• ༒ 𝕻𝖔𝖑𝖑𝖊𝖓 𝕾𝖊𝖕𝖚𝖑𝖈𝖗𝖊𝖙𝖚𝖒.

    Era una tarde de tormenta, la noche estaba por caer y la lluvia golpeaba los ventanales con una paciencia funeraria, lenta, insistente… como dedos huesudos reclamando entrar. Dentro de la pequeña botica apenas sobrevivía la luz de unas cuantas velas consumidas, cuya cera derretida caía sobre los muebles antiguos como lágrimas espesas. El aire olía a tierra húmeda, hierbas secas y algo más difícil de nombrar.
    Algo amargo. Algo medicinal. Algo que recordaba demasiado a las criptas.

    Odette permanecía de pie frente a la mesa de trabajo, rodeada de frascos etiquetados con tinta antigua y nombres que la mayoría prefería no pronunciar. Belladona. Beleño negro. Acónito. Estramonio.
    Sus dedos recorrían con delicadeza las páginas abiertas del herbario mientras separaba pequeñas ramas marchitas para dejarlas secar. Había aprendido hacía mucho que las plantas también podían pudrirse con elegancia.

    La tormenta rugió afuera.

    Ella no levantó la vista.

    Sólo cuando el viento hizo estremecer las paredes de madera, sus ojos verdes y apagados se desviaron lentamente hacia la ventana empañada. Durante un segundo creyó distinguir una silueta inmóvil al otro lado del cristal.

    Alta.

    Cubierta por un velo oscuro.

    Observándola.

    Odette permaneció quieta, con la misma serenidad con la que otros aceptaban una oración antes de morir. Sus dedos, manchados tenuemente por los pigmentos de las hierbas que martajaba, sostuvieron una planta seca de Ajenjo que descansaba entre las páginas del libro donde antes se encontraba su rosario de plata.

    La figura desapareció cuando un relámpago iluminó el bosque.

    Silencio otra vez.

    Sólo el crepitar de las velas.

    Sólo la lluvia.

    Sólo ella.

    O eso creyó… hasta que escuchó el sonido húmedo de unas pisadas detrás de su espalda.

    No fueron rápidas.

    No fueron agresivas.

    Odette cerró el herbario con suavidad.

    —La puerta estaba cerrada.—Murmuró tranquila.—Así que supongo que no viene buscando refugio.

    Las pisadas se detuvieron.

    Y en algún rincón oscuro de la botica… algo comenzó a reir.

    Odette permaneció inmóvil unos segundos más, escuchando.

    Aquella risa seguía ahí.

    Suave.

    Siniestra.

    Burlona.

    Parecía surgir desde algún rincón de la botica, mezclándose con el crujido de la madera vieja y el murmullo de la tormenta detrás de los cristales. No sonaba como la risa de una persona… tampoco como la de un niño. Había algo enfermo en ello. Algo demasiado profundo.

    La herborista tomó una vela de la mesa.

    La llama de la vela tembló mientras avanzaba despacio por la habitación. Las sombras de las plantas colgadas del techo se balanceaban sobre las paredes como cadáveres suspendidos.

    Un paso.

    Luego otro.

    Aquella risa parecía moverse cada vez que ella se acercaba.
    Burlona. Incitando a Odette a buscarla.

    Primero junto al estante de frascos.

    Luego detrás de las cortinas.

    Después cerca de la puerta.

    Pero siempre fuera de su alcance.

    Odette entrecerró apenas los ojos.

    —No me agradan los juegos.—Exhaló. Con aparente tono cansado.

    No obtuvo respuesta.

    Sólo aquel sonido.

    Más cerca ahora.

    Demasiado cerca.

    La llama de la vela vaciló violentamente cuando Odette se detuvo frente al rincón más oscuro de la botica: un pequeño espacio detrás de una cortina de hierbas secas y ramilletes marchitos colgando.

    La risa venía de ahí.

    Podía jurarlo.

    Con lentitud apartó las ramas.

    El rincón estaba vacío.

    No había nadie.

    Ni huellas húmedas sobre el suelo.

    Ni barro.

    Ni ropa empapada.

    Nada.

    Esa risa cesó por completo.

    Odette observó el espacio durante largos segundos sin moverse. Su expresión apenas cambió, aunque sintió el frío reptar lentamente bajo su piel.

