[ 21:36 / XXXXXX / Complejo departamental XXXX / Habitación XX ]
5 años atrás...
Un joven novicio de no más de 19 años llegaba a su departamento después de un día agotador de trabajo. Se supone que actualmente están ocupados custodiando una carga de bienes que serán enviados a una organización de caridad. Eso es sencillo; lo complicado era pasar horas y horas de pie, caminando, vigilando... No suena tan mal, pero hacerlo durante días sin que suceda nada diferente es agotador mentalmente. El aburrimiento a veces te hace desviar la atención y actuar en automático, lo que podría significar un desliz. Las opciones de que algo estuviera mal eran muchas, por lo que Elijah debía revisar algunos lugares más de una vez para asegurarse. Era horrible.
Había llegado a la ciudad hace menos de una semana, se había mudado y poco (por no decir nada) había entablado conversación con algún vecino. De hecho, apenas los veía al salir o al llegar al edificio. Sinceramente, eso no era tan malo; se supone que no había venido aquí a socializar, pero... Digamos que el joven novicio extrañaba las constantes interacciones que ocurrían en el cenaculum, donde había dedicado valioso tiempo de su vida para aprender sobre esta hermosa religión. Mientras pensaba aquello, se estaba preparando una cena instantánea. Se la comió casi tan rápido como la cocinó y, sin más que hacer, se puso a leer un poco sobre los documentos de "La Congregación para la Doctrina de la Fe" antes de irse a dormir. El joven se encontraba plácidamente dormido, o así parecía. De pronto, el teléfono, que se mantenía bajo su almohada, sostenido firmemente por su mano, vibró. Había recibido un mensaje, pero no fue solo uno, fueron siete. Algunos fueron enviados casi al instante, mientras que otros sí parecían tener una pausa de escasos segundos. Era un código, una frase dicha entre la llegada de los primeros mensajes:
1 = En el
2 = Nombre
3 = Del Padre...
4 = Del Hijo...
5 = Y del
6 = Espíritu
7 = Santo.
Amén
Esta palabra fue la que salió del joven novicio que yacía dormido. Aquellos mensajes le habían dado la señal. Debía levantarse y prepararse, pues en dos minutos (suponiendo que no fuera una emergencia) recibiría una llamada por parte de la Sociedad con sus órdenes. Mientras el chico se ponía de pie y comenzaba a vestirse, una llamada llegó. Rápidamente observó el reloj en la pared de su habitación
( Solo han pasado treinta segundos... )
Elijah no terminó de abrocharse el pantalón cuando fue y atendió el teléfono. Una voz neutral y sin demostración de urgencia le saludó. Le indicó que, aunque no se trataba de algo vital, debía reunirse cuanto antes en la dirección que se le enviaría por mensaje. Le desearon "paz y buena noche" (un saludo más acorde con la Iglesia) y después colgaron. El mensaje fue recibido, y la dirección le era familiar
( ¿No era esta la nueva iglesia que estaban construyendo en la ciudad? )
La pregunta permaneció en su mente mientras terminaba de vestirse. Tomó su arma de reglamento y su collar con el anillo de la cofradía y el crucifijo. Miró la hora en su teléfono: 12:37 AM. El joven entrecerró los ojos, apartó el anillo y dejó el crucifijo al frente. Se persignó y después salió de su departamento... El sonido murmurante de una moto se escuchaba cual eco por el lugar. Se trataba de la motocicleta del joven condotiero; su motor, rugiendo con poder contenido, demostraba que era muy capaz. Aquel vehículo era de su trabajo, más que suyo propio, pero al tratarse de algo serio, vio oportuno usarla. Al estar en el lugar, parecía ser el primero en llegar, pues no había nadie más, con excepción de un sujeto sentado tranquilamente en una banca, observando la distancia la iglesia en la que Elijah había pensado al ver la dirección. El chico se acercó cauteloso al señor, pues no le reconoció, pero al notar su vestimenta totalmente negra y su alzacuello blanco, lo supo: era un sacerdote. En cuanto este notó la presencia del chico, lo miró de reojo, sonrió y sacó una caja de cigarrillos. Le ofreció uno además de darle las buenas noches. Elijah lo aceptó amablemente mientras tomaba asiento a una distancia considerable. El chico dejó la mochila con su uniforme táctico a un lado mientras sacaba su encendedor. Se lo ofreció al sacerdote, pero este ya tenía el cigarrillo encendido
( Qué rápido... )

El joven novicio encendió el suyo y simplemente se quedaron fumando y esperando a los demás. Unos minutos pasaron y nadie llegaba. Fue entonces cuando el sacerdote comenzó a hablar:
— Hmm... Supongo que entre los novicios que enviaron tú eres el más responsable, ¿eh? —Dijo el sacerdote con una sonrisa, sin dirigirle la vista a Elijah
— Bueno... Para como yo lo veo, simplemente soy el que se encontraba más cerca, además de que tengo un vehículo que me ayudó a llegar tan rápido como podía
— ¡Hmph! Modestia. Esa es una buena virtud, chico, y demuestra que eres humilde para no acabar minimizando a tus hermanos, muy bien... Bueno, mientras seguimos esperando, déjame hacerte una pregunta: ¿qué sabes exactamente de aquella iglesia de enfrente?
