• *Teniendo el mejor sueño de todos volviéndose más turbio por momentos hasta que se volvió una pesadilla, despertándome sobresaltado incorporándome en la cama, llevándome una mano a la cabeza teniendo algo de dolor*

    De nuevo la misma pesadilla…

    *Mirando la hora lo temprano que era puse los ojos en blanco con un suspiro largo, me levante perezosamente vistiéndome y una vez listo fui al bar del hotel*

    Que poco me gustan las mañanas…
    *Teniendo el mejor sueño de todos volviéndose más turbio por momentos hasta que se volvió una pesadilla, despertándome sobresaltado incorporándome en la cama, llevándome una mano a la cabeza teniendo algo de dolor* De nuevo la misma pesadilla… *Mirando la hora lo temprano que era puse los ojos en blanco con un suspiro largo, me levante perezosamente vistiéndome y una vez listo fui al bar del hotel* Que poco me gustan las mañanas…
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  • La letra era clara aunque irregular en algunas líneas, casualmente, serían los párrafos que podrían llegar a doler más, como si la mano del escritor no se rindiera fácilmente en la resistencia de sus pensamientos.

    "Solo las personas que no saben lo que quieren buscan siempre señalar en los demás aquello que les resulta incorrecto.
    No nos atrevemos a volver a juzgar a quien vive dentro de su propio mundo, alienado del entorno, cuando es nuestro propio entorno el que nos abruma y nos hiciera desear también, vivir tranquilos en nuestra burbuja... "

    La nota seguía, pero una voz seca y firme, aunque no molesta, detuvo la lectura atenta de quien, contra todo sentido común, había comenzado a indagar en el contenido de aquel cuaderno que encontró en el suelo a la salida de un café.

    – disculpa, quizá querías devolverme eso... No es lo más normal ponerse a leer lo ajeno cuando encuentras un libro que en la tapa tiene nombre y un contacto. –

    El jóven había regresado enseguida al notar que su cuaderno no estaba en su bolso y ahora, miraba confundido a quien lo tenía en sus manos, aguardando respuesta.
    La letra era clara aunque irregular en algunas líneas, casualmente, serían los párrafos que podrían llegar a doler más, como si la mano del escritor no se rindiera fácilmente en la resistencia de sus pensamientos. "Solo las personas que no saben lo que quieren buscan siempre señalar en los demás aquello que les resulta incorrecto. No nos atrevemos a volver a juzgar a quien vive dentro de su propio mundo, alienado del entorno, cuando es nuestro propio entorno el que nos abruma y nos hiciera desear también, vivir tranquilos en nuestra burbuja... " La nota seguía, pero una voz seca y firme, aunque no molesta, detuvo la lectura atenta de quien, contra todo sentido común, había comenzado a indagar en el contenido de aquel cuaderno que encontró en el suelo a la salida de un café. – disculpa, quizá querías devolverme eso... No es lo más normal ponerse a leer lo ajeno cuando encuentras un libro que en la tapa tiene nombre y un contacto. – El jóven había regresado enseguida al notar que su cuaderno no estaba en su bolso y ahora, miraba confundido a quien lo tenía en sus manos, aguardando respuesta.
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  • —Ojala también tuviéramos el poder de leer pensamientos. No tendría que sobrepensar nada porque podría delegarlo todo a la telepatía. (?)
    —Ojala también tuviéramos el poder de leer pensamientos. No tendría que sobrepensar nada porque podría delegarlo todo a la telepatía. (?)
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  • -¡Groooar!

    Luego desciende silenciosamente del techo de uno de los árboles de la ciudad de concreto y acero dominada por un enjambre de la infestación desde las profundidades de su sistema de acueductos y alcantarillado donde la cepa gestó tranquilamente en esta realidad y las ratas y cucarachas otorgaron una muestra generosa de adaptaciones provechosas.

    "Todos son objetivos a neutralizar."
    -¡Groooar! Luego desciende silenciosamente del techo de uno de los árboles de la ciudad de concreto y acero dominada por un enjambre de la infestación desde las profundidades de su sistema de acueductos y alcantarillado donde la cepa gestó tranquilamente en esta realidad y las ratas y cucarachas otorgaron una muestra generosa de adaptaciones provechosas. "Todos son objetivos a neutralizar."
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  • And just remember what I once was, because what I am now is not the same as what you saw the first time ♥
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  • —Las Crónicas De Fenrir Queen—

    •Capítulo 1: Las heridas que no sanan•

    El viaje comenzó una mañana fría y silenciosa. Recuerdo haber permanecido unos segundos frente a la puerta de casa antes de marcharme, observando el camino que se extendía ante mí mientras ajustaba las correas de la mochila sobre mis hombros. No estaba segura de cuánto tiempo estaría fuera ni de si realmente encontraría lo que buscaba, pero quedarme tampoco iba a solucionar nada. Bajo la ropa, ocultos a la vista de cualquiera, los vendajes seguían envolviendo gran parte de mi cuerpo y las grietas permanecían allí, tan presentes como el día en que aparecieron. Algunas veces el dolor era soportable, otras parecía extenderse por cada músculo y cada hueso, recordándome constantemente aquel encuentro que había cambiado mi vida. Todavía podía ver aquella escena cuando cerraba los ojos: el aire deformándose, el suelo rompiéndose bajo nuestros pies y aquella sensación insoportable de impotencia al comprender que no podía hacer nada para detenerlo. No sabía quién era aquel muchacho, ni por qué me había atacado, ni qué clase de poder era capaz de causar semejante destrucción. Lo único que sabía era que había sobrevivido de milagro y que, si quería seguir adelante, debía encontrar alguna forma de curarme.

