• Adrián salió a caminar cuando la ciudad comenzaba a bajar el ritmo. Era una costumbre que repetía casi sin pensarlo: auriculares puestos, cámara colgando del cuello y pasos lentos, como si no tuviera prisa por llegar a ningún lado. La noche en Nueva York siempre le resultaba extrañamente cómoda; entre las luces y el ruido distante, se sentía menos solo.

    Se detuvo frente a la baranda, observando el perfil de los edificios reflejados sobre el agua. Las luces encendidas parecían pequeñas historias ajenas, vidas que seguían su curso sin detenerse. Adrián levantó la cámara casi por instinto. No buscaba una foto perfecta, solo capturar ese momento exacto: el cielo cubierto de nubes, la ciudad despierta, el silencio que solo él parecía notar.

    Presionó el obturador y, por un segundo, todo quedó en calma. Pensó en su madre, en cómo ella le había enseñado a mirar más allá de lo evidente, a encontrar belleza incluso en lo cotidiano. Tomar esa fotografía no era solo parte de su rutina; era su manera de sentirse cerca de ella, de no dejar que el recuerdo se desvaneciera.

    Guardó la cámara y siguió caminando, perdiéndose entre las calles iluminadas, mientras la ciudad seguía viva a su alrededor.
    Adrián salió a caminar cuando la ciudad comenzaba a bajar el ritmo. Era una costumbre que repetía casi sin pensarlo: auriculares puestos, cámara colgando del cuello y pasos lentos, como si no tuviera prisa por llegar a ningún lado. La noche en Nueva York siempre le resultaba extrañamente cómoda; entre las luces y el ruido distante, se sentía menos solo. Se detuvo frente a la baranda, observando el perfil de los edificios reflejados sobre el agua. Las luces encendidas parecían pequeñas historias ajenas, vidas que seguían su curso sin detenerse. Adrián levantó la cámara casi por instinto. No buscaba una foto perfecta, solo capturar ese momento exacto: el cielo cubierto de nubes, la ciudad despierta, el silencio que solo él parecía notar. Presionó el obturador y, por un segundo, todo quedó en calma. Pensó en su madre, en cómo ella le había enseñado a mirar más allá de lo evidente, a encontrar belleza incluso en lo cotidiano. Tomar esa fotografía no era solo parte de su rutina; era su manera de sentirse cerca de ella, de no dejar que el recuerdo se desvaneciera. Guardó la cámara y siguió caminando, perdiéndose entre las calles iluminadas, mientras la ciudad seguía viva a su alrededor.
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  • Una primera impresión
    Categoría Original
    Joon Bokkel

    — Una ola de crímenes particularmente extraños azotaban la ciudad hace ya varias semanas; extrañas desapariciones y algunos asesinatos sin patrón aparente, pero que, justamente esa falta de patrones y las escenas sospechosamente limpias, habían llevado a la policía a una deducción arriesgada pero posible.

    Algunos rechazaban firmemente la idea de que tales acontecimientos tuvieran alguna clase de relación, otros más arriesgados, afirmaban que se trataba de una sola persona que operaba bajo las sombras, pero la realidad era que la teoría más factible, sugería la existencia de una organización criminal que operaba a nivel internacional.
    ¿Lo extraño? Parecían ejecutar sus movimientos en lugares específicos, todos al mismo tiempo, a veces era una víctima, otras, diversas personas vinculadas a un mismo entorno.
    Está vez, las desapariciones y las muertes, correspondían a personas presuntamente vinculadas a una red de tráfico de armas, entre las que se encontraban ex militares e influencias del entorno político, un escándalo público, esto había encendido las alarmas entre las autoridades rápidamente.

    Uno de los principales obstáculos para dar con los responsables era la falta de pruebas, no había rastros, pistas o movimientos previos que indicaran los ataques, las víctimas solían desparecer como si el viento las llevara de repente o aparecer sin vida, sin más que un solo disparo certero, sin rastro del arma o de algún acercamiento con el atacante.

    Tras la insistencia de algunas influencias de la política —por más motivos turbios que preocupación humana— la agencia a cargo había puesto al mando a uno de sus mejores detectives, sin embargo, había algo que no le dirían hasta el final y era que además de él, requerirían de un servicio adicional, un jóven detective que brillaba en el entorno por sus hazañas y que había sido reclutado especialmente para el caso. —

    Cómo última indicación — Le fue informado al detective — Le queremos presentar al hombre que lo acompañara en la investigación, entendemos que sus métodos serán de utilidad en el proceso.

