Aunque ese fue uno de los grandes conflictos de su adolescencia, el miedo a perder del todo lo poco humano que le quedaba… y, al mismo tiempo, el miedo a conservarlo.
Por las noches, cuando estaba sola, la adolescencia le pesaba de golpe. Había momentos en los que se miraba al espejo y no reconocía a la chica que le devolvía la mirada. A veces se preguntaba qué habría sido de ella si su madre hubiera vivido. Si habría tenido amigas, amores torpes, enfados absurdos. Pensar en eso dolía más que cualquier herida física, así que aprendió a no hacerlo demasiado.
A los diecisiete ya había participado en operaciones reales. No grandes misiones, pero sí lo suficiente como para entender que estaba cruzando líneas de las que no se vuelve. La gente empezó a respetarla, algunos, incluso a temerla.
Al final de su adolescencia, Isla ya no era una chica rota intentando sobrevivir. Era alguien peligrosa, consciente de su valor y de su oscuridad. Pero esa niña de trece años que se quedó sola en una habitación silenciosa nunca desapareció del todo. Solo aprendió a esconderse muy bien.