    Los primeros días viajé con optimismo. Había escuchado historias sobre curanderos capaces de sanar enfermedades imposibles, alquimistas que creaban remedios legendarios y magos especializados en maldiciones antiguas. Pensé que, tarde o temprano, alguien sabría reconocer mis heridas. Sin embargo, la realidad fue muy distinta. El primer curandero que visité vivía en un pequeño pueblo costero. Su casa estaba construida junto al puerto y olía intensamente a hierbas medicinales y sal marina. Tras examinar las grietas durante varios minutos, el anciano permaneció en silencio con el ceño fruncido antes de dejar escapar un largo suspiro.

    Curandero: —Nunca había visto algo parecido.

    Fenrir: —Ni siquiera sabe qué es?

    El hombre volvió a observar las marcas mientras acariciaba su barba pensativo.

    Curandero: —No parece una enfermedad. Tampoco una herida común. Es como si algo hubiese quedado atrapado dentro de tu cuerpo.

    Fenrir: —Entonces… puede curarlo?

    La expresión del anciano fue suficiente para responder antes incluso de que abriera la boca.

    Curandero: —Lo siento, muchacha.

    Aquella respuesta fue la primera de muchas. Durante las semanas siguientes recorrí pueblos, ciudades y aldeas escondidas entre montañas. Una alquimista famosa examinó las grietas utilizando cristales mágicos y herramientas que jamás había visto. Un sacerdote intentó purificarlas mediante rituales antiguos. Incluso una anciana que afirmaba haber vivido más de cien años pasó una tarde entera estudiándolas. Ninguno encontró una solución.

    Alquimista: —No entiendo cómo sigues caminando.

    Fenrir: —Tan mal están?

    Alquimista: —He visto guerreros perder miembros por heridas menos graves.

    Fenrir: —Puede ayudarme?

    La mujer apartó lentamente la mirada.

    Alquimista: —No.

    Cada respuesta negativa hacía que el viaje pesara un poco más. Había momentos en los que me sentaba junto al camino para cambiar las vendas y observaba las grietas preguntándome si terminarían formando parte de mí para siempre. No era una guerrera legendaria ni una gran maga. Apenas estaba aprendiendo a utilizar mis propias habilidades. Mis hechizos de curación eran básicos, mis barreras rúnicas servían principalmente para protegerme y todavía tenía mucho que aprender sobre la magia. Comparada con los verdaderos aventureros y héroes de las historias, me sentía débil. Aquella sensación se volvía aún más intensa cuando recordaba cómo había terminado mi combate. No había ganado. Ni siquiera había estado cerca de hacerlo.

    Cuando llegué al pueblo de montaña ya había pasado casi un mes desde mi partida. El lugar estaba escondido entre colinas cubiertas de bosques y parecía tranquilo a simple vista, pero algo no encajaba. Los habitantes caminaban deprisa, las conversaciones se apagaban cuando alguien se acercaba y más de una persona observaba constantemente los caminos que conducían al exterior. No sabía qué estaba ocurriendo allí y tampoco quería involucrarme. Mi objetivo seguía siendo el mismo, así que recorrí las calles preguntando por curanderos hasta que terminé frente a un anciano que atendía un pequeño puesto en la plaza principal.

    Fenrir: —Disculpe, hay algún curandero en el pueblo?

    Anciano: —No.

    Fenrir: —Y algún alquimista?

    Anciano: —Tampoco.

    Solté un suspiro resignado. Aquella conversación empezaba a resultarme demasiado familiar.

    Fenrir: —Entiendo… gracias igualmente.

    Ya me había girado para marcharme cuando el anciano volvió a hablar.

    Anciano: —Aunque llegó alguien hace unos días buscando algo parecido.

    Me detuve inmediatamente y volví a mirarlo.

    Fenrir: —Parecido?

    Anciano: —Un joven viajero.

    Fenrir: —También está herido?

    El hombre asintió.

    Anciano: —Eso parece.

    No era una respuesta demasiado útil, pero despertó mi curiosidad. Después de tantas semanas buscando una cura sin resultados, encontrar a otra persona cargando con heridas extrañas era suficiente para llamar mi atención. Cuando cayó la noche terminé entrando en la única posada del pueblo. El interior estaba iluminado por la luz cálida de una gran chimenea y el sonido de las conversaciones llenaba el ambiente. Mientras buscaba una mesa libre, una figura sentada en una esquina apartada llamó mi atención. Era un muchacho de cabello blanco plateado, más o menos de mi edad, acompañado por una katana que descansaba apoyada junto a la pared. Parecía cansado, como alguien que llevaba mucho tiempo viajando sin descanso, pero lo que realmente captó mi atención fue su brazo izquierdo.

    Estaba vendado. Y entre los huecos de las vendas asomaban pequeñas grietas oscuras. Mi corazón dio un vuelco. Se parecían demasiado a las mías.

    Instintivamente llevé una mano hacia mi costado y una punzada atravesó mi cuerpo. Las grietas reaccionaron de inmediato, obligándome a apretar los dientes para contener el dolor. El movimiento llamó la atención del muchacho, que levantó la mirada y se quedó observándome. Durante unos segundos ninguno apartó los ojos. No había hostilidad. Tampoco confianza. Solo una extraña sensación de reconocimiento imposible de explicar.

    Finalmente reuní valor y me acerqué.

    Fenrir: —Puedo sentarme?

    El muchacho me observó durante unos instantes antes de responder.

    Desconocido: —Haz lo que quieras.

    Tomé asiento frente a él y durante unos segundos ninguno dijo nada. El silencio resultaba incómodo, pero al mismo tiempo parecía que ambos estábamos intentando averiguar lo mismo.

