Diario de Valka Thorsdottir
Entrada 1
La gente de Midgard cree que Nidavellir era solo una forja. Un yunque flotante en el espacio. Pero ellos solo vieron las cenizas y los fantasmas. Yo lo recuerdo como... el latido mismo de la creación.
Cuando era niña, mis días no se medían en horas, sino en los ciclos de la estrella. El Sol Blanco, como lo llamaban los enanos, era el corazón de todo. Su calor no era destructivo; era... vida. Podías sentirlo en tu pecho cuando entrabas en la atmósfera artificial de los anillos. Era un calor que te invitaba a moldear, a construir, a soñar con el metal.
Los enanos... ah, los enanos de Nidavellir. No eran los pequeños y barbudos que te cuenta mi padre en sus cuentos de Midgard. Eran los maestros. Cada uno de ellos era una leyenda viviente. Recuerdo a Buri, con sus brazos como troncos de árbol y sus ojos tan brillantes como las gemas que incrustaba en el Uru. Él me enseñó a distinguir el canto del metal, a escuchar la canción que cada pieza guardaba en su interior.
Nidavellir no era un lugar silencioso. Siempre había un coro: el golpe rítmico de los martillos contra el metal, el zumbido de los haces de energía canalizados desde la estrella, el crepitar de las forjas, y por supuesto, las risas estridentes de los enanos cuando alguien lograba la aleación perfecta. Era un hogar. Un lugar donde incluso una princesa asgardiana se sentía parte de algo más grande que su propio linaje.
Las salas no eran oscuras ni sucias. Eran galerías de arte en movimiento. Las paredes brillaban con incrustaciones de Uru y obsidiana, los pasillos se abrían a miradores donde podías ver las galaxias girar mientras un enano forjaba una nueva arma o un artefacto para un reino lejano. Había mercados donde se comerciaba con aleaciones raras y núcleos de estrellas miniaturizados. Recuerdo el olor... el olor a metal caliente, a sudor, a cerveza enana, y a la energía pura de la estrella. Era embriagador.
Mi lugar favorito era la 'Galería de los Cantos'. Allí, los enanos más jóvenes aprendían a 'escuchar' el metal. Ponían sus manos sobre bloques de Uru y sentían las vibraciones, aprendiendo a susurrarle al mineral para que revelara su verdadera forma. Yo, con mis manos asgardianas, a menudo solo sentía el calor, pero Buri decía que mi 'chispa' era más de trueno que de forja. Se reía, y su risa era como el choque de dos yunques.
La verdadera gloria de Nidavellir no eran las armas, aunque forjamos las mejores de los Nueve Reinos. Era la vida. Era la pasión por la creación. Era la creencia de que cada golpe de martillo no solo formaba metal, sino que tejía el destino de universos enteros. Era el hogar de seres que amaban su oficio más que a su propia existencia. Y ahora... ahora es solo un recuerdo quemado. Un eco silencioso en la mente de una princesa que falló en protegerlo.