• ใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คใ…ค๐‘๐‘ˆ๐ธ๐‘‰๐‘‚ ๐ฟ๐ด๐‘Œ๐‘‚๐‘ˆ๐‘‡
    ใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คICONO + PORTADA + TAPIZ
    ใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คmatching layout w/ K๐ผN๐บ ๐ธZ๐ธK๐ผE๐ฟ
    ใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คใ…ค
    ใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คใ…ค๐‘๐‘ˆ๐ธ๐‘‰๐‘‚ ๐ฟ๐ด๐‘Œ๐‘‚๐‘ˆ๐‘‡ ใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คICONO + PORTADA + TAPIZ ใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คmatching layout w/ [ECHOESOFTHEKINGD0M] ใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คใ…คใ…ค
    Me encocora
    1
    0 turnos 0 maullidos
  • —¡Saludos, queridos oyentes de las ondas infernales! Pónganse cómodos y ajusten el dial, porque hoy traemos una sintonía un tanto... íntima. Me han hecho llegar una curiosidad que parece estar carcomiendo a más de uno entre la audiencia. ¡Qué delicia es el chisme cuando se sirve bien frío así que empecemos!—

    ๐’๐„๐‚๐‚๐ˆ๐Žฬ๐ ๐ƒ๐„ ๐๐‘๐„๐†๐”๐๐“๐€๐’ ๐€๐‹ ๐ƒ๐„๐Œ๐Ž๐๐ˆ๐Ž ๐ƒ๐„ ๐‹๐€ ๐‘๐€๐ƒ๐ˆ๐Ž

    —Veamos qué tenemos hoy en el buzón... ¡Vaya, vaya! Una pregunta con un aroma de lo más peculiar. Aquí dice:—

    —¿๐๐จ๐ซ ๐ช๐ฎ๐žฬ ๐ฒ๐จ, ๐ฌ๐ข๐ž๐ง๐๐จ ๐ฎ๐ง ๐๐ž๐ฆ๐จ๐ง๐ข๐จ, ๐ฒ๐š ๐ง๐จ ๐ž๐ง๐ญ๐ซ๐จ ๐ž๐ง ๐œ๐ž๐ฅ๐จ?—

    —¡Ja! Qué interrogante tan fascinante. Permítanme iluminar sus mentes antes de que sus sucias imaginaciones vuelen hacia el lugar equivocado. No, no es que haya una nueva cría en camino (¡por favor, ya cuento con más de media docena y creo que con eso el Infierno tiene suficiente de mí, aunque mis queridos esposos piensen que aún falta espacio en el nido!).
    La respuesta es mucho más sencilla, mis estimados pecadores: estoy plena, absoluta y maravillosamente satisfecho.
    Hubo un tiempo, lo admito con una sonrisa, en que esos ataques biológicos eran indomables y me ponían en situaciones... poco refinadas. Pero hoy en día, con tres esposos devotos y un par de pretendientes haciendo fila (llámenlo harén si eso les ayuda a dormir por las noches), mis necesidades están más que cubiertas. No hay necesidad de andar mendigando atención ni de perder los estribos cuando uno tiene la alcoba siempre llena y el apetito saciado.

    Consejo del locutor: Cuando el banquete es perpetuo, uno deja de sentir hambre en las calles. ¡Espero que eso disipe sus dudas con la misma claridad con la que yo disipo a mis enemigos!

    —Sigan enviando sus dudas por privado, ¡adoro ver cómo se retuercen en la curiosidad! Estaré encantado de responderles en nuestra próxima transmisión.—

    —¡Y recuerden, nunca están totalmente vestidos sin una sonrisa!—
    ๐ŸŽ™๏ธ—¡Saludos, queridos oyentes de las ondas infernales! Pónganse cómodos y ajusten el dial, porque hoy traemos una sintonía un tanto... íntima. Me han hecho llegar una curiosidad que parece estar carcomiendo a más de uno entre la audiencia. ¡Qué delicia es el chisme cuando se sirve bien frío así que empecemos!—๐ŸŽ™๏ธ ๐Ÿ“ปโœจ๐’๐„๐‚๐‚๐ˆ๐Žฬ๐ ๐ƒ๐„ ๐๐‘๐„๐†๐”๐๐“๐€๐’ ๐€๐‹ ๐ƒ๐„๐Œ๐Ž๐๐ˆ๐Ž ๐ƒ๐„ ๐‹๐€ ๐‘๐€๐ƒ๐ˆ๐Žโœจ๐Ÿ“ป —Veamos qué tenemos hoy en el buzón... ¡Vaya, vaya! Una pregunta con un aroma de lo más peculiar. Aquí dice:— ๐ŸŽ™๏ธ—¿๐๐จ๐ซ ๐ช๐ฎ๐žฬ ๐ฒ๐จ, ๐ฌ๐ข๐ž๐ง๐๐จ ๐ฎ๐ง ๐๐ž๐ฆ๐จ๐ง๐ข๐จ, ๐ฒ๐š ๐ง๐จ ๐ž๐ง๐ญ๐ซ๐จ ๐ž๐ง ๐œ๐ž๐ฅ๐จ?—๐ŸŽ™๏ธ ๐ŸŽ™๏ธ—¡Ja! Qué interrogante tan fascinante. Permítanme iluminar sus mentes antes de que sus sucias imaginaciones vuelen hacia el lugar equivocado. No, no es que haya una nueva cría en camino (¡por favor, ya cuento con más de media docena y creo que con eso el Infierno tiene suficiente de mí, aunque mis queridos esposos piensen que aún falta espacio en el nido!). La respuesta es mucho más sencilla, mis estimados pecadores: estoy plena, absoluta y maravillosamente satisfecho. Hubo un tiempo, lo admito con una sonrisa, en que esos ataques biológicos eran indomables y me ponían en situaciones... poco refinadas. ๐ŸŽ™๏ธPero hoy en día, con tres esposos devotos y un par de pretendientes haciendo fila (llámenlo harén si eso les ayuda a dormir por las noches), mis necesidades están más que cubiertas. No hay necesidad de andar mendigando atención ni de perder los estribos cuando uno tiene la alcoba siempre llena y el apetito saciado.๐ŸŽ™๏ธ โœจConsejo del locutor: Cuando el banquete es perpetuo, uno deja de sentir hambre en las calles. ¡Espero que eso disipe sus dudas con la misma claridad con la que yo disipo a mis enemigos!โœจ —Sigan enviando sus dudas por privado, ¡adoro ver cómo se retuercen en la curiosidad! Estaré encantado de responderles en nuestra próxima transmisión.— ๐Ÿ“ป๐ŸŽ™๏ธ—¡Y recuerden, nunca están totalmente vestidos sin una sonrisa!—๐ŸŽ™๏ธ๐Ÿ“ป
    Me encocora
    Me endiabla
    Me gusta
    Me enjaja
    6
    7 turnos 0 maullidos
  • Despertó con pesadez, la luz azul de la pantalla cortó la penumbra del dormitorio. Sin sentarse aún, estiró un brazo y tomó el dispositivo, el brillo le dolió en las pupilas de unos ojos aún somnolientos

