• Aterrizó en el suelo, observando alrededor con atención, el aviso de radio de la policía indicaba que ese era el lugar.

    – Ladrón... Criminal armado... ¿Habré girado en el edificio equivocado? ¿Si hago sonar una cartera vendrán a mi?
    Aterrizó en el suelo, observando alrededor con atención, el aviso de radio de la policía indicaba que ese era el lugar. – Ladrón... Criminal armado... ¿Habré girado en el edificio equivocado? ¿Si hago sonar una cartera vendrán a mi?
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  • Zelkova Legasov se encontraba sentado en el asiento trasero de un automóvil policial. Las luces azules y rojas se reflejaban intermitentemente en las ventanas mientras el vehículo avanzaba por las calles nocturnas de la ciudad. De fondo se arremolinaban las aves.

    El joven cura tenía los brazos cruzados y una expresión de agotamiento absoluto.

    Desde el asiento delantero, uno de los oficiales soltó una risa cansada.

    ☆Sí que atraes problemas, chico.

    Zelkova levantó una ceja.

    ●Yo no hice nada.

    El policía soltó un bufido divertido.

    ☆Claro, claro. Y por eso mismo serás testigo en el caso.

    El cura dejó escapar un suspiro resignado. Después de la noche que había tenido, aquello ni siquiera le sorprendía. Giró la cabeza hacia el otro ocupante del asiento trasero. Hasta ahora apenas había intercambiado unas palabras con él, un completo desconocido arrastrado a la misma situación. Zelkova se acomodó la gorra roja y sonrió con cansancio.

    ●Día largo, ¿no?

    Su tono era ligero, amistoso. Por fuera parecía tranquilo, pero las ojeras bajo sus ojos y la forma en que se hundió contra el respaldo del asiento dejaban claro que estaba completamente agotado. Entre cultistas, interrogatorios, patrullas y declaraciones, aquella había sido una de las jornadas más absurdas de toda su vida.
    Zelkova Legasov se encontraba sentado en el asiento trasero de un automóvil policial. Las luces azules y rojas se reflejaban intermitentemente en las ventanas mientras el vehículo avanzaba por las calles nocturnas de la ciudad. De fondo se arremolinaban las aves. El joven cura tenía los brazos cruzados y una expresión de agotamiento absoluto. Desde el asiento delantero, uno de los oficiales soltó una risa cansada. ☆Sí que atraes problemas, chico. Zelkova levantó una ceja. ●Yo no hice nada. El policía soltó un bufido divertido. ☆Claro, claro. Y por eso mismo serás testigo en el caso. El cura dejó escapar un suspiro resignado. Después de la noche que había tenido, aquello ni siquiera le sorprendía. Giró la cabeza hacia el otro ocupante del asiento trasero. Hasta ahora apenas había intercambiado unas palabras con él, un completo desconocido arrastrado a la misma situación. Zelkova se acomodó la gorra roja y sonrió con cansancio. ●Día largo, ¿no? Su tono era ligero, amistoso. Por fuera parecía tranquilo, pero las ojeras bajo sus ojos y la forma en que se hundió contra el respaldo del asiento dejaban claro que estaba completamente agotado. Entre cultistas, interrogatorios, patrullas y declaraciones, aquella había sido una de las jornadas más absurdas de toda su vida.
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  • Este martes 2 de junio, el oso hormiguero científico y médico Sniffles, cuyo nombre completo es Sniffles Stuart Tsieh, fue atendido por la comisaria de Happy Tree tras haber sido víctima de un intnto de atentado en su residencia. Los denunciantes, con plena seguridad en sus declaraciones, relataron los hechos con detalle. Todo apunta a que el responsable sería el individuo encapuchado que la policía ha estado buscando desde hace meses en todo el distrito.
    Graves acusaciones tras intento de atentado en Happy Tree.
    Sniffles Stuart Tsieh descubrieron al presunto agresor cómo una criatura con aspecto de cabra saltarina, color beige, estatura media y comportamiento sumamente violento.
    Según el testimonio, el individuo portaba una soga atada a la cintura y transportaba varios galones de liquidos inflamables, entre ellos aceite.

    -Publicado en el diario sobre el altercado que sufrió Sniffles en su casa.-
    Este martes 2 de junio, el oso hormiguero científico y médico Sniffles, cuyo nombre completo es Sniffles Stuart Tsieh, fue atendido por la comisaria de Happy Tree tras haber sido víctima de un intnto de atentado en su residencia. Los denunciantes, con plena seguridad en sus declaraciones, relataron los hechos con detalle. Todo apunta a que el responsable sería el individuo encapuchado que la policía ha estado buscando desde hace meses en todo el distrito. Graves acusaciones tras intento de atentado en Happy Tree. Sniffles Stuart Tsieh descubrieron al presunto agresor cómo una criatura con aspecto de cabra saltarina, color beige, estatura media y comportamiento sumamente violento. Según el testimonio, el individuo portaba una soga atada a la cintura y transportaba varios galones de liquidos inflamables, entre ellos aceite. -Publicado en el diario sobre el altercado que sufrió Sniffles en su casa.-
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  • 。 𝗧𝗵𝗶𝘀 𝗰𝗶𝘁𝘆 𝗻𝗲𝘃𝗲𝗿 𝗳𝘂𝗰𝗸𝗶𝗻𝗴 𝘀𝗹𝗲𝗲𝗽.
    Categoría Original
    La lluvia no caía.

    Se desplomaba.

    Ácida. Enferma. Con el mismo ánimo de vivir que la mayoría de los habitantes.

    Bajaba desde un cielo sin estrellas, atravesado por anuncios holográficos que parpadeaban sobre los edificios como heridas de neón. Cada gota dejaba manchas iridiscentes sobre el asfalto, mezclándose con vómito, combustible y sangre vieja arrastrada desde algún callejón donde a nadie le importaba quién había gritado por última vez.

    La ciudad seguía viva.

    Y ese era el problema.

    Vivía como viven las cucarachas dentro de un cadáver: moviéndose entre carne podrida, comiendo lo que quedaba y fingiendo que aquello era el progreso.

