• Asi se suicidan las mariposas
    Categoría Romance
    La ciudad de Morvain respiraba lento, como si el aire le doliera.
    La niebla se aferraba a las calles y la lluvia caía con una insistencia casi rabiosa, golpeando el pavimento como si quisiera despertar a quienes aún caminaban dormidos.

    Para los de afuera, era un sueño entre montañas.
    Para los de adentro… una jaula.

    Esa noche, dos caminos comenzaron a acercarse sin saberlo.

    Jhosh caminaba con la cabeza baja, cargando un peso que todavía no sabía nombrar, avanzando sin prisa… como si llegar a casa fuera la peor de sus opciones.

    Khrist, en cambio, reía. Rodeado de voces, de luz, de aparente ligereza… aunque su mirada, por momentos, también parecía perderse.

    Y entonces pasó.

    Un cruce.
    Una mirada.

    Por un instante, sus ojos se encontraron.
    No hubo palabras. No hubo gesto.
    Solo esa sensación extraña de reconocer algo… sin entender qué.

    En esta ciudad nacieron ellos, en ese lugar se cruzaron. Y aunque ninguno lo sabía, esa noche marcó el inicio de algo más grande. Porque así empieza esta historia, con una mirada bajo la lluvia, con una duda en el pecho, con dos almas que se rozaron sin tocarse.

    Yo estaba ahí. Yo los vi. Y aunque en ese momento no entendí el peso de lo que presenciaba, ahora lo sé: fue el comienzo de todo. De una historia que no fue perfecta, pero que merecía ser contada. Una historia que no fue feliz… pero fue real.

    Porque a veces, en las ciudades que parecen dormidas, también nacen revoluciones invisibles. A veces, en las jaulas, también se sueña.
    La ciudad de Morvain respiraba lento, como si el aire le doliera. La niebla se aferraba a las calles y la lluvia caía con una insistencia casi rabiosa, golpeando el pavimento como si quisiera despertar a quienes aún caminaban dormidos. Para los de afuera, era un sueño entre montañas. Para los de adentro… una jaula. Esa noche, dos caminos comenzaron a acercarse sin saberlo. Jhosh caminaba con la cabeza baja, cargando un peso que todavía no sabía nombrar, avanzando sin prisa… como si llegar a casa fuera la peor de sus opciones. Khrist, en cambio, reía. Rodeado de voces, de luz, de aparente ligereza… aunque su mirada, por momentos, también parecía perderse. Y entonces pasó. Un cruce. Una mirada. Por un instante, sus ojos se encontraron. No hubo palabras. No hubo gesto. Solo esa sensación extraña de reconocer algo… sin entender qué. En esta ciudad nacieron ellos, en ese lugar se cruzaron. Y aunque ninguno lo sabía, esa noche marcó el inicio de algo más grande. Porque así empieza esta historia, con una mirada bajo la lluvia, con una duda en el pecho, con dos almas que se rozaron sin tocarse. Yo estaba ahí. Yo los vi. Y aunque en ese momento no entendí el peso de lo que presenciaba, ahora lo sé: fue el comienzo de todo. De una historia que no fue perfecta, pero que merecía ser contada. Una historia que no fue feliz… pero fue real. Porque a veces, en las ciudades que parecen dormidas, también nacen revoluciones invisibles. A veces, en las jaulas, también se sueña. 🦋💖
    Tipo
    Individual
    Líneas
    5
    Estado
    Disponible
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  • Todo comenzó con una mirada perdida.

    La ciudad estaba envuelta en esa niebla espesa que a veces parece no querer irse nunca, como si Morvain misma respirara tristeza. Las luces de los postes apenas lograban abrirse paso entre la lluvia. Las gotas caían con rabia, golpeando el pavimento como si quisieran despertar a quienes aún caminaban dormidos por la vida.


    Morvain. Un nombre que resuena como un susurro entre las montañas, una ciudad encajada en los brazos de los Andes, donde el aire es tan delgado como las mentiras que sus habitantes susurran al oído. Para los de afuera, un sueño pintado de mercados coloridos y cielos que rozan las nubes. Para los de adentro, una jaula de ladrillos y tradiciones, donde el invierno congela las sonrisas y el verano las derrite hasta convertirlas en algo irreconocible.

    Fue aquí, entre calles empinadas y miradas que esquivan la luz, donde ellos se encontraron. Dos extraños cuyos pasos fueron dibujados por el mismo destino oscuro.


