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    Tenlo en cuenta al responder.
    ****Edad del Caos.****
    "Las Alas del Engaño"

    La guerra había cambiado, desde el enfrentamiento contra aquellos dos seres alados, ni Ozma ni Yen habían vuelto a verlos. No conocían sus nombres, tampoco entendían del todo qué eran realmente. Para Yen, eran guerreros bendecidos por los Dioses. Ozma, en cambio, comprendía algo más aterrador: aquellos seres no habían nacido, habían sido creados. Y eso significaba que los Dioses habían dado un paso más allá.

    Mientras Ozma continuaba sus campañas y Yen lideraba ataques contra fortalezas Elunai, los dos seres alados comenzaron una misión completamente distinta, una orden directa de las entidades que observaban desde la isla flotante en los cielos.

    No debían destruir, debían conquistar los corazones. Los dos descendieron a las tierras bajas ocultando sus halos y alas, tomando apariencias similares a las de los humanoides comunes. Caminaban entre aldeas, hablaban con la gente, ayudaban a enfermos y protegían caravanas. Allí donde aparecían, ocurrían ataques de monstruos. Ataques demasiado oportunos, bestias surgían de los bosques o las montañas, aterrorizando pueblos enteros, y justo cuando todo parecía perdido, aquellos dos guerreros aparecían para salvar a la población.

    Poco a poco, la gente comenzó a llamarlos Héroes. Los rumores se extendieron con rapidez.

    Decían que los Héroes eran enviados celestiales, que escuchaban las plegarias, que protegían a los débiles sin pedir nada a cambio y lo más peligroso de todo… La gente comenzó a compararlos con Ozma.

    Los Héroes no tardaron en sembrar dudas. Nunca hablaban directamente en contra él al principio. Eran más inteligentes que eso. Simplemente hacían preguntas.

    -¿Por qué un rey necesita un ejército tan grande?
    -¿Por qué siguen existiendo guerras si Ozma realmente quiere salvarlos?
    -¿Por qué toma demasiadas provisiones de cada ciudad que libera?

    Las semillas de la desconfianza comenzaron a crecer. Era cierto que el ejército de Ozma tomaba alimentos y materiales de las ciudades liberadas, pero jamás en cantidades abusivas. Nunca dejaban morir de hambre a la población, ni saqueaban hogares como hacían antiguamente los Elunai. Sin embargo, los nuevos Héroes manipulaban cada situación para hacer parecer que Ozma no era un libertador sino un conquistador.

    Decían que aquel supuesto salvador solo estaba preparando más guerras, que los jóvenes terminarían muriendo por una cruzada absurda.
    Que Ozma utilizaba a las razas libres como herramientas para su venganza personal.

    Lo peor era que las nuevas generaciones comenzaron a creerlo. La guerra había durado demasiado tiempo, los ancianos aún recordaban los días en que los Elunai marcaban personas como ganado, cuando pueblos enteros desaparecían por órdenes divinas o eran usados como experimentos. Pero muchos de esos ancianos ya habían muerto.

    Los jóvenes nacidos durante la guerra jamás vivieron esa opresión, ellos nacieron libres, crecieron escuchando historias sobre los Elunai, pero nunca sintieron el miedo real de aquellos tiempos. Para ellos, la guerra de Ozma era algo lejano, interminable… una carga heredada de generaciones pasadas.

    Los pueblos comenzaron a levantar pequeños altares, las madres enseñaban a sus hijos a rezar por los Héroes, incluso algunos soldados liberados empezaron a desertar silenciosamente para seguirlos.

    Desde la distancia, ocultos entre las montañas, los dos seres alados observaban aquello con tranquilidad. Su bendición estaba funcionando.

    El don que los Dioses les habían otorgado influía lentamente sobre los corazones débiles. No era control absoluto, sino una suave manipulación que hacía crecer admiración, confianza y devoción.

    Pero existían seres inmunes: Los Ogros, los Kijin y especialmente Ozma y Yen. Por eso jamás se acercaban demasiado a ellos. Sabían que si Ozma descubría la verdad detrás de aquella influencia, la cacería comenzaría de inmediato.

    Aun así… Los Dioses sonreían desde la ciudad flotante, porque por primera vez en siglos, el mundo comenzaba a apartarse del Monstruo por voluntad propia.
    ****Edad del Caos.**** "Las Alas del Engaño" La guerra había cambiado, desde el enfrentamiento contra aquellos dos seres alados, ni Ozma ni Yen habían vuelto a verlos. No conocían sus nombres, tampoco entendían del todo qué eran realmente. Para Yen, eran guerreros bendecidos por los Dioses. Ozma, en cambio, comprendía algo más aterrador: aquellos seres no habían nacido, habían sido creados. Y eso significaba que los Dioses habían dado un paso más allá. Mientras Ozma continuaba sus campañas y Yen lideraba ataques contra fortalezas Elunai, los dos seres alados comenzaron una misión completamente distinta, una orden directa de las entidades que observaban desde la isla flotante en los cielos. No debían destruir, debían conquistar los corazones. Los dos descendieron a las tierras bajas ocultando sus halos y alas, tomando apariencias similares a las de los humanoides comunes. Caminaban entre aldeas, hablaban con la gente, ayudaban a enfermos y protegían caravanas. Allí donde aparecían, ocurrían ataques de monstruos. Ataques demasiado oportunos, bestias surgían de los bosques o las montañas, aterrorizando pueblos enteros, y justo cuando todo parecía perdido, aquellos dos guerreros aparecían para salvar a la población. Poco a poco, la gente comenzó a llamarlos Héroes. Los rumores se extendieron con rapidez. Decían que los Héroes eran enviados celestiales, que escuchaban las plegarias, que protegían a los débiles sin pedir nada a cambio y lo más peligroso de todo… La gente comenzó a compararlos con Ozma. Los Héroes no tardaron en sembrar dudas. Nunca hablaban directamente en contra él al principio. Eran más inteligentes que eso. Simplemente hacían preguntas. -¿Por qué un rey necesita un ejército tan grande? -¿Por qué siguen existiendo guerras si Ozma realmente quiere salvarlos? -¿Por qué toma demasiadas provisiones de cada ciudad que libera? Las semillas de la desconfianza comenzaron a crecer. Era cierto que el ejército de Ozma tomaba alimentos y materiales de las ciudades liberadas, pero jamás en cantidades abusivas. Nunca dejaban morir de hambre a la población, ni saqueaban hogares como hacían antiguamente los Elunai. Sin embargo, los nuevos Héroes manipulaban cada situación para hacer parecer que Ozma no era un libertador sino un conquistador. Decían que aquel supuesto salvador solo estaba preparando más guerras, que los jóvenes terminarían muriendo por una cruzada absurda. Que Ozma utilizaba a las razas libres como herramientas para su venganza personal. Lo peor era que las nuevas generaciones comenzaron a creerlo. La guerra había durado demasiado tiempo, los ancianos aún recordaban los días en que los Elunai marcaban personas como ganado, cuando pueblos enteros desaparecían por órdenes divinas o eran usados como experimentos. Pero muchos de esos ancianos ya habían muerto. Los jóvenes nacidos durante la guerra jamás vivieron esa opresión, ellos nacieron libres, crecieron escuchando historias sobre los Elunai, pero nunca sintieron el miedo real de aquellos tiempos. Para ellos, la guerra de Ozma era algo lejano, interminable… una carga heredada de generaciones pasadas. Los pueblos comenzaron a levantar pequeños altares, las madres enseñaban a sus hijos a rezar por los Héroes, incluso algunos soldados liberados empezaron a desertar silenciosamente para seguirlos. Desde la distancia, ocultos entre las montañas, los dos seres alados observaban aquello con tranquilidad. Su bendición estaba funcionando. El don que los Dioses les habían otorgado influía lentamente sobre los corazones débiles. No era control absoluto, sino una suave manipulación que hacía crecer admiración, confianza y devoción. Pero existían seres inmunes: Los Ogros, los Kijin y especialmente Ozma y Yen. Por eso jamás se acercaban demasiado a ellos. Sabían que si Ozma descubría la verdad detrás de aquella influencia, la cacería comenzaría de inmediato. Aun así… Los Dioses sonreían desde la ciudad flotante, porque por primera vez en siglos, el mundo comenzaba a apartarse del Monstruo por voluntad propia.
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  • El caos desatado en la ciudad
    Categoría Otros
    Solo habían pasado tres semanas desde que Hastur volvió a ser invocado en la tierra, las cosas habían cambiado tanto, las ciudades modernas no eran de su gusto, pero demostraba el avance tecnológico que había alcanzado la humanidad desde la ultima vez que visito por allá del 1942, pensaba que todas las copias del libro “El Rey de Amarillo” habían sido destruidas y que los amuletos con el Signo Amarillo perdidos por la guerra, puesto a que nadie le había invocado, ya se daba por vencido en su objetivo de ser liberado, al menos por la raza humana, y busco otros seres en otras partes del universo, pero todas estas estaban bastante más atrás en el desarrollo tecnológico, pero no espero que la Hermandad del Signo Amarillo, simplemente estaba aguardando el momento para volver a invocarlo, tenían miedo de que por la Guerra despertara a El Gran Soñador y que por ende trajera la mirada del Caos Reptante, si este ultimo llegaba a enterarse que el Rey de Carcosa estaba moviendo hilos para acá, quien sabe de que seria capaz dicha monstruosidad, por lo que una vez todo calmara lo invocarían de vuelta, cosa que hicieron y le explicaron la situación.

