• Thamyr
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    ╰─── Fiadh ˢᵉˡᵏⁱᵉ

    ────────── ☼ ──────────

    En Nazarkh, un imperio de oriente, ubicado en medio del desierto, habían diferentes maravillas e historias por las que turistas de todos lados llegaban para contemplar. Una de las actividades más importantes era el pasar por el Gran Mercado, lugar construído en el gran oasis Thamyr. Era el punto medio antes de llegar a la capital, Oradis.

    Para llegar allí se debían seguir senderos marcados, pues de desviarse de ellos era muy fácil perderse entre las grandes montañas de arena y, por ende, en las Dunas de Karesh, donde se decía habitaban criaturas enormes, como leones de arena, o las serpientes gigantes por las noches, entre otros.

    Al ser un punto muy turístico era común ver todo tipo de comerciantes y puestos: comidas, telas, metales, artesanías, plantas, cristales, etc. En ese momento era la época donde llegaban muchos pescadores para brindar lo mejor que lograron conseguir, así que las caravanas iban repletas de mariscos bien conservados para la venta.

    Zarukhan, que prefería estar lejos del palacio y de la capital en general, siempre tomaba la más mínima oportunidad para escaparse. Pero debía ser cuidadoso para que nadie lo notara, en especial los guardias, o iba a tener que volver y escuchar una de las miles reprimendas del sultán o de los sacerdotes, a veces ambos a la vez.

    Se vistió con ropas oscuras a pesar del calor y el sol a mitad del cielo, pero eran colores diferentes a los que solía vestir. Menos adornos y bordados, pero manteniendo algunos accesorios para no verse extraño entre la multitud. Lo más difícil era cubrir sus ojos dorados que podrían delatarlo al instante, así que utilizaba una especie de velo sobre ellos que apaciguaba el brillo.

    Había escapado temprano ese día, queriendo estar presente cuando las caravanas con la mercancía llegara, siempre le había interesado ver cómo entre las personas regateaban o conversaban porque sí, muchos con historias que él mismo deseaba experimentar por cuenta propia. Por tal razón, y estando ya en el Gran Mercado, se paseó entre dichos transportes mientras iban bajando la mercadería, a veces ayudando si veía a alguien con dificultad para bajar las cajas o barriles.
    ╰─── [Fiadh_Selkie] ────────── ☼ ────────── En Nazarkh, un imperio de oriente, ubicado en medio del desierto, habían diferentes maravillas e historias por las que turistas de todos lados llegaban para contemplar. Una de las actividades más importantes era el pasar por el Gran Mercado, lugar construído en el gran oasis Thamyr. Era el punto medio antes de llegar a la capital, Oradis. Para llegar allí se debían seguir senderos marcados, pues de desviarse de ellos era muy fácil perderse entre las grandes montañas de arena y, por ende, en las Dunas de Karesh, donde se decía habitaban criaturas enormes, como leones de arena, o las serpientes gigantes por las noches, entre otros. Al ser un punto muy turístico era común ver todo tipo de comerciantes y puestos: comidas, telas, metales, artesanías, plantas, cristales, etc. En ese momento era la época donde llegaban muchos pescadores para brindar lo mejor que lograron conseguir, así que las caravanas iban repletas de mariscos bien conservados para la venta. Zarukhan, que prefería estar lejos del palacio y de la capital en general, siempre tomaba la más mínima oportunidad para escaparse. Pero debía ser cuidadoso para que nadie lo notara, en especial los guardias, o iba a tener que volver y escuchar una de las miles reprimendas del sultán o de los sacerdotes, a veces ambos a la vez. Se vistió con ropas oscuras a pesar del calor y el sol a mitad del cielo, pero eran colores diferentes a los que solía vestir. Menos adornos y bordados, pero manteniendo algunos accesorios para no verse extraño entre la multitud. Lo más difícil era cubrir sus ojos dorados que podrían delatarlo al instante, así que utilizaba una especie de velo sobre ellos que apaciguaba el brillo. Había escapado temprano ese día, queriendo estar presente cuando las caravanas con la mercancía llegara, siempre le había interesado ver cómo entre las personas regateaban o conversaban porque sí, muchos con historias que él mismo deseaba experimentar por cuenta propia. Por tal razón, y estando ya en el Gran Mercado, se paseó entre dichos transportes mientras iban bajando la mercadería, a veces ayudando si veía a alguien con dificultad para bajar las cajas o barriles.
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  • La marea estaba baja cuando una pequeña selkie salió del agua. Al ojo común, solo era una foca más.