    Los rascacielos corporativos se elevaban sobre los barrios bajos como dioses en vidrio blindado. Arriba, los ejecutivos bebían agua purificada y vendían guerras con sonrisas perfectas. Abajo, la gente empeñaba pulmones, recuerdos, brazos, córneas y dignidad por una noche más de calefacción, una dosis más de calma o una bala menos en la cabeza.

    Las pantallas gigantes repetían propaganda gubernamental entre comerciales de implantes militares y cuerpos sintéticos de alquiler.

    OBEDECE. CONSUME. MEJORA. SOBREVIVE.


    En mitad de aquella avenida desdentada, bajo el toldo roto de una clínica ilegal de ripperdocs, estaba él.

    El cazador.

    Nadie tenia claro si era su nombre, su oficio o simplemente una advertencia.

    Llevaba un sombrero viejo, empapado por la lluvia y deformado por años de mugre, balas y malas decisiones. El parche sobre su ojo derecho estaba hecho de cuero negro cuarteado, sujeto con una correa que le cruzaba la sien como una cicatriz más en el rostro. Un abrigo largo de fibra antibalas remendada, botas gastadas, guantes sin dedos y una camisa que había sobrevivido a demasiadas peleas para seguir llamándose así misma prenda.

    En su cintura colgaba una pistola pesada, vieja, brutal. No era elegante. No tenía luces decorativas ni asistencia inteligente. Solo era metal, con un retroceso brutal y una tendencia a dejar agujeros enormes sobre la carne humana.

    El cazador aspiró el humo de un cigarrillo y miró el cadáver del hombre tirado frente a él.

    O lo que quedaba.

    Tenía la mandíbula arrancada, cables nerviosos saliéndole del cuello como lombrices plateadas y media cara convertida en una masa brillante de carne, cromo y hueso pulverizado. Sus ojos ópticos seguían encendidos, enfocando y desenfocando el vacío mientras una voz interna repetía, completamente rota:

    — Error... Error... Error…

    El cazador soltó humo por la nariz.

    — Bienvenido al club, idiota.

    A un lado, una mujer con uniforme corporativo temblaba bajo un paraguas transparente. El logo de su empresa brillaba sobre su pecho con una pulcritud obscena, completamente fuera de lugar en una calle donde hasta las ratas parecían tener deudas.

    — Usted fue contratado para traerlo vivo. —dijo ella, intentando sonar firme.

    El cazador giró la cabeza.

    Su único ojo visible era pálido, cansado, hundido bajo una ceja marcada por cicatrices viejas. No había culpa en su expresión.

    Tampoco orgullo.

    Solo hastío.

    — Y él fue contratado para no intentar partirme en dos con unas mantis oxidadas. —respondió con voz ronca—. Mira qué noche tan llena de putas decepciones, ¿no?

    La ejecutiva tragó saliva. Evidentemente nerviosa.

    — La corporación no pagará el total.

    El cazador apagó el cigarrillo contra la chapa ensangrentada del cadáver.

    — La corporación puede meterse el contrato por el puerto neural y actualizarse hasta sangrar por el culo.

    Los drones policiales pasaron por encima, proyectando luces rojas sobre los charcos de sangre.

    Nadie se detuvo. Nadie preguntó.

    En aquella ciudad, si un muerto no bloqueaba el tráfico ni afectaba las acciones de una compañía; era simplemente decoración urbana.

    El cazador se agachó junto al cuerpo y arrancó de su nuca un chip bañado en sangre.

    Lo observó al sostenerlo entre dos dedos, viendo cómo los filamentos internos todavía chisporroteaban como nervios expuestos.

    — Al menos esto sí vale algo.

    La mujer dio un paso atrás.

    — Eso es propiedad privada.

    Él la miró.

    Pesado.

    Despacio.

    Con una paciencia tan podrida que parecía violencia concentrada.

    — Cariño, todo aquí es propiedad privada. Los edificios, la lluvia, tus órganos, mi maldito cansancio. La diferencia es que yo todavía tengo manos para tomar lo que necesito.

    Guardó el chip en el bolsillo interior del abrigo.

    Y la mujer se fue con prisa. Aterrada. Agradecida de no haber muerto.

    Entonces su comunicador vibró.

    Una llamada entrante. Número oculto. Señal encriptada.
    Demasiado limpia para venir de alguien pobre. Demasiado sucia para venir de alguien honesto.

    El cazador suspiró.

    — Fantástico. Más mierda cayendo sobre mí.

    Aceptó la llamada.

    Una voz distorsionada llenó su oído, fría como metal bajo la lengua.

    — Tenemos otro trabajo para ti.

    Él observó la avenida, las pantallas, los cuerpos bajo plástico negro, los niños con implantes baratos rebuscando comida entre contenedores marcados con advertencias químicas.

    Veía a la ciudad entera abrir la boca, masticar a su gente y pedir más.

    — Qué sorpresa... —murmuró—. Por un segundo pensé que el mundo había decidido dejarme pudrir en paz.

    La voz continuó.

    — Hay un activo que se ha rebelado. Tráela. Con vida. 

    El cazador se quedó quieto.

    La lluvia golpeó el ala de su sombrero.

    Una gota bajó por el borde de su parche.

    — ¿Con vida? Eso es complicado.

    — Solo nos sirve con vida. No lo arruines.

    Él soltó una risa baja, áspera, sin humor.

    — Pero ese es mi encanto.

    Hubo un silencio al otro lado de la línea.

    — El riesgo es elevado. La paga alta.

    El cazador cerró el ojo.

    Por un instante, pareció casi dormido de pie bajo la lluvia venenosa.

    Luego sonrió.

    Una mueca desgastada.

    Cansada.

    — Entonces supongo que volveré a vender otro pedazo de mi alma. Total, ya nadie compra el lote completo.

    Cortó la llamada.

    A lo lejos, más allá de los bloques residenciales carcomidos por óxido y pantallas pornográficas defectuosas; una torre abandonada se alzaba contra el cielo eléctrico. Sus ventanas estaban oscuras. Demasiado oscuras para una ciudad que nunca dejaba morir la luz.

    El cazador se acomodó el sombrero, revisó su pistola y empezó a caminar.

    Cada paso chapoteaba en agua sucia, sangre diluida y reflejos de neón.

    — Veamos con que me sorprende esta ciudad de mierda.

    Gruñó para sí mismo, pero siguió avanzando porque en aquel mundo nadie era libre.

