────୨ 𝑷𝒂𝒓𝒊𝒔, 𝑭𝒓𝒂𝒏𝒄𝒊𝒂 ৎ────
𝟑:𝟎𝟎 𝐩.𝐦
Ya se cumplían dos meses de su estancia en Francia, su motivo de viaje era laboral: inauguración de una exposición en la que él y su equipo habían estado trabajando durante meses, esta vez no como artista, sino como curador y registrador de la misma.
Luego del exitoso evento, él mismo se había autoproclamado de vacaciones, así que contaba con cierto tiempo libre. Ansiaba pasear por la espléndida ciudad. Sobre la mesa de caoba reposaba una delicada carta, el director del museo le había extendido una invitación para ir a la Opéra Bastille, presentaban 𝑆𝑖𝑒𝑔𝑓𝑟𝑖𝑒𝑑 de Wagner y Eunwoo no planeaba perderse tal divino espectáculo.
Después de un baño caliente que revitalizó su cuerpo, vistió un sencillo aunque elegante traje negro, hecho a la medida, decidió peinar hacia atrás su cabello azabache y se acomodó su característico reloj de muñeca. Cualquier persona que lo viera reconocería en él a un hombre de porte místico y refinado con el semblante serio que lo hacía resaltar. Poseía un distinguido atractivo, ni siquiera tenía que esforzarse para lograr aquello.
𝟓:𝟎𝟎 𝐩.𝐦
Una vez dentro del automóvil, el chófer que lo había esperado tomó rumbo hacia el teatro. Debía admitir que la emoción había crecido en su pecho al recibir la invitación, amaba profundamente ir al teatro a apreciar obras, óperas, recitales y ballets. Nunca ejerció la música, pero siempre fue un amante de ella.
Al llegar al lugar de arquitectura moderna, con un recinto hermoso y pulcro, la multitud ya adornaba el amplio pabellón, pues faltaba poco para que llamaran a entrar a la sala. Desde una posición alejada tomó nota de las personas que allí se encontraban, analizando el entorno, los movimientos, las pieles. Se acercó a su lado el director, quien lo saludó con carisma y gratitud por su asistencia, también le presentó a una joven colega: una mujer esbelta, amable, de fino vestido y agradable aroma.
Luego de una breve y amena charla, los dos se quedaron solos, y el pelinegro regalándole a la fémina su más brillante y seductora sonrisa, siendo correspondido por esta, supo inmediatamente que aquella velada resultaría interesante.
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Ya se cumplían dos meses de su estancia en Francia, su motivo de viaje era laboral: inauguración de una exposición en la que él y su equipo habían estado trabajando durante meses, esta vez no como artista, sino como curador y registrador de la misma.
Luego del exitoso evento, él mismo se había autoproclamado de vacaciones, así que contaba con cierto tiempo libre. Ansiaba pasear por la espléndida ciudad. Sobre la mesa de caoba reposaba una delicada carta, el director del museo le había extendido una invitación para ir a la Opéra Bastille, presentaban 𝑆𝑖𝑒𝑔𝑓𝑟𝑖𝑒𝑑 de Wagner y Eunwoo no planeaba perderse tal divino espectáculo.
Después de un baño caliente que revitalizó su cuerpo, vistió un sencillo aunque elegante traje negro, hecho a la medida, decidió peinar hacia atrás su cabello azabache y se acomodó su característico reloj de muñeca. Cualquier persona que lo viera reconocería en él a un hombre de porte místico y refinado con el semblante serio que lo hacía resaltar. Poseía un distinguido atractivo, ni siquiera tenía que esforzarse para lograr aquello.
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Una vez dentro del automóvil, el chófer que lo había esperado tomó rumbo hacia el teatro. Debía admitir que la emoción había crecido en su pecho al recibir la invitación, amaba profundamente ir al teatro a apreciar obras, óperas, recitales y ballets. Nunca ejerció la música, pero siempre fue un amante de ella.
Al llegar al lugar de arquitectura moderna, con un recinto hermoso y pulcro, la multitud ya adornaba el amplio pabellón, pues faltaba poco para que llamaran a entrar a la sala. Desde una posición alejada tomó nota de las personas que allí se encontraban, analizando el entorno, los movimientos, las pieles. Se acercó a su lado el director, quien lo saludó con carisma y gratitud por su asistencia, también le presentó a una joven colega: una mujer esbelta, amable, de fino vestido y agradable aroma.
Luego de una breve y amena charla, los dos se quedaron solos, y el pelinegro regalándole a la fémina su más brillante y seductora sonrisa, siendo correspondido por esta, supo inmediatamente que aquella velada resultaría interesante.