• -Habria salido a volar porque este día ella no se sentía bien, estaba triste, enojada, confundida y cansada.

    Su mente no piensa bien al no estar durmiendo bien durante semanas y sus pesadillas ya la hacen despertar cada vez que consilia el sueño, despierta asustada y con el corazón acelerado aunque aveces no recuerda que solo tiene ese sentimiento de miedo.

    Está cansada mental y físicamente, sin contar que tampoco a comido como corresponde, si esque a comido algo-

    -Sabia que no había Sido buena idea salir a volar estando en este estado en cuál me encontraba y ahora me pasó la cuenta, mi cuerpo ya no me reacciona haciendo que mis alas se ocultaran está lloviendo y creo que siento hasta un poco de frío, ahora mismo estaba a una gran altura estando entre las nubes mientras caía a gran velocidad mi mirada en el cielo-

    — Creo... Que al final si fue una mala idea salir a volar...

    -Apesar de estar cayendo desde el cielo, estaba extrañamente tranquila y si llegaba a tocar el suelo no sería una caída suave, tal vez hasta letal-
    -Habria salido a volar porque este día ella no se sentía bien, estaba triste, enojada, confundida y cansada. Su mente no piensa bien al no estar durmiendo bien durante semanas y sus pesadillas ya la hacen despertar cada vez que consilia el sueño, despierta asustada y con el corazón acelerado aunque aveces no recuerda que solo tiene ese sentimiento de miedo. Está cansada mental y físicamente, sin contar que tampoco a comido como corresponde, si esque a comido algo- -Sabia que no había Sido buena idea salir a volar estando en este estado en cuál me encontraba y ahora me pasó la cuenta, mi cuerpo ya no me reacciona haciendo que mis alas se ocultaran está lloviendo y creo que siento hasta un poco de frío, ahora mismo estaba a una gran altura estando entre las nubes mientras caía a gran velocidad mi mirada en el cielo- — Creo... Que al final si fue una mala idea salir a volar... -Apesar de estar cayendo desde el cielo, estaba extrañamente tranquila y si llegaba a tocar el suelo no sería una caída suave, tal vez hasta letal-
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  • -en lo alto de un edificio, se encontraba una mujer con una mirada fría, bajo la lluvia, no le importaba mojarse, solo cumplir lo que le ordenaron. buscaba su objetivo usando un franco tirador, para ser más exactos un remington 700, lo seguia con la mira del arma, buscando la oportunidad perfecta para disparar-

    No es personal, nunca lo es... Pero hoy debes morir

    -Murmurro para si misma, en el momento que encontro la oportunidad, estaba lista para jalar el gatillo-
    -en lo alto de un edificio, se encontraba una mujer con una mirada fría, bajo la lluvia, no le importaba mojarse, solo cumplir lo que le ordenaron. buscaba su objetivo usando un franco tirador, para ser más exactos un remington 700, lo seguia con la mira del arma, buscando la oportunidad perfecta para disparar- No es personal, nunca lo es... Pero hoy debes morir -Murmurro para si misma, en el momento que encontro la oportunidad, estaba lista para jalar el gatillo-
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    "Mañana sigo respondiendo roles que están bien entretenidos, Pero por la hora debo ir a la durmición.........A ver si así se me quita esta tontería de las orejas de gato de una vez...."

    *Diría con el ceño fruncido esto último.*

    "En fin..... Buenas noches....."
    "Mañana sigo respondiendo roles que están bien entretenidos, Pero por la hora debo ir a la durmición.........A ver si así se me quita esta tontería de las orejas de gato de una vez...." *Diría con el ceño fruncido esto último.* "En fin..... Buenas noches....."
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  • El Silencio de los Lazarev
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    Moscú, febrero. El hielo no solo cubre las calles.