    Solo existían distintos precios para la misma condena.
    La lluvia no caía. Se desplomaba. Ácida. Enferma. Con el mismo ánimo de vivir que la mayoría de los habitantes. Bajaba desde un cielo sin estrellas, atravesado por anuncios holográficos que parpadeaban sobre los edificios como heridas de neón. Cada gota dejaba manchas iridiscentes sobre el asfalto, mezclándose con vómito, combustible y sangre vieja arrastrada desde algún callejón donde a nadie le importaba quién había gritado por última vez. La ciudad seguía viva. Y ese era el problema. Vivía como viven las cucarachas dentro de un cadáver: moviéndose entre carne podrida, comiendo lo que quedaba y fingiendo que aquello era el progreso. Los rascacielos corporativos se elevaban sobre los barrios bajos como dioses en vidrio blindado. Arriba, los ejecutivos bebían agua purificada y vendían guerras con sonrisas perfectas. Abajo, la gente empeñaba pulmones, recuerdos, brazos, córneas y dignidad por una noche más de calefacción, una dosis más de calma o una bala menos en la cabeza. Las pantallas gigantes repetían propaganda gubernamental entre comerciales de implantes militares y cuerpos sintéticos de alquiler. OBEDECE. CONSUME. MEJORA. SOBREVIVE. En mitad de aquella avenida desdentada, bajo el toldo roto de una clínica ilegal de ripperdocs, estaba él. El cazador. Nadie tenia claro si era su nombre, su oficio o simplemente una advertencia. Llevaba un sombrero viejo, empapado por la lluvia y deformado por años de mugre, balas y malas decisiones. El parche sobre su ojo derecho estaba hecho de cuero negro cuarteado, sujeto con una correa que le cruzaba la sien como una cicatriz más en el rostro. Un abrigo largo de fibra antibalas remendada, botas gastadas, guantes sin dedos y una camisa que había sobrevivido a demasiadas peleas para seguir llamándose así misma prenda. En su cintura colgaba una pistola pesada, vieja, brutal. No era elegante. No tenía luces decorativas ni asistencia inteligente. Solo era metal, con un retroceso brutal y una tendencia a dejar agujeros enormes sobre la carne humana. El cazador aspiró el humo de un cigarrillo y miró el cadáver del hombre tirado frente a él. O lo que quedaba. Tenía la mandíbula arrancada, cables nerviosos saliéndole del cuello como lombrices plateadas y media cara convertida en una masa brillante de carne, cromo y hueso pulverizado. Sus ojos ópticos seguían encendidos, enfocando y desenfocando el vacío mientras una voz interna repetía, completamente rota: — Error... Error... Error… El cazador soltó humo por la nariz. — Bienvenido al club, idiota. A un lado, una mujer con uniforme corporativo temblaba bajo un paraguas transparente. El logo de su empresa brillaba sobre su pecho con una pulcritud obscena, completamente fuera de lugar en una calle donde hasta las ratas parecían tener deudas. — Usted fue contratado para traerlo vivo. —dijo ella, intentando sonar firme. El cazador giró la cabeza. Su único ojo visible era pálido, cansado, hundido bajo una ceja marcada por cicatrices viejas. No había culpa en su expresión. Tampoco orgullo. Solo hastío. — Y él fue contratado para no intentar partirme en dos con unas mantis oxidadas. —respondió con voz ronca—. Mira qué noche tan llena de putas decepciones, ¿no? La ejecutiva tragó saliva. Evidentemente nerviosa. — La corporación no pagará el total. El cazador apagó el cigarrillo contra la chapa ensangrentada del cadáver. — La corporación puede meterse el contrato por el puerto neural y actualizarse hasta sangrar por el culo. Los drones policiales pasaron por encima, proyectando luces rojas sobre los charcos de sangre. Nadie se detuvo. Nadie preguntó. En aquella ciudad, si un muerto no bloqueaba el tráfico ni afectaba las acciones de una compañía; era simplemente decoración urbana. El cazador se agachó junto al cuerpo y arrancó de su nuca un chip bañado en sangre. Lo observó al sostenerlo entre dos dedos, viendo cómo los filamentos internos todavía chisporroteaban como nervios expuestos. — Al menos esto sí vale algo. La mujer dio un paso atrás. — Eso es propiedad privada. Él la miró. Pesado. Despacio. Con una paciencia tan podrida que parecía violencia concentrada. — Cariño, todo aquí es propiedad privada. Los edificios, la lluvia, tus órganos, mi maldito cansancio. La diferencia es que yo todavía tengo manos para tomar lo que necesito. Guardó el chip en el bolsillo interior del abrigo. Y la mujer se fue con prisa. Aterrada. Agradecida de no haber muerto. Entonces su comunicador vibró. Una llamada entrante. Número oculto. Señal encriptada. Demasiado limpia para venir de alguien pobre. Demasiado sucia para venir de alguien honesto. El cazador suspiró. — Fantástico. Más mierda cayendo sobre mí. Aceptó la llamada. Una voz distorsionada llenó su oído, fría como metal bajo la lengua. — Tenemos otro trabajo para ti. Él observó la avenida, las pantallas, los cuerpos bajo plástico negro, los niños con implantes baratos rebuscando comida entre contenedores marcados con advertencias químicas. Veía a la ciudad entera abrir la boca, masticar a su gente y pedir más. — Qué sorpresa... —murmuró—. Por un segundo pensé que el mundo había decidido dejarme pudrir en paz. La voz continuó. — Hay un activo que se ha rebelado. Tráela. Con vida.  El cazador se quedó quieto. La lluvia golpeó el ala de su sombrero. Una gota bajó por el borde de su parche. — ¿Con vida? Eso es complicado. — Solo nos sirve con vida. No lo arruines. Él soltó una risa baja, áspera, sin humor. — Pero ese es mi encanto. Hubo un silencio al otro lado de la línea. — El riesgo es elevado. La paga alta. El cazador cerró el ojo. Por un instante, pareció casi dormido de pie bajo la lluvia venenosa. Luego sonrió. Una mueca desgastada. Cansada. — Entonces supongo que volveré a vender otro pedazo de mi alma. Total, ya nadie compra el lote completo. Cortó la llamada. A lo lejos, más allá de los bloques residenciales carcomidos por óxido y pantallas pornográficas defectuosas; una torre abandonada se alzaba contra el cielo eléctrico. Sus ventanas estaban oscuras. Demasiado oscuras para una ciudad que nunca dejaba morir la luz. El cazador se acomodó el sombrero, revisó su pistola y empezó a caminar. Cada paso chapoteaba en agua sucia, sangre diluida y reflejos de neón. — Veamos con que me sorprende esta ciudad de mierda. Gruñó para sí mismo, pero siguió avanzando porque en aquel mundo nadie era libre. Solo existían distintos precios para la misma condena.
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  • 。 𝗧𝗵𝗲 𝗵𝘂𝗻𝘁𝗲𝗿 𝗯𝗲𝗰𝗼𝗺𝗶𝗻𝗴 𝘁𝗵𝗲 𝘀𝗵𝗶𝘁𝘁𝘆 𝗵𝘂𝗻𝘁𝗲𝗱.
    Categoría Original
    Las entrañas del Ark respiraban vapor tóxico por kilómetros de tuberías oxidadas que cruzaban el techo como venas infectas.

