Amable, noble, servicial, tímido, siempre dispuesto a brindar palabras de aliento y una sonrisa. Así es como todo el mundo en su natal pueblo, escondido en un rinconcito de Italia, describía al joven primogénito de la familia Sorrentino. 

Claro, eso fue hace mucho tiempo, antes de que Salvatore se viese obligado a mudarse a la orbe de orbes, Nueva York. La capital del mundo moderno, muchos dirían. 

El mundo de Salvatore cambió de golpe, y él se vio obligado a cambiar junto con éste. El cortés joven murió, porque tenía que morir. Tenía que ser el sacrificio para que surgiera algo nuevo, algo mejor. Usar o ser usado, pasar por encima de otros para no quedarse atrás; ¿por qué no ser cruel en un mundo que no sólo no teme serlo, sino que demuestra que es lo más cotidiano? 

Sí, el mundo no era lugar para el niñito inocente, él lo supo muy rápido. Ese mundo, frío e inmisericorde. fue lo que lo mató, lo cambió irrevocablemente.

Y ni siquiera volver a su lugar natal no iba a poder revivirlo. ¿Verdad?