• 𝐕𝐨𝐲 𝐚 𝐚𝐯𝐞𝐧𝐭𝐚𝐫𝐥𝐞 𝐦𝐢𝐬 𝐩𝐞𝐧𝐚𝐬 𝐚𝐥 𝐬𝐨𝐥
    𝐯𝐨𝐲 𝐚 𝐩𝐢𝐧𝐭𝐚𝐫𝐥𝐞 𝐜𝐚𝐫𝐢𝐜𝐢𝐚𝐬 𝐚𝐥 𝐜𝐨𝐫𝐚𝐳ó𝐧
    𝐕𝐨𝐲 𝐚 𝐫𝐨𝐛𝐚𝐫𝐥𝐞, 𝐭𝐨𝐝𝐚 𝐬𝐮 𝐩𝐚𝐬𝐢ó𝐧.
    𝐕𝐨𝐲 𝐚 𝐚𝐯𝐞𝐧𝐭𝐚𝐫𝐥𝐞 𝐦𝐢𝐬 𝐩𝐞𝐧𝐚𝐬 𝐚𝐥 𝐬𝐨𝐥 𝐯𝐨𝐲 𝐚 𝐩𝐢𝐧𝐭𝐚𝐫𝐥𝐞 𝐜𝐚𝐫𝐢𝐜𝐢𝐚𝐬 𝐚𝐥 𝐜𝐨𝐫𝐚𝐳ó𝐧 𝐕𝐨𝐲 𝐚 𝐫𝐨𝐛𝐚𝐫𝐥𝐞, 𝐭𝐨𝐝𝐚 𝐬𝐮 𝐩𝐚𝐬𝐢ó𝐧.
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  • ¡ ¡ Buenos dias ! !
    La buena fortuna les sonríe.
    ¿No tienes un buen dia?
    Imagínate lo peor que seria sin buena fortuna... 🫡🫠
    ¡ ¡ Buenos dias ! ! La buena fortuna les sonríe. ¿No tienes un buen dia? Imagínate lo peor que seria sin buena fortuna... 🫡🫠
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  • 𝘞𝘪𝘭𝘭 𝘺𝘰𝘶 𝘳𝘦𝘷𝘪𝘷𝘦 𝘧𝘳𝘰𝘮 𝘵𝘩𝘦 𝘤𝘩𝘢𝘰𝘴 𝘪𝘯 𝘮𝘺 𝘮𝘪𝘯𝘥,
    𝘞𝘩𝘦𝘳𝘦 𝘸𝘦 𝘴𝘵𝘪𝘭𝘭 𝘢𝘳𝘦 𝘣𝘰𝘶𝘯𝘥 𝘵𝘰𝘨𝘦𝘵𝘩𝘦𝘳?
    𝘞𝘪𝘭𝘭 𝘺𝘰𝘶 𝘣𝘦 𝘵𝘩𝘦𝘳𝘦, 𝘸𝘢𝘪𝘵𝘪𝘯𝘨 𝘣𝘺 𝘵𝘩𝘦 𝘨𝘢𝘵𝘦𝘴 𝘰𝘧 𝘥𝘢𝘸𝘯,
    𝘞𝘩𝘦𝘯 𝘐 𝘤𝘭𝘰𝘴𝘦 𝘮𝘺 𝘦𝘺𝘦𝘴 𝘧𝘰𝘳𝘦𝘷𝘦𝘳?

    https://youtu.be/35eio8imriw
    𝘞𝘪𝘭𝘭 𝘺𝘰𝘶 𝘳𝘦𝘷𝘪𝘷𝘦 𝘧𝘳𝘰𝘮 𝘵𝘩𝘦 𝘤𝘩𝘢𝘰𝘴 𝘪𝘯 𝘮𝘺 𝘮𝘪𝘯𝘥, 𝘞𝘩𝘦𝘳𝘦 𝘸𝘦 𝘴𝘵𝘪𝘭𝘭 𝘢𝘳𝘦 𝘣𝘰𝘶𝘯𝘥 𝘵𝘰𝘨𝘦𝘵𝘩𝘦𝘳? 𝘞𝘪𝘭𝘭 𝘺𝘰𝘶 𝘣𝘦 𝘵𝘩𝘦𝘳𝘦, 𝘸𝘢𝘪𝘵𝘪𝘯𝘨 𝘣𝘺 𝘵𝘩𝘦 𝘨𝘢𝘵𝘦𝘴 𝘰𝘧 𝘥𝘢𝘸𝘯, 𝘞𝘩𝘦𝘯 𝘐 𝘤𝘭𝘰𝘴𝘦 𝘮𝘺 𝘦𝘺𝘦𝘴 𝘧𝘰𝘳𝘦𝘷𝘦𝘳? https://youtu.be/35eio8imriw
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  • ❝𝑊𝘩𝑎𝑡 𝑖𝑠 𝑡𝘩𝑒 𝑚𝑖𝑛𝑑 𝑏𝑢𝑡 𝑎 𝑠𝑚𝑎𝑙𝑙 𝘩𝑎𝑛𝑑 𝑜𝑓 𝑎𝑔𝑜𝑛𝑖𝑒𝑠.ᐣ❞
    ❝𝑊𝘩𝑎𝑡 𝑖𝑠 𝑡𝘩𝑒 𝑚𝑖𝑛𝑑 𝑏𝑢𝑡 𝑎 𝑠𝑚𝑎𝑙𝑙 𝘩𝑎𝑛𝑑 𝑜𝑓 𝑎𝑔𝑜𝑛𝑖𝑒𝑠.ᐣ❞
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  • ( 𝐀𝐔 — 新選組 ) / 𝟭𝟴𝟲𝟰’, 𝙃𝙞𝙟𝙞𝙠𝙖𝙩𝙖 𝙏𝙤𝙨𝙝𝙞𝙯𝙤, 𝙨𝙚𝙜𝙪𝙣𝙙𝙤 𝙖𝙡 𝙢𝙖𝙣𝙙𝙤. 𝙀𝙡 𝘿𝙚𝙢𝙤𝙣𝙞𝙤 𝙙𝙚𝙡 𝙎𝙝𝙞𝙣𝙨𝙚𝙣𝙜𝙪𝙢𝙞.

