• Los Caballeros Bastardos-Arco III:
    Fandom Culto de Saturno
    Categoría Acción
    Era una mañana fría. El cielo se teñía de tonos rosados mientras la ciudad despertaba lentamente. Los primeros automóviles comenzaban a llenar las calles y las cafeterías abrían sus puertas a los trabajadores que iniciaban una nueva jornada.

    Entre aquella multitud se encontraban nuestros protagonistas: Zelkova, el cura exiliado. Nami, la ladrona. Marco, el vengador.

    Los dos hermanos ocultaban sus identidades bajo pelucas, maquillaje y ropa distinta a la habitual. A simple vista eran sólo ciudadanos más entre la multitud. Fugitivos ante la ley, no podían permitirse cometer errores.

    Zelkova, en cambio, caminaba con relativa tranquilidad. Según los registros alterados por el Culto de Saturno, estaba muerto. Aquella circunstancia lo convertía en el único miembro del grupo capaz de moverse libremente dentro del ojo del huracán.

    Finalmente llegaron frente al Hospital Privado Germánico Nueva Esperanza. El edificio se elevaba majestuoso sobre los demás, una torre de cristal y acero que reflejaba los colores del amanecer. Su reputación era impecable. Médicos prestigiosos, tecnología de vanguardia y pacientes capaces de pagar tratamientos imposibles de encontrar en otros lugares.

    En la cima del octavo piso, observando la ciudad desde una amplia oficina, se encontraba el director: Cassius Vagner.

    Un apellido respetado en el ámbito médico. Una figura influyente cuya red de hospitales se extendía por varias regiones del país.

    Abajo, las puertas automáticas se abrieron silenciosamente al detectar la presencia de los recién llegados. Por ahora, sus disfraces seguían funcionando.

    Porque mientras los tres cruzaban aquellas puertas, lejos de su vista comenzaban a moverse piezas mucho más peligrosas que cualquier policía o cultista al que hubieran enfrentado antes. Los enemigos estaban cerca. Y cuando finalmente mostraran sus rostros, la guerra contra el Culto de Saturno entraría en una nueva fase.

    Una fase marcada por sangre, secretos y hombres que habían renunciado a toda nobleza para convertirse en algo peor.

    Los Caballeros Bastardos habían comenzado a cabalgar.
    Era una mañana fría. El cielo se teñía de tonos rosados mientras la ciudad despertaba lentamente. Los primeros automóviles comenzaban a llenar las calles y las cafeterías abrían sus puertas a los trabajadores que iniciaban una nueva jornada. Entre aquella multitud se encontraban nuestros protagonistas: Zelkova, el cura exiliado. Nami, la ladrona. Marco, el vengador. Los dos hermanos ocultaban sus identidades bajo pelucas, maquillaje y ropa distinta a la habitual. A simple vista eran sólo ciudadanos más entre la multitud. Fugitivos ante la ley, no podían permitirse cometer errores. Zelkova, en cambio, caminaba con relativa tranquilidad. Según los registros alterados por el Culto de Saturno, estaba muerto. Aquella circunstancia lo convertía en el único miembro del grupo capaz de moverse libremente dentro del ojo del huracán. Finalmente llegaron frente al Hospital Privado Germánico Nueva Esperanza. El edificio se elevaba majestuoso sobre los demás, una torre de cristal y acero que reflejaba los colores del amanecer. Su reputación era impecable. Médicos prestigiosos, tecnología de vanguardia y pacientes capaces de pagar tratamientos imposibles de encontrar en otros lugares. En la cima del octavo piso, observando la ciudad desde una amplia oficina, se encontraba el director: Cassius Vagner. Un apellido respetado en el ámbito médico. Una figura influyente cuya red de hospitales se extendía por varias regiones del país. Abajo, las puertas automáticas se abrieron silenciosamente al detectar la presencia de los recién llegados. Por ahora, sus disfraces seguían funcionando. Porque mientras los tres cruzaban aquellas puertas, lejos de su vista comenzaban a moverse piezas mucho más peligrosas que cualquier policía o cultista al que hubieran enfrentado antes. Los enemigos estaban cerca. Y cuando finalmente mostraran sus rostros, la guerra contra el Culto de Saturno entraría en una nueva fase. Una fase marcada por sangre, secretos y hombres que habían renunciado a toda nobleza para convertirse en algo peor. Los Caballeros Bastardos habían comenzado a cabalgar.
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    Grupal
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    Cualquier línea
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  • Hoy ha sido uno de mis mejores días disfrutando del tacto de la arena sobre mis pies, escuchando el oleaje del mar y lo mejor de todo la compañía de mi sexy socorrista privado Brandon Thompson
    Hoy ha sido uno de mis mejores días disfrutando del tacto de la arena sobre mis pies, escuchando el oleaje del mar y lo mejor de todo la compañía de mi sexy socorrista privado [ThxThompson78]
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    Desde que llegué aquí me he dado cuenta que no he dado continuidad a mi historia y no he sido de ayuda para otras salvo algunos cuantos turnos por falta de tiempo... Mayormente cuando si tengo tiempo me envían mensajes en privado para roles que no desarrollan más que solo un romance conveniente y aburrido además... En fin, solo quería desahogarme un poco y pedir disculpas por tan poco tiempo...
    Desde que llegué aquí me he dado cuenta que no he dado continuidad a mi historia y no he sido de ayuda para otras salvo algunos cuantos turnos por falta de tiempo... Mayormente cuando si tengo tiempo me envían mensajes en privado para roles que no desarrollan más que solo un romance conveniente y aburrido además... En fin, solo quería desahogarme un poco y pedir disculpas por tan poco tiempo...
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    ANUNCIO

    A la persona que hacia rol de Sanren, podria dejarme mensaje en privado?
    Se borraron mis mensajes y quisiera saber que sucedio con la historia que llevabamos, la verdad no supe si respondió o si me tocaba a mi.

    Gracias!
    ANUNCIO A la persona que hacia rol de Sanren, podria dejarme mensaje en privado? Se borraron mis mensajes y quisiera saber que sucedio con la historia que llevabamos, la verdad no supe si respondió o si me tocaba a mi. Gracias!
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  • • 「ℌ𝔬𝔪𝔢𝔴𝔞𝔯𝔡」
    Categoría Original


    𝑓𝑡. 「 𝐀 𝐧 𝐞 𝐭 𝐭 𝐞 」



    Desde la cúspide del rascacielos, donde el viento golpeaba como una bestia feroz y los sonidos del tránsito llegaban convertidos en un murmullo remoto, aquella figura contemplaba el horizonte con esa tranquilidad de quien nunca había tenido miedo. O, al menos, de quien había dedicado suficiente tiempo para perfeccionar la apariencia de no conocerlo.

