• ❝Tenemos un trato❞
    Fandom The Originals || OC
    Categoría Fantasía
    La lluvia golpeaba el parabrisas con insistencia mientras el limpiaparabrisas arrastraba el agua de un lado a otro en un movimiento casi hipnótico. Rue llevaba demasiadas horas en carretera. Café frío. Gasolineras perdidas. El mapa lleno de marcas y nombres tachados. Y, aun asi, aquella pista era la primera real en semanas: Jebediah Voss había vuelto. Solo pensar en aquel nombre le revolvía algo oscuro en el pecho y le provocaba náuseas. Porque recordaba perfectamente la noche en la que le clavó una estaca en el corazón la primera vez. Recordaba la sangre. La sonrisa enferma de aquel vampiro incluso mientras moría. Recordaba el cuerpo de Logan tirado sobre el suelo del salón de su propia casa.

    Todavia seguía soñando con ello.

    Y ahora alguien estaba trayendo monstruos de vuelta de entre los muertos. Vampiros. Hombres lobo. Brujas. Criaturas que deberían haberse quedado pudriéndose bajo tierra. Todos con la misma marca grabada en la piel. Como ganado marcado antes del sacrificio. La última pista la habia llevado hasta un pueblo perdido entre montañas y bosque. No muy diferente al pueblo donde se habría criado: Uno de esos lugares donde las calles quedan vacías demasiado pronto y donde la gente evita mirar a los desconocidos demasiado tiempo. Un lugar donde nunca pasaba nada…

    >> Llevaba en ese pueblo apenas unas horas y ya habia encontrado suficiente sangre como para saber que Jebediah estaba cerca. Muy cerca. El problema fue darse cuenta demasiado tarde de que él también la había encontrado a ella.

    Rue avanzaba entre los árboles con la estaba de madera bien aferrada a su mano derecha y la linterna temblando ligeramente entre sus dedos. El bosque estaba demasiado silencioso. Sin grillos, ni viento, ni animales. Mala señal. Una rama crujió detrás de ella a pesar de la maleza húmeda por la lluvia.

    La mujer reaccionó rápido, girándose con la estaca ya en mano, pero no fue suficientemente rápida. Jebediah apareció de entre un par de árboles como una sombra siniestra, estampándola contra el tronco de un árbol con una fuerza brutal. El golpe le arrancó el aire de los pulmones.

    -Oh…. -dijo Jebediah en un tétrico arrullo- Cuanto te he echado de menos, Rue -la voz del vampiro sonó pegada a su oído, suave, enfermiza- Aunque debo admitir que esperaba que el duelo te hubiese envejecido peor.

    Rue forcejeó, intentando mover la mano que sostenía la estaca, a pesar de que él le sujetaba la muñeca con fuerza sobrenatural.

    -Debería haberte arrancado la cabeza aquella noche -escupió ella entre dientes.

    Jebediah sonrió. Y aquella sonrisa, a pesar de la lluvia que empapaba el rostro del vampiro seguía siendo exactamente igual que años atrás.

    -Y aun así aquí me tienes. Una estupenda segunda oportunidad… Para mí… Por fin sabré a qué sabe tu sangre…