    — De espaldas a ellos, sentado en la sala con una paciencia silenciosa, aquel jóven de cabellos negros aguardaba a su nuevo compañero. Al oir la puerta se limitó a voltear la cabeza y observar de reojo, pero al instante que reconoció a su colega, el jóven Bekya se puso de pie, caminó hacia él y le extendió la mano con una sonrisa que cualquiera distinguiría a kilómetros por falsa y arrogante. —

    Señor Bokkel, que placer conocerlo, detective Bekya Leavitt, para servirle a usted y a los suyos. Espero que el trabajo juntos sea ameno...

    — Esa voz, suave y serena, ocultaba vagamente una superioridad imperante en su persona, una hipocresía tal, que se palpaba en el aire, en las palabras que salían de sus labios hasta los oídos del otro, pero esa sonrisa, tenía esa sonrisa encantadora que distraía a casi cualquier persona de una segunda intención.
    Una buena primera impresión, eso parecía. —

    [nightfall_b0y] — Una ola de crímenes particularmente extraños azotaban la ciudad hace ya varias semanas; extrañas desapariciones y algunos asesinatos sin patrón aparente, pero que, justamente esa falta de patrones y las escenas sospechosamente limpias, habían llevado a la policía a una deducción arriesgada pero posible. Algunos rechazaban firmemente la idea de que tales acontecimientos tuvieran alguna clase de relación, otros más arriesgados, afirmaban que se trataba de una sola persona que operaba bajo las sombras, pero la realidad era que la teoría más factible, sugería la existencia de una organización criminal que operaba a nivel internacional. ¿Lo extraño? Parecían ejecutar sus movimientos en lugares específicos, todos al mismo tiempo, a veces era una víctima, otras, diversas personas vinculadas a un mismo entorno. Está vez, las desapariciones y las muertes, correspondían a personas presuntamente vinculadas a una red de tráfico de armas, entre las que se encontraban ex militares e influencias del entorno político, un escándalo público, esto había encendido las alarmas entre las autoridades rápidamente. Uno de los principales obstáculos para dar con los responsables era la falta de pruebas, no había rastros, pistas o movimientos previos que indicaran los ataques, las víctimas solían desparecer como si el viento las llevara de repente o aparecer sin vida, sin más que un solo disparo certero, sin rastro del arma o de algún acercamiento con el atacante. Tras la insistencia de algunas influencias de la política —por más motivos turbios que preocupación humana— la agencia a cargo había puesto al mando a uno de sus mejores detectives, sin embargo, había algo que no le dirían hasta el final y era que además de él, requerirían de un servicio adicional, un jóven detective que brillaba en el entorno por sus hazañas y que había sido reclutado especialmente para el caso. — Cómo última indicación — Le fue informado al detective — Le queremos presentar al hombre que lo acompañara en la investigación, entendemos que sus métodos serán de utilidad en el proceso. — De espaldas a ellos, sentado en la sala con una paciencia silenciosa, aquel jóven de cabellos negros aguardaba a su nuevo compañero. Al oir la puerta se limitó a voltear la cabeza y observar de reojo, pero al instante que reconoció a su colega, el jóven Bekya se puso de pie, caminó hacia él y le extendió la mano con una sonrisa que cualquiera distinguiría a kilómetros por falsa y arrogante. — Señor Bokkel, que placer conocerlo, detective Bekya Leavitt, para servirle a usted y a los suyos. Espero que el trabajo juntos sea ameno... — Esa voz, suave y serena, ocultaba vagamente una superioridad imperante en su persona, una hipocresía tal, que se palpaba en el aire, en las palabras que salían de sus labios hasta los oídos del otro, pero esa sonrisa, tenía esa sonrisa encantadora que distraía a casi cualquier persona de una segunda intención. Una buena primera impresión, eso parecía. —
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  • ────Una semana pesada ¿eh? Todos merecemos una tregua del estrés, del trabajo y del sudor en nuestras frentes. Sé exactamente cómo se siente; aunque no lo crean, fui minera en mi vida pasada –suelta un suspiro, recordando aquellos tiempos–. ¡Ah, en fin! Así que, damas y caballeros, cierren los ojos y eleven sus aplausos al ritmo de esta canción. ¡Bienvenidos a Concordia! ¡Que la fiesta comience!