    Vestía un traje negro de confección rigurosa, privado de cualquier ornamento superfluo. El traje le quedaba perfecto y cada pliegue parecía haber sido dispuesto con una precisión deliberada. Ni siquiera las ráfagas que cruzaban la azotea lograban descomponerlo por completo. Agitaban ligeramente el borde del saco, concediéndole, por instantes, el aspecto ambiguo y refinado de un hombre de alta cuna.

    Durante un año entero, el mundo había pronunciado su ausencia con la comodidad reservada a las tragedias concluidas. Hubo quienes lloraron. Otros celebraron con una discreción admirable. Algunos aprovecharon el vacío para repartirse sus secretos y los restos de una influencia que, en su arrogancia, creyeron extinguida. Su nombre fue escrito en informes, murmurado en habitaciones cerradas y grabado sobre una lápida que jamás custodió un cadáver.

    Después, incluso eso dejó de ocurrir.

    El nombre se volvió una superstición.

    Uno que era mejor no mencionar.

    Un vestigio que la gente evitaba pronunciar, no por respeto, sino por ese temor profundamente humano de que ciertas cosas puedan regresar cuando son invocadas. Con el tiempo, hablar de él se convirtió en una especie de silenciosa transgresión. Los que aún lo recordaban bajaban la voz. Los que fingían haberlo olvidado se apresuraban a cambiar de tema. Y quienes habían tenido algo que ver con su muerte aprendieron a palidecer cada vez que alguien mencionaba la posibilidad de que algunos muertos fueran demasiado obstinados para permanecer bajo tierra.

    Él veía eso como algo francamente encantador.

    Un nombre convertido en tabú era, después de todo, mucho más útil que un nombre célebre.

    La fama exigía presencia.

    El miedo, en cambio, trabajaba perfectamente en ausencia.

    Permanecía cerca del borde, con una mano descansando dentro del bolsillo del pantalón y la otra ocupada en ajustar, por tercera vez, el puño izquierdo de su camisa. El gesto era pequeño, meticuloso y absolutamente innecesario. La manga ya estaba alineada con el milimétrico rigor que él exigía de todas las cosas que toleraba cerca. Sin embargo, volvió a acomodarla, como si la imperfección más insignificante constituyera una ofensa personal.

    Entonces observó su reflejo distorsionado en uno de los paneles de cristal que rodeaban la azotea.

    El hombre que le devolvió la mirada parecía sereno.

    Refinado.

    Intacto.

    Era una representación convincente.

    La sonrisa tenue, educada y casi afable que ocupaba sus labios había sido ensayada durante años. No expresaba calidez, aunque sabía imitarla; tampoco alegría, pese a que podía sugerirla con una precisión desconcertante. Era la sonrisa de alguien que comprendía las reglas de la cortesía, pero las consideraba una disciplina teatral destinada a tranquilizar a quienes no soportaban contemplar lo que había detrás.

    Y detrás había algo que ni la tumba había conseguido domesticar...

    Desvió la mirada del cristal y la llevó hasta el cielo.

    En la distancia, las nubes se acumulaban sobre los edificios como una procesión de presagios. La luna, parcialmente cubierta, derramaba una claridad pálida sobre las superficies metálicas, mientras las luces rojas de las antenas parpadeaban con una regularidad que él encontraba irritantemente mediocre.

    Había vuelto hace un par de días.

    No mediante un milagro, pues los milagros le parecían una explicación excesivamente sentimental, sino mediante una negativa.

    La muerte había intentado conservarlo.

    Él se había negado.

    Durante doce meses había existido en un lugar sin relojes, sin aire y sin horizontes, atrapado en una quietud tan absoluta que incluso el pensamiento parecía pudrirse antes de completarse. Había sentido cómo aquella oscuridad intentaba despojarlo de sus recuerdos, de su voluntad y, finalmente, de aquello que alguna vez había sido su nombre.

    Pero su alma no era una criatura dócil.

    La muerte tampoco resultó ser una prisión especialmente competente.

    —Un año. —murmuró, con la voz baja y ligeramente fastidiada, como si comentara el retraso de un tren—. Debo reconocer que esperaba más de la muerte. La reputación que tiene es extraordinaria; su servicio, en cambio, deja mucho que desear.

    El viento se llevó la frase hacia el vacío.

    Él inclinó un poco el rostro, escuchando con suma atención.

    No oyó pasos todavía.

    No importaba.

    Sabía que su perseguidor estaba cerca.

    Había detectado las preguntas formuladas con demasiado cuidado, las cámaras intervenidas, los registros consultados a altas horas de la noche y la sucesión de testigos que, después de hablar, comenzaron a mirar por encima del hombro. Alguien había encontrado el hilo de su regreso y, en lugar de cortarlo como habría aconsejado el más elemental instinto de supervivencia; había decidido seguirlo.

    Una decisión admirable.

    También profundamente estúpida.

    No había intentado ocultar por completo su rastro. Solo lo suficiente para convertir la persecución en un digno desafío. Una pista en un archivo municipal. Una silueta captada durante tres segundos por una cámara de seguridad. Una firma incompleta en el registro de un hotel. Un cadáver que llevaba en el bolsillo una moneda con una leyenda en ruso y un trece en número romano.

    Migajas.

    Elegantes, naturalmente.

    Para él, la mediocridad no debía permitirse ni siquiera durante una cacería.

    Su acechante había recogido cada una de ellas.

    Y ahora llegaría hasta allí convencido de haber descubierto el destino final, ignorando, quizá, que no se trataba de un escondite; sino de un escenario. Aquella azotea no era el lugar al que él había sido acorralado.

    Era el lugar donde había decidido esperar.

    Una vibración sutil recorrió la estructura metálica de la puerta situada a varios metros de distancia.

    El ascensor se había detenido en el último piso.

    La sonrisa del hombre se curvó con una mínima fracción de los labios.

    No se giró de inmediato. Hacerlo habría delatado impaciencia, y la impaciencia era una flaqueza estética que jamás se permitiría en público. Se limitó a sacar una mano del bolsillo y consultar la hora con ayuda del reloj que portaba sujeto a la muñeca.

    Primero llegó el sonido amortiguado de unos pasos al otro lado de la puerta.

    Luego, el mecanismo de seguridad fue manipulado.

    Él contó los segundos en silencio.

    Uno.

    Dos.

    Tres.

    Una breve pausa.

    Cuatro.

