𝑷𝒂𝒓𝒊𝒔, 𝑭𝒓𝒂𝒏𝒄𝒊𝒂.
𝟏𝟐:𝟎𝟎 𝐚.𝐦
Su copa se llenaba y se vaciaba con una rapidez asombrosa, el vino poseía su paladar con una exquisitez que siempre le fascinaba, aunque lo más sorprendente de todo era su dificultad para embriagarse.
Desde su asiento podía observar con perfecta claridad a las personas que entraban y salían del local, algunas riendo en grupo, otras acompañadas por la soledad; pero todas bajo la mirada de halcón de Eunwoo. Si se le presentaba la oportunidad, regalaba ligeras sonrisas coquetas o alzaba su copa en saludo, poniendo en juego sus encantos con el fin de beneficiarse al terminar la noche. En la hora que apenas había transcurrido aún no obtenía el éxito esperado, aunque no desistiría con facilidad, mucho menos con la botella aún llena.
𝟏𝟐:𝟑𝟎 𝐚.𝐦
Fue entonces cuando el eco de unos pasos entrando al recinto captó la atención del pelinegro, quien volteó hacia la persona dueña de tal caminar y fijó su mirada cual fiera seleccionando a su presa. Un intercambio de sonrisas, el alzar de las copas, una invitación a un trago y sería tan solo el comienzo del banquete final. Después de todo, se hacía pasar por alguien más y sus suaves, oscuros guantes evitaban esparcir su identidad; desde el punto de vista de la otra persona, él no sería más que el perfecto extraño del bar, una hermosa coincidencia que no volvería a ser vista… al menos, no en vida.
𝑷𝒂𝒓𝒊𝒔, 𝑭𝒓𝒂𝒏𝒄𝒊𝒂.
𝟏𝟐:𝟎𝟎 𝐚.𝐦
Su copa se llenaba y se vaciaba con una rapidez asombrosa, el vino poseía su paladar con una exquisitez que siempre le fascinaba, aunque lo más sorprendente de todo era su dificultad para embriagarse.
Desde su asiento podía observar con perfecta claridad a las personas que entraban y salían del local, algunas riendo en grupo, otras acompañadas por la soledad; pero todas bajo la mirada de halcón de Eunwoo. Si se le presentaba la oportunidad, regalaba ligeras sonrisas coquetas o alzaba su copa en saludo, poniendo en juego sus encantos con el fin de beneficiarse al terminar la noche. En la hora que apenas había transcurrido aún no obtenía el éxito esperado, aunque no desistiría con facilidad, mucho menos con la botella aún llena.
𝟏𝟐:𝟑𝟎 𝐚.𝐦
Fue entonces cuando el eco de unos pasos entrando al recinto captó la atención del pelinegro, quien volteó hacia la persona dueña de tal caminar y fijó su mirada cual fiera seleccionando a su presa. Un intercambio de sonrisas, el alzar de las copas, una invitación a un trago y sería tan solo el comienzo del banquete final. Después de todo, se hacía pasar por alguien más y sus suaves, oscuros guantes evitaban esparcir su identidad; desde el punto de vista de la otra persona, él no sería más que el perfecto extraño del bar, una hermosa coincidencia que no volvería a ser vista… al menos, no en vida.