    El bochorno de Kioto en aquel julio de 1864 se había filtrado hasta la médula de los caídos, una humedad pegajosa que convertía el aire en algo sólido y difícil de tragar. Frente a la 𝗽𝗼𝘀𝗮𝗱𝗮 𝗜𝗸𝗲𝗱𝗮𝘆𝗮, el calor del verano era una mala combinación junto con el vaho de la madera calcinada y el rastro metálico de la carnicería. Hijikata se mantenía en pie, aunque el mundo a su alrededor oscilaba con un 𝗿𝗶𝘁𝗺𝗼 𝗳𝗲𝗯𝗿𝗶𝗹. Sus pulmones reclamaban aire, pero solo encontraba brasas invisibles en cada inhalación, un castigo tras dos horas de combate cuerpo a cuerpo en el interior de aquel horno de vigas y papel.
    La yukata azul oscuro que vestía bajo el haori castaño estaba tan empapada que se adhería a su piel. No era solo sudor; manchas irregulares, densas y oscuras, se extendían por la tela, testamento de 𝘃𝗶𝗱𝗮𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮𝗻 𝗲𝘅𝘁𝗶𝗻𝗴𝘂𝗶𝗱𝗼 𝗯𝗮𝗷𝗼 𝘀𝘂 𝗮𝗰𝗲𝗿𝗼. Por una vez, esa sangre no era la suya, pero el peso de la fatiga era tan letal como una herida abierta.
    A sus espaldas, la fachada del Ikedaya parecían salidas del mismo infierno. Las puertas de madera noble colgaban de sus goznes, astilladas por cortes de katana que habían partido el grano de la madera como si fuera pergamino. Los postigos yacían hechos añicos en el suelo, y a través de la entrada abierta de par en par, el caos se revelaba bajo la luz vacilante de las linternas: muebles destrozados, biombos fusuma desgarrados y cuerpos que parecían multiplicarse ante sus ojos cansados cada vez que parpadeaba para limpiarse el sudor. Ocho insurgentes del dominio de Choshu habían quedado allí, sus ambiciones cercenadas en el tatami, mientras otros treinta y dos aguardaban encadenados en la calle, destinados a un juicio que Hijikata sabía que terminaría con 𝘀𝘂𝘀 𝗰𝗮𝗯𝗲𝘇𝗮𝘀 𝗲𝘅𝗽𝘂𝗲𝘀𝘁𝗮𝘀 𝗲𝗻 𝗽𝗶𝗰𝗮𝘀 𝗳𝗿𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗮 𝗹𝗮 𝗰𝗮́𝗿𝗰𝗲𝗹 𝗱𝗲 𝗦𝗮𝗻𝗷𝗼.
    Dos horas, ciento veinte minutos de tensión absoluta donde la deshidratación había tirado de sus músculos como si fueran sogas a punto de romperse. Había visto a sus mejores hombres tambalearse, y el momento más amargo fue ver a su soldado más letal desplomarse sobre las esteras. No había sido el acero enemigo, sino el calor traicionero y el esfuerzo sobrehumano lo que había apagado su chispa. Hijikata mismo sentía que el control sobre su propio cuerpo se le escapaba; sus piernas vibraban bajo el hakama y un temblor involuntario recorría sus antebrazos, una reacción eléctrica al agotamiento que intentaba ocultar.
    Su mano derecha seguía aferrada a la empuñadura de su katana, los nudillos blancos y endurecidos por la tensión.

    ❛¡Kondō-san!❜­­ ­ llamó, y su voz surgió como un estallido de grava, áspera por los gritos de guerra y el humo denso de las lámparas de aceite.
    A pocos metros, Kondō Isami inspeccionaba los restos de la refriega. El comandante del Shinsengumi se giró hacia él. En su rostro se leía la misma fatiga, pero sus ojos brillaban con la luz salvaje de la victoria. Al preguntarle por las bajas, la respuesta de Kondō fue poco satisfactoria: un muerto en el acto, dos más que no verían el amanecer. Los números en el papel dirían que fue un triunfo aplastante, pero él sabía que las matemáticas nunca hacían justicia al horror de la lucha.

    Sus ojos recorrieron la calle principal de Kioto. El reloj de agua ya había marcado la hora del Buey, pero las calles estaban lejos de ser silenciosas. Los curiosos se asomaban desde los callejones como espectros atraídos por la luz de las antorchas. Su presencia le revolvió el estómago. Eran mirones que buscaban entretenimiento en el rastro de la carnicería.
    Cuando Hijikata avanzó hacia ellos, su figura pareció estirarse bajo el resplandor de las teas. Era un hombre imponente, cuya estatura superaba con creces el metro ochenta, una rareza física en aquel Japón que le otorgaba un aura casi mítica. Su constitución no era la de un hombre delgado o frágil; poseía una densidad física notable que hacían que su velocidad en combate fuera aún más aterradora. Su piel, bronceada por las interminables horas de entrenamiento bajo el sol de los campos de Tama, relucía con una pátina de sudor y violencia.

    Incluso en aquel estado lamentable, cubierto de hollín y sangre, Hijikata poseía una belleza destacable. Sus rasgos eran afilados, de una simetría perfecta que parecía haber sido esculpida en piedra para encarnar el ideal del guerrero. Los rumores que corrían por las casas de té no mentían: era el hombre más hermoso que jamás hubiera portado el uniforme del Shogún, pero era una belleza peligrosa, una que advertía que detrás de aquel rostro perfecto habitaba el 𝗗𝗲𝗺𝗼𝗻𝗶𝗼 𝗱𝗲 𝗠𝗶𝗯𝘂.

