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    Se dijo que era un juego y el que perdía se sacaba la ropa, o que? Crees que bromeaba?
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  • I'll use you as a focal point, so I don't lose sight of what I want
    Fandom Harry Potter
    Categoría Fantasía
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    La biblioteca siempre era el lugar seguro para Hermione, su refugio cuando necesitaba concentrarse o relajarse, y también cuando estaba furiosa y no quería soltar palabras mordaces que pocos solían entender como un insulto o un ataque, entonces necesitaba aislarse. El aroma a pergamino antiguo, de algún modo, le recordaba que mientras tuviera un libro frente a ella, el caos del mundo exterior —la nieve, los T.I.M.O. o, desde hacía unas horas, la insoportable idea de compartir un caldero con un compañero de clase tan prejuicioso como lo era Malfoy— podía quedar reducido a un ruido de fondo.

    Aún así, esa tarde nada parecía funcionar, y el silencio de la biblioteca la resultaba sofocante.

    Frente a ella descansaba el tomo de "𝑇𝑒𝑜𝑟𝜄́𝑎 𝑑𝑒 𝑀𝑎𝑔𝑖𝑎 𝐷𝑒𝑓𝑒𝑛𝑠𝑖𝑣𝑎", de Wilbert Slinkhard, libro que había leído en su totalidad dos veces antes del inicio de clases creyendo que ése año finalmente podría superar a su mejor amigo en la materia que mejor se le daba (a él, claramente). Eso no estaba ocurriendo. De hecho, esa misma mañana había vuelto a fallar al querer conjurar un hechizo durante la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras. Mientras Harry lograba desviar un ataque con un movimiento fluido de muñeca, ella se había quedado allí, con la cara ligeramente ruborizada de la vergüenza tras que su varita emitiera un chispazo plateado en lugar de un escudo que la protegiera en su totalidad.

    La teoría la tenía dominada. ¿Pero la ejecución? Se sentía como intentar gritar bajo el agua.

    Ya vería cómo realizarlo. Ahora debía repasar otros encantamientos, como por ejemplo...

    ...el 𝐌𝐨𝐛𝐢𝐥𝐢𝐜𝐨𝐫𝐩𝐮𝐬. Sus dedos recorrieron las líneas gastadas del manual, deteniéndose en la descripción de los "hilos invisibles". El texto explicaba cómo el hechizo debía anclarse en tres puntos de presión específicos: las muñecas, el cuello y las rodillas. "𝑄𝑢𝑖𝑒𝑛 𝑙𝑜 𝑙𝑎𝑛𝑧𝑎 𝑝𝑢𝑒𝑑𝑒 𝑐𝑜𝑛𝑡𝑟𝑜𝑙𝑎𝑟 𝑎 𝑠𝑢 𝑜𝑏𝑗𝑒𝑡𝑖𝑣𝑜 𝑐𝑜𝑚𝑜 𝑠𝑖 𝑓𝑢𝑒𝑟𝑎 𝑢𝑛𝑎 𝑚𝑎𝑟𝑖𝑜𝑛𝑒𝑡𝑎", leyó frunciendo el ceño. No solo debía elevar el cuerpo, sino también sostenerlo.

    Cerró los ojos un instante, tratando de visualizar cómo debía verse el hechizo en acción. En la teoría, el Mobilicorpus era una extensión lógica de los encantamientos de levitación básicos que había aprendido en sus inicios en Hogwarts, pero éste requería una sintonía de su destreza física que aún no dominaba. Si todavía no podía crear un escudo de manera no verbal, ¿cómo esperaba manejar la complejidad de mover un cuerpo entero con la precisión que exigía el texto? Porque esa palabra, 𝐩𝐫𝐞𝐜𝐢𝐬𝐢𝐨́𝐧, se repetía varias veces a lo largo de la descripción.

    Al volver a abrir los ojos, las letras sobre las hojas parecieron bailar frente a ella mientras intentaba enfocarse. La frustración, que hasta entonces había mantenido controlada, se convirtió en una llama. Una que se reflejó inmediatamente en su mirada cuando la desvió inevitablemente hacia el pergamino que asomaba bajo su libro de defensa. Era la nota de Snape.