    El neón derramaba colores enfermizos sobre las calles mojadas: rosas violentos, azules moribundos, verdes radiactivos que convertían los charcos en heridas brillantes. La lluvia artificial caía desde los sistemas de condensación superiores arrastrando hollín, grasa industrial y el olor metálico de la sangre oxidándose al intemperie.

    Todo mantenía la fragancia de algo muriéndose lentamente.

    Y él encajaba perfectamente allí.

    El hombre permanecía sentado frente a un puesto mugriento de ramen sintético.

    Hundido en una silla de plástico mientras removía distraídamente los fideos hinchados en un grasiento caldo.

    El vapor le golpeaba el rostro cansado y mal afeitado, parcialmente oculto bajo la sombra de un sombrero viejo de ala ancha que parecía haber sobrevivido a demasiados tiroteos.

    El largo abrigo negro caía hasta debajo de las rodillas como un sudario empapado, pesado por la lluvia y el humo del bajo mundo.

    El cuero desgastado crujía cada vez que se movía, dejando entrever correas con munición, múltiples cuchillos y pequeños talismanes grabados con runas antiguas que pulsaban tenuemente.

    Era magia.

    Magia real.

    Bastante rara.

    Demasiado cara.

    Y lo bastante ilegal como para hacer que la gente desaparezca de la noche a la mañana.

    Un parche negro cubría completamente su ojo derecho, sujeto por una correa gastada que se perdía entre el cabello oscuro y descuidado. El izquierdo —grisáceo, cansado y afilado como vidrio roto— observaba el reflejo del callejón en el cristal sucio del puesto mientras fumaba un cigarro aplastado...

    Y ahí estaba, otra vez.

    La figura...

    Esa pequeña sombra.

    Quieta bajo la lluvia.

    Llevaba siguiéndolo tres días.

    Mercados negros. Túneles de carga. Clubes clandestinos. Basureros industriales.

    Siempre igual: aparecía a la distancia y se limitaba a observarlo.

    Nunca demasiado cerca.

    Nunca demasiado obvia.

    Eso era lo que empezaba a irritarlo.

    La prudencia.

    La paciencia.

    Los policías normales eran perros rabiosos; llegaban gritando, armados y con demasiada testosterona.

    Esto era diferente. Más frío. Más cuidadoso.

    Mucho más inteligente.

    Y eso lo odiaba.

    El cocinero del puesto tragó saliva al notar hacia dónde miraba el hombre.

    — ¿Problemas…?

    El cazador soltó una risa seca y cansada.

    — En esta puñetera ciudad el respirar ya cuenta como un problema.

    Su voz sonó áspera, gastada por humo y demasiado alcohol barato.

    Tomó los palillos otra vez, probó el ramen y escupió inmediatamente el caldo al suelo.

    — La puta madre... Esto sabe a lubricante.

    — Es pasta de proteína... —respondió inmediato el cocinero, pero la voz fue baja. Casi como una disculpa.

    — Pues sabe a mierda.

    El cocinero prefirió callarse.

    Sabía quién era él.

    Todos en el bajo mundo lo sabían.

    Un fantasma armado.

    Un perro rabioso.

    Un bastardo que aceptaba trabajos que ni siquiera los más fuertes e importantes querían tocar.

    Se decía que había matado traficantes con las manos desnudas.

    Que usaba magia prohibida.

    Que una vez sobrevivió tres días atrapado en la superficie infestada de mutantes alimentándose de cadáveres.

    La mitad seguramente era mentira.

    La otra mitad...

    Probablemente se quedaba corta.

    El hombre dejó unas monedas sobre el mostrador y finalmente se puso de pie.

    Alto. Ligeramente delgado. Completamente consumido por el cansancio.

    El abrigo negro cayó con peso alrededor de su figura mientras ajustaba lentamente la pistola en la funda.

    La lluvia golpeó el ala de su sombrero con un repiqueteo constante.

    Su único ojo visible volvió hacia la silueta lejana.

    Seguía ahí.

    Inmóvil.

    Observándolo bajo la lluvia y las luces del Ark.

    Entonces sonrió.

    Una sonrisa fingida.

    Vacía.