    Dicen que los dos caminaban por la misma calle sin saberlo, a pocos pasos de distancia, respirando el mismo aire helado, compartiendo la misma sensación de estar perdidos, aunque no se miraran… todavía.

    Jhosh, caminaba con la cabeza baja, con los hombros vencidos por el peso de algo que aún no se atrevía a nombrar. Iba rumbo a ese lugar al que llamaba “hogar”, aunque en el fondo sabía que no lo era. Era solo un espacio habitado por voces que no entendía, que juzgaban sin preguntar. Caminaba lento, sin apuro, como si no quisieras llegar. Como si cualquier otro lugar fuera mejor que ese.

    Mientras tanto, Khrist, reía. Caminando con sus amigas entre bromas y chismes, envuelto en esa ligereza que a veces usan los que también cargan lo suyo pero no lo muestran. Su risa se confundía con la lluvia, y su mirada, aunque viva, se perdía de tanto en tanto entre los rostros de los demás. Y entonces ocurrió.

    Un cruce de caminos. Un cruce de miradas.

    “Por un instante, los ojos de Khrist se cruzaron con los de Jhosh , simplemente fue coincidencia o tal vez algo más, entre esa pequeña vista que duró apenas un segundo, dio paso a el saber de la existencia del uno como del otro

    Jhosh, seguía caminando. No se detuvo. No hizo ningún gesto. Pero algo en el se rompió un poco más o, quizás, comenzó a despertar. Khrist, giro la cabeza. Lo vio alejarse entre la multitud, como si lo conociera de antes, como si su corazón supiera algo que su mente aún no entendía. Pero también continuo con su camino.

    Así es Morvain: una ciudad que encierra historias en sus esquinas, que guarda secretos entre sus cerros. Una ciudad donde amar todavía se siente como un delito para algunos, y donde ser diferente es, muchas veces, un acto de valentía silenciosa.

    En esta ciudad nacieron ellos, en ese lugar se cruzaron. Y aunque ninguno lo sabía, esa noche marcó el inicio de algo más grande. Porque así empieza esta historia, con una mirada bajo la lluvia, con una duda en el pecho, con dos almas que se rozaron sin tocarse.

    Yo estaba ahí. Yo los vi. Y aunque en ese momento no entendí el peso de lo que presenciaba, ahora lo sé: fue el comienzo de todo. De una historia que no fue perfecta, pero que merecía ser contada. Una historia que no fue feliz… pero fue real.

    Porque a veces, en las ciudades que parecen dormidas, también nacen revoluciones invisibles. A veces, en las jaulas, también se sueña.

