• Recorría cada habitación de aquella amplia casa en San Francisco, una casa que había vivido demasiadas cosas, alegrías y tristezas, amigos y familia, y alguno que otro ser especial al que había dedicado tanto cariño. Quería recordar cada habitación con cada momento del pasado, como si se estuviese despidiendo de toda esa vida llena de calma, quería vivir esos últimos instantes en su mente cuando todo rebosaba de vida.

    "𝘌𝘯 𝘶𝘯 𝘮𝘶𝘯𝘥𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘪𝘯𝘵𝘦𝘯𝘵𝘢 𝘳𝘰𝘮𝘱𝘦𝘳𝘮𝘦,
    𝘦𝘳𝘦𝘴 𝘮𝘪 𝘶́𝘯𝘪𝘤𝘰 𝘳𝘦𝘧𝘶𝘨𝘪𝘰.
    𝘊𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘥𝘶𝘥𝘰 𝘥𝘦 𝘮𝜄́,
    𝘵𝘶 𝘷𝘰𝘻 𝘮𝘦 𝘥𝘦𝘷𝘶𝘦𝘭𝘷𝘦 𝘭𝘢 𝘧𝘦...."

    Preparó sus cosas, la amplia casa ya comenzaba a llenarse de polvo, tomó aquel diario entregado por aquella mujer de divina presencia y brillo y lo colocó sobre la cama bien tendida y ordenada apra poder continuar con su labor.

    "... 𝘕𝘰 𝘯𝘦𝘤𝘦𝘴𝘪𝘵𝘰 𝘥𝘪𝘰𝘴𝘦𝘴 𝘯𝘪 𝘱𝘳𝘰𝘮𝘦𝘴𝘢𝘴,
    𝘱𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘯 𝘵𝘶 𝘮𝘪𝘳𝘢𝘥𝘢 𝘢𝘱𝘳𝘦𝘯𝘥𝜄́ 𝘢 𝘤𝘳𝘦𝘤𝘦𝘳.
    𝘌𝘯 𝘵𝘶𝘴 𝘮𝘢𝘯𝘰𝘴
    𝘥𝘦𝘴𝘤𝘶𝘣𝘳𝜄́ 𝘮𝘪 𝘧𝘶𝘦𝘳𝘻𝘢..."

    Piensa mientras se ató su larga cabellera y oscura cabellera con un lazo que había guardado hace tiempo. No esperaba regresar, pero tampoco quería no volver. Temía que esta fuera la "Última Cruzada" como aquel intrépido arqueólogo que se aventuraba a encontrar un tesoro perdido en contra de las fuerzas del mal. Pero eso era únicamente ficción.

    "... 𝘚𝘪 𝘤𝘢𝘪𝘨𝘰, 𝘮𝘦 𝘭𝘦𝘷𝘢𝘯𝘵𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘵𝘪.
    𝘚𝘪 𝘭𝘶𝘤𝘩𝘰, 𝘦𝘴 𝘱𝘰𝘳 𝘯𝘰𝘴𝘰𝘵𝘳𝘰𝘴.
    𝘚𝘪 𝘴𝘶𝘦𝘯̃𝘰,
    𝘦𝘴 𝘱𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘹𝘪𝘴𝘵𝘦𝘴 (𝘦𝘯 𝘮𝘪 𝘷𝘪𝘥𝘢)..."

    Terminando de arreglar su cabello, fue al armario para extraer su bandolera. Un maletín pequeño al que no le cabían más que un par de libretas, tres frascos, algo de tiza y unas cuantas joyas mágicas.

    "... 𝘕𝘰 𝘦𝘳𝘦𝘴 𝘮𝘪 𝘥𝘦𝘣𝘪𝘭𝘪𝘥𝘢𝘥,
    𝘦𝘳𝘦𝘴 𝘮𝘪 𝘳𝘢𝘻𝘰́𝘯.
    𝘕𝘰 𝘦𝘳𝘦𝘴 𝘮𝘪 𝘴𝘢𝘭𝘷𝘢𝘤𝘪𝘰́𝘯,
    𝘦𝘳𝘦𝘴 𝘮𝘪 𝘳𝘦𝘷𝘰𝘭𝘶𝘤𝘪𝘰́𝘯...."

    Extrajo un abrigo largo, le llegaba hasta sus rodillas. Su vestimenta no era distinta a la de diario: pantalón de vestir, zapatos negros con suela de goma; camisa blanca, lisa; y sus gafas pequeñas. Lucía igual a un erudito.

    "...𝘠 𝘢𝘶𝘯𝘲𝘶𝘦 𝘵𝘰𝘥𝘰 𝘥𝘦𝘴𝘢𝘱𝘢𝘳𝘦𝘻𝘤𝘢,
    𝘢𝘶𝘯𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘭 𝘵𝘪𝘦𝘮𝘱𝘰 𝘴𝘦 𝘢𝘵𝘳𝘦𝘷𝘢 𝘢 𝘣𝘰𝘳𝘳𝘢𝘳𝘯𝘰𝘴,
    𝘮𝘪𝘦𝘯𝘵𝘳𝘢𝘴 𝘳𝘦𝘴𝘱𝘪𝘳𝘦
    𝘴𝘰𝘭𝘰 𝘩𝘢𝘣𝘳𝘢́ 𝘶𝘯𝘢 𝘷𝘦𝘳𝘥𝘢𝘥:... "

    Terminó de arreglarse, y salió de la habitación, y más tarde abandonar aquel hogar, diciendo adiós a los días felices.

    "... 𝘛𝘶 𝘺 𝘵𝘰, 𝘤𝘰𝘯𝘵𝘳𝘢 𝘦𝘭 𝘮𝘶𝘯𝘥𝘰.
    𝘠𝘰 𝘴𝘪𝘦𝘯𝘥𝘰 𝘧𝘶𝘦𝘳𝘵𝘦."