    Ansel
    La lluvia golpeaba el parabrisas con insistencia mientras el limpiaparabrisas arrastraba el agua de un lado a otro en un movimiento casi hipnótico. Rue llevaba demasiadas horas en carretera. Café frío. Gasolineras perdidas. El mapa lleno de marcas y nombres tachados. Y, aun asi, aquella pista era la primera real en semanas: Jebediah Voss había vuelto. Solo pensar en aquel nombre le revolvía algo oscuro en el pecho y le provocaba náuseas. Porque recordaba perfectamente la noche en la que le clavó una estaca en el corazón la primera vez. Recordaba la sangre. La sonrisa enferma de aquel vampiro incluso mientras moría. Recordaba el cuerpo de Logan tirado sobre el suelo del salón de su propia casa. Todavia seguía soñando con ello. Y ahora alguien estaba trayendo monstruos de vuelta de entre los muertos. Vampiros. Hombres lobo. Brujas. Criaturas que deberían haberse quedado pudriéndose bajo tierra. Todos con la misma marca grabada en la piel. Como ganado marcado antes del sacrificio. La última pista la habia llevado hasta un pueblo perdido entre montañas y bosque. No muy diferente al pueblo donde se habría criado: Uno de esos lugares donde las calles quedan vacías demasiado pronto y donde la gente evita mirar a los desconocidos demasiado tiempo. Un lugar donde nunca pasaba nada… >> Llevaba en ese pueblo apenas unas horas y ya habia encontrado suficiente sangre como para saber que Jebediah estaba cerca. Muy cerca. El problema fue darse cuenta demasiado tarde de que él también la había encontrado a ella. Rue avanzaba entre los árboles con la estaba de madera bien aferrada a su mano derecha y la linterna temblando ligeramente entre sus dedos. El bosque estaba demasiado silencioso. Sin grillos, ni viento, ni animales. Mala señal. Una rama crujió detrás de ella a pesar de la maleza húmeda por la lluvia. La mujer reaccionó rápido, girándose con la estaca ya en mano, pero no fue suficientemente rápida. Jebediah apareció de entre un par de árboles como una sombra siniestra, estampándola contra el tronco de un árbol con una fuerza brutal. El golpe le arrancó el aire de los pulmones. -Oh…. -dijo Jebediah en un tétrico arrullo- Cuanto te he echado de menos, Rue -la voz del vampiro sonó pegada a su oído, suave, enfermiza- Aunque debo admitir que esperaba que el duelo te hubiese envejecido peor. Rue forcejeó, intentando mover la mano que sostenía la estaca, a pesar de que él le sujetaba la muñeca con fuerza sobrenatural. -Debería haberte arrancado la cabeza aquella noche -escupió ella entre dientes. Jebediah sonrió. Y aquella sonrisa, a pesar de la lluvia que empapaba el rostro del vampiro seguía siendo exactamente igual que años atrás. -Y aun así aquí me tienes. Una estupenda segunda oportunidad… Para mí… Por fin sabré a qué sabe tu sangre… [THEFIRST.ALPHA]
    Tipo
    Grupal
    Líneas
    Cualquier línea
    Estado
    Disponible
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  • El comienzo del fin
    Fandom Persona 3
    Categoría Terror
    Todo ruido que había a mí alrededor se vuelve silencio cuando el reloj de mi móvil marcan las 0:00. La hora oscura vuelve a sus andadas. Estoy en el foco donde todo empezó.

    Donde perdieron la vida muchos científicos al intentar parar la locura de mi suegro, pero no fue del todo en vano. Aunque con ello nacieron los humanos que podían tener la habilidad de tener un Persona, entre ellas la puta mocosa. Pero ahora yo también tengo el poder, estaba buscando unos archivos cuando escucho unos pasos acercase a mí y me gire viendo a dos hombres.

    Takaya Sakaki
    Jim Shirato
    Todo ruido que había a mí alrededor se vuelve silencio cuando el reloj de mi móvil marcan las 0:00. La hora oscura vuelve a sus andadas. Estoy en el foco donde todo empezó. Donde perdieron la vida muchos científicos al intentar parar la locura de mi suegro, pero no fue del todo en vano. Aunque con ello nacieron los humanos que podían tener la habilidad de tener un Persona, entre ellas la puta mocosa. Pero ahora yo también tengo el poder, estaba buscando unos archivos cuando escucho unos pasos acercase a mí y me gire viendo a dos hombres. [Streg1boy] [Deathboy3]
    Tipo
    Individual
    Líneas
    Cualquier línea
    Estado
    Terminado
    20 turnos 0 maullidos
  • El ambiente en el salón privado había cambiado. Ya no era el choque rítmico de las fichas de Mahjong, sino el deslizamiento sedoso de las cartas sobre el tapete carmesí.

    Un juego de Occidente, decían. El Póker. ~~

    Renji observaba las cartas que caían frente a él con una curiosidad casi infantil, aunque sus ojos mantenían esa frialdad analítica de quien ve números en lugar de figuras. Sus dedos, largos y adornados con la elegancia de un modelo, jugueteaban con una ficha solitaria mientras el resto de su montículo crecía de forma obscena.

    — Interesante... —
    murmuró, dejando que una pequeña sonrisa, magnética y ensayada, asomara en sus labios.