    Todo comenzó con una mirada perdida. La ciudad estaba envuelta en esa niebla espesa que a veces parece no querer irse nunca, como si Morvain misma respirara tristeza. Las luces de los postes apenas lograban abrirse paso entre la lluvia. Las gotas caían con rabia, golpeando el pavimento como si quisieran despertar a quienes aún caminaban dormidos por la vida. Morvain. Un nombre que resuena como un susurro entre las montañas, una ciudad encajada en los brazos de los Andes, donde el aire es tan delgado como las mentiras que sus habitantes susurran al oído. Para los de afuera, un sueño pintado de mercados coloridos y cielos que rozan las nubes. Para los de adentro, una jaula de ladrillos y tradiciones, donde el invierno congela las sonrisas y el verano las derrite hasta convertirlas en algo irreconocible. Fue aquí, entre calles empinadas y miradas que esquivan la luz, donde ellos se encontraron. Dos extraños cuyos pasos fueron dibujados por el mismo destino oscuro. Dicen que los dos caminaban por la misma calle sin saberlo, a pocos pasos de distancia, respirando el mismo aire helado, compartiendo la misma sensación de estar perdidos, aunque no se miraran… todavía. Jhosh, caminaba con la cabeza baja, con los hombros vencidos por el peso de algo que aún no se atrevía a nombrar. Iba rumbo a ese lugar al que llamaba “hogar”, aunque en el fondo sabía que no lo era. Era solo un espacio habitado por voces que no entendía, que juzgaban sin preguntar. Caminaba lento, sin apuro, como si no quisieras llegar. Como si cualquier otro lugar fuera mejor que ese. Mientras tanto, Khrist, reía. Caminando con sus amigas entre bromas y chismes, envuelto en esa ligereza que a veces usan los que también cargan lo suyo pero no lo muestran. Su risa se confundía con la lluvia, y su mirada, aunque viva, se perdía de tanto en tanto entre los rostros de los demás. Y entonces ocurrió. Un cruce de caminos. Un cruce de miradas. “Por un instante, los ojos de Khrist se cruzaron con los de Jhosh , simplemente fue coincidencia o tal vez algo más, entre esa pequeña vista que duró apenas un segundo, dio paso a el saber de la existencia del uno como del otro Jhosh, seguía caminando. No se detuvo. No hizo ningún gesto. Pero algo en el se rompió un poco más o, quizás, comenzó a despertar. Khrist, giro la cabeza. Lo vio alejarse entre la multitud, como si lo conociera de antes, como si su corazón supiera algo que su mente aún no entendía. Pero también continuo con su camino. Así es Morvain: una ciudad que encierra historias en sus esquinas, que guarda secretos entre sus cerros. Una ciudad donde amar todavía se siente como un delito para algunos, y donde ser diferente es, muchas veces, un acto de valentía silenciosa. En esta ciudad nacieron ellos, en ese lugar se cruzaron. Y aunque ninguno lo sabía, esa noche marcó el inicio de algo más grande. Porque así empieza esta historia, con una mirada bajo la lluvia, con una duda en el pecho, con dos almas que se rozaron sin tocarse. Yo estaba ahí. Yo los vi. Y aunque en ese momento no entendí el peso de lo que presenciaba, ahora lo sé: fue el comienzo de todo. De una historia que no fue perfecta, pero que merecía ser contada. Una historia que no fue feliz… pero fue real. Porque a veces, en las ciudades que parecen dormidas, también nacen revoluciones invisibles. A veces, en las jaulas, también se sueña. 🦋💖
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  • Maxence Campbell
    𝖺𝗇𝗇𝗒𝖾𝗈𝗇𝗀𝗁𝖺𝗌𝖾𝗒𝗈﹗
    𝖻𝗂𝖾𝗇𝗏𝖾𝗇𝗂𝖽𝖺﹗
    Y felicidades﹗
    [zephyr_olive_horse_793] 𝖺𝗇𝗇𝗒𝖾𝗈𝗇𝗀𝗁𝖺𝗌𝖾𝗒𝗈﹗ 𝖻𝗂𝖾𝗇𝗏𝖾𝗇𝗂𝖽𝖺﹗ Y felicidades﹗
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  • 𝐂𝐫𝐨́𝐧𝐢𝐜𝐚 𝐝𝐞 𝐒𝐢𝐞𝐠𝐦𝐞𝐲𝐞𝐫 "𝐿𝑎 𝐶𝑎𝑝𝑖𝑙𝑙𝑎 𝑞𝑢𝑒 𝑀𝑖𝑟𝑜́ 𝑑𝑒 𝑉𝑢𝑒𝑙𝑡𝑎".

    La niebla se pegaba a mis botas como un sudario vivo aquella noche de hace más de 200 años. Marchaba al frente de la compañía del Reino de Valdris. Doce hombres, entre ellos tres inquisidores con sus cruces de hierro al cuello, dos caballeros juramentados y el resto mercenarios como yo. El rey nos había enviado a este rincón olvidado del mundo porque los campesinos hablaban de una capilla donde los herejes invocaban demonios. “Blasfemia”, decían. “Brujería”. A estas alturas ya había visto de todo y pensé que sería otro nido de cultistas baratos.

    El camino fue largo y el viento olía a tierra podrida. Los árboles se torcían como dedos rotos, sin hojas, solo ramas que parecían susurrar nombres que no eran de este mundo. Al fin, bajo un cielo que parecía una herida abierta, apareció la capilla. Exactamente como en mis pesadillas de hoy. Madera negra, aguja puntiaguda que rasgaba las nubes, ventanas en arco que brillaban con una luz interna que no era luz. Y figuras, tres o cuatro siluetas encapuchadas, como nosotros, que se arrastraban hacia la puerta principal. No huían. Caminaban como quien va a misa o a la tumba.

    Entramos y dentro no había altar, no había crucifijo. Solo un vacío que se tragaba el sonido de nuestras botas. El aire era espeso, como si respiráramos agua fría. Los inquisidores empezaron a recitar salmos, pero sus voces se ahogaban antes de llegar a las paredes. Entonces lo oímos, un latido lento, profundo, que no provenía de ninguna garganta. Venía de arriba, del techo, del cielo mismo.
    Miré hacia las ventanas altas, y vi.