    Entonces la vela iluminó algo sobre el suelo.

    Un pequeño charco oscuro.

    Espeso.

    No era agua.

    Odette descendió lentamente la vista… y sintió cómo el aire abandonaba sus pulmones.

    El líquido nacía desde debajo del suelo. Desde sus propios zapatos.

    Retrocedió apenas un paso.

    Confundida.

    Y fue entonces cuando lo escuchó otra vez.

    Detrás del cristal empañado donde antes había visto la sombra...

    La suave risa volvió a burlarse de ella.
    ༒ 𝕻𝖔𝖑𝖑𝖊𝖓 𝕾𝖊𝖕𝖚𝖑𝖈𝖗𝖊𝖙𝖚𝖒. Era una tarde de tormenta, la noche estaba por caer y la lluvia golpeaba los ventanales con una paciencia funeraria, lenta, insistente… como dedos huesudos reclamando entrar. Dentro de la pequeña botica apenas sobrevivía la luz de unas cuantas velas consumidas, cuya cera derretida caía sobre los muebles antiguos como lágrimas espesas. El aire olía a tierra húmeda, hierbas secas y algo más difícil de nombrar. Algo amargo. Algo medicinal. Algo que recordaba demasiado a las criptas. Odette permanecía de pie frente a la mesa de trabajo, rodeada de frascos etiquetados con tinta antigua y nombres que la mayoría prefería no pronunciar. Belladona. Beleño negro. Acónito. Estramonio. Sus dedos recorrían con delicadeza las páginas abiertas del herbario mientras separaba pequeñas ramas marchitas para dejarlas secar. Había aprendido hacía mucho que las plantas también podían pudrirse con elegancia. La tormenta rugió afuera. Ella no levantó la vista. Sólo cuando el viento hizo estremecer las paredes de madera, sus ojos verdes y apagados se desviaron lentamente hacia la ventana empañada. Durante un segundo creyó distinguir una silueta inmóvil al otro lado del cristal. Alta. Cubierta por un velo oscuro. Observándola. Odette permaneció quieta, con la misma serenidad con la que otros aceptaban una oración antes de morir. Sus dedos, manchados tenuemente por los pigmentos de las hierbas que martajaba, sostuvieron una planta seca de Ajenjo que descansaba entre las páginas del libro donde antes se encontraba su rosario de plata. La figura desapareció cuando un relámpago iluminó el bosque. Silencio otra vez. Sólo el crepitar de las velas. Sólo la lluvia. Sólo ella. O eso creyó… hasta que escuchó el sonido húmedo de unas pisadas detrás de su espalda. No fueron rápidas. No fueron agresivas. Odette cerró el herbario con suavidad. —La puerta estaba cerrada.—Murmuró tranquila.—Así que supongo que no viene buscando refugio. Las pisadas se detuvieron. Y en algún rincón oscuro de la botica… algo comenzó a reir. Odette permaneció inmóvil unos segundos más, escuchando. Aquella risa seguía ahí. Suave. Siniestra. Burlona. Parecía surgir desde algún rincón de la botica, mezclándose con el crujido de la madera vieja y el murmullo de la tormenta detrás de los cristales. No sonaba como la risa de una persona… tampoco como la de un niño. Había algo enfermo en ello. Algo demasiado profundo. La herborista tomó una vela de la mesa. La llama de la vela tembló mientras avanzaba despacio por la habitación. Las sombras de las plantas colgadas del techo se balanceaban sobre las paredes como cadáveres suspendidos. Un paso. Luego otro. Aquella risa parecía moverse cada vez que ella se acercaba. Burlona. Incitando a Odette a buscarla. Primero junto al estante de frascos. Luego detrás de las cortinas. Después cerca de la puerta. Pero siempre fuera de su alcance. Odette entrecerró apenas los ojos. —No me agradan los juegos.—Exhaló. Con aparente tono cansado. No obtuvo respuesta. Sólo aquel sonido. Más cerca ahora. Demasiado cerca. La llama de la vela vaciló violentamente cuando Odette se detuvo frente al rincón más oscuro de la botica: un pequeño espacio detrás de una cortina de hierbas secas y ramilletes marchitos colgando. La risa venía de ahí. Podía jurarlo. Con lentitud apartó las ramas. El rincón estaba vacío. No había nadie. Ni huellas húmedas sobre el suelo. Ni barro. Ni ropa empapada. Nada. Esa risa cesó por completo. Odette observó el espacio durante largos segundos sin moverse. Su expresión apenas cambió, aunque sintió el frío reptar lentamente bajo su piel. Entonces la vela iluminó algo sobre el suelo. Un pequeño charco oscuro. Espeso. No era agua. Odette descendió lentamente la vista… y sintió cómo el aire abandonaba sus pulmones. El líquido nacía desde debajo del suelo. Desde sus propios zapatos. Retrocedió apenas un paso. Confundida. Y fue entonces cuando lo escuchó otra vez. Detrás del cristal empañado donde antes había visto la sombra... La suave risa volvió a burlarse de ella.
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  • 𝐶𝑟𝑜́𝑛𝑖𝑐𝑎 𝑑𝑒 𝑆𝑖𝑒𝑔𝑚𝑒𝑦𝑒𝑟 — 𝐷𝑢𝑒𝑙𝑜 𝑑𝑒 𝑖𝑛𝑚𝑜𝑟𝑡𝑎𝑙𝑒𝑠