    Sasha Lazarev no creía en los segundos platos. Nunca los había necesitado. Cuando algo quería, lo tomaba. Cuando algo —o alguien— le pertenecía, lo marcaba con la misma precisión quirúrgica con la que sus hombres marcaban a los traidores: sin piedad, sin borrón, para siempre.
    Estaba de pie en el balcón de su penthouse en la Torre Imperia, el viento mordiendo su rostro como un amante impaciente. Moscú brillaba bajo ella, una constelación de luces frías que ella misma había encendido y extinguido a su antojo. Los viejos del bratva la llamaban belaya smert —muerte blanca— porque nunca advertía, nunca negociaba, nunca perdonaba.
    Y esa noche, la muerte blanca tenía un nombre nuevo en sus labios.
    —On prishël -murmuró Dmitri desde la penumbra del salón. —Ya está aquí.
    Sasha no se volvió de inmediato. Disfrutaba de ese instante previo, de la electricidad que precede a la tormenta. Se llevó el vaso de vodka a los labios, cristal tallado, herencia de su abuela, la única mujer que había amado sin reservas, y dejó que el líquido le quemara las entrañas antes de girarse.
    El hombre que los suyos habían traído arrastrado, más bien, no parecía un prisionero. No parecía nada que ella hubiera visto antes. Estaba arrodillado sobre la alfombra persa, manos atadas a la espalda, ropa de diseñador manchada de sangre que no era suya. Pero sus ojos..., sus ojos. Ámbar oscuro, con una calma que no correspondía a la situación. Una calma que Sasha reconocía porque ella misma la había cultivado durante años, capa sobre capa, hasta convertirla en armadura.
    —Tu..—dijo, y su voz salió más baja de lo que pretendía, ronca como el roce de terciopelo contra navaja—.
    El prisionero inclinó la cabeza. No en señal de sumisión. En algo más peligroso. Curiosidad.
    —Depende —respondió, y su acento era un misterio, mitad San Petersburgo aristocrático, mitad algo que ella no pudo ubicar—. ¿De si la ofrenda es un regalo... o una trampa camuflada?
    Sasha dejó el vaso sobre la mesa de obsidiana. El sonido resonó como un disparo en la habitación silenciosa. Dio tres pasos hacia él, sus tacones de Louboutin hundiéndose en la alfombra con cada golpe deliberado. Cuando estuvo lo suficientemente cerca para oler su piel, sudor, sí, pero también algo amargo, algo eléctrico, como tormenta contenida. Se agachó. Un dedo enguantado de cuero le levantó la barbilla.
    —Tus tíos me prometieron que serías fácil de romper —murmuró, casi para sí misma—. Que eres un cobarde con gusto por el arte y las mujeres de compañía. Que lloraría.
    Sonrió. No una sonrisa de súplica. Una sonrisa que iluminó algo oscuro en el rostro de Sasha, algo que ella había enterrado bajo cimientos de cadáveres.
    —Tus informantes mienten, Sasha Lazarev —dijo él, pronunciando su nombre como si lo estuviera probando, como si fuera un vino caro o un veneno exótico—. O quizás... —inclinó la cabeza, y por un instante sus labios estuvieron peligrosamente cerca de su oreja— ...quizás tú y yo somos el mismo tipo de mentira.
    Sasha se tensó. Nadie se atrevía a invadir su espacio así. Su mano se movió instintivamente hacia la navaja que llevaba en el muslo, pero se detuvo. Porque no había retrocedido. Porque algo en su mirada decía que él también tenía un cuchillo escondido, que él también sabía exactamente dónde apuntar para hacer sangrar.
    —Llévenselo —ordenó, enderezándose bruscamente, y su voz recuperó el filo de acero habitual—. Al sótano. Quiero que el Doktor Sokolov lo examine. Cada centímetro de su piel, cada cicatriz, cada secreto.
    Cuando sus hombres lo llevan fuera de la habitación, Sasha permaneció inmóvil, mirando las huellas de sangre que dejaba en su alfombra. Su alfombra. Su espacio. Su prisionero.