    La puerta se abrió con un gemido metálico, liberando sobre la azotea una franja de luz blanca que cortó la oscuridad a su espalda.

    Aún entonces, continuó contemplando la ciudad.

    — Debo felicitarte. —dijo con serenidad, elevando la voz para imponerse al sonido del viento—. Has tardado menos de lo que calculé.

    Solo entonces giró el rostro por encima del hombro.

    La luz no alcanzó por completo sus facciones. Mostró débilmente el perfil de una sonrisa cortés y la frialdad atenta de unos ojos que parecían medir distancias, pulsaciones y probabilidades con genuina facilidad.

    — Aunque eso diga más sobre la incompetencia de quienes intentaron ocultarme que sobre tu talento.

    Se volteó con una calma total, abandonando por fin el horizonte para concederle toda su atención a la figura que acababa de aparecer.

    Su postura era impecable. Los hombros relajados, la barbilla ligeramente elevada y ambas manos visibles, como si pretendiera demostrar que no llevaba armas o, más probablemente, que no necesitaba ninguna. Bajo aquella elegancia estudiada había una tensión difícil de nombrar; algo impropio, casi depredador, que ninguna sonrisa conseguía disimular por completo.

    La examinó durante unos segundos deliberadamente largos.

    Había curiosidad en sus ojos.

    También una arrogancia ligeramente velada.

    — Supongo que esperas una explicación. Tal vez una confesión conmovedora sobre cómo sobreviví. Una descripción dramática del sepulcro, del dolor y de mi valeroso retorno a la tierra de los vivos.

    Dejó escapar una breve risa, demasiado tenue para considerarse genuina.

    — Pero sé que no viniste a escuchar una historia.

    Avanzó un solo paso. La pisada de su zapato resonó contra el cemento húmedo con una nitidez anormal.

    — La versión sencilla es que morí.

    Dio otro paso.

    — La versión incómoda es que no duró lo suficiente.

    Se detuvo a una distancia prudente, aunque no defensiva. Ladeó ligeramente la cabeza y estudió a su perseguidora como si fuera una pieza interesante colocada sobre una mesa de disección.

    — En cuanto a quién soy... —la sonrisa permaneció, pero algo en su mirada se endureció—. Te aconsejo que no formules esa pregunta en voz alta.

    El viento volvió a levantarse, sacudiendo el saco negro alrededor de su cuerpo. Durante un instante, la figura refinada pareció fragmentarse entre la luz de la puerta y la oscuridad del cielo; demasiado sólida para ser un fantasma, demasiado irreal para ser un hombre.

    — Mi nombre ha adquirido cierta... Inconveniencia social —prosiguió con una delicadeza casi burlona—. Hay palabras que abren puertas. Otras invocan recuerdos. La mía, según parece, provoca ataques de pánico.

    Alzó una ceja.

    — Y sería descortés arruinar la noche tan pronto.

    Una nueva pausa se interpuso entre ambos. Abajo, la ciudad continuaba viviendo con absoluta ignorancia. Bocinas, sirenas y millones de voces se confundían en un rumor lejano, incapaz de alcanzar la altura en la que los dos se encontraban.

    Él volvió a mirar brevemente hacia el horizonte, como si el encuentro no mereciera todavía toda su atención.

    — Sin embargo, me halaga que hayas seguido mi rastro. —admitió con un tono lleno de soberbia—. Los muertos reciben pocas visitas llenas de un interés genuino. La mayoría de la gente prefiere limitarse a llevar flores y mentir sobre cuánto extraña a la persona.

    Sus dedos rozaron el puño de su camisa una vez más.

    Perfecto.

    Todo permanecía como le gustaba.

    Excepto, quizá, por el ligero temblor que recorrió su mano antes de que la ocultara dentro del bolsillo.

    Fue un movimiento veloz.

    Casi imperceptible.

    La máscara de su refinamiento no se alteró.

    — Ahora bien. —añadió, recuperando aquella cortesía artificial que resultaba más amenazante que cualquier hostilidad abierta—. Has invertido una cantidad considerable de tiempo en encontrarme. Has interrogado a personas que no debías conocer, abierto archivos que debían permanecer cerrados y llegado hasta una azotea en mitad de la noche para encontrarte con un hombre oficialmente muerto.

    Se aproximó un último paso.

    Su voz descendió hasta transformarse en una confidencia por la suavidad de la misma.