    Desconocido: —No pareces de aquí.

    Fenrir: —Porque no lo soy.

    Desconocido: —Viajas sola.

    Fenrir: —Sí.

    El muchacho asintió levemente antes de volver a guardar silencio. Mis ojos terminaron desviándose nuevamente hacia su brazo. Él lo notó al instante.

    Desconocido: —Qué pasa?

    Fenrir: —Tu brazo.

    Su expresión se endureció ligeramente.

    Desconocido: —Qué ocurre con él?

    Apoyé una mano sobre mi costado, justo donde se ocultaban mis propios vendajes.

    Fenrir: —Creo que se parece un poco a lo mío.

    Por primera vez pareció realmente sorprendido.

    Desconocido: —También estás herida?

    Solté una pequeña risa cansada.

    Fenrir: —Bastante más de lo que me gustaría admitir.

    El muchacho permaneció callado unos segundos antes de formular una pregunta que me hizo levantar la vista.

    Desconocido: —Fue un chico?

    Fenrir: —Cómo lo sabes?

    Desconocido: —Porque a mí me hizo esto.

    Durante unos segundos me quedé inmóvil. Aquella era la primera vez que encontraba a alguien que parecía haber pasado por algo parecido.

    Fenrir: —Yo no sé quién era.

    Desconocido: —Yo tampoco sé mucho.

    Fenrir: —Ni siquiera me explicó por qué me atacó.

    Desconocido: —A mí tampoco.

    La conversación continuó durante largo rato. Ninguno conocía el nombre de aquel muchacho. Ninguno entendía el origen de su poder. Lo único que compartíamos eran las consecuencias. Yo le hablé de cómo las grietas recorrían gran parte de mi cuerpo y de cómo ningún curandero había conseguido ayudarme. Él me contó que las suyas estaban concentradas únicamente en su brazo izquierdo y que, aunque podía seguir luchando, tampoco lograban sanar.

    Fenrir: —Sentí cómo el aire se rompía.

    Desconocido: —Porque se rompe.

    Fenrir: —Qué quieres decir?

    Desconocido: —Que su poder no destruye solo lo que toca. Es como si dañara todo lo que hay alrededor.

    Bajé la mirada hacia la mesa.

    Fenrir: —Casi me mata.

    El muchacho permaneció unos segundos en silencio.

    Desconocido: —A mí también.

    Las llamas de la chimenea continuaban danzando a nuestra espalda mientras el murmullo de la posada seguía llenando el ambiente. Sin embargo, en aquel momento todo parecía lejano. Porque por primera vez desde que había comenzado mi viaje ya no me sentía completamente sola. Seguía sin conocer el nombre del muchacho sentado frente a mí. Él tampoco conocía el mío. Tampoco sabíamos quién era realmente el responsable de nuestras heridas ni por qué había decidido atacarnos. Pero una cosa estaba clara.

