• ༒ 𝕮𝖎𝖓𝖎𝖘 𝕽𝖔𝖘𝖆.

    La tormenta había cesado apenas unos minutos antes de que Odette cruzara el arco de piedra que marcaba la entrada a la ciudad.

    Las calles permanecían húmedas, brillando tenuemente bajo la luz de los faroles. El barro se adhería a los bajos de su falda negra mientras avanzaba sin prisa entre comerciantes agotados y mendigos que evitaban levantar la vista. El aroma a humo, cerveza agria y madera mojada impregnaba el aire nocturno.

    Al fondo de la calle principal, una vieja taberna aún permanecía abierta.

    Un letrero oxidado colgaba sobre la puerta balanceándose con el viento: El Cuervo Tuerto.

    Desde dentro escapaban risas toscas, el sonido de jarras golpeando mesas y una melodía mal tocada por algún bardo ebrio.

    Odette se detuvo frente a la entrada un instante.

    Luego empujó la puerta.

    El calor del interior la envolvió de golpe junto con el olor denso a sudor, alcohol y carne cocida. Algunos hombres giraron la cabeza apenas lo suficiente para observar a la extraña mujer de negro entrar bajo la tenue iluminación rojiza.

    Ella solo caminó hasta una mesa apartada, cerca de la pared, donde las sombras ocultaban parcialmente su rostro bajo la capucha oscura.

    El tabernero se aproximó limpiándose las manos en un trapo sucio.

    —¿Qué va a ordenar, hermana? —preguntó con cierta cautela al notar los pequeños frascos colgando de su cinturón.

    —Vino caliente. Y algo de pan, si aún queda.— respondió Odette con voz tranquila.

    El hombre arqueó una ceja.
    No parecía una monja pero tampoco deseaba hacer preguntas.

    Se alejó murmurando para sí mismo.

    La taberna continuó con su ruido habitual.
    Risas, Insultos, una pelea contenida apenas por la borrachera de los involucrados.

    Hasta que la puerta se abrió violentamente.

    Un hombre irrumpió empapado por la lluvia.

    Tropezó apenas cruzar el umbral y cayó de rodillas sobre el suelo. Respiraba agitado. Los ojos abiertos de par en par. Como si hubiese corrido huyendo de algo invisible.

    —¡La vi!— gritó con la voz quebrada.

    Nadie respondió al principio.
    Algunos soltaron risas cansadas.

    —Otra vez no, Edwin...— dijo entre dientes alguien que aparentemente lo conocía desde una mesa.

    Pero el hombre comenzó a señalar desesperadamente hacia las calles exteriores.

    —¡La Santa de los Venenos! ¡La vi en el bosque viejo! ¡Juro por Dios que era ella!

    La taberna estalló en carcajadas.

    —¿La bruja del luto?
    —Ese idiota volvió a beber aguardiente barato.
    —¿No se suponía que estaba muerta?

    Pero el hombre no reía... Temblaba.

    —¡No estaba muerta! ¡La vi caminar entre los árboles! ¡Las serpientes la seguían! ¡Y había cuerpos colgados cerca del río! ¡Hombres enfermos! ¡Todos con flores negras en la boca!

    Algunas risas comenzaron a apagarse.

    Incluso el bardo dejó de tocar.

    Edwin tragó saliva con dificultad.

    —Y entonces ella me miró...

    Un silencio incómodo recorrió la taberna.

    —¿Y cómo sabes que era “La Santa”?— preguntó finalmente el tabernero.

    Edwin señaló con mano temblorosa hacia el fondo del local, directamente hacia Odette.

    —Porque tenía esos mismos ojos.

    El silencio cayó de golpe.

    Varias miradas se clavaron lentamente sobre la mujer de negro.

    La tenue vela de su mesa iluminaba apenas su expresión serena mientras sostenía entre los dedos la taza de vino caliente que acababan de servirle.

    Entonces levantó la vista hacia el hombre.
    Y sonrió... No una sonrisa cálida, sino algo mucho peor: Una expresión tranquila, condescendiente.
    Como la de alguien que escucha a un niño describir un mal sueño que resulta ser completamente real.

    El hombre retrocedió horrorizado.

    —No... no...— balbuceó.

    Odette lentamente retiró la capucha que cubría su cabeza.

    —Deberías dejar de correr bajo la lluvia... Podrías enfermar.
    ༒ 𝕮𝖎𝖓𝖎𝖘 𝕽𝖔𝖘𝖆. La tormenta había cesado apenas unos minutos antes de que Odette cruzara el arco de piedra que marcaba la entrada a la ciudad. Las calles permanecían húmedas, brillando tenuemente bajo la luz de los faroles. El barro se adhería a los bajos de su falda negra mientras avanzaba sin prisa entre comerciantes agotados y mendigos que evitaban levantar la vista. El aroma a humo, cerveza agria y madera mojada impregnaba el aire nocturno. Al fondo de la calle principal, una vieja taberna aún permanecía abierta. Un letrero oxidado colgaba sobre la puerta balanceándose con el viento: El Cuervo Tuerto. Desde dentro escapaban risas toscas, el sonido de jarras golpeando mesas y una melodía mal tocada por algún bardo ebrio. Odette se detuvo frente a la entrada un instante. Luego empujó la puerta. El calor del interior la envolvió de golpe junto con el olor denso a sudor, alcohol y carne cocida. Algunos hombres giraron la cabeza apenas lo suficiente para observar a la extraña mujer de negro entrar bajo la tenue iluminación rojiza. Ella solo caminó hasta una mesa apartada, cerca de la pared, donde las sombras ocultaban parcialmente su rostro bajo la capucha oscura. El tabernero se aproximó limpiándose las manos en un trapo sucio. —¿Qué va a ordenar, hermana? —preguntó con cierta cautela al notar los pequeños frascos colgando de su cinturón. —Vino caliente. Y algo de pan, si aún queda.— respondió Odette con voz tranquila. El hombre arqueó una ceja. No parecía una monja pero tampoco deseaba hacer preguntas. Se alejó murmurando para sí mismo. La taberna continuó con su ruido habitual. Risas, Insultos, una pelea contenida apenas por la borrachera de los involucrados. Hasta que la puerta se abrió violentamente. Un hombre irrumpió empapado por la lluvia. Tropezó apenas cruzar el umbral y cayó de rodillas sobre el suelo. Respiraba agitado. Los ojos abiertos de par en par. Como si hubiese corrido huyendo de algo invisible. —¡La vi!— gritó con la voz quebrada. Nadie respondió al principio. Algunos soltaron risas cansadas. —Otra vez no, Edwin...— dijo entre dientes alguien que aparentemente lo conocía desde una mesa. Pero el hombre comenzó a señalar desesperadamente hacia las calles exteriores. —¡La Santa de los Venenos! ¡La vi en el bosque viejo! ¡Juro por Dios que era ella! La taberna estalló en carcajadas. —¿La bruja del luto? —Ese idiota volvió a beber aguardiente barato. —¿No se suponía que estaba muerta? Pero el hombre no reía... Temblaba. —¡No estaba muerta! ¡La vi caminar entre los árboles! ¡Las serpientes la seguían! ¡Y había cuerpos colgados cerca del río! ¡Hombres enfermos! ¡Todos con flores negras en la boca! Algunas risas comenzaron a apagarse. Incluso el bardo dejó de tocar. Edwin tragó saliva con dificultad. —Y entonces ella me miró... Un silencio incómodo recorrió la taberna. —¿Y cómo sabes que era “La Santa”?— preguntó finalmente el tabernero. Edwin señaló con mano temblorosa hacia el fondo del local, directamente hacia Odette. —Porque tenía esos mismos ojos. El silencio cayó de golpe. Varias miradas se clavaron lentamente sobre la mujer de negro. La tenue vela de su mesa iluminaba apenas su expresión serena mientras sostenía entre los dedos la taza de vino caliente que acababan de servirle. Entonces levantó la vista hacia el hombre. Y sonrió... No una sonrisa cálida, sino algo mucho peor: Una expresión tranquila, condescendiente. Como la de alguien que escucha a un niño describir un mal sueño que resulta ser completamente real. El hombre retrocedió horrorizado. —No... no...— balbuceó. Odette lentamente retiró la capucha que cubría su cabeza. —Deberías dejar de correr bajo la lluvia... Podrías enfermar.
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  • **La lluvia caía fina sobre las calles adoquinadas, convirtiendo la ciudad en un laberinto gris de charcos sucios y luces temblorosas. Entre el humo de las chimeneas y el murmullo lejano de las tabernas, avanzaba un joven cura con el paso lento de alguien que había dejado de esperar algo bueno del mundo.