    Estaba a punto de llegar a Karadath el ultimo bastion humano en el norte. La nieve caía con más furia que nunca, como si el cielo mismo quisiera borrar todo rastro de lo que estaba a punto de suceder. Mis botas pesadas crujían sobre la capa helada que cubría las ruinas de la antigua fortaleza de Valthor. El frío se filtraba a traves de mi armadurade placas, mordiendo la carne que había sobrevivido a cien muertes.

    Frente a mí estaba ella. Una única caza recompenzas, siempre venían una docena tras el inmortal. Una mujer de cabello negro que ondeaba y se congelaba en un vaivén. Equipaba una armadura ligera sólida. Se hacía llamar la Segadora, la reconoci por su bufanda roja, siempre pense que era un mito, ya que decían que había cazado a otros inmortales antes que yo.

    Nuestras espadas chocaron y el mundo se redujo a acero y nieve. Su hoja era más ligera, más rápida, un relámpago vivo que buscaba los huecos de mi defensa. Yo blandía mi gran espada de dos manos, pesada y brutal, pero cada golpe que lanzaba ella lo esquivaba con una gracia inhumana, como si bailara con la tormenta.

    “Eres lento, viejo inmortal”, susurró con una voz que cortaba más que el viento. “¿Todavía sigues aferrándote a esa carne podrida?”

    Su espada busco y me abrió el costado justo en la unión de las placas. Sentí cómo la hoja rasgaba malla, piel y costilla. El dolor fue tan intenso que por un segundo creí que esta vez sí moriría de verdad. Caí sobre una rodilla, la nieve tiñéndose de rojo bajo mi peso. Ella no se apresuró. Caminó alrededor mío, disfrutando el momento.

    “¿Cuántas veces has muerto, Siegmeyer? ¿Y todavía sigues aquí, arrastrando esa maldición como un perro viejo?”

    Me levanté rugiendo. Mi espada chocó contra la suya. Ella retrocedió, pero no cayó. Contraatacó con una serie de estocadas tan rápidas que apenas pude bloquearlas. Una me atravesó un punto debil en el muslo, otra rn la unión de la hombreras, hiriendome hombro. Sangre caliente salpicaba la nieve con cada movimiento.

    En un momento de furia ciega logré atraparla. La embestí con el hombro y la lancé contra una pared derruida. El impacto fue brutal. Ella tosió sangre, pero sonrió. Sus ojos brillaban con algo que no era solo odio era reconocimiento.

    “Por fin”, murmuró, limpiándose la boca con el dorso de la mano. “Un inmortal que vale la pena matar.”

    Volvimos a cruzarnos. Esta vez no fue técnica. Fue pura rabia animal. Nuestras espadas cantaban una melodía mortal mientras girábamos entre las ruinas. La nieve nos cubría, nos cegaba, nos hacía resbalar. Perdí la cuenta de cuántas veces me hirió y tambien de cuántas veces la herí yo a ella.