    — Perfecto... —murmuró—. O me quieren muerto o tengo un puto acosador. Y, honestamente, no sé qué mierda me da más asco...
    Las entrañas del Ark respiraban vapor tóxico por kilómetros de tuberías oxidadas que cruzaban el techo como venas infectas. El neón derramaba colores enfermizos sobre las calles mojadas: rosas violentos, azules moribundos, verdes radiactivos que convertían los charcos en heridas brillantes. La lluvia artificial caía desde los sistemas de condensación superiores arrastrando hollín, grasa industrial y el olor metálico de la sangre oxidándose al intemperie. Todo mantenía la fragancia de algo muriéndose lentamente. Y él encajaba perfectamente allí. El hombre permanecía sentado frente a un puesto mugriento de ramen sintético. Hundido en una silla de plástico mientras removía distraídamente los fideos hinchados en un grasiento caldo. El vapor le golpeaba el rostro cansado y mal afeitado, parcialmente oculto bajo la sombra de un sombrero viejo de ala ancha que parecía haber sobrevivido a demasiados tiroteos. El largo abrigo negro caía hasta debajo de las rodillas como un sudario empapado, pesado por la lluvia y el humo del bajo mundo. El cuero desgastado crujía cada vez que se movía, dejando entrever correas con munición, múltiples cuchillos y pequeños talismanes grabados con runas antiguas que pulsaban tenuemente. Era magia. Magia real. Bastante rara. Demasiado cara. Y lo bastante ilegal como para hacer que la gente desaparezca de la noche a la mañana. Un parche negro cubría completamente su ojo derecho, sujeto por una correa gastada que se perdía entre el cabello oscuro y descuidado. El izquierdo —grisáceo, cansado y afilado como vidrio roto— observaba el reflejo del callejón en el cristal sucio del puesto mientras fumaba un cigarro aplastado... Y ahí estaba, otra vez. La figura... Esa pequeña sombra. Quieta bajo la lluvia. Llevaba siguiéndolo tres días. Mercados negros. Túneles de carga. Clubes clandestinos. Basureros industriales. Siempre igual: aparecía a la distancia y se limitaba a observarlo. Nunca demasiado cerca. Nunca demasiado obvia. Eso era lo que empezaba a irritarlo. La prudencia. La paciencia. Los policías normales eran perros rabiosos; llegaban gritando, armados y con demasiada testosterona. Esto era diferente. Más frío. Más cuidadoso. Mucho más inteligente. Y eso lo odiaba. El cocinero del puesto tragó saliva al notar hacia dónde miraba el hombre. — ¿Problemas…? El cazador soltó una risa seca y cansada. — En esta puñetera ciudad el respirar ya cuenta como un problema. Su voz sonó áspera, gastada por humo y demasiado alcohol barato. Tomó los palillos otra vez, probó el ramen y escupió inmediatamente el caldo al suelo. — La puta madre... Esto sabe a lubricante. — Es pasta de proteína... —respondió inmediato el cocinero, pero la voz fue baja. Casi como una disculpa. — Pues sabe a mierda. El cocinero prefirió callarse. Sabía quién era él. Todos en el bajo mundo lo sabían. Un fantasma armado. Un perro rabioso. Un bastardo que aceptaba trabajos que ni siquiera los más fuertes e importantes querían tocar. Se decía que había matado traficantes con las manos desnudas. Que usaba magia prohibida. Que una vez sobrevivió tres días atrapado en la superficie infestada de mutantes alimentándose de cadáveres. La mitad seguramente era mentira. La otra mitad... Probablemente se quedaba corta. El hombre dejó unas monedas sobre el mostrador y finalmente se puso de pie. Alto. Ligeramente delgado. Completamente consumido por el cansancio. El abrigo negro cayó con peso alrededor de su figura mientras ajustaba lentamente la pistola en la funda. La lluvia golpeó el ala de su sombrero con un repiqueteo constante. Su único ojo visible volvió hacia la silueta lejana. Seguía ahí. Inmóvil. Observándolo bajo la lluvia y las luces del Ark. Entonces sonrió. Una sonrisa fingida. Vacía. — Perfecto... —murmuró—. O me quieren muerto o tengo un puto acosador. Y, honestamente, no sé qué mierda me da más asco...
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  • Hoy vamos a perdernos un poco ... Si no regreso en 2 días llaman a la policía ... o a Ava Petrov veamos quien me encuentra más rápido
    Hoy vamos a perdernos un poco ... Si no regreso en 2 días llaman a la policía ... o a [B3AUTIFULDISAST3R] veamos quien me encuentra más rápido
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  • El hombre al que llaman "El Ruso"
    Fandom OC
    Categoría Acción
    ●Rol abierto por aquí o por MD. OJO A LOS DISGUSTOS DE MI PERSONAJE EN LA FICHA●

    -Te dirigías con prisa a una reunión importante en un bar de confianza. La situación era crítica y el invitado… peculiar. Para las personas comunes era un héroe. Para empresarios y políticos vinculados al bajo mundo, un terrorista. Solo habías encontrado rumores, videos borrosos, informes policíacos y testimonios de criminales que sobrevivieron al cruzarse con él. Todos coincidían en algo: le llamaban “El Ruso”. Según decían estos últimos, era un puto loco. Nadie parecía comprender del todo sus habilidades, y aun así, seguía vivo pese a años de persecución. Bajo su mando, redes criminales caían, corruptos eran expuestos y tenía demasiados enemigos poderosos como para seguir siendo solo un rumor.-

    -El recepcionista apenas tuvo tiempo de mirarte antes de que cruzaras la puerta hacia la zona exclusiva del lugar. Y ahí estaba él. Más joven de lo que imaginabas. Relajado. Sonriendo como si fueran viejos conocidos. Se encontraba sentado en el sofa, y te habló como si te conociera de toda la vida. Era evidente que el hombre era muy carismático.-

    "¡Vaya! Quien diría que me invitasen a un lugar tan brilloso. -rio suavemente mientras se acomodaba- Ya me he acostumbrado a estar en bares de mala muerte o sitios abandonados para las reuniones. Ya sabes discreción y eso."

    -El hombre, permanecía sentado en el sofá mientras hacía una mueca como de estar pensando mientras cierra los ojos, dejando espacio para que tomaras asiento… o no.


    "Aunque...ahora que lo pienso...Sí, he pasado por lugares así, pero no para hacer negocios, si no más bien, cumplirlos. Mis enemigos son de estos que quieren alardear sus riquezas y esas cosas, que te puedo decir."

    -Tras una breve risa, el hombre abrió los ojos de golpe, tomando su usual sonrisa engreida. Sus ojos grises te observaron directamente antes de hablar nuevamente-


    "Pero bueno, basta de la charla. -Apoyo un brazo sobre el sofá cercano- ¿Para que necesitas la ayuda de alguien como yo?"