    ❛¡Ustedes!❜ su voz tronó, cortando el aire húmedo como un tajo limpio. ❛¡Largo de aquí!❜
    Los civiles retrocedieron en bloque, pero algunos permanecieron paralizados por el terror. Un anciano, apoyado en un bastón de bambú, parecía a punto de desfallecer al ver el rastro rojo que manchaba las sandalias de Hijikata. El vicecomandante dio un paso más, sintiendo cómo sus propias rodillas flaqueaban por un instante antes de recuperar la compostura. El temblor de su cuerpo era una danza de nervios agotados, pero su presencia seguía siendo temible.

    ❛¿No me han oído?❜ dijo, esta vez con calma, resultaba más aterradora que cualquier grito. ❛Esto no es un espectáculo para su diversión. Largo. Ahora.❜
    El pánico surtió efecto. Los civiles huyeron hacia las sombras de los callejones, desapareciendo como ratas ante la luz. Hijikata se quedó solo en mitad de la calle, con la respiración aún agitada y el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. El silencio que siguió fue denso, roto solo por los lamentos distantes de los heridos y el zumbido persistente en sus oídos.
    ( 𝐀𝐔 — 新選組 ) / 𝟭𝟴𝟲𝟰’, 𝙃𝙞𝙟𝙞𝙠𝙖𝙩𝙖 𝙏𝙤𝙨𝙝𝙞𝙯𝙤, 𝙨𝙚𝙜𝙪𝙣𝙙𝙤 𝙖𝙡 𝙢𝙖𝙣𝙙𝙤. 𝙀𝙡 𝘿𝙚𝙢𝙤𝙣𝙞𝙤 𝙙𝙚𝙡 𝙎𝙝𝙞𝙣𝙨𝙚𝙣𝙜𝙪𝙢𝙞. El bochorno de Kioto en aquel julio de 1864 se había filtrado hasta la médula de los caídos, una humedad pegajosa que convertía el aire en algo sólido y difícil de tragar. Frente a la 𝗽𝗼𝘀𝗮𝗱𝗮 𝗜𝗸𝗲𝗱𝗮𝘆𝗮, el calor del verano era una mala combinación junto con el vaho de la madera calcinada y el rastro metálico de la carnicería. Hijikata se mantenía en pie, aunque el mundo a su alrededor oscilaba con un 𝗿𝗶𝘁𝗺𝗼 𝗳𝗲𝗯𝗿𝗶𝗹. Sus pulmones reclamaban aire, pero solo encontraba brasas invisibles en cada inhalación, un castigo tras dos horas de combate cuerpo a cuerpo en el interior de aquel horno de vigas y papel. La yukata azul oscuro que vestía bajo el haori castaño estaba tan empapada que se adhería a su piel. No era solo sudor; manchas irregulares, densas y oscuras, se extendían por la tela, testamento de 𝘃𝗶𝗱𝗮𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗲 𝗵𝗮𝗯𝛊́𝗮𝗻 𝗲𝘅𝘁𝗶𝗻𝗴𝘂𝗶𝗱𝗼 𝗯𝗮𝗷𝗼 𝘀𝘂 𝗮𝗰𝗲𝗿𝗼. Por una vez, esa sangre no era la suya, pero el peso de la fatiga era tan letal como una herida abierta. A sus espaldas, la fachada del Ikedaya parecían salidas del mismo infierno. Las puertas de madera noble colgaban de sus goznes, astilladas por cortes de katana que habían partido el grano de la madera como si fuera pergamino. Los postigos yacían hechos añicos en el suelo, y a través de la entrada abierta de par en par, el caos se revelaba bajo la luz vacilante de las linternas: muebles destrozados, biombos fusuma desgarrados y cuerpos que parecían multiplicarse ante sus ojos cansados cada vez que parpadeaba para limpiarse el sudor. Ocho insurgentes del dominio de Choshu habían quedado allí, sus ambiciones cercenadas en el tatami, mientras otros treinta y dos aguardaban encadenados en la calle, destinados a un juicio que Hijikata sabía que terminaría con 𝘀𝘂𝘀 𝗰𝗮𝗯𝗲𝘇𝗮𝘀 𝗲𝘅𝗽𝘂𝗲𝘀𝘁𝗮𝘀 𝗲𝗻 𝗽𝗶𝗰𝗮𝘀 𝗳𝗿𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗮 𝗹𝗮 𝗰𝗮́𝗿𝗰𝗲𝗹 𝗱𝗲 𝗦𝗮𝗻𝗷𝗼. Dos horas, ciento veinte minutos de tensión absoluta donde la deshidratación había tirado de sus músculos como si fueran sogas a punto de romperse. Había visto a sus mejores hombres tambalearse, y el momento más amargo fue ver a su soldado más letal desplomarse sobre las esteras. No había sido el acero enemigo, sino el calor traicionero y el esfuerzo sobrehumano lo que había apagado su chispa. Hijikata mismo sentía que el control sobre su propio cuerpo se le escapaba; sus piernas vibraban bajo el hakama y un temblor involuntario recorría sus antebrazos, una reacción eléctrica al agotamiento que intentaba ocultar. Su mano derecha seguía aferrada a la empuñadura de su katana, los nudillos blancos y endurecidos por la tensión. ❛¡Kondō-san!❜­­ ­ llamó, y su voz surgió como un estallido de grava, áspera por los gritos de guerra y el humo denso de las lámparas de aceite. A pocos metros, Kondō Isami inspeccionaba los restos de la refriega. El comandante del Shinsengumi se giró hacia él. En su rostro se leía la misma fatiga, pero sus ojos brillaban con la luz salvaje de la victoria. Al preguntarle por las bajas, la respuesta de Kondō fue poco satisfactoria: un muerto en el acto, dos más que no verían el amanecer. Los números en el papel dirían que fue un triunfo aplastante, pero él sabía que las matemáticas nunca hacían justicia al horror de la lucha. Sus ojos recorrieron la calle principal de Kioto. El reloj de agua ya había marcado la hora del Buey, pero las calles estaban lejos de ser silenciosas. Los curiosos se asomaban desde los callejones como espectros atraídos por la luz de las antorchas. Su presencia le revolvió el estómago. Eran mirones que buscaban entretenimiento en el rastro de la carnicería. Cuando Hijikata avanzó hacia ellos, su figura pareció estirarse bajo el resplandor de las teas. Era un hombre imponente, cuya estatura superaba con creces el metro ochenta, una rareza física en aquel Japón que le otorgaba un aura casi mítica. Su constitución no era la de un hombre delgado o frágil; poseía una densidad física notable que hacían que su velocidad en combate fuera aún más aterradora. Su piel, bronceada por las interminables horas de entrenamiento bajo el sol de los campos de Tama, relucía con una pátina de sudor y violencia. Incluso en aquel estado lamentable, cubierto de hollín y sangre, Hijikata poseía una belleza destacable. Sus rasgos eran afilados, de una simetría perfecta que parecía haber sido esculpida en piedra para encarnar el ideal del guerrero. Los rumores que corrían por las casas de té no mentían: era el hombre más hermoso que jamás hubiera portado el uniforme del Shogún, pero era una belleza peligrosa, una que advertía que detrás de aquel rostro perfecto habitaba el 𝗗𝗲𝗺𝗼𝗻𝗶𝗼 𝗱𝗲 𝗠𝗶𝗯𝘂. ❛¡Ustedes!❜ su voz tronó, cortando el aire húmedo como un tajo limpio. ❛¡Largo de aquí!❜ Los civiles retrocedieron en bloque, pero algunos permanecieron paralizados por el terror. Un anciano, apoyado en un bastón de bambú, parecía a punto de desfallecer al ver el rastro rojo que manchaba las sandalias de Hijikata. El vicecomandante dio un paso más, sintiendo cómo sus propias rodillas flaqueaban por un instante antes de recuperar la compostura. El temblor de su cuerpo era una danza de nervios agotados, pero su presencia seguía siendo temible. ❛¿No me han oído?❜ dijo, esta vez con calma, resultaba más aterradora que cualquier grito. ❛Esto no es un espectáculo para su diversión. Largo. Ahora.❜ El pánico surtió efecto. Los civiles huyeron hacia las sombras de los callejones, desapareciendo como ratas ante la luz. Hijikata se quedó solo en mitad de la calle, con la respiración aún agitada y el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. El silencio que siguió fue denso, roto solo por los lamentos distantes de los heridos y el zumbido persistente en sus oídos.
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  • 𝐴𝑙𝑡𝑒𝑟𝑛𝑎𝑡𝑖𝑣𝑒 𝑈𝑛𝑖𝑣𝑒𝑟𝑠𝑒 | 𝐿𝑎 𝑣𝑖𝑑𝑎 𝑎𝑐𝑡𝑢𝑎𝑙 𝑑𝑒 𝑢𝑛 𝑝𝑎𝑑𝑟𝑒. ──── (𝐴𝑈)