    En el clímax del duelo, nuestras hojas se trabaron en un forcejeo mortal. Cara a cara, respiraciones entrecortadas, sangre cayendo de ambos. Podía ver mi propio reflejo roto en sus ojos.

    “¿Por qué no mueres?”, gruñí.

    “Porque yo también estoy maldita”, respondió ella, y entonces vi algo parecido a dolor en su rostro.

    Con un último esfuerzo giré mi espada y la liberé de su agarre. Mi hoja descendió en un arco perfecto. Ella levantó la suya para parar, pero su arma se quebró. Mi acero le atravesó el pecho.

    Cayó de rodillas en la nieve, sosteniendo la hoja que la mataba como si fuera un viejo amigo. Me miró una última vez y sonrió con sangre en los dientes.

    “Al fin… alguien que pudo terminarlo.”

    Se desplomó. La tormenta se calmó casi al instante, dejando solo el silencio y el sonido de mi propia respiración entrecortada.

    Me quedé allí, tambaleándome, con más heridas de las que podía contar. La inmortalidad me mantenía en pie, pero nunca me había sentido tan cerca de la muerte verdadera. Quedé con muchas preguntas. Espere que sanara como yo lo hacía pero no volvió a abrir los ojos. Sus heridas no cerraron, ¿Por que decía estar maldita? Fue otro enigma que quedó grabado en mi mente.
    𝐶𝑟𝑜́𝑛𝑖𝑐𝑎 𝑑𝑒 𝑆𝑖𝑒𝑔𝑚𝑒𝑦𝑒𝑟 — 𝐷𝑢𝑒𝑙𝑜 𝑑𝑒 𝑖𝑛𝑚𝑜𝑟𝑡𝑎𝑙𝑒𝑠 Estaba a punto de llegar a Karadath el ultimo bastion humano en el norte. La nieve caía con más furia que nunca, como si el cielo mismo quisiera borrar todo rastro de lo que estaba a punto de suceder. Mis botas pesadas crujían sobre la capa helada que cubría las ruinas de la antigua fortaleza de Valthor. El frío se filtraba a traves de mi armadurade placas, mordiendo la carne que había sobrevivido a cien muertes. Frente a mí estaba ella. Una única caza recompenzas, siempre venían una docena tras el inmortal. Una mujer de cabello negro que ondeaba y se congelaba en un vaivén. Equipaba una armadura ligera sólida. Se hacía llamar la Segadora, la reconoci por su bufanda roja, siempre pense que era un mito, ya que decían que había cazado a otros inmortales antes que yo. Nuestras espadas chocaron y el mundo se redujo a acero y nieve. Su hoja era más ligera, más rápida, un relámpago vivo que buscaba los huecos de mi defensa. Yo blandía mi gran espada de dos manos, pesada y brutal, pero cada golpe que lanzaba ella lo esquivaba con una gracia inhumana, como si bailara con la tormenta. “Eres lento, viejo inmortal”, susurró con una voz que cortaba más que el viento. “¿Todavía sigues aferrándote a esa carne podrida?” Su espada busco y me abrió el costado justo en la unión de las placas. Sentí cómo la hoja rasgaba malla, piel y costilla. El dolor fue tan intenso que por un segundo creí que esta vez sí moriría de verdad. Caí sobre una rodilla, la nieve tiñéndose de rojo bajo mi peso. Ella no se apresuró. Caminó alrededor mío, disfrutando el momento. “¿Cuántas veces has muerto, Siegmeyer? ¿Y todavía sigues aquí, arrastrando esa maldición como un perro viejo?” Me levanté rugiendo. Mi espada chocó contra la suya. Ella