Zelkova Legasov se encontraba sentado en el asiento trasero de un automóvil policial. Las luces azules y rojas se reflejaban intermitentemente en las ventanas mientras el vehículo avanzaba por las calles nocturnas de la ciudad. De fondo se arremolinaban las aves.

El joven cura tenía los brazos cruzados y una expresión de agotamiento absoluto.

Desde el asiento delantero, uno de los oficiales soltó una risa cansada.

☆Sí que atraes problemas, chico.

Zelkova levantó una ceja.

●Yo no hice nada.

El policía soltó un bufido divertido.

☆Claro, claro. Y por eso mismo serás testigo en el caso.

El cura dejó escapar un suspiro resignado. Después de la noche que había tenido, aquello ni siquiera le sorprendía. Giró la cabeza hacia el otro ocupante del asiento trasero. Hasta ahora apenas había intercambiado unas palabras con él, un completo desconocido arrastrado a la misma situación. Zelkova se acomodó la gorra roja y sonrió con cansancio.

●Día largo, ¿no?

Su tono era ligero, amistoso. Por fuera parecía tranquilo, pero las ojeras bajo sus ojos y la forma en que se hundió contra el respaldo del asiento dejaban claro que estaba completamente agotado. Entre cultistas, interrogatorios, patrullas y declaraciones, aquella había sido una de las jornadas más absurdas de toda su vida.
Zelkova Legasov se encontraba sentado en el asiento trasero de un automóvil policial. Las luces azules y rojas se reflejaban intermitentemente en las ventanas mientras el vehículo avanzaba por las calles nocturnas de la ciudad. De fondo se arremolinaban las aves. El joven cura tenía los brazos cruzados y una expresión de agotamiento absoluto. Desde el asiento delantero, uno de los oficiales soltó una risa cansada. ☆Sí que atraes problemas, chico. Zelkova levantó una ceja. ●Yo no hice nada. El policía soltó un bufido divertido. ☆Claro, claro. Y por eso mismo serás testigo en el caso. El cura dejó escapar un suspiro resignado. Después de la noche que había tenido, aquello ni siquiera le sorprendía. Giró la cabeza hacia el otro ocupante del asiento trasero. Hasta ahora apenas había intercambiado unas palabras con él, un completo desconocido arrastrado a la misma situación. Zelkova se acomodó la gorra roja y sonrió con cansancio. ●Día largo, ¿no? Su tono era ligero, amistoso. Por fuera parecía tranquilo, pero las ojeras bajo sus ojos y la forma en que se hundió contra el respaldo del asiento dejaban claro que estaba completamente agotado. Entre cultistas, interrogatorios, patrullas y declaraciones, aquella había sido una de las jornadas más absurdas de toda su vida.
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