    — Espero, por tu propio bien, que hayas venido con una buena intención.
    𝑓𝑡. 「 𝐀 𝐧 𝐞 𝐭 𝐭 𝐞 」 Desde la cúspide del rascacielos, donde el viento golpeaba como una bestia feroz y los sonidos del tránsito llegaban convertidos en un murmullo remoto, aquella figura contemplaba el horizonte con esa tranquilidad de quien nunca había tenido miedo. O, al menos, de quien había dedicado suficiente tiempo para perfeccionar la apariencia de no conocerlo. Vestía un traje negro de confección rigurosa, privado de cualquier ornamento superfluo. El traje le quedaba perfecto y cada pliegue parecía haber sido dispuesto con una precisión deliberada. Ni siquiera las ráfagas que cruzaban la azotea lograban descomponerlo por completo. Agitaban ligeramente el borde del saco, concediéndole, por instantes, el aspecto ambiguo y refinado de un hombre de alta cuna. Durante un año entero, el mundo había pronunciado su ausencia con la comodidad reservada a las tragedias concluidas. Hubo quienes lloraron. Otros celebraron con una discreción admirable. Algunos aprovecharon el vacío para repartirse sus secretos y los restos de una influencia que, en su arrogancia, creyeron extinguida. Su nombre fue escrito en informes, murmurado en habitaciones cerradas y grabado sobre una lápida que jamás custodió un cadáver. Después, incluso eso dejó de ocurrir. El nombre se volvió una superstición. Uno que era mejor no mencionar. Un vestigio que la gente evitaba pronunciar, no por respeto, sino por ese temor profundamente humano de que ciertas cosas puedan regresar cuando son invocadas. Con el tiempo, hablar de él se convirtió en una especie de silenciosa transgresión. Los que aún lo recordaban bajaban la voz. Los que fingían haberlo olvidado se apresuraban a cambiar de tema. Y quienes habían tenido algo que ver con su muerte aprendieron a palidecer cada vez que alguien mencionaba la posibilidad de que algunos muertos fueran demasiado obstinados para permanecer bajo tierra. Él veía eso como algo francamente encantador. Un nombre convertido en tabú era, después de todo, mucho más útil que un nombre célebre. La fama exigía presencia. El miedo, en cambio, trabajaba perfectamente en ausencia. Permanecía cerca del borde, con una mano descansando dentro del bolsillo del pantalón y la otra ocupada en ajustar, por tercera vez, el puño izquierdo de su camisa. El gesto era pequeño, meticuloso y absolutamente innecesario. La manga ya estaba alineada con el milimétrico rigor que él exigía de todas las cosas que toleraba cerca. Sin embargo, volvió a acomodarla, como si la imperfección más insignificante constituyera una ofensa personal. Entonces observó su reflejo distorsionado en uno de los paneles de cristal que rodeaban la azotea. El hombre que le devolvió la mirada parecía sereno. Refinado. Intacto. Era una representación convincente. La sonrisa tenue, educada y casi afable que ocupaba sus labios había sido ensayada durante años. No expresaba calidez, aunque sabía imitarla; tampoco alegría, pese a que podía sugerirla con una precisión desconcertante. Era la sonrisa de alguien que comprendía las reglas de la cortesía, pero las consideraba una disciplina teatral destinada a tranquilizar a quienes no soportaban contemplar lo que había detrás. Y detrás había algo que ni la tumba había conseguido domesticar... Desvió la mirada del cristal y la llevó hasta el cielo. En la distancia, las nubes se acumulaban sobre los edificios como una procesión de presagios. La luna, parcialmente cubierta, derramaba una claridad pálida sobre las superficies metálicas, mientras las luces rojas de las antenas parpadeaban con una regularidad que él encontraba irritantemente mediocre. Había vuelto hace un par de días. No mediante un milagro, pues los milagros le parecían una explicación excesivamente sentimental, sino mediante una negativa. La muerte había intentado conservarlo. Él se había negado. Durante doce meses había existido en un lugar sin relojes, sin aire y sin horizontes, atrapado en una quietud tan absoluta que incluso el pensamiento parecía pudrirse antes de completarse. Había sentido cómo aquella oscuridad intentaba despojarlo de sus recuerdos, de su voluntad y, finalmente, de aquello que alguna vez había sido su nombre. Pero su alma no era una criatura dócil. La muerte tampoco resultó ser una prisión especialmente competente. —Un año. —murmuró, con la voz baja y ligeramente fastidiada, como si comentara el retraso de un tren—. Debo reconocer que esperaba más de la muerte. La reputación que tiene es extraordinaria; su servicio, en cambio, deja mucho que desear. El viento se llevó la frase hacia el vacío. Él inclinó un poco el rostro, escuchando con suma atención. No oyó pasos todavía. No importaba. Sabía que su perseguidor estaba cerca. Había detectado las preguntas formuladas con demasiado cuidado, las cámaras intervenidas, los registros consultados a altas horas de la noche y la sucesión de testigos que, después de hablar, comenzaron a mirar por encima del hombro. Alguien había encontrado el hilo de su regreso y, en lugar de cortarlo como habría aconsejado el más elemental instinto de supervivencia; había decidido seguirlo. Una decisión admirable. También profundamente estúpida. No había intentado ocultar por completo su rastro. Solo lo suficiente para convertir la persecución en un digno desafío. Una pista en un archivo municipal. Una silueta captada durante tres segundos por una cámara de seguridad. Una firma incompleta en el registro de un hotel. Un cadáver que llevaba en el bolsillo una moneda con una leyenda en ruso y un trece en número romano. Migajas. Elegantes, naturalmente. Para él, la mediocridad no debía permitirse ni siquiera durante una cacería. Su acechante había recogido cada una de ellas. Y ahora llegaría hasta allí convencido de haber descubierto el destino final, ignorando, quizá, que no se trataba de un escondite; sino de un escenario. Aquella azotea no era el lugar al que él había sido acorralado. Era el lugar donde había decidido esperar. Una vibración sutil recorrió la estructura metálica de la puerta situada a varios metros de distancia. El ascensor se había detenido en el último piso. La sonrisa del hombre se curvó con una mínima fracción de los labios. No se giró de inmediato. Hacerlo habría delatado impaciencia, y la impaciencia era una flaqueza estética que jamás se permitiría en público. Se limitó a sacar una mano del bolsillo y consultar la hora con ayuda del reloj que portaba sujeto a la muñeca. Primero llegó el sonido amortiguado de unos pasos al otro lado de la puerta. Luego, el mecanismo de seguridad fue manipulado. Él contó los segundos en silencio. Uno. Dos. Tres. Una breve pausa. Cuatro. La puerta se abrió con un gemido metálico, liberando sobre la azotea una franja de luz blanca que cortó la oscuridad a su espalda. Aún entonces, continuó contemplando la ciudad. — Debo felicitarte. —dijo con serenidad, elevando la voz para imponerse al sonido del viento—. Has tardado menos de lo que calculé. Solo entonces giró el rostro por encima del hombro. La luz no alcanzó por completo sus facciones. Mostró débilmente el perfil de una sonrisa cortés y la frialdad atenta de unos ojos que parecían medir distancias, pulsaciones y probabilidades con genuina facilidad. — Aunque eso diga más sobre la incompetencia de quienes intentaron ocultarme que sobre tu talento. Se volteó con una calma total, abandonando por fin el horizonte para concederle toda su atención a la figura que acababa de aparecer. Su postura era impecable. Los hombros relajados, la barbilla ligeramente elevada y ambas manos visibles, como si pretendiera demostrar que no llevaba armas o, más probablemente, que no necesitaba ninguna. Bajo aquella elegancia estudiada había una tensión difícil de nombrar; algo impropio, casi depredador, que ninguna sonrisa conseguía disimular por completo. La examinó durante unos segundos deliberadamente largos. Había curiosidad en sus ojos. También una arrogancia ligeramente velada. — Supongo que esperas una explicación. Tal vez una confesión conmovedora sobre cómo sobreviví. Una descripción dramática del sepulcro, del dolor y de mi valeroso retorno a la tierra de los vivos. Dejó escapar una breve risa, demasiado tenue para considerarse genuina. — Pero sé que no viniste a escuchar una historia. Avanzó un solo paso. La pisada de su zapato resonó contra el cemento húmedo con una nitidez anormal. — La versión sencilla es que morí. Dio otro paso. — La versión incómoda es que no duró lo suficiente. Se detuvo a una distancia prudente, aunque no defensiva. Ladeó ligeramente la cabeza y estudió a su perseguidora como si fuera una pieza interesante colocada sobre una mesa de disección. — En cuanto a quién soy... —la sonrisa permaneció, pero algo en su mirada se endureció—. Te aconsejo que no formules esa pregunta en voz alta. El viento volvió a levantarse, sacudiendo el saco negro alrededor de su cuerpo. Durante un instante, la figura refinada pareció fragmentarse entre la luz de la puerta y la oscuridad del cielo; demasiado sólida para ser un fantasma, demasiado irreal para ser un hombre. — Mi nombre ha adquirido cierta... Inconveniencia social —prosiguió con una delicadeza casi burlona—. Hay palabras que abren puertas. Otras invocan recuerdos. La mía, según parece, provoca ataques de pánico. Alzó una ceja. — Y sería descortés arruinar la noche tan pronto. Una nueva pausa se interpuso entre ambos. Abajo, la ciudad continuaba viviendo con absoluta ignorancia. Bocinas, sirenas y millones de voces se confundían en un rumor lejano, incapaz de alcanzar la altura en la que los dos se encontraban. Él volvió a mirar brevemente hacia el horizonte, como si el encuentro no mereciera todavía toda su atención. — Sin embargo, me halaga que hayas seguido mi rastro. —admitió con un tono lleno de soberbia—. Los muertos reciben pocas visitas llenas de un interés genuino. La mayoría de la gente prefiere limitarse a llevar flores y mentir sobre cuánto extraña a la persona. Sus dedos rozaron el puño de su camisa una vez más. Perfecto. Todo permanecía como le gustaba. Excepto, quizá, por el ligero temblor que recorrió su mano antes de que la ocultara dentro del bolsillo. Fue un movimiento veloz. Casi imperceptible. La máscara de su refinamiento no se alteró. — Ahora bien. —añadió, recuperando aquella cortesía artificial que resultaba más amenazante que cualquier hostilidad abierta—. Has invertido una cantidad considerable de tiempo en encontrarme. Has interrogado a personas que no debías conocer, abierto archivos que debían permanecer cerrados y llegado hasta una azotea en mitad de la noche para encontrarte con un hombre oficialmente muerto. Se aproximó un último paso. Su voz descendió hasta transformarse en una confidencia por la suavidad de la misma. — Espero, por tu propio bien, que hayas venido con una buena intención.
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    * Búsqueda de Personajes – Hijos de Akane