    Los primeros dos días los había pasado leyendo libros de historia, matemáticas, física, química, todo la información que ahora manejaban los humanos fue entregada a este, además de unos cuantos libros de ocio para que pudiera estar al día con las nuevas generaciones, le enseñaron los computadores y teléfonos, los cuales domino con la leve dificultad de que estos tendían a fallar cuando la cámara le apuntaba, después de eso repartió el conocimiento de la magia que se había perdido en todo ese tiempo a sus seguidores, una vez completado todo esto, él empezó a moverse por el mundo, y como no, a experimentar con los nuevos juguetes que la humanidad había adquirido en este tiempo.

    En ese tiempo, Hastur estaba creando caos puro en la gran ciudad, asesinatos que no tenían explicación para los mortales, porque lo que los mataba era una entidad que no tenia cuerpo físico, brotes esporádicos de locura en diferentes sectores de la ciudad que generaban pánico en los ciudadanos y su ultimo experimento, se salió de control, dejando a una fuerte criatura merodeando en otra ciudad a 2 horas de la que se encontraba. Algunos de sus súbditos mostraron preocupación por este ultimo suceso, a lo que el simplemente les dijo que, si las fuerzas militares actuales no podían hacer nada, el intercedería, ya que el experimento fallido se volvió útil para medir la fuerza de destrucción que poseían los humanos.

    Unas horas después de que este saliera de la cafetería de uno de sus súbditos, la criatura había llegado a la ciudad, donde un enfrentamiento se dio con los militares, quienes lograron abatir a la criatura. Hastur al enterarse de esto fue a donde la criatura murió, encontrándose en primera fila viendo como los militares habían hecho el perímetro y algunos estaban analizando a esa cosa. No le preocupaba que lo revisaran afondo, pues al final la criatura no era nada mas que una quimera de diferentes cuerpos humanos que funcionaba a base de magia.

    —Que curioso. — Menciono, tomando un sorbo de una malteada de fresa que el súbdito le había dado para enfriar el cuerpo de manera interna.
    Después de decir esas palabras escucho la voz de alguien que estaba a su lado, aunque no las comprendió porque estaba enfocado en ver como los humanos examinaban el cuerpo sin vida de la criatura.

    —¿Dijiste algo? — Pregunto moviendo la mirada a donde se encontraba la persona que había hablado, en ese momento se dio cuenta de un detalle, el cuerpo era de baja estatura, pero nada que le limitase, así que no le importo mucho y volvió a tomar otro sorbo de la malteada.
    Solo habían pasado tres semanas desde que Hastur volvió a ser invocado en la tierra, las cosas habían cambiado tanto, las ciudades modernas no eran de su gusto, pero demostraba el avance tecnológico que había alcanzado la humanidad desde la ultima vez que visito por allá del 1942, pensaba que todas las copias del libro “El Rey de Amarillo” habían sido destruidas y que los amuletos con el Signo Amarillo perdidos por la guerra, puesto a que nadie le había invocado, ya se daba por vencido en su objetivo de ser liberado, al menos por la raza humana, y busco otros seres en otras partes del universo, pero todas estas estaban bastante más atrás en el desarrollo tecnológico, pero no espero que la Hermandad del Signo Amarillo, simplemente estaba aguardando el momento para volver a invocarlo, tenían miedo de que por la Guerra despertara a El Gran Soñador y que por ende trajera la mirada del Caos Reptante, si este ultimo llegaba a enterarse que el Rey de Carcosa estaba moviendo hilos para acá, quien sabe de que seria capaz dicha monstruosidad, por lo que una vez todo calmara lo invocarían de vuelta, cosa que hicieron y le explicaron la situación. Los primeros dos días los había pasado leyendo libros de historia, matemáticas, física, química, todo la información que ahora manejaban los humanos fue entregada a este, además de unos cuantos libros de ocio para que pudiera estar al día con las nuevas generaciones, le enseñaron los computadores y teléfonos, los cuales domino con la leve dificultad de que estos tendían a fallar cuando la cámara le apuntaba, después de eso repartió el conocimiento de la magia que se había perdido en todo ese tiempo a sus seguidores, una vez completado todo esto, él empezó a moverse por el mundo, y como no, a experimentar con los nuevos juguetes que la humanidad había adquirido en este tiempo. En ese tiempo, Hastur estaba creando caos puro en la gran ciudad, asesinatos que no tenían explicación para los mortales, porque lo que los mataba era una entidad que no tenia cuerpo físico, brotes esporádicos de locura en diferentes sectores de la ciudad que generaban pánico en los ciudadanos y su ultimo experimento, se salió de control, dejando a una fuerte criatura merodeando en otra ciudad a 2 horas de la que se encontraba. Algunos de sus súbditos mostraron preocupación por este ultimo suceso, a lo que el simplemente les dijo que, si las fuerzas militares actuales no podían hacer nada, el intercedería, ya que el experimento fallido se volvió útil para medir la fuerza de destrucción que poseían los humanos. Unas horas después de que este saliera de la cafetería de uno de sus súbditos, la criatura había llegado a la ciudad, donde un enfrentamiento se dio con los militares, quienes lograron abatir a la criatura. Hastur al enterarse de esto fue a donde la criatura murió, encontrándose en primera fila viendo como los militares habían hecho el perímetro y algunos estaban analizando a esa cosa. No le preocupaba que lo revisaran afondo, pues al final la criatura no era nada mas que una quimera de diferentes cuerpos humanos que funcionaba a base de magia. —Que curioso. — Menciono, tomando un sorbo de una malteada de fresa que el súbdito le había dado para enfriar el cuerpo de manera interna. Después de decir esas palabras escucho la voz de alguien que estaba a su lado, aunque no las comprendió porque estaba enfocado en ver como los humanos examinaban el cuerpo sin vida de la criatura. —¿Dijiste algo? — Pregunto moviendo la mirada a donde se encontraba la persona que había hablado, en ese momento se dio cuenta de un detalle, el cuerpo era de baja estatura, pero nada que le limitase, así que no le importo mucho y volvió a tomar otro sorbo de la malteada.
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  • ────Tarde lluviosa con olor a palomitas de maíz. Eso solo puede significar una cosa: el show de magia de Afro está a punto de comenzar. Mientras esos asientos se van llenando y se me va pasando el calambre de la pierna izquierda, les contaré la historia de cómo esta encantadora maga aprendió sus trucos. Siempre he sido una incomprendida. Cuando era más joven, mi cabeza estaba llena de preguntas que los demás consideraban una perdida de tiempo. Y las respuestas que recibía no lograban satisfacer mi curiosidad, algunas me dejaban un nudo de nervios en el estómago y también estaban las que me hacían sentir como una boba por haber preguntado.

    Me molestaba conmigo misma por no poder ser como los demás. ¿Por qué tenía que ser precisamente yo, la hija del tirano del cielo, quién se hiciera esa clase de cuestionamientos? ¿por qué simplemente no podía limitarme a beber una copa de néctar y quedarme quieta, como lo hacían el resto de los habitantes dentro de los muros grises del palacio de Océano?

    Como pude, logré adaptarme a ese lugar lleno de deidades con cabellos trenzados con algas, y moluscos que colgaban de barbas ancianas y túnicas azules. Aprendí a hacer las preguntas y las conversaciones correctas a las deidades correctas. A sonreír en el momento adecuado. A no incomodar demasiado. Desde el primer momento fui una decepción: yo no era lo que todos esperaban de mí. No contaba con la impresionante fuerza de mi progenitor, y en esos días, tampoco parecía que hubiera heredado ningún poder impresionante. No me convertía en bruma, ni en un pez, ni en espuma. No podía manipular las olas, ni el viento, ni hacer crecer las flores a mi paso.