    https://youtu.be/MBsE_Sk0z-E?si=MwKXBhYKC9VQCW-x
    ────Una semana pesada ¿eh? Todos merecemos una tregua del estrés, del trabajo y del sudor en nuestras frentes. Sé exactamente cómo se siente; aunque no lo crean, fui minera en mi vida pasada –suelta un suspiro, recordando aquellos tiempos–. ¡Ah, en fin! Así que, damas y caballeros, cierren los ojos y eleven sus aplausos al ritmo de esta canción. ¡Bienvenidos a Concordia! ¡Que la fiesta comience! https://youtu.be/MBsE_Sk0z-E?si=MwKXBhYKC9VQCW-x
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  • 𝑷𝑬𝑨𝑪𝑬 𝑾𝑨𝑺 𝑵𝑬𝑽𝑬𝑹 𝑨𝑵 𝑶𝑷𝑻𝑰𝑶𝑵
    Fandom Marvel
    Categoría Acción
    La situación actual con los centinelas no hacía más que darle la razón. Si tan solo lo hubieran escuchado cuando dijo que era un error confiar en la CIA y en todo lo que tuviera que ver con el gobierno, quizás las cosas podrían ser diferentes.

    El gobierno había decretado ley marcial, pero no era el ejército quien custodiaba las calles. Reemplazaron hombres por máquinas, por robots gigantes, cazadores de mutantes. Como si colocarles un collar inhibidor no fuese suficiente castigo, suficiente humillación para una raza incomprendida aunque claramente superior.

    Pesé a estar en desventaja, Erik había conseguido hacerse de un pequeño grupo de mutantes. Juntos eran la nueva resistencia, se reuinan una vez a la semana y en lugares diferentes, pasando el poco tiempo que tenían buscando la forma de quitarse ese artefacto del cuello aunque no habían tenido éxito, funcionaba igual para todos, soltando descargas eléctricas cuando trataban de extraerlos insertado alguna herramienta.

    Los gemelos Lensherr, Wanda y Pietro, también mutantes; trataban de que su padre desistiera de su idea por liberar a su gente pero Erik no entendía motivos ni razones. Había vivido una situación como esa en la infancia, más cruda y cruel, pero la situación actual no estaba muy lejos de tomar el camino que tomaron los alemanes.

    Prefería sacrificarse su vida, sacrificarse por sus hijos, por sus amigos, por todos aquellos mutantes que habían muerto injustamente. Decidió esperar para llevar a cabo su plan y tras burlar la seguridad en Industrias Trask, consiguió entrar haciéndose pasar por un obrebero, una elección inteligente y bastante acertada ya que en su mayoría eran mutantes.

    Aprovecho un descuido del arquitecto que los guiaba a la zona donde iban a trabajar y tras deambular por los corredores vacíos de la empresa, llego a la oficina de Bolivar Trask, el responsable de la nueva era de esclavitud mutante.

    Forzó la cerradura de la puerta y al entrar se encontro cara a cara con un hombre de cabello negro, sentado al otro lado del escritorio como si hubiera estado esperándolo. No conocía a ese hombre pero al menos no era el dueño de la empresa y eso lo tranquilizo.

    ──Disculpe, creíamos que este piso estaba vacío. Tiene que salir ahora, vamos a remodelar estas oficinas── Le explico al desconocido, señalando la identificación en su pecho que lo acreditaba como un obrero más.