    Y sin embargo, cuando cerró los ojos esa noche —horas después, con el vodka ya convertido en ceniza en su estómago— no vio el rostro de su padre asesinado. No vio la venganza que había perseguido durante quince años.
    Vio ojos ámbar. Vio una sonrisa que no temía a la muerte.
    Vio, por primera vez en décadas, algo que no sabía cómo destruir.
    Moscú, febrero. El hielo no solo cubre las calles. Sasha Lazarev no creía en los segundos platos. Nunca los había necesitado. Cuando algo quería, lo tomaba. Cuando algo —o alguien— le pertenecía, lo marcaba con la misma precisión quirúrgica con la que sus hombres marcaban a los traidores: sin piedad, sin borrón, para siempre. Estaba de pie en el balcón de su penthouse en la Torre Imperia, el viento mordiendo su rostro como un amante impaciente. Moscú brillaba bajo ella, una constelación de luces frías que ella misma había encendido y extinguido a su antojo. Los viejos del bratva la llamaban belaya smert —muerte blanca— porque nunca advertía, nunca negociaba, nunca perdonaba. Y esa noche, la muerte blanca tenía un nombre nuevo en sus labios. —On prishël -murmuró Dmitri desde la penumbra del salón. —Ya está aquí. Sasha no se volvió de inmediato. Disfrutaba de ese instante previo, de la electricidad que precede a la tormenta. Se llevó el vaso de vodka a los labios, cristal tallado, herencia de su abuela, la única mujer que había amado sin reservas, y dejó que el líquido le quemara las entrañas antes de girarse. El hombre que los suyos habían traído arrastrado, más bien, no parecía un prisionero. No parecía nada que ella hubiera visto antes. Estaba arrodillado sobre la alfombra persa, manos atadas a la espalda, ropa de diseñador manchada de sangre que no era suya. Pero sus ojos..., sus ojos. Ámbar oscuro, con una calma que no correspondía a la situación. Una calma que Sasha reconocía porque ella misma la había cultivado durante años, capa sobre capa, hasta convertirla en armadura. —Tu..—dijo, y su voz salió más baja de lo que pretendía, ronca como el roce de terciopelo contra navaja—. El prisionero inclinó la cabeza. No en señal de sumisión. En algo más peligroso. Curiosidad. —Depende —respondió, y su acento era un misterio, mitad San Petersburgo aristocrático, mitad algo que ella no pudo ubicar—. ¿De si la ofrenda es un regalo... o una trampa camuflada? Sasha dejó el vaso sobre la mesa de obsidiana. El sonido resonó como un disparo en la habitación silenciosa. Dio tres pasos hacia él, sus tacones de Louboutin hundiéndose en la alfombra con cada golpe deliberado. Cuando estuvo lo suficientemente cerca para oler su piel, sudor, sí, pero también algo amargo, algo eléctrico, como tormenta contenida. Se agachó. Un dedo enguantado de cuero le levantó la barbilla. —Tus tíos me prometieron que serías fácil de romper —murmuró, casi para sí misma—. Que eres un cobarde con gusto por el arte y las mujeres de compañía. Que lloraría. Sonrió. No una sonrisa de súplica. Una sonrisa que iluminó algo oscuro en el rostro de Sasha, algo que ella había enterrado bajo cimientos de cadáveres. —Tus informantes mienten, Sasha Lazarev —dijo él, pronunciando su nombre como si lo estuviera probando, como si fuera un vino caro o un veneno exótico—. O quizás... —inclinó la cabeza, y por un instante sus labios estuvieron peligrosamente cerca de su oreja— ...quizás tú y yo somos el mismo tipo de mentira. Sasha se tensó. Nadie se atrevía a invadir su espacio así. Su mano se movió instintivamente hacia la navaja que llevaba en el muslo, pero se detuvo. Porque no había retrocedido. Porque algo en su mirada decía que él también tenía un cuchillo escondido, que él también sabía exactamente dónde apuntar para hacer sangrar. —Llévenselo —ordenó, enderezándose bruscamente, y su voz recuperó el filo de acero habitual—. Al sótano. Quiero que el Doktor Sokolov lo examine. Cada centímetro de su piel, cada cicatriz, cada secreto. Cuando sus hombres lo llevan fuera de la habitación, Sasha permaneció inmóvil, mirando las huellas de sangre que dejaba en su alfombra. Su alfombra. Su espacio. Su prisionero. Y sin embargo, cuando cerró los ojos esa noche —horas después, con el vodka ya convertido en ceniza en su estómago— no vio el rostro de su padre asesinado. No vio la venganza que había perseguido durante quince años. Vio ojos ámbar. Vio una sonrisa que no temía a la muerte. Vio, por primera vez en décadas, algo que no sabía cómo destruir.
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  • ❝ 𝐇𝐄𝐑𝐄 𝐖𝐄 𝐆𝐎 𝐀𝐆𝐀𝐈𝐍 ❞ [•]

    ────𝑈𝑛𝑎 𝑛𝑜𝑐ℎ𝑒 𝑝𝑎𝑟𝑖𝑠𝑖𝑛𝑎 𝑦 𝑠𝑖𝑛 𝑝𝑟𝑒𝑜𝑐𝑢𝑝𝑎𝑐𝑖𝑜𝑛𝑒𝑠 ────

    [] 𝑃𝑎𝑟í𝑠, 𝐹𝑟𝑎𝑛𝑐𝑖𝑎 ──── (𝟶𝟷:𝟶𝟶 𝐴.𝑀)

    Empujó la pesada puerta de madera del bar con el hombro, y el tintineo discreto de la campanilla se perdió casi de inmediato entre el murmullo cálido de las conversaciones y el jazz suave que salía de un viejo tocadiscos en la esquina.