    Todo lo que tenía era este bonito rostro. Así que lo utilice como mi escudo y mi armadura eran mi sonrisa, mi lengua afilada y mi sentido del humor. Suena como una exageración, lo sé, pero era una cuestión de supervivencia. De ello dependía qué tan bien iba a ser mi existencia en ese lugar. A pesar de mis esfuerzos, no pude evitar los comentarios que se hacían sobre mí:

    «¿Porqué tenemos que cuidar de la bastarda del tirano? No tiene sangre del mar, ¿qué hace ella aquí?».

    En otra ocasión, escuché murmurar a alguien en la ala de la Espuma.

    «¿Sabes qué me preguntó el otro día? me preguntó adónde van las deidades al morir. ¿Quién se esta encargado de educarla que le está metiendo semejantes tonterías en la cabeza? Deberías mirar a los otros dos que se escaparon del Señor de la Hoz; la muchacha es extraordinaria con la lanza y el otro tiene fuerza suficiente para hacer temblar montañas. A ellos deberíamos apoyarlos. ¿Y nosotros qué estamos haciendo? Ocultando y alimentando a una diosa que ni siquiera tiene poderes. Cuando la rebelión termine, llegará la repartición de dominios, ¿qué crees que nos quedará a nosotros si se empieza a decirse que nuestra casa se unió hasta el final de la guerra? Escuché que la casa de Nereo ya está negociando una alianza matrimonial. Si seguimos retrasándonos, terminarán pasándonos por encima. Cierto, es la última hija del Padre del Cielo, pero su reinado terminó hace demasiado tiempo. Su linaje ya no tiene el mismo peso que en antaño. No pertenece a nuestra familia; no ganamos ni perdemos nada con ella. Con suerte encontrará con quién unirse y alguien más se encargará de sacarla de aquí».

    Esas palabras vinieron de una deidad de los ríos a quién yo le había contado lo triste que a veces me hacía sentía ser una huérfana, y aquella pregunta sobre la muerte se me escapó en un momento de vulnerabilidad emocional.

    No me quise quedar a seguir escuchando.

    Aunque, si sirve de consuelo, antes de moverme de mi escondite escuché cómo aquel dios comenzaba a ahogarse con un pedazo de cangrejo hervido que se le atoró en la garganta por hablar con la boca abierta. Creo que alguien comenzó a gritar: «¡Alza los brazos! ¡Pégale en la espalda! ¡Así no, idiota!» —Afro hizo una pausa y se llevó un dedo a los labios, intentando recuperar ese momento de sus recuerdos–. Tardó bastante en escupirlo, pero sobrevivió, y eso es lo importante. Supongo. Bueno, en fin...

    Esa experiencia me obligó a endurecerme. Aprendí que no debía entregar mi confianza con tanta facilidad. Me repetí una y otra vez que debía convertirme en una rosa como las que le traían a mi anfitriona: hermosa y radiante por fuera, pero cubierta de espinas bajo los pétalos para cualquiera que intentara marchitarme.

    Mis comentarios se volvieron mordaces. Enterré mi curiosidad debajo de bromas y sonrisas, aunque las preguntas seguían latiendo en mi cabeza como un ruido imposible de ignorar. Recorrí riachuelos y exploré docenas de veces los jardines acuáticos del palacio para matar el aburrimiento, y descubrir, de pura casualidad, si mis poderes finalmente despertarían. No podía salir a la superficie. Si lo hacía, pondría en riesgo la conspiración que ya estaba en marcha para usurpar el trono que una vez perteneció a mi padre.

    Y entonces, un día, me recosté sobre los peldaños que conducían al exterior y una frustración insoportable estalló en más preguntas... y en una gota de agua que se estrelló contra mi nariz.

    ¿Es que eso era todo lo que me esperaba? ¿Pasaría el resto de mi existencia inmortal encerrada en ese palacio? ¿De qué servía la inmortalidad si no podía hacerse nada con ella? ¿Cuándo conocería el mundo de la superficie? ¿Cómo era? Y si moría ¿mi alma por fin sería libre de vagar allá arriba? ¿Las almas podían sentir los rayos del sol? ¿Qué hacían las almas con toda la eternidad?

    Sí, lo sé. Son preguntas muy ruidosas. Pero, como dije, era joven y nadie estaba dispuesto a darme una respuesta que realmente significara algo.

    Me levanté y decidí buscar una forma de salir de allí. Le robaría una capa a alguien o me la jugaría a escapar a hurtadillas si era necesario. Pero iba a subir a la superficie de un modo u otro.

    Hay un defecto mío que suele pasar desapercibido: tengo una imaginación absurdamente activa. En esos días soñaba despierta con poder hacer ilusiones. Hacía gestos con las manos y murmuraba palabras mágicas esperando que un cíclope rosa apareciera enfrente de mí. Nunca ocurría nada.

    Hasta que un día cerré los ojos y me concentré en una planta que estaba frente a mí. Me concentré exactamente en lo que quería que cambiara de ella. La vi con claridad en la oscuridad de mi mente: sus pétalos abriéndose con delicadeza, teñidos de un color azul profundo. Imaginé también su aroma, dulce e inteso, tanto que parecía llegarme realmente a la nariz. El palacio de Océano siempre estaba cubierto de humedad, así que añadí pequeñas gotas de rocío resbalando por los pétalos. Gotas frescas. Podía sentirlas deslizándose por las yemas de mis dedos. Y entonces sentí el agua de verdad. Supuse que alguna gota habría caído del techo. Pero en ese momento ya no importaba. Estaba tan concentrada en la flor que tejía en mi cabeza que había dejado de sentir mi cuerpo y el único sonido que escuchaba era el de mi respiración, lenta y constante. Ni recordaba la mano que había levantado hacia la planta, ni la posición rígida en la que mis dedos habían quedado suspendidos. Pasó un tiempo antes de que el aroma comenzara a molestarme. Entonces abrí los ojos.

    La flor estaba ahí. Exactamente como la imaginé. Y entre mis dedos danzaba un resplandor de color azul atravesado por luces púrpuras –ella sacudió la mano, ese mismo tejido energético, vivo, precioso y ondulante, brilló como una aurora boreal. Sonrió, incluso ahora, el recuerdo seguía emocionándola igual que aquel día–. Esa fue mi primera ilusión y el despertar de mis dones. No era perfecta. A simple vista había detalles que hacían evidente que se trataba de un truco. Uno mal hecho. Pero para mí... eso bastaba.

    No tenía idea de como lo había hecho y en aquel instante sentí la sensación de que era capaz de hacer cualquier cosa. Quería más de ese poder. Quería que mis ilusiones fueran tan realistas que fueran capaces de moldear la realidad a mi gusto. Me obsesioné con perfeccionarlas que me la pasé noches enteras practicando mis ilusiones sin dormir. La cabeza me daba vueltas todos los días, me picaban los ojos, y una vez incluso me desplomé del agotamiento en uno de los pasillos. Era la única manera de hacerlo sin que nadie me descubiera. Porque esas eran mis ilusiones. Era mi poder. Mi llave al exterior, y no iba a permitir que nadie me la arrebatara. Sí... quizá, si les mostraba a los demás lo que podía hacer, finalmente empezarían a tomarme en serio. Pero me había costando trabajo levantarlas como para aceptar que alguien más pudiera decidir hasta dónde era capaz de llegar y cuando usarlas.

    Mejoré y... salí al exterior. Debo admitir que mi truco favorito sigue siendo desaparecer. Es increíblemente útil para adelantarme en la fila de las hamburguesas y convertirme en ser la primera en ordenar. O para escuchar conversaciones que suenan bastante interesantes. Oh, no se molesten en ponerse paranoicos, su privacidad está segura conmigo. Pero si escucho frases como: «Vamos a cerrar el contrato» o «llegó la hora de depositar el aguinaldo», no duden ni un segundo en que ya tengo el ojo puesto en esa dirección. No tengo palabras para describir... lo maravillada que me sentí cuando los rayos del sol tocaron mi piel. Ni el aroma del pasto. Ni la sensación de correr entre las raíces cubiertas de musgo verde bajo los árboles del bosque. Ni lo hermoso que resultó el canto de las aves. Atravesé praderas enteras envuelta en mis ilusiones; para los ojos ajenos, yo simplemente no estaba allí. Crucé ríos, me resbalé con las piedras húmedas y terminé golpeándome contra una roca. Me dolió horrible, pero aquel dolor sabía a libertad. Recuerdo que me eché a reír. Mientras me limpiaba el barro de las piernas, una ranita apareció entre los juncos y se acercó dando saltitos. Le dije:

    «¿No te parece que todo esto es hermoso? Los árboles, el sol, el viento, el agua, la vida. Me pregunto cuántas cosas habrás visto aquí arriba. Cuántos amaneceres conocerás tú y yo me habré perdido haya abajo». La rana respondió lanzando la lengua contra un mosquito que pasaba zumbando. Sonreí y le respondí: «Bueno, supongo que eso es un sí. ¿Sabes? Si existiera una manera de conocer todas las imágenes que guarda esa cabecita verde, sería maravilloso. Podría conocer el mundo entero a través de tus ojos. Todo lo que tú has visto y yo todavía no».