    Fuera quien fuese aquel muchacho…
    Seguía ahí fuera y tarde o temprano volveríamos a cruzarnos con él.
    —Las Crónicas De Fenrir Queen— •Capítulo 1: Las heridas que no sanan• El viaje comenzó una mañana fría y silenciosa. Recuerdo haber permanecido unos segundos frente a la puerta de casa antes de marcharme, observando el camino que se extendía ante mí mientras ajustaba las correas de la mochila sobre mis hombros. No estaba segura de cuánto tiempo estaría fuera ni de si realmente encontraría lo que buscaba, pero quedarme tampoco iba a solucionar nada. Bajo la ropa, ocultos a la vista de cualquiera, los vendajes seguían envolviendo gran parte de mi cuerpo y las grietas permanecían allí, tan presentes como el día en que aparecieron. Algunas veces el dolor era soportable, otras parecía extenderse por cada músculo y cada hueso, recordándome constantemente aquel encuentro que había cambiado mi vida. Todavía podía ver aquella escena cuando cerraba los ojos: el aire deformándose, el suelo rompiéndose bajo nuestros pies y aquella sensación insoportable de impotencia al comprender que no podía hacer nada para detenerlo. No sabía quién era aquel muchacho, ni por qué me había atacado, ni qué clase de poder era capaz de causar semejante destrucción. Lo único que sabía era que había sobrevivido de milagro y que, si quería seguir adelante, debía encontrar alguna forma de curarme. Los primeros días viajé con optimismo. Había escuchado historias sobre curanderos capaces de sanar enfermedades imposibles, alquimistas que creaban remedios legendarios y magos especializados en maldiciones antiguas. Pensé que, tarde o temprano, alguien sabría reconocer mis heridas. Sin embargo, la realidad fue muy distinta. El primer curandero que visité vivía en un pequeño pueblo costero. Su casa estaba construida junto al puerto y olía intensamente a hierbas medicinales y sal marina. Tras examinar las grietas durante varios minutos, el anciano permaneció en silencio con el ceño fruncido antes de dejar escapar un largo suspiro. Curandero: —Nunca había visto algo parecido. Fenrir: —Ni siquiera sabe qué es? El hombre volvió a observar las marcas mientras acariciaba su barba pensativo. Curandero: —No parece una enfermedad. Tampoco una herida común. Es como si algo hubiese quedado atrapado dentro de tu cuerpo. Fenrir: —Entonces… puede curarlo? La expresión del anciano fue suficiente para responder antes incluso de que abriera la boca. Curandero: —Lo siento, muchacha. Aquella respuesta fue la primera de muchas. Durante las semanas siguientes recorrí pueblos, ciudades y aldeas escondidas entre montañas. Una alquimista famosa examinó las grietas utilizando cristales mágicos y herramientas que jamás había visto. Un sacerdote intentó purificarlas mediante rituales antiguos. Incluso una anciana que afirmaba haber vivido más de cien años pasó una tarde entera estudiándolas. Ninguno encontró una solución. Alquimista: —No entiendo cómo sigues caminando. Fenrir: —Tan mal están? Alquimista: —He visto guerreros perder miembros por heridas menos graves. Fenrir: —Puede ayudarme? La mujer apartó lentamente la mirada. Alquimista: —No. Cada respuesta negativa hacía que el viaje pesara un poco más. Había momentos en los que me sentaba junto al camino para cambiar las vendas y observaba las grietas preguntándome si terminarían formando parte de mí para siempre. No era una guerrera legendaria ni una gran maga. Apenas estaba aprendiendo a utilizar mis propias habilidades. Mis hechizos de curación eran básicos, mis barreras rúnicas servían principalmente para protegerme y todavía tenía mucho que aprender sobre la magia. Comparada con los verdaderos aventureros y héroes de las historias, me sentía débil. Aquella sensación se volvía aún más intensa cuando recordaba cómo había terminado mi combate. No había ganado. Ni siquiera había estado cerca de hacerlo. Cuando llegué al pueblo de montaña ya había pasado casi un mes desde mi partida. El lugar estaba escondido entre colinas cubiertas de bosques y parecía tranquilo a simple vista, pero algo no encajaba. Los habitantes caminaban deprisa, las conversaciones se apagaban cuando alguien se acercaba y más de una persona observaba constantemente los caminos que conducían al exterior. No sabía qué estaba ocurriendo allí y tampoco quería involucrarme. Mi objetivo seguía siendo el mismo, así que recorrí las calles preguntando por curanderos hasta que terminé frente a un anciano que atendía un pequeño puesto en la plaza principal. Fenrir: —Disculpe, hay algún curandero en el pueblo? Anciano: —No. Fenrir: —Y algún alquimista? Anciano: —Tampoco. Solté un suspiro resignado. Aquella conversación empezaba a resultarme demasiado familiar. Fenrir: —Entiendo… gracias igualmente. Ya me había girado para marcharme cuando el anciano volvió a hablar. Anciano: —Aunque llegó alguien hace unos días buscando algo parecido. Me detuve inmediatamente y volví a mirarlo. Fenrir: —Parecido? Anciano: —Un joven viajero. Fenrir: —También está herido? El hombre asintió. Anciano: —Eso parece. No era una respuesta demasiado útil, pero despertó mi curiosidad. Después de tantas semanas buscando una cura sin resultados, encontrar a otra persona cargando con heridas extrañas era suficiente para llamar mi atención. Cuando cayó la noche terminé entrando en la única posada del pueblo. El interior estaba iluminado por la luz cálida de una gran chimenea y el sonido de las conversaciones llenaba el ambiente. Mientras buscaba una mesa libre, una figura sentada en una esquina apartada llamó mi atención. Era un muchacho de cabello blanco plateado, más o menos de mi edad, acompañado por una katana que descansaba apoyada junto a la pared. Parecía cansado, como alguien que llevaba mucho tiempo viajando sin descanso, pero lo que realmente captó mi atención fue su brazo izquierdo. Estaba vendado. Y entre los huecos de las vendas asomaban pequeñas grietas oscuras. Mi corazón dio un vuelco. Se parecían demasiado a las mías. Instintivamente llevé una mano hacia mi costado y una punzada atravesó mi cuerpo. Las grietas reaccionaron de inmediato, obligándome a apretar los dientes para contener el dolor. El movimiento llamó la atención del muchacho, que levantó la mirada y se quedó observándome. Durante unos segundos ninguno apartó los ojos. No había hostilidad. Tampoco confianza. Solo una extraña sensación de reconocimiento imposible de explicar. Finalmente reuní valor y me acerqué. Fenrir: —Puedo sentarme? El muchacho me observó durante unos instantes antes de responder. Desconocido: —Haz lo que quieras. Tomé asiento frente a él y durante unos segundos ninguno dijo nada. El silencio resultaba incómodo, pero al mismo tiempo parecía que ambos estábamos intentando averiguar lo mismo. Desconocido: —No pareces de aquí. Fenrir: —Porque no lo soy. Desconocido: —Viajas sola. Fenrir: —Sí. El muchacho asintió levemente antes de volver a guardar silencio. Mis ojos terminaron desviándose nuevamente hacia su brazo. Él lo notó al instante. Desconocido: —Qué pasa? Fenrir: —Tu brazo. Su expresión se endureció ligeramente. Desconocido: —Qué ocurre con él? Apoyé una mano sobre mi costado, justo donde se ocultaban mis propios vendajes. Fenrir: —Creo que se parece un poco a lo mío. Por primera vez pareció realmente sorprendido. Desconocido: —También estás herida? Solté una pequeña risa cansada. Fenrir: —Bastante más de lo que me gustaría admitir. El muchacho permaneció callado unos segundos antes de formular una pregunta que me hizo levantar la vista. Desconocido: —Fue un chico? Fenrir: —Cómo lo sabes? Desconocido: —Porque a mí me hizo esto. Durante unos segundos me quedé inmóvil. Aquella era la primera vez que encontraba a alguien que parecía haber pasado por algo parecido. Fenrir: —Yo no sé quién era. Desconocido: —Yo tampoco sé mucho. Fenrir: —Ni siquiera me explicó por qué me atacó. Desconocido: —A mí tampoco. La conversación continuó durante largo rato. Ninguno conocía el nombre de aquel muchacho. Ninguno entendía el origen de su poder. Lo único que compartíamos eran las consecuencias. Yo le hablé de cómo las grietas recorrían gran parte de mi cuerpo y de cómo ningún curandero había conseguido ayudarme. Él me contó que las suyas estaban concentradas únicamente en su brazo izquierdo y que, aunque podía seguir luchando, tampoco lograban sanar. Fenrir: —Sentí cómo el aire se rompía. Desconocido: —Porque se rompe. Fenrir: —Qué quieres decir? Desconocido: —Que su poder no destruye solo lo que toca. Es como si dañara todo lo que hay alrededor. Bajé la mirada hacia la mesa. Fenrir: —Casi me mata. El muchacho permaneció unos segundos en silencio. Desconocido: —A mí también. Las llamas de la chimenea continuaban danzando a nuestra espalda mientras el murmullo de la posada seguía llenando el ambiente. Sin embargo, en aquel momento todo parecía lejano. Porque por primera vez desde que había comenzado mi viaje ya no me sentía completamente sola. Seguía sin conocer el nombre del muchacho sentado frente a mí. Él tampoco conocía el mío. Tampoco sabíamos quién era realmente el responsable de nuestras heridas ni por qué había decidido atacarnos. Pero una cosa estaba clara. Fuera quien fuese aquel muchacho… Seguía ahí fuera y tarde o temprano volveríamos a cruzarnos con él.
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  • Zelkova, el mozo presbítero, reposaba en la ribera de un lago quedo, do las aguas espejeaban los postreros fulgores del día. Sentado sobre una peña gastada por los años, sostenía entre sus manos una jarra de cerveza, de la cual sorbía con parsimonia.