El joven se volteó a ver "La iglesia Santa Catalina" y entonces hizo un esfuerzo por recordar. Después de unos segundos pensando, se volteó y le dijo al sacerdote que aquella iglesia se estaba construyendo para tener un nuevo hogar donde asistir, orar y venerar a Dios. Además, le dijo que tenía otros motivos, pero que el principal era ese, pues al parecer sería dirigida por cierto sacerdote que vendría desde lejos. Al ver cómo el sacerdote asentía, afirmando que su información era correcta, hizo que una duda surgiera en la mente del chico: ¿Acaso esta iglesia tenía algo que ver con la reunión?

— ... —Segundos de silencio que parecían eternos, tanto así que Elijah lograba percibir el sonido de su cigarrillo al ser consumido
— El sacerdote que fue enviado, al igual que tú, para prestar apoyo a nuestra causa fue encontrado muerto anoche. Se supone que habían acordado una reunión con él en un viejo convento 'olvidado' en cuanto llegara a la ciudad. Él fue al sitio, antes de la hora acordada, eso no estuvo mal... Lo malo fue que, así como él, alguien más se encontraba allí, y no se trataba de un simple cordero perdido, no... Era un vampiro
El sacerdote comenzaba a explicarle entre pausas lo que había sido del difunto. Elijah había escuchado de él; se suponía que iba a ser uno de sus superiores, pero resultó así como todo en este mundo: siempre había alguien más capaz, más fuerte y más mortal que uno. Era una pena que el chico no pudiera conocerlo, pero aquello que le estaban contando era una cruda realidad que debía aceptar e internalizar. Él había venido a esta ciudad por una razón: cazar a estas abominaciones que están en contra del orden natural que el Creador estableció. Nadie le dijo que sería fácil, nadie dijo que no habría pérdidas. De hecho, era estúpido no pensar que una noche de estas él podría encontrar su muerte a manos de alguna de esas criaturas. De repente, escuchó unas hojas crujir. Quiso voltear a ver, pero fue en ese momento cuando el sacerdote le dirigió la palabra.
— No te veo muy impactado, chico. ¿Ya estás acostumbrado a la muerte?
— No... No es eso, Señor. Es solo que yo no veo la muerte como algo tan malo, es decir, sé que el asesinato es un gran pecado, arrebatarle la vida a alguien es una atrocidad que va en contra de los mandamientos, pero por una parte, me gusta creer que aquellas almas que ya no se encuentran entre nosotros han sido llamadas por el Gran Padre y ahora mismo están en un lugar mejor, descansando en paz, o así es como espero que esté el sacerdote Jericho. Pero, por otro lado, de nosotros depende asegurarnos de que esa muerte no haya sido en vano, así como los Cainitas mataron a uno de los nuestros de forma tan cruel y sencilla, prácticamente ahora podrían estar haciéndole lo mismo a alguien más, a una familia, ¡A un niño!