    — Así que todo se resume en quién miente mejor, ¿no es así? —

    Era divertido, casi relajante; para un matemático como él, calcular las probabilidades de una escalera era un juego de niños comparado con el lavado de activos de una red de casinos clandestinos.
    Se sentía ligero, disfrutando de la tensión ajena, de cómo el sudor perlaba la frente de los hombres frente a él.

    Por un momento, casi podía olvidar el vacío que dejó su protector, el silencio de la celda que lo separaba del único hombre al que le debía todo.

    Pero mientras lanzaba una carta al centro con despreocupación, la realidad se filtraba por su punto ciego, ese recordatorio constante de que nada era gratis.
    Sabía leer el aire de la habitación. Las miradas de los "superiores" ya no estaban en sus cartas, sino en el ajuste de su kimono, en la línea de su cuello y en la forma en que su voz, suave como la de un cantante, vibraba en el aire.

    "Disfruta el triunfo ahora, Renji", se dijo a sí mismo, manteniendo la espalda recta y la elegancia intacta.

    Él no era solo el estratega que les hacía ganar millones. Para esos hombres de mirada turbia, él era la siguiente mano. Una pieza de colección, un trofeo carismático que usarían para "celebrar" la victoria una vez que las cartas se guardaran.

    El verdadero juego empezaría cuando las luces se atenuaran y las apuestas dejaran de ser dinero para convertirse en su propia piel.

    — Parece que he vuelto a ganar —dijo, revelando su mano con una parsimonia letal mientras sentía el peso de las miradas lujuriosas sobre él.

    — ¿Qué vamos a apostar en la siguiente ronda? ¿O prefieren pasar directamente a las ganancias...? —
    Soltó una risa baja, contenida. Sabía que era una presa en una jaula de oro, pero incluso un loto negro tiene espinas antes de ser arrancado.
    El ambiente en el salón privado había cambiado. Ya no era el choque rítmico de las fichas de Mahjong, sino el deslizamiento sedoso de las cartas sobre el tapete carmesí. Un juego de Occidente, decían. El Póker. ~~ Renji observaba las cartas que caían frente a él con una curiosidad casi infantil, aunque sus ojos mantenían esa frialdad analítica de quien ve números en lugar de figuras. Sus dedos, largos y adornados con la elegancia de un modelo, jugueteaban con una ficha solitaria mientras el resto de su montículo crecía de forma obscena. — Interesante... — murmuró, dejando que una pequeña sonrisa, magnética y ensayada, asomara en sus labios. — Así que todo se resume en quién miente mejor, ¿no es así? — Era divertido, casi relajante; para un matemático como él, calcular las probabilidades de una escalera era un juego de niños comparado con el lavado de activos de una red de casinos clandestinos. Se sentía ligero, disfrutando de la tensión ajena, de cómo el sudor perlaba la frente de los hombres frente a él. Por un momento, casi podía olvidar el vacío que dejó su protector, el silencio de la celda que lo separaba del único hombre al que le debía todo. Pero mientras lanzaba una carta al centro con despreocupación, la realidad se filtraba por su punto ciego, ese recordatorio constante de que nada era gratis. Sabía leer el aire de la habitación. Las miradas de los "superiores" ya no estaban en sus cartas, sino en el ajuste de su kimono, en la línea de su cuello y en la forma en que su voz, suave como la de un cantante, vibraba en el aire. "Disfruta el triunfo ahora, Renji", se dijo a sí mismo, manteniendo la espalda recta y la elegancia intacta. Él no era solo el estratega que les hacía ganar millones. Para esos hombres de mirada turbia, él era la siguiente mano. Una pieza de colección, un trofeo carismático que usarían para "celebrar" la victoria una vez que las cartas se guardaran. El verdadero juego empezaría cuando las luces se atenuaran y las apuestas dejaran de ser dinero para convertirse en su propia piel. — Parece que he vuelto a ganar —dijo, revelando su mano con una parsimonia letal mientras sentía el peso de las miradas lujuriosas sobre él. — ¿Qué vamos a apostar en la siguiente ronda? ¿O prefieren pasar directamente a las ganancias...? — Soltó una risa baja, contenida. Sabía que era una presa en una jaula de oro, pero incluso un loto negro tiene espinas antes de ser arrancado.
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  • -los humanos tienen un concepto de bruja algo herrado, no somos humanas o siquiera mujeres- solto unas risita sosteniendo el espejo en mano -pero no me mal entiendas, tampoco somos hombres, solo "somos", seres sin principio ni fin que existen unicamente para experimentar la creacion y protegerla al ser la unico que da sentido a la existencia en la nada, es por eso que somos "raras" nisiquiera deberiamos formar parte de la realidad y aun asi disfrutamos experimentarla junto a sus habitantes-

