โญโโโโเผบโกเผปโโโโโฎ
๐๐๐๐ฃ๐. ๐ผโ๐โ๐ธ ๐ธโ๐๐๐ธ๐.
โฐโโโโเผบโกเผปโโโโโฏ
Kiara observaba la ciudad desde la azotea de un edificio, su silueta iluminada por el resplandor de los anuncios de neón. La tecnología había transformado el mundo humano de maneras que ella nunca imaginó cuando su pueblo aún existía. Recordaba los días en los que su hogar era un bosque sagrado, donde los kitsune vivían en paz, lejos de la avaricia y la violencia humana. Pero todo cambió cuando los humanos llegaron con fuego y acero, destruyéndolo todo.
Siglos habían pasado desde aquella masacre, y aunque su odio hacia los humanos no había disminuido, aprendió a ocultarlo. Con su magia, adoptó una apariencia humana y se sumergió en su sociedad. Al principio, los vio luchar con espadas y cabalgar en caballos, luego vinieron los cañones, los trenes y la electricidad. Cada nueva era traía avances sorprendentes, pero también le mostraba una verdad innegable: los humanos dependían cada vez más de sus propias creaciones.
Cuando vio aparecer los primeros teléfonos y computadoras, comprendió que los humanos estaban cavando su propia tumba. Dependían tanto de sus máquinas que ya no sabían vivir sin ellas. Kiara trabajó en empresas tecnológicas, infiltrándose en sus desarrollos más avanzados, observando cómo se entregaban sin resistencia a la inteligencia artificial, a la conectividad constante, al consumismo sin fin. Se reía en silencio, porque aquellos que una vez destruyeron su pueblo ahora se encadenaban con sus propias invenciones.
A pesar de la repulsión que sentía por ellos, no podía evitar sentir una punzada de curiosidad. ¿Acaso, con todo su poder y conocimiento, los humanos lograrían algo más que su propia decadencia? ¿O estaban condenados a destruirse como hicieron con su pueblo? Kiara no lo sabía con certeza, pero una cosa era segura: ella estaría allí para verlo todo.
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Siglos habían pasado desde aquella masacre, y aunque su odio hacia los humanos no había disminuido, aprendió a ocultarlo. Con su magia, adoptó una apariencia humana y se sumergió en su sociedad. Al principio, los vio luchar con espadas y cabalgar en caballos, luego vinieron los cañones, los trenes y la electricidad. Cada nueva era traía avances sorprendentes, pero también le mostraba una verdad innegable: los humanos dependían cada vez más de sus propias creaciones.
Cuando vio aparecer los primeros teléfonos y computadoras, comprendió que los humanos estaban cavando su propia tumba. Dependían tanto de sus máquinas que ya no sabían vivir sin ellas. Kiara trabajó en empresas tecnológicas, infiltrándose en sus desarrollos más avanzados, observando cómo se entregaban sin resistencia a la inteligencia artificial, a la conectividad constante, al consumismo sin fin. Se reía en silencio, porque aquellos que una vez destruyeron su pueblo ahora se encadenaban con sus propias invenciones.
A pesar de la repulsión que sentía por ellos, no podía evitar sentir una punzada de curiosidad. ¿Acaso, con todo su poder y conocimiento, los humanos lograrían algo más que su propia decadencia? ¿O estaban condenados a destruirse como hicieron con su pueblo? Kiara no lo sabía con certeza, pero una cosa era segura: ella estaría allí para verlo todo.