    Su mirada vagaba por la faz cristalina del estanque, mas sus pensamientos se hallaban lejos de aquel paraje. Sumido en honda cavilación, meditaba acerca de su sino, de las sendas que había hollado y de aquellas que aún le restaban por transitar. El céfiro lacustre agitaba levemente su roja gorra y los faldones de su abrigo, mientras el silencio le servía de único contertulio.

    Y así permanecía, taciturno y absorto, como quien procura descifrar los arcanos designios que la Providencia ha tejido para su jornada terrenal.
    Zelkova, el mozo presbítero, reposaba en la ribera de un lago quedo, do las aguas espejeaban los postreros fulgores del día. Sentado sobre una peña gastada por los años, sostenía entre sus manos una jarra de cerveza, de la cual sorbía con parsimonia. Su mirada vagaba por la faz cristalina del estanque, mas sus pensamientos se hallaban lejos de aquel paraje. Sumido en honda cavilación, meditaba acerca de su sino, de las sendas que había hollado y de aquellas que aún le restaban por transitar. El céfiro lacustre agitaba levemente su roja gorra y los faldones de su abrigo, mientras el silencio le servía de único contertulio. Y así permanecía, taciturno y absorto, como quien procura descifrar los arcanos designios que la Providencia ha tejido para su jornada terrenal.
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  • —La vida es cruel. ¿Por qué el más allá debería ser diferente?— Da una calada lenta exhalando el humo a través de sus labios con lentitud, la brasa encendiendo sobre sus nudillos y ella absorta en sus pensamientos.
    —La vida es cruel. ¿Por qué el más allá debería ser diferente?— Da una calada lenta exhalando el humo a través de sus labios con lentitud, la brasa encendiendo sobre sus nudillos y ella absorta en sus pensamientos.
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  • Regresó tan tarde de trabajar que, ni a su habitación le dio tiempo de ir..así que nada, se desplomó en el primer sofá que alcanzó, cayendo en un sueño tan profundo que rozaba peligrosamente la inconsciencia.

    —Puto Val...—
    Regresó tan tarde de trabajar que, ni a su habitación le dio tiempo de ir..así que nada, se desplomó en el primer sofá que alcanzó, cayendo en un sueño tan profundo que rozaba peligrosamente la inconsciencia. —Puto Val...—
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  • ๐‘‚๐‘“ ๐‘ค๐˜ฉ๐‘Ž๐‘ก ๐‘Ÿ๐‘’๐‘š๐‘Ž๐‘–๐‘›๐‘’๐‘‘ ๐‘ข๐‘›๐‘ ๐‘™๐‘Ž๐‘–๐‘›, ๐‘œ๐‘“ ๐‘Ž ๐‘‘๐‘Ž๐‘Ÿ๐‘˜๐‘›๐‘’๐‘ ๐‘  ๐‘˜๐‘›๐‘œ๐‘ค๐‘› ๐‘๐‘ฆ ๐‘›๐‘Ž๐‘š๐‘’
    Fandom ๐‘ต/๐‘จ
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    ๐‘จ๐’ƒ๐’‚๐’…๐œพฬ๐’‚ ๐’…๐’† ๐‘บ๐’‚๐’Š๐’๐’• ๐‘ฌ๐’Š๐’“๐’Š๐’๐’…, ๐‘ฌ๐’Š๐’„๐’‰๐’†๐’๐’˜๐’‚๐’๐’…

    ๐ด ๐‘™๐‘Ž ๐‘‘๐‘ข๐‘œ๐‘‘๐‘’ฬ๐‘๐‘–๐‘š๐‘Ž ๐‘๐‘Ž๐‘š๐‘๐‘Ž๐‘›๐‘Ž๐‘‘๐‘Ž; ๐‘Ž ๐‘™๐‘Ž ๐˜ฉ๐‘œ๐‘Ÿ๐‘Ž ๐‘‘๐‘’ ๐‘™๐‘œ๐‘  ๐‘™๐‘œ๐‘๐‘œ๐‘  - ๐™ข๐™š๐™™๐™ž๐™– ๐™ฃ๐™ค๐™˜๐™๐™š.


