• Pues solo avisare de algo, no me atraen para nada los hombres de color, asi que desde ya, ellos si se acerca automáticamente pasan a la Friendzone.
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    Me gusta ir a Club de la familia Queen, en ese lugar me reciben con sonrisas sinceras, me llaman “señor Oz” con respeto y no con miedo, siempre hay una mesa lista. Jennifer insiste en que disfrute lo que ha construido, aunque a veces siento que exageran con las atenciones.

    Esa noche la vi por primera vez. Cabello oscuro, sonrisa fácil, ojos que parecían analizarlo todo. Se sentó a mi lado como si me conociera de toda la vida. Hablamos de cosas simples: música, viajes, el clima. Ella reía más de lo necesario, pero no me incomodó, supuse que solo era amable.

    "Deberíamos salir un día" me dijo, como si nada.

    No le vi problema. Una cena, conversación tranquila algo normal. Hace tiempo que no tengo algo parecido asi que acepté.

    El restaurante era distinto al club. Más elegante, más silencioso. Nadie me reconoció al entrar, tampoco nadie corrió a atenderme. Me pareció curioso, pero no le di importancia. Tal vez aquí simplemente trabajan de otra manera.

    Ella parecía muy cómoda cuando llegue, pidió mucha comida a pesar que no parecia comer tanto. Por mi parte pedi como era mi costumbre en el club, a diferencia de ella, yo si terminaba mi comida. Yo creo que esa muchacha queria probar de todo un poco, supongo que esta bien.

    La chica hablaba mucho sobre lujos, viajes, sobre “la vida que le gustaría tener”. Yo escuchaba. No entendía del todo por qué me decía esas cosas, pero asentía de vez en cuando.

    Entonces la misma mesera que me recibió al entrar, traia una nota que decia que era la cuenta y la dejo frente a mí. La miré y por un momento no supe qué hacer, esperé... Pensé que alguien vendría, como en el club. Tal vez era parte del servicio, o una formalidad. Incluso miré alrededor, esperando ver a alguien acercarse con esa sonrisa conocida de “no se preocupe, señor Oz”. Pero nadie vino.

    "¿Todo bien?" preguntó ella, inclinándose un poco hacia mí.

    "Sí… claro" le respondí, aunque no lo tenía tan claro volví a mirar el papel.

    "Ah... Así que aquí… sí se paga."

    No dije nada más. Solo tomé la cuenta con cierta torpeza, como si fuera la primera vez que veía algo así. Porque, en cierto modo, lo era. Supongo que Jennifer olvidó mencionarme ese detalle.

    Si destruyo el lugar me libraría de esa cuenta, pero se que a Jennifer no le gustara que haga algo como eso. Al final, la chica desaparco y un par de hombres con ropa azul me escoltaron afuera. Me pusieron unas cosas en las muñecas aunque tuve que tener mucho cuidado para no romperlas ya que se veían muy frágiles, dijeron que me llevarían al bote. No se que es eso, pero al menos podre subirme a uno de esos autos ruidosos con luces.
    Me gusta ir a Club de la familia Queen, en ese lugar me reciben con sonrisas sinceras, me llaman “señor Oz” con respeto y no con miedo, siempre hay una mesa lista. Jennifer insiste en que disfrute lo que ha construido, aunque a veces siento que exageran con las atenciones. Esa noche la vi por primera vez. Cabello oscuro, sonrisa fácil, ojos que parecían analizarlo todo. Se sentó a mi lado como si me conociera de toda la vida. Hablamos de cosas simples: música, viajes, el clima. Ella reía más de lo necesario, pero no me incomodó, supuse que solo era amable. "Deberíamos salir un día" me dijo, como si nada. No le vi problema. Una cena, conversación tranquila algo normal. Hace tiempo que no tengo algo parecido asi que acepté. El restaurante era distinto al club. Más elegante, más silencioso. Nadie me reconoció al entrar, tampoco nadie corrió a atenderme. Me pareció curioso, pero no le di importancia. Tal vez aquí simplemente trabajan de otra manera. Ella parecía muy cómoda cuando llegue, pidió mucha comida a pesar que no parecia comer tanto. Por mi parte pedi como era mi costumbre en el club, a diferencia de ella, yo si terminaba mi comida. Yo creo que esa muchacha queria probar de todo un poco, supongo que esta bien. La chica hablaba mucho sobre lujos, viajes, sobre “la vida que le gustaría tener”. Yo escuchaba. No entendía del todo por qué me decía esas cosas, pero asentía de vez en cuando. Entonces la misma mesera que me recibió al entrar, traia una nota que decia que era la cuenta y la dejo frente a mí. La miré y por un momento no supe qué hacer, esperé... Pensé que alguien vendría, como en el club. Tal vez era parte del servicio, o una formalidad. Incluso miré alrededor, esperando ver a alguien acercarse con esa sonrisa conocida de “no se preocupe, señor Oz”. Pero nadie vino. "¿Todo bien?" preguntó ella, inclinándose un poco hacia mí. "Sí… claro" le respondí, aunque no lo tenía tan claro volví a mirar el papel. "Ah... Así que aquí… sí se paga." No dije nada más. Solo tomé la cuenta con cierta torpeza, como si fuera la primera vez que veía algo así. Porque, en cierto modo, lo era. Supongo que Jennifer olvidó mencionarme ese detalle. Si destruyo el lugar me libraría de esa cuenta, pero se que a Jennifer no le gustara que haga algo como eso. Al final, la chica desaparco y un par de hombres con ropa azul me escoltaron afuera. Me pusieron unas cosas en las muñecas aunque tuve que tener mucho cuidado para no romperlas ya que se veían muy frágiles, dijeron que me llevarían al bote. No se que es eso, pero al menos podre subirme a uno de esos autos ruidosos con luces.
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  • Claramente le pusieron una paliza por ser un mal educado frente a su majestad. Muy demonio y todo pero no había tenido oportunidad con esos mayordomos vestidos de blanco. Era otra lección más en su lista de cosas por las cuales vengarse cuando ya fuera un demonio adulto hecho y derecho.

    La reina observó al chico. Conocía todos los rumores que decían de él y vió una oportunidad en ese desorden. Si Inglaterra estaba en planes de obtener aquellas muñecas bizarras como armas, ¿Porqué no tener a un demonio también?

    La señora se sentó junto al chico y le tomó de la mano como si fuera una abuela a su nieto. Akashi se puso alerta, no se movió en absoluto por las miradas de aquellos hombres pero estaba dispuesto a atacarla si se sentia en peligro.

    Ella no sabía exactamente de la naturaleza del chico, pero estaba segura que tenía un cuerpo peculiar. Después de todo, jamás había visto colmillos tan grandes.

    — Querido niño — Le diría con la mayor gentileza de todas:— ¿Puedes decirme lo que eres? —.

    ¿Debía? ¿Podía? Su padre jamás le decía a las personas que era un demonio ¿Era válido decirlo? ¿No habría consecuencias? O quizá.... ¿Podría formar un contrato justo ahí? No, no quería contratos, su intuición le decía que nada bueno saldría de ello.

    — No pareces una persona común. He escuchado que incluso haz doblado el acero de las rejas de tu ventana — El chico no sabía que hacer, quizá podría alejarse como típico adolescente haciendo rabieta y ya, pero seguro iba a recibir un castigo o peor aún, ser hechado a la calle o ejecutado.

    ¿Qué debía hacer?
    🥀 Claramente le pusieron una paliza por ser un mal educado frente a su majestad. Muy demonio y todo pero no había tenido oportunidad con esos mayordomos vestidos de blanco. Era otra lección más en su lista de cosas por las cuales vengarse cuando ya fuera un demonio adulto hecho y derecho. La reina observó al chico. Conocía todos los rumores que decían de él y vió una oportunidad en ese desorden. Si Inglaterra estaba en planes de obtener aquellas muñecas bizarras como armas, ¿Porqué no tener a un demonio también? La señora se sentó junto al chico y le tomó de la mano como si fuera una abuela a su nieto. Akashi se puso alerta, no se movió en absoluto por las miradas de aquellos hombres pero estaba dispuesto a atacarla si se sentia en peligro. Ella no sabía exactamente de la naturaleza del chico, pero estaba segura que tenía un cuerpo peculiar. Después de todo, jamás había visto colmillos tan grandes. — Querido niño — Le diría con la mayor gentileza de todas:— ¿Puedes decirme lo que eres? —. ¿Debía? ¿Podía? Su padre jamás le decía a las personas que era un demonio ¿Era válido decirlo? ¿No habría consecuencias? O quizá.... ¿Podría formar un contrato justo ahí? No, no quería contratos, su intuición le decía que nada bueno saldría de ello. — No pareces una persona común. He escuchado que incluso haz doblado el acero de las rejas de tu ventana — El chico no sabía que hacer, quizá podría alejarse como típico adolescente haciendo rabieta y ya, pero seguro iba a recibir un castigo o peor aún, ser hechado a la calle o ejecutado. ¿Qué debía hacer?
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  • 𝐋𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐞 𝐧𝐢𝐞𝐠𝐚 𝐚 𝐦𝐨𝐫𝐢𝐫
    Fandom Resident Evil
    Categoría Videojuegos

    ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ𝟏𝟎 𝒅𝒆 𝒇𝒆𝒃𝒓𝒆𝒓𝒐, 𝟐𝟎𝟐𝟏

    Con lo último que le quedaba de aliento, Ethan empujó a Chris en aquel paso, antes que las vid de la megamiceta cubrieran todo y obstaculizara el paso, dejando a ambos separados.