    No eran demonios, ni ángeles caídos. Eran algo más antiguo. Tentáculos gruesos como troncos de roble, cubiertos de ventosas que se abrían y cerraban como bocas ciegas, descendiendo desde una oscuridad que no era oscuridad, sino la ausencia misma de todo lo que conocemos. Se movían con una lentitud deliberada, como si el tiempo no les importara. Uno de ellos rozó la aguja de la capilla y la madera gimió, no de dolor, sino de placer. Otro se enroscó alrededor de un inquisidor antes de que pudiera gritar. Lo levantó. Lo apretó y sus huesos crujieron como ramas secas y su sangre cayó sobre nosotros como lluvia tibia.

    Grité, todos gritamos, pero los gritos se convertían en risas. En oraciones que nadie había enseñado. Uno de los caballeros se arrodilló, quitó su yelmo y comenzó a arrancarse los ojos con los dedos, murmurando que “al fin veía la verdad”. Otro mercenario corrió hacia la puerta y un tentáculo lo atravesó por la espalda, sacándolo por la boca como un pez ensartado. La sangre dibujaba símbolos que yo reconocí de pesadillas que no eran mías.

    Sentí que mi mente se rompía, no era miedo, era comprensión. Una comprensión que ningún hombre debería tener, que este lugar no era un templo profanado. Que la capilla era solo una costra, una herida abierta en la piel del mundo, y que algo inmenso, indiferente y hambriento la estaba usando como boca. Que nuestros dioses, nuestros demonios, nuestras cruzadas, todo era un chiste para esa cosa. Que el universo entero era un chiste.