    https://www.youtube.com/watch?v=gGo0gIyWWiQ


    Recorría cada habitación de aquella amplia casa en San Francisco, una casa que había vivido demasiadas cosas, alegrías y tristezas, amigos y familia, y alguno que otro ser especial al que había dedicado tanto cariño. Quería recordar cada habitación con cada momento del pasado, como si se estuviese despidiendo de toda esa vida llena de calma, quería vivir esos últimos instantes en su mente cuando todo rebosaba de vida. "𝘌𝘯 𝘶𝘯 𝘮𝘶𝘯𝘥𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘪𝘯𝘵𝘦𝘯𝘵𝘢 𝘳𝘰𝘮𝘱𝘦𝘳𝘮𝘦, 𝘦𝘳𝘦𝘴 𝘮𝘪 𝘶́𝘯𝘪𝘤𝘰 𝘳𝘦𝘧𝘶𝘨𝘪𝘰. 𝘊𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘥𝘶𝘥𝘰 𝘥𝘦 𝘮𝜄́, 𝘵𝘶 𝘷𝘰𝘻 𝘮𝘦 𝘥𝘦𝘷𝘶𝘦𝘭𝘷𝘦 𝘭𝘢 𝘧𝘦...." Preparó sus cosas, la amplia casa ya comenzaba a llenarse de polvo, tomó aquel diario entregado por aquella mujer de divina presencia y brillo y lo colocó sobre la cama bien tendida y ordenada apra poder continuar con su labor. "... 𝘕𝘰 𝘯𝘦𝘤𝘦𝘴𝘪𝘵𝘰 𝘥𝘪𝘰𝘴𝘦𝘴 𝘯𝘪 𝘱𝘳𝘰𝘮𝘦𝘴𝘢𝘴, 𝘱𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘯 𝘵𝘶 𝘮𝘪𝘳𝘢𝘥𝘢 𝘢𝘱𝘳𝘦𝘯𝘥𝜄́ 𝘢 𝘤𝘳𝘦𝘤𝘦𝘳. 𝘌𝘯 𝘵𝘶𝘴 𝘮𝘢𝘯𝘰𝘴 𝘥𝘦𝘴𝘤𝘶𝘣𝘳𝜄́ 𝘮𝘪 𝘧𝘶𝘦𝘳𝘻𝘢..." Piensa mientras se ató su larga cabellera y oscura cabellera con un lazo que había guardado hace tiempo. No esperaba regresar, pero tampoco quería no volver. Temía que esta fuera la "Última Cruzada" como aquel intrépido arqueólogo que se aventuraba a encontrar un tesoro perdido en contra de las fuerzas del mal. Pero eso era únicamente ficción. "... 𝘚𝘪 𝘤𝘢𝘪𝘨𝘰, 𝘮𝘦 𝘭𝘦𝘷𝘢𝘯𝘵𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘵𝘪. 𝘚𝘪 𝘭𝘶𝘤𝘩𝘰, 𝘦𝘴 𝘱𝘰𝘳 𝘯𝘰𝘴𝘰𝘵𝘳𝘰𝘴. 𝘚𝘪 𝘴𝘶𝘦𝘯̃𝘰, 𝘦𝘴 𝘱𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘹𝘪𝘴𝘵𝘦𝘴 (𝘦𝘯 𝘮𝘪 𝘷𝘪𝘥𝘢)..." Terminando de arreglar su cabello, fue al armario para extraer su bandolera. Un maletín pequeño al que no le cabían más que un par de libretas, tres frascos, algo de tiza y unas cuantas joyas mágicas. "... 𝘕𝘰 𝘦𝘳𝘦𝘴 𝘮𝘪 𝘥𝘦𝘣𝘪𝘭𝘪𝘥𝘢𝘥, 𝘦𝘳𝘦𝘴 𝘮𝘪 𝘳𝘢𝘻𝘰́𝘯. 𝘕𝘰 𝘦𝘳𝘦𝘴 𝘮𝘪 𝘴𝘢𝘭𝘷𝘢𝘤𝘪𝘰́𝘯, 𝘦𝘳𝘦𝘴 𝘮𝘪 𝘳𝘦𝘷𝘰𝘭𝘶𝘤𝘪𝘰́𝘯...." Extrajo un abrigo largo, le llegaba hasta sus rodillas. Su vestimenta no era distinta a la de diario: pantalón de vestir, zapatos negros con suela de goma; camisa blanca, lisa; y sus gafas pequeñas. Lucía igual a un erudito. "...𝘠 𝘢𝘶𝘯𝘲𝘶𝘦 𝘵𝘰𝘥𝘰 𝘥𝘦𝘴𝘢𝘱𝘢𝘳𝘦𝘻𝘤𝘢, 𝘢𝘶𝘯𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘭 𝘵𝘪𝘦𝘮𝘱𝘰 𝘴𝘦 𝘢𝘵𝘳𝘦𝘷𝘢 𝘢 𝘣𝘰𝘳𝘳𝘢𝘳𝘯𝘰𝘴, 𝘮𝘪𝘦𝘯𝘵𝘳𝘢𝘴 𝘳𝘦𝘴𝘱𝘪𝘳𝘦 𝘴𝘰𝘭𝘰 𝘩𝘢𝘣𝘳𝘢́ 𝘶𝘯𝘢 𝘷𝘦𝘳𝘥𝘢𝘥:... " Terminó de arreglarse, y salió de la habitación, y más tarde abandonar aquel hogar, diciendo adiós a los días felices. "... 𝘛𝘶 𝘺 𝘵𝘰, 𝘤𝘰𝘯𝘵𝘳𝘢 𝘦𝘭 𝘮𝘶𝘯𝘥𝘰. 𝘠𝘰 𝘴𝘪𝘦𝘯𝘥𝘰 𝘧𝘶𝘦𝘳𝘵𝘦." https://www.youtube.com/watch?v=gGo0gIyWWiQ
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  • Memorias, dudas o juicio divino
    Fandom Saint Seiya
    Categoría Drama
                  Saga ha vuelto a nacer en la Tierra… una vez más.

                  Su espíritu regresó al mundo de los mortales despojado de casi todo aquello que fue. Las guerras sagradas, los juramentos y los pecados cometidos en nombre del poder. La mayor parte de los recuerdos de su vida anterior fueron sellados. 

                  Sin su armadura, su memoria yace incompleta.

                  El cloth de Géminis no es solo acero divino: es el receptáculo de su esencia, de sus habilidades y de los recuerdos que lo convirtieron tanto en héroe como en el villano. Separado de ella, Saga es un alma errante, consciente de su fuerza, pero ajeno al peso de su pasado.

                    Es Nike , diosa de la victoria, quien observa su nuevo despertar. Fue ella quien lo liberó de la oscuridad que una vez lo consumió y quien ahora custodia la armadura que podría devolverle todo aquello que ha perdido… o condenarlo de nuevo. Su duda es profunda: ¿el mal que habitó en Saga fue erradicado, o simplemente duerme, aguardando el momento de regresar?
                  Saga ha vuelto a nacer en la Tierra… una vez más.               Su espíritu regresó al mundo de los mortales despojado de casi todo aquello que fue. Las guerras sagradas, los juramentos y los pecados cometidos en nombre del poder. La mayor parte de los recuerdos de su vida anterior fueron sellados.                Sin su armadura, su memoria yace incompleta.               El cloth de Géminis no es solo acero divino: es el receptáculo de su esencia, de sus habilidades y de los recuerdos que lo convirtieron tanto en héroe como en el villano. Separado de ella, Saga es un alma errante, consciente de su fuerza, pero ajeno al peso de su pasado.                 Es Nike , diosa de la victoria, quien observa su nuevo despertar. Fue ella quien lo liberó de la oscuridad que una vez lo consumió y quien ahora custodia la armadura que podría devolverle todo aquello que ha perdido… o condenarlo de nuevo. Su duda es profunda: ¿el mal que habitó en Saga fue erradicado, o simplemente duerme, aguardando el momento de regresar?
    Tipo
    Individual
    Líneas
    10
    Estado
    Disponible
    Me shockea
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  • #Undiaenlavidade Erik Silverfang

    - ¿Es esto una cita? .- La mujer sonríe de forma cálida, con esos hermosos labios de color carmesí que la caracterizaban en los encuentros más especiales. - ¿O es que te has visto tan desesperado que has acudido a la única persona en este mundo que parece no abandonarte a pesar de que tú sí la dejaste de lado?.- se apoya sobre la pared, de espaldas al vástago, observando el atardecer desde aquella azotea.