    La tormenta había terminado dos días atrás, pero el barro seguía aferrándose a las botas melladas de acero y al borde de la capa como si algo en el camino se negara a dejarlo marchar. El Vaeltaja no regresó a la abadía con prisa. Nunca lo hacía, pues durante el viaje hubo una incomodidad persistente acompañándolo entre árboles, una sensación que ni las bestias del bosque ni los espectros de los viejos caminos habían logrado provocarle jamás. Había enfrentado criaturas nacidas antes que sus reinos. Había contemplado horrores que hacían retroceder a hombres de fe y guerreros por igual. Aquello era diferente.

    Era duda que lo devora por dentro como una maldición.

    La abadía apareció finalmente entre la niebla de la madrugada, erguida sobre la colina como siempre había estado. Inmutable, familiar. Durante un instante permaneció observándola desde la distancia. Las agujas de piedra elevándose hacia un cielo gris, los muros antiguos, los vitrales oscuros y todos donde la luz moría antes de atravesarlos del todo. Allí dentro sabe que estaba esperando. Lo sabía con la misma certeza con la que conocía el peso de su espada o el sonido de su propia respiración. Y precisamente por eso había tardado tanto en regresar.

    ๐‘ƒ๐‘œ๐‘Ÿ๐‘ž๐‘ข๐‘’ ๐‘›๐‘œ ๐‘ ๐‘Ž๐‘๐œ„ฬ๐‘Ž ๐‘ž๐‘ข๐‘’ฬ ๐˜ฉ๐‘Ž๐‘๐‘’๐‘Ÿ ๐‘๐‘œ๐‘› ๐‘Ž๐‘ž๐‘ข๐‘’๐‘™๐‘™๐‘œ ๐‘ž๐‘ข๐‘’ ๐˜ฉ๐‘Ž๐‘๐œ„ฬ๐‘Ž ๐‘’๐‘›๐‘๐‘œ๐‘›๐‘ก๐‘Ÿ๐‘Ž๐‘‘๐‘œ.

    La pesada puerta cedió bajo su mano enguantada de acero negro. El interior lo recibió con el olor familiar a muerte, a cadáveres, el incienso antiguo. La piedra húmeda y algo más difícil de nombrar. Algo que siempre parecía pertenecerle únicamente a ella. Sus pies resonaron por la piedra caliza a paso silencioso, mientras avanzaba sin anunciarse. No traía presas para alimentar su hambre, no arrastraba cadáveres ni trofeos de alguna cacería. Tampoco estaba herido. A simple vista parecía el mismo hombre que había partido semanas atrás.

    No lo era.

    Bajo uno de sus brazos descansaba un objeto envuelto en tela oscura. Grande, plano, protegido con más cuidado del que normalmente reservaba para cualquier reliquia. Y cuando finalmente se detuvo, el silencio permaneció entre las columnas durante varios segundos antes que su voz rompiera la quietud.

    —๐˜Œ๐˜ฏ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ฏ๐˜ต๐˜ณ๐˜ฆฬ ๐˜ต๐˜ถ ๐˜ณ๐˜ฐ๐˜ด๐˜ต๐˜ณ๐˜ฐ —la frase salió simple, directa. Como una herida que no ha sido sanada. Sus ojos permanecieron fijos en algún punto de la oscuridad, esperando sentir su presencia incluso antes de verla—. ๐˜ˆ ๐˜ต๐˜ณ๐˜ฆ๐˜ด ๐˜ด๐˜ฆ๐˜ฎ๐˜ข๐˜ฏ๐˜ข๐˜ด ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ข๐˜ฒ๐˜ถ๐œ„ฬ.

    La tela fue retirada lentamente. Debajo apareció una tabla de madera ennegrecida por los siglos; los bordes estaban consumidos por el tiempo y las grietas recorrían la superficie como venas secas. En el centro, apenas conservado por milagro o maldición, permanecía el retrato de una mujer.

    Cabello claro y níveo, rasgos delicados. La misma curva de sus labios y... extrañamente, asumía que los mismos ojos. No parecida, sino idéntica. La inscripción inferior estaba casi destruida, pero todavía podían leerse fragmentos de una fecha tan antigua que pertenecía a una época anterior a varios reinos que hoy seguro gobernaban aquellas tierras. Kanwulf no apartó la mirada del retrato todavía.

    —๐˜‹๐˜ถ๐˜ณ๐˜ข๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฆ ๐˜ต๐˜ฐ๐˜ฅ๐˜ฐ ๐˜ฆ๐˜ญ ๐˜ค๐˜ข๐˜ฎ๐˜ช๐˜ฏ๐˜ฐ ๐˜ช๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฆฬ ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ฏ๐˜ท๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ค๐˜ฆ๐˜ณ๐˜ฎ๐˜ฆ ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ฒ๐˜ถ๐˜ฆ ๐˜ฏ๐˜ฐ ๐˜ฆ๐˜ณ๐˜ข๐˜ด ๐˜ต๐˜ถฬ —la confesión fue apenas más baja, honesta—. ๐˜•๐˜ฐ ๐˜ง๐˜ถ๐˜ฏ๐˜ค๐˜ช๐˜ฐ๐˜ฏ๐˜ฐฬ.

    Por primera vez levantó la vista. No hacia la pintura, sino hacia donde —๐˜ฆฬ๐˜ญ ๐˜ฑ๐˜ช๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ด๐˜ข— ella está, en algún lugar de la inmensa y abandonada abadía. Porque aquello era lo que realmente le siembra una duda que aterra en el pecho. No la posibilidad de que la mujer fuera un retrato de Aelianna; no la posibilidad de que algo imposible estuviera ocurriendo. Lo que le inquietaba era haberse dado cuenta, en algún punto del regreso, de que la respuesta no cambiaría nada. Si aquel rostro había esperado por siglos sumido en la oscuridad. Si existían más o si ella era algo mucho más antiguo de lo que muchos pudieran imaginar.