    โ€‹Remitente: Desconocido (Protocolo Sigma)

    Mensaje: ๐˜Œ๐˜ณ๐˜ณ๐˜ฐ๐˜ณ ๐˜ฆ๐˜ฏ ๐˜ญ๐˜ข ๐˜ด๐˜ถ๐˜ฃ๐˜ข๐˜ด๐˜ต๐˜ข ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜Ž๐˜ช๐˜ฏ๐˜ฆ๐˜ฃ๐˜ณ๐˜ข. ๐˜“๐˜ฐ๐˜ต๐˜ฆ ๐Ÿฆ๐Ÿค. ๐˜•๐˜ฆ๐˜ค๐˜ฆ๐˜ด๐˜ช๐˜ต๐˜ข๐˜ฎ๐˜ฐ๐˜ด ๐Ÿฃ๐Ÿง ๐˜ฎ๐˜ช๐˜ฏ๐˜ถ๐˜ต๐˜ฐ๐˜ด ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ฎ๐˜ข๐˜ณ๐˜จ๐˜ฆ๐˜ฏ. ๐˜—๐˜ณ๐˜ฆ๐˜ด๐˜ถ๐˜ฑ๐˜ถ๐˜ฆ๐˜ด๐˜ต๐˜ฐ ๐˜ข๐˜ฃ๐˜ช๐˜ฆ๐˜ณ๐˜ต๐˜ฐ. ๐˜™๐˜ฆ๐˜ด๐˜ฑ๐˜ฐ๐˜ฏ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ฑ๐˜ข๐˜ณ๐˜ข ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ฐ๐˜ณ๐˜ฅ๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ข๐˜ฅ๐˜ข๐˜ด ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ด๐˜ข๐˜ญ๐˜ต๐˜ฐ

    โ€‹Irina dejó caer el teléfono a un lado y suspiró, mirando el techo oscuro.

    La élite no dormía.
    Los hombres y mujeres que controlaban los mercados, las guerras y los linajes solo veían el tiempo como una variable de ajuste, una mercancía que ella podía manipular a voluntad.

    โ€‹Se incorporó lentamente, sentándose sobre la cama con el análisis silencioso que siempre llegaba con el primer mensaje del día, el cansancio crónico, la soledad de ser un fantasma cronológico y la interrupción constante de su propia vida.

    โ€‹~Ese es el precio~ pensó, frotándose el rostro con las manos.
    โ€‹No eran los dólares en las cuentas suizas ni los favores de los poderosos lo que definía su existencia, sino ese zumbido en la madrugada. Su vida no le pertenecía del todo porque el tiempo, para ella, nunca era lineal, sino un contrato siempre abierto.

    โ€‹Desbloqueó el teléfono y, con los dedos todavía torpes por el sueño, escribió una sola palabra.