    El vampiro calla, apartando la mirada.

    Era cierto que había acudido a su puerta, como hubiera hecho hacía ya demasiados años atrás, sin saber exactamente qué buscaba, pero con la única certeza que a sus golpes, respondería, como él hubiera respondido a su particular llamada. En lo más hondo de su ser, en lo más profundo de su alma, pesa a intentar oponerse y negarlo con todas sus fuerzas, había algo que le seguía fascinando en la forma en que era tratado por aquella mujer.

    - ¿No vas a responder? Por favor, no me hagas obligarte... anda, ven, esta vez por voluntad propia, por favor.-

    Erik duda por un instante, pero a pesar de su más que claro orgullo que parecía querer imponerse, finalmente sus piernas obedecen a esa petición sutilmente ordenada, llegando a su lado y observando, al igual que ella, ese atardecer en la ciudad de París.

    - Siempre has tenido un lado romántico, no lo puedes evitar. Esa faceta de ti me gustaba, y de hecho me sigue gustando, pese al tiempo y la distancia. No te he querido molestar, dado que sabía que eras más feliz al lado de otra mujer y que yo, tan sólo fui maestra de alguien descarriado, el cual parece que ha vuelto a perderse. Y pensar... que todo parecía darse por la aparente diferencia de edad y resulta... resulta que el cachorro no aparenta los siglos que tiene...-

    Se pudo notar una sutil provocación en la forma en la que se había dirigido a él. Aquella palabra le hizo estremecer, apretar los nudillos y sentir cómo se le erizaba el cabello de la nuca.

    - Yo... yo no...-

    - Shhh... tranquilo, sé que no pretendías desvelarte a los ojos de una mortal, tranquilo. Pero agradezco que finalmente adquirieras la confianza suficiente como para poder hacerlo, más teniendo en cuenta la relación que hemos llevado hasta ahora y que no sé si quieres volver a tener.-Los ojos de la mujer se clavan en el vampiro y él siente todo el peso de aquella mirada sobre sus hombros.

    Se sentía asfixiado, cohibido, sometido a la voluntad de una mujer que había sabido dominarlo desde el mismo instante en el que se conocieron. Ella tan segura, él tan perdido, pese a los años y años de experiencia en aquél plano terrenal. Había sido tan intensa, tan fuerte la conexión, que él por mucho tiempo, había creído que ella tenía poderes, poderes que no había sabido identificar y sin embargo, por más que la hubiera analizado, nada hacía sospechar de tal hecho. Era pura presencia, pura habilidad, pura seguridad en sí misma, y él, pese a todo, gustoso se había arrodillado cuando ella así se lo hubo ordenado.

    - Sé lo que anhelas, cachorro, lo sé muy bien. Quieres volver a ceder el control, quieres volver a sentirte liberado de la responsabilidad, a obedecer sin rechistar, sin mayores deseos que el complacer a tu señora, sin mayores preocupaciones. Puedo verlo en tus ojos, quieres ser ajeno a la vida que te rodea, a esos sentimientos que te afligen, que te abaten y que muestran de ti algo que por desgracia, en el fondo eres y no te puedes deshacer de ello. Deja que te ayude... cachorro...-

    Como si de un embrujo se tratara, el vampiro abrió sus labios, queriendo hablar, pero tan solo emitiendo un pequeño quejido, el que emite alguien que siente cómo lo acaban de desnudar y no tiene lugar en el que esconderse. Eleva su mirar y lo baja inmediatamente cuando ve a esa mujer ante él, erguida, poderosa.

    - De rodillas, cachorro...-

    Erik obedece, primero una pierna y luego otra. Agacha finalmente la cabeza, en señal de rendición y pleitesía.

    Ella da un paso y coloca su mano sobre la cabeza de él, acariciando su cabello y enredando ligeramente sus dedos entre los mechones. Él, por una vez en mucho tiempo, siente calma y paz. Nota que a través de esa caricia su dolor se desvanece, su miedo pasa a un segundo plano y toda su realidad se torna clara, cristalina y transparente. No hay peligro, no hay odio, no hay sed, tan sólo devoción, obediencia y sumisión.

    - Buen chico...- desliza la mano dentro de su abrigo y del bolsillo interno saca un objeto que el vástago reconoce.

    Él eleva la mirada hacia ese accesorio, contemplando una vez más ante sus ojos el collar de cuero tintado en tono carmesí, con tachuelas, que una vez hubiera engalanado su cuello.

    - Lo reservaba para tu regreso, cachorro, y ahora, es la hora de que vuelva al lugar que le corresponde.- ella se agacha ligeramente y con una maestría que en nada les sorprende, cierra el broche alrededor de la garganta del vástago.

    De forma instintiva, él lo acaricia, dejando escapar una pequeña sonrisa, siendo aquello muestra inequívoca del lazo cerrado, de nuevo, entre ambos. Aquél símbolo era un ancla, una promesa, una certeza de realidad y por ello, le estaba agradecido.

    - Y ahora, levántate. Vamos a disfrutar de lo que la noche de París nos aguarda para nosotros, cachorro. Disfruta de tu nueva libertad y vivamos como si nunca fuera a haber un nuevo amanecer.-

    Erik se alza, con una fuerza renovada, sintiendo orgullo a la par que protección.

