La capital del país en el nació Astoreth tenía por nombre “Ashlor”. Se extendía durante muchas millas, abarcando una gran cantidad de terreno, y lo más increíble a la vista (al menos desde fuera) era la gran muralla que rodeaba todo el perímetro. En el interior, todos los edificios eran grandes y hermosos, y sumamente resistentes para soportar el peso de los propios dragones cuando no hacían uso de su apariencia humana.
El palacio real, las innumerables bibliotecas (cargadas hasta arriba de miles de libros), los extensos jardines llenos de cientos de colores y otros edificios principales eran sin duda las cosas más llamativas (y con razón) del interior de la muralla.
Sin embargo, Astoreth podía añadir una cosa más a esas obras de la arquitectura: las termas. Agua cristalina, tan caliente que podía llegar a quemar a algunos, pero que limpiaba el cuerpo e incluso lo sanaba. La dragona amaba pasar allí un par de horas, disfrutando de la sensación que dejaba esa agua tan mágica.
— ¿𝑄𝑢𝑖𝑒𝑟𝑒𝑠 𝑎𝑐𝑜𝑚𝑝𝑎ñ𝑎𝑟𝑚𝑒? 𝑌𝑜 𝑛𝑜 𝑡𝑒𝑛𝑔𝑜 𝑝𝑟𝑜𝑏𝑙𝑒𝑚𝑎, 𝑦𝑎 𝑑𝑒𝑝𝑒𝑛𝑑𝑒 𝑑𝑒 𝑡𝑖 𝑟𝑒𝑠𝑖𝑠𝑡𝑖𝑟 𝑜 𝑛𝑜 𝑎𝑙 𝑐𝑎𝑙𝑜𝑟.
El palacio real, las innumerables bibliotecas (cargadas hasta arriba de miles de libros), los extensos jardines llenos de cientos de colores y otros edificios principales eran sin duda las cosas más llamativas (y con razón) del interior de la muralla.
Sin embargo, Astoreth podía añadir una cosa más a esas obras de la arquitectura: las termas. Agua cristalina, tan caliente que podía llegar a quemar a algunos, pero que limpiaba el cuerpo e incluso lo sanaba. La dragona amaba pasar allí un par de horas, disfrutando de la sensación que dejaba esa agua tan mágica.
— ¿𝑄𝑢𝑖𝑒𝑟𝑒𝑠 𝑎𝑐𝑜𝑚𝑝𝑎ñ𝑎𝑟𝑚𝑒? 𝑌𝑜 𝑛𝑜 𝑡𝑒𝑛𝑔𝑜 𝑝𝑟𝑜𝑏𝑙𝑒𝑚𝑎, 𝑦𝑎 𝑑𝑒𝑝𝑒𝑛𝑑𝑒 𝑑𝑒 𝑡𝑖 𝑟𝑒𝑠𝑖𝑠𝑡𝑖𝑟 𝑜 𝑛𝑜 𝑎𝑙 𝑐𝑎𝑙𝑜𝑟.
La capital del país en el nació Astoreth tenía por nombre “Ashlor”. Se extendía durante muchas millas, abarcando una gran cantidad de terreno, y lo más increíble a la vista (al menos desde fuera) era la gran muralla que rodeaba todo el perímetro. En el interior, todos los edificios eran grandes y hermosos, y sumamente resistentes para soportar el peso de los propios dragones cuando no hacían uso de su apariencia humana.
El palacio real, las innumerables bibliotecas (cargadas hasta arriba de miles de libros), los extensos jardines llenos de cientos de colores y otros edificios principales eran sin duda las cosas más llamativas (y con razón) del interior de la muralla.
Sin embargo, Astoreth podía añadir una cosa más a esas obras de la arquitectura: las termas. Agua cristalina, tan caliente que podía llegar a quemar a algunos, pero que limpiaba el cuerpo e incluso lo sanaba. La dragona amaba pasar allí un par de horas, disfrutando de la sensación que dejaba esa agua tan mágica.
— ¿𝑄𝑢𝑖𝑒𝑟𝑒𝑠 𝑎𝑐𝑜𝑚𝑝𝑎ñ𝑎𝑟𝑚𝑒? 𝑌𝑜 𝑛𝑜 𝑡𝑒𝑛𝑔𝑜 𝑝𝑟𝑜𝑏𝑙𝑒𝑚𝑎, 𝑦𝑎 𝑑𝑒𝑝𝑒𝑛𝑑𝑒 𝑑𝑒 𝑡𝑖 𝑟𝑒𝑠𝑖𝑠𝑡𝑖𝑟 𝑜 𝑛𝑜 𝑎𝑙 𝑐𝑎𝑙𝑜𝑟.