    Con su mano izquierda, la que tan solo quedó con tres dedos, sostuvo el detonador de la bomba con fuerza mientras observó por última vez a la bebé en los brazos ajenos. El ardor en sus ojos fue intenso, la culpa por no haber podido hacer más lo carcomía. Debió hacer mucho más. Pero eso era lo que quedaba y lo mínimo que pudo hacer para darles tiempo al escuadrón y su esposa e hija en irse de allí.

    —Adiós, Rosemary. —su voz tembló antes de retroceder con dificultad, tanto por toda la carga física, el estar deteriorándose y el dolor de tener que abandonar a su pequeña. Todo por ella. Por eso volvió al corazón de la megamiceta, la cual se irguió con impotencia. Pocos segundos después, apretó el detonador.

    La explosión cubrió toda la aldea. Un destello enorme de luz que deshizo todo a su paso sin importar el tipo de tejido o estructura, hundiendo el terreno en un gran pozo. Finalmente había terminado, Miranda no volvería, la megamiceta fue destruída. Ethan hizo todo lo que estuvo en su poder para cumplir con su promesa de que los monstruos no alcanzarían a Rose.

    O eso se creyó al principio.


    ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ𝟏𝟓 𝒅𝒆 𝒇𝒆𝒃𝒓𝒆𝒓𝒐, 𝟐𝟎𝟐𝟏

    No sirvió.

    La megamiceta no cedió; en cambio, pareció enfurecerse por el intento en vano de ser eliminada. Como mutomiceta comenzó a expandirse por todos lados, abarcando diferentes territorios, diferentes pueblos. No fue una rapidez abrumadora, pero sí la suficiente para alertar. Las esporas que dejaba a su paso infectaban, mutaban a todo organismo que las inhalara por apenas un mínimo de segundo.

    El hongo se expandió en puntos estratégicos, unas especies de colmenas, donde se concentraba más el poder para evitar ser destruído con facilidad, fueron distribuídas en diferentes puntos. Se aferraba con total fervor a lo que tuviera cerca.

    Las personas que fueron desafortunadas viviendo en los pueblos más cercanos ni siquiera tuvieron el tiempo suficiente de entender lo que ocurría. Enfermaron de forma abrupta para luego despertar como mutaciones. Sin embargo, los pocos que lograron sobrevivir en lugares un poco más alejados pudieron dar el aviso. Pero no solo se trataba de personas o animales actuando raro y con malformaciones que podrían aterrar hasta el adulto más valiente, sino que hubo avistamientos de otro tipo de gente… algunos ni siquiera estaban seguros de que lo fueran. Se veían demasiado altos y con un porte intimidante, caminando de forma firme alrededor y deshaciéndose de los humanos infectados o lo que fuera que tuvieran en frente como si se trataran de simples gusanos. Nadie se quedaba lo suficiente para verlos mejor o siquiera intentar preguntar nada.


    ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ𝟏𝟔 𝒅𝒆 𝒇𝒆𝒃𝒓𝒆𝒓𝒐, 𝟐𝟎𝟐𝟏

    El aire quemó, pero era imposible no querer inhalar más y más para llenar sus pulmones. Tosió, se ahogó con su propia desesperación por respirar mientras que el movimiento por los espasmos apenas lo dejaba entender qué estaba pasando.

    La mente de Ethan era un caos de confusión, con una abrumadora sensación de dolor y de que algo estaba terriblemente mal.

    No podía ver demasiado, apenas unos pocos rayos de luz colándose entre los escombros. Sentía un peso encima suyo, una presión directa en su pecho que por unos segundos no supo si era real o solamente una ilusión.

    ¿Qué es lo que ocurrió?

    Apenas tenía fragmentos de los eventos anteriores que no le daban ninguna tranquilidad y solo traían más preguntas. También parecía sentir como si hubiera otra voz en su mente intentando colarse.. no, no era una sola voz. Eran muchas, superpuestas e imposibles de entender, ¿qué era? ¿quiénes?

    Movió apenas sus brazos, los únicos que parecían tener la libertad suficiente para hacerlo, y trató de aferrarse a lo que sea. Dolió al principio, pero pudo empezar a arrastrarse al ir elevando de a poco su cuerpo. Se sentía sospechosamente liviano a pesar de las circunstancias. No lo pensó mucho, su cabeza explotaba del dolor.

    De a poco la luz se hizo más intensa hasta que, al final, el aire frío chocó contra su rostro. Miró hacia todos lados, hacia la destrucción, y algunas cosas llegaron a su mente. Estaba buscando… ¿y había personas? Algo como hombres lobo. Y esos extraños sujetos… Dimitrescu, Beneviento, Moreau, Heisenberg… Sí, los recordó. Y a Miranda.

    —Rose… —apenas salió aire de entre sus labios antes de continuar arrastrándose, solo entonces mirando hacia abajo, a sus piernas… o donde se suponía que debían estar.

    Gritó, más por la sorpresa que por alguna clase de dolor. La parte inferior de su cuerpo no estaba, pero ni siquiera había sangre u órganos esparcidos, sino un líquido negro. De hecho, gran parte de lo que quedaba de su cuerpo estaba cubierto de ello. El hongo se movía de forma lenta, pero persistente, como si algo estuviera recordando cómo debía ser y tratando de reconstruirlo

    Al estar boca abajo se volteó, tocando con manos temblorosas su cintura, el extremo donde ya luego no había nada excepto esa masa negra.

    —¿Q-Qué carajos…? —su mano izquierda estaba bien, tenía sus dos dedos faltantes. Y habría sido perfecto que sus piernas también aparecieran. Pero era extraño, ¿cómo es que estaba vivo? No se suponía que lo estuviera. Se había estado deteriorando, secando.

    Casi como si fuera orden, el hongo continuó moviéndose, poco a poco aumentando la masa desde la cintura de Ethan, dando espacio a moldearse y tomar el aspecto de sus piernas de nuevo, incluyendo su ropa. Era extraño, como una extensión ajena a él conjunto con entumecimiento.

    El estar estupefacto duró poco, o más bien, no lo suficiente. Una vez sus piernas estuvieron completas se puso de pie. Tambaleó bastante hasta que logró quedar estable, una vez más viendo todo lo que lo rodeaba. Las vid de la mutomiceta se extendían, no tan gruesas como lo fueron antes, pero seguían vivas, moviéndose con sutileza.

    —¿Por qué nada se queda muerto a la primera? —vociferó con frustración, pero también era algo conveniente. Eso se aplicaba a él, y todavía estaba ahí.

    No era momento de preguntas, tenía que buscar la forma de salir de ahí. Si la bomba no funcionó entonces solo significaba una cosa: su trabajo no terminó. Daba igual su estado, primero era asegurarse que la megamiceta sea eliminada de una vez. Solo así estaría tranquilo de que su hija no correría peligro.