    - Sí, mi señora.-

    Finalmente, el sol se oculta en el horizonte y aquella azotea queda desierta, dejando cómo único testigo de su paso, el sonido de la puerta al cerrarse.
    #Undiaenlavidade Erik Silverfang - ¿Es esto una cita? .- La mujer sonríe de forma cálida, con esos hermosos labios de color carmesí que la caracterizaban en los encuentros más especiales. - ¿O es que te has visto tan desesperado que has acudido a la única persona en este mundo que parece no abandonarte a pesar de que tú sí la dejaste de lado?.- se apoya sobre la pared, de espaldas al vástago, observando el atardecer desde aquella azotea. El vampiro calla, apartando la mirada. Era cierto que había acudido a su puerta, como hubiera hecho hacía ya demasiados años atrás, sin saber exactamente qué buscaba, pero con la única certeza que a sus golpes, respondería, como él hubiera respondido a su particular llamada. En lo más hondo de su ser, en lo más profundo de su alma, pesa a intentar oponerse y negarlo con todas sus fuerzas, había algo que le seguía fascinando en la forma en que era tratado por aquella mujer. - ¿No vas a responder? Por favor, no me hagas obligarte... anda, ven, esta vez por voluntad propia, por favor.- Erik duda por un instante, pero a pesar de su más que claro orgullo que parecía querer imponerse, finalmente sus piernas obedecen a esa petición sutilmente ordenada, llegando a su lado y observando, al igual que ella, ese atardecer en la ciudad de París. - Siempre has tenido un lado romántico, no lo puedes evitar. Esa faceta de ti me gustaba, y de hecho me sigue gustando, pese al tiempo y la distancia. No te he querido molestar, dado que sabía que eras más feliz al lado de otra mujer y que yo, tan sólo fui maestra de alguien descarriado, el cual parece que ha vuelto a perderse. Y pensar... que todo parecía darse por la aparente diferencia de edad y resulta... resulta que el cachorro no aparenta los siglos que tiene...- Se pudo notar una sutil provocación en la forma en la que se había dirigido a él. Aquella palabra le hizo estremecer, apretar los nudillos y sentir cómo se le erizaba el cabello de la nuca. - Yo... yo no...- - Shhh... tranquilo, sé que no pretendías desvelarte a los ojos de una mortal, tranquilo. Pero agradezco que finalmente adquirieras la confianza suficiente como para poder hacerlo, más teniendo en cuenta la relación que hemos llevado hasta ahora y que no sé si quieres volver a tener.-Los ojos de la mujer se clavan en el vampiro y él siente todo el peso de aquella mirada sobre sus hombros. Se sentía asfixiado, cohibido, sometido a la voluntad de una mujer que había sabido dominarlo desde el mismo instante en el que se conocieron. Ella tan segura, él tan perdido, pese a los años y años de experiencia en aquél plano terrenal. Había sido tan intensa, tan fuerte la conexión, que él por mucho tiempo, había creído que ella tenía poderes, poderes que no había sabido identificar y sin embargo, por más que la hubiera analizado, nada hacía sospechar de tal hecho. Era pura presencia, pura habilidad, pura seguridad en sí misma, y él, pese a todo, gustoso se había arrodillado cuando ella así se lo hubo ordenado. - Sé lo que anhelas, cachorro, lo sé muy bien. Quieres volver a ceder el control, quieres volver a sentirte liberado de la responsabilidad, a obedecer sin rechistar, sin mayores deseos que el complacer a tu señora, sin mayores preocupaciones. Puedo verlo en tus ojos, quieres ser ajeno a la vida que te rodea, a esos sentimientos que te afligen, que te abaten y que muestran de ti algo que por desgracia, en el fondo eres y no te puedes deshacer de ello. Deja que te ayude... cachorro...- Como si de un embrujo se tratara, el vampiro abrió sus labios, queriendo hablar, pero tan solo emitiendo un pequeño quejido, el que emite alguien que siente cómo lo acaban de desnudar y no tiene lugar en el que esconderse. Eleva su mirar y lo baja inmediatamente cuando ve a esa mujer ante él, erguida, poderosa. - De rodillas, cachorro...- Erik obedece, primero una pierna y luego otra. Agacha finalmente la cabeza, en señal de rendición y pleitesía. Ella da un paso y coloca su mano sobre la cabeza de él, acariciando su cabello y enredando ligeramente sus dedos entre los mechones. Él, por una vez en mucho tiempo, siente calma y paz. Nota que a través de esa caricia su dolor se desvanece, su miedo pasa a un segundo plano y toda su realidad se torna clara, cristalina y transparente. No hay peligro, no hay odio, no hay sed, tan sólo devoción, obediencia y sumisión. - Buen chico...- desliza la mano dentro de su abrigo y del bolsillo interno saca un objeto que el vástago reconoce. Él eleva la mirada hacia ese accesorio, contemplando una vez más ante sus ojos el collar de cuero tintado en tono carmesí, con tachuelas, que una vez hubiera engalanado su cuello. - Lo reservaba para tu regreso, cachorro, y ahora, es la hora de que vuelva al lugar que le corresponde.- ella se agacha ligeramente y con una maestría que en nada les sorprende, cierra el broche alrededor de la garganta del vástago. De forma instintiva, él lo acaricia, dejando escapar una pequeña sonrisa, siendo aquello muestra inequívoca del lazo cerrado, de nuevo, entre ambos. Aquél símbolo era un ancla, una promesa, una certeza de realidad y por ello, le estaba agradecido. - Y ahora, levántate. Vamos a disfrutar de lo que la noche de París nos aguarda para nosotros, cachorro. Disfruta de tu nueva libertad y vivamos como si nunca fuera a haber un nuevo amanecer.- Erik se alza, con una fuerza renovada, sintiendo orgullo a la par que protección. - Sí, mi señora.- Finalmente, el sol se oculta en el horizonte y aquella azotea queda desierta, dejando cómo único testigo de su paso, el sonido de la puerta al cerrarse.
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  • "Ayúdame"
    Fandom Sobrenatural ~ Crónicas Vampíricas
    Categoría Crossover
    sᴛᴀʀᴛᴇʀ ᴘᴀʀᴀ: 𝐒A𝐌 W𝐈N𝐂H𝐄S𝐓E𝐑

    Las manadas de hombres lobo ya no eran tan escasas como lo fueron antaño. Siglos atrás los hombres lobo eran una de las especies dominantes sobre la tierra, pero la proliferación de vampiros y cazadores habia obligado a las manadas a esconderse. A ocultarse en pueblos, en las montañas, en lugares donde poder pasar desapercibidos. Y asi, poco a poco, el gen del hombre lobo durmió. No todos los descendientes de las grandes manadas activaban su maldición lupina. Hombres y mujeres vivían y morían sin activar nunca su maldición y, poco a poco, se perdió el legado.

    Pero ese no habia sido el caso de los Wood. De las familias licántropas, los pertenecientes a la manada Apisi, ahora disgregada por el país, los Wood eran los únicos que todavia reconocían y recordaban su legado, sus leyendas. Asentados en Kansas, disfrutaban de la licantropía y no la consideraban una maldición. El dolor de la transformación, a diferencia de para otras familias, se tornaba cada vez más soportable con cada luna llena. Y, en lugar de encerrarse y encadenarse en sótanos y celdas, la familia Wood corría por el bosque. Libres. Aullando a la luna y disfrutando del instinto y las horas lupinas. Asi habia sido desde que Hazel tenia uso de razón. Desde que desatara su maldición a los diecisiete años se habia transformado con cada luna llena al resguardo y cobijo de sus padres y su familia. Su padre, era el alfa de la manada o al menos, de aquel grupo de lobos y, algún día, esperaba que su hija ocupara su lugar. Para ello la habia criado…

    Hasta aquella luna llena…

    Hazel corría por el bosque, olfateando, sintiendo el aire en su pelaje, sintiéndose libre. Sus patas parecían volar sobre el suelo, corriendo a tal velocidad que nada podía pararla. Nada salvo… Aquel sonido estridente y desgarrador. La loba alzó sus orejas irguiendo el cuello, alarmada, preocupada. Un aullido de dolor y muerte llegó hasta ella. Cercano y fulminante. Y supo que habia perdido a alguien de su manada.