    Caí de rodillas y sentí cómo uno de esos tentáculos me envolvía la cintura. La presión fue lenta, cariñosa. Mis costillas se rompieron una a una. La sangre me llenó la boca, había muerto. Pero mi propia maldición no me lo permitió. Desperté horas después, o días, no lo sé. La capilla seguía allí, pero ahora estaba en silencio. Los tentáculos habían regresado al cielo, dejando solo un agujero en las nubes que no se cerraba. Los cuerpos de mis compañeros yacían desparramados, sus bocas abiertas en una sonrisa que nunca se borraría. Intente varias veces levantarme hasta que mis pies volvieron a sentirse firmes. Mis heridas ya se cerraban. Mi mente tardó años en volver a ser mía. Aún hoy, tengo pesadillas recordando algo que pasó hace muchos años. Hay cosas peores que nuestras creencias, el bien y el mal son moldeables.
    𝐂𝐫𝐨́𝐧𝐢𝐜𝐚 𝐝𝐞 𝐒𝐢𝐞𝐠𝐦𝐞𝐲𝐞𝐫 "𝐿𝑎 𝐶𝑎𝑝𝑖𝑙𝑙𝑎 𝑞𝑢𝑒 𝑀𝑖𝑟𝑜́ 𝑑𝑒 𝑉𝑢𝑒𝑙𝑡𝑎". La niebla se pegaba a mis botas como un sudario vivo aquella noche de hace más de 200 años. Marchaba al frente de la compañía del Reino de Valdris. Doce hombres, entre ellos tres inquisidores con sus cruces de hierro al cuello, dos caballeros juramentados y el resto mercenarios como yo. El rey nos había enviado a este rincón olvidado del mundo porque los campesinos hablaban de una capilla donde los herejes invocaban demonios. “Blasfemia”, decían. “Brujería”. A estas alturas ya había visto de todo y pensé que sería otro nido de cultistas baratos. El camino fue largo y el viento olía a tierra podrida. Los árboles se torcían como dedos rotos, sin hojas, solo ramas que parecían susurrar nombres que no eran de este mundo. Al fin, bajo un cielo que parecía una herida abierta, apareció la capilla. Exactamente como en mis pesadillas de hoy. Madera negra, aguja puntiaguda que rasgaba las nubes, ventanas en arco que brillaban con una luz interna que no era luz. Y figuras, tres o cuatro siluetas encapuchadas, como nosotros, que se arrastraban hacia la puerta principal. No huían. Caminaban como quien va a misa o a la tumba. Entramos y dentro no había altar, no había crucifijo. Solo un vacío que se tragaba el sonido de nuestras botas. El aire era espeso, como si respiráramos agua fría. Los inquisidores empezaron a recitar salmos, pero sus voces se ahogaban antes de llegar a las paredes. Entonces lo oímos, un latido lento, profundo, que no provenía de ninguna garganta. Venía de arriba, del techo, del cielo mismo. Miré hacia las ventanas altas, y vi. No eran demonios, ni ángeles caídos. Eran algo más antiguo. Tentáculos gruesos como troncos de roble, cubiertos de ventosas que se abrían y cerraban como bocas ciegas, descendiendo desde una oscuridad que no era oscuridad, sino la ausencia misma de todo lo que conocemos. Se movían con una lentitud deliberada, como si el tiempo no les importara. Uno de ellos rozó la aguja de la capilla y la madera gimió, no de dolor, sino de placer. Otro se enroscó alrededor de un inquisidor antes de que pudiera gritar. Lo levantó. Lo apretó y sus huesos crujieron como ramas secas y su sangre cayó sobre nosotros como lluvia tibia. Grité, todos gritamos, pero los gritos se convertían en risas. En oraciones que nadie había enseñado. Uno de los caballeros se arrodilló, quitó su yelmo y comenzó a arrancarse los ojos con los dedos, murmurando que “al fin veía la verdad”. Otro mercenario corrió hacia la puerta y un tentáculo lo atravesó por la espalda, sacándolo por la boca como un pez ensartado. La sangre dibujaba símbolos que yo reconocí de pesadillas que no eran mías. Sentí que mi mente se rompía, no era miedo, era comprensión. Una comprensión que ningún hombre debería tener, que este lugar no era un templo profanado. Que la capilla era solo una costra, una herida abierta en la piel del mundo, y que algo inmenso, indiferente y hambriento la estaba usando como boca. Que nuestros dioses, nuestros demonios, nuestras cruzadas, todo era un chiste para esa cosa. Que el universo entero era un chiste. Caí de rodillas y sentí cómo uno de esos tentáculos me envolvía la cintura. La presión fue lenta, cariñosa. Mis costillas se rompieron una a una. La sangre me llenó la boca, había muerto. Pero mi propia maldición no me lo permitió. Desperté horas después, o días, no lo sé. La capilla seguía allí, pero ahora estaba en silencio. Los tentáculos habían regresado al cielo, dejando solo un agujero en las nubes que no se cerraba. Los cuerpos de mis compañeros yacían desparramados, sus bocas abiertas en una sonrisa que nunca se borraría. Intente varias veces levantarme hasta que mis pies volvieron a sentirse firmes. Mis heridas ya se cerraban. Mi mente tardó años en volver a ser mía. Aún hoy, tengo pesadillas recordando algo que pasó hace muchos años. Hay cosas peores que nuestras creencias, el bien y el mal son moldeables.
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  • ¿𝗛𝗮𝗰𝗶𝗮 𝗱ó𝗻𝗱𝗲 𝘃𝗮𝘀 𝗰𝘂𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗵𝘂𝘆𝗲𝘀?
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    𝖧𝖾𝗒 𝗁𝖾𝗒! 𝖶𝖺𝗄𝖾 𝗎𝗉
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    Hace un par de fechas no sé dónde estás
    Te llamo por teléfono, no me contestas
    Me dejaste tirada y no hablamos nunca más
    Es obvio, todavía no te dejo de amar
    Pero ya te voy a superar
    Te juro que por vos yo no vuelvo a llorar
    Me voy a tomar

    Con alguna te voy a reemplazar
    Pero ni una, ni dos, ni tres, ni cuatro
    Va a comparar lo que hicimos en el cuarto
    Si te cruzo de nuevo te parto
    Pero mi cora no te lo comparto