    𝐃𝚄𝚂𝚃𝙸𝙽 𝚝𝚑𝚎 𝐏𝚒𝚕𝚘𝚝
    La situación actual con los centinelas no hacía más que darle la razón. Si tan solo lo hubieran escuchado cuando dijo que era un error confiar en la CIA y en todo lo que tuviera que ver con el gobierno, quizás las cosas podrían ser diferentes. El gobierno había decretado ley marcial, pero no era el ejército quien custodiaba las calles. Reemplazaron hombres por máquinas, por robots gigantes, cazadores de mutantes. Como si colocarles un collar inhibidor no fuese suficiente castigo, suficiente humillación para una raza incomprendida aunque claramente superior. Pesé a estar en desventaja, Erik había conseguido hacerse de un pequeño grupo de mutantes. Juntos eran la nueva resistencia, se reuinan una vez a la semana y en lugares diferentes, pasando el poco tiempo que tenían buscando la forma de quitarse ese artefacto del cuello aunque no habían tenido éxito, funcionaba igual para todos, soltando descargas eléctricas cuando trataban de extraerlos insertado alguna herramienta. Los gemelos Lensherr, Wanda y Pietro, también mutantes; trataban de que su padre desistiera de su idea por liberar a su gente pero Erik no entendía motivos ni razones. Había vivido una situación como esa en la infancia, más cruda y cruel, pero la situación actual no estaba muy lejos de tomar el camino que tomaron los alemanes. Prefería sacrificarse su vida, sacrificarse por sus hijos, por sus amigos, por todos aquellos mutantes que habían muerto injustamente. Decidió esperar para llevar a cabo su plan y tras burlar la seguridad en Industrias Trask, consiguió entrar haciéndose pasar por un obrebero, una elección inteligente y bastante acertada ya que en su mayoría eran mutantes. Aprovecho un descuido del arquitecto que los guiaba a la zona donde iban a trabajar y tras deambular por los corredores vacíos de la empresa, llego a la oficina de Bolivar Trask, el responsable de la nueva era de esclavitud mutante. Forzó la cerradura de la puerta y al entrar se encontro cara a cara con un hombre de cabello negro, sentado al otro lado del escritorio como si hubiera estado esperándolo. No conocía a ese hombre pero al menos no era el dueño de la empresa y eso lo tranquilizo. ──Disculpe, creíamos que este piso estaba vacío. Tiene que salir ahora, vamos a remodelar estas oficinas── Le explico al desconocido, señalando la identificación en su pecho que lo acreditaba como un obrero más. [PANDEM0NIO]
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  • ¿Qué sería de la vida sin un poco de caos?
    Aún a pesar de ser mucho más seria desde su experiencia de vida, nada la detuvo de divertirse esta vez; aprovechando de su último directo para lograr sus seguidores cancelaran a una engreída que se creyó podía superarla
    ¿Qué sería de la vida sin un poco de caos? Aún a pesar de ser mucho más seria desde su experiencia de vida, nada la detuvo de divertirse esta vez; aprovechando de su último directo para lograr sus seguidores cancelaran a una engreída que se creyó podía superarla
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  • — ”al final... mamá estaba equivocada...yo...estaba equivocado, toda mí vida fue una farsa y todo lo que creía estaba mal. Nadie mejoraba con mis reglas..”

    Murmura el pelirrojo con una mirada sombría, su té estaba enfriándose y el tiempo pasaba con lentitud, cada TIC TAC del reloj era una punzada en el cerebro del joven que moría por sus pensamientos luego de aquella batalla. Después de aprender y aún le quedaba mucho que procesar, pero...cambiar será fácil?

    — ”al final... mamá estaba equivocada...yo...estaba equivocado, toda mí vida fue una farsa y todo lo que creía estaba mal. Nadie mejoraba con mis reglas..” Murmura el pelirrojo con una mirada sombría, su té estaba enfriándose y el tiempo pasaba con lentitud, cada TIC TAC del reloj era una punzada en el cerebro del joven que moría por sus pensamientos luego de aquella batalla. Después de aprender y aún le quedaba mucho que procesar, pero...cambiar será fácil?
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  • "Allá en otra vida, en otro universo, en un tiempo dónde todo era más fácil, una simple frase fue el inicio de todo."
    "Allá en otra vida, en otro universo, en un tiempo dónde todo era más fácil, una simple frase fue el inicio de todo."
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  • “De vuelta al mundo…”
    Fandom Harry Potter
    Categoría Acción
    𝓙𝑒𝑠𝑠 𝓦𝑖𝑙𝑙𝑜𝑤𝑠

    Todavía sentía el vértigo en su estómago y las náuseas. Quería vomitar. Riley levantó la mirada del lavabo hacía su reflejo en el espejo de su cuarto de baño y una pálida muchacha de cabello oscuro y ojos marrones le devolvía la mirada. Hacía menos de 20 minutos que había echado a Balt de su apartamento.

    Cerró los ojos ante otra nueva náusea, y se concentró en respirar profundamente.

    “ — Uno,... dos,... tres,... –” Respiración profunda.

    – Estoy bien… Estoy bien… – se dijo, y apretó los bordes del mueble de lavabo como si fuera su ancla a ese estado de bienestar que estaba muy lejos de ser real.

    Volvió a respirar profundamente, y a contar hasta diez. Otra vez, y una vez más. Abrió los ojos, y la Riley que esta vez le devolvía la mirada no parecía estar a punto de perder el conocimiento o de echar hasta su primera papilla. La mujer que ahora le devolvía la mirada respiraba casi con normalidad y tenía un color menos… fantasmagórico.