    Un nuevo disparo. Un nuevo aullido mortecino.

    Hazel no se quedó a esperar su turno. Echó a correr en dirección contraria sabiendo que no podía regresar a casa. Porque si esos cazadores los habían encontrado allí era porque sabían exactamente cómo y dónde Vivian. Asi que Hazel corrió a toda velocidad, huyendo de los disparos y la muerte que amenazaba con alcanzarla.

    Un proyectil le acertó en el costado en plena carrera y la loba, herida y magullada, cayó estrepitosamente contra el suelo. Resollaba, asustada. Dolía, quemaba. Aquella herida le habia quitado el aliento y sabia que se desangraba. Pero no podía dejar que su manada terminara asi. Tenia que vivir.

    Asi que tratando de hacer caso omiso a los disparos que llenaban el ambiente, Hazel volvio a erguirse sobre sus cuatro patas. Sanaria. Aquella herida sanaría gracias a la magia de la luna llena. Sanaria… Echó a correr de nuevo, esta vez algo más cansada, algo más lenta. Pero corrió todo cuanto daban sus patas. Y corrió toda la noche, cruzando pueblos, atravesando bosques mientras aquella ultima noche de luna llena duraba. Corrió hasta que los disparos ya eran inexistentes en el eco de la noche.

    >> Despertó desnuda en medio del bosque. Con la salida del sol su cuerpo habia recuperado su forma humana y ella se habia desmayado entre ramas y pequeños arbustos. Profirió un quejido llevándose una mano al costado allí donde la herida de bala aun sanaba lentamente. La sangre teñía su piel bronceada. Pero sabia que, aunque dolía, estaba fuera de peligro. Sobreviviría. Lo haría.

    Era la única superviviente de su manada. Y la certeza y la soledad de aquel pensamiento la abrumaron haciendo que la muchacha dejara ir un ligero y corto sollozo. Por todos los que queria, que habia perdido y que no volvería a ver. Se llevó una mano a los labios y se encogió sobre si misma, llorando a los caídos, a aquella terrorífica noche. Y cuando sintió que se quedaba sin aire, decidió que tenia que salir de allí.

    Desnuda recorrió el bosque hasta encontrar civilización. Y cuando el cansancio hizo que sus piernas temblaran, finalmente encontró un pequeño camping de caravanas. Le llegaban voces. Niños, familias. Salpicaduras de agua en una piscina. El olor de una barbacoa, podía ver la pequeña columna de humo alzarse entre algunas caravanas… Y allí, delante de ella, desprotegida… una cuerda de tender con algo de ropa. No se paró a ver qué era. Llegó hasta allí, y cogió lo primero que pilló. Una camiseta blanca de manga corta, una chaqueta vaquera y unos pantalones de chándal. Y, con las mismas, salió de allí volviendo a internarse en el bosque.

    Porque habia algo que no os he contado. Y es que la familia Wood tenia una leyenda. Una leyenda inmemorial. Su padre siempre le habia contado que la razon por la que su bisabuelo se habia instalado allí con su manada era una muy sencilla. Protección. La manada protegía a un grupo de Hombres. Los Hombres de Letras. Y ellos los protegían tambien. Un acuerdo del pasado, un pacto de no dañarse mutuamente nunca más. Un pacto de hermandad. No estaba firmado en ninguna parte y nadie podía corroborar que fuera real. Pero tenia una localización. Lebanon. Y hasta allí le habían conducido sus pisadas. Si quedaba alguien allí, habrían de ayudarla, darle cobijo o un lugar donde averiguar quién le habia arrebatado a su familia..

    “A las puertas de Lebanon, interno en el bosque, accesible por pocos caminos, se yergue el orgulloso bastión. Lobos y hombres lo consideran su salvación”

    Era una mierda de rima y parecía demasiado barata para ser una leyenda demasiado antigua, pero Hazel siempre habia creído que su bisabuelo no tendría demasiada idea de mensajes crípticos. Hubiera sido un espía terrible.

    Pero al menos tenia una pista. A las afueras de Lebanon, en el bosque…

    Caminó descalza por la tierra, indemne a las ramas o piedras. Cansada, desolada y sangrando. La sangre se habia transferido a su camiseta, y sin alimento y descanso correcto, aquella herida no sanaba de forma correcta.

    Escuchó los pasos de una carrera. Cerca de ella. Pero no lo advirtió tan a tiempo como podría haberlo hecho en pleno uso de sus facultades físicas. Antes de que la vista se le nublase pudo ver como un hombre se acercaba a ella haciendo footing y se detenía al verla en el camino. Quizás se lo habia imaginado, quizás no. Pero…