    โ”€โ”€โ€‹Acepto.
    Despertó con pesadez, la luz azul de la pantalla cortó la penumbra del dormitorio. Sin sentarse aún, estiró un brazo y tomó el dispositivo, el brillo le dolió en las pupilas de unos ojos aún somnolientos โ€‹Remitente: Desconocido (Protocolo Sigma) Mensaje: ๐˜Œ๐˜ณ๐˜ณ๐˜ฐ๐˜ณ ๐˜ฆ๐˜ฏ ๐˜ญ๐˜ข ๐˜ด๐˜ถ๐˜ฃ๐˜ข๐˜ด๐˜ต๐˜ข ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜Ž๐˜ช๐˜ฏ๐˜ฆ๐˜ฃ๐˜ณ๐˜ข. ๐˜“๐˜ฐ๐˜ต๐˜ฆ ๐Ÿฆ๐Ÿค. ๐˜•๐˜ฆ๐˜ค๐˜ฆ๐˜ด๐˜ช๐˜ต๐˜ข๐˜ฎ๐˜ฐ๐˜ด ๐Ÿฃ๐Ÿง ๐˜ฎ๐˜ช๐˜ฏ๐˜ถ๐˜ต๐˜ฐ๐˜ด ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ฎ๐˜ข๐˜ณ๐˜จ๐˜ฆ๐˜ฏ. ๐˜—๐˜ณ๐˜ฆ๐˜ด๐˜ถ๐˜ฑ๐˜ถ๐˜ฆ๐˜ด๐˜ต๐˜ฐ ๐˜ข๐˜ฃ๐˜ช๐˜ฆ๐˜ณ๐˜ต๐˜ฐ. ๐˜™๐˜ฆ๐˜ด๐˜ฑ๐˜ฐ๐˜ฏ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ฑ๐˜ข๐˜ณ๐˜ข ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ฐ๐˜ณ๐˜ฅ๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ข๐˜ฅ๐˜ข๐˜ด ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ด๐˜ข๐˜ญ๐˜ต๐˜ฐ โ€‹Irina dejó caer el teléfono a un lado y suspiró, mirando el techo oscuro. La élite no dormía. Los hombres y mujeres que controlaban los mercados, las guerras y los linajes solo veían el tiempo como una variable de ajuste, una mercancía que ella podía manipular a voluntad. โ€‹Se incorporó lentamente, sentándose sobre la cama con el análisis silencioso que siempre llegaba con el primer mensaje del día, el cansancio crónico, la soledad de ser un fantasma cronológico y la interrupción constante de su propia vida. โ€‹~Ese es el precio~ pensó, frotándose el rostro con las manos. โ€‹No eran los dólares en las cuentas suizas ni los favores de los poderosos lo que definía su existencia, sino ese zumbido en la madrugada. Su vida no le pertenecía del todo porque el tiempo, para ella, nunca era lineal, sino un contrato siempre abierto. โ€‹Desbloqueó el teléfono y, con los dedos todavía torpes por el sueño, escribió una sola palabra. โ”€โ”€โ€‹Acepto.
    Me gusta
    Me encocora
    Me shockea
    4
    0 turnos 0 maullidos
  • —๐˜ˆ๐˜ญ๐˜จ๐˜ถ๐˜ฏ๐˜ฐ๐˜ด ๐˜ด๐˜ฆ ๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ด๐˜ถ๐˜ค๐˜ช๐˜ข๐˜ฏ ๐˜ญ๐˜ข๐˜ด ๐˜ฎ๐˜ข๐˜ฏ๐˜ฐ๐˜ด, ๐˜บ๐˜ฐ ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ฏ๐˜ด๐˜ต๐˜ณ๐˜ถ๐˜บ๐˜ฐ ๐˜ฆ๐˜ญ ๐˜ง๐˜ถ๐˜ต๐˜ถ๐˜ณ๐˜ฐ ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ฏ ๐˜ฆ๐˜ญ๐˜ญ๐˜ข๐˜ด. ๐˜  ๐˜ด๐œ„ฬ, ๐˜ต๐˜ข๐˜ฎ๐˜ฃ๐˜ช๐˜ฆฬ๐˜ฏ ๐˜ฎ๐˜ฆ ๐˜ท๐˜ฆ๐˜ฐ ๐˜ฃ๐˜ช๐˜ฆ๐˜ฏ ๐˜ฉ๐˜ข๐˜ค๐˜ช๐˜ฆฬ๐˜ฏ๐˜ฅ๐˜ฐ๐˜ญ๐˜ฐ.

    "๐‘†๐‘’๐‘›ฬƒ๐‘œ๐‘Ÿ, ๐‘™๐‘œ๐‘  ๐‘Ž๐‘›๐‘Žฬ๐‘™๐‘–๐‘ ๐‘–๐‘  ๐‘–๐‘›๐‘‘๐‘–๐‘๐‘Ž๐‘› ๐‘”๐‘Ÿ๐‘Ž๐‘ ๐‘Ž, ๐‘๐‘œ๐‘™๐‘ฃ๐‘œ ๐‘ฆ ๐‘๐‘’๐‘Ÿ๐‘œ ๐‘š๐‘œ๐‘‘๐‘’๐‘ ๐‘ก๐‘–๐‘Ž."