    Su profesor le había asignado una nueva tarea hacia el final de la clase de Pociones, cuando ya no quedaba nadie más que ella dentro del aula, con esa voz siseante y monótona que le recordaba lo poco que se agradaban mutuamente. Por "𝑜́𝑟𝑑𝑒𝑛𝑒𝑠 𝑑𝑖𝑟𝑒𝑐𝑡𝑎𝑠 𝑑𝑒𝑙 𝑑𝑖𝑟𝑒𝑐𝑡𝑜𝑟", se requería una provisión extra de Poción Matalobos ya que Snape estaría abocado a otras tareas para la Orden. Era una tarea extremadamente delicada cuyo margen de error debía ser nulo, y por eso se necesitaban dos de los mejores alumnos de quinto año. Después de todo, eran pocos los que conocían la existencia de la organización, y no podían arriesgarse a involucrar alumnos de otros años.

    Pero Snape no la había emparejado con alguno de sus amigos, ni siquiera con un Ravenclaw competente que podría estar a su altura — o al menos acercarse a ella. Su compañero era el Slytherin que la odiaba, y que casualmente era también el otro alumno destacado en Pociones.

    Cada vez que leía el nombre "Draco Malfoy" junto al suyo, sentía una punzada de indignación en el estómago. La poción era una de las más peligrosas y difíciles de elaborar; un solo error en el manejo del acónito y los efectos podrían ser catastróficos. Dumbledore confiaba en ella, eso estaba claro, ¿pero por qué obligarla a trabajar con alguien que pasaba la mitad del tiempo burlándose de sus amigos?

    Y al menos ella sabía porqué estaría haciéndola los siguientes meses, como le repitió su profesor antes de dejarla ir, y cuáles eran los beneficios. ¿Pero cómo lograría convencer al otro estudiante? A pesar de su enojo, le intrigaba saber qué había en juego para su, lamentablemente, nuevo compañero. Él no podía saber de la Orden, ni tampoco que estaría ayudando a Lupin, o de seguro se reiría y no aceptaría. ¿Entonces...?

    Luego trataría de averiguarlo.

    Tener que pasar horas en una habitación en el sótano más frío del castillo compartiendo espacio con Draco Malfoy era su idea personal del infierno. El solo pensar en sus comentarios sarcásticos sobre su linaje, acompañados por esa sonrisa estúpida con aires de superioridad, o en las instancias de pelea que generaría solo para hacerla enojar, le quitaban cualquier intención de calmar su enojo.

    La fémina cerró el libro de golpe con un sonido seco que resonó entree las paredes de la biblioteca. El eco pareció despertar a Madam Pince, quien asomó su rostro por encima de una estantería de libros de Transformaciones. Un leve “Lo siento” escapó en un murmullo de sus labios antes de recoger sus cosas.

    «Precisión», recordó mentalmente mientras guardaba el pergamino de Snape dentro de su túnica. Esa palabra aplicaba al hechizo de levitación, y también a la poción que aprendería esa noche.

    Mientras bajaba las escaleras hacia las mazmorras, cargando con una mochila más pesada de lo habitual debido a los tomos extra de consulta que había pedido prestados y a los elementos que Snape le había indicado debía llevar a la sesión, una sensación distinta comenzó a abrirse paso entre la indignación. Estaba enojada aún, más de lo que le gustaría admitir, pero cuanto más vueltas le daba a la idea, más fuerza iba ganando una pequeña chispa de ambición. Un orgullo que no podía ignorar porque había sido elegida, entre tantos alumnos de aquel colegio, por el mismísimo Dumbledore para una tarea que podía salvar vidas. Y era otra oportunidad más para demostrar su valor.