    Estoy buscando participantes para interpretar a los hijos de mi personaje de Akane que nacieron en otro mundo.

    - El concepto general

    Los personajes serán hijos de Akane y de un demonio puro, por lo que todos tendrán como base racial el concepto de "Demonio". Las habilidades, historia personal, rango de poder y otros detalles se discutirán por privado con cada participante para mantener coherencia los personajes.

    - Lo que busco

    * Personajes originales.
    No importa si utilizas la imagen de un personaje existente o una creada con IA. La idea es que el personaje tenga una identidad, historia y personalidad propias, ligadas al personaje de Akane, quien será su madre.

    * No se aceptan personajes canon de otras franquicias.
    Puedes usar la apariencia de un personaje conocido como referencia visual, pero dentro del rol deberá ser un personaje original. Por ejemplo, puedes utilizar la imagen de Dante, pero no será Dante ni tampoco hijo de Sparda; deberá tener su propio nombre, historia y trasfondo dentro de esta trama.

    * Interés en desarrollar historia.
    Busco personas que disfruten explorar relaciones familiares, conflictos, desarrollo personal y crecimiento de personaje a lo largo de la trama.

    * Participantes activos y comprometidos.
    La idea es construir una historia conjunta, por lo que se agradece la participación constante y el interés en hacer avanzar la narrativa.


    -ACLARACION IMPORTANTE!!!

    Akane será la madre de estos personajes dentro de la historia. Por esa razón, "No aceptaré tramas románticas, sexuales o incestuosas entre Akane y sus hijos o hijas".

    Entiendo que en el rol se permiten distintos tipos de contenido y que algunos usuarios pueden estar mas interesados en ese tipo de dinámicas, pero esta búsqueda no está orientada a ello.

    Fuera de esa restricción, los participantes son libres de desarrollar relaciones con otros personajes de la familias u otras facciones, siempre que exista acuerdo entre los involucrados y sea coherente con la historia.

    Si te interesa formar parte de la familia de Akane, puedes enviarme un mensaje privado para hablar sobre tu personaje.

    Importante: Los personajes de la imagen son solo un ejemplo visual. Cada usuario puede elegir la apariencia que quiera usar para su personaje.
    * Búsqueda de Personajes – Hijos de Akane Estoy buscando participantes para interpretar a los hijos de mi personaje de Akane que nacieron en otro mundo. - El concepto general Los personajes serán hijos de Akane y de un demonio puro, por lo que todos tendrán como base racial el concepto de "Demonio". Las habilidades, historia personal, rango de poder y otros detalles se discutirán por privado con cada participante para mantener coherencia los personajes. - Lo que busco * Personajes originales. No importa si utilizas la imagen de un personaje existente o una creada con IA. La idea es que el personaje tenga una identidad, historia y personalidad propias, ligadas al personaje de Akane, quien será su madre. * No se aceptan personajes canon de otras franquicias. Puedes usar la apariencia de un personaje conocido como referencia visual, pero dentro del rol deberá ser un personaje original. Por ejemplo, puedes utilizar la imagen de Dante, pero no será Dante ni tampoco hijo de Sparda; deberá tener su propio nombre, historia y trasfondo dentro de esta trama. * Interés en desarrollar historia. Busco personas que disfruten explorar relaciones familiares, conflictos, desarrollo personal y crecimiento de personaje a lo largo de la trama. * Participantes activos y comprometidos. La idea es construir una historia conjunta, por lo que se agradece la participación constante y el interés en hacer avanzar la narrativa. -ACLARACION IMPORTANTE!!! Akane será la madre de estos personajes dentro de la historia. Por esa razón, "No aceptaré tramas románticas, sexuales o incestuosas entre Akane y sus hijos o hijas". Entiendo que en el rol se permiten distintos tipos de contenido y que algunos usuarios pueden estar mas interesados en ese tipo de dinámicas, pero esta búsqueda no está orientada a ello. Fuera de esa restricción, los participantes son libres de desarrollar relaciones con otros personajes de la familias u otras facciones, siempre que exista acuerdo entre los involucrados y sea coherente con la historia. Si te interesa formar parte de la familia de Akane, puedes enviarme un mensaje privado para hablar sobre tu personaje. Importante: Los personajes de la imagen son solo un ejemplo visual. Cada usuario puede elegir la apariencia que quiera usar para su personaje.
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  • De dia, soy uno... de noche, soy otro... espera, eso lo he escuchado antes! De cualquier forma, Ben Reilly, detective privado a sus servicios.
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  • El olor a cuero viejo, cera para madera y té de manzanilla flotaba en el aire del consultorio privado. Afuera, la lluvia de la tarde golpeaba suavemente los cristales, aislando la habitación del resto del mundo, como una burbuja en la tempestad, dl reloj de pared marcaba las ocho de la noche, el segundero sonaba con parsimonía. El doctor ordenaba unos papeles en su escritorio cuando la puerta se abrió sin previo aviso.