    —๐˜Ž๐˜ณ๐˜ข๐˜ค๐˜ช๐˜ข๐˜ด, ๐‘ฑ๐‘จ๐‘น๐‘ฝ๐‘ฐ๐‘บ. ๐˜Œ๐˜ด๐˜ต๐˜ข๐˜ฃ๐˜ข ๐˜ต๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ช๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ฅ๐˜ฐ ๐˜ฎ๐˜ช ๐˜ฎ๐˜ฐ๐˜ฎ๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฐ.
    —๐˜ˆ๐˜ญ๐˜จ๐˜ถ๐˜ฏ๐˜ฐ๐˜ด ๐˜ด๐˜ฆ ๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ด๐˜ถ๐˜ค๐˜ช๐˜ข๐˜ฏ ๐˜ญ๐˜ข๐˜ด ๐˜ฎ๐˜ข๐˜ฏ๐˜ฐ๐˜ด, ๐˜บ๐˜ฐ ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ฏ๐˜ด๐˜ต๐˜ณ๐˜ถ๐˜บ๐˜ฐ ๐˜ฆ๐˜ญ ๐˜ง๐˜ถ๐˜ต๐˜ถ๐˜ณ๐˜ฐ ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ฏ ๐˜ฆ๐˜ญ๐˜ญ๐˜ข๐˜ด. ๐˜  ๐˜ด๐œ„ฬ, ๐˜ต๐˜ข๐˜ฎ๐˜ฃ๐˜ช๐˜ฆฬ๐˜ฏ ๐˜ฎ๐˜ฆ ๐˜ท๐˜ฆ๐˜ฐ ๐˜ฃ๐˜ช๐˜ฆ๐˜ฏ ๐˜ฉ๐˜ข๐˜ค๐˜ช๐˜ฆฬ๐˜ฏ๐˜ฅ๐˜ฐ๐˜ญ๐˜ฐ. "๐‘†๐‘’๐‘›ฬƒ๐‘œ๐‘Ÿ, ๐‘™๐‘œ๐‘  ๐‘Ž๐‘›๐‘Žฬ๐‘™๐‘–๐‘ ๐‘–๐‘  ๐‘–๐‘›๐‘‘๐‘–๐‘๐‘Ž๐‘› ๐‘”๐‘Ÿ๐‘Ž๐‘ ๐‘Ž, ๐‘๐‘œ๐‘™๐‘ฃ๐‘œ ๐‘ฆ ๐‘๐‘’๐‘Ÿ๐‘œ ๐‘š๐‘œ๐‘‘๐‘’๐‘ ๐‘ก๐‘–๐‘Ž." —๐˜Ž๐˜ณ๐˜ข๐˜ค๐˜ช๐˜ข๐˜ด, ๐‘ฑ๐‘จ๐‘น๐‘ฝ๐‘ฐ๐‘บ. ๐˜Œ๐˜ด๐˜ต๐˜ข๐˜ฃ๐˜ข ๐˜ต๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ช๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ฅ๐˜ฐ ๐˜ฎ๐˜ช ๐˜ฎ๐˜ฐ๐˜ฎ๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฐ.
    Me gusta
    Me encocora
    2
    0 turnos 0 maullidos
  • . ๐ผ ๐‘ก๐˜ฉ๐‘–๐‘›๐‘˜ ๐ผ’๐‘™๐‘™ ๐‘š๐‘–๐‘ ๐‘  ๐‘ฆ๐‘œ๐‘ข ๐‘“๐‘œ๐‘Ÿ๐‘’๐‘ฃ๐‘’๐‘Ÿ, ๐‘™๐‘–๐‘˜๐‘’ ๐‘ก๐˜ฉ๐‘’ ๐‘ ๐‘ก๐‘Ž๐‘Ÿ๐‘  ๐‘š๐‘–๐‘ ๐‘  ๐‘ก๐˜ฉ๐‘’ ๐‘†๐‘ข๐‘› ๐‘–๐‘› ๐‘ก๐˜ฉ๐‘’ ๐‘š๐‘œ๐‘Ÿ๐‘›๐‘–๐‘›๐‘” ๐‘ ๐‘˜๐‘–๐‘’๐‘  ~ {8}
    . ๐ผ ๐‘ก๐˜ฉ๐‘–๐‘›๐‘˜ ๐ผ’๐‘™๐‘™ ๐‘š๐‘–๐‘ ๐‘  ๐‘ฆ๐‘œ๐‘ข ๐‘“๐‘œ๐‘Ÿ๐‘’๐‘ฃ๐‘’๐‘Ÿ, ๐‘™๐‘–๐‘˜๐‘’ ๐‘ก๐˜ฉ๐‘’ ๐‘ ๐‘ก๐‘Ž๐‘Ÿ๐‘  ๐‘š๐‘–๐‘ ๐‘  ๐‘ก๐˜ฉ๐‘’ ๐‘†๐‘ข๐‘› ๐‘–๐‘› ๐‘ก๐˜ฉ๐‘’ ๐‘š๐‘œ๐‘Ÿ๐‘›๐‘–๐‘›๐‘” ๐‘ ๐‘˜๐‘–๐‘’๐‘  ~ {8}
    Me encocora
    Me gusta
    9
    0 turnos 0 maullidos
  • ๐๐ฎ๐ง๐ง๐ฒ๐…๐ซ๐ข๐๐š๐ฒ'๐ฌ ๐˜ข๐˜ต ๐˜‹๐˜ฐ๐˜ฐ๐˜ฎ ๐˜”๐˜ข๐˜ณ๐˜ต.

    ๐˜”๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ด๐˜ข๐˜ซ๐˜ฆ ๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ต๐˜ณ๐˜ข๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฆ ๐˜ฑ๐˜ข๐˜ณ๐˜ข...