    ▔▔▔▔▔▔▔▔▔▔▔▔▔▔▔

    𝐀𝐃𝐀 𝐖𝐎𝐍𝐆
    LEON S KENNEDY
    𝓡𝓮𝓫𝓮𝓬𝓬𝓪 𝓒𝓱𝓪𝓶𝓫𝓮𝓻𝓼

    ▔▔▔▔▔▔▔▔▔▔▔▔▔▔▔
    ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ𝟏𝟎 𝒅𝒆 𝒇𝒆𝒃𝒓𝒆𝒓𝒐, 𝟐𝟎𝟐𝟏 Con lo último que le quedaba de aliento, Ethan empujó a Chris en aquel paso, antes que las vid de la megamiceta cubrieran todo y obstaculizara el paso, dejando a ambos separados. Con su mano izquierda, la que tan solo quedó con tres dedos, sostuvo el detonador de la bomba con fuerza mientras observó por última vez a la bebé en los brazos ajenos. El ardor en sus ojos fue intenso, la culpa por no haber podido hacer más lo carcomía. Debió hacer mucho más. Pero eso era lo que quedaba y lo mínimo que pudo hacer para darles tiempo al escuadrón y su esposa e hija en irse de allí. —Adiós, Rosemary. —su voz tembló antes de retroceder con dificultad, tanto por toda la carga física, el estar deteriorándose y el dolor de tener que abandonar a su pequeña. Todo por ella. Por eso volvió al corazón de la megamiceta, la cual se irguió con impotencia. Pocos segundos después, apretó el detonador. La explosión cubrió toda la aldea. Un destello enorme de luz que deshizo todo a su paso sin importar el tipo de tejido o estructura, hundiendo el terreno en un gran pozo. Finalmente había terminado, Miranda no volvería, la megamiceta fue destruída. Ethan hizo todo lo que estuvo en su poder para cumplir con su promesa de que los monstruos no alcanzarían a Rose. O eso se creyó al principio. ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ𝟏𝟓 𝒅𝒆 𝒇𝒆𝒃𝒓𝒆𝒓𝒐, 𝟐𝟎𝟐𝟏 No sirvió. La megamiceta no cedió; en cambio, pareció enfurecerse por el intento en vano de ser eliminada. Como mutomiceta comenzó a expandirse por todos lados, abarcando diferentes territorios, diferentes pueblos. No fue una rapidez abrumadora, pero sí la suficiente para alertar. Las esporas que dejaba a su paso infectaban, mutaban a todo organismo que las inhalara por apenas un mínimo de segundo. El hongo se expandió en puntos estratégicos, unas especies de colmenas, donde se concentraba más el poder para evitar ser destruído con facilidad, fueron distribuídas en diferentes puntos. Se aferraba con total fervor a lo que tuviera cerca. Las personas que fueron desafortunadas viviendo en los pueblos más cercanos ni siquiera tuvieron el tiempo suficiente de entender lo que ocurría. Enfermaron de forma abrupta para luego despertar como mutaciones. Sin embargo, los pocos que lograron sobrevivir en lugares un poco más alejados pudieron dar el aviso. Pero no solo se trataba de personas o animales actuando raro y con malformaciones que podrían aterrar hasta el adulto más valiente, sino que hubo avistamientos de otro tipo de gente… algunos ni siquiera estaban seguros de que lo fueran. Se veían demasiado altos y con un porte intimidante, caminando de forma firme alrededor y deshaciéndose de los humanos infectados o lo que fuera que tuvieran en frente como si se trataran de simples gusanos. Nadie se quedaba lo suficiente para verlos mejor o siquiera intentar preguntar nada. ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ𝟏𝟔 𝒅𝒆 𝒇𝒆𝒃𝒓𝒆𝒓𝒐, 𝟐𝟎𝟐𝟏 El aire quemó, pero era imposible no querer inhalar más y más para llenar sus pulmones. Tosió, se ahogó con su propia desesperación por respirar mientras que el movimiento por los espasmos apenas lo dejaba entender qué estaba pasando. La mente de Ethan era un caos de confusión, con una abrumadora sensación de dolor y de que algo estaba terriblemente mal. No podía ver demasiado, apenas unos pocos rayos de luz colándose entre los escombros. Sentía un peso encima suyo, una presión directa en su pecho que por unos segundos no supo si era real o solamente una ilusión. ¿Qué es lo que ocurrió? Apenas tenía fragmentos de los eventos anteriores que no le daban ninguna tranquilidad y solo traían más preguntas. También parecía sentir como si hubiera otra voz en su mente intentando colarse.. no, no era una sola voz. Eran muchas, superpuestas e imposibles de entender, ¿qué era? ¿quiénes? Movió apenas sus brazos, los únicos que parecían tener la libertad suficiente para hacerlo, y trató de aferrarse a lo que sea. Dolió al principio, pero pudo empezar a arrastrarse al ir elevando de a poco su cuerpo. Se sentía sospechosamente liviano a pesar de las circunstancias. No lo pensó mucho, su cabeza explotaba del dolor. De a poco la luz se hizo más intensa hasta que, al final, el aire frío chocó contra su rostro. Miró hacia todos lados, hacia la destrucción, y algunas cosas llegaron a su mente. Estaba buscando… ¿y había personas? Algo como hombres lobo. Y esos extraños sujetos… Dimitrescu, Beneviento, Moreau, Heisenberg… Sí, los recordó. Y a Miranda. —Rose… —apenas salió aire de entre sus labios antes de continuar arrastrándose, solo entonces mirando hacia abajo, a sus piernas… o donde se suponía que debían estar. Gritó, más por la sorpresa que por alguna clase de dolor. La parte inferior de su cuerpo no estaba, pero ni siquiera había sangre u órganos esparcidos, sino un líquido negro. De hecho, gran parte de lo que quedaba de su cuerpo estaba cubierto de ello. El hongo se movía de forma lenta, pero persistente, como si algo estuviera recordando cómo debía ser y tratando de reconstruirlo Al estar boca abajo se volteó, tocando con manos temblorosas su cintura, el extremo donde ya luego no había nada excepto esa masa negra. —¿Q-Qué carajos…? —su mano izquierda estaba bien, tenía sus dos dedos faltantes. Y habría sido perfecto que sus piernas también aparecieran. Pero era extraño, ¿cómo es que estaba vivo? No se suponía que lo estuviera. Se había estado deteriorando, secando. Casi como si fuera orden, el hongo continuó moviéndose, poco a poco aumentando la masa desde la cintura de Ethan, dando espacio a moldearse y tomar el aspecto de sus piernas de nuevo, incluyendo su ropa. Era extraño, como una extensión ajena a él conjunto con entumecimiento. El estar estupefacto duró poco, o más bien, no lo suficiente. Una vez sus piernas estuvieron completas se puso de pie. Tambaleó bastante hasta que logró quedar estable, una vez más viendo todo lo que lo rodeaba. Las vid de la mutomiceta se extendían, no tan gruesas como lo fueron antes, pero seguían vivas, moviéndose con sutileza. —¿Por qué nada se queda muerto a la primera? —vociferó con frustración, pero también era algo conveniente. Eso se aplicaba a él, y todavía estaba ahí. No era momento de preguntas, tenía que buscar la forma de salir de ahí. Si la bomba no funcionó entonces solo significaba una cosa: su trabajo no terminó. Daba igual su estado, primero era asegurarse que la megamiceta sea eliminada de una vez. Solo así estaría tranquilo de que su hija no correría peligro. ▔▔▔▔▔▔▔▔▔▔▔▔▔▔▔ [glimmer_salmon_owl_865] [Leon_Kennedy] [mirage_brass_snake_762] ▔▔▔▔▔▔▔▔▔▔▔▔▔▔▔
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  • Aquella última noche...
    Fandom The Vampire Diaries
    Categoría Drama
    ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ𝑟o𝑙 𝑐o𝑛 Rebekah Mikaelson


    Se acercaba el final del siglo XVIII, y la familia Claire era una familia bastante reconocida en el círculo de brujos del Barrio Francés. Una familia de brujos hábiles y poderosos a cuya linea sanguínea pertenecía Chris. Chris no tenía la capacidad de hacer magia por sí solo. Era solo capaz de hacerlo cuando absorbía magia de otra fuente. Una rareza dentro de la familia y de la ciudad. Por lo que Chris lejos de envidiar las habilidades mágicas de su hermana menor Mary Alice, se dedicó a estudiar sobre mitos, magia y objetos mágicos. Además, al no ser un brujo como su hermana, no se esperaba de él que liderase a la familia en el futuro. Lo que le dejaba mucho tiempo para sus quehaceres y su amplia vida social.

    Al margen de sus dotes sociales y de su encanto, Christopher era un alma caritativa y compasiva. Incapaz de dejar pasar las injusticias. A menudo su buen juicio le granjeaba más de algún apuro del que habia costado salir airoso. Como aquel día…

    Caminaba desde su casa hacia la taberna donde solía alternar algunas noches cuando escuchó algunas voces masculinas, no necesitó afinar demasiado el oído para escuchar las groserías que decían. Sus pasos, sin pensarlo, sin meditarlo, siguieron el camino de aquellas voces hasta dar con cuatro hombres quienes habían acorralado a una mujer.