    ────¡𝘖𝘩! ¡𝘏𝘰𝘭𝘢! 𝘜𝘯 𝘨𝘶𝘴𝘵𝘰 𝘦𝘯 𝘴𝘢𝘭𝘶𝘥𝘢𝘳𝘵𝘦. 𝘋𝘦𝘣𝘦𝘴 𝘴𝘦𝘳 𝘦𝘭/𝘭𝘢 𝘢𝘮𝘪𝘨𝘰/𝘢 𝘥𝘦 𝘮𝘪 𝘩𝘪𝘫𝘢. 𝘗𝘶𝘦𝘥𝘦𝘴 𝘱𝘢𝘴𝘢𝘳; 𝘦𝘭𝘭𝘢 𝘦𝘴𝘵𝘢 𝘢𝘳𝘳𝘪𝘣𝘢 𝘦𝘯 𝘴𝘶 𝘩𝘢𝘣𝘪𝘵𝘢𝘤𝘪ó𝘯 𝘺 𝘵𝘦 𝘦𝘴𝘵𝘢𝘣𝘢 𝘦𝘴𝘱𝘦𝘳𝘢𝘯𝘥𝘰. ¿𝘚𝘢𝘣𝘦𝘴? 𝘔𝘦 𝘢𝘭𝘦𝘨𝘳𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘵𝘦𝘯𝘨𝘢 𝘢𝘮𝘪𝘨𝘰𝘴. 𝘋𝘦𝘴𝘥𝘦 𝘲𝘶𝘦 𝘮𝘶𝘳𝘪ó 𝘴𝘶 𝘮𝘢𝘥𝘳𝘦 𝘩𝘢𝘤𝘦 𝘮𝘶𝘤𝘩𝘰𝘴 𝘢ñ𝘰𝘴 𝘴𝘦 𝘩𝘪𝘻𝘰 𝘮𝘶𝘺 𝘥𝘪𝘴𝘵𝘢𝘯𝘵𝘦 𝘤𝘰𝘯 𝘭𝘢𝘴 𝘢𝘮𝘪𝘴𝘵𝘢𝘥𝘦𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘵𝘦𝘯í𝘢 𝘤𝘶á𝘯𝘥𝘰 𝘦𝘳𝘢 𝘢𝘥𝘰𝘭𝘦𝘴𝘤𝘦𝘯𝘵𝘦. . . 𝘗𝘦𝘳𝘰 𝘢𝘩𝘰𝘳𝘢 𝘷𝘦𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘤𝘰𝘯𝘵𝘪𝘨𝘰 𝘦𝘯 𝘴𝘶 𝘢𝘥𝘶𝘭𝘵𝘦𝘻, 𝘦𝘴 𝘥𝘪𝘴𝘵𝘪𝘯𝘵𝘰, 𝘺 𝘦𝘴𝘰 𝘮𝘦 𝘱𝘰𝘯𝘦 𝘧𝘦𝘭𝘪𝘻. ────