retrocedió, pero no cayó. Contraatacó con una serie de estocadas tan rápidas que apenas pude bloquearlas. Una me atravesó un punto debil en el muslo, otra rn la unión de la hombreras, hiriendome hombro. Sangre caliente salpicaba la nieve con cada movimiento. En un momento de furia ciega logré atraparla. La embestí con el hombro y la lancé contra una pared derruida. El impacto fue brutal. Ella tosió sangre, pero sonrió. Sus ojos brillaban con algo que no era solo odio era reconocimiento. “Por fin”, murmuró, limpiándose la boca con el dorso de la mano. “Un inmortal que vale la pena matar.” Volvimos a cruzarnos. Esta vez no fue técnica. Fue pura rabia animal. Nuestras espadas cantaban una melodía mortal mientras girábamos entre las ruinas. La nieve nos cubría, nos cegaba, nos hacía resbalar. Perdí la cuenta de cuántas veces me hirió y tambien de cuántas veces la herí yo a ella. En el clímax del duelo, nuestras hojas se trabaron en un forcejeo mortal. Cara a cara, respiraciones entrecortadas, sangre cayendo de ambos. Podía ver mi propio reflejo roto en sus ojos. “¿Por qué no mueres?”, gruñí. “Porque yo también estoy maldita”, respondió ella, y entonces vi algo parecido a dolor en su rostro. Con un último esfuerzo giré mi espada y la liberé de su agarre. Mi hoja descendió en un arco perfecto. Ella levantó la suya para parar, pero su arma se quebró. Mi acero le atravesó el pecho. Cayó de rodillas en la nieve, sosteniendo la hoja que la mataba como si fuera un viejo amigo. Me miró una última vez y sonrió con sangre en los dientes. “Al fin… alguien que pudo terminarlo.” Se desplomó. La tormenta se calmó casi al instante, dejando solo el silencio y el sonido de mi propia respiración entrecortada. Me quedé allí, tambaleándome, con más heridas de las que podía contar. La inmortalidad me mantenía en pie, pero nunca me había sentido tan cerca de la muerte verdadera. Quedé con muchas preguntas. Espere que sanara como yo lo hacía pero no volvió a abrir los ojos. Sus heridas no cerraron, ¿Por que decía estar maldita? Fue otro enigma que quedó grabado en mi mente.
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  • "𝒀𝒐𝒖 𝒄𝒂𝒏 𝒔𝒆𝒓𝒗𝒆 𝒘𝒊𝒕𝒉𝒐𝒖𝒕 𝒂 𝒑𝒂𝒄𝒕."
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  • 𝘌𝘴𝘰𝘴 𝘥𝘦𝘮𝘰𝘯𝘪𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘢𝘯𝘰𝘤𝘩𝘦 𝘴í 𝘲𝘶𝘦 𝘭𝘦 𝘩𝘪𝘤𝘪𝘦𝘳𝘰𝘯 𝘱𝘦𝘭𝘦𝘢. 𝘐𝘯𝘤𝘭𝘶𝘴𝘰 𝘶𝘯𝘰 𝘤𝘰𝘯𝘴𝘪𝘨𝘶𝘪ó 𝘱𝘢𝘳𝘵𝘪𝘳𝘭𝘦 𝘦𝘭 𝘭𝘢𝘣𝘪𝘰.
    𝘌𝘴𝘰𝘴 𝘥𝘦𝘮𝘰𝘯𝘪𝘰𝘴 𝘥𝘦 𝘢𝘯𝘰𝘤𝘩𝘦 𝘴í 𝘲𝘶𝘦 𝘭𝘦 𝘩𝘪𝘤𝘪𝘦𝘳𝘰𝘯 𝘱𝘦𝘭𝘦𝘢. 𝘐𝘯𝘤𝘭𝘶𝘴𝘰 𝘶𝘯𝘰 𝘤𝘰𝘯𝘴𝘪𝘨𝘶𝘪ó 𝘱𝘢𝘳𝘵𝘪𝘳𝘭𝘦 𝘦𝘭 𝘭𝘢𝘣𝘪𝘰.
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    𝐌𝐮𝐜𝐡𝐨𝐬 𝐦𝐮𝐞𝐫𝐭𝐨𝐬 𝐦𝐞𝐫𝐞𝐜𝐞𝐧 𝐥𝐚 𝐯𝐢𝐝𝐚,
    𝐚𝐥𝐠𝐮𝐧𝐨𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐯𝐢𝐯𝐞𝐧 𝐦𝐞𝐫𝐞𝐜𝐞𝐧 𝐥𝐚 𝐦𝐮𝐞𝐫𝐭𝐞.
    ¿𝐐𝐮𝐢é𝐧 𝐞𝐫𝐞𝐬 𝐭ú 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐢𝐦𝐩𝐚𝐫𝐭í𝐫𝐬𝐞𝐥𝐚𝐬?
    𝐌𝐮𝐜𝐡𝐨𝐬 𝐦𝐮𝐞𝐫𝐭𝐨𝐬 𝐦𝐞𝐫𝐞𝐜𝐞𝐧 𝐥𝐚 𝐯𝐢𝐝𝐚, 𝐚𝐥𝐠𝐮𝐧𝐨𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐯𝐢𝐯𝐞𝐧 𝐦𝐞𝐫𝐞𝐜𝐞𝐧 𝐥𝐚 𝐦𝐮𝐞𝐫𝐭𝐞. ¿𝐐𝐮𝐢é𝐧 𝐞𝐫𝐞𝐬 𝐭ú 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐢𝐦𝐩𝐚𝐫𝐭í𝐫𝐬𝐞𝐥𝐚𝐬?
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    Hoy en ALBUMES CON EL TIO JERO