    La reconocía. No habia hablado con ella nunca antes, pero la reconocía. Era la hermana de Klaus Mikaelson y, de haber sabido lo que supo después puede que jamás hubiera intentado apartar a la fiera de sus presas. Y es que Rebekah era solo un vampiro en busca de su cena, provocándoles y tratando de desatar sus instintos más repulsivos solo para tener una excusa para hincarles el diente.

    -¡Ya habéis oído a la dama! -exclamó el rubio acercándose a la escena- Dejadla en paz… Asi no es como se trata a una señorita, caballeros.

    Uno de aquellos tipos se giró hacia Chris.

    -¿Quién va a enseñarnos, pues? ¿Tú? -preguntó.

    Chris se encogió de hombros con una expresión bastante confiada, pues no habia habido pelea que no hubiese ganado.

    -Alguien tendrá que hacerlo…

    Y ahí empezó todo…
    ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ𝑟o𝑙 𝑐o𝑛 [barbiemikaels0n] Se acercaba el final del siglo XVIII, y la familia Claire era una familia bastante reconocida en el círculo de brujos del Barrio Francés. Una familia de brujos hábiles y poderosos a cuya linea sanguínea pertenecía Chris. Chris no tenía la capacidad de hacer magia por sí solo. Era solo capaz de hacerlo cuando absorbía magia de otra fuente. Una rareza dentro de la familia y de la ciudad. Por lo que Chris lejos de envidiar las habilidades mágicas de su hermana menor Mary Alice, se dedicó a estudiar sobre mitos, magia y objetos mágicos. Además, al no ser un brujo como su hermana, no se esperaba de él que liderase a la familia en el futuro. Lo que le dejaba mucho tiempo para sus quehaceres y su amplia vida social. Al margen de sus dotes sociales y de su encanto, Christopher era un alma caritativa y compasiva. Incapaz de dejar pasar las injusticias. A menudo su buen juicio le granjeaba más de algún apuro del que habia costado salir airoso. Como aquel día… Caminaba desde su casa hacia la taberna donde solía alternar algunas noches cuando escuchó algunas voces masculinas, no necesitó afinar demasiado el oído para escuchar las groserías que decían. Sus pasos, sin pensarlo, sin meditarlo, siguieron el camino de aquellas voces hasta dar con cuatro hombres quienes habían acorralado a una mujer. La reconocía. No habia hablado con ella nunca antes, pero la reconocía. Era la hermana de Klaus Mikaelson y, de haber sabido lo que supo después puede que jamás hubiera intentado apartar a la fiera de sus presas. Y es que Rebekah era solo un vampiro en busca de su cena, provocándoles y tratando de desatar sus instintos más repulsivos solo para tener una excusa para hincarles el diente. -¡Ya habéis oído a la dama! -exclamó el rubio acercándose a la escena- Dejadla en paz… Asi no es como se trata a una señorita, caballeros. Uno de aquellos tipos se giró hacia Chris. -¿Quién va a enseñarnos, pues? ¿Tú? -preguntó. Chris se encogió de hombros con una expresión bastante confiada, pues no habia habido pelea que no hubiese ganado. -Alguien tendrá que hacerlo… Y ahí empezó todo…
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    ***Edad del Caos***
    - Helior Prime y los Pecados de Padre e Hija.

    Con el paso de los años, la aldea nómada dejó de ser un refugio temporal para Yen y se convirtió en su verdadero hogar. Bajo cielos abiertos y lejos del juicio de otros, creció como una más entre los suyos. Cazaba junto a Onix, aprendía de los mayores y, por primera vez en su vida, no era vista como algo extraño ni como un error.

    Ese entorno de calma tuvo un efecto inesperado en ella, el poder de Yen dejó de hacerla crecer de forma descontrolada. Ya no era una llama salvaje que amenazaba con devorarlo todo, sino un fuego contenido, estable, que crecía al ritmo de su propia vida. Como cualquier otra niña aunque en su interior habitara algo mucho más antiguo.

    Aun así, había algo que nunca cambiaba. Una vez al mes su padre venía pero no lo hacía con su verdadero cuerpo, nunca se arriesgaría a exponerla. En su lugar, pequeños animales aparecían en los límites de la aldea: un cuervo de ojos oscuros, un lobo silencioso, incluso criaturas más pequeñas que pasaban desapercibidas. Nadie sospechaba nada.

    Pero Yen sí lo sabía., podía sentirlo, no era presencia, no era mana, era algo más profundo, un eco, una resonancia que nacía desde lo más hondo de su existencia.

    Del mismo modo en que Oz, en un tiempo olvidado, podía reconocer a aquellos seres nacidos del gran poder sin necesidad de palabras ni nombres, Yen podía reconocerlo a él porque estaban conectados.

    Oz nunca rompió su vínculo con el poder original y Yen comenzaba a formar el suyo, no era algo aprendido, era algo que simplemente ocurría.

    Por eso, cada mes, cuando ese eco aparecía, Yen sonreía sin importar dónde estuviera. Sabía que su padre la estaba observando, sabía que seguía con vida.

    Mientras tanto, el mundo seguía ardiendo, lo que comenzó como una venganza, se convirtió en algo más grande. Razas enteras comenzaron a seguir a Oz; hombres bestia, cansados de ser tratados como inferiores, tribus olvidadas, borradas de la historia por los Elunai.
    Incluso algunos demonios, que reconocían en él algo familiar.

    No lo seguían solo por poder, lo seguían por lo que representaba: Libertad, venganza, caos. Fue entonces cuando los cielos respondieron, uno de los dioses descendió, Helior Prime, no como símbolo de autoridad sino como ejecutor.

    El enfrentamiento sacudió la tierra misma., donde chocaron el mundo se quebró. Fuego contra caos, divinidad contra origen. Durante un breve momento, el destino del mundo quedó suspendido entre ambos y terminó… sin un vencedor.

    Helior Prime se retiró, Oz permaneció en pie pero la verdad fue otra. Oz había sido herido gravemente, aun así, no mostró debilidad, no frente a un dios. Helior, incapaz de asegurar su victoria, decidió retirarse… sin saber que, de haber continuado, aquel combate habría terminado de forma muy distinta.

    Desde ese día, los rumores comenzaron, los seguidores de Helior empezaron a referirse a Oz con un nuevo nombre: "Mao.” De esa forma, cada region, cada tribu lo llamaba de diferentes formas: Señor demonio, Rey del caos, Destructor de templos.

    Los nombres se extendieron, cruzó lenguas, culturas, razas, y con el tiempo el nombre de oz fue cambiado por Oz-Mao

    Hasta que el mundo comenzó a susurrarlo de otra forma, un nombre que ya no era solo un apodo sino una leyenda naciente, Ozma.

    Ese mes… no pudo ir a ver a su hija.

    Las heridas que recibió no eran normales. Aunque su cuerpo podía regenerarse, el daño fue tan profundo que se vio obligado a usar una cantidad excesiva de su poder para regenerarse. Aquello lo dejó en un estado de agotamiento total que no había experimentado en mucho tiempo.

    En la aldea, Yen sintio el silencio, la ausencia del eco. Por primera vez desde que entendía ese vínculo no estaba y aun así no dudó, no lloró.

    Simplemente esperó con la certeza de que su padre volvería, porque él siempre volvía. Quizás como un cuervo, como un lobo pero volvería.

    Mientras tanto, Oz comprendió algo durante su recuperación, algo que cambiaría el curso de todo. Su poder estaba evolucionando, no como resultado del combate sino como respuesta a su propia esencia.

    Oz no buscaba poder por ambición, no deseaba dominar por simple deseo, lo que lo movía era proteger a su hija, proteger lo poco que le quedaba y fue precisamente ese deseo el que deformó su habilidad.

    Cuando su fuerza no era suficiente para cumplir ese propósito su poder tomaba lo que necesitaba, absorbía y acumulaba.

    Hacía suyo aquello que le faltaba, los Elunai, al observar esto en enfrentamientos posteriores, le dieron un nombre: "Codicia".

    Pero estaban equivocados, no era codicia, era protección llevada al extremo. Era un instinto que, al no poder cumplir su función de forma natural comenzó a devorar todo lo necesario para hacerlo.

    Y eso lo volvía mucho más peligroso que cualquier interpretación superficial, por otra parte, Yen también comenzaba a ser observada.

    Los registros que sobrevivieron del laboratorio no se habían perdido, los Elunai sabían lo que era. Sabían lo que podía llegar a ser pero no entendían su esencia.

    Para ellos, su deseo de aprender, de comprender, de descubrir era visto como algo voraz, insaciable. La llamaron "Gula".

    Pero, al igual que con Oz estaban equivocados, Yen no deseaba consumir, deseaba entender, desde pequeña había buscado respuestas.

    ¿Por qué era diferente?