    ────𝘚𝘶𝘣𝘦 𝘭𝘢𝘴 𝘦𝘴𝘤𝘢𝘭𝘦𝘳𝘢𝘴 𝘺 𝘢 𝘭𝘢 𝘥𝘦𝘳𝘦𝘤𝘩𝘢 𝘦𝘴𝘵á 𝘴𝘶 𝘩𝘢𝘣𝘪𝘵𝘢𝘤𝘪ó𝘯. 𝘕𝘰 𝘥𝘶𝘥𝘦𝘯 𝘦𝘯 𝘭𝘭𝘢𝘮𝘢𝘳𝘮𝘦 𝘴𝘪 𝘯𝘦𝘤𝘦𝘴𝘪𝘵𝘢𝘯 𝘢𝘭𝘨𝘰; 𝘱𝘰𝘳 𝘭𝘰 𝘮𝘪𝘦𝘯𝘵𝘳𝘢𝘴 𝘦𝘴𝘵𝘢𝘳é 𝘱𝘳𝘦𝘱𝘢𝘳𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘭𝘢 𝘤𝘦𝘯𝘢. 𝘋𝘪𝘭𝘦 𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘴𝘵𝘢𝘳á 𝘭𝘪𝘴𝘵𝘢 𝘦𝘯 𝘶𝘯𝘰𝘴 𝘮𝘰𝘮𝘦𝘯𝘵𝘰𝘴 𝘤𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘦𝘴𝘵é𝘴 𝘤𝘰𝘯 𝘦𝘭𝘭𝘢.────

