Los ecos del pasado aún resonaban en la mente de Zeus, como un trueno lejano que nunca terminaba de extinguirse. Siglos habían pasado desde la Titanomaquia, aquella guerra colosal donde los cielos y la tierra temblaron bajo el choque de titanes y dioses. En aquel entonces, el mundo no conocía el orden ni la paz; solo la brutalidad del dominio de Cronos y los suyos.
Recordaba el fragor de la batalla como si hubiera sido ayer. El cielo, ennegrecido por tormentas, vibraba con cada descarga de su rayo, iluminando las siluetas de gigantescos titanes que arrojaban montañas como si fueran simples guijarros. El mar se alzaba con la furia de Poseidón, chocando contra las fortalezas titánicas y reduciéndolas a escombros. La tierra misma se partía bajo los golpes de los Hecatónquiros, cuyos cien brazos lanzaban enormes rocas contra sus enemigos.
Pero el recuerdo que más se clavaba en su mente era el enfrentamiento final con Cronos. Su padre, aquel que lo había temido desde el nacimiento, se erguía ante él con la guadaña alzada, dispuesto a reclamar su reinado con un último golpe. Zeus aún podía sentir la tensión del momento, la carga de milenios de rencor y destino acumulados en ese choque definitivo. Recordaba cómo había levantado su rayo, cómo la luz se concentró en su mano antes de desatar una tormenta que sacudió el cosmos mismo. Cronos cayó. Los titanes fueron encadenados en el Tártaro. Y Zeus ascendió al trono del Olimpo.
Ahora, sentado en su trono celestial, miraba el mundo que había construido sobre las cenizas de aquella guerra. La era de los titanes había terminado, pero los ecos de su caída aún susurraban en los rincones del tiempo, recordándole que el poder, por absoluto que pareciera, nunca estaba libre de desafíos.