    𝙳𝚁𝙰𝙲𝙾 𝙼𝙰𝙻𝙵𝙾𝚈
    STARTER La biblioteca siempre era el lugar seguro para Hermione, su refugio cuando necesitaba concentrarse o relajarse, y también cuando estaba furiosa y no quería soltar palabras mordaces que pocos solían entender como un insulto o un ataque, entonces necesitaba aislarse. El aroma a pergamino antiguo, de algún modo, le recordaba que mientras tuviera un libro frente a ella, el caos del mundo exterior —la nieve, los T.I.M.O. o, desde hacía unas horas, la insoportable idea de compartir un caldero con un compañero de clase tan prejuicioso como lo era Malfoy— podía quedar reducido a un ruido de fondo. Aún así, esa tarde nada parecía funcionar, y el silencio de la biblioteca la resultaba sofocante. Frente a ella descansaba el tomo de "𝑇𝑒𝑜𝑟𝜄́𝑎 𝑑𝑒 𝑀𝑎𝑔𝑖𝑎 𝐷𝑒𝑓𝑒𝑛𝑠𝑖𝑣𝑎", de Wilbert Slinkhard, libro que había leído en su totalidad dos veces antes del inicio de clases creyendo que ése año finalmente podría superar a su mejor amigo en la materia que mejor se le daba (a él, claramente). Eso no estaba ocurriendo. De hecho, esa misma mañana había vuelto a fallar al querer conjurar un hechizo durante la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras. Mientras Harry lograba desviar un ataque con un movimiento fluido de muñeca, ella se había quedado allí, con la cara ligeramente ruborizada de la vergüenza tras que su varita emitiera un chispazo plateado en lugar de un escudo que la protegiera en su totalidad. La teoría la tenía dominada. ¿Pero la ejecución? Se sentía como intentar gritar bajo el agua. Ya vería cómo realizarlo. Ahora debía repasar otros encantamientos, como por ejemplo... ...el 𝐌𝐨𝐛𝐢𝐥𝐢𝐜𝐨𝐫𝐩𝐮𝐬. Sus dedos recorrieron las líneas gastadas del manual, deteniéndose en la descripción de los "hilos invisibles". El texto explicaba cómo el hechizo debía anclarse en tres puntos de presión específicos: las muñecas, el cuello y las rodillas. "𝑄𝑢𝑖𝑒𝑛 𝑙𝑜 𝑙𝑎𝑛𝑧𝑎 𝑝𝑢𝑒𝑑𝑒 𝑐𝑜𝑛𝑡𝑟𝑜𝑙𝑎𝑟 𝑎 𝑠𝑢 𝑜𝑏𝑗𝑒𝑡𝑖𝑣𝑜 𝑐𝑜𝑚𝑜 𝑠𝑖 𝑓𝑢𝑒𝑟𝑎 𝑢𝑛𝑎 𝑚𝑎𝑟𝑖𝑜𝑛𝑒𝑡𝑎", leyó frunciendo el ceño. No solo debía elevar el cuerpo, sino también sostenerlo. Cerró los ojos un instante, tratando de visualizar cómo debía verse el hechizo en acción. En la teoría, el Mobilicorpus era una extensión lógica de los encantamientos de levitación básicos que había aprendido en sus inicios en Hogwarts, pero éste requería una sintonía de su destreza física que aún no dominaba. Si todavía no podía crear un escudo de manera no verbal, ¿cómo esperaba manejar la complejidad de mover un cuerpo entero con la precisión que exigía el texto? Porque esa palabra, 𝐩𝐫𝐞𝐜𝐢𝐬𝐢𝐨́𝐧, se repetía varias veces a lo largo de la descripción. Al volver a abrir los ojos, las letras sobre las hojas parecieron bailar frente a ella mientras intentaba enfocarse. La frustración, que hasta entonces había mantenido controlada, se convirtió en una llama. Una que se reflejó inmediatamente en su mirada cuando la desvió inevitablemente hacia el pergamino que asomaba bajo su libro de defensa. Era la nota de Snape. Su profesor le había asignado una nueva tarea hacia el final de la clase de Pociones, cuando ya no quedaba nadie más que ella dentro del aula, con esa voz siseante y monótona que le recordaba lo poco que se agradaban mutuamente. Por "𝑜́𝑟𝑑𝑒𝑛𝑒𝑠 𝑑𝑖𝑟𝑒𝑐𝑡𝑎𝑠 𝑑𝑒𝑙 𝑑𝑖𝑟𝑒𝑐𝑡𝑜𝑟", se requería una provisión extra de Poción Matalobos ya que Snape estaría abocado a otras tareas para la Orden. Era una tarea extremadamente delicada cuyo margen de error debía ser nulo, y por eso se necesitaban dos de los mejores alumnos de quinto año. Después de todo, eran pocos los que conocían la existencia de la organización, y no podían arriesgarse a involucrar alumnos de otros años. Pero Snape no la había emparejado con alguno de sus amigos, ni siquiera con un Ravenclaw competente que podría estar a su altura — o al menos acercarse a ella. Su compañero era el Slytherin que la odiaba, y que casualmente era también el otro alumno destacado en Pociones. Cada vez que leía el nombre "Draco Malfoy" junto al suyo, sentía una punzada de indignación en el estómago. La poción era una de las más peligrosas y difíciles de elaborar; un solo error en el manejo del acónito y los efectos podrían ser catastróficos. Dumbledore confiaba en ella, eso estaba claro, ¿pero por qué