    Primero asomó la cabeza, oscura y brillante entre las olas negras. El viento nocturno le revolvió los bigotes de foca y ella olfateó el aire.

    Arrastró su cuerpo húmedo hasta la arena.

    Entonces dejó que la piel resbalara de su forma como una sombra desprendiéndose. Donde antes había una foca, ahora se incorporaba una joven de cabello enredado por la sal, la piel pálida aún cubierta de gotas de mar.

    Fiadh recogió el pequeño tesoro que había traído consigo.

    Una concha blanca en espiral.
    Un trozo de vidrio verde pulido por las olas.
    Una piedra lisa, gris y suave como un huevo.

    Caminó descalza hasta el borde de cierto jardín. La hierba estaba fría bajo sus pies. Se agachó junto a la cerca de madera y acomodó los objetos con cuidado, como si estuviera armando un pequeño altar secreto.

    Se quedó un momento mirándolos.

    Luego levantó la vista hacia la casa.

    Había una ventana que conocía bien.

    Fiadh no se acercó más.

    El niño dormiría ahora, respirando lento, sin saber que el mar lo visitaba cada noche. Eso estaba bien. Así debía ser.

    La joven se levantó, retrocedió en silencio y regresó a la playa.

    Antes de entrar al agua, miró una última vez la casa.

    Mañana por la mañana, pensó, él los encontrará.

    Y eso era suficiente.

    Con ese pensamiento, Fiadh volvió al mar.
    La marea estaba baja cuando una pequeña selkie salió del agua. Al ojo común, solo era una foca más. Primero asomó la cabeza, oscura y brillante entre las olas negras. El viento nocturno le revolvió los bigotes de foca y ella olfateó el aire. Arrastró su cuerpo húmedo hasta la arena. Entonces dejó que la piel resbalara de su forma como una sombra desprendiéndose. Donde antes había una foca, ahora se incorporaba una joven de cabello enredado por la sal, la piel pálida aún cubierta de gotas de mar. Fiadh recogió el pequeño tesoro que había traído consigo. Una concha blanca en espiral. Un trozo de vidrio verde pulido por las olas. Una piedra lisa, gris y suave como un huevo. Caminó descalza hasta el borde de cierto jardín. La hierba estaba fría bajo sus pies. Se agachó junto a la cerca de madera y acomodó los objetos con cuidado, como si estuviera armando un pequeño altar secreto. Se quedó un momento mirándolos. Luego levantó la vista hacia la casa. Había una ventana que conocía bien. Fiadh no se acercó más. El niño dormiría ahora, respirando lento, sin saber que el mar lo visitaba cada noche. Eso estaba bien. Así debía ser. La joven se levantó, retrocedió en silencio y regresó a la playa. Antes de entrar al agua, miró una última vez la casa. Mañana por la mañana, pensó, él los encontrará. Y eso era suficiente. Con ese pensamiento, Fiadh volvió al mar.
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  • Bajo el manto estrellado de una noche sin luna, la playa permanecía en un silencio inquietante, roto solo por el suave murmullo de las olas acariciando la orilla. Desde la profundidad del océano emergió una figura esbelta, envuelta en una capa de piel de foca, sus ojos brillando con una luz que reflejaba la curiosidad y el anhelo.

    Fiadh, la selkie, se deslizó hasta la arena húmeda, dejando atrás su manto de piel sobre una roca. Con un suspiro de alivio, sintió cómo su cuerpo cambiaba, transformándose en una joven humana de cabellos oscuros y piel pálida. Cada paso que daba sobre la arena le provocaba una mezcla de emociones: la libertad de sentir el suelo firme bajo sus pies y la nostalgia de las profundidades marinas.

    Esa noche no era la primera vez que Fiadh se aventuraba en tierra firme, pero sí era la primera vez que lo hacía con un propósito tan claro. Había oído historias de otras selkies que habían encontrado la felicidad entre los humanos, y en su corazón, un deseo insaciable la impulsaba a descubrir si ese sería también su destino.

    Caminó por la orilla hasta llegar a un pequeño pueblo de pescadores, donde las luces de las cabañas parecían brillar con una calidez acogedora. Se detuvo a observar desde la distancia, fascinada por la simplicidad y la armonía con la que los humanos vivían. La risa de los niños, el aroma del pan recién horneado, el sonido de las conversaciones al caer la noche; todo parecía formar parte de un cuadro perfecto, uno en el que anhelaba integrarse.