    Y así comenzó el descubrimiento de mi segunda habilidad. Pero eso ya es una historia para otra ocasión. Para la función de esta noche traje conmigo a la ranita del río –Afro extendió ambas manos con las palmas hacia arriba. La rana emergió dando un pequeño salto desde su mano derecha hacia la izquierda y luego se sumergió en su piel como si hubiera atravesado la superficie de un estanque invisible. Ondas azuladas y púrpuras recorrieron sus palmas durante un instante antes de desaparecer–. Así que díganme, ¿están listos para el espectáculo de magia?
    ────Tarde lluviosa con olor a palomitas de maíz. Eso solo puede significar una cosa: el show de magia de Afro está a punto de comenzar. Mientras esos asientos se van llenando y se me va pasando el calambre de la pierna izquierda, les contaré la historia de cómo esta encantadora maga aprendió sus trucos. Siempre he sido una incomprendida. Cuando era más joven, mi cabeza estaba llena de preguntas que los demás consideraban una perdida de tiempo. Y las respuestas que recibía no lograban satisfacer mi curiosidad, algunas me dejaban un nudo de nervios en el estómago y también estaban las que me hacían sentir como una boba por haber preguntado. Me molestaba conmigo misma por no poder ser como los demás. ¿Por qué tenía que ser precisamente yo, la hija del tirano del cielo, quién se hiciera esa clase de cuestionamientos? ¿por qué simplemente no podía limitarme a beber una copa de néctar y quedarme quieta, como lo hacían el resto de los habitantes dentro de los muros grises del palacio de Océano? Como pude, logré adaptarme a ese lugar lleno de deidades con cabellos trenzados con algas, y moluscos que colgaban de barbas ancianas y túnicas azules. Aprendí a hacer las preguntas y las conversaciones correctas a las deidades correctas. A sonreír en el momento adecuado. A no incomodar demasiado. Desde el primer momento fui una decepción: yo no era lo que todos esperaban de mí. No contaba con la impresionante fuerza de mi progenitor, y en esos días, tampoco parecía que hubiera heredado ningún poder impresionante. No me convertía en bruma, ni en un pez, ni en espuma. No podía manipular las olas, ni el viento, ni hacer crecer las flores a mi paso. Todo lo que tenía era este bonito rostro. Así que lo utilice como mi escudo y mi armadura eran mi sonrisa, mi lengua afilada y mi sentido del humor. Suena como una exageración, lo sé, pero era una cuestión de supervivencia. De ello dependía qué tan bien iba a ser mi existencia en ese lugar. A pesar de mis esfuerzos, no pude evitar los comentarios que se hacían sobre mí: «¿Porqué tenemos que cuidar de la bastarda del tirano? No tiene sangre del mar, ¿qué hace ella aquí?». En otra ocasión, escuché murmurar a alguien en la ala de la Espuma. «¿Sabes qué me preguntó el otro día? me preguntó adónde van las deidades al morir. ¿Quién se esta encargado de educarla que le está metiendo semejantes tonterías en la cabeza? Deberías mirar a los otros dos que se escaparon del Señor de la Hoz; la muchacha es extraordinaria con la lanza y el otro tiene fuerza suficiente para hacer temblar montañas. A ellos deberíamos apoyarlos. ¿Y nosotros qué estamos haciendo? Ocultando y alimentando a una diosa que ni siquiera tiene poderes. Cuando la rebelión termine, llegará la repartición de dominios, ¿qué crees que nos quedará a nosotros si se empieza a decirse que nuestra casa se unió hasta el final de la guerra? Escuché que la casa de Nereo ya está negociando una alianza matrimonial. Si seguimos retrasándonos, terminarán pasándonos por encima. Cierto, es la última hija del Padre del Cielo, pero su reinado terminó hace demasiado tiempo. Su linaje ya no tiene el mismo peso que en antaño. No pertenece a nuestra familia; no ganamos ni perdemos nada con ella. Con suerte encontrará con quién unirse y alguien más se encargará de sacarla de aquí». Esas palabras vinieron de una deidad de los ríos a quién yo le había contado lo triste que a veces me hacía sentía ser una huérfana, y aquella pregunta sobre la muerte se me escapó en un momento de vulnerabilidad emocional. No me quise quedar a seguir escuchando. Aunque, si sirve de consuelo, antes de moverme de mi escondite escuché cómo aquel dios comenzaba a ahogarse con un pedazo de cangrejo hervido que se le atoró en la garganta por hablar con la boca abierta. Creo que alguien comenzó a gritar: «¡Alza los brazos! ¡Pégale en la espalda! ¡Así no, idiota!» —Afro hizo una pausa y se llevó un dedo a los labios, intentando recuperar ese momento de sus recuerdos–. Tardó bastante en escupirlo, pero sobrevivió, y eso es lo importante. Supongo. Bueno, en fin... Esa experiencia me obligó a endurecerme. Aprendí que no debía entregar mi confianza con tanta facilidad. Me repetí una y otra vez que debía convertirme en una rosa como las que le traían a mi anfitriona: hermosa y radiante por fuera, pero cubierta de espinas bajo los pétalos para cualquiera que intentara marchitarme. Mis comentarios se volvieron mordaces. Enterré mi curiosidad debajo de bromas y sonrisas, aunque las preguntas seguían latiendo en mi cabeza como un ruido imposible de ignorar. Recorrí riachuelos y exploré docenas de veces los jardines acuáticos del palacio para matar el aburrimiento, y descubrir, de pura casualidad, si mis poderes finalmente despertarían. No podía salir a la superficie. Si lo hacía, pondría en riesgo la conspiración que ya estaba en marcha para usurpar el trono que una vez perteneció a mi padre. Y entonces, un día, me recosté sobre los peldaños que conducían al exterior y una frustración insoportable estalló en más preguntas... y en una gota de agua que se estrelló contra mi nariz. ¿Es que eso era todo lo que me esperaba? ¿Pasaría el resto de mi existencia inmortal encerrada en ese palacio? ¿De qué servía la inmortalidad si no podía hacerse nada con ella? ¿Cuándo conocería el mundo de la superficie? ¿Cómo era? Y si moría ¿mi alma por fin sería libre de vagar allá arriba? ¿Las almas podían sentir los rayos del sol? ¿Qué hacían las almas con toda la eternidad? Sí, lo sé. Son preguntas muy ruidosas. Pero, como dije, era joven y nadie estaba dispuesto a darme una respuesta que realmente significara algo. Me levanté y decidí buscar una forma de salir de allí. Le robaría una capa a alguien o me la jugaría a escapar a hurtadillas si era necesario. Pero iba a subir a la superficie de un modo u otro. Hay un defecto mío que suele pasar desapercibido: tengo una imaginación absurdamente activa. En esos días soñaba despierta con poder hacer ilusiones. Hacía gestos con las manos y murmuraba palabras mágicas esperando que un cíclope rosa apareciera enfrente de mí. Nunca ocurría nada. Hasta que un día cerré los ojos y me concentré en una planta que estaba frente a mí. Me concentré exactamente en lo que quería que cambiara de ella. La vi con claridad en la oscuridad de mi mente: sus pétalos abriéndose con delicadeza, teñidos de un color azul profundo. Imaginé también su aroma, dulce e inteso, tanto que parecía llegarme realmente a la nariz. El palacio de Océano siempre estaba cubierto de humedad, así que añadí pequeñas gotas de rocío resbalando por los pétalos. Gotas frescas. Podía sentirlas deslizándose por las yemas de mis dedos. Y entonces sentí el agua de verdad. Supuse que alguna gota habría caído del techo. Pero en ese momento ya no importaba. Estaba tan concentrada en la flor que tejía en mi cabeza que había dejado de sentir mi cuerpo y el único sonido que escuchaba era el de mi respiración, lenta y constante. Ni recordaba la mano que había levantado hacia la planta, ni la posición rígida en la que mis dedos habían quedado suspendidos. Pasó un tiempo antes de que el aroma comenzara a molestarme. Entonces abrí los ojos. La flor estaba ahí. Exactamente como la imaginé. Y entre mis dedos danzaba un resplandor de color azul atravesado por luces púrpuras –ella sacudió la mano, ese mismo tejido energético, vivo, precioso y ondulante, brilló como una aurora boreal. Sonrió, incluso ahora, el recuerdo seguía emocionándola igual que aquel día–. Esa fue mi primera ilusión y el despertar de mis dones. No era perfecta. A simple vista había detalles que hacían evidente que se trataba de un truco. Uno mal hecho. Pero para mí... eso bastaba. No tenía idea de como lo había hecho y en aquel instante sentí la sensación de que era capaz de hacer cualquier cosa. Quería más de ese poder. Quería que mis ilusiones fueran tan realistas que fueran capaces de moldear la realidad a mi gusto. Me obsesioné con perfeccionarlas que me la pasé noches enteras practicando mis ilusiones sin dormir. La cabeza me daba vueltas todos los días, me picaban los ojos, y una vez incluso me desplomé del agotamiento en uno de los pasillos. Era la única manera de hacerlo sin que nadie me descubiera. Porque esas eran mis ilusiones. Era mi poder. Mi llave al exterior, y no iba a permitir que nadie me la arrebatara. Sí... quizá, si les mostraba a los demás lo que podía hacer, finalmente empezarían a tomarme en serio. Pero me había costando trabajo levantarlas como para aceptar que alguien más pudiera decidir hasta dónde era capaz de llegar y cuando usarlas. Mejoré y... salí al exterior. Debo admitir que mi truco favorito sigue siendo desaparecer. Es increíblemente útil para adelantarme en la fila de las hamburguesas y convertirme en ser la primera en ordenar. O para escuchar conversaciones que suenan bastante interesantes. Oh, no se molesten en ponerse paranoicos, su privacidad está segura conmigo. Pero si escucho frases como: «Vamos a cerrar el contrato» o «llegó la hora de depositar el aguinaldo», no duden ni un segundo en que ya tengo el ojo puesto en esa dirección. No tengo palabras para describir... lo maravillada que me sentí cuando los rayos del sol tocaron mi piel. Ni el aroma del pasto. Ni la sensación de correr entre las raíces cubiertas de musgo verde bajo los árboles del bosque. Ni lo hermoso que resultó el canto de las aves. Atravesé praderas enteras envuelta en mis ilusiones; para los ojos ajenos, yo simplemente no estaba allí. Crucé ríos, me resbalé con las piedras húmedas y terminé golpeándome contra una roca. Me dolió horrible, pero aquel dolor sabía a libertad. Recuerdo que me eché a reír. Mientras me limpiaba el barro de las piernas, una ranita apareció entre los juncos y se acercó dando saltitos. Le dije: «¿No te parece que todo esto es hermoso? Los árboles, el sol, el viento, el agua, la vida. Me pregunto cuántas cosas habrás visto aquí arriba. Cuántos amaneceres conocerás tú y yo me habré perdido haya abajo». La rana respondió lanzando la lengua contra un mosquito que pasaba zumbando. Sonreí y le respondí: «Bueno, supongo que eso es un sí. ¿Sabes? Si existiera una manera de conocer todas las imágenes que guarda esa cabecita verde, sería maravilloso. Podría conocer el mundo entero a través de tus ojos. Todo lo que tú has visto y yo todavía no». Y así comenzó el descubrimiento de mi segunda habilidad. Pero eso ya es una historia para otra ocasión. Para la función de esta noche traje conmigo a la ranita del río –Afro extendió ambas manos con las palmas hacia arriba. La rana emergió dando un pequeño salto desde su mano derecha hacia la izquierda y luego se sumergió en su piel como si hubiera atravesado la superficie de un estanque invisible. Ondas azuladas y púrpuras recorrieron sus palmas durante un instante antes de desaparecer–. Así que díganme, ¿están listos para el espectáculo de magia?
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  • ❝Tenemos un trato❞
    Fandom The Originals || OC
    Categoría Fantasía
    La lluvia golpeaba el parabrisas con insistencia mientras el limpiaparabrisas arrastraba el agua de un lado a otro en un movimiento casi hipnótico. Rue llevaba demasiadas horas en carretera. Café frío. Gasolineras perdidas. El mapa lleno de marcas y nombres tachados. Y, aun asi, aquella pista era la primera real en semanas: Jebediah Voss había vuelto. Solo pensar en aquel nombre le revolvía algo oscuro en el pecho y le provocaba náuseas. Porque recordaba perfectamente la noche en la que le clavó una estaca en el corazón la primera vez. Recordaba la sangre. La sonrisa enferma de aquel vampiro incluso mientras moría. Recordaba el cuerpo de Logan tirado sobre el suelo del salón de su propia casa.