    No hubo pasos ruidosos, solo el sutil crujido de unos zapatos de piel Oxford tallados a mano. Al levantar la vista, el doctor se encontró con Frederick...

    A sus cuarenta y tantos años, Frederick vestía un traje sastre de tres piezas en gris marengo, perfectamente entallado. Su corbata de seda lucía un nudo impecable y el pañuelo de su bolsillo combinaba con una precisión matemática. No había prisa en sus movimientos, ni rastro de sudor, ni agitación. Su postura era la de un hombre que asiste a una gala benéfica, no la de un ejecutor.

    Frederick cerró la puerta con seguro con un clic casi inaudible, con una calma gélida, se deslizó los guantes de piel de cordero negra, ajustándolos dedo por dedo mientras su mirada, fija y analítica, recorría el expediente abierto sobre el escritorio del médico.

    En esa carpeta descansaban las pruebas que el doctor juntó en donde se hilaba al ex piloto y su mentira de haberse quedado viudo.
    Él había asesinado a su propia novia hace 20 años; Frederick sonrió de lado, una mueca educada pero vacía de calidez humana, y habló con una voz suave, profunda y modulada:

    ──── Dígame, Doctor... ¿encontró algún deleite estético en hurgar entre mis páginas? Un intelecto tan perspicaz como el suyo debió prever los riesgos de una curiosidad tan indiscreta.────

    El doctor intentó moverse hacia el teléfono, pero la sola presencia física de Frederick, estática y dominante, lo congeló en su sitio. Frederick dio un paso al frente, ladeando la cabeza con genuina curiosidad clínica.


    ──── Es una verdadera lástima que su existencia deba concluir bajo mi cuidado. Pero el pragmatismo, me temo, exige ciertos sacrificios....
    Verá, solo los muertos poseen la discreción absoluta que mi privacidad requiere. ────


    Frederick dio un paso más, acortando la distancia con una gracia felina, casi coreografiada. De su bolsillo interior extrajo un pañuelo de lino impecablemente doblado y, con un movimiento fluido, reveló un bisturí quirúrgico de acero brillante.

    La luz de la lámpara de escritorio se reflejó en la hoja, proyectando un destello fugaz sobre los ojos aterrorizados del médico. El doctor abrió la boca para gritar, pero el aire se atascó en su garganta. El miedo lo había paralizado por completo.

    Frederick levantó la mano enguantada. La lluvia afuera arreció con fuerza, golpeando el cristal justo cuando la luz del consultorio parpadeó, sumiendo la habitación en una fracción de segundo de total oscuridad.

    Un crujido de cuero, el silbido sutil del acero cortando el aire y... de pronto, el silencio.


    /I'm back/
    El olor a cuero viejo, cera para madera y té de manzanilla flotaba en el aire del consultorio privado. Afuera, la lluvia de la tarde golpeaba suavemente los cristales, aislando la habitación del resto del mundo, como una burbuja en la tempestad, dl reloj de pared marcaba las ocho de la noche, el segundero sonaba con parsimonía. El doctor ordenaba unos papeles en su escritorio cuando la puerta se abrió sin previo aviso. No hubo pasos ruidosos, solo el sutil crujido de unos zapatos de piel Oxford tallados a mano. Al levantar la vista, el doctor se encontró con Frederick... A sus cuarenta y tantos años, Frederick vestía un traje sastre de tres piezas en gris marengo, perfectamente entallado. Su corbata de seda lucía un nudo impecable y el pañuelo de su bolsillo combinaba con una precisión matemática. No había prisa en sus movimientos, ni rastro de sudor, ni agitación. Su postura era la de un hombre que asiste a una gala benéfica, no la de un ejecutor. Frederick cerró la puerta con seguro con un clic casi inaudible, con una calma gélida, se deslizó los guantes de piel de cordero negra, ajustándolos dedo por dedo mientras su mirada, fija y analítica, recorría el expediente abierto sobre el escritorio del médico. En esa carpeta descansaban las pruebas que el doctor juntó en donde se hilaba al ex piloto y su mentira de haberse quedado viudo. Él había asesinado a su propia novia hace 20 años; Frederick sonrió de lado, una mueca educada pero vacía de calidez humana, y habló con una voz suave, profunda y modulada: ──── Dígame, Doctor... ¿encontró algún deleite estético en hurgar entre mis páginas? Un intelecto tan perspicaz como el suyo debió prever los riesgos de una curiosidad tan indiscreta.──── El doctor intentó moverse hacia el teléfono, pero la sola presencia física de Frederick, estática y dominante, lo congeló en su sitio. Frederick dio un paso al frente, ladeando la cabeza con genuina curiosidad clínica. ──── Es una verdadera lástima que su existencia deba concluir bajo mi cuidado. Pero el pragmatismo, me temo, exige ciertos sacrificios.... Verá, solo los muertos poseen la discreción absoluta que mi privacidad requiere. ──── Frederick dio un paso más, acortando la distancia con una gracia felina, casi coreografiada. De su bolsillo interior extrajo un pañuelo de lino impecablemente doblado y, con un movimiento fluido, reveló un bisturí quirúrgico de acero brillante. La luz de la lámpara de escritorio se reflejó en la hoja, proyectando un destello fugaz sobre los ojos aterrorizados del médico. El doctor abrió la boca para gritar, pero el aire se atascó en su garganta. El miedo lo había paralizado por completo. Frederick levantó la mano enguantada. La lluvia afuera arreció con fuerza, golpeando el cristal justo cuando la luz del consultorio parpadeó, sumiendo la habitación en una fracción de segundo de total oscuridad. Un crujido de cuero, el silbido sutil del acero cortando el aire y... de pronto, el silencio. /I'm back/
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  • 𝖀𝖓... ¿𝖗𝖔𝖘𝖙𝖗𝖔 𝖋𝖆𝖒𝖎𝖑𝖎𝖆𝖗?
    Categoría Original
    𝓡𝓸𝓵𝓮𝓹𝓵𝓪𝔂 𝔀𝓲𝓽𝓱: Eʀɪɴ



    𝕻𝖊𝖘𝖙𝖊 𝕭𝖚𝖇ó𝖓𝖎𝖈𝖆 𝖞 𝖇𝖗𝖔𝖙𝖊 𝖉𝖊 𝖛𝖎𝖗𝖚𝖊𝖑𝖆. 𝕮𝖎𝖗𝖈𝖆. 𝟏𝟓𝟗𝟑

    El miedo y la desesperación recorrían cada rincón del país. Las ciudades más grandes notaban en demasía cómo las vidas eran arrasadas por la enfermedad y la imposibilidad de ayudar a cada víctima, sin importar las medidas y cuarentenas que se tomaran. La viruela era lo peor, sin embargo, porque sin importar la casta llegaba a cualquier hogar.