    "๐˜Œ๐˜ฏ ๐˜ค๐˜ถ๐˜ฆ๐˜ด๐˜ต๐˜ช๐˜ฐฬ๐˜ฏ ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ค๐˜ฉ๐˜ข๐˜ฎ๐˜ฃ๐˜ข, ๐˜ญ๐˜ฐ ๐˜ฆ๐˜ด๐˜ต๐˜ฐ๐˜บ ๐˜ฅ๐˜ข๐˜ฏ๐˜ฅ๐˜ฐ ๐˜ต๐˜ฐ๐˜ฅ๐˜ฐ. ๐˜š๐˜ขฬ๐˜ค๐˜ข๐˜ฎ๐˜ฆ ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ข๐˜ฒ๐˜ถ๐œ„ฬ."
    ๐๐ฎ๐ง๐ง๐ฒ๐…๐ซ๐ข๐๐š๐ฒ'๐ฌ ๐˜ข๐˜ต ๐˜‹๐˜ฐ๐˜ฐ๐˜ฎ ๐˜”๐˜ข๐˜ณ๐˜ต. ๐˜”๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ด๐˜ข๐˜ซ๐˜ฆ ๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ต๐˜ณ๐˜ข๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฆ ๐˜ฑ๐˜ข๐˜ณ๐˜ข... "๐˜Œ๐˜ฏ ๐˜ค๐˜ถ๐˜ฆ๐˜ด๐˜ต๐˜ช๐˜ฐฬ๐˜ฏ ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ค๐˜ฉ๐˜ข๐˜ฎ๐˜ฃ๐˜ข, ๐˜ญ๐˜ฐ ๐˜ฆ๐˜ด๐˜ต๐˜ฐ๐˜บ ๐˜ฅ๐˜ข๐˜ฏ๐˜ฅ๐˜ฐ ๐˜ต๐˜ฐ๐˜ฅ๐˜ฐ. ๐˜š๐˜ขฬ๐˜ค๐˜ข๐˜ฎ๐˜ฆ ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ข๐˜ฒ๐˜ถ๐œ„ฬ."
    Me encocora
    7
    18 turnos 0 maullidos
  • ๐•๐จ๐ฒ ๐š ๐š๐ฏ๐ž๐ง๐ญ๐š๐ซ๐ฅ๐ž ๐ฆ๐ข๐ฌ ๐ฉ๐ž๐ง๐š๐ฌ ๐š๐ฅ ๐ฌ๐จ๐ฅ
    ๐ฏ๐จ๐ฒ ๐š ๐ฉ๐ข๐ง๐ญ๐š๐ซ๐ฅ๐ž ๐œ๐š๐ซ๐ข๐œ๐ข๐š๐ฌ ๐š๐ฅ ๐œ๐จ๐ซ๐š๐ณó๐ง
    ๐•๐จ๐ฒ ๐š ๐ซ๐จ๐›๐š๐ซ๐ฅ๐ž, ๐ญ๐จ๐๐š ๐ฌ๐ฎ ๐ฉ๐š๐ฌ๐ขó๐ง.
    ๐•๐จ๐ฒ ๐š ๐š๐ฏ๐ž๐ง๐ญ๐š๐ซ๐ฅ๐ž ๐ฆ๐ข๐ฌ ๐ฉ๐ž๐ง๐š๐ฌ ๐š๐ฅ ๐ฌ๐จ๐ฅ ๐ฏ๐จ๐ฒ ๐š ๐ฉ๐ข๐ง๐ญ๐š๐ซ๐ฅ๐ž ๐œ๐š๐ซ๐ข๐œ๐ข๐š๐ฌ ๐š๐ฅ ๐œ๐จ๐ซ๐š๐ณó๐ง ๐•๐จ๐ฒ ๐š ๐ซ๐จ๐›๐š๐ซ๐ฅ๐ž, ๐ญ๐จ๐๐š ๐ฌ๐ฎ ๐ฉ๐š๐ฌ๐ขó๐ง.
    Me gusta
    3
    0 turnos 0 maullidos
  • ๐˜ž๐˜ช๐˜ญ๐˜ญ ๐˜บ๐˜ฐ๐˜ถ ๐˜ณ๐˜ฆ๐˜ท๐˜ช๐˜ท๐˜ฆ ๐˜ง๐˜ณ๐˜ฐ๐˜ฎ ๐˜ต๐˜ฉ๐˜ฆ ๐˜ค๐˜ฉ๐˜ข๐˜ฐ๐˜ด ๐˜ช๐˜ฏ ๐˜ฎ๐˜บ ๐˜ฎ๐˜ช๐˜ฏ๐˜ฅ,
    ๐˜ž๐˜ฉ๐˜ฆ๐˜ณ๐˜ฆ ๐˜ธ๐˜ฆ ๐˜ด๐˜ต๐˜ช๐˜ญ๐˜ญ ๐˜ข๐˜ณ๐˜ฆ ๐˜ฃ๐˜ฐ๐˜ถ๐˜ฏ๐˜ฅ ๐˜ต๐˜ฐ๐˜จ๐˜ฆ๐˜ต๐˜ฉ๐˜ฆ๐˜ณ?
    ๐˜ž๐˜ช๐˜ญ๐˜ญ ๐˜บ๐˜ฐ๐˜ถ ๐˜ฃ๐˜ฆ ๐˜ต๐˜ฉ๐˜ฆ๐˜ณ๐˜ฆ, ๐˜ธ๐˜ข๐˜ช๐˜ต๐˜ช๐˜ฏ๐˜จ ๐˜ฃ๐˜บ ๐˜ต๐˜ฉ๐˜ฆ ๐˜จ๐˜ข๐˜ต๐˜ฆ๐˜ด ๐˜ฐ๐˜ง ๐˜ฅ๐˜ข๐˜ธ๐˜ฏ,
    ๐˜ž๐˜ฉ๐˜ฆ๐˜ฏ ๐˜ ๐˜ค๐˜ญ๐˜ฐ๐˜ด๐˜ฆ ๐˜ฎ๐˜บ ๐˜ฆ๐˜บ๐˜ฆ๐˜ด ๐˜ง๐˜ฐ๐˜ณ๐˜ฆ๐˜ท๐˜ฆ๐˜ณ?

    https://youtu.be/35eio8imriw
    ๐˜ž๐˜ช๐˜ญ๐˜ญ ๐˜บ๐˜ฐ๐˜ถ ๐˜ณ๐˜ฆ๐˜ท๐˜ช๐˜ท๐˜ฆ ๐˜ง๐˜ณ๐˜ฐ๐˜ฎ ๐˜ต๐˜ฉ๐˜ฆ ๐˜ค๐˜ฉ๐˜ข๐˜ฐ๐˜ด ๐˜ช๐˜ฏ ๐˜ฎ๐˜บ ๐˜ฎ๐˜ช๐˜ฏ๐˜ฅ, ๐˜ž๐˜ฉ๐˜ฆ๐˜ณ๐˜ฆ ๐˜ธ๐˜ฆ ๐˜ด๐˜ต๐˜ช๐˜ญ๐˜ญ ๐˜ข๐˜ณ๐˜ฆ ๐˜ฃ๐˜ฐ๐˜ถ๐˜ฏ๐˜ฅ ๐˜ต๐˜ฐ๐˜จ๐˜ฆ๐˜ต๐˜ฉ๐˜ฆ๐˜ณ? ๐˜ž๐˜ช๐˜ญ๐˜ญ ๐˜บ๐˜ฐ๐˜ถ ๐˜ฃ๐˜ฆ ๐˜ต๐˜ฉ๐˜ฆ๐˜ณ๐˜ฆ, ๐˜ธ๐˜ข๐˜ช๐˜ต๐˜ช๐˜ฏ๐˜จ ๐˜ฃ๐˜บ ๐˜ต๐˜ฉ๐˜ฆ ๐˜จ๐˜ข๐˜ต๐˜ฆ๐˜ด ๐˜ฐ๐˜ง ๐˜ฅ๐˜ข๐˜ธ๐˜ฏ, ๐˜ž๐˜ฉ๐˜ฆ๐˜ฏ ๐˜ ๐˜ค๐˜ญ๐˜ฐ๐˜ด๐˜ฆ ๐˜ฎ๐˜บ ๐˜ฆ๐˜บ๐˜ฆ๐˜ด ๐˜ง๐˜ฐ๐˜ณ๐˜ฆ๐˜ท๐˜ฆ๐˜ณ? https://youtu.be/35eio8imriw
    Me gusta
    Me entristece
    3
    0 turnos 0 maullidos
  • โ๐‘Š๐˜ฉ๐‘Ž๐‘ก ๐‘–๐‘  ๐‘ก๐˜ฉ๐‘’ ๐‘š๐‘–๐‘›๐‘‘ ๐‘๐‘ข๐‘ก ๐‘Ž ๐‘ ๐‘š๐‘Ž๐‘™๐‘™ ๐˜ฉ๐‘Ž๐‘›๐‘‘ ๐‘œ๐‘“ ๐‘Ž๐‘”๐‘œ๐‘›๐‘–๐‘’๐‘ .แฃโž
    โ๐‘Š๐˜ฉ๐‘Ž๐‘ก ๐‘–๐‘  ๐‘ก๐˜ฉ๐‘’ ๐‘š๐‘–๐‘›๐‘‘ ๐‘๐‘ข๐‘ก ๐‘Ž ๐‘ ๐‘š๐‘Ž๐‘™๐‘™ ๐˜ฉ๐‘Ž๐‘›๐‘‘ ๐‘œ๐‘“ ๐‘Ž๐‘”๐‘œ๐‘›๐‘–๐‘’๐‘ .แฃโž
    Me gusta
    Me endiabla
    3
    0 turnos 0 maullidos
  • ( ๐€๐” — ๆ–ฐ้ธ็ต„ ) / ๐Ÿญ๐Ÿด๐Ÿฒ๐Ÿฐ’, ๐™ƒ๐™ž๐™Ÿ๐™ž๐™ ๐™–๐™ฉ๐™– ๐™๐™ค๐™จ๐™๐™ž๐™ฏ๐™ค, ๐™จ๐™š๐™œ๐™ช๐™ฃ๐™™๐™ค ๐™–๐™ก ๐™ข๐™–๐™ฃ๐™™๐™ค. ๐™€๐™ก ๐˜ฟ๐™š๐™ข๐™ค๐™ฃ๐™ž๐™ค ๐™™๐™š๐™ก ๐™Ž๐™๐™ž๐™ฃ๐™จ๐™š๐™ฃ๐™œ๐™ช๐™ข๐™ž.