    Todavia seguía soñando con ello.

    Y ahora alguien estaba trayendo monstruos de vuelta de entre los muertos. Vampiros. Hombres lobo. Brujas. Criaturas que deberían haberse quedado pudriéndose bajo tierra. Todos con la misma marca grabada en la piel. Como ganado marcado antes del sacrificio. La última pista la habia llevado hasta un pueblo perdido entre montañas y bosque. No muy diferente al pueblo donde se habría criado: Uno de esos lugares donde las calles quedan vacías demasiado pronto y donde la gente evita mirar a los desconocidos demasiado tiempo. Un lugar donde nunca pasaba nada…

    >> Llevaba en ese pueblo apenas unas horas y ya habia encontrado suficiente sangre como para saber que Jebediah estaba cerca. Muy cerca. El problema fue darse cuenta demasiado tarde de que él también la había encontrado a ella.

    Rue avanzaba entre los árboles con la estaba de madera bien aferrada a su mano derecha y la linterna temblando ligeramente entre sus dedos. El bosque estaba demasiado silencioso. Sin grillos, ni viento, ni animales. Mala señal. Una rama crujió detrás de ella a pesar de la maleza húmeda por la lluvia.

    La mujer reaccionó rápido, girándose con la estaca ya en mano, pero no fue suficientemente rápida. Jebediah apareció de entre un par de árboles como una sombra siniestra, estampándola contra el tronco de un árbol con una fuerza brutal. El golpe le arrancó el aire de los pulmones.

    -Oh…. -dijo Jebediah en un tétrico arrullo- Cuanto te he echado de menos, Rue -la voz del vampiro sonó pegada a su oído, suave, enfermiza- Aunque debo admitir que esperaba que el duelo te hubiese envejecido peor.

    Rue forcejeó, intentando mover la mano que sostenía la estaca, a pesar de que él le sujetaba la muñeca con fuerza sobrenatural.

    -Debería haberte arrancado la cabeza aquella noche -escupió ella entre dientes.

    Jebediah sonrió. Y aquella sonrisa, a pesar de la lluvia que empapaba el rostro del vampiro seguía siendo exactamente igual que años atrás.

    -Y aun así aquí me tienes. Una estupenda segunda oportunidad… Para mí… Por fin sabré a qué sabe tu sangre…


