Azâziel, en aquellos años en que aún vestía la forma de un joven de mirada intensa y gesto contenido, encontraba en su caballo, ese animal negro, fiero, imposible de someter para otros, el único espejo digno de su propia esencia. Mientras deslizaba sus dedos por la piel húmeda del lomo, podía sentir el pulso ardiente del animal, un latido que no pedía permiso ni buscaba dueño, sino compañía.
Aquel solía montar de madrugada, cuando el mundo todavía era un lienzo oscuro. No había público, no había ruido, sólo el golpe seco de los cascos contra la tierra húmeda, el vapor del aliento en el aire helado, y la certeza de que, al menos por esas horas, era libre de toda cadena.
"𝑬𝒍 𝒆𝒄𝒐 𝒅𝒆 𝒍𝒐𝒔 𝒄𝒂𝒔𝒄𝒐𝒔"
Azâziel, en aquellos años en que aún vestía la forma de un joven de mirada intensa y gesto contenido, encontraba en su caballo, ese animal negro, fiero, imposible de someter para otros, el único espejo digno de su propia esencia. Mientras deslizaba sus dedos por la piel húmeda del lomo, podía sentir el pulso ardiente del animal, un latido que no pedía permiso ni buscaba dueño, sino compañía.
"𝐿𝑜𝑠 ℎ𝑜𝑚𝑏𝑟𝑒𝑠 𝑙𝑙𝑎𝑚𝑎𝑛 𝑏𝑒𝑠𝑡𝑖𝑎 𝑎 𝑙𝑜 𝑞𝑢𝑒 𝑛𝑜 𝑝𝑢𝑒𝑑𝑒𝑛 𝑐𝑜𝑚𝑝𝑟𝑒𝑛𝑑𝑒𝑟. 𝑃𝑒𝑟𝑜 𝑦𝑜 𝑠é… 𝑞𝑢𝑒 𝑒𝑛 𝑡𝑖 ℎ𝑎𝑏𝑖𝑡𝑎 𝑙𝑎 𝑚𝑖𝑠𝑚𝑎 ℎ𝑎𝑚𝑏𝑟𝑒 𝑞𝑢𝑒 𝑒𝑛 𝑚í: 𝑐𝑜𝑟𝑟𝑒𝑟 𝑐𝑜𝑛𝑡𝑟𝑎 𝑒𝑙 𝑡𝑖𝑒𝑚𝑝𝑜, 𝑛𝑜 𝑝𝑎𝑟𝑎 ℎ𝑢𝑖𝑟, 𝑠𝑖𝑛𝑜 𝑝𝑎𝑟𝑎 𝑑𝑒𝑣𝑜𝑟𝑎𝑟 𝑒𝑙 ℎ𝑜𝑟𝑖𝑧𝑜𝑛𝑡𝑒. 𝐸𝑟𝑒𝑠 𝑡𝑒𝑚𝑝𝑒𝑠𝑡𝑎𝑑 𝑐𝑜𝑛 𝑚ú𝑠𝑐𝑢𝑙𝑜𝑠, 𝑠𝑜𝑦 𝑡𝑜𝑟𝑚𝑒𝑛𝑡𝑎 𝑐𝑜𝑛 𝑝𝑖𝑒𝑙… 𝑗𝑢𝑛𝑡𝑜𝑠, 𝑛𝑜 𝑜𝑏𝑒𝑑𝑒𝑐𝑒𝑚𝑜𝑠 𝑚á𝑠 𝑞𝑢𝑒 𝑎 𝑙𝑎 𝑓𝑢𝑟𝑖𝑎 𝑑𝑒 𝑛𝑢𝑒𝑠𝑡𝑟𝑎 𝑝𝑟𝑜𝑝𝑖𝑎 𝑒𝑥𝑖𝑠𝑡𝑒𝑛𝑐𝑖𝑎."
Aquel solía montar de madrugada, cuando el mundo todavía era un lienzo oscuro. No había público, no había ruido, sólo el golpe seco de los cascos contra la tierra húmeda, el vapor del aliento en el aire helado, y la certeza de que, al menos por esas horas, era libre de toda cadena.
"𝐷𝑖𝑐𝑒𝑛 𝑞𝑢𝑒 𝑒𝑙 𝑐𝑎𝑏𝑎𝑙𝑙𝑜 𝑚𝑖𝑑𝑒 𝑒𝑙 𝑎𝑙𝑚𝑎 𝑑𝑒 𝑠𝑢 𝑗𝑖𝑛𝑒𝑡𝑒… 𝑒𝑛𝑡𝑜𝑛𝑐𝑒𝑠, ¿𝑞𝑢é 𝑟𝑒𝑣𝑒𝑙𝑎 𝑒𝑙 𝑡𝑢𝑦𝑜 𝑑𝑒 𝑚í, 𝑐𝑜𝑚𝑝𝑎ñ𝑒𝑟𝑜? 𝑄𝑢𝑖𝑧á 𝑞𝑢𝑒 𝑎ú𝑛 𝑐𝑜𝑛𝑠𝑒𝑟𝑣𝑜 𝑎𝑙𝑔𝑜 𝑖𝑛𝑑𝑜𝑚𝑎𝑏𝑙𝑒, 𝑢𝑛 𝑣𝑒𝑠𝑡𝑖𝑔𝑖𝑜 𝑑𝑒 𝑙𝑜 𝑞𝑢𝑒 𝑓𝑢𝑖 𝑎𝑛𝑡𝑒𝑠 𝑑𝑒 𝑐𝑎𝑒𝑟."