    Y quizá esa era la parte verdaderamente oscura de toda la historia. Que la duda había viajado con él durante semanas, pero la devoción había llegado primero. En cómo los Vaeltaja fueron creados para reconocer la oscuridad allí donde se ocultara. Quizá por eso la encontró; la tragedia nunca fue haberla amado. La tragedia fue reconocer exactamente lo que era... y permanecer de todos modos.

    ๐ป๐‘Ž๐‘๐œ„ฬ๐‘Ž ๐‘™๐‘™๐‘’๐‘”๐‘Ž๐‘‘๐‘œ ๐‘Ž ๐‘™๐‘Ž ๐‘Ž๐‘๐‘Ž๐‘‘๐œ„ฬ๐‘Ž ๐‘๐‘ข๐‘ ๐‘๐‘Ž๐‘›๐‘‘๐‘œ ๐‘ข๐‘› ๐‘š๐‘œ๐‘›๐‘ ๐‘ก๐‘Ÿ๐‘ข๐‘œ. ๐ถ๐‘œ๐‘› ๐‘’๐‘™ ๐‘ก๐‘–๐‘’๐‘š๐‘๐‘œ ๐‘’๐‘›๐‘๐‘œ๐‘›๐‘ก๐‘Ÿ๐‘œฬ ๐‘Ž๐‘™๐‘”๐‘œ ๐‘š๐‘Žฬ๐‘  ๐‘๐‘’๐‘™๐‘–๐‘”๐‘Ÿ๐‘œ๐‘ ๐‘œ: ๐‘ข๐‘›๐‘Ž ๐‘Ÿ๐‘Ž๐‘ง๐‘œฬ๐‘› ๐‘๐‘Ž๐‘Ÿ๐‘Ž ๐‘‘๐‘’๐‘—๐‘Ž๐‘Ÿ ๐‘‘๐‘’ ๐‘๐‘ข๐‘ ๐‘๐‘Ž๐‘Ÿ.
    ๐‘น๐’๐’ ๐’„๐’๐’: [meine.sehnsucht] ๐‘จ๐’ƒ๐’‚๐’…๐œพฬ๐’‚ ๐’…๐’† ๐‘บ๐’‚๐’Š๐’๐’• ๐‘ฌ๐’Š๐’“๐’Š๐’๐’…, ๐‘ฌ๐’Š๐’„๐’‰๐’†๐’๐’˜๐’‚๐’๐’… ๐ด ๐‘™๐‘Ž ๐‘‘๐‘ข๐‘œ๐‘‘๐‘’ฬ๐‘๐‘–๐‘š๐‘Ž ๐‘๐‘Ž๐‘š๐‘๐‘Ž๐‘›๐‘Ž๐‘‘๐‘Ž; ๐‘Ž ๐‘™๐‘Ž ๐˜ฉ๐‘œ๐‘Ÿ๐‘Ž ๐‘‘๐‘’ ๐‘™๐‘œ๐‘  ๐‘™๐‘œ๐‘๐‘œ๐‘  - ๐™ข๐™š๐™™๐™ž๐™– ๐™ฃ๐™ค๐™˜๐™๐™š. La tormenta había terminado dos días atrás, pero el barro seguía aferrándose a las botas melladas de acero y al borde de la capa como si algo en el camino se negara a dejarlo marchar. El Vaeltaja no regresó a la abadía con prisa. Nunca lo hacía, pues durante el viaje hubo una incomodidad persistente acompañándolo entre árboles, una sensación que ni las bestias del bosque ni los espectros de los viejos caminos habían logrado provocarle jamás. Había enfrentado criaturas nacidas antes que sus reinos. Había contemplado horrores que hacían retroceder a hombres de fe y guerreros por igual. Aquello era diferente. Era duda que lo devora por dentro como una maldición. La abadía apareció finalmente entre la niebla de la madrugada, erguida sobre la colina como siempre había estado. Inmutable, familiar. Durante un instante permaneció observándola desde la distancia. Las agujas de piedra elevándose hacia un cielo gris, los muros antiguos, los vitrales oscuros y todos donde la luz moría antes de atravesarlos del todo. Allí dentro sabe que estaba esperando. Lo sabía con la misma certeza con la que conocía el peso de su espada o el sonido de su propia respiración. Y precisamente por eso había tardado tanto en regresar. ๐‘ƒ๐‘œ๐‘Ÿ๐‘ž๐‘ข๐‘’ ๐‘›๐‘œ ๐‘ ๐‘Ž๐‘๐œ„ฬ๐‘Ž ๐‘ž๐‘ข๐‘’ฬ ๐˜ฉ๐‘Ž๐‘๐‘’๐‘Ÿ ๐‘๐‘œ๐‘› ๐‘Ž๐‘ž๐‘ข๐‘’๐‘™๐‘™๐‘œ ๐‘ž๐‘ข๐‘’ ๐˜ฉ๐‘Ž๐‘๐œ„ฬ๐‘Ž ๐‘’๐‘›๐‘๐‘œ๐‘›๐‘ก๐‘Ÿ๐‘Ž๐‘‘๐‘œ. La pesada puerta cedió bajo su mano enguantada de acero negro. El interior lo recibió con el olor familiar a muerte, a cadáveres, el incienso antiguo. La piedra húmeda y algo más difícil de nombrar. Algo que siempre parecía pertenecerle únicamente a ella. Sus pies resonaron por la piedra caliza a paso silencioso, mientras avanzaba sin anunciarse. No traía presas para alimentar su hambre, no arrastraba cadáveres ni trofeos de alguna cacería. Tampoco estaba herido. A simple vista parecía el mismo hombre que había partido semanas atrás. No lo era. Bajo uno de sus brazos descansaba un objeto envuelto en tela oscura. Grande, plano, protegido con más cuidado