    Ansel
    La lluvia golpeaba el parabrisas con insistencia mientras el limpiaparabrisas arrastraba el agua de un lado a otro en un movimiento casi hipnótico. Rue llevaba demasiadas horas en carretera. Café frío. Gasolineras perdidas. El mapa lleno de marcas y nombres tachados. Y, aun asi, aquella pista era la primera real en semanas: Jebediah Voss había vuelto. Solo pensar en aquel nombre le revolvía algo oscuro en el pecho y le provocaba náuseas. Porque recordaba perfectamente la noche en la que le clavó una estaca en el corazón la primera vez. Recordaba la sangre. La sonrisa enferma de aquel vampiro incluso mientras moría. Recordaba el cuerpo de Logan tirado sobre el suelo del salón de su propia casa. Todavia seguía soñando con ello. Y ahora alguien estaba trayendo monstruos de vuelta de entre los muertos. Vampiros. Hombres lobo. Brujas. Criaturas que deberían haberse quedado pudriéndose bajo tierra. Todos con la misma marca grabada en la piel. Como ganado marcado antes del sacrificio. La última pista la habia llevado hasta un pueblo perdido entre montañas y bosque. No muy diferente al pueblo donde se habría criado: Uno de esos lugares donde las calles quedan vacías demasiado pronto y donde la gente evita mirar a los desconocidos demasiado tiempo. Un lugar donde nunca pasaba nada… >> Llevaba en ese pueblo apenas unas horas y ya habia encontrado suficiente sangre como para saber que Jebediah estaba cerca. Muy cerca. El problema fue darse cuenta demasiado tarde de que él también la había encontrado a ella. Rue avanzaba entre los árboles con la estaba de madera bien aferrada a su mano derecha y la linterna temblando ligeramente entre sus dedos. El bosque estaba demasiado silencioso. Sin grillos, ni viento, ni animales. Mala señal. Una rama crujió detrás de ella a pesar de la maleza húmeda por la lluvia. La mujer reaccionó rápido, girándose con la estaca ya en mano, pero no fue suficientemente rápida. Jebediah apareció de entre un par de árboles como una sombra siniestra, estampándola contra el tronco de un árbol con una fuerza brutal. El golpe le arrancó el aire de los pulmones. -Oh…. -dijo Jebediah en un tétrico arrullo- Cuanto te he echado de menos, Rue -la voz del vampiro sonó pegada a su oído, suave, enfermiza- Aunque debo admitir que esperaba que el duelo te hubiese envejecido peor. Rue forcejeó, intentando mover la mano que sostenía la estaca, a pesar de que él le sujetaba la muñeca con fuerza sobrenatural. -Debería haberte arrancado la cabeza aquella noche -escupió ella entre dientes. Jebediah sonrió. Y aquella sonrisa, a pesar de la lluvia que empapaba el rostro del vampiro seguía siendo exactamente igual que años atrás. -Y aun así aquí me tienes. Una estupenda segunda oportunidad… Para mí… Por fin sabré a qué sabe tu sangre… [THEFIRST.ALPHA]
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  • Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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    Akane llevaba semanas sintiéndose agotada. Dormía, pero nunca descansaba realmente. El cansancio seguía acumulándose dentro de ella hasta que una noche apenas logró llegar a su habitación antes de caer sobre la cama todavía vestida. Pensó que cerraría los ojos solo un momento.

    Cuando despertó, la habitación estaba oscura. Se incorporó lentamente sintiendo el cuerpo extraño. La ropa le quedaba floja. Confundida, miró sus manos cubiertas por las mangas del vestido y una sensación incómoda le recorrió el pecho.

    Era más pequeña, Akane se levantó rápido y caminó hasta el espejo. El vestido rojo colgaba sobre su cuerpo como si perteneciera a alguien más. Pero al ver su reflejo, se quedó inmóvil.

    Su estatura había desaparecido, ya no superaba los 2 metros. La figura alta y elegante de su forma Elunia ya no estaba. Frente al espejo había una versión más humana y joven de sí misma. Entonces vio lo peor, su cabello era negro.

    Akane levantó lentamente una mano hacia su cabeza mientras observaba el reflejo en silencio. El plateado había desaparecido por completo, como si nunca hubiera existido. Durante siglos aquella apariencia había sido parte de ella, la prueba de la vida que vivió bajo el cielo de dos lunas.

    Y ahora estaba desapareciendo, Akane bajó lentamente la mirada mientras apretaba la tela sobrante del vestido entre sus dedos. Por primera vez sintió miedo de verdad. No porque hubiera perdido poder, sino porque comenzaba a sentir que el otro mundo también la estaba olvidando.
    Akane llevaba semanas sintiéndose agotada. Dormía, pero nunca descansaba realmente. El cansancio seguía acumulándose dentro de ella hasta que una noche apenas logró llegar a su habitación antes de caer sobre la cama todavía vestida. Pensó que cerraría los ojos solo un momento. Cuando despertó, la habitación estaba oscura. Se incorporó lentamente sintiendo el cuerpo extraño. La ropa le quedaba floja. Confundida, miró sus manos cubiertas por las mangas del vestido y una sensación incómoda le recorrió el pecho. Era más pequeña, Akane se levantó rápido y caminó hasta el espejo. El vestido rojo colgaba sobre su cuerpo como si perteneciera a alguien más. Pero al ver su reflejo, se quedó inmóvil. Su estatura había desaparecido, ya no superaba los 2 metros. La figura alta y elegante de su forma Elunia ya no estaba. Frente al espejo había una versión más humana y joven de sí misma. Entonces vio lo peor, su cabello era negro. Akane levantó lentamente una mano hacia su cabeza mientras observaba el reflejo en silencio. El plateado había desaparecido por completo, como si nunca hubiera existido. Durante siglos aquella apariencia había sido parte de ella, la prueba de la vida que vivió bajo el cielo de dos lunas. Y ahora estaba desapareciendo, Akane bajó lentamente la mirada mientras apretaba la tela sobrante del vestido entre sus dedos. Por primera vez sintió miedo de verdad. No porque hubiera perdido poder, sino porque comenzaba a sentir que el otro mundo también la estaba olvidando.
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  • No me gusta ser imprudente, pero mi curiosidad.. bueno, mi confusión, no ese pj ah tenido más bodas, parejas o ambos... más del doble qué yo en mi tiempo sobre este mundo? O erróneo?

    +El Pelinegro se queda perdido en la inmensidad del espacio tiempo, se le reinicia el Windows, y aun así sigue ahi+
    No me gusta ser imprudente, pero mi curiosidad.. bueno, mi confusión, no ese pj ah tenido más bodas, parejas o ambos... más del doble qué yo en mi tiempo sobre este mundo? O erróneo? +El Pelinegro se queda perdido en la inmensidad del espacio tiempo, se le reinicia el Windows, y aun así sigue ahi+
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  • ────Me quedaré un rato más aquí. No será por mucho tiempo, volveré pronto a descansar, lo prometo. Es solo que... bueno, he vuelto a tener ese mismo sueño... a volver a ese instante. Cuando el filo de esa lanza apuntó hacia mí y no pude hacer nada para detenerla. Mi vida y mi magia se escapaban de mis manos, mientras yo luchaba, arrastrándome entre los escombros, intentando evitar la pesadilla que hasta el día de hoy sigue atormentándome –comenzó a decir con la voz pastosa. Apoyó las rodillas contra ella y las abrazó. El viento era frío, a pesar del clima caluroso de aquellos días. Había sido otra de esas noches de insomnio en las que Afro había vuelto a tener el mismo sueño en donde recordaba lo que ocurrió hace tanto tiempo en una ciudad de la que solo quedaba su recuerdo en las leyendas–. Aquellas dos fuerzas sombrías que se habían vuelto parte de mis seres queridos se agitaban desde un lugar lejano. La conexión con ese mundo comenzaba a cerrararse, y mientras ellos rasgaban el velo entre la esfera psíquica y la material, no dejaban de repetirme la misma cosa:

    «Úsanos. Úsanos».

    Ellos sabían lo que estaba ocurriendo. En cuanto yo dejara de moverme, no podrían hacer nada para ayudarme. Yo sabía que habrían consecuencias si mezclaba el poder que en ese instante latía débilmente por mis venas con el suyo. El riesgo de que yo no fuera capaz de soportarlo en el estado en que me encontraba era demasiado alto. No me importó lo que le pasaría a mi carne ni a mis huesos. Los canalicé. Usé su fuerza.

    Pero cuando lo hice, ya era demasiado tarde. El horror se desplegó ante mí. Grité. Caí de rodillas sin poder contener mi magia. Explotó en ráfagas rojas y oscuras que arrasaron con todo a su paso –apretó brevemente los párpados, la imagen revivió nítida en la penumbra. Las ráfagas de energía parecían fuego líquido que devoró ruinas, casas, hicieron temblar los muros altos que rodeaban la ciudad y consumieron al dueño de la lanza. Los cielos tronaron. La tormenta había llegado –. Fue mi dolor el que abrió una grieta en todas las esferas de la realidad y permitió lo imposible: llamé a alguien a quién nunca debí conocer.

    A veces me pregunto, ¿qué habría ocurrido si yo hubiera hecho las cosas de otra forma? ¿Dónde estaría exactamente ahora? «Él» me dijo que tuve las oportunidades de apartarme de este camino. Me ofreció muchas salidas en el momento exacto, pero con cada elección que hice no hacía más que acercarme más a él. Abrazarlo.

    Le supliqué que me devolviera a la persona que perdí. Pero me dijo que no podía hacerlo. Entonces levanté la mirada y le pedí exactamente lo que mi corazón quería: venganza. Había perdido mi hogar, a mi gente. Me iba a vengar.

    En el sueño, «Él» me observa con la misma curiosidad que aquella vez y me pregunta como planeo conseguirlo. Mi respuesta salió clara a pesar de las lágrimas. A «Él» las aflicciones por las que pasamos la mayoría de los seres sintientes le es indiferente. La moral, lo que es justo o lo que no, nada de eso le interesa. Simplemente «Él» existe, es esencia pura y cruda. Él me tuvo en la mira desde mucho antes. Todo ese tiempo estuvo esperando a que yo le abriera la puerta. Lo había llamado, me ayudaría y, a cambio, yo tenía que darle algo.