    https://music.youtube.com/watch?v=kGEHeGwcvZA&si=IueEQpIvarwrJTi5
    -los humanos tienen un concepto de bruja algo herrado, no somos humanas o siquiera mujeres- solto unas risita sosteniendo el espejo en mano -pero no me mal entiendas, tampoco somos hombres, solo "somos", seres sin principio ni fin que existen unicamente para experimentar la creacion y protegerla al ser la unico que da sentido a la existencia en la nada, es por eso que somos "raras" nisiquiera deberiamos formar parte de la realidad y aun asi disfrutamos experimentarla junto a sus habitantes- https://music.youtube.com/watch?v=kGEHeGwcvZA&si=IueEQpIvarwrJTi5
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  • Soy bastaaaaante...bastante básica.
    Tengo solo dos tipos de hombres.
    Mayores y cansados.
    Jovenes y briosos.
    ¿Y en mujeres?
    TODAS
    Todas las mujeres me encantan, no discrimino, no le hago feo nada.
    Me como a besos a la mujer que se deje ♡
    Soy bastaaaaante...bastante básica. Tengo solo dos tipos de hombres. Mayores y cansados. Jovenes y briosos. ¿Y en mujeres? TODAS Todas las mujeres me encantan, no discrimino, no le hago feo nada. Me como a besos a la mujer que se deje ♡
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  • Hoy no era un día cualquiera tenía que hacerle un regalo a Kirijo, después de todo ella me ayudó a pasar las pruebas del FBI, además de que no era tan mala jefa como yo creía.

    Le pedí a uno de sus hombres que le hicieran entrega del paquete.

    " Feliz cumpleaños Kirijo espero que tengas un buen día. Gray " Mitsuru Kirijo
    Hoy no era un día cualquiera tenía que hacerle un regalo a Kirijo, después de todo ella me ayudó a pasar las pruebas del FBI, además de que no era tan mala jefa como yo creía. Le pedí a uno de sus hombres que le hicieran entrega del paquete. " Feliz cumpleaños Kirijo espero que tengas un buen día. Gray " [Thxicewoman]
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  • Puedo ser el hombre y hombres de tus sueños para cumplir los deseos dentro de esa cabecilla traviesa.

    Una y otra vez.

    Por un módico precio, claro.
    Puedo ser el hombre y hombres de tus sueños para cumplir los deseos dentro de esa cabecilla traviesa. Una y otra vez. Por un módico precio, claro.
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  • — Los hombres viven atrapados entre la brevedad de su carne y la inmensidad de sus sueños. !Pff!... criaturas frágiles que, aun sabiendo que el tiempo habrá de consumirlas, se empeñan en imaginar eternidades.
    — Los hombres viven atrapados entre la brevedad de su carne y la inmensidad de sus sueños. !Pff!... criaturas frágiles que, aun sabiendo que el tiempo habrá de consumirlas, se empeñan en imaginar eternidades.
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  • Estoy considerando con mucha seriedad dejar de alimentarme de hombres.... Todos se defienden cuando les voy a clavar los colmillos....

    Aunque primero ..... Debería buscar como liberarme .....
    Estoy considerando con mucha seriedad dejar de alimentarme de hombres.... Todos se defienden cuando les voy a clavar los colmillos.... Aunque primero ..... Debería buscar como liberarme .....
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  • 𝐂𝐫𝐨́𝐧𝐢𝐜𝐚 𝐝𝐞 𝐒𝐢𝐞𝐠𝐦𝐞𝐲𝐞𝐫 "𝐿𝑎 𝐶𝑎𝑝𝑖𝑙𝑙𝑎 𝑞𝑢𝑒 𝑀𝑖𝑟𝑜́ 𝑑𝑒 𝑉𝑢𝑒𝑙𝑡𝑎".