    Vestía una vieja chaqueta marron encima de la sotana, desgastada por los viajes y el clima, y una gorra de caza roja que hacía juego con su bufanda de mismo color. En una mano llevaba una maleta de cuero golpeada y húmeda; en la otra, un cigarrillo consumiéndose entre sus dedos mientras el humo escapaba de sus labios con cansancio. No fumaba por placer. Fumaba para llenar el silencio.

    Sus ojos hundidos recorrían las calles con desprecio silencioso. Había pasado demasiados años dentro de iglesias cubiertas de oro, escuchando sermones sobre pureza pronunciados por hombres podridos hasta los huesos. Obispos comprando indulgencias. Sacerdotes escondiendo atrocidades detrás de rezos. Fanáticos condenando inocentes mientras levantaban cruces como si fueran armas. Y él había sido parte de eso.

    Dentro, cuidadosamente protegida entre telas viejas y documentos gastados, descansaba una vasija metálica con las cenizas de su amada. El único recuerdo que le quedaba de ella. La única persona que logró hacerle creer que todavía existía algo puro en el mundo. Por eso se iba, para encontrar el lugar que ella siempre soñó ver y esparcir allí sus cenizas. Le debía eso. Tal vez le debía mucho más.**

    **La lluvia caía fina sobre las calles adoquinadas, convirtiendo la ciudad en un laberinto gris de charcos sucios y luces temblorosas. Entre el humo de las chimeneas y el murmullo lejano de las tabernas, avanzaba un joven cura con el paso lento de alguien que había dejado de esperar algo bueno del mundo. Vestía una vieja chaqueta marron encima de la sotana, desgastada por los viajes y el clima, y una gorra de caza roja que hacía juego con su bufanda de mismo color. En una mano llevaba una maleta de cuero golpeada y húmeda; en la otra, un cigarrillo consumiéndose entre sus dedos mientras el humo escapaba de sus labios con cansancio. No fumaba por placer. Fumaba para llenar el silencio. Sus ojos hundidos recorrían las calles con desprecio silencioso. Había pasado demasiados años dentro de iglesias cubiertas de oro, escuchando sermones sobre pureza pronunciados por hombres podridos hasta los huesos. Obispos comprando indulgencias. Sacerdotes escondiendo atrocidades detrás de rezos. Fanáticos condenando inocentes mientras levantaban cruces como si fueran armas. Y él había sido parte de eso. Dentro, cuidadosamente protegida entre telas viejas y documentos gastados, descansaba una vasija metálica con las cenizas de su amada. El único recuerdo que le quedaba de ella. La única persona que logró hacerle creer que todavía existía algo puro en el mundo. Por eso se iba, para encontrar el lugar que ella siempre soñó ver y esparcir allí sus cenizas. Le debía eso. Tal vez le debía mucho más.**
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  • Con la llegada de la noticia de que pronto sería papá, una emoción que nunca había sentido antes inundó todo su ser, pero con ello también llegaron nuevas preocupaciones y responsabilidades. Empezando por el delicado estado en el que se encontraría su amada esposa durante todo el proceso hasta el esperado momento del parto. Se le había dado una misión muy importante, encontrar una fuente de calor constante para la madre de sus hijos, ya que la forma de vida que estaba creciendo en su vientre consumía su temperatura corporal casi en su totalidad, dejándola muy débil.

    — Ya es hora.

    El día anterior había realizado los preparativos para partir a primera hora por la mañana, tan pronto saliera el sol, pidió a los empleados de la mansión Feu que le facilitaran el saco más grande que tuvieran, hecho con escamas de dragón para asegurarse de que no se fuera a romper a mitad de camino. Con todo eso listo pudo desplegar sus alas desde el balcón de su habitación para salir volando después de despedirse de su pareja, quien seguía durmiendo, ahora estaba más cansada que nunca.

    Se dirigió al volcán más cercano, aterrizando en el interior del mismo, entonces comenzó a recoger las dichosas piedras de fuego, que contenían una fuente de calor tan intensa que solo el cuerpo de un dragón podría soportar. Sujetó la primera en la palma de su mano, un segundo después esta se convirtió en polvo, deslizándose entre el espacio que había entre sus dedos hasta caer al suelo. Era de mala calidad, simplemente no le servía, se encogió de hombros con pesadez, dándose cuenta de que esto sería más difícil de lo que pensó en un inicio.

    Estuvo todo el día recogiendo piedras de fuego para llenar el saco hasta que no entrara una más, para eso fue necesario visitar varios volcanes, solo se detuvo cuando empezó a anochecer, ya que el sol se ocultó por completo decidió volver a su hogar. Había quedado hecho un desastre, cada parte de su cuerpo, ropa, cabello e incluso la joyería estaba negra de polvo y carbón, lo menos que podía esperarse tras pasar desde la mañana entre volcanes.

    Al llegar a las puertas de la mansión se encontró con un problema, el saco estaba tan lleno que no entraba por la puerta principal de ninguna manera, pero antes de eso había otro problema del que encargarse. Colocó la palma de la mano sobre el contenedor de las piedras, para infundir cada una de ellas de su energía solar, la criatura que estaba dentro de la dragona sin duda alguna tenía su sangre, no solo necesitaba calor, también el poder del sol para subsistir, pero sobretodo para crecer grande y fuerte.