    RHAPSODY - "Rain of a Thousand Flames." (2001)

    Género: Power Metal Sinfónico.

    "Hoy nos sumergimos de lleno en la epicidad, la fantasía y la magia en su máxima expresión musical. Un álbum que no solo nos trae una velocidad vertiginosa y virtuosismo extremo en cada uno de los instrumentos, sino también una intensidad inigualable que te hace sentir que realmente estás en el campo de batalla. Podríamos decir que aquí se cumple el cliché recurrente del género. Espadas, magia y guerras interminables contra demonios, y criaturas fantásticas de todo tipo, básicamente la banda sonora de una partida de Calabozos y Dragones."

    "En materia de rol, ¿Qué más se puede decir que no se haya dicho antes? Ambientar una guerra cuál ejército de Rohan en el abismo de Helm con este álbum (y casi cualquiera de Poder metal) es simplemente una delicia."

    https://youtu.be/XCuAkHJRL2Q?si=LncJJs6dFQ2DeoqB
    Hoy en ALBUMES CON EL TIO JERO 😎💀 RHAPSODY - "Rain of a Thousand Flames." (2001) Género: Power Metal Sinfónico. "Hoy nos sumergimos de lleno en la epicidad, la fantasía y la magia en su máxima expresión musical. Un álbum que no solo nos trae una velocidad vertiginosa y virtuosismo extremo en cada uno de los instrumentos, sino también una intensidad inigualable que te hace sentir que realmente estás en el campo de batalla. Podríamos decir que aquí se cumple el cliché recurrente del género. Espadas, magia y guerras interminables contra demonios, y criaturas fantásticas de todo tipo, básicamente la banda sonora de una partida de Calabozos y Dragones." "En materia de rol, ¿Qué más se puede decir que no se haya dicho antes? Ambientar una guerra cuál ejército de Rohan en el abismo de Helm con este álbum (y casi cualquiera de Poder metal) es simplemente una delicia." https://youtu.be/XCuAkHJRL2Q?si=LncJJs6dFQ2DeoqB
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    𝚁𝙴𝙶𝙻𝙰𝚂 𝙳𝙴 𝙻𝙰 𝙲𝚄𝙴𝙽𝚃𝙰:
    𝑭𝒂𝒗𝒐𝒓 𝒅𝒆 𝒍𝒆𝒆𝒓 𝒂𝒏𝒕𝒆𝒔 𝒅𝒆 𝒊𝒏𝒕𝒆𝒓𝒂𝒄𝒕𝒖𝒂𝒓.

    ❀ ・Respeto ante todo
    ✿ ・Se aprecia buena ortografía
    ❀ ・No se permite meta ni god rol
    ✿ ・Tiempo de respuesta variable

    ❀ ・DM abierto para acordar tramas
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    ❀ ・Las imágenes están abiertas para rol a menos que tengan una mención específica