    – Vale… Que no cunda el pánico… Vamos a analizar la situación y decidiré si mato a Balt… ¡Al idiota de Balthazar! Si se llama así, y no me ha mentido también en eso… – el pánico parecía que iba a volver a ganar la guerra — La idiota soy yo… Una idiota de los pies a la cabeza… Red Flags. Las malditas Red Flags, una tras otra, pero nooooo…. ¡NO! Yo como estúpida que soy, voy y decido ignorarlas toooodas… Un tío interesante, alto y guapo, con acento británico en Nueva York aparece por casualidad en mi biblioteca accediendo a una cita, que no era una cita, aun teniendo pareja… Y yo soy tan idiota de acceder a una amistad cuando siempre tomo distancia… Pero nooo, en esa ocasión decido… ¡Qué leches! Soy tan idiota que, aunque él me encanta y tengo cero oportunidades, dejarle entrar en mi vida… Y ¡Sorpresa! Todo lo hace porque soy la maldita hija de Alexander Barrow, no porque realmente hayamos conectado… No… solo era un jodido trabajo.. Y lo peor es que mi padre viene a por mí… Mi padre quien debería estar en Azkaban y tiene a todo el mundo engañado… Y yo en vez de estar aquí contándole mis dramas familiares y amoroso a un maldito espejo, debería estar denunciándolo en el Macusa…–.

    El discurso dicho en voz alta le robó las fuerzas en las piernas, sintiendo como le temblaban, y pudiendo caer al suelo sino fuera porque se mantenía bien sujeta al lavamanos. Decir en voz alta lo sucedido ayudaba. Era una táctica, no solo para poder sacar todos sus pensamientos de la cabeza y que no se convirtieran en un bucle de pensamientos recurrentes, también para tomar conciencia sobre sus siguientes pasos.

    Por el momento, y lo que Riley había sacado en claro de todo lo que Bob, apodo cariñoso por el que también se dirigía a él siendo la única que lo hacía, le había confesado era que, además de haberse acercado a ella por tema laboral, sin ahondar en cuestiones sentimentales (como era que Riley estaba enamorada de él), que la persona que estaba detrás de todo era Alexander Barrow, su padre. La estaba buscando, y eso implicaba que debía de hacer algo antes de que él la encontrase. En esos momentos no podía fiarse de nadie, y eso dejaba claro que si las cosas no habían funcionado, a su manera, tendría que utilizar otras formas; hacer una denuncia oficial.

    - Vale, vale, vale… Sé lo que tengo que hacer y… respira… uff, uno, dos, tres… mantengamos la calma… – Tomó aire, y agitó las manos intentando descargar tanta tensión. Se cuadró frente al espejo y se miró directamente. – Soy Anna… – dijo con inseguridad – Soy Anna Elise… Soy Anna Elise Barrow y vengo a denunciar la desaparición de Alexander Barrow… – Asintió con menos determinación de lo que su reflejo le devolvía.

    – Soy Anna Elise Barrow, y vengo a denunciar la desaparición de Alexander Barrow. Lo siento, papá, pero has ido demasiado lejos y es hora de volver al mundo –.

    Media hora después Riley, Anna, salía de su apartamento en Nueva York con la apariencia de cualquier muggle más. Llevaba su habitual vestimenta, y su chaquetón largo y un paraguas de mano. Además, de su bolso repleto de cosas muggles. Solo una cosa nueva; su varita. Un nuevo destino, el Macusa.

    El Macusa, un edificio subterráneo en el centro de Nueva York, mucho más monumental y señorial que el británico, al menos a ojos de Riley. Imponía estar allí. No solo por sus líneas rectas y el aspecto que daba la sensación de poder y control, también porque se sentía fuera de lugar. Se sentía extraña, como si ahora realmente fuera una farsante.

    Caminó por la amplia y majestuosa sala principal intentando disimular lo perdida que se sentía. Miró los diferentes carteles que derivan a salas que se distribuían por pasillos. “Archivos, juicios, cámaras de interrogatorios, Confiscación de artefactos…”. Continuó caminando por la sala en silencio leyendo los carteles que se encontraba y evitando los brujos y magos que se cruzaba con pasos apresurados.

    Parecía que no encontraría a dónde debía ir, y que aquel lugar donde no había siquiera ventanas y parecía que todo estaba hecho para sentirte pequeño, la devoraría sin tregua. Sus pasos se volvieron erráticos mirando a una u otra columnas hasta que se chocó de pronto contra alguien.

    – Lo siento… – se disculpó, encontrando a un hombre algo mayor que ella.

    – Tranquila… ¿Necesitas ayuda? –. preguntó mirando a la joven, claramente Riley daba la impresión de estar perdida.

    – Quería… quería ir al departamento de seguridad, pero estoy un poco pérdida… – se atrevió a confesar que no sabía a donde tenía que ir, tampoco es que estuviera haciendo nada malo, y en el Macusa no tenía nada que temer. Si Alexander la buscaba, allí no entraría.