    La niebla se pegaba a mis botas como un sudario vivo aquella noche de hace más de 200 años. Marchaba al frente de la compañía del Reino de Valdris. Doce hombres, entre ellos tres inquisidores con sus cruces de hierro al cuello, dos caballeros juramentados y el resto mercenarios como yo. El rey nos había enviado a este rincón olvidado del mundo porque los campesinos hablaban de una capilla donde los herejes invocaban demonios. “Blasfemia”, decían. “Brujería”. A estas alturas ya había visto de todo y pensé que sería otro nido de cultistas baratos.

    El camino fue largo y el viento olía a tierra podrida. Los árboles se torcían como dedos rotos, sin hojas, solo ramas que parecían susurrar nombres que no eran de este mundo. Al fin, bajo un cielo que parecía una herida abierta, apareció la capilla. Exactamente como en mis pesadillas de hoy. Madera negra, aguja puntiaguda que rasgaba las nubes, ventanas en arco que brillaban con una luz interna que no era luz. Y figuras, tres o cuatro siluetas encapuchadas, como nosotros, que se arrastraban hacia la puerta principal. No huían. Caminaban como quien va a misa o a la tumba.

    Entramos y dentro no había altar, no había crucifijo. Solo un vacío que se tragaba el sonido de nuestras botas. El aire era espeso, como si respiráramos agua fría. Los inquisidores empezaron a recitar salmos, pero sus voces se ahogaban antes de llegar a las paredes. Entonces lo oímos, un latido lento, profundo, que no provenía de ninguna garganta. Venía de arriba, del techo, del cielo mismo.
    Miré hacia las ventanas altas, y vi.

    No eran demonios, ni ángeles caídos. Eran algo más antiguo. Tentáculos gruesos como troncos de roble, cubiertos de ventosas que se abrían y cerraban como bocas ciegas, descendiendo desde una oscuridad que no era oscuridad, sino la ausencia misma de todo lo que conocemos. Se movían con una lentitud deliberada, como si el tiempo no les importara. Uno de ellos rozó la aguja de la capilla y la madera gimió, no de dolor, sino de placer. Otro se enroscó alrededor de un inquisidor antes de que pudiera gritar. Lo levantó. Lo apretó y sus huesos crujieron como ramas secas y su sangre cayó sobre nosotros como lluvia tibia.

    Grité, todos gritamos, pero los gritos se convertían en risas. En oraciones que nadie había enseñado. Uno de los caballeros se arrodilló, quitó su yelmo y comenzó a arrancarse los ojos con los dedos, murmurando que “al fin veía la verdad”. Otro mercenario corrió hacia la puerta y un tentáculo lo atravesó por la espalda, sacándolo por la boca como un pez ensartado. La sangre dibujaba símbolos que yo reconocí de pesadillas que no eran mías.

    Sentí que mi mente se rompía, no era miedo, era comprensión. Una comprensión que ningún hombre debería tener, que este lugar no era un templo profanado. Que la capilla era solo una costra, una herida abierta en la piel del mundo, y que algo inmenso, indiferente y hambriento la estaba usando como boca. Que nuestros dioses, nuestros demonios, nuestras cruzadas, todo era un chiste para esa cosa. Que el universo entero era un chiste.