    El aire olía a tabaco viejo, madera encerada y un leve rastro de coñac caro.

    Se quitó el abrigo húmedo por la llovizna parisina y lo colgó en el perchero junto a la entrada.

    Sin prisa, recorrió con la mirada las mesas bajas de mármol hasta encontrar un taburete libre en la barra, justo donde la luz ámbar de una lámpara caía como miel sobre el zinc bruñido.

    Se sentó, apoyó los antebrazos y dejó escapar un suspiro largo, casi satisfecho.

    ──── 𝘉𝘶𝘦𝘯𝘢𝘴 𝘯𝘰𝘤𝘩𝘦𝘴, 𝘗𝘢𝘶𝘭. ────

    Saludo al barman quién ya sabía perfectamente el pedido.

    Mientras el hombre servía el whisky en un vaso, Santiago giró ligeramente el taburete para observar el local.

    Todo parecía moverse a un ritmo que no tenía nada que ver a lo que acostumbraba a veces.

    El vaso llegó frente a él. El líquido dorado atrapó la luz y la devolvió en destellos lentos.

    Lo levantó un poco, como brindando consigo mismo, y murmuró casi inaudible:

    ────𝘚𝘢𝘭𝘶𝘥, 𝘷𝘪𝘦𝘫𝘰. 𝘓𝘭𝘦𝘨𝘢𝘴𝘵𝘦 𝘩𝘢𝘴𝘵𝘢 𝘢𝘲𝘶í. 𝘕𝘰 𝘦𝘴𝘵á 𝘯𝘢𝘥𝘢 𝘮𝘢𝘭.────

    Dio el primer sorbo pequeño, dejando que el calor le recorriera la garganta y se asentara en el pecho.

    Cerró los ojos un segundo, solo un segundo, y sonrió de lado, esa media sonrisa que usaba cuando nadie lo veía.

    ────𝘗𝘢𝘳í𝘴. 𝘚𝘶𝘦𝘯𝘢 𝘳𝘪𝘥í𝘤𝘶𝘭𝘰 𝘥𝘦𝘤𝘪𝘳𝘭𝘰 𝘦𝘯 𝘷𝘰𝘻 𝘢𝘭𝘵𝘢, ¿𝘯𝘰? 𝘗𝘦𝘳𝘰 𝘲𝘶é 𝘤𝘢𝘳𝘢𝘫𝘰; 𝘢𝘲𝘶í 𝘦𝘴𝘵𝘰𝘺. ────