Elijah le estaba mirando con una ira que ha tenido desde hace más de ocho años. Él sabía de primera mano lo marcada que puede quedar tu vida una vez que sabes que estos existen. Por eso apretaba la mano con ira en su rodilla mientras que en la izquierda el cigarrillo terminaba de consumirse. El sacerdote se había volteado para verle a los ojos también, pero este último no demostraba mucha emoción por lo que el joven Condotiero decía. Una vez que este terminó, el sacerdote desvió la mirada nuevamente hacia la iglesia, le dio una última calada a su cigarrillo y por un segundo, Elijah creyó ver una sonrisa. El sacerdote se puso de pie y dijo:
— Te entiendo, chico. Tu rabia es razonable, pero recuerda que si no es bien canalizada puede hacerte más daño que bien. Por otro lado, me gusta tu entusiasmo; ahora entiendo un poco más el porqué te enviaron aquí... Bueno, ya va siendo momento que nos retiremos al lugar de la verdadera reunión. Allí serán informados de cómo son las cosas en esta bella pero caótica ciudad, que de no ser por nosotros hace mucho que ya habría caído ¿No lo creen, mis hijos?
¡SÍ, PADRE!
Ante aquella fuerte respuesta, Elijah se volteó alarmado solo para descubrir que a sus espaldas estaban unas dos filas bien organizadas de aproximadamente diez hombres, entre cazadores y condotieros, ya vestidos y listos para la acción. El joven estaba desconcertado, pero mientras más lo pensaba más sentido tenía. ¿Cómo era posible que fuera el único en llegar después de diez minutos? Esto era una prueba, o más que una prueba, era una especie de presentación. Se notaba por los trajes y la mirada en aquellos que serían sus compañeros que ellos eran de esta ciudad, conocían bien a lo que se enfrentaban y estaban más que listos para derramar sangre, sudor y lágrimas por la causa. Aquella visión solo hacía que el corazón del joven novicio se acelerara de emoción. En cuestión de milisegundos, un nuevo mensaje llegó al teléfono de todos. Tenía una nueva dirección: era precisamente en el convento olvidado, aquel en donde había muerto el sacerdote Jericho. Allí sería la reunión. Elijah se puso de pie, tomó su bolso y estaba pensando en dónde podría ir a cambiarse antes de llegar, pero fue entonces cuando el sacerdote le dirigió la palabra una última vez
— Tranquilo, uno de tus hermanos tiene una furgoneta. Puedes ir allí y cambiarte; yo mismo me aseguraré de llevar tu moto al lugar. Confía en mí... —Sin decir más palabras, Elijah asintió en agradecimiento y se dispuso a alejarse junto con los demás. Rápidamente visualizó al de la furgoneta y, cuando cada uno se montaba en su vehículo, les llegó la voz firme pero benevolente de aquel sacerdote:
— ¡Y que el Señor sea con ustedes, mis hijos!
¡Y CON SU ESPÍRITU!
Eso fue lo último que respondieron todos al unísono antes de partir rumbo al lugar de la verdadera reunión, aquella donde organizarían bien cómo iban a proceder para erradicar a la maldita raza Cainita de la ciudad. Mientras los Condotieros se alejaban, el sacerdote se dirigió a la motocicleta de Elijah y, una vez que se montó, no arrancó de una. Se quedó unos segundos viendo la ruta que había tomado el chico y en su mente recordaba la primera vez que lo vio: un joven entre sangre y lágrimas de impotencia, al borde de la muerte, pidiéndole a uno de sus compañeros que le ayudaran a ser fuerte. Aquel escuadrón que formaba parte de "Los Hijos de Lazaro" que por casualidad había terminado salvándolo durante el exterminio de aquel grupo de vampiros. Obviamente la respuesta fue negativa, pero ver que el joven no se conformó con ello y se esforzó por llegar hasta aquí es una gran demostración de la voluntad que tiene, y eso era lo que dejaba al sacerdote con una sonrisa.
— Jeje, veamos qué te depara el camino, hijo mío... A veces el Señor obra en senderos misteriosos y de nosotros depende tener la sabiduría para entender y aceptar el porqué de lo que hace
Con esas palabras, el sacerdote encendió la moto. La aceleró un poco para poner a prueba la fuerza que esta emanaba por cada revolución. En menos de dos segundos, ya en aquel lugar, no quedaba otra cosa que una pequeña estela de humo y la luna brillando, siendo testigo del inicio de algo...