obligarla a trabajar con alguien que pasaba la mitad del tiempo burlándose de sus amigos? Y al menos ella sabía porqué estaría haciéndola los siguientes meses, como le repitió su profesor antes de dejarla ir, y cuáles eran los beneficios. ¿Pero cómo lograría convencer al otro estudiante? A pesar de su enojo, le intrigaba saber qué había en juego para su, lamentablemente, nuevo compañero. Él no podía saber de la Orden, ni tampoco que estaría ayudando a Lupin, o de seguro se reiría y no aceptaría. ¿Entonces...? Luego trataría de averiguarlo. Tener que pasar horas en una habitación en el sótano más frío del castillo compartiendo espacio con Draco Malfoy era su idea personal del infierno. El solo pensar en sus comentarios sarcásticos sobre su linaje, acompañados por esa sonrisa estúpida con aires de superioridad, o en las instancias de pelea que generaría solo para hacerla enojar, le quitaban cualquier intención de calmar su enojo. La fémina cerró el libro de golpe con un sonido seco que resonó entree las paredes de la biblioteca. El eco pareció despertar a Madam Pince, quien asomó su rostro por encima de una estantería de libros de Transformaciones. Un leve “Lo siento” escapó en un murmullo de sus labios antes de recoger sus cosas. «Precisión», recordó mentalmente mientras guardaba el pergamino de Snape dentro de su túnica. Esa palabra aplicaba al hechizo de levitación, y también a la poción que aprendería esa noche. Mientras bajaba las escaleras hacia las mazmorras, cargando con una mochila más pesada de lo habitual debido a los tomos extra de consulta que había pedido prestados y a los elementos que Snape le había indicado debía llevar a la sesión, una sensación distinta comenzó a abrirse paso entre la indignación. Estaba enojada aún, más de lo que le gustaría admitir, pero cuanto más vueltas le daba a la idea, más fuerza iba ganando una pequeña chispa de ambición. Un orgullo que no podía ignorar porque había sido elegida, entre tantos alumnos de aquel colegio, por el mismísimo Dumbledore para una tarea que podía salvar vidas. Y era otra oportunidad más para demostrar su valor. [PUREBL00D]
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  • "¡Saludos, mis queridos oyentes de sintonía infernal! Hoy las ondas de radio transmiten con una estática diferente, una que pesa en el alma. Me temo que traigo noticias que harían flaquear hasta la sonrisa más firme: el telón ha caído para Kako Zara, el hombre detrás de la voz de nuestro inolvidable Husk. Se ha marchado a un escenario donde ya no existen las deudas ni el juego. Su talento ahora reside en el eco de nuestros corazones; honremos su memoria manteniendo viva su vibrante interpretación. ¡Un brindis por el hombre que le dio alma al gato más gruñón del infierno!"
    "¡Saludos, mis queridos oyentes de sintonía infernal! Hoy las ondas de radio transmiten con una estática diferente, una que pesa en el alma. Me temo que traigo noticias que harían flaquear hasta la sonrisa más firme: el telón ha caído para Kako Zara, el hombre detrás de la voz de nuestro inolvidable Husk. Se ha marchado a un escenario donde ya no existen las deudas ni el juego. Su talento ahora reside en el eco de nuestros corazones; honremos su memoria manteniendo viva su vibrante interpretación. ¡Un brindis por el hombre que le dio alma al gato más gruñón del infierno!"
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  • Siempre me han reclamado por hacer "gastos innecesarios" cuando me siento bajo de ánimos
    Pero me pregunto.... Si todos en mi juego tienen autos lujosos de My little pony mientras que yo voy por ahí en un bochito del tamaño de un bicho que es más lento que mis ganas de existir ¿Es realmente un gasto innecesario? En serio necesito ese auto (aunque sea uno de ellos)
    Siempre me han reclamado por hacer "gastos innecesarios" cuando me siento bajo de ánimos Pero me pregunto.... Si todos en mi juego tienen autos lujosos de My little pony mientras que yo voy por ahí en un bochito del tamaño de un bicho que es más lento que mis ganas de existir ¿Es realmente un gasto innecesario? En serio necesito ese auto (aunque sea uno de ellos)
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  • #Seductivesunday