    -El hombre mantenía su sonrisa en ti, como si examinase cada detalle. Ello marcaba algo evidente, a pesar de esa actitud elocuente y hasta aparentemente inmadura, los rumores y los datos corroborados de su organización, son ciertos. Si los rumores eran ciertos, quizá era el aliado que necesitabas. O quizá estabas a punto de cometer un enorme error.-
    ●Rol abierto por aquí o por MD. OJO A LOS DISGUSTOS DE MI PERSONAJE EN LA FICHA● -Te dirigías con prisa a una reunión importante en un bar de confianza. La situación era crítica y el invitado… peculiar. Para las personas comunes era un héroe. Para empresarios y políticos vinculados al bajo mundo, un terrorista. Solo habías encontrado rumores, videos borrosos, informes policíacos y testimonios de criminales que sobrevivieron al cruzarse con él. Todos coincidían en algo: le llamaban “El Ruso”. Según decían estos últimos, era un puto loco. Nadie parecía comprender del todo sus habilidades, y aun así, seguía vivo pese a años de persecución. Bajo su mando, redes criminales caían, corruptos eran expuestos y tenía demasiados enemigos poderosos como para seguir siendo solo un rumor.- -El recepcionista apenas tuvo tiempo de mirarte antes de que cruzaras la puerta hacia la zona exclusiva del lugar. Y ahí estaba él. Más joven de lo que imaginabas. Relajado. Sonriendo como si fueran viejos conocidos. Se encontraba sentado en el sofa, y te habló como si te conociera de toda la vida. Era evidente que el hombre era muy carismático.- "¡Vaya! Quien diría que me invitasen a un lugar tan brilloso. -rio suavemente mientras se acomodaba- Ya me he acostumbrado a estar en bares de mala muerte o sitios abandonados para las reuniones. Ya sabes discreción y eso." -El hombre, permanecía sentado en el sofá mientras hacía una mueca como de estar pensando mientras cierra los ojos, dejando espacio para que tomaras asiento… o no. "Aunque...ahora que lo pienso...Sí, he pasado por lugares así, pero no para hacer negocios, si no más bien, cumplirlos. Mis enemigos son de estos que quieren alardear sus riquezas y esas cosas, que te puedo decir." -Tras una breve risa, el hombre abrió los ojos de golpe, tomando su usual sonrisa engreida. Sus ojos grises te observaron directamente antes de hablar nuevamente- "Pero bueno, basta de la charla. -Apoyo un brazo sobre el sofá cercano- ¿Para que necesitas la ayuda de alguien como yo?" -El hombre mantenía su sonrisa en ti, como si examinase cada detalle. Ello marcaba algo evidente, a pesar de esa actitud elocuente y hasta aparentemente inmadura, los rumores y los datos corroborados de su organización, son ciertos. Si los rumores eran ciertos, quizá era el aliado que necesitabas. O quizá estabas a punto de cometer un enorme error.-
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  • El monstruo equivocado
    Categoría Suspenso
    Alina Voss , Jay Brandon White


    La ciudad llevaba meses pudriéndose con lentitud. Tal vez no completamente literal al sentido de la palabra, pero era claro que el ambiente cambió de forma drástica.

    Comenzaron como simples desapariciones de ganado para quienes vivían más alejados y trabajaban con sus animales y cultivos. Después empezaron a desaparecer mascotas en cualquier parte de la ciudad. Finalmente, personas. No cualquiera: eran adolescentes y jóvenes adultos, en su mayoría.

    El miedo había comenzado como rumores entre vecinos y posts ridículos en internet, pero la gracia se perdió por completo cuando encontraron el primer cuerpo cerca del bosque detrás de la vieja carretera. La policía acordonó la zona durante horas, aunque eso no evitó que las fotografías circularan entre estudiantes de secundaria y universitarios antes del anochecer. Habían mordidas enormes, costillas abiertas y marcas que ningún animal de la zona debería ser capaz de dejar.

    Y, desde ahí, continuaron las desapariciones. A veces encontraban los cuerpos; otras, ni siquiera un solo rastro. Los rumores fueron en alza. Algunos hablaban de sectas o de un asesino en serie, pero los más paranoicos comenzaron a mencionar criaturas, monstruos, cosas que solo existían en leyendas viejas o historias para asustar niños.

    Elias intentó ignorarlo, pero le resultaba difícil. Primero, gente inocente estaba muriendo; segundo, cada ataque ocurría justo en las noches que él deseaba poder borrar de su existencia: viernes y lunas llenas. Sus excusas a ausencias eran cada vez menos creíbles a pesar que él nunca hizo nada malo siendo él mismo, sino todo lo contrario.

    Hacía días atrás que notó que las personas lo miraban más de lo usual, que los susurros o conversaciones se detenían bruscamente si él estaba cerca. Lo ponía nervioso al mismo tiempo que podía comprender la razón de la sospecha. Sin embargo, y por igual, tenía la idea que no se trataba de él. La sensación de culpa o tristeza ya no estaban ahí, ni siquiera ese malestar horrendo que le daba antes de tener que vomitar lo que sea que comía durante sus transformaciones. Se trataba de algo diferente. El sentimiento se había vuelto como una rabia en su pecho, de esos cuando uno piensa que invaden su territorio.

    Ahora, sábado, llegó a casa poco antes que el sol comenzara a salir. Pensó que la noche había sido intensa pues, por primera vez en mucho tiempo, en el momento que recuperó la consciencia sintió y vio su cuerpo más golpeado de lo normal. Habían arañazos largos que cruzaban por su cuerpo y cada músculo le dolía como si hubiese recibido golpes demasiado contundentes, los moretones eran una señal bastante clara. Lo horroroso era que no recordaba a qué cosa se enfrentó.

    Se obligó a prepararse para salir de casa, hacía tiempo que dejó de descansar como debía luego de cada pérdida de control, no podía permitirse hacerlo con todo lo que estaba pasando. Por eso, a primera hora, tomó su camioneta para ir hacia el centro a comprar unos materiales para la obra en la que estaba trabajando.

    El ambiente no fue de lo mejor, incluso a esa hora ya habían patrulleros estacionados cerca de la plaza y personas susurrando mientras miraban sus teléfonos. ¿Alguna otra desaparición de la que aún no se esteraba bien? Lo hizo sentir fatal por más que en su interior tenía la sensación que no había sido él.

    Suspiró, ignorando su cuerpo quejarse con dolor por cada movimiento, por más pequeño que sea, y bajó de la camioneta al mismo tiempo que acomodó su camiseta en un intento algo inútil por cubrir ciertas heridas. Hasta tenía un arañazo que le recorría la mejilla.