    ¿Quién era su padre realmente?

    ¿Cuál era su lugar en el mundo?

    Ese deseo de conocimiento era su verdadera naturaleza, no devoraba por hambre, buscaba porque necesitaba comprender.

    Así, sin saberlo, padre e hija caminaban por senderos distintos pero reflejando la misma verdad. Los llamados "Pecados" no eran más que interpretaciones erróneas, nombres dados por miedo, etiquetas creadas por quienes no podían comprender algo más grande que ellos.

    Porque lo que habitaba en Oz y lo que comenzaba a despertar en Yen no eran pecados, eran fragmentos de algo mucho más antiguo, más puro, más peligroso.

    El eco del origen mismo de todo.
    ***Edad del Caos*** - Helior Prime y los Pecados de Padre e Hija. Con el paso de los años, la aldea nómada dejó de ser un refugio temporal para Yen y se convirtió en su verdadero hogar. Bajo cielos abiertos y lejos del juicio de otros, creció como una más entre los suyos. Cazaba junto a Onix, aprendía de los mayores y, por primera vez en su vida, no era vista como algo extraño ni como un error. Ese entorno de calma tuvo un efecto inesperado en ella, el poder de Yen dejó de hacerla crecer de forma descontrolada. Ya no era una llama salvaje que amenazaba con devorarlo todo, sino un fuego contenido, estable, que crecía al ritmo de su propia vida. Como cualquier otra niña aunque en su interior habitara algo mucho más antiguo. Aun así, había algo que nunca cambiaba. Una vez al mes su padre venía pero no lo hacía con su verdadero cuerpo, nunca se arriesgaría a exponerla. En su lugar, pequeños animales aparecían en los límites de la aldea: un cuervo de ojos oscuros, un lobo silencioso, incluso criaturas más pequeñas que pasaban desapercibidas. Nadie sospechaba nada. Pero Yen sí lo sabía., podía sentirlo, no era presencia, no era mana, era algo más profundo, un eco, una resonancia que nacía desde lo más hondo de su existencia. Del mismo modo en que Oz, en un tiempo olvidado, podía reconocer a aquellos seres nacidos del gran poder sin necesidad de palabras ni nombres, Yen podía reconocerlo a él porque estaban conectados. Oz nunca rompió su vínculo con el poder original y Yen comenzaba a formar el suyo, no era algo aprendido, era algo que simplemente ocurría. Por eso, cada mes, cuando ese eco aparecía, Yen sonreía sin importar dónde estuviera. Sabía que su padre la estaba observando, sabía que seguía con vida. Mientras tanto, el mundo seguía ardiendo, lo que comenzó como una venganza, se convirtió en algo más grande. Razas enteras comenzaron a seguir a Oz; hombres bestia, cansados de ser tratados como inferiores, tribus olvidadas, borradas de la historia por los Elunai. Incluso algunos demonios, que reconocían en él algo familiar. No lo seguían solo por poder, lo seguían por lo que representaba: Libertad, venganza, caos. Fue entonces cuando los cielos respondieron, uno de los dioses descendió, Helior Prime, no como símbolo de autoridad sino como ejecutor. El enfrentamiento sacudió la tierra misma., donde chocaron el mundo se quebró. Fuego contra caos, divinidad contra origen. Durante un breve momento, el destino del mundo quedó suspendido entre ambos y terminó… sin un vencedor. Helior Prime se retiró, Oz permaneció en pie pero la verdad fue otra. Oz había sido herido gravemente, aun así, no mostró debilidad, no frente a un dios. Helior, incapaz de asegurar su victoria, decidió retirarse… sin saber que, de haber continuado, aquel combate habría terminado de forma muy distinta. Desde ese día, los rumores comenzaron, los seguidores de Helior empezaron a referirse a Oz con un nuevo nombre: "Mao.” De esa forma, cada region, cada tribu lo llamaba de diferentes formas: Señor demonio, Rey del caos, Destructor de templos. Los nombres se extendieron, cruzó lenguas, culturas, razas, y con el tiempo el nombre de oz fue cambiado por Oz-Mao Hasta que el mundo comenzó a susurrarlo de otra forma, un nombre que ya no era solo un apodo sino una leyenda naciente, Ozma. Ese mes… no pudo ir a ver a su hija. Las heridas que recibió no eran normales. Aunque su cuerpo podía regenerarse, el daño fue tan profundo que se vio obligado a usar una cantidad excesiva de su poder para regenerarse. Aquello lo dejó en un estado de agotamiento total que no había experimentado en mucho tiempo. En la aldea, Yen sintio el silencio, la ausencia del eco. Por primera vez desde que entendía ese vínculo no estaba y aun así no dudó, no lloró. Simplemente esperó con la certeza de que su padre volvería, porque él siempre volvía. Quizás como un cuervo, como un lobo pero volvería. Mientras tanto, Oz comprendió algo durante su recuperación, algo que cambiaría el curso de todo. Su poder estaba evolucionando, no como resultado del combate sino como respuesta a su propia esencia. Oz no buscaba poder por ambición, no deseaba dominar por simple deseo, lo que lo movía era proteger a su hija, proteger lo poco que le quedaba y fue precisamente ese deseo el que deformó su habilidad. Cuando su fuerza no era suficiente para cumplir ese propósito su poder tomaba lo que necesitaba, absorbía y acumulaba. Hacía suyo aquello que le faltaba, los Elunai, al observar esto en enfrentamientos posteriores, le dieron un nombre: "Codicia". Pero estaban equivocados, no era codicia, era protección llevada al extremo. Era un instinto que, al no poder cumplir su función de forma natural comenzó a devorar todo lo necesario para hacerlo. Y eso lo volvía mucho más peligroso que cualquier interpretación superficial, por otra parte, Yen también comenzaba a ser observada. Los registros que sobrevivieron del laboratorio no se habían perdido, los Elunai sabían lo que era. Sabían lo que podía llegar a ser pero no entendían su esencia. Para ellos, su deseo de aprender, de comprender, de descubrir era visto como algo voraz, insaciable. La llamaron "Gula". Pero, al igual que con Oz estaban equivocados, Yen no deseaba consumir, deseaba entender, desde pequeña había buscado respuestas. ¿Por qué era diferente? ¿Quién era su padre realmente? ¿Cuál era su lugar en el mundo? Ese deseo de conocimiento era su verdadera naturaleza, no devoraba por hambre, buscaba porque necesitaba comprender. Así, sin saberlo, padre e hija caminaban por senderos distintos pero reflejando la misma verdad. Los llamados "Pecados" no eran más que interpretaciones erróneas, nombres dados por miedo, etiquetas creadas por quienes no podían comprender algo más grande que ellos. Porque lo que habitaba en Oz y lo que comenzaba a despertar en Yen no eran pecados, eran fragmentos de algo mucho más antiguo, más puro, más peligroso. El eco del origen mismo de todo.
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  • Despertó con pesadez, la luz azul de la pantalla cortó la penumbra del dormitorio. Sin sentarse aún, estiró un brazo y tomó el dispositivo, el brillo le dolió en las pupilas de unos ojos aún somnolientos

    ​Remitente: Desconocido (Protocolo Sigma)

    Mensaje: 𝘌𝘳𝘳𝘰𝘳 𝘦𝘯 𝘭𝘢 𝘴𝘶𝘣𝘢𝘴𝘵𝘢 𝘥𝘦 𝘎𝘪𝘯𝘦𝘣𝘳𝘢. 𝘓𝘰𝘵𝘦 𝟦𝟤. 𝘕𝘦𝘤𝘦𝘴𝘪𝘵𝘢𝘮𝘰𝘴 𝟣𝟧 𝘮𝘪𝘯𝘶𝘵𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘮𝘢𝘳𝘨𝘦𝘯. 𝘗𝘳𝘦𝘴𝘶𝘱𝘶𝘦𝘴𝘵𝘰 𝘢𝘣𝘪𝘦𝘳𝘵𝘰. 𝘙𝘦𝘴𝘱𝘰𝘯𝘥𝘦 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘤𝘰𝘰𝘳𝘥𝘦𝘯𝘢𝘥𝘢𝘴 𝘥𝘦 𝘴𝘢𝘭𝘵𝘰

    ​Irina dejó caer el teléfono a un lado y suspiró, mirando el techo oscuro.

    La élite no dormía.
    Los hombres y mujeres que controlaban los mercados, las guerras y los linajes solo veían el tiempo como una variable de ajuste, una mercancía que ella podía manipular a voluntad.