    – No se preocupe, la acompaño… – dijo, señalando un pasillo que se perdía al fondo de la sala – Yo voy una planta más abajo, pero le indicaré cómo llegar –.

    Caminó junto al mago hacía el pasillo, y allí, en lo alto de la primera columna de granito oscuro que iba desde el suelo al techo, había un cartel que indicaba “Seguridad” encima de “Licencias”.

    – No te preocupes… La primera vez que entré en este edificio, bueno, digamos que terminé en una sala de juicios y me confundieron con el acusado… Fue un gran primer día –.

    Menos de cinco minutos después, Riley se encontraba en la recepción del departamento de seguridad.

    – Buenas tardes, soy Anna Elise Barrow y necesito hablar con un auror sobre Alexander Barrow… –
    [FIGHTERAUR0R] Todavía sentía el vértigo en su estómago y las náuseas. Quería vomitar. Riley levantó la mirada del lavabo hacía su reflejo en el espejo de su cuarto de baño y una pálida muchacha de cabello oscuro y ojos marrones le devolvía la mirada. Hacía menos de 20 minutos que había echado a Balt de su apartamento. Cerró los ojos ante otra nueva náusea, y se concentró en respirar profundamente. “ — Uno,... dos,... tres,... –” Respiración profunda. – Estoy bien… Estoy bien… – se dijo, y apretó los bordes del mueble de lavabo como si fuera su ancla a ese estado de bienestar que estaba muy lejos de ser real. Volvió a respirar profundamente, y a contar hasta diez. Otra vez, y una vez más. Abrió los ojos, y la Riley que esta vez le devolvía la mirada no parecía estar a punto de perder el conocimiento o de echar hasta su primera papilla. La mujer que ahora le devolvía la mirada respiraba casi con normalidad y tenía un color menos… fantasmagórico. – Vale… Que no cunda el pánico… Vamos a analizar la situación y decidiré si mato a Balt… ¡Al idiota de Balthazar! Si se llama así, y no me ha mentido también en eso… – el pánico parecía que iba a volver a ganar la guerra — La idiota soy yo… Una idiota de los pies a la cabeza… Red Flags. Las malditas Red Flags, una tras otra, pero nooooo…. ¡NO! Yo como estúpida que soy, voy y decido ignorarlas toooodas… Un tío interesante, alto y guapo, con acento británico en Nueva York aparece por casualidad en mi biblioteca accediendo a una cita, que no era una cita, aun teniendo pareja… Y yo soy tan idiota de acceder a una amistad cuando siempre tomo distancia… Pero nooo, en esa ocasión decido… ¡Qué leches! Soy tan idiota que, aunque él me encanta y tengo cero oportunidades, dejarle entrar en mi vida… Y ¡Sorpresa! Todo lo hace porque soy la maldita hija de Alexander Barrow, no porque realmente hayamos conectado… No… solo era un jodido trabajo.. Y lo peor es que mi padre viene a por mí… Mi padre quien debería estar en Azkaban y tiene a todo el mundo engañado… Y yo en vez de estar aquí contándole mis dramas familiares y amoroso a un maldito espejo, debería estar denunciándolo en el Macusa…–. El discurso dicho en voz alta le robó las fuerzas en las piernas, sintiendo como le temblaban, y pudiendo caer al suelo sino fuera porque se mantenía bien sujeta al lavamanos. Decir en voz alta lo sucedido ayudaba. Era una táctica, no solo para poder sacar todos sus pensamientos de la cabeza y que no se convirtieran en un bucle de pensamientos recurrentes, también para tomar conciencia sobre sus siguientes pasos. Por el momento, y lo que Riley había sacado en claro de todo lo que Bob, apodo cariñoso por el que también se dirigía a él siendo la única que lo hacía, le había confesado era que, además de haberse acercado a ella por tema laboral, sin ahondar en cuestiones sentimentales (como era que Riley estaba enamorada de él), que la persona que estaba detrás de todo era Alexander Barrow, su padre. La estaba buscando, y eso implicaba que debía de hacer algo antes de que él la encontrase. En esos momentos no podía fiarse de nadie, y eso dejaba claro que si las cosas no habían funcionado, a su manera, tendría que utilizar otras formas; hacer una denuncia oficial. - Vale, vale, vale… Sé lo que tengo que hacer y… respira… uff, uno, dos, tres… mantengamos la calma… – Tomó aire, y agitó las manos intentando descargar tanta tensión. Se cuadró frente al espejo y se miró directamente. – Soy Anna… – dijo con inseguridad – Soy Anna Elise… Soy Anna Elise Barrow y vengo a denunciar la desaparición de Alexander Barrow… – Asintió con menos determinación de lo que su reflejo le devolvía. – Soy Anna Elise Barrow, y vengo a denunciar la desaparición de Alexander Barrow. Lo siento, papá, pero has ido demasiado lejos y es hora de volver al mundo –. Media hora después Riley, Anna, salía de su apartamento en Nueva York con la apariencia de cualquier muggle más. Llevaba su habitual vestimenta, y su chaquetón largo y un paraguas de mano. Además, de su bolso repleto de cosas muggles. Solo una cosa nueva; su varita. Un nuevo destino, el Macusa. El Macusa, un edificio subterráneo en el centro de Nueva York, mucho más monumental y señorial que el británico, al menos a ojos de Riley. Imponía estar allí. No solo por sus líneas rectas y el aspecto que daba la sensación de poder y control, también porque se sentía fuera de lugar. Se sentía extraña, como si ahora realmente fuera una farsante. Caminó por la amplia y majestuosa sala principal intentando disimular lo perdida que se sentía. Miró los diferentes carteles que derivan a salas que se distribuían por pasillos. “Archivos, juicios, cámaras de interrogatorios, Confiscación de artefactos…”. Continuó caminando por la sala en silencio leyendo los carteles que se encontraba y evitando los brujos y magos que se cruzaba con pasos apresurados. Parecía que no encontraría a dónde debía ir, y que aquel lugar donde no había siquiera ventanas y parecía que todo estaba hecho para sentirte pequeño, la devoraría sin tregua. Sus pasos se volvieron erráticos mirando a una u otra columnas hasta que se chocó de pronto contra alguien. – Lo siento… – se disculpó, encontrando a un hombre algo mayor que ella. – Tranquila… ¿Necesitas ayuda? –. preguntó mirando a la joven, claramente Riley daba la impresión de estar perdida. – Quería… quería ir al departamento de seguridad, pero estoy un poco pérdida… – se atrevió a confesar que no sabía a donde tenía que ir, tampoco es que estuviera haciendo nada malo, y en el Macusa no tenía nada que temer. Si Alexander la buscaba, allí no entraría. – No se preocupe, la acompaño… – dijo, señalando un pasillo que se perdía al fondo de la sala – Yo voy una planta más abajo, pero le indicaré cómo llegar –. Caminó junto al mago hacía el pasillo, y allí, en lo alto de la primera columna de granito oscuro que iba desde el suelo al techo, había un cartel que indicaba “Seguridad” encima de “Licencias”. – No te preocupes… La primera vez que entré en este edificio, bueno, digamos que terminé en una sala de juicios y me confundieron con el acusado… Fue un gran primer día –. Menos de cinco minutos después, Riley se encontraba en la recepción del departamento de seguridad. – Buenas tardes, soy Anna Elise Barrow y necesito hablar con un auror sobre Alexander Barrow… –
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  • Tu seras siempre el dueño de mi corazon lancelot , no importa nadie mas en mi vida que tu aun que ..... tu corazon seguro ya tiene otra
    Tu seras siempre el dueño de mi corazon lancelot , no importa nadie mas en mi vida que tu aun que ..... tu corazon seguro ya tiene otra
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  • Recopilación de escrituras, tomo 7.
    "El Heredero de la Luna Violeta"