del que normalmente reservaba para cualquier reliquia. Y cuando finalmente se detuvo, el silencio permaneció entre las columnas durante varios segundos antes que su voz rompiera la quietud. —๐˜Œ๐˜ฏ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ฏ๐˜ต๐˜ณ๐˜ฆฬ ๐˜ต๐˜ถ ๐˜ณ๐˜ฐ๐˜ด๐˜ต๐˜ณ๐˜ฐ —la frase salió simple, directa. Como una herida que no ha sido sanada. Sus ojos permanecieron fijos en algún punto de la oscuridad, esperando sentir su presencia incluso antes de verla—. ๐˜ˆ ๐˜ต๐˜ณ๐˜ฆ๐˜ด ๐˜ด๐˜ฆ๐˜ฎ๐˜ข๐˜ฏ๐˜ข๐˜ด ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ข๐˜ฒ๐˜ถ๐œ„ฬ. La tela fue retirada lentamente. Debajo apareció una tabla de madera ennegrecida por los siglos; los bordes estaban consumidos por el tiempo y las grietas recorrían la superficie como venas secas. En el centro, apenas conservado por milagro o maldición, permanecía el retrato de una mujer. Cabello claro y níveo, rasgos delicados. La misma curva de sus labios y... extrañamente, asumía que los mismos ojos. No parecida, sino idéntica. La inscripción inferior estaba casi destruida, pero todavía podían leerse fragmentos de una fecha tan antigua que pertenecía a una época anterior a varios reinos que hoy seguro gobernaban aquellas tierras. Kanwulf no apartó la mirada del retrato todavía. —๐˜‹๐˜ถ๐˜ณ๐˜ข๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฆ ๐˜ต๐˜ฐ๐˜ฅ๐˜ฐ ๐˜ฆ๐˜ญ ๐˜ค๐˜ข๐˜ฎ๐˜ช๐˜ฏ๐˜ฐ ๐˜ช๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ต๐˜ฆฬ ๐˜ค๐˜ฐ๐˜ฏ๐˜ท๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ค๐˜ฆ๐˜ณ๐˜ฎ๐˜ฆ ๐˜ฅ๐˜ฆ ๐˜ฒ๐˜ถ๐˜ฆ ๐˜ฏ๐˜ฐ ๐˜ฆ๐˜ณ๐˜ข๐˜ด ๐˜ต๐˜ถฬ —la confesión fue apenas más baja, honesta—. ๐˜•๐˜ฐ ๐˜ง๐˜ถ๐˜ฏ๐˜ค๐˜ช๐˜ฐ๐˜ฏ๐˜ฐฬ. Por primera vez levantó la vista. No hacia la pintura, sino hacia donde —๐˜ฆฬ๐˜ญ ๐˜ฑ๐˜ช๐˜ฆ๐˜ฏ๐˜ด๐˜ข— ella está, en algún lugar de la inmensa y abandonada abadía. Porque aquello era lo que realmente le siembra una duda que aterra en el pecho. No la posibilidad de que la mujer fuera un retrato de Aelianna; no la posibilidad de que algo imposible estuviera ocurriendo. Lo que le inquietaba era haberse dado cuenta, en algún punto del regreso, de que la respuesta no cambiaría nada. Si aquel rostro había esperado por siglos sumido en la oscuridad. Si existían más o si ella era algo mucho más antiguo de lo que muchos pudieran imaginar. Y quizá esa era la parte verdaderamente oscura de toda la historia. Que la duda había viajado con él durante semanas, pero la devoción había llegado primero. En cómo los Vaeltaja fueron creados para reconocer la oscuridad allí donde se ocultara. Quizá por eso la encontró; la tragedia nunca fue haberla amado. La tragedia fue reconocer exactamente lo que era... y permanecer de todos modos. ๐ป๐‘Ž๐‘๐œ„ฬ๐‘Ž ๐‘™๐‘™๐‘’๐‘”๐‘Ž๐‘‘๐‘œ ๐‘Ž ๐‘™๐‘Ž ๐‘Ž๐‘๐‘Ž๐‘‘๐œ„ฬ๐‘Ž ๐‘๐‘ข๐‘ ๐‘๐‘Ž๐‘›๐‘‘๐‘œ ๐‘ข๐‘› ๐‘š๐‘œ๐‘›๐‘ ๐‘ก๐‘Ÿ๐‘ข๐‘œ. ๐ถ๐‘œ๐‘› ๐‘’๐‘™ ๐‘ก๐‘–๐‘’๐‘š๐‘๐‘œ ๐‘’๐‘›๐‘๐‘œ๐‘›๐‘ก๐‘Ÿ๐‘œฬ ๐‘Ž๐‘™๐‘”๐‘œ ๐‘š๐‘Žฬ๐‘  ๐‘๐‘’๐‘™๐‘–๐‘”๐‘Ÿ๐‘œ๐‘ ๐‘œ: ๐‘ข๐‘›๐‘Ž ๐‘Ÿ๐‘Ž๐‘ง๐‘œฬ๐‘› ๐‘๐‘Ž๐‘Ÿ๐‘Ž ๐‘‘๐‘’๐‘—๐‘Ž๐‘Ÿ ๐‘‘๐‘’ ๐‘๐‘ข๐‘ ๐‘๐‘Ž๐‘Ÿ.
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