    ||• La vida de Santi si su hija (Que tendría unos 20/25 años) estaría viva. Hasta feliz se lo ve también. [♡]
    𝐴𝑙𝑡𝑒𝑟𝑛𝑎𝑡𝑖𝑣𝑒 𝑈𝑛𝑖𝑣𝑒𝑟𝑠𝑒 | 𝐿𝑎 𝑣𝑖𝑑𝑎 𝑎𝑐𝑡𝑢𝑎𝑙 𝑑𝑒 𝑢𝑛 𝑝𝑎𝑑𝑟𝑒. ──── (𝐴𝑈) ────¡𝘖𝘩! ¡𝘏𝘰𝘭𝘢! 𝘜𝘯 𝘨𝘶𝘴𝘵𝘰 𝘦𝘯 𝘴𝘢𝘭𝘶𝘥𝘢𝘳𝘵𝘦. 𝘋𝘦𝘣𝘦𝘴 𝘴𝘦𝘳 𝘦𝘭/𝘭𝘢 𝘢𝘮𝘪𝘨𝘰/𝘢 𝘥𝘦 𝘮𝘪 𝘩𝘪𝘫𝘢. 𝘗𝘶𝘦𝘥𝘦𝘴 𝘱𝘢𝘴𝘢𝘳; 𝘦𝘭𝘭𝘢 𝘦𝘴𝘵𝘢 𝘢𝘳𝘳𝘪𝘣𝘢 𝘦𝘯 𝘴𝘶 𝘩𝘢𝘣𝘪𝘵𝘢𝘤𝘪ó𝘯 𝘺 𝘵𝘦 𝘦𝘴𝘵𝘢𝘣𝘢 𝘦𝘴𝘱𝘦𝘳𝘢𝘯𝘥𝘰. ¿𝘚𝘢𝘣𝘦𝘴? 𝘔𝘦 𝘢𝘭𝘦𝘨𝘳𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘵𝘦𝘯𝘨𝘢 𝘢𝘮𝘪𝘨𝘰𝘴. 𝘋𝘦𝘴𝘥𝘦 𝘲𝘶𝘦 𝘮𝘶𝘳𝘪ó 𝘴𝘶 𝘮𝘢𝘥𝘳𝘦 𝘩𝘢𝘤𝘦 𝘮𝘶𝘤𝘩𝘰𝘴 𝘢ñ𝘰𝘴 𝘴𝘦 𝘩𝘪𝘻𝘰 𝘮𝘶𝘺 𝘥𝘪𝘴𝘵𝘢𝘯𝘵𝘦 𝘤𝘰𝘯 𝘭𝘢𝘴 𝘢𝘮𝘪𝘴𝘵𝘢𝘥𝘦𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘵𝘦𝘯í𝘢 𝘤𝘶á𝘯𝘥𝘰 𝘦𝘳𝘢 𝘢𝘥𝘰𝘭𝘦𝘴𝘤𝘦𝘯𝘵𝘦. . . 𝘗𝘦𝘳𝘰 𝘢𝘩𝘰𝘳𝘢 𝘷𝘦𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘤𝘰𝘯𝘵𝘪𝘨𝘰 𝘦𝘯 𝘴𝘶 𝘢𝘥𝘶𝘭𝘵𝘦𝘻, 𝘦𝘴 𝘥𝘪𝘴𝘵𝘪𝘯𝘵𝘰, 𝘺 𝘦𝘴𝘰 𝘮𝘦 𝘱𝘰𝘯𝘦 𝘧𝘦𝘭𝘪𝘻. ──── ────𝘚𝘶𝘣𝘦 𝘭𝘢𝘴 𝘦𝘴𝘤𝘢𝘭𝘦𝘳𝘢𝘴 𝘺 𝘢 𝘭𝘢 𝘥𝘦𝘳𝘦𝘤𝘩𝘢 𝘦𝘴𝘵á 𝘴𝘶 𝘩𝘢𝘣𝘪𝘵𝘢𝘤𝘪ó𝘯. 𝘕𝘰 𝘥𝘶𝘥𝘦𝘯 𝘦𝘯 𝘭𝘭𝘢𝘮𝘢𝘳𝘮𝘦 𝘴𝘪 𝘯𝘦𝘤𝘦𝘴𝘪𝘵𝘢𝘯 𝘢𝘭𝘨𝘰; 𝘱𝘰𝘳 𝘭𝘰 𝘮𝘪𝘦𝘯𝘵𝘳𝘢𝘴 𝘦𝘴𝘵𝘢𝘳é 𝘱𝘳𝘦𝘱𝘢𝘳𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘭𝘢 𝘤𝘦𝘯𝘢. 𝘋𝘪𝘭𝘦 𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘴𝘵𝘢𝘳á 𝘭𝘪𝘴𝘵𝘢 𝘦𝘯 𝘶𝘯𝘰𝘴 𝘮𝘰𝘮𝘦𝘯𝘵𝘰𝘴 𝘤𝘶𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘦𝘴𝘵é𝘴 𝘤𝘰𝘯 𝘦𝘭𝘭𝘢.──── ||• La vida de Santi si su hija (Que tendría unos 20/25 años) estaría viva. Hasta feliz se lo ve también. [♡]
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    ㅤㅤㅤㅤㅤᯓ 𓍼 ¿𝘤𝘢𝘯 𝘪 𝘩𝘦𝘭𝘱 𝘺𝘰𝘶? 𖹭 𓍼 ᯓ
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    𝑨𝒏𝒅 𝒊𝒇 𝒚𝒐𝒖 𝒉𝒂𝒗𝒆 𝒕𝒐 𝒍𝒆𝒂𝒗𝒆
    𝑰 𝒘𝒊𝒔𝒉 𝒕𝒉𝒂𝒕 𝒚𝒐𝒖 𝒘𝒐𝒖𝒍𝒅 𝒋𝒖𝒔𝒕 𝒍𝒆𝒂𝒗𝒆
    '𝑪𝒂𝒖𝒔𝒆 𝒚𝒐𝒖𝒓 𝒑𝒓𝒆𝒔𝒆𝒏𝒄𝒆 𝒔𝒕𝒊𝒍𝒍 𝒍𝒊𝒏𝒈𝒆𝒓𝒔 𝒉𝒆𝒓𝒆
    𝑨𝒏𝒅 𝒊𝒕 𝒘𝒐𝒏'𝒕 𝒍𝒆𝒂𝒗𝒆 𝒎𝒆 𝒂𝒍𝒐𝒏𝒆
    𝑻𝒉𝒆𝒔𝒆 𝒘𝒐𝒖𝒏𝒅𝒔 𝒘𝒐𝒏'𝒕 𝒔𝒆𝒆𝒎 𝒕𝒐 𝒉𝒆𝒂𝒍, 𝒕𝒉𝒊𝒔 𝒑𝒂𝒊𝒏 𝒊𝒔 𝒋𝒖𝒔𝒕 𝒕𝒐𝒐 𝒓𝒆𝒂𝒍 𝑻𝒉𝒆𝒓𝒆'𝒔 𝒋𝒖𝒔𝒕 𝒕𝒐𝒐 𝒎𝒖𝒄𝒉 𝒕𝒉𝒂𝒕 𝒕𝒊𝒎𝒆 𝒄𝒂𝒏𝒏𝒐𝒕 𝒆𝒓𝒂𝒔𝒆.
    𝑨𝒏𝒅 𝒊𝒇 𝒚𝒐𝒖 𝒉𝒂𝒗𝒆 𝒕𝒐 𝒍𝒆𝒂𝒗𝒆 𝑰 𝒘𝒊𝒔𝒉 𝒕𝒉𝒂𝒕 𝒚𝒐𝒖 𝒘𝒐𝒖𝒍𝒅 𝒋𝒖𝒔𝒕 𝒍𝒆𝒂𝒗𝒆 '𝑪𝒂𝒖𝒔𝒆 𝒚𝒐𝒖𝒓 𝒑𝒓𝒆𝒔𝒆𝒏𝒄𝒆 𝒔𝒕𝒊𝒍𝒍 𝒍𝒊𝒏𝒈𝒆𝒓𝒔 𝒉𝒆𝒓𝒆 𝑨𝒏𝒅 𝒊𝒕 𝒘𝒐𝒏'𝒕 𝒍𝒆𝒂𝒗𝒆 𝒎𝒆 𝒂𝒍𝒐𝒏𝒆 𝑻𝒉𝒆𝒔𝒆 𝒘𝒐𝒖𝒏𝒅𝒔 𝒘𝒐𝒏'𝒕 𝒔𝒆𝒆𝒎 𝒕𝒐 𝒉𝒆𝒂𝒍, 𝒕𝒉𝒊𝒔 𝒑𝒂𝒊𝒏 𝒊𝒔 𝒋𝒖𝒔𝒕 𝒕𝒐𝒐 𝒓𝒆𝒂𝒍 𝑻𝒉𝒆𝒓𝒆'𝒔 𝒋𝒖𝒔𝒕 𝒕𝒐𝒐 𝒎𝒖𝒄𝒉 𝒕𝒉𝒂𝒕 𝒕𝒊𝒎𝒆 𝒄𝒂𝒏𝒏𝒐𝒕 𝒆𝒓𝒂𝒔𝒆.
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  • ──── ❝ 𝘓𝘰𝘴 𝘩𝘶𝘮𝘢𝘯𝘰𝘴 𝘭𝘶𝘤𝘩𝘢𝘯 𝘤𝘰𝘯 𝘥𝘦𝘴𝘦𝘴𝘱𝘦𝘳𝘢𝘤𝘪𝘰́𝘯 𝘱𝘰𝘳 𝘢𝘭𝘨𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘭𝘭𝘢𝘮𝘢𝘯... 𝘷𝘪𝘥𝘢.
    𝘓𝘢 𝘥𝘦𝘧𝘪𝘦𝘯𝘥𝘦𝘯 𝘤𝘰𝘯 𝘦𝘴𝘱𝘢𝘥𝘢𝘴. 𝘊𝘰𝘯 𝘧𝘦́.
    𝘐𝘯𝘤𝘭𝘶𝘴𝘰 𝘤𝘰𝘯 𝘴𝘶 𝘶́𝘭𝘵𝘪𝘮𝘰 𝘢𝘭𝘪𝘦𝘯𝘵𝘰.
    𝘗𝘦𝘳𝘰 𝘰𝘣𝘴𝘦𝘳𝘷𝘰 𝘴𝘶 𝘮𝘶𝘯𝘥𝘰 𝘺 𝘴𝘰́𝘭𝘰 𝘷𝘦𝘰 𝘶𝘯 𝘤𝘪𝘤𝘭𝘰 𝘪𝘯𝘵𝘦𝘳𝘮𝘪𝘯𝘢𝘣𝘭𝘦.