    Desplegando sus alas una vez más llevó el botín hasta el patio trasero, aún habían otras preparaciones que hacer antes de poder darles uso a las piedras, hasta hace poco estaban en un volcán, por lo que era de esperarse que estuvieran repletas de suciedad, polvo e impurezas, no podía dejar que la madre de sus hijos las ingiera en ese estado, sería necesario limpiarlas apropiadamente.

    — Aún hay mucho trabajo que hacer...

    Estaba agotado de no haber comido nada desde la mañana, sin embargo, sentía que no podía relajarse hasta tener todo listo, quizás debería confiar en los empleados de la mansión, lo que se lo impedía era el temor de que cometieran algún fallo y, que fuera quien pronto sería madre quien sufra las consecuencias.
    Con la llegada de la noticia de que pronto sería papá, una emoción que nunca había sentido antes inundó todo su ser, pero con ello también llegaron nuevas preocupaciones y responsabilidades. Empezando por el delicado estado en el que se encontraría su amada esposa durante todo el proceso hasta el esperado momento del parto. Se le había dado una misión muy importante, encontrar una fuente de calor constante para la madre de sus hijos, ya que la forma de vida que estaba creciendo en su vientre consumía su temperatura corporal casi en su totalidad, dejándola muy débil. — Ya es hora. El día anterior había realizado los preparativos para partir a primera hora por la mañana, tan pronto saliera el sol, pidió a los empleados de la mansión Feu que le facilitaran el saco más grande que tuvieran, hecho con escamas de dragón para asegurarse de que no se fuera a romper a mitad de camino. Con todo eso listo pudo desplegar sus alas desde el balcón de su habitación para salir volando después de despedirse de su pareja, quien seguía durmiendo, ahora estaba más cansada que nunca. Se dirigió al volcán más cercano, aterrizando en el interior del mismo, entonces comenzó a recoger las dichosas piedras de fuego, que contenían una fuente de calor tan intensa que solo el cuerpo de un dragón podría soportar. Sujetó la primera en la palma de su mano, un segundo después esta se convirtió en polvo, deslizándose entre el espacio que había entre sus dedos hasta caer al suelo. Era de mala calidad, simplemente no le servía, se encogió de hombros con pesadez, dándose cuenta de que esto sería más difícil de lo que pensó en un inicio. Estuvo todo el día recogiendo piedras de fuego para llenar el saco hasta que no entrara una más, para eso fue necesario visitar varios volcanes, solo se detuvo cuando empezó a anochecer, ya que el sol se ocultó por completo decidió volver a su hogar. Había quedado hecho un desastre, cada parte de su cuerpo, ropa, cabello e incluso la joyería estaba negra de polvo y carbón, lo menos que podía esperarse tras pasar desde la mañana entre volcanes. Al llegar a las puertas de la mansión se encontró con un problema, el saco estaba tan lleno que no entraba por la puerta principal de ninguna manera, pero antes de eso había otro problema del que encargarse. Colocó la palma de la mano sobre el contenedor de las piedras, para infundir cada una de ellas de su energía solar, la criatura que estaba dentro de la dragona sin duda alguna tenía su sangre, no solo necesitaba calor, también el poder del sol para subsistir, pero sobretodo para crecer grande y fuerte. Desplegando sus alas una vez más llevó el botín hasta el patio trasero, aún habían otras preparaciones que hacer antes de poder darles uso a las piedras, hasta hace poco estaban en un volcán, por lo que era de esperarse que estuvieran repletas de suciedad, polvo e impurezas, no podía dejar que la madre de sus hijos las ingiera en ese estado, sería necesario limpiarlas apropiadamente. — Aún hay mucho trabajo que hacer... Estaba agotado de no haber comido nada desde la mañana, sin embargo, sentía que no podía relajarse hasta tener todo listo, quizás debería confiar en los empleados de la mansión, lo que se lo impedía era el temor de que cometieran algún fallo y, que fuera quien pronto sería madre quien sufra las consecuencias.
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  • — Otro día más… —Murmuró en voz baja, casi sin fuerza.

    Había cumplido el trabajo. Otra misión, otro encargo, otra persona más a la que apenas recordaría mañana. Todo seguía moviéndose igual de rápido ahí fuera, pero para ella los días comenzaban a mezclarse unos con otros hasta sentirse idénticos.

    — ¿Cuándo terminará todo? ¿Cuándo podré finalmente descansar y estar en paz? —Se llevó las manos al rostro, queriendo desaparecer apenas con ese gesto.
    — Otro día más… —Murmuró en voz baja, casi sin fuerza. Había cumplido el trabajo. Otra misión, otro encargo, otra persona más a la que apenas recordaría mañana. Todo seguía moviéndose igual de rápido ahí fuera, pero para ella los días comenzaban a mezclarse unos con otros hasta sentirse idénticos. — ¿Cuándo terminará todo? ¿Cuándo podré finalmente descansar y estar en paz? —Se llevó las manos al rostro, queriendo desaparecer apenas con ese gesto.
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  • -me encontraba detrás del mostrador preparando otro café más, moviendo la pequeña jarra metálica con absoluta calma mientras el sonido de la máquina llenaba el silencio del local… mis ojos se mantenían cansados debajo del flequillo oscuro y solté un suspiro pesado antes de servir lentamente la bebida dentro del vaso-(?)

    —…A veces me gustaría poder renunciar a este trabajo, y simplemente vivir una vida normal como todos los demás(?)

    -murmuré con la voz apagada mientras dejaba el vaso sobre la mesa, observando la cafetería prácticamente vacía a esas horas… el reloj avanzaba lento y el ambiente se sentía tedioso, casi sofocante-(?)

    -me apoyé contra la barra cruzándome de brazos, dejando escapar otro suspiro mientras miraba hacia la entrada esperando que alguien apareciera aunque sea para romper el aburrimiento-(?)

    —Qué día tan aburrido… ni siquiera entra un solo cliente, almenos Puedo comer las donas yo solo y tranquilo.

    -golpeé suavemente mis dedos contra el mostrador con impaciencia mientras desviaba la mirada hacia la calle a través del vidrio, permaneciendo completamente solo en aquel silencio incómodo-
    -me encontraba detrás del mostrador preparando otro café más, moviendo la pequeña jarra metálica con absoluta calma mientras el sonido de la máquina llenaba el silencio del local… mis ojos se mantenían cansados debajo del flequillo oscuro y solté un suspiro pesado antes de servir lentamente la bebida dentro del vaso-(?) —…A veces me gustaría poder renunciar a este trabajo, y simplemente vivir una vida normal como todos los demás(?) -murmuré con la voz apagada mientras dejaba el vaso sobre la mesa, observando la cafetería prácticamente vacía a esas horas… el reloj avanzaba lento y el ambiente se sentía tedioso, casi sofocante-(?) -me apoyé contra la barra cruzándome de brazos, dejando escapar otro suspiro mientras miraba hacia la entrada esperando que alguien apareciera aunque sea para romper el aburrimiento-(?) —Qué día tan aburrido… ni siquiera entra un solo cliente, almenos Puedo comer las donas yo solo y tranquilo. -golpeé suavemente mis dedos contra el mostrador con impaciencia mientras desviaba la mirada hacia la calle a través del vidrio, permaneciendo completamente solo en aquel silencio incómodo-
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  • Astoreth permanecía de pie en el centro del antiguo círculo de runas, envuelta en la luz dorada que se filtraba entre las hojas. El suave viento acariciaba su larga melena carmesí mientras sus ojos recorrían las inscripciones con esa curiosidad profunda y serena que siempre la acompañaba. Sus dedos rozaron con lentitud una de las piedras cubiertas de musgo, como si intentara absorber los ecos del tiempo grabados en ellas.