    -Ayuda… me… -dijo Hazel antes de perder el sentido y caer, desmayada, en medio del camino.
    sᴛᴀʀᴛᴇʀ ᴘᴀʀᴀ: [SAM.MY] Las manadas de hombres lobo ya no eran tan escasas como lo fueron antaño. Siglos atrás los hombres lobo eran una de las especies dominantes sobre la tierra, pero la proliferación de vampiros y cazadores habia obligado a las manadas a esconderse. A ocultarse en pueblos, en las montañas, en lugares donde poder pasar desapercibidos. Y asi, poco a poco, el gen del hombre lobo durmió. No todos los descendientes de las grandes manadas activaban su maldición lupina. Hombres y mujeres vivían y morían sin activar nunca su maldición y, poco a poco, se perdió el legado. Pero ese no habia sido el caso de los Wood. De las familias licántropas, los pertenecientes a la manada Apisi, ahora disgregada por el país, los Wood eran los únicos que todavia reconocían y recordaban su legado, sus leyendas. Asentados en Kansas, disfrutaban de la licantropía y no la consideraban una maldición. El dolor de la transformación, a diferencia de para otras familias, se tornaba cada vez más soportable con cada luna llena. Y, en lugar de encerrarse y encadenarse en sótanos y celdas, la familia Wood corría por el bosque. Libres. Aullando a la luna y disfrutando del instinto y las horas lupinas. Asi habia sido desde que Hazel tenia uso de razón. Desde que desatara su maldición a los diecisiete años se habia transformado con cada luna llena al resguardo y cobijo de sus padres y su familia. Su padre, era el alfa de la manada o al menos, de aquel grupo de lobos y, algún día, esperaba que su hija ocupara su lugar. Para ello la habia criado… Hasta aquella luna llena… Hazel corría por el bosque, olfateando, sintiendo el aire en su pelaje, sintiéndose libre. Sus patas parecían volar sobre el suelo, corriendo a tal velocidad que nada podía pararla. Nada salvo… Aquel sonido estridente y desgarrador. La loba alzó sus orejas irguiendo el cuello, alarmada, preocupada. Un aullido de dolor y muerte llegó hasta ella. Cercano y fulminante. Y supo que habia perdido a alguien de su manada. Un nuevo disparo. Un nuevo aullido mortecino. Hazel no se quedó a esperar su turno. Echó a correr en dirección contraria sabiendo que no podía regresar a casa. Porque si esos cazadores los habían encontrado allí era porque sabían exactamente cómo y dónde Vivian. Asi que Hazel corrió a toda velocidad, huyendo de los disparos y la muerte que amenazaba con alcanzarla. Un proyectil le acertó en el costado en plena carrera y la loba, herida y magullada, cayó estrepitosamente contra el suelo. Resollaba, asustada. Dolía, quemaba. Aquella herida le habia quitado el aliento y sabia que se desangraba. Pero no podía dejar que su manada terminara asi. Tenia que vivir. Asi que tratando de hacer caso omiso a los disparos que llenaban el ambiente, Hazel volvio a erguirse sobre sus cuatro patas. Sanaria. Aquella herida sanaría gracias a la magia de la luna llena. Sanaria… Echó a correr de nuevo, esta vez algo más cansada, algo más lenta. Pero corrió todo cuanto daban sus patas. Y corrió toda la noche, cruzando pueblos, atravesando bosques mientras aquella ultima noche de luna llena duraba. Corrió hasta que los disparos ya eran inexistentes en el eco de la noche. >> Despertó desnuda en medio del bosque. Con la salida del sol su cuerpo habia recuperado su forma humana y ella se habia desmayado entre ramas y pequeños arbustos. Profirió un quejido llevándose una mano al costado allí donde la herida de bala aun sanaba lentamente. La sangre teñía su piel bronceada. Pero sabia que, aunque dolía, estaba fuera de peligro. Sobreviviría. Lo haría. Era la única superviviente de su manada. Y la certeza y la soledad de aquel pensamiento la abrumaron haciendo que la muchacha dejara ir un ligero y corto sollozo. Por todos los que queria, que habia perdido y que no volvería a ver. Se llevó una mano a los labios y se encogió sobre si misma, llorando a los caídos, a aquella terrorífica noche. Y cuando sintió que se quedaba sin aire, decidió que tenia que salir de allí. Desnuda recorrió el bosque hasta encontrar civilización. Y cuando el cansancio hizo que sus piernas temblaran, finalmente encontró un pequeño camping de caravanas. Le llegaban voces. Niños, familias. Salpicaduras de agua en una piscina. El olor de una barbacoa, podía ver la pequeña columna de humo alzarse entre algunas caravanas… Y allí, delante de ella, desprotegida… una cuerda de tender con algo de ropa. No se paró a ver qué era. Llegó hasta allí, y cogió lo primero que pilló. Una camiseta blanca de manga corta, una chaqueta vaquera y unos pantalones de chándal. Y, con las mismas, salió de allí volviendo a internarse en el bosque. Porque habia algo que no os he contado. Y es que la familia Wood tenia una leyenda. Una leyenda inmemorial. Su padre siempre le habia contado que la razon por la que su bisabuelo se habia instalado allí con su manada era una muy sencilla. Protección. La manada protegía a un grupo de Hombres. Los Hombres de Letras. Y ellos los protegían tambien. Un acuerdo del pasado, un pacto de no dañarse mutuamente nunca más. Un pacto de hermandad. No estaba firmado en ninguna parte y nadie podía corroborar que fuera real. Pero tenia una localización. Lebanon. Y hasta allí le habían conducido sus pisadas. Si quedaba alguien allí, habrían de ayudarla, darle cobijo o un lugar donde averiguar quién le habia arrebatado a su familia.. “A las puertas de Lebanon, interno en el bosque, accesible por pocos caminos, se yergue el orgulloso bastión. Lobos y hombres lo consideran su salvación” Era una mierda de rima y parecía demasiado barata para ser una leyenda demasiado antigua, pero Hazel siempre habia creído que su bisabuelo no tendría demasiada idea de mensajes crípticos. Hubiera sido un espía terrible. Pero al menos tenia una pista. A las afueras de Lebanon, en el bosque… Caminó descalza por la tierra, indemne a las ramas o piedras. Cansada, desolada y sangrando. La sangre se habia transferido a su camiseta, y sin alimento y descanso correcto, aquella herida no sanaba de forma correcta. Escuchó los pasos de una carrera. Cerca de ella. Pero no lo advirtió tan a tiempo como podría haberlo hecho en pleno uso de sus facultades físicas. Antes de que la vista se le nublase pudo ver como un hombre se acercaba a ella haciendo footing y se detenía al verla en el camino. Quizás se lo habia imaginado, quizás no. Pero… -Ayuda… me… -dijo Hazel antes de perder el sentido y caer, desmayada, en medio del camino.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    La lluvia en Raccoon City no limpiaba nada. Solo redistribuía la mugre.

    Lone Wolf permanecía quieto bajo el alero roto de un edificio administrativo, el casco todavía puesto, el visor liso devolviendo las luces rojas y azules como si fueran heridas abiertas en la noche. Desde afuera no había nada que distinguir: una silueta roja, compacta, respiración filtrada, arma baja pero lista.

    Funcional.

    Siempre fue funcional.

    Había estudiado en Montreal. Ingeniería aplicada, procesos, eficiencia. Le gustaba entender cómo las cosas encajaban, cómo una estructura soportaba peso sin colapsar. Siempre le pareció que el mundo tenía sentido si uno sabía mirar los sistemas correctos.

    Umbrella era un sistema.

    Un sistema sucio, pero coherente.

    Entró por dinero. No necesitaba dramatizarlo. La paga era obscena y la especialización le ofrecía algo más íntimo: la satisfacción casi quirúrgica de hacer bien el trabajo. En un planeta lleno de improvisación moral y decisiones torcidas, la ejecución perfecta tenía algo de pureza matemática.

    Con el casco puesto, el mundo era eso: matemática.

    Distancias. Ángulos. Ritmo cardíaco. Prioridades.

    Pero cuando se lo quitaba, el aire le golpeaba la cara con una violencia distinta. No era solo oxígeno sin filtrar. Era textura. Olor. Humanidad.

    Se quitó el casco esa noche.

    El sonido de la lluvia cambió inmediatamente, más real, más cercano. Se pasó la mano por el cabello húmedo, casi sorprendido de que todavía estuviera ahí. Ese gesto mínimo era su forma privada de comprobar que seguía siendo un individuo y no un engranaje intercambiable.

    Había algo en él que no cuadraba con la obediencia ciega. No era rebeldía; era algo más silencioso. Un reflejo. Una fracción de segundo donde la mano se detenía antes de cumplir la orden.

    La primera vez que ocurrió fue casi imperceptible.

    Un civil.
    Un protocolo.
    Una instrucción clara.

    Sabía lo que era correcto.