    La música en mi transmisión comenzó a transformarse, dejando atrás lo convencional para convertirse en una melodía magnética, casi hipnótica. Se sentía como un susurro clandestino que, poco a poco, cobraba una audacia irresistible, envolviendo el aire en una tensión compartida.
    En ese juego de sombras sonoras, mis labios desafiaban la distancia con el micrófono, rozándolo apenas, permitiendo que el roce se convirtiera en un secreto compartido. Mi voz se transformó en un elemento voluble: por momentos se alejaba, volviéndose un eco etéreo y distante, para luego regresar con una cercanía abrumadora, casi tangible contra el oído.
    Disfrutaba cada segundo de ese vaivén, deleitándome con la electricidad que enviaba a través de las ondas. Sabía perfectamente cómo vibraba cada palabra en el pecho de mis oyentes, y esa sensación —la de tener el control total sobre sus sentidos— era, simplemente, embriagadora.

    https://youtu.be/R8g_nRvLXp0?si=KArXhiyCT0n1Mc2D
    #Seductivesunday La música en mi transmisión comenzó a transformarse, dejando atrás lo convencional para convertirse en una melodía magnética, casi hipnótica. Se sentía como un susurro clandestino que, poco a poco, cobraba una audacia irresistible, envolviendo el aire en una tensión compartida. En ese juego de sombras sonoras, mis labios desafiaban la distancia con el micrófono, rozándolo apenas, permitiendo que el roce se convirtiera en un secreto compartido. Mi voz se transformó en un elemento voluble: por momentos se alejaba, volviéndose un eco etéreo y distante, para luego regresar con una cercanía abrumadora, casi tangible contra el oído. Disfrutaba cada segundo de ese vaivén, deleitándome con la electricidad que enviaba a través de las ondas. Sabía perfectamente cómo vibraba cada palabra en el pecho de mis oyentes, y esa sensación —la de tener el control total sobre sus sentidos— era, simplemente, embriagadora. https://youtu.be/R8g_nRvLXp0?si=KArXhiyCT0n1Mc2D
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  • — ¡Ah~! —

    Su cola se contorneaba en un suave movimiento por su alegría debido a la fecha y es que, aunque no era la más habilidosa en la cocina, incluso había hecho pequeños bombones de chocolates para su amada novia. Por supuesto, parte de la sorpresa que venía con el conjunto de ropa escogido mientras ahora en un divertido juego coqueto le daba de comer en la boca
    — ¡Ah~! — Su cola se contorneaba en un suave movimiento por su alegría debido a la fecha y es que, aunque no era la más habilidosa en la cocina, incluso había hecho pequeños bombones de chocolates para su amada novia. Por supuesto, parte de la sorpresa que venía con el conjunto de ropa escogido mientras ahora en un divertido juego coqueto le daba de comer en la boca
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  • Todos con pareja y yo más solitario que el juego de cartas.
    Todos con pareja y yo más solitario que el juego de cartas.
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  • Era temprano en la mañana pero él estaba despierto desde hacía aún más y es que se había asegurado de levantarse con cuidado de no despertar a Angel Dust, incluso colocando un dedo sobre sus labios en una señal silenciosa que le hizo al pequeño puerco antes de salir de la habitación.
    ¿El motivo? Sorprender a la araña, claro. Pues no se le pasaba la festividad de aquel particular día; una celebración que, por muchos años, pasó de ella tan sólo ahogando sus penas en una botella mientras se pasaba la vida jugando juegos en su casino.

    Ahora, mucho tiempo después, tenía motivos para celebrarlo. Un alma que se había convertido en su mitad y que, incluso, habían decidido unirse por la eternidad en una ceremonia matrimonial. ¿Creía que San Valentín era algo innecesario? Podía ser, después de todo no necesitaba de una fecha para demostrarle a Angel cuánto lo amaba, cuánto lo complementaba y cuánto había llenado aquel vacío en su vida.
    Pero sabía que el otro era cursi y que gustaba de aquellas cosas por lo que no necesitaba más motivo para participar de ellas.
    Tras algunas horas volvió, una pequeña bandeja entre sus manos con un pequeño desayuno que él preparó. Seguía sin ser tan habilidoso en la cocina como Anthony, claro, pero tampoco tenía mal sabor. Algunas galletas en forma de corazón, algunos cupcakes con alguna ñoña decoración romántica arriba de la crema, algunas golosinas pues eran infaltables los chocolates aunque había preparado un trago donde con golosinas lo había adornado. ¿Solía rechazar la idea de decorar con dulces sus tragos? Sí, pero a Angel le gustaba entonces esta vez había tocado hacerlo. Por supuesto, fue infaltable la tacita de chocolate caliente que le preparó.

    Abriendo la puerta con cuidado la cerró con la misma cautela con su cola antes de dirigirse a la cama. Un pequeño ronroneo se le escapó al ver al otro dormido, colocando la bandeja en la pequeña mesilla de luz para encender una radio cercana en un volumen intermedio y poderse sentar a su lado en el lecho para reclinarse depositando un pequeño beso en la cabeza ajena.