    Caí de rodillas y sentí cómo uno de esos tentáculos me envolvía la cintura. La presión fue lenta, cariñosa. Mis costillas se rompieron una a una. La sangre me llenó la boca, había muerto. Pero mi propia maldición no me lo permitió. Desperté horas después, o días, no lo sé. La capilla seguía allí, pero ahora estaba en silencio. Los tentáculos habían regresado al cielo, dejando solo un agujero en las nubes que no se cerraba. Los cuerpos de mis compañeros yacían desparramados, sus bocas abiertas en una sonrisa que nunca se borraría. Intente varias veces levantarme hasta que mis pies volvieron a sentirse firmes. Mis heridas ya se cerraban. Mi mente tardó años en volver a ser mía. Aún hoy, tengo pesadillas recordando algo que pasó hace muchos años. Hay cosas peores que nuestras creencias, el bien y el mal son moldeables.
    𝐂𝐫𝐨́𝐧𝐢𝐜𝐚 𝐝𝐞 𝐒𝐢𝐞𝐠𝐦𝐞𝐲𝐞𝐫 "𝐿𝑎 𝐶𝑎𝑝𝑖𝑙𝑙𝑎 𝑞𝑢𝑒 𝑀𝑖𝑟𝑜́ 𝑑𝑒 𝑉𝑢𝑒𝑙𝑡𝑎". La niebla se pegaba a mis botas como un sudario vivo aquella noche de hace más de 200 años. Marchaba al frente de la compañía del Reino de Valdris. Doce hombres, entre ellos tres inquisidores con sus cruces de hierro al cuello, dos caballeros juramentados y el resto mercenarios como yo. El rey nos había enviado a este rincón olvidado del mundo porque los campesinos hablaban de una capilla donde los herejes invocaban demonios. “Blasfemia”, decían. “Brujería”. A estas alturas ya había visto de todo y pensé que sería otro nido de cultistas baratos. El camino fue largo y el viento olía a tierra podrida. Los árboles se torcían como dedos rotos, sin hojas, solo ramas que parecían susurrar nombres que no eran de este mundo. Al fin, bajo un cielo que parecía una herida abierta, apareció la capilla. Exactamente como en mis pesadillas de hoy. Madera negra, aguja puntiaguda que rasgaba las nubes, ventanas en arco que brillaban con una luz interna que no era luz. Y figuras, tres o cuatro siluetas encapuchadas, como nosotros, que se arrastraban hacia la puerta principal. No huían. Caminaban como quien va a misa o a la tumba. Entramos y dentro no había altar, no había crucifijo. Solo un vacío que se tragaba el sonido de nuestras botas. El aire era espeso, como si respiráramos agua fría. Los inquisidores empezaron a recitar salmos, pero sus voces se ahogaban antes de llegar a las paredes. Entonces lo oímos, un latido lento, profundo, que no provenía de ninguna garganta. Venía de arriba, del techo, del cielo mismo. Miré hacia las ventanas altas, y vi. No eran demonios, ni ángeles caídos. Eran algo más antiguo. Tentáculos gruesos como troncos de roble, cubiertos de ventosas que se abrían y cerraban como bocas ciegas, descendiendo desde una oscuridad que no era oscuridad, sino la ausencia misma de todo lo que conocemos. Se movían con una lentitud deliberada, como si el tiempo no les importara. Uno de ellos rozó la aguja de la capilla y la madera gimió, no de dolor, sino de placer. Otro se enroscó alrededor de un inquisidor antes de que pudiera gritar. Lo levantó. Lo apretó y sus huesos crujieron como ramas secas y su sangre cayó sobre nosotros como lluvia tibia. Grité, todos gritamos, pero los gritos se convertían en risas. En oraciones que nadie había enseñado. Uno de los caballeros se arrodilló, quitó su yelmo y comenzó a arrancarse los ojos con los dedos, murmurando que “al fin veía la verdad”. Otro mercenario corrió hacia la puerta y un tentáculo lo atravesó por la espalda, sacándolo por la boca como un pez ensartado. La sangre dibujaba símbolos que yo reconocí de pesadillas que no eran mías. Sentí que mi mente se rompía, no era miedo, era comprensión. Una comprensión que ningún hombre debería tener, que este lugar no era un templo profanado. Que la capilla era solo una costra, una herida abierta en la piel del mundo, y que algo inmenso, indiferente y hambriento la estaba usando como boca. Que nuestros dioses, nuestros demonios, nuestras cruzadas, todo era un chiste para esa cosa. Que el universo entero era un chiste. Caí de rodillas y sentí cómo uno de esos tentáculos me envolvía la cintura. La presión fue lenta, cariñosa. Mis costillas se rompieron una a una. La sangre me llenó la boca, había muerto. Pero mi propia maldición no me lo permitió. Desperté horas después, o días, no lo sé. La capilla seguía allí, pero ahora estaba en silencio. Los tentáculos habían regresado al cielo, dejando solo un agujero en las nubes que no se cerraba. Los cuerpos de mis compañeros yacían desparramados, sus bocas abiertas en una sonrisa que nunca se borraría. Intente varias veces levantarme hasta que mis pies volvieron a sentirse firmes. Mis heridas ya se cerraban. Mi mente tardó años en volver a ser mía. Aún hoy, tengo pesadillas recordando algo que pasó hace muchos años. Hay cosas peores que nuestras creencias, el bien y el mal son moldeables.
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