    Pero ¿Qué podía ofrecerle a un ser infinitamente más poderoso que yo?

    Pensé en los de mi especie, en las cosas que los complacían y en todas sus ofrendas quemadas sobre los altares de piedra. En los héroes y sus hazañas. Busqué en las conversaciones de los banquetes donde nunca faltaba quién presumiera de los castigos que había impuesto para hacer una muestra de su poder. En su momento, aquellas historias me habrían parecido auténticas maravillas que me sentía incapaz de replicar. Pero en ese instante me parecieron tan triviales e insignificantes. No encontré nada verdaderamente valioso, hasta que la respuesta más sencilla, pero que involucraba una entrega real por mi parte llegó a mi mente. Había algo que a ningún dios se le había dado antes.

    Me convertiría en su artífice. En la que traería sus regalos a este mundo. De la misma forma en que un devoto entrega objetos preciosos traidos de las olas para las deidades del mar como representación de su dominio en las ofrendas que quema, yo haría lo mismo para él. Ya lo he dicho, «Él» es quién es. Su existencia es esencia pura y cruda, no podía evitar el anhelo de lo que pertenece a su existencia, así que yo se lo daría. Vida. Cambio.

    Eso lo complació y me hizo una advertencia. Le respondí que estaba dispuesta a pagar el precio. Entonces me dijo:

    «Nuestra voluntad es la misma. Mis tormentas te pertenecen. Levántate como mi musa».

    Y... aquí estoy. Me gustaría dejar de tener ese sueño. Últimamente ocurre con menos frecuencia que antes. A veces sueño con cosas más agradables y regreso a los días en lo que era feliz junto a mi hijo y Anquises. Eulalia, Kyros y Temiste también aparecen. Incluso Ofelia. Me gusta imaginar que ella era la tía lejana que siempre llegaba con ese pescado garum que le quedaba tan bien.
    ────Me quedaré un rato más aquí. No será por mucho tiempo, volveré pronto a descansar, lo prometo. Es solo que... bueno, he vuelto a tener ese mismo sueño... a volver a ese instante. Cuando el filo de esa lanza apuntó hacia mí y no pude hacer nada para detenerla. Mi vida y mi magia se escapaban de mis manos, mientras yo luchaba, arrastrándome entre los escombros, intentando evitar la pesadilla que hasta el día de hoy sigue atormentándome –comenzó a decir con la voz pastosa. Apoyó las rodillas contra ella y las abrazó. El viento era frío, a pesar del clima caluroso de aquellos días. Había sido otra de esas noches de insomnio en las que Afro había vuelto a tener el mismo sueño en donde recordaba lo que ocurrió hace tanto tiempo en una ciudad de la que solo quedaba su recuerdo en las leyendas–. Aquellas dos fuerzas sombrías que se habían vuelto parte de mis seres queridos se agitaban desde un lugar lejano. La conexión con ese mundo comenzaba a cerrararse, y mientras ellos rasgaban el velo entre la esfera psíquica y la material, no dejaban de repetirme la misma cosa: «Úsanos. Úsanos». Ellos sabían lo que estaba ocurriendo. En cuanto yo dejara de moverme, no podrían hacer nada para ayudarme. Yo sabía que habrían consecuencias si mezclaba el poder que en ese instante latía débilmente por mis venas con el suyo. El riesgo de que yo no fuera capaz de soportarlo en el estado en que me encontraba era demasiado alto. No me importó lo que le pasaría a mi carne ni a mis huesos. Los canalicé. Usé su fuerza. Pero cuando lo hice, ya era demasiado tarde. El horror se desplegó ante mí. Grité. Caí de rodillas sin poder contener mi magia. Explotó en ráfagas rojas y oscuras que arrasaron con todo a su paso –apretó brevemente los párpados, la imagen revivió nítida en la penumbra. Las ráfagas de energía parecían fuego líquido que devoró ruinas, casas, hicieron temblar los muros altos que rodeaban la ciudad y consumieron al dueño de la lanza. Los cielos tronaron. La tormenta había llegado –. Fue mi dolor el que abrió una grieta en todas las esferas de la realidad y permitió lo imposible: llamé a alguien a quién nunca debí conocer. A veces me pregunto, ¿qué habría ocurrido si yo hubiera hecho las cosas de otra forma? ¿Dónde estaría exactamente ahora? «Él» me dijo que tuve las oportunidades de apartarme de este camino. Me ofreció muchas salidas en el momento exacto, pero con cada elección que hice no hacía más que acercarme más a él. Abrazarlo. Le supliqué que me devolviera a la persona que perdí. Pero me dijo que no podía hacerlo. Entonces levanté la mirada y le pedí exactamente lo que mi corazón quería: venganza. Había perdido mi hogar, a mi gente. Me iba a vengar. En el sueño, «Él» me observa con la misma curiosidad que aquella vez y me pregunta como planeo conseguirlo. Mi respuesta salió clara a pesar de las lágrimas. A «Él» las aflicciones por las que pasamos la mayoría de los seres sintientes le es indiferente. La moral, lo que es justo o lo que no, nada de eso le interesa. Simplemente «Él» existe, es esencia pura y cruda. Él me tuvo en la mira desde mucho antes. Todo ese tiempo estuvo esperando a que yo le abriera la puerta. Lo había llamado, me ayudaría y, a cambio, yo tenía que darle algo. Pero ¿Qué podía ofrecerle a un ser infinitamente más poderoso que yo? Pensé en los de mi especie, en las cosas que los complacían y en todas sus ofrendas quemadas sobre los altares de piedra. En los héroes y sus hazañas. Busqué en las conversaciones de los banquetes donde nunca faltaba quién presumiera de los castigos que había impuesto para hacer una muestra de su poder. En su momento, aquellas historias me habrían parecido auténticas maravillas que me sentía incapaz de replicar. Pero en ese instante me parecieron tan triviales e insignificantes. No encontré nada verdaderamente valioso, hasta que la respuesta más sencilla, pero que involucraba una entrega real por mi parte llegó a mi mente. Había algo que a ningún dios se le había dado antes. Me convertiría en su artífice. En la que traería sus regalos a este mundo. De la misma forma en que un devoto entrega objetos preciosos traidos de las olas para las deidades del mar como representación de su dominio en las ofrendas que quema, yo haría lo mismo para él. Ya lo he dicho, «Él» es quién es. Su existencia es esencia pura y cruda, no podía evitar el anhelo de lo que pertenece a su existencia, así que yo se lo daría. Vida. Cambio. Eso lo complació y me hizo una advertencia. Le respondí que estaba dispuesta a pagar el precio. Entonces me dijo: «Nuestra voluntad es la misma. Mis tormentas te pertenecen. Levántate como mi musa». Y... aquí estoy. Me gustaría dejar de tener ese sueño. Últimamente ocurre con menos frecuencia que antes. A veces sueño con cosas más agradables y regreso a los días en lo que era feliz junto a mi hijo y Anquises. Eulalia, Kyros y Temiste también aparecen. Incluso Ofelia. Me gusta imaginar que ella era la tía lejana que siempre llegaba con ese pescado garum que le quedaba tan bien.
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    ╔═══════════════ ✦ ✦ ═══════════════╗

    Feliz Día de las Madres

    Hoy recordamos con cariño, admiración y respeto a
    Armitaela Black

    Aunque ya no esté entre nosotros, su esencia sigue viva en cada recuerdo, en cada enseñanza y en la huella que dejó en quienes tuvieron la fortuna de conocer su grandeza.

    Armitaela Black no fue solo una reina del Linaje de la Luna Azul…
    fue una mujer fuerte, elegante y admirable, capaz de transmitir seguridad incluso en los momentos más oscuros.

    Su presencia imponía respeto, pero también brindaba calma y protección.
    Como la luna iluminando la noche, ella siempre encontraba la forma de guiar a los demás aun cuando todo parecía perdido.

    Hoy su ausencia duele…
    porque personas como ella jamás se olvidan.

    Pero aunque físicamente ya no esté aquí, su legado continúa brillando con la misma intensidad que antes.

    Vive en los recuerdos
    Vive en el cariño de quienes la amaron
    Vive en cada momento donde su nombre sigue siendo pronunciado con orgullo

    “Las verdaderas reinas nunca desaparecen…
    se convierten en eternidad.”

    Feliz Día de las Madres hasta donde quiera que estés, Armitaela Black.
    Que la Luna Azul siga iluminando tu camino y que tu memoria jamás deje de brillar en nuestros corazones.