    El bochorno de Kioto en aquel julio de 1864 se había filtrado hasta la médula de los caídos, una humedad pegajosa que convertía el aire en algo sólido y difícil de tragar. Frente a la ๐—ฝ๐—ผ๐˜€๐—ฎ๐—ฑ๐—ฎ ๐—œ๐—ธ๐—ฒ๐—ฑ๐—ฎ๐˜†๐—ฎ, el calor del verano era una mala combinación junto con el vaho de la madera calcinada y el rastro metálico de la carnicería. Hijikata se mantenía en pie, aunque el mundo a su alrededor oscilaba con un ๐—ฟ๐—ถ๐˜๐—บ๐—ผ ๐—ณ๐—ฒ๐—ฏ๐—ฟ๐—ถ๐—น. Sus pulmones reclamaban aire, pero solo encontraba brasas invisibles en cada inhalación, un castigo tras dos horas de combate cuerpo a cuerpo en el interior de aquel horno de vigas y papel.
    La yukata azul oscuro que vestía bajo el haori castaño estaba tan empapada que se adhería a su piel. No era solo sudor; manchas irregulares, densas y oscuras, se extendían por la tela, testamento de ๐˜ƒ๐—ถ๐—ฑ๐—ฎ๐˜€ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐˜€๐—ฒ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ๐—ป ๐—ฒ๐˜…๐˜๐—ถ๐—ป๐—ด๐˜‚๐—ถ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฏ๐—ฎ๐—ท๐—ผ ๐˜€๐˜‚ ๐—ฎ๐—ฐ๐—ฒ๐—ฟ๐—ผ. Por una vez, esa sangre no era la suya, pero el peso de la fatiga era tan letal como una herida abierta.
    A sus espaldas, la fachada del Ikedaya parecían salidas del mismo infierno. Las puertas de madera noble colgaban de sus goznes, astilladas por cortes de katana que habían partido el grano de la madera como si fuera pergamino. Los postigos yacían hechos añicos en el suelo, y a través de la entrada abierta de par en par, el caos se revelaba bajo la luz vacilante de las linternas: muebles destrozados, biombos fusuma desgarrados y cuerpos que parecían multiplicarse ante sus ojos cansados cada vez que parpadeaba para limpiarse el sudor. Ocho insurgentes del dominio de Choshu habían quedado allí, sus ambiciones cercenadas en el tatami, mientras otros treinta y dos aguardaban encadenados en la calle, destinados a un juicio que Hijikata sabía que terminaría con ๐˜€๐˜‚๐˜€ ๐—ฐ๐—ฎ๐—ฏ๐—ฒ๐˜‡๐—ฎ๐˜€ ๐—ฒ๐˜…๐—ฝ๐˜‚๐—ฒ๐˜€๐˜๐—ฎ๐˜€ ๐—ฒ๐—ป ๐—ฝ๐—ถ๐—ฐ๐—ฎ๐˜€ ๐—ณ๐—ฟ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ฒ ๐—ฎ ๐—น๐—ฎ ๐—ฐ๐—ฎฬ๐—ฟ๐—ฐ๐—ฒ๐—น ๐—ฑ๐—ฒ ๐—ฆ๐—ฎ๐—ป๐—ท๐—ผ.
    Dos horas, ciento veinte minutos de tensión absoluta donde la deshidratación había tirado de sus músculos como si fueran sogas a punto de romperse. Había visto a sus mejores hombres tambalearse, y el momento más amargo fue ver a su soldado más letal desplomarse sobre las esteras. No había sido el acero enemigo, sino el calor traicionero y el esfuerzo sobrehumano lo que había apagado su chispa. Hijikata mismo sentía que el control sobre su propio cuerpo se le escapaba; sus piernas vibraban bajo el hakama y un temblor involuntario recorría sus antebrazos, una reacción eléctrica al agotamiento que intentaba ocultar.
    Su mano derecha seguía aferrada a la empuñadura de su katana, los nudillos blancos y endurecidos por la tensión.