    — Despierta bello durmiente —

    Bromeó con una suave risa en lo que su ronroneo continuaba de forma sonora. Y es que aguardaría a que abriera los ojos para observarlo con cálida sonrisa, incluso quitándose el sombrero de la cabeza para sacar de su interior, en un pequeño truco de magia, una rosa que le extendió.

    — Feliz San Valentín, Angel —

    Le deseó no sólo enseñándole la bandeja de cosas que trajo también, sino además extendiéndole una mano en una invitación a que se levantara. ¿Por qué? Pues la canción que la radio transmitía no era otra que sino una que en vida habían bailado varias veces, un pequeño detalle adrede para sorprenderlo y ahora invitarlo a bailar también
    Era temprano en la mañana pero él estaba despierto desde hacía aún más y es que se había asegurado de levantarse con cuidado de no despertar a [Ange1Dust], incluso colocando un dedo sobre sus labios en una señal silenciosa que le hizo al pequeño puerco antes de salir de la habitación. ¿El motivo? Sorprender a la araña, claro. Pues no se le pasaba la festividad de aquel particular día; una celebración que, por muchos años, pasó de ella tan sólo ahogando sus penas en una botella mientras se pasaba la vida jugando juegos en su casino. Ahora, mucho tiempo después, tenía motivos para celebrarlo. Un alma que se había convertido en su mitad y que, incluso, habían decidido unirse por la eternidad en una ceremonia matrimonial. ¿Creía que San Valentín era algo innecesario? Podía ser, después de todo no necesitaba de una fecha para demostrarle a Angel cuánto lo amaba, cuánto lo complementaba y cuánto había llenado aquel vacío en su vida. Pero sabía que el otro era cursi y que gustaba de aquellas cosas por lo que no necesitaba más motivo para participar de ellas. Tras algunas horas volvió, una pequeña bandeja entre sus manos con un pequeño desayuno que él preparó. Seguía sin ser tan habilidoso en la cocina como Anthony, claro, pero tampoco tenía mal sabor. Algunas galletas en forma de corazón, algunos cupcakes con alguna ñoña decoración romántica arriba de la crema, algunas golosinas pues eran infaltables los chocolates aunque había preparado un trago donde con golosinas lo había adornado. ¿Solía rechazar la idea de decorar con dulces sus tragos? Sí, pero a Angel le gustaba entonces esta vez había tocado hacerlo. Por supuesto, fue infaltable la tacita de chocolate caliente que le preparó. Abriendo la puerta con cuidado la cerró con la misma cautela con su cola antes de dirigirse a la cama. Un pequeño ronroneo se le escapó al ver al otro dormido, colocando la bandeja en la pequeña mesilla de luz para encender una radio cercana en un volumen intermedio y poderse sentar a su lado en el lecho para reclinarse depositando un pequeño beso en la cabeza ajena. — Despierta bello durmiente — Bromeó con una suave risa en lo que su ronroneo continuaba de forma sonora. Y es que aguardaría a que abriera los ojos para observarlo con cálida sonrisa, incluso quitándose el sombrero de la cabeza para sacar de su interior, en un pequeño truco de magia, una rosa que le extendió. — Feliz San Valentín, Angel — Le deseó no sólo enseñándole la bandeja de cosas que trajo también, sino además extendiéndole una mano en una invitación a que se levantara. ¿Por qué? Pues la canción que la radio transmitía no era otra que sino una que en vida habían bailado varias veces, un pequeño detalle adrede para sorprenderlo y ahora invitarlo a bailar también
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  • *Ivonny suspiró mientras se "derritió" en el banco ancestral que venía a juego con la aún más ancestral caja registradora.
    Ahí, con los brazos desentendidos entre sus piernas entre abiertas y la frente en el borde de la mesa, pensó y dijo al aire:*

    — ¿Cómo era antes de... esto?