    Entre las personas que pasaban, pudo reconocer a Alina y, de coincidencia, mirando más hacia las tiendas, también vio a Jay.
    [nova_pearl_goat_760] , [Jay_White] La ciudad llevaba meses pudriéndose con lentitud. Tal vez no completamente literal al sentido de la palabra, pero era claro que el ambiente cambió de forma drástica. Comenzaron como simples desapariciones de ganado para quienes vivían más alejados y trabajaban con sus animales y cultivos. Después empezaron a desaparecer mascotas en cualquier parte de la ciudad. Finalmente, personas. No cualquiera: eran adolescentes y jóvenes adultos, en su mayoría. El miedo había comenzado como rumores entre vecinos y posts ridículos en internet, pero la gracia se perdió por completo cuando encontraron el primer cuerpo cerca del bosque detrás de la vieja carretera. La policía acordonó la zona durante horas, aunque eso no evitó que las fotografías circularan entre estudiantes de secundaria y universitarios antes del anochecer. Habían mordidas enormes, costillas abiertas y marcas que ningún animal de la zona debería ser capaz de dejar. Y, desde ahí, continuaron las desapariciones. A veces encontraban los cuerpos; otras, ni siquiera un solo rastro. Los rumores fueron en alza. Algunos hablaban de sectas o de un asesino en serie, pero los más paranoicos comenzaron a mencionar criaturas, monstruos, cosas que solo existían en leyendas viejas o historias para asustar niños. Elias intentó ignorarlo, pero le resultaba difícil. Primero, gente inocente estaba muriendo; segundo, cada ataque ocurría justo en las noches que él deseaba poder borrar de su existencia: viernes y lunas llenas. Sus excusas a ausencias eran cada vez menos creíbles a pesar que él nunca hizo nada malo siendo él mismo, sino todo lo contrario. Hacía días atrás que notó que las personas lo miraban más de lo usual, que los susurros o conversaciones se detenían bruscamente si él estaba cerca. Lo ponía nervioso al mismo tiempo que podía comprender la razón de la sospecha. Sin embargo, y por igual, tenía la idea que no se trataba de él. La sensación de culpa o tristeza ya no estaban ahí, ni siquiera ese malestar horrendo que le daba antes de tener que vomitar lo que sea que comía durante sus transformaciones. Se trataba de algo diferente. El sentimiento se había vuelto como una rabia en su pecho, de esos cuando uno piensa que invaden su territorio. Ahora, sábado, llegó a casa poco antes que el sol comenzara a salir. Pensó que la noche había sido intensa pues, por primera vez en mucho tiempo, en el momento que recuperó la consciencia sintió y vio su cuerpo más golpeado de lo normal. Habían arañazos largos que cruzaban por su cuerpo y cada músculo le dolía como si hubiese recibido golpes demasiado contundentes, los moretones eran una señal bastante clara. Lo horroroso era que no recordaba a qué cosa se enfrentó. Se obligó a prepararse para salir de casa, hacía tiempo que dejó de descansar como debía luego de cada pérdida de control, no podía permitirse hacerlo con todo lo que estaba pasando. Por eso, a primera hora, tomó su camioneta para ir hacia el centro a comprar unos materiales para la obra en la que estaba trabajando. El ambiente no fue de lo mejor, incluso a esa hora ya habían patrulleros estacionados cerca de la plaza y personas susurrando mientras miraban sus teléfonos. ¿Alguna otra desaparición de la que aún no se esteraba bien? Lo hizo sentir fatal por más que en su interior tenía la sensación que no había sido él. Suspiró, ignorando su cuerpo quejarse con dolor por cada movimiento, por más pequeño que sea, y bajó de la camioneta al mismo tiempo que acomodó su camiseta en un intento algo inútil por cubrir ciertas heridas. Hasta tenía un arañazo que le recorría la mejilla. Entre las personas que pasaban, pudo reconocer a Alina y, de coincidencia, mirando más hacia las tiendas, también vio a Jay.
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  • Estaba frustrado, perder el tiempo no es uno de mis hobbies, pero tampoco puedo parecer más sospechoso de lo normal.

    Debia admirar habían sido amables al darme un cigarrillo, solían ayudarme a pensar mejor, mientras los oficiales llegaban, y yo pensaba en cuál de todos los grandes problemas que me eh metido me trajo a esta situación, quiero decir acepte venir sin preguntar ni oponerme, por mera diversión pero estoy.... Ya estaba tomando más tiempo del debido.

    El rechinido de la puerta se escuchó minutos después y entrando a la habitación el oficial , no tardó en llegar a la mesa sonriendo como si hubiera atrapado al ratón y arrojó una fotografía sobre la mesa. La imagen estaba en blanco y negro, granulada, tomada desde un ángulo incómodo y a una distancia considerable. En ella, mi silueta apenas se distinguía entre las sombras de un callejón industrial en Sicilia, sosteniendo un cigarrillo a medio encender.

    Observé el papel un par de segundos inclinando ligeramente mi cabeza a la derecha, luego, levanté las manos esposadas con lentitud, llevándome el cigarrillo a los labios para dar una calada profunda. Exhalé el humo directamente hacia el rostro del policía, observando cómo sus ojos se entrecerraban con una mezcla de furia y frustración.

    —¿Eso es todo? —pregunté, deslizando la fotografía con la punta del dedo índice—. Esperaba algo con mejor resolución, Oficial. Mis trajes suelen fotografiar mucho mejor que este desastre de píxeles.

    —No te hagas el gracioso, Malatesta —dijo él, apoyando ambas manos sobre la mesa, inclinándose hacia mí para recortar la distancia—. Sabemos que estuviste ahí esa noche. Sabemos de ese negoció en el muelle y sabemos perfectamente qué significa tu apellido en esa zona. Esa foto te sitúa en la escena del crimen.

    Curve mi ceja derecha al escucharlo mirándolo fijamente mientras una sonrisa ligera, casi perezosa, se dibujaba en mis labios.
    —Esa foto me sitúa fumando en un callejón. Nada más —respondí con una calma arrastrada, modulando la voz con una perfecta elegancia aristocrática—. No hay armas en mis manos, no hay bolsas con mercancía, no hay rostros de terceros. Solo soy un empresario italiano disfrutando del aire nocturno. Verá... el problema de la policía es que confunden sus desesperados deseos de atrapar a un Malatesta con pruebas reales.