    ╚═══════════════ ✦ ✦ ═══════════════╝
    ╔═══════════════ ✦ 💙 ✦ ═══════════════╗ 🌙 Feliz Día de las Madres 🌙 Hoy recordamos con cariño, admiración y respeto a Armitaela Black 👑💙 Aunque ya no esté entre nosotros, su esencia sigue viva en cada recuerdo, en cada enseñanza y en la huella que dejó en quienes tuvieron la fortuna de conocer su grandeza. ✨ Armitaela Black no fue solo una reina del Linaje de la Luna Azul… fue una mujer fuerte, elegante y admirable, capaz de transmitir seguridad incluso en los momentos más oscuros. 🌌 Su presencia imponía respeto, pero también brindaba calma y protección. Como la luna iluminando la noche, ella siempre encontraba la forma de guiar a los demás aun cuando todo parecía perdido. 💙🌙 Hoy su ausencia duele… porque personas como ella jamás se olvidan. Pero aunque físicamente ya no esté aquí, su legado continúa brillando con la misma intensidad que antes. 👑✨ 💠 Vive en los recuerdos 💠 Vive en el cariño de quienes la amaron 💠 Vive en cada momento donde su nombre sigue siendo pronunciado con orgullo “Las verdaderas reinas nunca desaparecen… se convierten en eternidad.” 💙 Feliz Día de las Madres hasta donde quiera que estés, Armitaela Black. Que la Luna Azul siga iluminando tu camino y que tu memoria jamás deje de brillar en nuestros corazones. 🌙👑✨ ╚═══════════════ ✦ 💙 ✦ ═══════════════╝
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  • Todo comenzó con una mirada perdida.

    La ciudad estaba envuelta en esa niebla espesa que a veces parece no querer irse nunca, como si Morvain misma respirara tristeza. Las luces de los postes apenas lograban abrirse paso entre la lluvia. Las gotas caían con rabia, golpeando el pavimento como si quisieran despertar a quienes aún caminaban dormidos por la vida.


    Morvain. Un nombre que resuena como un susurro entre las montañas, una ciudad encajada en los brazos de los Andes, donde el aire es tan delgado como las mentiras que sus habitantes susurran al oído. Para los de afuera, un sueño pintado de mercados coloridos y cielos que rozan las nubes. Para los de adentro, una jaula de ladrillos y tradiciones, donde el invierno congela las sonrisas y el verano las derrite hasta convertirlas en algo irreconocible.

    Fue aquí, entre calles empinadas y miradas que esquivan la luz, donde ellos se encontraron. Dos extraños cuyos pasos fueron dibujados por el mismo destino oscuro.


    Dicen que los dos caminaban por la misma calle sin saberlo, a pocos pasos de distancia, respirando el mismo aire helado, compartiendo la misma sensación de estar perdidos, aunque no se miraran… todavía.

    Jhosh, caminaba con la cabeza baja, con los hombros vencidos por el peso de algo que aún no se atrevía a nombrar. Iba rumbo a ese lugar al que llamaba “hogar”, aunque en el fondo sabía que no lo era. Era solo un espacio habitado por voces que no entendía, que juzgaban sin preguntar. Caminaba lento, sin apuro, como si no quisieras llegar. Como si cualquier otro lugar fuera mejor que ese.

    Mientras tanto, Khrist, reía. Caminando con sus amigas entre bromas y chismes, envuelto en esa ligereza que a veces usan los que también cargan lo suyo pero no lo muestran. Su risa se confundía con la lluvia, y su mirada, aunque viva, se perdía de tanto en tanto entre los rostros de los demás. Y entonces ocurrió.

    Un cruce de caminos. Un cruce de miradas.

    “Por un instante, los ojos de Khrist se cruzaron con los de Jhosh , simplemente fue coincidencia o tal vez algo más, entre esa pequeña vista que duró apenas un segundo, dio paso a el saber de la existencia del uno como del otro

    Jhosh, seguía caminando. No se detuvo. No hizo ningún gesto. Pero algo en el se rompió un poco más o, quizás, comenzó a despertar. Khrist, giro la cabeza. Lo vio alejarse entre la multitud, como si lo conociera de antes, como si su corazón supiera algo que su mente aún no entendía. Pero también continuo con su camino.

    Así es Morvain: una ciudad que encierra historias en sus esquinas, que guarda secretos entre sus cerros. Una ciudad donde amar todavía se siente como un delito para algunos, y donde ser diferente es, muchas veces, un acto de valentía silenciosa.

    En esta ciudad nacieron ellos, en ese lugar se cruzaron. Y aunque ninguno lo sabía, esa noche marcó el inicio de algo más grande. Porque así empieza esta historia, con una mirada bajo la lluvia, con una duda en el pecho, con dos almas que se rozaron sin tocarse.

    Yo estaba ahí. Yo los vi. Y aunque en ese momento no entendí el peso de lo que presenciaba, ahora lo sé: fue el comienzo de todo. De una historia que no fue perfecta, pero que merecía ser contada. Una historia que no fue feliz… pero fue real.

    Porque a veces, en las ciudades que parecen dormidas, también nacen revoluciones invisibles. A veces, en las jaulas, también se sueña.

    Todo comenzó con una mirada perdida. La ciudad estaba envuelta en esa niebla espesa que a veces parece no querer irse nunca, como si Morvain misma respirara tristeza. Las luces de los postes apenas lograban abrirse paso entre la lluvia. Las gotas caían con rabia, golpeando el pavimento como si quisieran despertar a quienes aún caminaban dormidos por la vida. Morvain. Un nombre que resuena como un susurro entre las montañas, una ciudad encajada en los brazos de los Andes, donde el aire es tan delgado como las mentiras que sus habitantes susurran al oído. Para los de afuera, un sueño pintado de mercados coloridos y cielos que rozan las nubes. Para los de adentro, una jaula de ladrillos y tradiciones, donde el invierno congela las sonrisas y el verano las derrite hasta convertirlas en algo irreconocible. Fue aquí, entre calles empinadas y miradas que esquivan la luz, donde ellos se encontraron. Dos extraños cuyos pasos fueron dibujados por el mismo destino oscuro. Dicen que los dos caminaban por la misma calle sin saberlo, a pocos pasos de distancia, respirando el mismo aire helado, compartiendo la misma sensación de estar perdidos, aunque no se miraran… todavía. Jhosh, caminaba con la cabeza baja, con los hombros vencidos por el peso de algo que aún no se atrevía a nombrar. Iba rumbo a ese lugar al que llamaba “hogar”, aunque en el fondo sabía que no lo era. Era solo un espacio habitado por voces que no entendía, que juzgaban sin preguntar. Caminaba lento, sin apuro, como si no quisieras llegar. Como si cualquier otro lugar fuera mejor que ese. Mientras tanto, Khrist, reía. Caminando con sus amigas entre bromas y chismes, envuelto en esa ligereza que a veces usan los que también cargan lo suyo pero no lo muestran. Su risa se confundía con la lluvia, y su mirada, aunque viva, se perdía de tanto en tanto entre los rostros de los demás. Y entonces ocurrió. Un cruce de caminos. Un cruce de miradas. “Por un instante, los ojos de Khrist se cruzaron con los de Jhosh , simplemente fue coincidencia o tal vez algo más, entre esa pequeña vista que duró apenas un segundo, dio paso a el saber de la existencia del uno como del otro Jhosh, seguía caminando. No se detuvo. No hizo ningún gesto. Pero algo en el se rompió un poco más o, quizás, comenzó a despertar. Khrist, giro la cabeza. Lo vio alejarse entre la multitud, como si lo conociera de antes, como si su corazón supiera algo que su mente aún no entendía. Pero también continuo con su camino. Así es Morvain: una ciudad que encierra historias en sus esquinas, que guarda secretos entre sus cerros. Una ciudad donde amar todavía se siente como un delito para algunos, y donde ser diferente es, muchas veces, un acto de valentía silenciosa. En esta ciudad nacieron ellos, en ese lugar se cruzaron. Y aunque ninguno lo sabía, esa noche marcó el inicio de algo más grande. Porque así empieza esta historia, con una mirada bajo la lluvia, con una duda en el pecho, con dos almas que se rozaron sin tocarse. Yo estaba ahí. Yo los vi. Y aunque en ese momento no entendí el peso de lo que presenciaba, ahora lo sé: fue el comienzo de todo. De una historia que no fue perfecta, pero que merecía ser contada. Una historia que no fue feliz… pero fue real. Porque a veces, en las ciudades que parecen dormidas, también nacen revoluciones invisibles. A veces, en las jaulas, también se sueña. 🦋💖
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