Bajo los Tejados de Gaegyeong
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El viento del mar de Goryeo traía consigo el aroma de la sal y las promesas de una tierra de esplendor. Desde el momento en que puse pie en sus costas, supe que esta civilización tenía mucho que enseñarme. Las murallas de las ciudades estaban adornadas con intrincadas tejas de cerámica, y los caminos de tierra llevaban a grandes palacios donde la nobleza dictaba el destino del reino. Era el año 1000, y la dinastía Goryeo estaba en su auge.
Observé la arquitectura de la capital, Gaegyeong, con sus elegantes pabellones de madera y techos curvos. Las murallas de la ciudad protegían un mundo de comerciantes, artesanos y nobles vestidos con sedas finas. El bullicio de los mercados me reveló la importancia del comercio, donde se intercambiaban telas, cerámicas y papel impreso, algo que me resultó fascinante. La invención de la xilografía estaba cambiando la manera en que el conocimiento se transmitía, permitiendo la difusión de textos más allá de los círculos aristocráticos.
Aprendí el idioma con rapidez, aprovechando mi naturaleza longeva para absorber los dialectos de los eruditos y del pueblo. Me mezclé con diferentes sectores de la sociedad, desde los campesinos en los campos de arroz hasta los artesanos que trabajaban con laca y jade. Me invitaron a presenciar la fabricación de la celadón de Goryeo, una cerámica de tono verde-azulado cuya perfección parecía casi mágica.
Las vestimentas reflejaban la jerarquía social. La nobleza usaba hanbok de colores vibrantes, mientras que los plebeyos vestían ropas más sobrias. Entre ellos, las mujeres de la corte llevaban intrincados peinados adornados con alfileres dorados. Aunque mi aspecto no pasaba desapercibido, pronto fui aceptada entre ellos por mi conocimiento y mi habilidad para adaptarme.
Pasé años observando la evolución de Goryeo. Vi a los eruditos mejorar el sistema de escritura y la administración, asegurando que el gobierno se mantuviera firme en tiempos de incertidumbre. También presencié la constante lucha contra los piratas jurchen y la necesidad de fortalecer las defensas del reino. En los banquetes de la corte, degusté platos como el gujeolpan, una refinada combinación de ingredientes dispuestos con meticulosa simetría, y el delicioso kimchi, que con su sabor fermentado me recordó la inventiva de la cocina humana.
La música y la danza ocupaban un lugar especial en la cultura de Goryeo. Aprendí las melodías del gayageum, una cítara de doce cuerdas cuyo sonido envolvía el aire con una armonía melancólica. Bailarinas con mangas largas como olas danzaban en las ceremonias y festivales, recordando historias de héroes y dinastías pasadas.
El tiempo pasó sin que me diera cuenta, y cada estación trajo consigo cambios en la tierra y la gente. Vi las tensiones entre las familias poderosas y la monarquía, el esfuerzo por mantener la estabilidad y la lucha constante contra los invasores externos. A medida que la corte se volvía más intrincada y el poder cambiaba de manos, comprendí que Goryeo estaba entrando en una nueva era, una de desafíos y redefiniciones.
Al final de mi estancia, mientras observaba el cielo reflejado en la porcelana celadón, supe que mi viaje debía continuar. Me despedí de Goryeo con un último vistazo a sus palacios y colinas, llevándome en la memoria el eco de su música, el tacto de sus telas y el sabor de sus tradiciones. Sentí el llamado de una nueva tierra al este, donde mi próxima historia me esperaba entre las islas de un archipiélago que alguna vez había visitado hace milenios.