    Una sonrisa sutil, casi melancólica, se dibujó en sus labios.

    — 𝐶𝑢á𝑛𝑡𝑜𝑠 𝑠𝑢𝑠𝑢𝑟𝑟𝑜𝑠 𝑑𝑒𝑙 𝑝𝑎𝑠𝑎𝑑𝑜 𝑠𝑒 𝑒𝑠𝑐𝑜𝑛𝑑𝑒𝑛 𝑎𝑞𝑢í… —Murmuró para sí misma, con voz suave y pensativa—. 𝐿𝑢𝑔𝑎𝑟𝑒𝑠 𝑐𝑜𝑚𝑜 𝑒𝑠𝑡𝑒 𝑚𝑒 𝑟𝑒𝑐𝑢𝑒𝑟𝑑𝑎𝑛 𝑞𝑢𝑒 𝑒𝑙 𝑐𝑜𝑛𝑜𝑐𝑖𝑚𝑖𝑒𝑛𝑡𝑜 𝑠𝑖𝑒𝑚𝑝𝑟𝑒 𝑝𝑒𝑟𝑚𝑎𝑛𝑒𝑐𝑒, 𝑒𝑠𝑝𝑒𝑟𝑎𝑛𝑑𝑜 𝑎 𝑞𝑢𝑖𝑒𝑛 𝑡𝑒𝑛𝑔𝑎 𝑙𝑎 𝑝𝑎𝑐𝑖𝑒𝑛𝑐𝑖𝑎 𝑦 𝑙𝑎 𝑐𝑢𝑟𝑖𝑜𝑠𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑠𝑢𝑓𝑖𝑐𝑖𝑒𝑛𝑡𝑒 𝑝𝑎𝑟𝑎 𝑒𝑠𝑐𝑢𝑐ℎ𝑎𝑟𝑙𝑜.
    Astoreth permanecía de pie en el centro del antiguo círculo de runas, envuelta en la luz dorada que se filtraba entre las hojas. El suave viento acariciaba su larga melena carmesí mientras sus ojos recorrían las inscripciones con esa curiosidad profunda y serena que siempre la acompañaba. Sus dedos rozaron con lentitud una de las piedras cubiertas de musgo, como si intentara absorber los ecos del tiempo grabados en ellas. Una sonrisa sutil, casi melancólica, se dibujó en sus labios. — 𝐶𝑢á𝑛𝑡𝑜𝑠 𝑠𝑢𝑠𝑢𝑟𝑟𝑜𝑠 𝑑𝑒𝑙 𝑝𝑎𝑠𝑎𝑑𝑜 𝑠𝑒 𝑒𝑠𝑐𝑜𝑛𝑑𝑒𝑛 𝑎𝑞𝑢í… —Murmuró para sí misma, con voz suave y pensativa—. 𝐿𝑢𝑔𝑎𝑟𝑒𝑠 𝑐𝑜𝑚𝑜 𝑒𝑠𝑡𝑒 𝑚𝑒 𝑟𝑒𝑐𝑢𝑒𝑟𝑑𝑎𝑛 𝑞𝑢𝑒 𝑒𝑙 𝑐𝑜𝑛𝑜𝑐𝑖𝑚𝑖𝑒𝑛𝑡𝑜 𝑠𝑖𝑒𝑚𝑝𝑟𝑒 𝑝𝑒𝑟𝑚𝑎𝑛𝑒𝑐𝑒, 𝑒𝑠𝑝𝑒𝑟𝑎𝑛𝑑𝑜 𝑎 𝑞𝑢𝑖𝑒𝑛 𝑡𝑒𝑛𝑔𝑎 𝑙𝑎 𝑝𝑎𝑐𝑖𝑒𝑛𝑐𝑖𝑎 𝑦 𝑙𝑎 𝑐𝑢𝑟𝑖𝑜𝑠𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑠𝑢𝑓𝑖𝑐𝑖𝑒𝑛𝑡𝑒 𝑝𝑎𝑟𝑎 𝑒𝑠𝑐𝑢𝑐ℎ𝑎𝑟𝑙𝑜.
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  • UN DIA NORMAL COMO TODOS LOS DIAS



    En el instituto Haedong era un lugar donde los golpes hablaban más fuerte que las palabras.
    Los profesores llegaban tarde, ignoraban los problemas y dejaban que los estudiantes resolvieran todo entre ellos. Los pasillos estaban llenos de rumores, peleas y miedo. Ahí dentro, si no sabías defenderte, terminabas convertido en una víctima.
    Yo Kang Woo-Ming llevaba pocas semanas en el instituto.
    Siempre ocupaba el asiento del fondo, junto a la ventana. Dormía durante las clases con la capucha puesta y los auriculares alrededor del cuello, como si el resto del mundo no le importara. Nadie sabía mucho sobre él, excepto que entrenaba boxeo y artes marciales mixtas desde hacía años.
    Sus nudillos marcados y los moretones constantes en sus brazos hablaban por sí solos.
    Aquella tarde la lluvia golpeaba fuerte las ventanas del salón 2-B. El profesor todavía no llegaba y el aula estaba completamente fuera de control.
    Algunos gritaban. Otros jugaban en sus celulares. Y varios observaban en silencio una escena que se repetía casi todos los días.

    Yoo Jae-Han estaba siendo arrinconado contra los pupitres por Park Tae-Jun y su grupo.
    —¿No entiendes cuando te hablamos? —dijo Tae-Jun empujándolo del pecho.
    Jae-Han intentó apartarse, pero otro estudiante lo sujetó del hombro mientras las risas llenaban el salón.
    —Mírenlo, parece que va a llorar otra vez.
    Un golpe seco hizo que Jae-Han cayera contra el suelo.

    Nadie intervenía.
    Nadie quería convertirse en el siguiente objetivo.
    En la última fila, Kang Woo-Ming seguía dormido con la cabeza apoyada sobre el brazo… hasta que el sonido de una silla arrastrándose violentamente por el piso rompió el ambiente.
    Sus ojos se abrieron lentamente.
    El salón quedó en silencio apenas levantó la mirada.
    Woo-Ming observó a Jae-Han en el suelo y después a Tae-Jun.
    Su expresión era fría. Molesta.
    Como alguien a quien acababan de despertar en el peor momento.