    ✿ ・Las tramas de romance o lemon no son mi prioridad
    ❀ ・Me reservo el derecho de admisión
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    🌸 𝚁𝙴𝙶𝙻𝙰𝚂 𝙳𝙴 𝙻𝙰 𝙲𝚄𝙴𝙽𝚃𝙰: 𝑭𝒂𝒗𝒐𝒓 𝒅𝒆 𝒍𝒆𝒆𝒓 𝒂𝒏𝒕𝒆𝒔 𝒅𝒆 𝒊𝒏𝒕𝒆𝒓𝒂𝒄𝒕𝒖𝒂𝒓. ❀ ・Respeto ante todo ✿ ・Se aprecia buena ortografía ❀ ・No se permite meta ni god rol ✿ ・Tiempo de respuesta variable ❀ ・DM abierto para acordar tramas ✿ ・Si tú agregas, tú inicias interacción ❀ ・Las imágenes están abiertas para rol a menos que tengan una mención específica ✿ ・Las tramas de romance o lemon no son mi prioridad ❀ ・Me reservo el derecho de admisión ✿ ・En esta cuenta no se comparte información personal del usuario
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  • 𝑫𝑰𝑺𝑪𝑶𝑽𝑬𝑹𝑰𝑵𝑮 𝑵𝑬𝑾 𝑳𝑰𝑭𝑬 𝑭𝑶𝑹𝑴𝑺

    La científica sostenía al cat cake cuidadosamente mientras lo analizaba con aquella calma imperturbable tan característica de ella.

    La criatura se estiraba hasta alcanzar el suelo. Su cuerpo parecía flexible, casi como masa de mochi, uno de los tantos dulces que disfrutaba.

    Pequeños sonidos tiernos provenían del gatito mientras era examinado. La mirada analítica de la erudita parecía inquietarlo ligeramente, aunque ella estaba lejos de detenerse.

    Ante uno de los suaves maullidos, Ruan Mei inclinó apenas la cabeza. Un gesto casi imperceptible, pero suficiente para delatar parte de su curiosidad.

    Con delicadeza, acomodó ligeramente al cat cake entre sus manos hasta dirigir la curiosa mirada de la criatura hacia ella.

    Las diminutas patas del pequeño ser se aferraron a la manga de su ropa, provocando que sus dedos se detuvieran por un instante antes de continuar con el análisis.

    Si bien había sido su creadora, cada vez que volvía a observarlos en la estación descubría algo nuevo sobre aquellas curiosas criaturas.
    𝑫𝑰𝑺𝑪𝑶𝑽𝑬𝑹𝑰𝑵𝑮 𝑵𝑬𝑾 𝑳𝑰𝑭𝑬 𝑭𝑶𝑹𝑴𝑺 🥮 La científica sostenía al cat cake cuidadosamente mientras lo analizaba con aquella calma imperturbable tan característica de ella. La criatura se estiraba hasta alcanzar el suelo. Su cuerpo parecía flexible, casi como masa de mochi, uno de los tantos dulces que disfrutaba. Pequeños sonidos tiernos provenían del gatito mientras era examinado. La mirada analítica de la erudita parecía inquietarlo ligeramente, aunque ella estaba lejos de detenerse. Ante uno de los suaves maullidos, Ruan Mei inclinó apenas la cabeza. Un gesto casi imperceptible, pero suficiente para delatar parte de su curiosidad. Con delicadeza, acomodó ligeramente al cat cake entre sus manos hasta dirigir la curiosa mirada de la criatura hacia ella. Las diminutas patas del pequeño ser se aferraron a la manga de su ropa, provocando que sus dedos se detuvieran por un instante antes de continuar con el análisis. Si bien había sido su creadora, cada vez que volvía a observarlos en la estación descubría algo nuevo sobre aquellas curiosas criaturas.
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  • 𝑇𝘩𝑒 𝑣𝑖𝑠𝑜𝑟 𝑖𝑠𝑛’𝑡 𝑡𝑜 𝑝𝑟𝑜𝑡𝑒𝑐𝑡 𝑚𝑒 𝑓𝑟𝑜𝑚 𝑦𝑜𝑢. 𝐼𝑡’𝑠 𝑡𝑜 𝑝𝑟𝑜𝑡𝑒𝑐𝑡 𝑦𝑜𝑢 𝑓𝑟𝑜𝑚 𝒎𝒆.
    𝑇𝘩𝑒 𝑣𝑖𝑠𝑜𝑟 𝑖𝑠𝑛’𝑡 𝑡𝑜 𝑝𝑟𝑜𝑡𝑒𝑐𝑡 𝑚𝑒 𝑓𝑟𝑜𝑚 𝑦𝑜𝑢. 𝐼𝑡’𝑠 𝑡𝑜 𝑝𝑟𝑜𝑡𝑒𝑐𝑡 𝑦𝑜𝑢 𝑓𝑟𝑜𝑚 𝒎𝒆.
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