    Bajo un cielo inmóvil,
    donde las estrellas parecían contener la respiración,
    nació un niño que no lloró.

    No gritó.
    No reclamó nada.

    Abrió los ojos.
    Y la noche cambió de color.

    No fue la Luna Blanca.
    No fue la Carmesí.

    Fue la Luna Violeta.

    Un astro que no anuncia guerras.
    Un reflejo que no celebra conquistas.

    Solo aparece
    cuando el equilibrio está a punto de romperse.

    Jason Jaegerjaquez Ishtar.

    Hijo de Henry Grimmtael Jaegerjaquez Black,
    portador del juicio antiguo.

    Hijo de Hazuki Ishtar,
    sangre ardiente,
    voluntad indomable.

    De su padre heredó la templanza.
    El peso de decidir.
    El silencio del liderazgo.

    De su madre heredó la furia contenida.
    La determinación que no se arrodilla.
    La certeza de no retroceder.

    Pero la Luna Violeta le dio algo distinto.

    La capacidad de caminar
    entre la luz
    y la oscuridad.

    Sin perderse en ninguna.

    Jason no fue creado para gobernar.
    Tampoco para juzgar.

    Fue creado para observar.

    Para medir el pulso del mundo.
    Para notar la grieta
    antes de que se vuelva abismo.