    —Oye —murmuró con voz baja—. ¿Pueden cerrar la boca?
    Tae-Jun soltó una risa burlona.
    —¿Y tú qué vas a hacer?
    Woo-Ming se levantó despacio de su asiento.
    El sonido de sus zapatillas contra el piso hizo que varios estudiantes retrocedieran instintivamente.
    No parecía enfadado. Eso era lo peor.
    Caminó hasta quedar frente a Tae-Jun y miró brevemente a Jae-Han antes de volver la vista hacia el bully.
    —Déjalo.
    —Hazme.
    El golpe salió sin aviso.
    Un jab directo al rostro.
    Rápido. Preciso. Limpio.
    La cabeza de Tae-Jun se movió hacia atrás mientras retrocedía tambaleándose entre las mesas. Los estudiantes soltaron exclamaciones sorprendidas.
    Nadie esperaba que alguien golpeara primero a Tae-Jun.
    Mucho menos Kang Woo-Ming.
    La expresión del bully cambió inmediatamente de burla a rabia.
    —¡Maldito bastardo!
    Tae-Jun agarró una silla metálica cercana y la levantó violentamente para lanzársela encima.
    Pero Woo-Ming reaccionó al instante.
    Esquivó el golpe moviendo apenas el cuerpo hacia un lado mientras la silla pasaba rozándolo y chocaba contra un pupitre.
    Y entonces contraatacó.
    Jab.
    Otro jab.
    Otro más.
    Golpes rápidos y secos impactaron directamente sobre el rostro de Tae-Jun. Su boxeo era demasiado técnico para una pelea escolar. Cada golpe encontraba el mismo lugar: nariz, mandíbula, boca.
    Tae-Jun intentó cubrirse, pero Woo-Ming no le daba espacio.
    Los puños salían como reflejos automáticos.
    Retroceder. Esquivar. Golpear.
    Todo perfectamente calculado.
    Un último cross impactó de lleno en la mandíbula del bully, haciéndolo caer pesadamente contra el suelo entre las sillas.
    Silencio.
    Completo silencio.
    Incluso los amigos de Tae-Jun habían retrocedido.
    Woo-Ming respiró lentamente mientras bajaba las manos. Miró al chico tirado en el piso y luego giró la cabeza hacia el resto del salón.
    La tensión seguía flotando en el aire.
    Y justo en ese momento, la puerta del aula comenzó a abrirse.