    Fue así con los Lancaster. Quien la padeció terriblemente fue una joven llamada Erin. Por supuesto, los padres de esta hicieron todo lo posible para que se mejorara, pagando por los tratamientos más caros y los mejores doctores que pudieran encontrar. No parecía dar demasiados resultados y el pánico comenzaba a apoderarse del hogar. Pero entonces escucharon sobre otro médico en la ciudad. Uno extraño, de quien muchas malas lenguas decían que la muerte lo seguía allí donde fuera; otras aseguraban que hacía milagros si pagaban bien y le daban las libertades necesarias.

    Loimos fue convocado una noche. Su presencia provocó más inquietud que consuelo mientras se presentaba ante los nobles. Era muy educado, a pesar de que la máscara y el atuendo de cuero negro no transmitían precisamente tranquilidad.

    Llegó a los aposentos de la joven ya postrada en cama y no perdió tiempo en revisarla. Casi no hizo preguntas, solo cuando era estrictamente necesario; el resto lo averiguó a base de observación y pruebas, muchas de ellas realizándolas en privado. La viruela era un problema para el que aún no encontraba una respuesta clara, pero cada paciente lo acercaba un poco más a ella. Por desgracia, sin importar todo lo que hizo e intentó(sin dañar a la joven, pues los padres fueron muy estrictos respecto a su integridad), no encontró solución alguna. Muy a su propia frustración, luego de meses, tuvo que aceptar que no podría ayudarla. Necesitaba otro tipo de pacientes para examinarlos mejor.

    Su presencia desapareció de aquella vivienda como si solo se hubiese tratado de una ilusión, un fantasma y nada más. Incluso dejó de verse en la ciudad. Algunos pensaron que solo había sido un sueño febril colectivo.


    𝕷𝖆𝖘 𝖊𝖓𝖋𝖊𝖗𝖒𝖊𝖉𝖆𝖉𝖊𝖘 𝖈𝖔𝖓𝖙𝖎𝖓𝖚𝖆𝖗𝖔𝖓. 𝕮𝖎𝖗𝖈𝖆. 𝟏𝟕𝟒𝟖

    El tiempo avanzó con relativa rapidez. Las ciudades se veían más refinadas, más elegantes; se levantaron academias prestigiosas y la medicina avanzó, dando paso también a nuevos instrumentos. Los médicos se modernizaron un poco más. Loimos no había cambiado demasiado salvo por algunas prendas. Pero la máscara de pico, el sombrero, los guantes de cuero y el bastón seguían allí. Además, su cuerpo permanecía bien cubierto, como si aún intentara alejar toda peste de sí mismo a pesar de haber estado rodeado de ella durante tantos siglos.

    Las personas caminaban por las calles como si la ciudad no estuviera marcada por enfermedades y guerras. Querían olvidar. Había más control, pero todavía no existían soluciones definitivas. El doctor no creía que fuese momento para relajarse tanto.

    Sus pasos eran tranquilos, escuchándose en ocasiones el golpeteo de su bastón contra el suelo, pero todo se detuvo cuando se paró frente a una plaza. Ladeó apenas la cabeza y luego giró la mirada hacia la izquierda. Creyó haber visto algo que captó su atención. Alguien, más bien.

    Al principio pensó que era coincidencia, pero entonces observó mejor a aquella joven mujer.
    El recuerdo llegó de inmediato, aunque las diferencias eran claras. Ya no había dolor en el rostro, no se veía la fiebre reflejada en cada facción ni el debilitamiento evidente, tampoco la muerte acechando a su lado. Se veía sana. Apenas pálida, quizá. Con fuerza... e igual a la última vez que la vio. Curioso. Demasiado curioso.

    Continuó avanzando, ahora con una nueva dirección, directamente hacia la mujer. Todavía sin prisa; tampoco deseaba arruinarle el paseo o aquello que estuviese haciendo. La analizó un poco más antes de acercarse lo suficiente para que pudiera escucharlo.

    —Lady Lancaster —la voz estaba amortiguada por la máscara, aunque eso no impidió que se notara aquel tono tranquilo de siempre—. Vaya sorpresa encontrarla por aquí.

    Fue evidente que aquellas palabras solo intentaban evitar mencionar directamente el verdadero interés que despertaba en él verla todavía con vida, cuando había observado cómo esta abandonaba lentamente su cuerpo siglo y tanto atrás.