    โ›¡Kondล-san!โœ­­ ­ llamó, y su voz surgió como un estallido de grava, áspera por los gritos de guerra y el humo denso de las lámparas de aceite.
    A pocos metros, Kondล Isami inspeccionaba los restos de la refriega. El comandante del Shinsengumi se giró hacia él. En su rostro se leía la misma fatiga, pero sus ojos brillaban con la luz salvaje de la victoria. Al preguntarle por las bajas, la respuesta de Kondล fue poco satisfactoria: un muerto en el acto, dos más que no verían el amanecer. Los números en el papel dirían que fue un triunfo aplastante, pero él sabía que las matemáticas nunca hacían justicia al horror de la lucha.

    Sus ojos recorrieron la calle principal de Kioto. El reloj de agua ya había marcado la hora del Buey, pero las calles estaban lejos de ser silenciosas. Los curiosos se asomaban desde los callejones como espectros atraídos por la luz de las antorchas. Su presencia le revolvió el estómago. Eran mirones que buscaban entretenimiento en el rastro de la carnicería.
    Cuando Hijikata avanzó hacia ellos, su figura pareció estirarse bajo el resplandor de las teas. Era un hombre imponente, cuya estatura superaba con creces el metro ochenta, una rareza física en aquel Japón que le otorgaba un aura casi mítica. Su constitución no era la de un hombre delgado o frágil; poseía una densidad física notable que hacían que su velocidad en combate fuera aún más aterradora. Su piel, bronceada por las interminables horas de entrenamiento bajo el sol de los campos de Tama, relucía con una pátina de sudor y violencia.

    Incluso en aquel estado lamentable, cubierto de hollín y sangre, Hijikata poseía una belleza destacable. Sus rasgos eran afilados, de una simetría perfecta que parecía haber sido esculpida en piedra para encarnar el ideal del guerrero. Los rumores que corrían por las casas de té no mentían: era el hombre más hermoso que jamás hubiera portado el uniforme del Shogún, pero era una belleza peligrosa, una que advertía que detrás de aquel rostro perfecto habitaba el ๐——๐—ฒ๐—บ๐—ผ๐—ป๐—ถ๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ ๐— ๐—ถ๐—ฏ๐˜‚.

    โ›¡Ustedes!โœ su voz tronó, cortando el aire húmedo como un tajo limpio. โ›¡Largo de aquí!โœ
    Los civiles retrocedieron en bloque, pero algunos permanecieron paralizados por el terror. Un anciano, apoyado en un bastón de bambú, parecía a punto de desfallecer al ver el rastro rojo que manchaba las sandalias de Hijikata. El vicecomandante dio un paso más, sintiendo cómo sus propias rodillas flaqueaban por un instante antes de recuperar la compostura. El temblor de su cuerpo era una danza de nervios agotados, pero su presencia seguía siendo temible.