    La puerta apenas comenzaba a abrirse cuando Park Tae-Jun volvió a levantarse del suelo.
    Respiraba agitado, con sangre bajándole por la nariz y una mirada completamente llena de rabia. Las risas silenciosas de algunos compañeros terminaron de romperle el orgullo.
    —Te voy a matar… —escupió entre dientes.
    Woo-Ming ni siquiera se movió.
    Seguía de pie frente a él, relajado, con las manos bajas como si aquella pelea no significara nada.
    Fue entonces cuando Tae-Jun tomó nuevamente la silla metálica caída junto a los pupitres.
    Esta vez no dudó.
    La levantó por encima del hombro y corrió directamente hacia Woo-Ming dispuesto a golpearlo de lleno.
    Varias personas gritaron.
    El sonido del metal cortando el aire resonó en el salón.
    Pero Woo-Ming reaccionó por puro instinto de combate.
    Dio un paso corto hacia adelante, entrando dentro del rango antes de que la silla pudiera tomar fuerza completa.
    Y golpeó.
    Un puño directo al hígado.
    Seco. Rápido. Preciso.
    Tae-Jun soltó el aire de golpe, doblándose por el dolor mientras la silla resbalaba de sus manos.
    Woo-Ming aprovechó el momento.
    Otro golpe al abdomen.
    Luego un jab corto al rostro que terminó de hacerlo retroceder.
    El bully apenas podía respirar.
    Sus piernas temblaban mientras intentaba mantenerse de pie.
    Y justo en ese instante—
    —¡¡¿QUÉ ESTÁN HACIENDO?!!
    La voz atravesó el salón entero.
    La profesora Suzy acababa de entrar al aula.
    Todos se congelaron inmediatamente.
    Woo-Ming giró apenas la cabeza al escuchar el grito y luego miró de nuevo a Tae-Jun, que seguía intentando levantar la silla.
    El chico soltó un suspiro cansado antes de hablar con total tranquilidad.
    —Oye… baja la silla.
    Tae-Jun quedó inmóvil.
    —Te dije que tus problemas mentales no son asunto mío.
    El salón explotó en murmullos y risas ahogadas.
    La profesora Suzy caminó rápidamente hacia ellos con expresión furiosa.
    —¡¿Quién empezó esta pelea?!
    Por primera vez, Tae-Jun parecía completamente perdido.
    Woo-Ming observó a la profesora unos segundos y luego, de manera inesperada, bajó la cabeza educadamente.
    —Lo siento, profesora.
    Después tomó a Tae-Jun de la parte trasera del uniforme y lo obligó a inclinarse también frente a ella.
    —Pide perdón.
    —¿Qué…?
    Woo-Ming apretó un poco más el agarre.
    —Hazlo.
    Tae-Jun, todavía sin aire y humillado frente a todo el salón, terminó bajando la cabeza a la fuerza.
    —…Lo siento.
    Las carcajadas comenzaron inmediatamente.
    Varios estudiantes se taparon la boca para no reír más fuerte al ver al bully del instituto obligado a disculparse como un niño pequeño.
    Incluso algunos grababan escondidos con el celular.
    El rostro de Tae-Jun se puso rojo de vergüenza.
    Mientras tanto, Kang Woo-Ming simplemente soltó el uniforme del chico y volvió a acomodarse la manga del hoodie como si nada hubiera pasado.
    UN DIA NORMAL COMO TODOS LOS DIAS En el instituto Haedong era un lugar donde los golpes hablaban más fuerte que las palabras. Los profesores llegaban tarde, ignoraban los problemas y dejaban que los estudiantes resolvieran todo entre ellos. Los pasillos estaban llenos de rumores, peleas y miedo. Ahí dentro, si no sabías defenderte, terminabas convertido en una víctima. Yo Kang Woo-Ming llevaba pocas semanas en el instituto. Siempre ocupaba el asiento del fondo, junto a la ventana. Dormía durante las clases con la capucha puesta y los auriculares alrededor del cuello, como si el resto del mundo no le importara. Nadie sabía mucho sobre él, excepto que entrenaba boxeo y artes marciales mixtas desde hacía años. Sus nudillos marcados y los moretones constantes en sus brazos hablaban por sí solos. Aquella tarde la lluvia golpeaba fuerte las ventanas del salón 2-B. El profesor todavía no llegaba y el aula estaba completamente fuera de control. Algunos gritaban. Otros jugaban en sus celulares. Y varios observaban en silencio una escena que se repetía casi todos los días. Yoo Jae-Han estaba siendo arrinconado contra los pupitres por Park Tae-Jun y su grupo. —¿No entiendes cuando te hablamos? —dijo Tae-Jun empujándolo del pecho. Jae-Han intentó apartarse, pero otro estudiante lo sujetó del hombro mientras las risas llenaban el salón. —Mírenlo, parece que va a llorar otra vez. Un golpe seco hizo que Jae-Han cayera contra el suelo. Nadie intervenía. Nadie quería convertirse en el siguiente objetivo. En la última fila, Kang Woo-Ming seguía dormido con la cabeza apoyada sobre el brazo… hasta que el sonido de una silla arrastrándose violentamente por el piso rompió el ambiente. Sus ojos se abrieron lentamente. El salón quedó en silencio apenas levantó la mirada. Woo-Ming observó a Jae-Han en el suelo y después a Tae-Jun. Su expresión era fría. Molesta. Como alguien a quien acababan de despertar en el peor momento. —Oye —murmuró con voz baja—. ¿Pueden cerrar la boca? Tae-Jun soltó una risa burlona. —¿Y tú qué vas a hacer? Woo-Ming se levantó despacio de su asiento. El sonido de sus zapatillas contra el piso hizo que varios estudiantes retrocedieran instintivamente. No parecía enfadado. Eso era lo peor. Caminó hasta quedar frente a Tae-Jun y miró brevemente a Jae-Han antes de volver la vista hacia el bully. —Déjalo. —Hazme. El golpe salió sin aviso. Un jab directo al rostro. Rápido. Preciso. Limpio. La cabeza de Tae-Jun se movió hacia atrás mientras retrocedía tambaleándose entre las mesas. Los estudiantes soltaron exclamaciones sorprendidas. Nadie esperaba que alguien golpeara primero a Tae-Jun. Mucho menos Kang Woo-Ming. La expresión del bully cambió inmediatamente de burla a rabia. —¡Maldito bastardo! Tae-Jun agarró una silla metálica cercana y la levantó violentamente para lanzársela encima. Pero Woo-Ming reaccionó al instante. Esquivó el golpe moviendo apenas el cuerpo hacia un lado mientras la silla pasaba rozándolo y chocaba contra un pupitre. Y entonces contraatacó. Jab. Otro jab. Otro más. Golpes rápidos y secos impactaron directamente sobre el rostro de Tae-Jun. Su boxeo era demasiado técnico para una pelea escolar. Cada golpe encontraba el mismo lugar: nariz, mandíbula, boca. Tae-Jun intentó cubrirse, pero Woo-Ming no le daba espacio. Los puños salían como reflejos automáticos. Retroceder. Esquivar. Golpear. Todo perfectamente calculado. Un último cross impactó de lleno en la mandíbula del bully, haciéndolo caer pesadamente contra el suelo entre las sillas. Silencio. Completo silencio. Incluso los amigos de Tae-Jun habían retrocedido. Woo-Ming respiró lentamente mientras bajaba las manos. Miró al chico tirado en el piso y luego giró la cabeza hacia el resto del salón. La tensión seguía flotando en el aire. Y justo en ese momento, la puerta del aula comenzó a abrirse. La puerta apenas comenzaba a abrirse cuando Park Tae-Jun volvió a levantarse del suelo. Respiraba agitado, con sangre bajándole por la nariz y una mirada completamente llena de rabia. Las risas silenciosas de algunos compañeros terminaron de romperle el orgullo. —Te voy a matar… —escupió entre dientes. Woo-Ming ni siquiera se movió. Seguía de pie frente a él, relajado, con las manos bajas como si aquella pelea no significara nada. Fue entonces cuando Tae-Jun tomó nuevamente la silla metálica caída junto a los pupitres. Esta vez no dudó. La levantó por encima del hombro y corrió directamente hacia Woo-Ming dispuesto a golpearlo de lleno. Varias personas gritaron. El sonido del metal cortando el aire resonó en el salón. Pero Woo-Ming reaccionó por puro instinto de combate. Dio un paso corto hacia adelante, entrando dentro del rango antes de que la silla pudiera tomar fuerza completa. Y golpeó. Un puño directo al hígado. Seco. Rápido. Preciso. Tae-Jun soltó el aire de golpe, doblándose por el dolor mientras la silla resbalaba de sus manos. Woo-Ming aprovechó el momento. Otro golpe al abdomen. Luego un jab corto al rostro que terminó de hacerlo retroceder. El bully apenas podía respirar. Sus piernas temblaban mientras intentaba mantenerse de pie. Y justo en ese instante— —¡¡¿QUÉ ESTÁN HACIENDO?!! La voz atravesó el salón entero. La profesora Suzy acababa de entrar al aula. Todos se congelaron inmediatamente. Woo-Ming giró apenas la cabeza al escuchar el grito y luego miró de nuevo a Tae-Jun, que seguía intentando levantar la silla. El chico soltó un suspiro cansado antes de hablar con total tranquilidad. —Oye… baja la silla. Tae-Jun quedó inmóvil. —Te dije que tus problemas mentales no son asunto mío. El salón explotó en murmullos y risas ahogadas. La profesora Suzy caminó rápidamente hacia ellos con expresión furiosa. —¡¿Quién empezó esta pelea?! Por primera vez, Tae-Jun parecía completamente perdido. Woo-Ming observó a la profesora unos segundos y luego, de manera inesperada, bajó la cabeza educadamente. —Lo siento, profesora. Después tomó a Tae-Jun de la parte trasera del uniforme y lo obligó a inclinarse también frente a ella. —Pide perdón. —¿Qué…? Woo-Ming apretó un poco más el agarre. —Hazlo. Tae-Jun, todavía sin aire y humillado frente a todo el salón, terminó bajando la cabeza a la fuerza. —…Lo siento. Las carcajadas comenzaron inmediatamente. Varios estudiantes se taparon la boca para no reír más fuerte al ver al bully del instituto obligado a disculparse como un niño pequeño. Incluso algunos grababan escondidos con el celular. El rostro de Tae-Jun se puso rojo de vergüenza. Mientras tanto, Kang Woo-Ming simplemente soltó el uniforme del chico y volvió a acomodarse la manga del hoodie como si nada hubiera pasado.
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  • ❝𝑇𝘩𝑒𝑟𝑒 𝑎𝑟𝑒 𝑎𝑓𝑓𝑒𝑐𝑡𝑖𝑜𝑛𝑠 𝑡𝘩𝑎𝑡 𝑒𝑛𝑑 𝑏𝑒𝑡𝑤𝑒𝑒𝑛 𝑡𝘩𝑒 𝑡𝑒𝑒𝑡𝘩, 𝑎𝑛𝑑 𝑡𝘩𝑒 𝑡𝑒𝑟𝑟𝑖𝑏𝑙𝑒 𝑛𝑒𝑒𝑑 𝑡𝑜 𝑝𝑟𝑒𝑠𝑒𝑟𝑣𝑒 𝑠𝑜𝑚𝑒𝑡𝘩𝑖𝑛𝑔❞



    El restaurante ardía en tonos dorados y elegantes. La lluvia golpeaba los ventanales con suavidad allá afuera, deshaciendo las luces de la ciudad en manchas líquidas que temblaban sobre el cristal. Dentro, todo era tibio: vino sirviéndose en copas delicadas, humo escapando de los platos recién llevados a las mesas, conversaciones suaves flotando entre la música lenta como si nadie en el lugar hubiese conocido jamás algo verdaderamente monstruoso.