    Ni una, ni dos, ni tres, ni cuatro
    Va a comparar lo que hicimos en el cuarto
    Si te cruzo de nuevo te parto
    Pero mi cora no te lo comparto
    Hace un par de fechas no sé dónde estás Te llamo por teléfono, no me contestas Me dejaste tirada y no hablamos nunca más Es obvio, todavía no te dejo de amar Pero ya te voy a superar Te juro que por vos yo no vuelvo a llorar Me voy a tomar Con alguna te voy a reemplazar Pero ni una, ni dos, ni tres, ni cuatro Va a comparar lo que hicimos en el cuarto Si te cruzo de nuevo te parto Pero mi cora no te lo comparto Ni una, ni dos, ni tres, ni cuatro Va a comparar lo que hicimos en el cuarto Si te cruzo de nuevo te parto Pero mi cora no te lo comparto 🎼🎧🎤
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  • 𝘚𝘪 𝘦𝘭 𝘮𝘶𝘯𝘥𝘰 𝘲𝘶𝘪𝘦𝘳𝘦 𝘨𝘶𝘦𝘳𝘳𝘢 𝘤𝘰𝘯𝘵𝘳𝘢 𝘭𝘰𝘴 𝘮𝘶𝘵𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴, 𝘮𝘦 𝘦𝘯𝘤𝘢𝘳𝘨𝘢𝘳𝘦́ 𝘥𝘦 𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘯𝘵𝘪𝘦𝘯𝘥𝘢 𝘦𝘭 𝘱𝘳𝘦𝘤𝘪𝘰. 𝘓𝘰𝘴 𝘮𝘶𝘵𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴 𝘯𝘰 𝘵𝘦𝘯𝘦𝘮𝘰𝘴 𝘴𝘢𝘭𝘷𝘢𝘥𝘰𝘳𝘦𝘴; 𝘵𝘦𝘯𝘦𝘮𝘰𝘴 𝘴𝘰𝘣𝘳𝘦𝘷𝘪𝘷𝘪𝘦𝘯𝘵𝘦𝘴. 𝘠𝘰 𝘦𝘭𝘪𝘫𝘰 𝘤𝘶𝘢́𝘭 𝘥𝘦 𝘭𝘰𝘴 𝘥𝘰𝘴 𝘴𝘰𝘺.
    𝘚𝘪 𝘦𝘭 𝘮𝘶𝘯𝘥𝘰 𝘲𝘶𝘪𝘦𝘳𝘦 𝘨𝘶𝘦𝘳𝘳𝘢 𝘤𝘰𝘯𝘵𝘳𝘢 𝘭𝘰𝘴 𝘮𝘶𝘵𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴, 𝘮𝘦 𝘦𝘯𝘤𝘢𝘳𝘨𝘢𝘳𝘦́ 𝘥𝘦 𝘲𝘶𝘦 𝘦𝘯𝘵𝘪𝘦𝘯𝘥𝘢 𝘦𝘭 𝘱𝘳𝘦𝘤𝘪𝘰. 𝘓𝘰𝘴 𝘮𝘶𝘵𝘢𝘯𝘵𝘦𝘴 𝘯𝘰 𝘵𝘦𝘯𝘦𝘮𝘰𝘴 𝘴𝘢𝘭𝘷𝘢𝘥𝘰𝘳𝘦𝘴; 𝘵𝘦𝘯𝘦𝘮𝘰𝘴 𝘴𝘰𝘣𝘳𝘦𝘷𝘪𝘷𝘪𝘦𝘯𝘵𝘦𝘴. 𝘠𝘰 𝘦𝘭𝘪𝘫𝘰 𝘤𝘶𝘢́𝘭 𝘥𝘦 𝘭𝘰𝘴 𝘥𝘰𝘴 𝘴𝘰𝘺.
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  • ────❝ ᛞᛟ ᚾᛟᛏ ᛚᛁᚡᛖ ᛟᚾ ᛦᛟᚢᚱ ᚲᚾᛖᛖᛊ· ᛞᛁᛖ ᛟᚾ ᛦᛟᚢᚱ ᚠᛖᛖᛏ· ❞────
    (𝐷𝑜 𝑛𝑜𝑡 𝑙𝑖𝑣𝑒 𝑜𝑛 𝑦𝑜𝑢𝑟 𝑘𝑛𝑒𝑒𝑠, 𝑑𝑖𝑒 𝑜𝑛 𝑦𝑜𝑢𝑟 𝑓𝑒𝑒𝑡.)


    #TodaysOdinsWisdom #Allfather #Wodensday
    ────❝ ᛞᛟ ᚾᛟᛏ ᛚᛁᚡᛖ ᛟᚾ ᛦᛟᚢᚱ ᚲᚾᛖᛖᛊ· ᛞᛁᛖ ᛟᚾ ᛦᛟᚢᚱ ᚠᛖᛖᛏ· ❞──── (𝐷𝑜 𝑛𝑜𝑡 𝑙𝑖𝑣𝑒 𝑜𝑛 𝑦𝑜𝑢𝑟 𝑘𝑛𝑒𝑒𝑠, 𝑑𝑖𝑒 𝑜𝑛 𝑦𝑜𝑢𝑟 𝑓𝑒𝑒𝑡.) #TodaysOdinsWisdom #Allfather #Wodensday
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    Ahora que tengo un gran dúo, siento que puedo llegar a Master que ya es poco para serlo.
    Ahora que tengo un gran dúo, siento que puedo llegar a Master que ya es poco para serlo. 😎👍
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