    También sabía cuál era su contrato.

    El profesional ganó.

    El dinero llegó puntual.

    Pero desde entonces, cada vez que el visor reflejaba luces de emergencia bajo la lluvia, había un medio segundo en el que el pasado empujaba desde adentro, como una fisura en el hielo.

    No era un hombre quebrado. Eso sería más fácil.
    Era un hombre que seguía funcionando.

    Aceptaba misiones.
    Optimizaba rutas de extracción.
    Reducía variables humanas a probabilidades de fallo.

    Y, sin embargo, la humanidad no desaparecía. Se había convertido en inercia. Un gesto que se interponía entre la orden y el disparo. A veces lo corregía y cumplía igual. A veces no.

    No hablaba de redención. No la buscaba. Le parecía una narrativa cómoda para quienes podían permitirse detenerse.

    Él no se detenía.

    Pero en las habitaciones vacías, cuando el casco descansaba sobre la mesa y el silencio no estaba amortiguado por filtros ni radios, sentía el pulso en las sienes. Lento. Frío. Persistente.

    No era que su corazón bombease hielo.

    Era que había aprendido a enfriarlo para que no se quebrara.

    Y en esa refrigeración constante, había perdido algo que no sabía nombrar.

    No estaba seguro de si algún día saldría.
    Tampoco estaba seguro de que quisiera.

    Porque fuera del sistema, fuera de la eficiencia, quedaba la pregunta que evitaba mirar de frente:

    Si deja de ser útil…
    ¿qué queda de él?
    La lluvia en Raccoon City no limpiaba nada. Solo redistribuía la mugre. Lone Wolf permanecía quieto bajo el alero roto de un edificio administrativo, el casco todavía puesto, el visor liso devolviendo las luces rojas y azules como si fueran heridas abiertas en la noche. Desde afuera no había nada que distinguir: una silueta roja, compacta, respiración filtrada, arma baja pero lista. Funcional. Siempre fue funcional. Había estudiado en Montreal. Ingeniería aplicada, procesos, eficiencia. Le gustaba entender cómo las cosas encajaban, cómo una estructura soportaba peso sin colapsar. Siempre le pareció que el mundo tenía sentido si uno sabía mirar los sistemas correctos. Umbrella era un sistema. Un sistema sucio, pero coherente. Entró por dinero. No necesitaba dramatizarlo. La paga era obscena y la especialización le ofrecía algo más íntimo: la satisfacción casi quirúrgica de hacer bien el trabajo. En un planeta lleno de improvisación moral y decisiones torcidas, la ejecución perfecta tenía algo de pureza matemática. Con el casco puesto, el mundo era eso: matemática. Distancias. Ángulos. Ritmo cardíaco. Prioridades. Pero cuando se lo quitaba, el aire le golpeaba la cara con una violencia distinta. No era solo oxígeno sin filtrar. Era textura. Olor. Humanidad. Se quitó el casco esa noche. El sonido de la lluvia cambió inmediatamente, más real, más cercano. Se pasó la mano por el cabello húmedo, casi sorprendido de que todavía estuviera ahí. Ese gesto mínimo era su forma privada de comprobar que seguía siendo un individuo y no un engranaje intercambiable. Había algo en él que no cuadraba con la obediencia ciega. No era rebeldía; era algo más silencioso. Un reflejo. Una fracción de segundo donde la mano se detenía antes de cumplir la orden. La primera vez que ocurrió fue casi imperceptible. Un civil. Un protocolo. Una instrucción clara. Sabía lo que era correcto. También sabía cuál era su contrato. El profesional ganó. El dinero llegó puntual. Pero desde entonces, cada vez que el visor reflejaba luces de emergencia bajo la lluvia, había un medio segundo en el que el pasado empujaba desde adentro, como una fisura en el hielo. No era un hombre quebrado. Eso sería más fácil. Era un hombre que seguía funcionando. Aceptaba misiones. Optimizaba rutas de extracción. Reducía variables humanas a probabilidades de fallo. Y, sin embargo, la humanidad no desaparecía. Se había convertido en inercia. Un gesto que se interponía entre la orden y el disparo. A veces lo corregía y cumplía igual. A veces no. No hablaba de redención. No la buscaba. Le parecía una narrativa cómoda para quienes podían permitirse detenerse. Él no se detenía. Pero en las habitaciones vacías, cuando el casco descansaba sobre la mesa y el silencio no estaba amortiguado por filtros ni radios, sentía el pulso en las sienes. Lento. Frío. Persistente. No era que su corazón bombease hielo. Era que había aprendido a enfriarlo para que no se quebrara. Y en esa refrigeración constante, había perdido algo que no sabía nombrar. No estaba seguro de si algún día saldría. Tampoco estaba seguro de que quisiera. Porque fuera del sistema, fuera de la eficiencia, quedaba la pregunta que evitaba mirar de frente: Si deja de ser útil… ¿qué queda de él?
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  • #UnDiaEnLaVidaDe Scarlett DuBois.

    El salón aún estaba vacío cuando Scarlett encendió las luces.

    La madera crujió suavemente bajo sus zapatillas mientras cruzaba el estudio. El aire olía a resina y a silencio, a esa calma tensa que precede a la disciplina. Dejó el bolso junto al piano, se acercó a la barra y apoyó las manos con suavidad.

    Primera posición.

    Sus talones se tocaron como si nunca hubieran dejado de hacerlo. La espalda se alargó, el mentón apenas elevado. Cerró los ojos un segundo. El cuerpo recordaba incluso lo que el destino le había quitado.

    Plié.

    Lento. Controlado. Las rodillas se abrieron con precisión. La cadera respondió con una leve protesta muda, un recordatorio constante de lo que fue y ya no es. Scarlett no frunció el ceño. No le concedía dramatismo al dolor. Solo lo gestionaba.

    Tendu.

    El pie se deslizó hacia delante como una caricia contenida. El empeine se extendió con elegancia intacta. Nadie diría que hubo un accidente. Nadie vería la cicatriz bajo las medias.

    Giró hacia el espejo.

    Por un instante, no era la profesora. No era la entrenadora obligada a corregir futbolistas con exceso de ego. Era la bailarina que una vez llenó escenarios, la que sostenía la respiración del público en cada relevé.

    Subió a demi-pointe.

    El equilibrio fue perfecto.

    Su reflejo le devolvió una imagen serena, impecable. Solo ella sabía cuánto costaba cada segundo de estabilidad.

    La puerta del estudio se abrió con un leve chirrido. Voces jóvenes comenzaron a llenar el espacio.

    Scarlett bajó los talones con suavidad y su expresión cambió: se volvió firme, profesional, inquebrantable.

    —A la barra —indicó sin elevar la voz.

    Las alumnas ocuparon sus lugares. Ella caminó entre ellas como una sombra elegante, corrigiendo una muñeca caída, alineando un hombro, ajustando la rotación de una pierna con apenas dos dedos.