    *Bueno, al contrario del ser sin energía y casi transparente que es ahora, solía ser una chica estudiosa, sabía cuándo era 5+6 pero... ¿5x6?, no lo creo. Pensándolo bien... tal vez nunca fue distinta, solo fingía poner esfuerzos.*
    *Ivonny suspiró mientras se "derritió" en el banco ancestral que venía a juego con la aún más ancestral caja registradora. Ahí, con los brazos desentendidos entre sus piernas entre abiertas y la frente en el borde de la mesa, pensó y dijo al aire:* — ¿Cómo era antes de... esto? *Bueno, al contrario del ser sin energía y casi transparente que es ahora, solía ser una chica estudiosa, sabía cuándo era 5+6 pero... ¿5x6?, no lo creo. Pensándolo bien... tal vez nunca fue distinta, solo fingía poner esfuerzos.*
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  • « ¿No has sentido alguna vez esa necesidad de estar con alguien? »

    Una pregunta habitual. Entre confidencias, entre risas y anécdotas; siempre terminaba asomándose esa pregunta silenciosa e incómoda. La conversación parecía girar, una y otra vez, sobre la misma respuesta ambigua que daba cada vez.

    "No realmente."

    No. Realmente no necesitaba a alguien como decía. Realmente no sentía la necesidad de compartir, o más bien abrir, tanto su vida a otra persona. Los años desde su última relación le habían hecho desarrollar un gusto por la soledad o, quizá, por esa falta de rutina que se atiene a los horarios y gustos de alguien más. No debía levantarse temprano en los días de descanso para prepararse ante las visitas, no debía quebrarse la cabeza pensando qué almorzarian ese día ni tenía que complicarse con planes elaborados de actividades para hacer a lo largo del día. Cosas habituales que se habían vuelto una rutina cansada, agotadora, que odiaba volver a repetir.

    Cuando ya estaba tan metido en sí mismo, en su vida y su espacio, acostumbrado a sus horarios y opciones; ¿cómo iba a acoplarse nuevamente a alguien que intempestivamente cambiara sus esquemas? ¿Cómo iba decirle que, por ese día o unas horas, prefería no verle y pasar el tiempo encerrado en casa jugando video juegos o mirando televisión? ¿Cómo hacerlo sin que se malinterpretara o los sentimientos mermaran? Una relación, a esas alturas de su vida, era una ruptura en su rutina, en su esencia. En su comodidad.

    "No es algo que necesite".

    No ahora. No pronto. No hasta quién sabe cuando. A Vincent siempre le había costado visualizarse en todo; era el último en responder esa pregunta cliché que hacía recursos humanos para motivar a los trabajadores: "¿cómo te ves de aquí a cinco años?" Su respuesta siempre era la misma, pero no tenía sentido ni lograba hacerse a la idea. Desde la universidad no se había imaginado en una relación, mucho menos casado y ni hablar de los hijos. En alguna ocasión la idea le cruzó por la cabeza, fugaz y de ensueño, pero con el tiempo se evaporó hasta ser olvidada.

    El amor, últimamente, se le hacía complicado y más complejo le resultaba conocer personas. Siempre estaba trabajando y, cuando no lo hacía, estaba en casa con sus gatos. Vincent nunca había sido una persona de salir ni de verse extrovertido, siempre era reservado, tímido y callado. Con esos factores en contra, ¿cómo es que iba a conocer a alguien? En el trabajo no había nadie que ocasionara esa chispa, esa curiosidad, ese gusto. Para él solo era una rutina donde sus compañeros eran eso y nada más, amigos y compañeros con los que mantenía una estabilidad social mas no una compatibilidad emocional. Si en el único lugar que frecuentaba no sentía nada, ¿cómo iba a poder desarrollar una relación?

    ¿Presentarle a alguien? Ni hablar. ¿Una cita a ciegas? Ni de broma. ¿Siquiera por curiosidad? No, podía morir perfectamente sin saber cómo se sentía amar o, más bien, cómo volver a amar.

    Vincent sabía lo que quería y lo que no quería. Mantener su libertad sin perder sus gustos, respetar sus límites sin arriesgar su seguridad, tener la cabez fría y no dejar que su corazón tomara nuevamente decisiones equivocadas. Y, al final, siempre terminaba negándose a experimentar porque sus conocidos no eran los casos de éxito ideales: Infidelidades, divorcios apresurados por engaños, demandas de atención excesivas, posesión desmedida y ciclos repetitivos de violencia difíciles de romper. ¿Con qué ánimos se podía aventurar a volver a experimentar cuando nada le motivaba a intentar?

    Y, aún así, siempre existía la espinita que lo hacía reflexionar. ¿Alguna vez se iba a poder enamorar? ¿Alguna vez iba a poder sentir otra vez ese calor en el pecho por la emoción? ¿Sentiria de nuevo las mariposas en el estómago? ¿Alguna vez hallaría paz y seguridad en otra persona? Quizá sí, quizá no. El tiempo le daría algún día la respuesta, tendría la razón o la vida lo golpearía por su error.