    Otro sorbo, más largo esta vez. Apoyó la barbilla en la mano y se quedó mirando el vaso, girándolo despacio entre los dedos, dejando que el mundo se redujera a ese pequeño círculo de cristal y líquido ámbar.
    ❝ 𝐇𝐄𝐑𝐄 𝐖𝐄 𝐆𝐎 𝐀𝐆𝐀𝐈𝐍 ❞ [•] ────𝑈𝑛𝑎 𝑛𝑜𝑐ℎ𝑒 𝑝𝑎𝑟𝑖𝑠𝑖𝑛𝑎 𝑦 𝑠𝑖𝑛 𝑝𝑟𝑒𝑜𝑐𝑢𝑝𝑎𝑐𝑖𝑜𝑛𝑒𝑠 ──── [🇫🇷] 𝑃𝑎𝑟í𝑠, 𝐹𝑟𝑎𝑛𝑐𝑖𝑎 ──── (𝟶𝟷:𝟶𝟶 𝐴.𝑀) Empujó la pesada puerta de madera del bar con el hombro, y el tintineo discreto de la campanilla se perdió casi de inmediato entre el murmullo cálido de las conversaciones y el jazz suave que salía de un viejo tocadiscos en la esquina. El aire olía a tabaco viejo, madera encerada y un leve rastro de coñac caro. Se quitó el abrigo húmedo por la llovizna parisina y lo colgó en el perchero junto a la entrada. Sin prisa, recorrió con la mirada las mesas bajas de mármol hasta encontrar un taburete libre en la barra, justo donde la luz ámbar de una lámpara caía como miel sobre el zinc bruñido. Se sentó, apoyó los antebrazos y dejó escapar un suspiro largo, casi satisfecho. ──── 𝘉𝘶𝘦𝘯𝘢𝘴 𝘯𝘰𝘤𝘩𝘦𝘴, 𝘗𝘢𝘶𝘭. ──── Saludo al barman quién ya sabía perfectamente el pedido. Mientras el hombre servía el whisky en un vaso, Santiago giró ligeramente el taburete para observar el local. Todo parecía moverse a un ritmo que no tenía nada que ver a lo que acostumbraba a veces. El vaso llegó frente a él. El líquido dorado atrapó la luz y la devolvió en destellos lentos. Lo levantó un poco, como brindando consigo mismo, y murmuró casi inaudible: ────𝘚𝘢𝘭𝘶𝘥, 𝘷𝘪𝘦𝘫𝘰. 𝘓𝘭𝘦𝘨𝘢𝘴𝘵𝘦 𝘩𝘢𝘴𝘵𝘢 𝘢𝘲𝘶í. 𝘕𝘰 𝘦𝘴𝘵á 𝘯𝘢𝘥𝘢 𝘮𝘢𝘭.──── Dio el primer sorbo pequeño, dejando que el calor le recorriera la garganta y se asentara en el pecho. Cerró los ojos un segundo, solo un segundo, y sonrió de lado, esa media sonrisa que usaba cuando nadie lo veía. ────𝘗𝘢𝘳í𝘴. 𝘚𝘶𝘦𝘯𝘢 𝘳𝘪𝘥í𝘤𝘶𝘭𝘰 𝘥𝘦𝘤𝘪𝘳𝘭𝘰 𝘦𝘯 𝘷𝘰𝘻 𝘢𝘭𝘵𝘢, ¿𝘯𝘰? 𝘗𝘦𝘳𝘰 𝘲𝘶é 𝘤𝘢𝘳𝘢𝘫𝘰; 𝘢𝘲𝘶í 𝘦𝘴𝘵𝘰𝘺. ──── Otro sorbo, más largo esta vez. Apoyó la barbilla en la mano y se quedó mirando el vaso, girándolo despacio entre los dedos, dejando que el mundo se redujera a ese pequeño círculo de cristal y líquido ámbar.
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  • Me gusta estar en éstos jardines cuando florecen los cerezos, me trae muchísima paz poder verlos caer. -Decía murmurando, mientras sujetaba unos pétalos de sakuras entre sus manos, observándolos con una sonrisa sutil en sus labios.-
    Me gusta estar en éstos jardines cuando florecen los cerezos, me trae muchísima paz poder verlos caer. -Decía murmurando, mientras sujetaba unos pétalos de sakuras entre sus manos, observándolos con una sonrisa sutil en sus labios.-
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  • - La peliblanca se encontraba durmiendo hasta que sintió la alarma la apagó, y se volvió a dormir.
    Llevaba tres días durmiendo, estuvo en la sala de operaciones dos días seguidos operando a siete accidentados de un choque múltiple de cuatro automoviles.
    Así que su energía era nula o muy poca, además de sueño tenía hambre pero tenía que dormir primero antes para poder comer.
    Salem estaba en la cocina inventando algunas comida para la mujer.
    El director le dió tres días libre luego de aquel milagro así que los aprovecho de descansar.
    Antes de irse menciono " Si se están muriendo no contestaré aún si están agonizando o mal diciéndome, arreglenselas sin mi. Ya están grandes" -

    ...

    - La casa estaba oscura a pesar de haber amanecido los rayos de luz se asomaron por las cortinas iluminando un poco las habitaciones. Un silencio sepulcral que daba más miedo que la casa del terror -
    - La peliblanca se encontraba durmiendo hasta que sintió la alarma la apagó, y se volvió a dormir. Llevaba tres días durmiendo, estuvo en la sala de operaciones dos días seguidos operando a siete accidentados de un choque múltiple de cuatro automoviles. Así que su energía era nula o muy poca, además de sueño tenía hambre pero tenía que dormir primero antes para poder comer. Salem estaba en la cocina inventando algunas comida para la mujer. El director le dió tres días libre luego de aquel milagro así que los aprovecho de descansar. Antes de irse menciono " Si se están muriendo no contestaré aún si están agonizando o mal diciéndome, arreglenselas sin mi. Ya están grandes" - ... - La casa estaba oscura a pesar de haber amanecido los rayos de luz se asomaron por las cortinas iluminando un poco las habitaciones. Un silencio sepulcral que daba más miedo que la casa del terror -
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  • 𝑀A𝐺N𝐴:

    Señaló un caminante errante que caminaba, distraído a unos metros de ellos dos. Y, sin necesidad de decirse más palabras, los dos trataron de escabullirse de forma lo más silenciosa posible. El problema era que los bosques eran un terreno demasiado vasto y siempre estaba repleto de muertos. Era el principal problema de que el setenta por ciento de la población del país se hubieran convertido en máquinas de matar. Asi que, apenas unos metros de caminaba silenciosa después, se vieron rodeados por casi una decena de cadáveres andantes.

    -¿Qué dices? -preguntó preparando una flecha en el arco- ¿Mitad y mitad? -hizo un gesto rapido con la cabeza haciendo una división imaginaria de los muertos que se acercaban- El ultimo…-comentó al ver que eran impares- Para el ganador -sonrió antes de tensar la cuerda del arco y disparar una flecha que se clavó directa entre las cejas del caminante que tenían más cerca.

    -Uno.


    𝑨𝘼𝑹𝙊𝑵:

    — Intenta no quedarte sin flechas. — Murmura con una sonrisa aceptando el reto y sacando con su mano diestra la espada corta que porta en el cinturón y alzando la zurda justo a tiempo y con la fuerza necesaria como para destrozar la cabeza del primer caminante con el que se cruza y que chasqueaba sus dientes desnudos demasiado cerca de su yugular.
    La masa cerebral y los restos humanos podridos saltan por los aires haciéndole apartar la cabeza sin conseguir esquivar la materia orgánica en su totalidad. — ¡Uno!

    Un par de flechas más vuelan acertando en el cerebro de los no muertos antes de que Magna tenga que abandonar el arco y sacar su arma de hoja ante la cercanía de sus enemigos, mientras él cercena cabezas enteras o a la mitad. Aaron había dejado de contar, estaba demasiado concentrado en esquivar dientes y manos cadavéricas, en que el lucero del alba no se quedara atascado en ningún cráneo, y en tener un ojo puesto en la pelirroja, de esa forma la ve girar para evitar se atrapada pero quedado de espaldas a un caminante que no parece dispuesto a desaprovechar la oportunidad, Aaron no piensa en sus acciones, tan solo alza la pierna derecha colocando el pie en el pecho de un muerto el cual se hunde ligeramente pero no del todo y así le permite apartarlo de él unos metros hacia atrás, y llegar a tiempo de hundir la espada en el cerebro del caminante, por el oído.
    Con un gesto de asco y después de girar la empuñadura, Aaron da un fuerte tirón hacia delante, abriéndole el cráneo y llenando a Magna de sangre y sesos.