    ​Se incorporó lentamente, sentándose sobre la cama con el análisis silencioso que siempre llegaba con el primer mensaje del día, el cansancio crónico, la soledad de ser un fantasma cronológico y la interrupción constante de su propia vida.

    ​~Ese es el precio~ pensó, frotándose el rostro con las manos.
    ​No eran los dólares en las cuentas suizas ni los favores de los poderosos lo que definía su existencia, sino ese zumbido en la madrugada. Su vida no le pertenecía del todo porque el tiempo, para ella, nunca era lineal, sino un contrato siempre abierto.

    ​Desbloqueó el teléfono y, con los dedos todavía torpes por el sueño, escribió una sola palabra.

    ──​Acepto.
    Despertó con pesadez, la luz azul de la pantalla cortó la penumbra del dormitorio. Sin sentarse aún, estiró un brazo y tomó el dispositivo, el brillo le dolió en las pupilas de unos ojos aún somnolientos ​Remitente: Desconocido (Protocolo Sigma) Mensaje: 𝘌𝘳𝘳𝘰𝘳 𝘦𝘯 𝘭𝘢 𝘴𝘶𝘣𝘢𝘴𝘵𝘢 𝘥𝘦 𝘎𝘪𝘯𝘦𝘣𝘳𝘢. 𝘓𝘰𝘵𝘦 𝟦𝟤. 𝘕𝘦𝘤𝘦𝘴𝘪𝘵𝘢𝘮𝘰𝘴 𝟣𝟧 𝘮𝘪𝘯𝘶𝘵𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘮𝘢𝘳𝘨𝘦𝘯. 𝘗𝘳𝘦𝘴𝘶𝘱𝘶𝘦𝘴𝘵𝘰 𝘢𝘣𝘪𝘦𝘳𝘵𝘰. 𝘙𝘦𝘴𝘱𝘰𝘯𝘥𝘦 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘤𝘰𝘰𝘳𝘥𝘦𝘯𝘢𝘥𝘢𝘴 𝘥𝘦 𝘴𝘢𝘭𝘵𝘰 ​Irina dejó caer el teléfono a un lado y suspiró, mirando el techo oscuro. La élite no dormía. Los hombres y mujeres que controlaban los mercados, las guerras y los linajes solo veían el tiempo como una variable de ajuste, una mercancía que ella podía manipular a voluntad. ​Se incorporó lentamente, sentándose sobre la cama con el análisis silencioso que siempre llegaba con el primer mensaje del día, el cansancio crónico, la soledad de ser un fantasma cronológico y la interrupción constante de su propia vida. ​~Ese es el precio~ pensó, frotándose el rostro con las manos. ​No eran los dólares en las cuentas suizas ni los favores de los poderosos lo que definía su existencia, sino ese zumbido en la madrugada. Su vida no le pertenecía del todo porque el tiempo, para ella, nunca era lineal, sino un contrato siempre abierto. ​Desbloqueó el teléfono y, con los dedos todavía torpes por el sueño, escribió una sola palabra. ──​Acepto.
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  • ( 𝐀𝐔 — 新選組 ) / 𝟭𝟴𝟲𝟰’, 𝙃𝙞𝙟𝙞𝙠𝙖𝙩𝙖 𝙏𝙤𝙨𝙝𝙞𝙯𝙤, 𝙨𝙚𝙜𝙪𝙣𝙙𝙤 𝙖𝙡 𝙢𝙖𝙣𝙙𝙤. 𝙀𝙡 𝘿𝙚𝙢𝙤𝙣𝙞𝙤 𝙙𝙚𝙡 𝙎𝙝𝙞𝙣𝙨𝙚𝙣𝙜𝙪𝙢𝙞.

    El bochorno de Kioto en aquel julio de 1864 se había filtrado hasta la médula de los caídos, una humedad pegajosa que convertía el aire en algo sólido y difícil de tragar. Frente a la 𝗽𝗼𝘀𝗮𝗱𝗮 𝗜𝗸𝗲𝗱𝗮𝘆𝗮, el calor del verano era una mala combinación junto con el vaho de la madera calcinada y el rastro metálico de la carnicería. Hijikata se mantenía en pie, aunque el mundo a su alrededor oscilaba con un 𝗿𝗶𝘁𝗺𝗼 𝗳𝗲𝗯𝗿𝗶𝗹. Sus pulmones reclamaban aire, pero solo encontraba brasas invisibles en cada inhalación, un castigo tras dos horas de combate cuerpo a cuerpo en el interior de aquel horno de vigas y papel.
    La yukata azul oscuro que vestía bajo el haori castaño estaba tan empapada que se adhería a su piel. No era solo sudor; manchas irregulares, densas y oscuras, se extendían por la tela, testamento de 𝘃𝗶𝗱𝗮𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮𝗻 𝗲𝘅𝘁𝗶𝗻𝗴𝘂𝗶𝗱𝗼 𝗯𝗮𝗷𝗼 𝘀𝘂 𝗮𝗰𝗲𝗿𝗼. Por una vez, esa sangre no era la suya, pero el peso de la fatiga era tan letal como una herida abierta.
    A sus espaldas, la fachada del Ikedaya parecían salidas del mismo infierno. Las puertas de madera noble colgaban de sus goznes, astilladas por cortes de katana que habían partido el grano de la madera como si fuera pergamino. Los postigos yacían hechos añicos en el suelo, y a través de la entrada abierta de par en par, el caos se revelaba bajo la luz vacilante de las linternas: muebles destrozados, biombos fusuma desgarrados y cuerpos que parecían multiplicarse ante sus ojos cansados cada vez que parpadeaba para limpiarse el sudor. Ocho insurgentes del dominio de Choshu habían quedado allí, sus ambiciones cercenadas en el tatami, mientras otros treinta y dos aguardaban encadenados en la calle, destinados a un juicio que Hijikata sabía que terminaría con 𝘀𝘂𝘀 𝗰𝗮𝗯𝗲𝘇𝗮𝘀 𝗲𝘅𝗽𝘂𝗲𝘀𝘁𝗮𝘀 𝗲𝗻 𝗽𝗶𝗰𝗮𝘀 𝗳𝗿𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗮 𝗹𝗮 𝗰𝗮́𝗿𝗰𝗲𝗹 𝗱𝗲 𝗦𝗮𝗻𝗷𝗼.
    Dos horas, ciento veinte minutos de tensión absoluta donde la deshidratación había tirado de sus músculos como si fueran sogas a punto de romperse. Había visto a sus mejores hombres tambalearse, y el momento más amargo fue ver a su soldado más letal desplomarse sobre las esteras. No había sido el acero enemigo, sino el calor traicionero y el esfuerzo sobrehumano lo que había apagado su chispa. Hijikata mismo sentía que el control sobre su propio cuerpo se le escapaba; sus piernas vibraban bajo el hakama y un temblor involuntario recorría sus antebrazos, una reacción eléctrica al agotamiento que intentaba ocultar.
    Su mano derecha seguía aferrada a la empuñadura de su katana, los nudillos blancos y endurecidos por la tensión.

    ❛¡Kondō-san!❜­­ ­ llamó, y su voz surgió como un estallido de grava, áspera por los gritos de guerra y el humo denso de las lámparas de aceite.
    A pocos metros, Kondō Isami inspeccionaba los restos de la refriega. El comandante del Shinsengumi se giró hacia él. En su rostro se leía la misma fatiga, pero sus ojos brillaban con la luz salvaje de la victoria. Al preguntarle por las bajas, la respuesta de Kondō fue poco satisfactoria: un muerto en el acto, dos más que no verían el amanecer. Los números en el papel dirían que fue un triunfo aplastante, pero él sabía que las matemáticas nunca hacían justicia al horror de la lucha.

    Sus ojos recorrieron la calle principal de Kioto. El reloj de agua ya había marcado la hora del Buey, pero las calles estaban lejos de ser silenciosas. Los curiosos se asomaban desde los callejones como espectros atraídos por la luz de las antorchas. Su presencia le revolvió el estómago. Eran mirones que buscaban entretenimiento en el rastro de la carnicería.
    Cuando Hijikata avanzó hacia ellos, su figura pareció estirarse bajo el resplandor de las teas. Era un hombre imponente, cuya estatura superaba con creces el metro ochenta, una rareza física en aquel Japón que le otorgaba un aura casi mítica. Su constitución no era la de un hombre delgado o frágil; poseía una densidad física notable que hacían que su velocidad en combate fuera aún más aterradora. Su piel, bronceada por las interminables horas de entrenamiento bajo el sol de los campos de Tama, relucía con una pátina de sudor y violencia.