    𝘕𝘢𝘤𝘦𝘯 𝘦𝘯 𝘦𝘭 𝘥𝘰𝘭𝘰𝘳.
    𝘊𝘳𝘦𝘤𝘦𝘯 𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘱𝘦́𝘳𝘥𝘪𝘥𝘢𝘴.
    𝘠 𝘱𝘢𝘴𝘢𝘯 𝘴𝘶 𝘦𝘹𝘪𝘴𝘵𝘦𝘯𝘤𝘪𝘢 𝘵𝘦𝘮𝘪𝘦𝘯𝘥𝘰 𝘦𝘭 𝘧𝘪𝘯𝘢𝘭 𝘲𝘶𝘦 𝘪𝘯𝘦𝘷𝘪𝘵𝘦𝘣𝘭𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘭𝘭𝘦𝘨𝘢𝘳𝘢́.

    𝘈𝘶́𝘯 𝘢𝘴𝜄́, 𝘭𝘰 𝘭𝘭𝘢𝘮𝘢𝘯 𝘶𝘯 𝘳𝘦𝘨𝘢𝘭𝘰.
    𝘘𝘶𝘦́ 𝘦𝘹𝘵𝘳𝘢𝘯̃𝘢 𝘧𝘰𝘳𝘮𝘢 𝘥𝘦 𝘢𝘧𝘦𝘳𝘳𝘢𝘳𝘴𝘦 𝘢𝘭 𝘴𝘶𝘧𝘳𝘪𝘮𝘪𝘦𝘯𝘵𝘰.

    𝘗𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘺𝘰 𝘯𝘰 𝘭𝘦𝘴 𝘰𝘧𝘳𝘦𝘻𝘤𝘰 𝘨𝘶𝘦𝘳𝘳𝘢.
    𝘕𝘰 𝘭𝘦𝘴 𝘰𝘧𝘳𝘦𝘻𝘤𝘰 𝘤𝘢𝘴𝘵𝘪𝘨𝘰.
    𝘓𝘦𝘴 𝘰𝘧𝘳𝘦𝘻𝘤𝘰 𝘢𝘭𝘨𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘴𝘶 𝘮𝘶𝘯𝘥𝘰 𝘯𝘶𝘯𝘤𝘢 𝘱𝘶𝘥𝘰 𝘥𝘢𝘳𝘭𝘦𝘴:
    ... 𝘚𝘪𝘭𝘦𝘯𝘤𝘪𝘰.

    𝘜𝘯 𝘴𝘪𝘭𝘦𝘯𝘤𝘪𝘰 𝘱𝘳𝘰𝘧𝘶𝘯𝘥𝘰,
    𝘥𝘰𝘯𝘥𝘦 𝘦𝘭 𝘥𝘰𝘭𝘰𝘳 𝘺𝘢 𝘯𝘰 𝘦𝘹𝘪𝘴𝘵𝘦,
    𝘥𝘰𝘯𝘥𝘦 𝘦𝘭 𝘮𝘪𝘦𝘥𝘰 𝘴𝘦 𝘥𝘪𝘴𝘶𝘦𝘭𝘷𝘦,
    𝘥𝘰𝘯𝘥𝘦 𝘭𝘢 𝘭𝘶𝘤𝘩𝘢 𝘧𝘪𝘯𝘢𝘭𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘵𝘦𝘳𝘮𝘪𝘯𝘢.