    Y aún así, sentado frente a frente, había algo que no pertenecía ahí; algo que no encaja, como si la habitación quedara demasiado pequeña para la densidad de su presencia.

    No había pedido comida, ni siquiera algo de beber. El vaso de agua junto a su mano sigue intacto, olvidado desde hacía demasiado tiempo. Permanecía inmóvil bajo la luz tenue. No como alguien castigado, solo alguien que aprendió de alguna manera u otra a controlar el impulso creciente que intenta derrumbarlo con cada segundo que pasa. En la forma en que mantiene los brazos cruzados con demasiada firmeza denota un esfuerzo real por parecer tranquilo. En cómo desviaba la mirada cada vez que el aroma de la comida recién servida se volvía más intenso... o más bien cuando el personal se desplaza a su lado a cada oportunidad.

    «¿𝐸𝑠 𝘩𝑎𝑚𝑏𝑟𝑒 𝑜....ᐣ»

    —𝘚𝘪𝘨𝘶𝘦 𝘤𝘰𝘮𝘪𝘦𝘯𝘥𝘰 —por fin se pronunció. La voz salió grave y baja, arrastrando el cansancio de alguien que lleva demasiado tiempo negándose a algo; lo que sea que eso fuese. Afuera, un relámpago iluminó brevemente el cristal mojado del restaurante, pintando reflejos pálidos sobre el bozal y el verde de sus ojos.

    —𝘌𝘴 𝘤𝘶𝘳𝘪𝘰𝘴𝘰 —murmuró al final, casi como si hablara consigo mismo—. 𝘓𝘢 𝘮𝘢𝘺𝘰𝘳𝜄́𝘢 𝘥𝘦 𝘭𝘢𝘴 𝘱𝘦𝘳𝘴𝘰𝘯𝘢𝘴 𝘮𝘪𝘳𝘢𝘯 𝘢 𝘲𝘶𝘪𝘦𝘯 𝘥𝘦𝘴𝘦𝘢𝘯 𝘤𝘰𝘮𝘰 𝘴𝘪 𝘲𝘶𝘪𝘴𝘪𝘦𝘳𝘢𝘯 𝘵𝘰𝘤𝘢𝘳𝘭𝘰. 𝘖 𝘦𝘯 𝘴𝘶 𝘥𝘦𝘧𝘦𝘤𝘵𝘰, 𝘤𝘰𝘯𝘴𝘶𝘮𝘪𝘳𝘭𝘰 —sus dedos se tensaron apenas bajo el brazo—. 𝘠𝘰 𝘴𝘪𝘦𝘮𝘱𝘳𝘦 𝘵𝘦𝘳𝘮𝘪𝘯𝘰 𝘱𝘦𝘯𝘴𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘦𝘯... 𝘥𝘪𝘦𝘯𝘵𝘦𝘴.


    𝘈𝘔𝘉𝘐𝘌𝘕𝘛 𝘔𝘜𝘚𝘐𝘊: https://youtu.be/ZoxwHHOwVJw
    ❝𝑇𝘩𝑒𝑟𝑒 𝑎𝑟𝑒 𝑎𝑓𝑓𝑒𝑐𝑡𝑖𝑜𝑛𝑠 𝑡𝘩𝑎𝑡 𝑒𝑛𝑑 𝑏𝑒𝑡𝑤𝑒𝑒𝑛 𝑡𝘩𝑒 𝑡𝑒𝑒𝑡𝘩, 𝑎𝑛𝑑 𝑡𝘩𝑒 𝑡𝑒𝑟𝑟𝑖𝑏𝑙𝑒 𝑛𝑒𝑒𝑑 𝑡𝑜 𝑝𝑟𝑒𝑠𝑒𝑟𝑣𝑒 𝑠𝑜𝑚𝑒𝑡𝘩𝑖𝑛𝑔❞ El restaurante ardía en tonos dorados y elegantes. La lluvia golpeaba los ventanales con suavidad allá afuera, deshaciendo las luces de la ciudad en manchas líquidas que temblaban sobre el cristal. Dentro, todo era tibio: vino sirviéndose en copas delicadas, humo escapando de los platos recién llevados a las mesas, conversaciones suaves flotando entre la música lenta como si nadie en el lugar hubiese conocido jamás algo verdaderamente monstruoso. Y aún así, sentado frente a frente, había algo que no pertenecía ahí; algo que no encaja, como si la habitación quedara demasiado pequeña para la densidad de su presencia. No había pedido comida, ni siquiera algo de beber. El vaso de agua junto a su mano sigue intacto, olvidado desde hacía demasiado tiempo. Permanecía inmóvil bajo la luz tenue. No como alguien castigado, solo alguien que aprendió de alguna manera u otra a controlar el impulso creciente que intenta derrumbarlo con cada segundo que pasa. En la forma en que mantiene los brazos cruzados con demasiada firmeza denota un esfuerzo real por parecer tranquilo. En cómo desviaba la mirada cada vez que el aroma de la comida recién servida se volvía más intenso... o más bien cuando el personal se desplaza a su lado a cada oportunidad. «¿𝐸𝑠 𝘩𝑎𝑚𝑏𝑟𝑒 𝑜....ᐣ» —𝘚𝘪𝘨𝘶𝘦 𝘤𝘰𝘮𝘪𝘦𝘯𝘥𝘰 —por fin se pronunció. La voz salió grave y baja, arrastrando el cansancio de alguien que lleva demasiado tiempo negándose a algo; lo que sea que eso fuese. Afuera, un relámpago iluminó brevemente el cristal mojado del restaurante, pintando reflejos pálidos sobre el bozal y el verde de sus ojos. —𝘌𝘴 𝘤𝘶𝘳𝘪𝘰𝘴𝘰 —murmuró al final, casi como si hablara consigo mismo—. 𝘓𝘢 𝘮𝘢𝘺𝘰𝘳𝜄́𝘢 𝘥𝘦 𝘭𝘢𝘴 𝘱𝘦𝘳𝘴𝘰𝘯𝘢𝘴 𝘮𝘪𝘳𝘢𝘯 𝘢 𝘲𝘶𝘪𝘦𝘯 𝘥𝘦𝘴𝘦𝘢𝘯 𝘤𝘰𝘮𝘰 𝘴𝘪 𝘲𝘶𝘪𝘴𝘪𝘦𝘳𝘢𝘯 𝘵𝘰𝘤𝘢𝘳𝘭𝘰. 𝘖 𝘦𝘯 𝘴𝘶 𝘥𝘦𝘧𝘦𝘤𝘵𝘰, 𝘤𝘰𝘯𝘴𝘶𝘮𝘪𝘳𝘭𝘰 —sus dedos se tensaron apenas bajo el brazo—. 𝘠𝘰 𝘴𝘪𝘦𝘮𝘱𝘳𝘦 𝘵𝘦𝘳𝘮𝘪𝘯𝘰 𝘱𝘦𝘯𝘴𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘦𝘯... 𝘥𝘪𝘦𝘯𝘵𝘦𝘴. 𝘈𝘔𝘉𝘐𝘌𝘕𝘛 𝘔𝘜𝘚𝘐𝘊: https://youtu.be/ZoxwHHOwVJw
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  • Anoche no dormí nada –Bosteza– me siento tan cansada.. espero que no te moleste si duermo un poco ¿Sí? –Murmura la chica mientras se pone cómoda en la cama y abraza una almohada, sus orejas felinas reaccionando ante el canto de los pájaros una última vez antes de quedarse quietas para poder descansar–
    Anoche no dormí nada –Bosteza– me siento tan cansada.. espero que no te moleste si duermo un poco ¿Sí? –Murmura la chica mientras se pone cómoda en la cama y abraza una almohada, sus orejas felinas reaccionando ante el canto de los pájaros una última vez antes de quedarse quietas para poder descansar–
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  • ────────────────── 𝕸𝖊𝖗𝖈𝖆𝖙𝖔𝖗 𝖁𝖊𝖓𝖊𝖓𝖎.
    Categoría Aventura
    { Ambient: https://open.spotify.com/intl-es/track/6V8ERjRVcuP3FsKrCr2DL2?si=7786de6c1e6649ab }