    —Admito que habría esperado encontrar sus huesos bajo tierra antes que verla paseando... o comprobar que los años no han pasado por usted ni un poco.
    𝓡𝓸𝓵𝓮𝓹𝓵𝓪𝔂 𝔀𝓲𝓽𝓱: [Black.Rose] 𝕻𝖊𝖘𝖙𝖊 𝕭𝖚𝖇ó𝖓𝖎𝖈𝖆 𝖞 𝖇𝖗𝖔𝖙𝖊 𝖉𝖊 𝖛𝖎𝖗𝖚𝖊𝖑𝖆. 𝕮𝖎𝖗𝖈𝖆. 𝟏𝟓𝟗𝟑 El miedo y la desesperación recorrían cada rincón del país. Las ciudades más grandes notaban en demasía cómo las vidas eran arrasadas por la enfermedad y la imposibilidad de ayudar a cada víctima, sin importar las medidas y cuarentenas que se tomaran. La viruela era lo peor, sin embargo, porque sin importar la casta llegaba a cualquier hogar. Fue así con los Lancaster. Quien la padeció terriblemente fue una joven llamada Erin. Por supuesto, los padres de esta hicieron todo lo posible para que se mejorara, pagando por los tratamientos más caros y los mejores doctores que pudieran encontrar. No parecía dar demasiados resultados y el pánico comenzaba a apoderarse del hogar. Pero entonces escucharon sobre otro médico en la ciudad. Uno extraño, de quien muchas malas lenguas decían que la muerte lo seguía allí donde fuera; otras aseguraban que hacía milagros si pagaban bien y le daban las libertades necesarias. Loimos fue convocado una noche. Su presencia provocó más inquietud que consuelo mientras se presentaba ante los nobles. Era muy educado, a pesar de que la máscara y el atuendo de cuero negro no transmitían precisamente tranquilidad. Llegó a los aposentos de la joven ya postrada en cama y no perdió tiempo en revisarla. Casi no hizo preguntas, solo cuando era estrictamente necesario; el resto lo averiguó a base de observación y pruebas, muchas de ellas realizándolas en privado. La viruela era un problema para el que aún no encontraba una respuesta clara, pero cada paciente lo acercaba un poco más a ella. Por desgracia, sin importar todo lo que hizo e intentó(sin dañar a la joven, pues los padres fueron muy estrictos respecto a su integridad), no encontró solución alguna. Muy a su propia frustración, luego de meses, tuvo que aceptar que no podría ayudarla. Necesitaba otro tipo de pacientes para examinarlos mejor. Su presencia desapareció de aquella vivienda como si solo se hubiese tratado de una ilusión, un fantasma y nada más. Incluso dejó de verse en la ciudad. Algunos pensaron que solo había sido un sueño febril colectivo. 𝕷𝖆𝖘 𝖊𝖓𝖋𝖊𝖗𝖒𝖊𝖉𝖆𝖉𝖊𝖘 𝖈𝖔𝖓𝖙𝖎𝖓𝖚𝖆𝖗𝖔𝖓. 𝕮𝖎𝖗𝖈𝖆. 𝟏𝟕𝟒𝟖 El tiempo avanzó con relativa rapidez. Las ciudades se veían más refinadas, más elegantes; se levantaron academias prestigiosas y la medicina avanzó, dando paso también a nuevos instrumentos. Los médicos se modernizaron un poco más. Loimos no había cambiado demasiado salvo por algunas prendas. Pero la máscara de pico, el sombrero, los guantes de cuero y el bastón seguían allí. Además, su cuerpo permanecía bien cubierto, como si aún intentara alejar toda peste de sí mismo a pesar de haber estado rodeado de ella durante tantos siglos. Las personas caminaban por las calles como si la ciudad no estuviera marcada por enfermedades y guerras. Querían olvidar. Había más control, pero todavía no existían soluciones definitivas. El doctor no creía que fuese momento para relajarse tanto. Sus pasos eran tranquilos, escuchándose en ocasiones el golpeteo de su bastón contra el suelo, pero todo se detuvo cuando se paró frente a una plaza. Ladeó apenas la cabeza y luego giró la mirada hacia la izquierda. Creyó haber visto algo que captó su atención. Alguien, más bien. Al principio pensó que era coincidencia, pero entonces observó mejor a aquella joven mujer. El recuerdo llegó de inmediato, aunque las diferencias eran claras. Ya no había dolor en el rostro, no se veía la fiebre reflejada en cada facción ni el debilitamiento evidente, tampoco la muerte acechando a su lado. Se veía sana. Apenas pálida, quizá. Con fuerza... e igual a la última vez que la vio. Curioso. Demasiado curioso. Continuó avanzando, ahora con una nueva dirección, directamente hacia la mujer. Todavía sin prisa; tampoco deseaba arruinarle el paseo o aquello que estuviese haciendo. La analizó un poco más antes de acercarse lo suficiente para que pudiera escucharlo. —Lady Lancaster —la voz estaba amortiguada por la máscara, aunque eso no impidió que se notara aquel tono tranquilo de siempre—. Vaya sorpresa encontrarla por aquí. Fue evidente que aquellas palabras solo intentaban evitar mencionar directamente el verdadero interés que despertaba en él verla todavía con vida, cuando había observado cómo esta abandonaba lentamente su cuerpo siglo y tanto atrás. —Admito que habría esperado encontrar sus huesos bajo tierra antes que verla paseando... o comprobar que los años no han pasado por usted ni un poco.
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  • Queens, Nueva York.
    1:26 AM
    Banco Rockefeller

    Primer acto... un par de tipos entran a escondidas a un lugar que les queda grande a sus habilidades callejeras, sin embargo, hacen su mejor intento por robar algo que valga la pena.

    Segundo acto... un par de ojos los observan, los cuestiona en silencio y los juzga de manera severa bajo un compas rigido de justicia CASI divina. Las liendres neoyorkinas estan a punto de meterse en problemas.

    Tercer acto... manos y pies sueltan su poderoso agarre de un pilar a 5 mts por encima de sus cabezas. Una figura en negro queda suspendida una milesima de segundo en su lugar, en el aire, antes de comenzar a sentir los efectos de la gravedad. 1, 2 y 3... "KRAKOOMMM!" En cuestion de unos segundos, la tremenda masa aterriza con su gran peso sobre el piso de losas tan bien lustradas que da lastima ver como se parten ante las pisadas profundas que marcan la ceramica y lo hunden para la sorpresa y miedo de los malechores. Ahora ven una figura agazapada... y se levanta... despacio... mirandolos... hasta que sus mas de 2 mts de altura quedan erectos.

    "GGGRRRRRRRHHHJJJJJJ... SLUUUUURRRPPP~"

    --------------

    Rol privado con Annisa.

    OST: Super Villains - Maximum Carnage
    https://youtu.be/WhmIa0XYTvQ?si=v6mvmb2qrp1joUu1
    Queens, Nueva York. 1:26 AM Banco Rockefeller Primer acto... un par de tipos entran a escondidas a un lugar que les queda grande a sus habilidades callejeras, sin embargo, hacen su mejor intento por robar algo que valga la pena. Segundo acto... un par de ojos los observan, los cuestiona en silencio y los juzga de manera severa bajo un compas rigido de justicia CASI divina. Las liendres neoyorkinas estan a punto de meterse en problemas. Tercer acto... manos y pies sueltan su poderoso agarre de un pilar a 5 mts por encima de sus cabezas. Una figura en negro queda suspendida una milesima de segundo en su lugar, en el aire, antes de comenzar a sentir los efectos de la gravedad. 1, 2 y 3... "KRAKOOMMM!" En cuestion de unos segundos, la tremenda masa aterriza con su gran peso sobre el piso de losas tan bien lustradas que da lastima ver como se parten ante las pisadas profundas que marcan la ceramica y lo hunden para la sorpresa y miedo de los malechores. Ahora ven una figura agazapada... y se levanta... despacio... mirandolos... hasta que sus mas de 2 mts de altura quedan erectos. "GGGRRRRRRRHHHJJJJJJ... SLUUUUURRRPPP~" -------------- Rol privado con Annisa. OST: Super Villains - Maximum Carnage https://youtu.be/WhmIa0XYTvQ?si=v6mvmb2qrp1joUu1
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