    Incluso en aquel estado lamentable, cubierto de hollín y sangre, Hijikata poseía una belleza destacable. Sus rasgos eran afilados, de una simetría perfecta que parecía haber sido esculpida en piedra para encarnar el ideal del guerrero. Los rumores que corrían por las casas de té no mentían: era el hombre más hermoso que jamás hubiera portado el uniforme del Shogún, pero era una belleza peligrosa, una que advertía que detrás de aquel rostro perfecto habitaba el 𝗗𝗲𝗺𝗼𝗻𝗶𝗼 𝗱𝗲 𝗠𝗶𝗯𝘂.

    ❛¡Ustedes!❜ su voz tronó, cortando el aire húmedo como un tajo limpio. ❛¡Largo de aquí!❜
    Los civiles retrocedieron en bloque, pero algunos permanecieron paralizados por el terror. Un anciano, apoyado en un bastón de bambú, parecía a punto de desfallecer al ver el rastro rojo que manchaba las sandalias de Hijikata. El vicecomandante dio un paso más, sintiendo cómo sus propias rodillas flaqueaban por un instante antes de recuperar la compostura. El temblor de su cuerpo era una danza de nervios agotados, pero su presencia seguía siendo temible.

    ❛¿No me han oído?❜ dijo, esta vez con calma, resultaba más aterradora que cualquier grito. ❛Esto no es un espectáculo para su diversión. Largo. Ahora.❜
    El pánico surtió efecto. Los civiles huyeron hacia las sombras de los callejones, desapareciendo como ratas ante la luz. Hijikata se quedó solo en mitad de la calle, con la respiración aún agitada y el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. El silencio que siguió fue denso, roto solo por los lamentos distantes de los heridos y el zumbido persistente en sus oídos.
    ( 𝐀𝐔 — 新選組 ) / 𝟭𝟴𝟲𝟰’, 𝙃𝙞𝙟𝙞𝙠𝙖𝙩𝙖 𝙏𝙤𝙨𝙝𝙞𝙯𝙤, 𝙨𝙚𝙜𝙪𝙣𝙙𝙤 𝙖𝙡 𝙢𝙖𝙣𝙙𝙤. 𝙀𝙡 𝘿𝙚𝙢𝙤𝙣𝙞𝙤 𝙙𝙚𝙡 𝙎𝙝𝙞𝙣𝙨𝙚𝙣𝙜𝙪𝙢𝙞. El bochorno de Kioto en aquel julio de 1864 se había filtrado hasta la médula de los caídos, una humedad pegajosa que convertía el aire en algo sólido y difícil de tragar. Frente a la 𝗽𝗼𝘀𝗮𝗱𝗮 𝗜𝗸𝗲𝗱𝗮𝘆𝗮, el calor del verano era una mala combinación junto con el vaho de la madera calcinada y el rastro metálico de la carnicería. Hijikata se mantenía en pie, aunque el mundo a su alrededor oscilaba con un 𝗿𝗶𝘁𝗺𝗼 𝗳𝗲𝗯𝗿𝗶𝗹. Sus pulmones reclamaban aire, pero solo encontraba brasas invisibles en cada inhalación, un castigo tras dos horas de combate cuerpo a cuerpo en el interior de aquel horno de vigas y papel. La yukata azul oscuro que vestía bajo el haori castaño estaba tan empapada que se adhería a su piel. No era solo sudor; manchas irregulares, densas y oscuras, se extendían por la tela, testamento de 𝘃𝗶𝗱𝗮𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮𝗻 𝗲𝘅𝘁𝗶𝗻𝗴𝘂𝗶𝗱𝗼 𝗯𝗮𝗷𝗼 𝘀𝘂 𝗮𝗰𝗲𝗿𝗼. Por una vez, esa sangre no era la suya, pero el peso de la fatiga era tan letal como una herida abierta. A sus espaldas, la fachada del Ikedaya parecían salidas del mismo infierno. Las puertas de madera noble colgaban de sus goznes, astilladas por cortes de katana que habían partido el grano de la madera como si fuera pergamino. Los postigos yacían hechos añicos en el suelo, y a través de la entrada abierta de par en par, el caos se revelaba bajo la luz vacilante de las linternas: muebles destrozados, biombos fusuma desgarrados y cuerpos que parecían multiplicarse ante sus ojos cansados cada vez que parpadeaba para limpiarse el sudor. Ocho insurgentes del dominio de Choshu habían quedado allí, sus ambiciones cercenadas en el tatami, mientras otros treinta y dos aguardaban encadenados en la calle, destinados a un juicio que Hijikata sabía que terminaría con 𝘀𝘂𝘀 𝗰𝗮𝗯𝗲𝘇𝗮𝘀 𝗲𝘅𝗽𝘂𝗲𝘀𝘁𝗮𝘀 𝗲𝗻 𝗽𝗶𝗰𝗮𝘀 𝗳𝗿𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗮 𝗹𝗮 𝗰𝗮́𝗿𝗰𝗲𝗹 𝗱𝗲 𝗦𝗮𝗻𝗷𝗼. Dos horas, ciento veinte minutos de tensión absoluta donde la deshidratación había tirado de sus músculos como si fueran sogas a punto de romperse. Había visto a sus mejores hombres tambalearse, y el momento más amargo fue ver a su soldado más letal desplomarse sobre las esteras. No había sido el acero enemigo, sino el calor traicionero y el esfuerzo sobrehumano lo que había apagado su chispa. Hijikata mismo sentía que el control sobre su propio cuerpo se le escapaba; sus piernas vibraban bajo el hakama y un temblor involuntario recorría sus antebrazos, una reacción eléctrica al agotamiento que intentaba ocultar. Su mano derecha seguía aferrada a la empuñadura de su katana, los nudillos blancos y endurecidos por la tensión. ❛¡Kondō-san!❜­­ ­ llamó, y su voz surgió como un estallido de grava, áspera por los gritos de guerra y el humo denso de las lámparas de aceite. A pocos metros, Kondō Isami inspeccionaba los restos de la refriega. El comandante del Shinsengumi se giró hacia él. En su rostro se leía la misma fatiga, pero sus ojos brillaban con la luz salvaje de la victoria. Al preguntarle por las bajas, la respuesta de Kondō fue poco satisfactoria: un muerto en el acto, dos más que no verían el amanecer. Los números en el papel dirían que fue un triunfo aplastante, pero él sabía que las matemáticas nunca hacían justicia al horror de la lucha. Sus ojos recorrieron la calle principal de Kioto. El reloj de agua ya había marcado la hora del Buey, pero las calles estaban lejos de ser silenciosas. Los curiosos se asomaban desde los callejones como espectros atraídos por la luz de las antorchas. Su presencia le revolvió el estómago. Eran mirones que buscaban entretenimiento en el rastro de la carnicería. Cuando Hijikata avanzó hacia ellos, su figura pareció estirarse bajo el resplandor de las teas. Era un hombre imponente, cuya estatura superaba con creces el metro ochenta, una rareza física en aquel Japón que le otorgaba un aura casi mítica. Su constitución no era la de un hombre delgado o frágil; poseía una densidad física notable que hacían que su velocidad en combate fuera aún más aterradora. Su piel, bronceada por las interminables horas de entrenamiento bajo el sol de los campos de Tama, relucía con una pátina de sudor y violencia. Incluso en aquel estado lamentable, cubierto de hollín y sangre, Hijikata poseía una belleza destacable. Sus rasgos eran afilados, de una simetría perfecta que parecía haber sido esculpida en piedra para encarnar el ideal del guerrero. Los rumores que corrían por las casas de té no mentían: era el hombre más hermoso que jamás hubiera portado el uniforme del Shogún, pero era una belleza peligrosa, una que advertía que detrás de aquel rostro perfecto habitaba el 𝗗𝗲𝗺𝗼𝗻𝗶𝗼 𝗱𝗲 𝗠𝗶𝗯𝘂. ❛¡Ustedes!❜ su voz tronó, cortando el aire húmedo como un tajo limpio. ❛¡Largo de aquí!❜ Los civiles retrocedieron en bloque, pero algunos permanecieron paralizados por el terror. Un anciano, apoyado en un bastón de bambú, parecía a punto de desfallecer al ver el rastro rojo que manchaba las sandalias de Hijikata. El vicecomandante dio un paso más, sintiendo cómo sus propias rodillas flaqueaban por un instante antes de recuperar la compostura. El temblor de su cuerpo era una danza de nervios agotados, pero su presencia seguía siendo temible. ❛¿No me han oído?❜ dijo, esta vez con calma, resultaba más aterradora que cualquier grito. ❛Esto no es un espectáculo para su diversión. Largo. Ahora.❜ El pánico surtió efecto. Los civiles huyeron hacia las sombras de los callejones, desapareciendo como ratas ante la luz. Hijikata se quedó solo en mitad de la calle, con la respiración aún agitada y el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. El silencio que siguió fue denso, roto solo por los lamentos distantes de los heridos y el zumbido persistente en sus oídos.
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    ****Edad del Caos****
    -El eco de la sangre

    El mundo temblo pero no por la furia de Oz, fue algo más pequeño, más sutil, un pulso débil pero imposible de ignorar. Oz se detuvo en seco.