    𝘗𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘭𝘢 𝘷𝘪𝘥𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘥𝘦𝘧𝘪𝘦𝘯𝘥𝘦𝘯 𝘦𝘴𝘵𝘢́ 𝘩𝘦𝘤𝘩𝘢 𝘥𝘦 𝘴𝘶𝘧𝘳𝘪𝘮𝘪𝘦𝘯𝘵𝘰... 𝘺 𝘺𝘰 𝘴𝘰𝘭𝘰 𝘰𝘧𝘳𝘦𝘻𝘤𝘰 𝘦𝘭 𝘴𝘪𝘭𝘦𝘯𝘤𝘪𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘭𝘰 𝘵𝘦𝘳𝘮𝘪𝘯𝘢. ❞
    ──── ❝ 𝘓𝘰𝘴 𝘩𝘶𝘮𝘢𝘯𝘰𝘴 𝘭𝘶𝘤𝘩𝘢𝘯 𝘤𝘰𝘯 𝘥𝘦𝘴𝘦𝘴𝘱𝘦𝘳𝘢𝘤𝘪𝘰́𝘯 𝘱𝘰𝘳 𝘢𝘭𝘨𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘭𝘭𝘢𝘮𝘢𝘯... 𝘷𝘪𝘥𝘢. 𝘓𝘢 𝘥𝘦𝘧𝘪𝘦𝘯𝘥𝘦𝘯 𝘤𝘰𝘯 𝘦𝘴𝘱𝘢𝘥𝘢𝘴. 𝘊𝘰𝘯 𝘧𝘦́. 𝘐𝘯𝘤𝘭𝘶𝘴𝘰 𝘤𝘰𝘯 𝘴𝘶 𝘶́𝘭𝘵𝘪𝘮𝘰 𝘢𝘭𝘪𝘦𝘯𝘵𝘰. 𝘗𝘦𝘳𝘰 𝘰𝘣𝘴𝘦𝘳𝘷𝘰 𝘴𝘶 𝘮𝘶𝘯𝘥𝘰 𝘺 𝘴𝘰́𝘭𝘰 𝘷𝘦𝘰 𝘶𝘯 𝘤𝘪𝘤𝘭𝘰 𝘪𝘯𝘵𝘦𝘳𝘮𝘪𝘯𝘢𝘣𝘭𝘦. 𝘕𝘢𝘤𝘦𝘯 𝘦𝘯 𝘦𝘭 𝘥𝘰𝘭𝘰𝘳. 𝘊𝘳𝘦𝘤𝘦𝘯 𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘱𝘦́𝘳𝘥𝘪𝘥𝘢𝘴. 𝘠 𝘱𝘢𝘴𝘢𝘯 𝘴𝘶 𝘦𝘹𝘪𝘴𝘵𝘦𝘯𝘤𝘪𝘢 𝘵𝘦𝘮𝘪𝘦𝘯𝘥𝘰 𝘦𝘭 𝘧𝘪𝘯𝘢𝘭 𝘲𝘶𝘦 𝘪𝘯𝘦𝘷𝘪𝘵𝘦𝘣𝘭𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘭𝘭𝘦𝘨𝘢𝘳𝘢́. 𝘈𝘶́𝘯 𝘢𝘴𝜄́, 𝘭𝘰 𝘭𝘭𝘢𝘮𝘢𝘯 𝘶𝘯 𝘳𝘦𝘨𝘢𝘭𝘰. 𝘘𝘶𝘦́ 𝘦𝘹𝘵𝘳𝘢𝘯̃𝘢 𝘧𝘰𝘳𝘮𝘢 𝘥𝘦 𝘢𝘧𝘦𝘳𝘳𝘢𝘳𝘴𝘦 𝘢𝘭 𝘴𝘶𝘧𝘳𝘪𝘮𝘪𝘦𝘯𝘵𝘰. 𝘗𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘺𝘰 𝘯𝘰 𝘭𝘦𝘴 𝘰𝘧𝘳𝘦𝘻𝘤𝘰 𝘨𝘶𝘦𝘳𝘳𝘢. 𝘕𝘰 𝘭𝘦𝘴 𝘰𝘧𝘳𝘦𝘻𝘤𝘰 𝘤𝘢𝘴𝘵𝘪𝘨𝘰. 𝘓𝘦𝘴 𝘰𝘧𝘳𝘦𝘻𝘤𝘰 𝘢𝘭𝘨𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘴𝘶 𝘮𝘶𝘯𝘥𝘰 𝘯𝘶𝘯𝘤𝘢 𝘱𝘶𝘥𝘰 𝘥𝘢𝘳𝘭𝘦𝘴: ... 𝘚𝘪𝘭𝘦𝘯𝘤𝘪𝘰. 𝘜𝘯 𝘴𝘪𝘭𝘦𝘯𝘤𝘪𝘰 𝘱𝘳𝘰𝘧𝘶𝘯𝘥𝘰, 𝘥𝘰𝘯𝘥𝘦 𝘦𝘭 𝘥𝘰𝘭𝘰𝘳 𝘺𝘢 𝘯𝘰 𝘦𝘹𝘪𝘴𝘵𝘦, 𝘥𝘰𝘯𝘥𝘦 𝘦𝘭 𝘮𝘪𝘦𝘥𝘰 𝘴𝘦 𝘥𝘪𝘴𝘶𝘦𝘭𝘷𝘦, 𝘥𝘰𝘯𝘥𝘦 𝘭𝘢 𝘭𝘶𝘤𝘩𝘢 𝘧𝘪𝘯𝘢𝘭𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘵𝘦𝘳𝘮𝘪𝘯𝘢. 𝘗𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘭𝘢 𝘷𝘪𝘥𝘢 𝘲𝘶𝘦 𝘥𝘦𝘧𝘪𝘦𝘯𝘥𝘦𝘯 𝘦𝘴𝘵𝘢́ 𝘩𝘦𝘤𝘩𝘢 𝘥𝘦 𝘴𝘶𝘧𝘳𝘪𝘮𝘪𝘦𝘯𝘵𝘰... 𝘺 𝘺𝘰 𝘴𝘰𝘭𝘰 𝘰𝘧𝘳𝘦𝘻𝘤𝘰 𝘦𝘭 𝘴𝘪𝘭𝘦𝘯𝘤𝘪𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘭𝘰 𝘵𝘦𝘳𝘮𝘪𝘯𝘢. ❞
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  • — ¿𝘠𝘰? ¿𝘝𝘦𝘯𝘨𝘢𝘵𝘪𝘷𝘰? 𝘘𝘶𝘪𝘻á𝘴 𝘶𝘯 𝘱𝘰𝘤𝘰... 𝘘𝘶𝘪𝘻á 𝘭𝘰 𝘫𝘶𝘴𝘵𝘰 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘲𝘶𝘦 aprendas a pensar 𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴 𝘥𝘦 𝘤𝘰𝘮𝘱𝘰𝘳𝘵𝘢𝘳𝘵𝘦 𝘤𝘰𝘮𝘰 𝘦𝘭 fucking 𝘳𝘦𝘺 𝘥𝘦𝘭 𝘮𝘶𝘯𝘥𝘰 —
    — ¿𝘠𝘰? ¿𝘝𝘦𝘯𝘨𝘢𝘵𝘪𝘷𝘰? 𝘘𝘶𝘪𝘻á𝘴 𝘶𝘯 𝘱𝘰𝘤𝘰... 𝘘𝘶𝘪𝘻á 𝘭𝘰 𝘫𝘶𝘴𝘵𝘰 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘲𝘶𝘦 aprendas a pensar 𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴 𝘥𝘦 𝘤𝘰𝘮𝘱𝘰𝘳𝘵𝘢𝘳𝘵𝘦 𝘤𝘰𝘮𝘰 𝘦𝘭 fucking 𝘳𝘦𝘺 𝘥𝘦𝘭 𝘮𝘶𝘯𝘥𝘰 —
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