    —El equilibrio no se negocia —dijo con calma—. Si vuestra mente duda, el cuerpo cae.

    Se detuvo frente a la más pequeña del grupo, que luchaba por sostener un relevé tembloroso.

    Scarlett colocó su mano en su espalda baja.

    —Aquí —susurró—. No en el pie. El equilibrio empieza en el centro.

    La niña se estabilizó.

    Scarlett retiró la mano con la misma delicadeza con la que se recoge un recuerdo frágil.

    Durante un segundo, una chispa —breve, casi invisible— atravesó su mirada. No era entusiasmo. Era algo más profundo. Algo que no se había perdido del todo.

    El salón ya no estaba vacío. Pero la disciplina seguía siendo la misma.

    Y ella también.
    #UnDiaEnLaVidaDe Scarlett DuBois. El salón aún estaba vacío cuando Scarlett encendió las luces. La madera crujió suavemente bajo sus zapatillas mientras cruzaba el estudio. El aire olía a resina y a silencio, a esa calma tensa que precede a la disciplina. Dejó el bolso junto al piano, se acercó a la barra y apoyó las manos con suavidad. Primera posición. Sus talones se tocaron como si nunca hubieran dejado de hacerlo. La espalda se alargó, el mentón apenas elevado. Cerró los ojos un segundo. El cuerpo recordaba incluso lo que el destino le había quitado. Plié. Lento. Controlado. Las rodillas se abrieron con precisión. La cadera respondió con una leve protesta muda, un recordatorio constante de lo que fue y ya no es. Scarlett no frunció el ceño. No le concedía dramatismo al dolor. Solo lo gestionaba. Tendu. El pie se deslizó hacia delante como una caricia contenida. El empeine se extendió con elegancia intacta. Nadie diría que hubo un accidente. Nadie vería la cicatriz bajo las medias. Giró hacia el espejo. Por un instante, no era la profesora. No era la entrenadora obligada a corregir futbolistas con exceso de ego. Era la bailarina que una vez llenó escenarios, la que sostenía la respiración del público en cada relevé. Subió a demi-pointe. El equilibrio fue perfecto. Su reflejo le devolvió una imagen serena, impecable. Solo ella sabía cuánto costaba cada segundo de estabilidad. La puerta del estudio se abrió con un leve chirrido. Voces jóvenes comenzaron a llenar el espacio. Scarlett bajó los talones con suavidad y su expresión cambió: se volvió firme, profesional, inquebrantable. —A la barra —indicó sin elevar la voz. Las alumnas ocuparon sus lugares. Ella caminó entre ellas como una sombra elegante, corrigiendo una muñeca caída, alineando un hombro, ajustando la rotación de una pierna con apenas dos dedos. —El equilibrio no se negocia —dijo con calma—. Si vuestra mente duda, el cuerpo cae. Se detuvo frente a la más pequeña del grupo, que luchaba por sostener un relevé tembloroso. Scarlett colocó su mano en su espalda baja. —Aquí —susurró—. No en el pie. El equilibrio empieza en el centro. La niña se estabilizó. Scarlett retiró la mano con la misma delicadeza con la que se recoge un recuerdo frágil. Durante un segundo, una chispa —breve, casi invisible— atravesó su mirada. No era entusiasmo. Era algo más profundo. Algo que no se había perdido del todo. El salón ya no estaba vacío. Pero la disciplina seguía siendo la misma. Y ella también.
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  • "Objetivo eliminado... Monika Asano ya no sera un problema para la mision" *le doy una calada a mi cigarrillo* "queda en tus manos recuperar al perdido, yo ya cumpli mi parte y ayude hasta donde pude."
    "Objetivo eliminado... [Lilmonix3] ya no sera un problema para la mision" *le doy una calada a mi cigarrillo* "queda en tus manos recuperar al perdido, yo ya cumpli mi parte y ayude hasta donde pude."
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  • Miró con un aire de nostalgia aquel edificio en ruinas, su querida librería, en la que el el segundo piso se hallaba su cafetería. Ahora estaban destruídas, el ataque de aquellas criaturas se estaba haciendo cada vez más violento, la aparición de aquellas bestias era preocupante, los autómatas se hallaban cada vez más frecuentes arrasando todo.

    Las fuerzas de la humanidad se volvían inútiles ante el poderío de tecnología antigua e insensible al dolor, indiferente a la piedad y el sufrimiento que causaba a sus víctimas, parecía que todo había sido preparado con minuciosidad.

    El viento soplaba, su larga y oscura cabellera se mecía con el viento que se llevaba junto con partículas de polvo, algunas de las memorias y sentimientos de alegría que había vivido en ese sitio. Los seres amados que ya no están, sus memorias, todas reemplazadas por los momentos de guerra, combate y resentimiento. Había que poner un alto.

    Caminó por un momento entre los escombros, solo ladrillos y pedazos de papel volando, el crujir de la roca en su camino resonaba con dolor. Su mirada se hallaba perdida en todo lo que había perdido.

    — No queda nada... Parece que esta vez ese doctor lo logró... —
    Miró con un aire de nostalgia aquel edificio en ruinas, su querida librería, en la que el el segundo piso se hallaba su cafetería. Ahora estaban destruídas, el ataque de aquellas criaturas se estaba haciendo cada vez más violento, la aparición de aquellas bestias era preocupante, los autómatas se hallaban cada vez más frecuentes arrasando todo. Las fuerzas de la humanidad se volvían inútiles ante el poderío de tecnología antigua e insensible al dolor, indiferente a la piedad y el sufrimiento que causaba a sus víctimas, parecía que todo había sido preparado con minuciosidad. El viento soplaba, su larga y oscura cabellera se mecía con el viento que se llevaba junto con partículas de polvo, algunas de las memorias y sentimientos de alegría que había vivido en ese sitio. Los seres amados que ya no están, sus memorias, todas reemplazadas por los momentos de guerra, combate y resentimiento. Había que poner un alto. Caminó por un momento entre los escombros, solo ladrillos y pedazos de papel volando, el crujir de la roca en su camino resonaba con dolor. Su mirada se hallaba perdida en todo lo que había perdido. — No queda nada... Parece que esta vez ese doctor lo logró... —
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  • Este año quiero disfrutar la playa y vivir la vida al máximo, hacer de todo , todo el tiempo perdido con mi ex pareja
    Este año quiero disfrutar la playa y vivir la vida al máximo, hacer de todo 😈, todo el tiempo perdido con mi ex pareja
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  • - Caldo de pollo...

    Esta impresionado como se ha perdido con el paso del tiempo la materia prima y las técnicas para la elaboración de un elixir de renovación física ante climas adversos.

    Se traga de un solo sorbo el resto del caldo.
    - Caldo de pollo... Esta impresionado como se ha perdido con el paso del tiempo la materia prima y las técnicas para la elaboración de un elixir de renovación física ante climas adversos. Se traga de un solo sorbo el resto del caldo.
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