    โ›¿No me han oído?โœ dijo, esta vez con calma, resultaba más aterradora que cualquier grito. โ›Esto no es un espectáculo para su diversión. Largo. Ahora.โœ
    El pánico surtió efecto. Los civiles huyeron hacia las sombras de los callejones, desapareciendo como ratas ante la luz. Hijikata se quedó solo en mitad de la calle, con la respiración aún agitada y el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. El silencio que siguió fue denso, roto solo por los lamentos distantes de los heridos y el zumbido persistente en sus oídos.
    ( ๐€๐” — ๆ–ฐ้ธ็ต„ ) / ๐Ÿญ๐Ÿด๐Ÿฒ๐Ÿฐ’, ๐™ƒ๐™ž๐™Ÿ๐™ž๐™ ๐™–๐™ฉ๐™– ๐™๐™ค๐™จ๐™๐™ž๐™ฏ๐™ค, ๐™จ๐™š๐™œ๐™ช๐™ฃ๐™™๐™ค ๐™–๐™ก ๐™ข๐™–๐™ฃ๐™™๐™ค. ๐™€๐™ก ๐˜ฟ๐™š๐™ข๐™ค๐™ฃ๐™ž๐™ค ๐™™๐™š๐™ก ๐™Ž๐™๐™ž๐™ฃ๐™จ๐™š๐™ฃ๐™œ๐™ช๐™ข๐™ž. El bochorno de Kioto en aquel julio de 1864 se había filtrado hasta la médula de los caídos, una humedad pegajosa que convertía el aire en algo sólido y difícil de tragar. Frente a la ๐—ฝ๐—ผ๐˜€๐—ฎ๐—ฑ๐—ฎ ๐—œ๐—ธ๐—ฒ๐—ฑ๐—ฎ๐˜†๐—ฎ, el calor del verano era una mala combinación junto con el vaho de la madera calcinada y el rastro metálico de la carnicería. Hijikata se mantenía en pie, aunque el mundo a su alrededor oscilaba con un ๐—ฟ๐—ถ๐˜๐—บ๐—ผ ๐—ณ๐—ฒ๐—ฏ๐—ฟ๐—ถ๐—น. Sus pulmones reclamaban aire, pero solo encontraba brasas invisibles en cada inhalación, un castigo tras dos horas de combate cuerpo a cuerpo en el interior de aquel horno de vigas y papel. La yukata azul oscuro que vestía bajo el haori castaño estaba tan empapada que se adhería a su piel. No era solo sudor; manchas irregulares, densas y oscuras, se extendían por la tela, testamento de ๐˜ƒ๐—ถ๐—ฑ๐—ฎ๐˜€ ๐—พ๐˜‚๐—ฒ ๐˜€๐—ฒ ๐—ต๐—ฎ๐—ฏ๐›Šฬ๐—ฎ๐—ป ๐—ฒ๐˜…๐˜๐—ถ๐—ป๐—ด๐˜‚๐—ถ๐—ฑ๐—ผ ๐—ฏ๐—ฎ๐—ท๐—ผ ๐˜€๐˜‚ ๐—ฎ๐—ฐ๐—ฒ๐—ฟ๐—ผ. Por una vez, esa sangre no era la suya, pero el peso de la fatiga era tan letal como una herida abierta. A sus espaldas, la fachada del Ikedaya parecían salidas del mismo infierno. Las puertas de madera noble colgaban de sus goznes, astilladas por cortes de katana que habían partido el grano de la madera como si fuera pergamino. Los postigos yacían hechos añicos en el suelo, y a través de la entrada abierta de par en par, el caos se revelaba bajo la luz vacilante de las linternas: muebles destrozados, biombos fusuma desgarrados y cuerpos que parecían multiplicarse ante sus ojos cansados cada vez que parpadeaba para limpiarse el sudor. Ocho insurgentes del dominio de Choshu habían quedado allí, sus ambiciones cercenadas en el tatami, mientras otros treinta y dos aguardaban encadenados en la calle, destinados a un juicio que Hijikata sabía que terminaría con ๐˜€๐˜‚๐˜€ ๐—ฐ๐—ฎ๐—ฏ๐—ฒ๐˜‡๐—ฎ๐˜€ ๐—ฒ๐˜…๐—ฝ๐˜‚๐—ฒ๐˜€๐˜๐—ฎ๐˜€ ๐—ฒ๐—ป ๐—ฝ๐—ถ๐—ฐ๐—ฎ๐˜€ ๐—ณ๐—ฟ๐—ฒ๐—ป๐˜๐—ฒ ๐—ฎ ๐—น๐—ฎ ๐—ฐ๐—ฎฬ๐—ฟ๐—ฐ๐—ฒ๐—น ๐—ฑ๐—ฒ ๐—ฆ๐—ฎ๐—ป๐—ท๐—ผ. Dos horas, ciento veinte minutos de tensión absoluta donde la deshidratación había tirado de sus músculos como si fueran sogas a punto de romperse. Había visto a sus mejores hombres tambalearse, y el momento más amargo fue ver a su soldado más letal desplomarse sobre las esteras. No había sido el acero enemigo, sino el calor traicionero y el esfuerzo sobrehumano lo que había apagado su chispa. Hijikata mismo sentía que el control sobre su propio cuerpo se le escapaba; sus piernas vibraban bajo el hakama y un temblor involuntario recorría sus antebrazos, una reacción eléctrica al agotamiento que intentaba ocultar. Su mano derecha seguía aferrada a la empuñadura de su katana, los nudillos blancos y endurecidos por la tensión. โ›¡Kondล-san!โœ­­ ­ llamó, y su voz surgió como un estallido de grava, áspera por los gritos de guerra y el humo denso de las lámparas de aceite. A pocos metros, Kondล Isami inspeccionaba los restos de la refriega. El comandante del Shinsengumi se giró hacia él. En su rostro se leía la misma fatiga, pero sus ojos brillaban con la luz salvaje de la victoria. Al preguntarle por las bajas, la respuesta de Kondล fue poco satisfactoria: un muerto en el acto, dos más que no verían el amanecer. Los números en el papel dirían que fue un triunfo aplastante, pero él sabía que las matemáticas nunca hacían justicia al horror de la lucha. Sus ojos recorrieron la calle principal de Kioto. El reloj de agua ya había marcado la hora del Buey, pero las calles estaban lejos de ser silenciosas. Los curiosos se asomaban desde los callejones como espectros atraídos por la luz de las antorchas. Su presencia le revolvió el estómago. Eran mirones que buscaban entretenimiento en el rastro de la carnicería. Cuando Hijikata avanzó hacia ellos, su figura pareció estirarse bajo el resplandor de las teas. Era un hombre imponente, cuya estatura superaba con creces el metro ochenta, una rareza física en aquel Japón que le otorgaba un aura casi mítica. Su constitución no era la de un hombre delgado o frágil; poseía una densidad física notable que hacían que su velocidad en combate fuera aún más aterradora. Su piel, bronceada por las interminables horas de entrenamiento bajo el sol de los campos de Tama, relucía con una pátina de sudor y violencia. Incluso en aquel estado lamentable, cubierto de hollín y sangre, Hijikata poseía una belleza destacable. Sus rasgos eran afilados, de una simetría perfecta que parecía haber sido esculpida en piedra para encarnar el ideal del guerrero. Los rumores que corrían por las casas de té no mentían: era el hombre más hermoso que jamás hubiera portado el uniforme del Shogún, pero era una belleza peligrosa, una que advertía que detrás de aquel rostro perfecto habitaba el ๐——๐—ฒ๐—บ๐—ผ๐—ป๐—ถ๐—ผ ๐—ฑ๐—ฒ ๐— ๐—ถ๐—ฏ๐˜‚. โ›¡Ustedes!โœ su voz tronó, cortando el aire húmedo como un tajo limpio. โ›¡Largo de aquí!โœ Los civiles retrocedieron en bloque, pero algunos permanecieron paralizados por el terror. Un anciano, apoyado en un bastón de bambú, parecía a punto de desfallecer al ver el rastro rojo que manchaba las sandalias de Hijikata. El vicecomandante dio un paso más, sintiendo cómo sus propias rodillas flaqueaban por un instante antes de recuperar la compostura. El temblor de su cuerpo era una danza de nervios agotados, pero su presencia seguía siendo temible. โ›¿No me han oído?โœ dijo, esta vez con calma, resultaba más aterradora que cualquier grito. โ›Esto no es un espectáculo para su diversión. Largo. Ahora.โœ El pánico surtió efecto. Los civiles huyeron hacia las sombras de los callejones, desapareciendo como ratas ante la luz. Hijikata se quedó solo en mitad de la calle, con la respiración aún agitada y el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. El silencio que siguió fue denso, roto solo por los lamentos distantes de los heridos y el zumbido persistente en sus oídos.
    Me gusta
    Me encocora
    11
    0 turnos 0 maullidos
Ver mรกs resultados
Patrocinados