    — Ese cuenta extra para mí, aunque no es que lo necesite…


    ㅤㅤㅤㅤㅤㅤ— extracto de mi rol con 𝑨𝘼𝑹𝙊𝑵 ᴬᵁ
    𝑀A𝐺N𝐴: Señaló un caminante errante que caminaba, distraído a unos metros de ellos dos. Y, sin necesidad de decirse más palabras, los dos trataron de escabullirse de forma lo más silenciosa posible. El problema era que los bosques eran un terreno demasiado vasto y siempre estaba repleto de muertos. Era el principal problema de que el setenta por ciento de la población del país se hubieran convertido en máquinas de matar. Asi que, apenas unos metros de caminaba silenciosa después, se vieron rodeados por casi una decena de cadáveres andantes. -¿Qué dices? -preguntó preparando una flecha en el arco- ¿Mitad y mitad? -hizo un gesto rapido con la cabeza haciendo una división imaginaria de los muertos que se acercaban- El ultimo…-comentó al ver que eran impares- Para el ganador -sonrió antes de tensar la cuerda del arco y disparar una flecha que se clavó directa entre las cejas del caminante que tenían más cerca. -Uno. 𝑨𝘼𝑹𝙊𝑵: — Intenta no quedarte sin flechas. — Murmura con una sonrisa aceptando el reto y sacando con su mano diestra la espada corta que porta en el cinturón y alzando la zurda justo a tiempo y con la fuerza necesaria como para destrozar la cabeza del primer caminante con el que se cruza y que chasqueaba sus dientes desnudos demasiado cerca de su yugular. La masa cerebral y los restos humanos podridos saltan por los aires haciéndole apartar la cabeza sin conseguir esquivar la materia orgánica en su totalidad. — ¡Uno! Un par de flechas más vuelan acertando en el cerebro de los no muertos antes de que Magna tenga que abandonar el arco y sacar su arma de hoja ante la cercanía de sus enemigos, mientras él cercena cabezas enteras o a la mitad. Aaron había dejado de contar, estaba demasiado concentrado en esquivar dientes y manos cadavéricas, en que el lucero del alba no se quedara atascado en ningún cráneo, y en tener un ojo puesto en la pelirroja, de esa forma la ve girar para evitar se atrapada pero quedado de espaldas a un caminante que no parece dispuesto a desaprovechar la oportunidad, Aaron no piensa en sus acciones, tan solo alza la pierna derecha colocando el pie en el pecho de un muerto el cual se hunde ligeramente pero no del todo y así le permite apartarlo de él unos metros hacia atrás, y llegar a tiempo de hundir la espada en el cerebro del caminante, por el oído. Con un gesto de asco y después de girar la empuñadura, Aaron da un fuerte tirón hacia delante, abriéndole el cráneo y llenando a Magna de sangre y sesos. — Ese cuenta extra para mí, aunque no es que lo necesite… ㅤㅤㅤㅤㅤㅤ— extracto de mi rol con [AAR0N] —
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  • -La noche ya había caído hacía rato, y el bar de Ryuji estaba en uno de esos raros momentos de calma. Las luces cálidas colgaban del techo iluminando la madera oscura de las mesas, mientras algunas botellas brillaban suavemente detrás de la barra. El murmullo de la ciudad se filtraba apenas por las ventanas, pero dentro del lugar reinaba una tranquilidad casi cómoda.

    En una de las mesas cercanas al centro del bar estaba Ryuji, sentado en la silla con la espalda recargada, como si aquel lugar le perteneciera por completo, y en cierto modo así era. Sus botas descansaban despreocupadamente sobre la mesa, cruzadas una sobre la otra, mientras sus brazos se encontraban detrás de su cabeza sosteniéndola con total relajación. Su abrigo oscuro caía ligeramente por el respaldo de la silla, y la tenue luz del bar dibujaba reflejos rojizos en sus ojos-

    Bueno, un día mas de trabajo bien hecho… ahora solo toca relajarse, supongo.
    -La noche ya había caído hacía rato, y el bar de Ryuji estaba en uno de esos raros momentos de calma. Las luces cálidas colgaban del techo iluminando la madera oscura de las mesas, mientras algunas botellas brillaban suavemente detrás de la barra. El murmullo de la ciudad se filtraba apenas por las ventanas, pero dentro del lugar reinaba una tranquilidad casi cómoda. En una de las mesas cercanas al centro del bar estaba Ryuji, sentado en la silla con la espalda recargada, como si aquel lugar le perteneciera por completo, y en cierto modo así era. Sus botas descansaban despreocupadamente sobre la mesa, cruzadas una sobre la otra, mientras sus brazos se encontraban detrás de su cabeza sosteniéndola con total relajación. Su abrigo oscuro caía ligeramente por el respaldo de la silla, y la tenue luz del bar dibujaba reflejos rojizos en sus ojos- Bueno, un día mas de trabajo bien hecho… ahora solo toca relajarse, supongo.
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  • — Eh-eh-eh-eh... Bueno, supongo me la llevaré a casa para cumplir...

    Murmuró al leer el documento que habría recibido a pesar de estar en una cabaña a solas con su "Ojou-chan". Apretó los labios algo nervioso al doblar la carta para guardarla, relajándose un poco sólo cuando vio a su rubia enana descansar tan cómoda.

    — Al menos si es contigo... No es algo a lo que me oponga.
    — Eh-eh-eh-eh... Bueno, supongo me la llevaré a casa para cumplir... Murmuró al leer el documento que habría recibido a pesar de estar en una cabaña a solas con su "Ojou-chan". Apretó los labios algo nervioso al doblar la carta para guardarla, relajándose un poco sólo cuando vio a su rubia enana descansar tan cómoda. — Al menos si es contigo... No es algo a lo que me oponga.
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