    Entre la tormenta de poder que recorría su cuerpo, sintió algo distinto. Algo que no pertenecía a los dioses, ni a los templo o al odio. Era familiar, era suyo... Los ojos de Oz se abrieron con una intensidad renovada; "Yen" estaba viva.

    Sin decir palabra, su cuerpo reaccionó antes que su mente, su presencia se volvió más pesada, más rápida, más peligrosa. El suelo se quebraba bajo cada paso mientras avanzaba sin mirar atrás, Onix intentó seguirlo, corrió., tropezó, se levantó y volvió a correr.

    Pero la distancia entre ambos crecía con cada segundo, Oz no se detuvo, al menos no al principio.

    Pero algo en su interior, algo que aún no había sido consumido por completo lo hizo girarse. Sus ojos se clavaron en la pequeña figura que luchaba por alcanzarlo y durante un instante… dudó.

    Luego regresó sobre sus pasos, la tomó sin decir nada y la cargó con una sola mano, apoyándola contra su cuerpo, no hubo palabras ni hubo consuelo pero fue suficiente. Quizás el último acto de empatía que le quedaba.

    El templo apareció ante ellos, Oz dejó a Onix entre las sombras, no necesitó explicarle mucho,
    la niña entendió. Entonces avanzó y la muerte caminó con él.

    La entrada del templo no resistió, los muros crujieron, las columnas vibraron, el aire mismo se volvió pesado, como si el mundo intentara huir de su presencia.

    El poder de Oz, sellado durante tanto tiempo, comenzaba a desbordarse. No era preciso ni mucho menos controlado, era destrucción pura.

    Pero por primera vez eso era un problema, porque en algún lugar dentro de ese templo… estaba su hija. Oz apretó los dientes, contuvo su poder, lo redujo a lo más básico a lo más primitivo, fuerza.

    Golpeó, avanzó, rompió todo a su paso sin liberar por completo aquello que podía borrar el lugar entero. Cada enemigo que se interponía era aplastado sin contemplación.

    No había gritos para él, no había rostros, solo obstáculos. Entonces lo sintió, débil para él…
    pero inconfundible, un rastro de maná, era pequeño, inestable... Vivo. Oz lo siguió sin dudar y finalmente la vio.

    Era su hija Yen. La niña lo miró y no vio al monstruo, no vio la deformación de su cuerpo, ni la oscuridad que lo envolvía, solo vio a su padre.

    Corrió hacia él sin miedo y lo abrazó, Oz se quedó inmóvil por un instante, luego la levantó y por primera vez desde la muerte de Selin sostuvo algo que no quería destruir.

    Sin decir nada emprendió la marcha, no cubrió sus ojos, no suavizó el camino. Los cadáveres quedaron esparcidos a su paso, marcando el sendero que había abierto. Sangre, cuerpos rotos… silencio. Yen se aferró a él temblando, Oz habló, con una voz grave, firme: "No debes temer Yen, los muertos no pueden lastimarte, yo me encargare que nadie vuelva hacerlo."

    La niña escuchó y entendió, en su mente, algo cambió. Si aquellos hombres no hubieran vivido…
    su madre seguiría viva, si ella los hubiera matado antes nada de eso habría pasado.

    El pensamiento no desapareció, se quedó profundo en su corazón, echando raíces.

    Cuando salieron del templo, el aire parecía más liviano pero el mundo, más oscuro, Onix seguía donde la había dejado, Oz la tomó sin esfuerzo, cargando ahora a ambas niñas, se alejó sin mirar atrás.

    Su destino no era el descanso, era la guerra. Los llevó hacia las tierras de los Nómadas, un lugar donde los dioses no eran venerados sino odiados, donde los Elunai no eran respetados…
    sino rechazados.

    Allí, Yen no sería vista como una aberración y Onix quizás encontraría algo que había perdido.

    Oz no pensaba quedarse, no aún. Había templos que destruir, había sangre que reclamar.

    Primero los santuarios, luego los Elunai y al final…

    Los dioses.
    ****Edad del Caos**** -El eco de la sangre El mundo temblo pero no por la furia de Oz, fue algo más pequeño, más sutil, un pulso débil pero imposible de ignorar. Oz se detuvo en seco. Entre la tormenta de poder que recorría su cuerpo, sintió algo distinto. Algo que no pertenecía a los dioses, ni a los templo o al odio. Era familiar, era suyo... Los ojos de Oz se abrieron con una intensidad renovada; "Yen" estaba viva. Sin decir palabra, su cuerpo reaccionó antes que su mente, su presencia se volvió más pesada, más rápida, más peligrosa. El suelo se quebraba bajo cada paso mientras avanzaba sin mirar atrás, Onix intentó seguirlo, corrió., tropezó, se levantó y volvió a correr. Pero la distancia entre ambos crecía con cada segundo, Oz no se detuvo, al menos no al principio. Pero algo en su interior, algo que aún no había sido consumido por completo lo hizo girarse. Sus ojos se clavaron en la pequeña figura que luchaba por alcanzarlo y durante un instante… dudó. Luego regresó sobre sus pasos, la tomó sin decir nada y la cargó con una sola mano, apoyándola contra su cuerpo, no hubo palabras ni hubo consuelo pero fue suficiente. Quizás el último acto de empatía que le quedaba. El templo apareció ante ellos, Oz dejó a Onix entre las sombras, no necesitó explicarle mucho, la niña entendió. Entonces avanzó y la muerte caminó con él. La entrada del templo no resistió, los muros crujieron, las columnas vibraron, el aire mismo se volvió pesado, como si el mundo intentara huir de su presencia. El poder de Oz, sellado durante tanto tiempo, comenzaba a desbordarse. No era preciso ni mucho menos controlado, era destrucción pura. Pero por primera vez eso era un problema, porque en algún lugar dentro de ese templo… estaba su hija. Oz apretó los dientes, contuvo su poder, lo redujo a lo más básico a lo más primitivo, fuerza. Golpeó, avanzó, rompió todo a su paso sin liberar por completo aquello que podía borrar el lugar entero. Cada enemigo que se interponía era aplastado sin contemplación. No había gritos para él, no había rostros, solo obstáculos. Entonces lo sintió, débil para él… pero inconfundible, un rastro de maná, era pequeño, inestable... Vivo. Oz lo siguió sin dudar y finalmente la vio. Era su hija Yen. La niña lo miró y no vio al monstruo, no vio la deformación de su cuerpo, ni la oscuridad que lo envolvía, solo vio a su padre. Corrió hacia él sin miedo y lo abrazó, Oz se quedó inmóvil por un instante, luego la levantó y por primera vez desde la muerte de Selin sostuvo algo que no quería destruir. Sin decir nada emprendió la marcha, no cubrió sus ojos, no suavizó el camino. Los cadáveres quedaron esparcidos a su paso, marcando el sendero que había abierto. Sangre, cuerpos rotos… silencio. Yen se aferró a él temblando, Oz habló, con una voz grave, firme: "No debes temer Yen, los muertos no pueden lastimarte, yo me encargare que nadie vuelva hacerlo." La niña escuchó y entendió, en su mente, algo cambió. Si aquellos hombres no hubieran vivido… su madre seguiría viva, si ella los hubiera matado antes nada de eso habría pasado. El pensamiento no desapareció, se quedó profundo en su corazón, echando raíces. Cuando salieron del templo, el aire parecía más liviano pero el mundo, más oscuro, Onix seguía donde la había dejado, Oz la tomó sin esfuerzo, cargando ahora a ambas niñas, se alejó sin mirar atrás. Su destino no era el descanso, era la guerra. Los llevó hacia las tierras de los Nómadas, un lugar donde los dioses no eran venerados sino odiados, donde los Elunai no eran respetados… sino rechazados. Allí, Yen no sería vista como una aberración y Onix quizás encontraría algo que había perdido. Oz no pensaba quedarse, no aún. Había templos que destruir, había sangre que reclamar. Primero los santuarios, luego los Elunai y al final… Los dioses.
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  • ¿ Por qué todos los hombres qué conozco les tienen trauma a los trajes ?
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