    El amor es complicado. Más para los asustados a salir lastimados otra vez, y para los que temen perder nuevamente sus sentimientos valiosos por error.
    « ¿No has sentido alguna vez esa necesidad de estar con alguien? » Una pregunta habitual. Entre confidencias, entre risas y anécdotas; siempre terminaba asomándose esa pregunta silenciosa e incómoda. La conversación parecía girar, una y otra vez, sobre la misma respuesta ambigua que daba cada vez. "No realmente." No. Realmente no necesitaba a alguien como decía. Realmente no sentía la necesidad de compartir, o más bien abrir, tanto su vida a otra persona. Los años desde su última relación le habían hecho desarrollar un gusto por la soledad o, quizá, por esa falta de rutina que se atiene a los horarios y gustos de alguien más. No debía levantarse temprano en los días de descanso para prepararse ante las visitas, no debía quebrarse la cabeza pensando qué almorzarian ese día ni tenía que complicarse con planes elaborados de actividades para hacer a lo largo del día. Cosas habituales que se habían vuelto una rutina cansada, agotadora, que odiaba volver a repetir. Cuando ya estaba tan metido en sí mismo, en su vida y su espacio, acostumbrado a sus horarios y opciones; ¿cómo iba a acoplarse nuevamente a alguien que intempestivamente cambiara sus esquemas? ¿Cómo iba decirle que, por ese día o unas horas, prefería no verle y pasar el tiempo encerrado en casa jugando video juegos o mirando televisión? ¿Cómo hacerlo sin que se malinterpretara o los sentimientos mermaran? Una relación, a esas alturas de su vida, era una ruptura en su rutina, en su esencia. En su comodidad. "No es algo que necesite". No ahora. No pronto. No hasta quién sabe cuando. A Vincent siempre le había costado visualizarse en todo; era el último en responder esa pregunta cliché que hacía recursos humanos para motivar a los trabajadores: "¿cómo te ves de aquí a cinco años?" Su respuesta siempre era la misma, pero no tenía sentido ni lograba hacerse a la idea. Desde la universidad no se había imaginado en una relación, mucho menos casado y ni hablar de los hijos. En alguna ocasión la idea le cruzó por la cabeza, fugaz y de ensueño, pero con el tiempo se evaporó hasta ser olvidada. El amor, últimamente, se le hacía complicado y más complejo le resultaba conocer personas. Siempre estaba trabajando y, cuando no lo hacía, estaba en casa con sus gatos. Vincent nunca había sido una persona de salir ni de verse extrovertido, siempre era reservado, tímido y callado. Con esos factores en contra, ¿cómo es que iba a conocer a alguien? En el trabajo no había nadie que ocasionara esa chispa, esa curiosidad, ese gusto. Para él solo era una rutina donde sus compañeros eran eso y nada más, amigos y compañeros con los que mantenía una estabilidad social mas no una compatibilidad emocional. Si en el único lugar que frecuentaba no sentía nada, ¿cómo iba a poder desarrollar una relación? ¿Presentarle a alguien? Ni hablar. ¿Una cita a ciegas? Ni de broma. ¿Siquiera por curiosidad? No, podía morir perfectamente sin saber cómo se sentía amar o, más bien, cómo volver a amar. Vincent sabía lo que quería y lo que no quería. Mantener su libertad sin perder sus gustos, respetar sus límites sin arriesgar su seguridad, tener la cabez fría y no dejar que su corazón tomara nuevamente decisiones equivocadas. Y, al final, siempre terminaba negándose a experimentar porque sus conocidos no eran los casos de éxito ideales: Infidelidades, divorcios apresurados por engaños, demandas de atención excesivas, posesión desmedida y ciclos repetitivos de violencia difíciles de romper. ¿Con qué ánimos se podía aventurar a volver a experimentar cuando nada le motivaba a intentar? Y, aún así, siempre existía la espinita que lo hacía reflexionar. ¿Alguna vez se iba a poder enamorar? ¿Alguna vez iba a poder sentir otra vez ese calor en el pecho por la emoción? ¿Sentiria de nuevo las mariposas en el estómago? ¿Alguna vez hallaría paz y seguridad en otra persona? Quizá sí, quizá no. El tiempo le daría algún día la respuesta, tendría la razón o la vida lo golpearía por su error. El amor es complicado. Más para los asustados a salir lastimados otra vez, y para los que temen perder nuevamente sus sentimientos valiosos por error.
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