    .



    La lluvia había cesado hacía apenas una hora, pero el bosque seguía respirando humedad. El barro se adhería a las botas como manos débiles intentando arrastrar a los vivos bajo tierra, y entre los árboles desnudos por el frío se extendía una niebla tan espesa que el camino parecía deshacerse a pocos metros de distancia.

    Odette avanzaba sola. Cubierta por su capa de tela gruesa color negro y con la capucha ocultando parte de su rostro, llevaba un pequeño farol de aceite en una mano y su bolso de cuero colgado al costado. Dentro tintineaban frascos, morteros pequeños y envoltorios de hierbas secas. El aire alrededor de ella olía a ajenjo, alcanfor y lirios del bosque.

    Había abandonado el pueblo antes del amanecer tras recibir un encargo peculiar.

    Un cazador había llegado moribundo a la botica la noche anterior. Alcanzó únicamente a murmurar sobre un pantano oculto entre los bosques del norte. Decía que en sus aguas crecía una planta imposible:
    una flor pálida capaz de intensificar cualquier veneno o convertir un remedio en algo letal... Y ahora él estaba muerto.

    Odette no confiaba en historias contadas por hombres agonizantes, pero sí confiaba en la expresión de terror que había visto en sus ojos.

    Se detuvo un instante.

    A lo lejos, entre la niebla, distinguió una luz cálida balanceándose lentamente. No parecía provenir de una casa ni de un campamento militar. Era móvil. Como una luciérnaga atrapada en una botella.
    Un carruaje.
    O algo parecido.
    El sonido metálico de cadenas suaves y el relinchar cansado de un caballo terminaron de confirmar su sospecha.

    Odette entrecerró apenas los ojos.

    No era común encontrar viajeros en aquella ruta olvidada. Mucho menos comerciantes.

    Y muchísimo menos comerciantes armados.

    La herborista abandonó el sendero principal y avanzó entre los árboles húmedos hasta divisar finalmente la figura del desconocido: un mercader acompañado por un carromato repleto de cajas, cuchillos, pequeños frascos y puntas de flecha cuidadosamente envueltas en cuero oscuro.

    Incluso desde lejos podía percibir el olor metálico del veneno.

    Odette observó las mercancías con atención curiosa antes de hablar por primera vez.

    —Tus flechas están impregnadas con eléboro negro… pero las dagas huelen a tejo y cicuta.—Su voz sonó tranquila, casi indiferente.—Una mezcla extraña... Y costosa también.

    Sus ojos finalmente se dirigieron hacia el enano de armadura.

    —¿Eres lo bastante valiente para atravesar el pantano del norte… o simplemente estás perdido?

    Un trueno distante resonó entre los árboles.

    Y por un instante, el bosque entero pareció quedarse en silencio.
    Un silencio muerto. Expectante.
    { Ambient: https://open.spotify.com/intl-es/track/6V8ERjRVcuP3FsKrCr2DL2?si=7786de6c1e6649ab } . ༒ La lluvia había cesado hacía apenas una hora, pero el bosque seguía respirando humedad. El barro se adhería a las botas como manos débiles intentando arrastrar a los vivos bajo tierra, y entre los árboles desnudos por el frío se extendía una niebla tan espesa que el camino parecía deshacerse a pocos metros de distancia. Odette avanzaba sola. Cubierta por su capa de tela gruesa color negro y con la capucha ocultando parte de su rostro, llevaba un pequeño farol de aceite en una mano y su bolso de cuero colgado al costado. Dentro tintineaban frascos, morteros pequeños y envoltorios de hierbas secas. El aire alrededor de ella olía a ajenjo, alcanfor y lirios del bosque. Había abandonado el pueblo antes del amanecer tras recibir un encargo peculiar. Un cazador había llegado moribundo a la botica la noche anterior. Alcanzó únicamente a murmurar sobre un pantano oculto entre los bosques del norte. Decía que en sus aguas crecía una planta imposible: una flor pálida capaz de intensificar cualquier veneno o convertir un remedio en algo letal... Y ahora él estaba muerto. Odette no confiaba en historias contadas por hombres agonizantes, pero sí confiaba en la expresión de terror que había visto en sus ojos. Se detuvo un instante. A lo lejos, entre la niebla, distinguió una luz cálida balanceándose lentamente. No parecía provenir de una casa ni de un campamento militar. Era móvil. Como una luciérnaga atrapada en una botella. Un carruaje. O algo parecido. El sonido metálico de cadenas suaves y el relinchar cansado de un caballo terminaron de confirmar su sospecha. Odette entrecerró apenas los ojos. No era común encontrar viajeros en aquella ruta olvidada. Mucho menos comerciantes. Y muchísimo menos comerciantes armados. La herborista abandonó el sendero principal y avanzó entre los árboles húmedos hasta divisar finalmente la figura del desconocido: un mercader acompañado por un carromato repleto de cajas, cuchillos, pequeños frascos y puntas de flecha cuidadosamente envueltas en cuero oscuro. Incluso desde lejos podía percibir el olor metálico del veneno. Odette observó las mercancías con atención curiosa antes de hablar por primera vez. —Tus flechas están impregnadas con eléboro negro… pero las dagas huelen a tejo y cicuta.—Su voz sonó tranquila, casi indiferente.—Una mezcla extraña... Y costosa también. Sus ojos finalmente se dirigieron hacia el enano de armadura. —¿Eres lo bastante valiente para atravesar el pantano del norte… o simplemente estás perdido? Un trueno distante resonó entre los árboles. Y por un instante, el bosque entero pareció quedarse en silencio. Un silencio muerto. Expectante.
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