    Cuando el equilibrio se rompe,
    él puede detenerlo.

    Cuando la anomalía surge,
    él puede retenerla.

    No con destrucción.
    Sino con contención.

    Pero su existencia tiene un precio.

    Un alma demoníaca
    nacida en carne humana.

    Un contrato sellado
    antes incluso de su renacimiento.

    Murió una vez.
    Y regresó.

    Cadenas invisibles
    que ni la muerte pudo romper.

    Por eso incomoda.
    Por eso su presencia pesa.

    Jason no debería existir.

    Y aun así, existe.

    El día que cruzó el umbral del Consejo,
    las lunas ya estaban allí.

    Azul.
    Blanca.
    Carmesí.
    Verde.

    Poder absoluto.
    Desmesurado.

    Incompleto.

    Cuando la Luna Violeta se alzó,
    el aire se volvió denso.

    El mundo recordó algo olvidado:

    Todo poder necesita un límite.

    Desde el suelo surgió un trono sin nombre.
    Encadenado.
    Prohibido.

    No hecho para gobernar.
    Sino para impedir el exceso.

    Jason se detuvo frente a él.

    No se sentó.

    No aún.

    No habló para imponerse.
    No levantó la voz.

    Solo dejó clara su razón de existir.

    No estaba allí para reinar.
    No estaba allí para juzgar.

    Estaba allí para decidir
    cuando todos los demás
    ya hubieran ido demasiado lejos.

    Dicen que cuando Jason alza la mirada,
    la luna responde.

    Su resplandor no anuncia destrucción.

    Anuncia decisión.

    Y mientras los clanes murmuran su nombre
    con respeto
    y con temor,
    una verdad permanece escrita en las estrellas:

    Cuando la Luna Violeta se alce por completo,
    Jason Jaegerjaquez Ishtar
    decidirá el destino de todos los linajes.
    Recopilación de escrituras, tomo 7. "El Heredero de la Luna Violeta" Bajo un cielo inmóvil, donde las estrellas parecían contener la respiración, nació un niño que no lloró. No gritó. No reclamó nada. Abrió los ojos. Y la noche cambió de color. No fue la Luna Blanca. No fue la Carmesí. Fue la Luna Violeta. Un astro que no anuncia guerras. Un reflejo que no celebra conquistas. Solo aparece cuando el equilibrio está a punto de romperse. Jason Jaegerjaquez Ishtar. Hijo de Henry Grimmtael Jaegerjaquez Black, portador del juicio antiguo. Hijo de Hazuki Ishtar, sangre ardiente, voluntad indomable. De su padre heredó la templanza. El peso de decidir. El silencio del liderazgo. De su madre heredó la furia contenida. La determinación que no se arrodilla. La certeza de no retroceder. Pero la Luna Violeta le dio algo distinto. La capacidad de caminar entre la luz y la oscuridad. Sin perderse en ninguna. Jason no fue creado para gobernar. Tampoco para juzgar. Fue creado para observar. Para medir el pulso del mundo. Para notar la grieta antes de que se vuelva abismo. Cuando el equilibrio se rompe, él puede detenerlo. Cuando la anomalía surge, él puede retenerla. No con destrucción. Sino con contención. Pero su existencia tiene un precio. Un alma demoníaca nacida en carne humana. Un contrato sellado antes incluso de su renacimiento. Murió una vez. Y regresó. Cadenas invisibles que ni la muerte pudo romper. Por eso incomoda. Por eso su presencia pesa. Jason no debería existir. Y aun así, existe. El día que cruzó el umbral del Consejo, las lunas ya estaban allí. Azul. Blanca. Carmesí. Verde. Poder absoluto. Desmesurado. Incompleto. Cuando la Luna Violeta se alzó, el aire se volvió denso. El mundo recordó algo olvidado: Todo poder necesita un límite. Desde el suelo surgió un trono sin nombre. Encadenado. Prohibido. No hecho para gobernar. Sino para impedir el exceso. Jason se detuvo frente a él. No se sentó. No aún. No habló para imponerse. No levantó la voz. Solo dejó clara su razón de existir. No estaba allí para reinar. No estaba allí para juzgar. Estaba allí para decidir cuando todos los demás ya hubieran ido demasiado lejos. Dicen que cuando Jason alza la mirada, la luna responde. Su resplandor no anuncia destrucción. Anuncia decisión. Y mientras los clanes murmuran su nombre con respeto y con temor, una verdad permanece escrita en las estrellas: Cuando la Luna Violeta se alce por completo, Jason Jaegerjaquez Ishtar decidirá el destino de todos los linajes.
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