    Mientras deambulaba por las calles adoquinadas, Fiadh encontró una pequeña posada. La puerta entreabierta dejaba escapar una luz dorada y el sonido de una canción que alguien tocaba con una guitarra. Atraída por la melodía, entró tímidamente y se sentó en una esquina, observando a los parroquianos. Nadie parecía notar su presencia, lo que le dio la oportunidad de soñar despierta con la idea de pertenecer a ese mundo.

    "¿Te gustaría algo de beber?" La voz suave del posadero la sacó de sus pensamientos. Un hombre de edad avanzada, con una sonrisa bondadosa, la miraba con curiosidad.

    Fiadh asintió, sin saber exactamente qué decir. El posadero le trajo una taza de té caliente y se sentó a su lado, comenzando una conversación casual sobre el tiempo y las historias del mar. Con cada palabra, Fiadh se sentía más conectada con la vida humana, más convencida de que su lugar estaba entre ellos.

    Al salir de la posada, la noche había avanzado y el frío empezaba a calar en sus huesos. Se dirigió de vuelta a la playa, donde su capa de piel la esperaba pacientemente. Con un último vistazo hacia el pueblo, Fiadh supo que su corazón ya no pertenecía solo al océano. Tomó su piel de foca, pero en lugar de ponérsela de inmediato, la sostuvo en sus manos, sintiendo el peso de su decisión.
    Bajo el manto estrellado de una noche sin luna, la playa permanecía en un silencio inquietante, roto solo por el suave murmullo de las olas acariciando la orilla. Desde la profundidad del océano emergió una figura esbelta, envuelta en una capa de piel de foca, sus ojos brillando con una luz que reflejaba la curiosidad y el anhelo. Fiadh, la selkie, se deslizó hasta la arena húmeda, dejando atrás su manto de piel sobre una roca. Con un suspiro de alivio, sintió cómo su cuerpo cambiaba, transformándose en una joven humana de cabellos oscuros y piel pálida. Cada paso que daba sobre la arena le provocaba una mezcla de emociones: la libertad de sentir el suelo firme bajo sus pies y la nostalgia de las profundidades marinas. Esa noche no era la primera vez que Fiadh se aventuraba en tierra firme, pero sí era la primera vez que lo hacía con un propósito tan claro. Había oído historias de otras selkies que habían encontrado la felicidad entre los humanos, y en su corazón, un deseo insaciable la impulsaba a descubrir si ese sería también su destino. Caminó por la orilla hasta llegar a un pequeño pueblo de pescadores, donde las luces de las cabañas parecían brillar con una calidez acogedora. Se detuvo a observar desde la distancia, fascinada por la simplicidad y la armonía con la que los humanos vivían. La risa de los niños, el aroma del pan recién horneado, el sonido de las conversaciones al caer la noche; todo parecía formar parte de un cuadro perfecto, uno en el que anhelaba integrarse. Mientras deambulaba por las calles adoquinadas, Fiadh encontró una pequeña posada. La puerta entreabierta dejaba escapar una luz dorada y el sonido de una canción que alguien tocaba con una guitarra. Atraída por la melodía, entró tímidamente y se sentó en una esquina, observando a los parroquianos. Nadie parecía notar su presencia, lo que le dio la oportunidad de soñar despierta con la idea de pertenecer a ese mundo. "¿Te gustaría algo de beber?" La voz suave del posadero la sacó de sus pensamientos. Un hombre de edad avanzada, con una sonrisa bondadosa, la miraba con curiosidad. Fiadh asintió, sin saber exactamente qué decir. El posadero le trajo una taza de té caliente y se sentó a su lado, comenzando una conversación casual sobre el tiempo y las historias del mar. Con cada palabra, Fiadh se sentía más conectada con la vida humana, más convencida de que su lugar estaba entre ellos. Al salir de la posada, la noche había avanzado y el frío empezaba a calar en sus huesos. Se dirigió de vuelta a la playa, donde su capa de piel la esperaba pacientemente. Con un último vistazo hacia el pueblo, Fiadh supo que su corazón ya no pertenecía solo al océano. Tomó su piel de foca, pero en lugar de ponérsela de inmediato, la sostuvo en sus manos, sintiendo el peso de su decisión.
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