    —Podemos retenerte, Alessandro. Podemos hacer que esto sea muy largo para ti.—

    Dejé escapar una risa suave, un sonido magnético que carecía por completo de nerviosismo.
    —No, no pueden. Los dos sabemos cómo funciona este juego. Para retenerme más de unas pocas horas necesitan algo que sostenga su teoría ante un juez, y lo único que tiene ahí es un pésimo retrato de mi peor perfil —me incliné un poco hacia adelante, haciendo que las esposas tintinearan sobre la madera—. Mi apellido no solo compra hoteles, Oficial. Compra los mejores bufetes de abogados de Milán y Roma. En el momento en que mi abogado pise esta comisaría, esta fotografía va a terminar en la basura, y usted va a tener que explicarle a sus superiores por qué hizo perder el tiempo a un ciudadano que paga puntualmente sus impuestos.

    El oficial apretó la mandíbula, pero no respondió. Sus dedos comenzaron a tamborilear contra sus muslos, revelando el sutil pánico de quien sabe que acaba de perder el control de la conversación.
    —Así que hagamos esto más sencillo —continué en un susurro peligrosamente tranquilo, sosteniendo su mirada con mis ojos ámbar—. Guarde la foto, quíteme estas molestas esposas y déjeme terminar mi cigarrillo en paz. No soy un hombre violento, no me gusta la crueldad gratuita... pero detesto que me hagan perder el tiempo con juegos de aficionados.
    Estaba frustrado, perder el tiempo no es uno de mis hobbies, pero tampoco puedo parecer más sospechoso de lo normal. Debia admirar habían sido amables al darme un cigarrillo, solían ayudarme a pensar mejor, mientras los oficiales llegaban, y yo pensaba en cuál de todos los grandes problemas que me eh metido me trajo a esta situación, quiero decir acepte venir sin preguntar ni oponerme, por mera diversión pero estoy.... Ya estaba tomando más tiempo del debido. El rechinido de la puerta se escuchó minutos después y entrando a la habitación el oficial , no tardó en llegar a la mesa sonriendo como si hubiera atrapado al ratón y arrojó una fotografía sobre la mesa. La imagen estaba en blanco y negro, granulada, tomada desde un ángulo incómodo y a una distancia considerable. En ella, mi silueta apenas se distinguía entre las sombras de un callejón industrial en Sicilia, sosteniendo un cigarrillo a medio encender. Observé el papel un par de segundos inclinando ligeramente mi cabeza a la derecha, luego, levanté las manos esposadas con lentitud, llevándome el cigarrillo a los labios para dar una calada profunda. Exhalé el humo directamente hacia el rostro del policía, observando cómo sus ojos se entrecerraban con una mezcla de furia y frustración. —¿Eso es todo? —pregunté, deslizando la fotografía con la punta del dedo índice—. Esperaba algo con mejor resolución, Oficial. Mis trajes suelen fotografiar mucho mejor que este desastre de píxeles. —No te hagas el gracioso, Malatesta —dijo él, apoyando ambas manos sobre la mesa, inclinándose hacia mí para recortar la distancia—. Sabemos que estuviste ahí esa noche. Sabemos de ese negoció en el muelle y sabemos perfectamente qué significa tu apellido en esa zona. Esa foto te sitúa en la escena del crimen. Curve mi ceja derecha al escucharlo mirándolo fijamente mientras una sonrisa ligera, casi perezosa, se dibujaba en mis labios. —Esa foto me sitúa fumando en un callejón. Nada más —respondí con una calma arrastrada, modulando la voz con una perfecta elegancia aristocrática—. No hay armas en mis manos, no hay bolsas con mercancía, no hay rostros de terceros. Solo soy un empresario italiano disfrutando del aire nocturno. Verá... el problema de la policía es que confunden sus desesperados deseos de atrapar a un Malatesta con pruebas reales. —Podemos retenerte, Alessandro. Podemos hacer que esto sea muy largo para ti.— Dejé escapar una risa suave, un sonido magnético que carecía por completo de nerviosismo. —No, no pueden. Los dos sabemos cómo funciona este juego. Para retenerme más de unas pocas horas necesitan algo que sostenga su teoría ante un juez, y lo único que tiene ahí es un pésimo retrato de mi peor perfil —me incliné un poco hacia adelante, haciendo que las esposas tintinearan sobre la madera—. Mi apellido no solo compra hoteles, Oficial. Compra los mejores bufetes de abogados de Milán y Roma. En el momento en que mi abogado pise esta comisaría, esta fotografía va a terminar en la basura, y usted va a tener que explicarle a sus superiores por qué hizo perder el tiempo a un ciudadano que paga puntualmente sus impuestos. El oficial apretó la mandíbula, pero no respondió. Sus dedos comenzaron a tamborilear contra sus muslos, revelando el sutil pánico de quien sabe que acaba de perder el control de la conversación. —Así que hagamos esto más sencillo —continué en un susurro peligrosamente tranquilo, sosteniendo su mirada con mis ojos ámbar—. Guarde la foto, quíteme estas molestas esposas y déjeme terminar mi cigarrillo en paz. No soy un hombre violento, no me gusta la crueldad gratuita... pero detesto que me hagan perder el tiempo con juegos de aficionados.
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  • Si pudiera hablar de las ventajas de ser de N.E.P.S. podría ser que la justicia jamás desaparece aquí.
    Trabajamos día y noche para que tú y tu familia estén a salvo y todo gracias al poderoso cuerpo de oficia... Les...

    *Se ha dado cuenta que no tiene una playera/camisa puesta mientras hablaba para un comercial promocional de la policía*

    O-Oye ¿Podemos grabarlo otra vez? Per-Pero ahora con la camisa puesta... Este video no puede ver la luz
    Si pudiera hablar de las ventajas de ser de N.E.P.S. podría ser que la justicia jamás desaparece aquí. Trabajamos día y noche para que tú y tu familia estén a salvo y todo gracias al poderoso cuerpo de oficia... Les... *Se ha dado cuenta que no tiene una playera/camisa puesta mientras hablaba para un comercial promocional de la policía* O-Oye ¿Podemos grabarlo otra vez? Per-Pero ahora con la camisa puesta... Este video no puede ver la luz
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