Esto se ha publicado como Out Of Character. Tenlo en cuenta al responder.
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Tenlo en cuenta al responder.
—El paisaje de Jinzhou se encontraba en ese punto suspendido donde el invierno exhala su último suspiro. El suelo todavía conservaba parches de nieve cristalizada, pero el sol, más alto y brillante, comenzaba a derretir los bordes de los estanques.
Changli permanecía inmóvil, como una deidad del fuego atrapada en un reino de escarcha. Sostenía su sombrilla con una elegancia que rozaba lo irreal, mientras los últimos restos de nieve se deslizaban por la seda del parasol. Para cualquier observador, ella era el centro de gravedad del jardín; el punto donde el frío terminaba y comenzaba el calor.
Cuando el Viajero apareció al final del sendero, Changli no necesitó verlo para saber quién era. El ritmo de sus pasos y la forma en que el aire se agitaba a su alrededor le resultaban familiares. Ella mantuvo la vista al frente, observando cómo una gota de agua caía desde una rama de ciruelo, golpeando el suelo con un sonido sordo.
—El fin del invierno siempre me produce una extraña melancolía— pronunció ella, como si estuviera leyendo un poema escrito en el aire. —Es el momento en que lo viejo debe morir para que lo nuevo pueda nacer. Una transición necesaria, aunque a veces dolorosa.—
Finalmente, la Consejera giró el cuerpo con una parsimonia estudiada. El movimiento hizo que su larga cabellera rozara los adornos de su vestidura. Sus ojos dorados, intensos y analíticos, se clavaron en los del Viajero. Había una suavidad en su expresión que reservaba para muy pocos, una chispa de complicidad que contrastaba con su usual máscara de estratega.
—El Viajero siempre parece encontrar el camino hacia mí justo cuando los vientos cambian,— añadió con una pequeña sonrisa enigmática. —¿Será por instinto, o es que el destino tiene poca imaginación?—
Changli bajó ligeramente la sombrilla, invitándolo implícitamente a entrar en su radio de calor, donde el frío del invierno ya no podía alcanzarlo.
Changli permanecía inmóvil, como una deidad del fuego atrapada en un reino de escarcha. Sostenía su sombrilla con una elegancia que rozaba lo irreal, mientras los últimos restos de nieve se deslizaban por la seda del parasol. Para cualquier observador, ella era el centro de gravedad del jardín; el punto donde el frío terminaba y comenzaba el calor.
Cuando el Viajero apareció al final del sendero, Changli no necesitó verlo para saber quién era. El ritmo de sus pasos y la forma en que el aire se agitaba a su alrededor le resultaban familiares. Ella mantuvo la vista al frente, observando cómo una gota de agua caía desde una rama de ciruelo, golpeando el suelo con un sonido sordo.
—El fin del invierno siempre me produce una extraña melancolía— pronunció ella, como si estuviera leyendo un poema escrito en el aire. —Es el momento en que lo viejo debe morir para que lo nuevo pueda nacer. Una transición necesaria, aunque a veces dolorosa.—
Finalmente, la Consejera giró el cuerpo con una parsimonia estudiada. El movimiento hizo que su larga cabellera rozara los adornos de su vestidura. Sus ojos dorados, intensos y analíticos, se clavaron en los del Viajero. Había una suavidad en su expresión que reservaba para muy pocos, una chispa de complicidad que contrastaba con su usual máscara de estratega.
—El Viajero siempre parece encontrar el camino hacia mí justo cuando los vientos cambian,— añadió con una pequeña sonrisa enigmática. —¿Será por instinto, o es que el destino tiene poca imaginación?—
Changli bajó ligeramente la sombrilla, invitándolo implícitamente a entrar en su radio de calor, donde el frío del invierno ya no podía alcanzarlo.
—El paisaje de Jinzhou se encontraba en ese punto suspendido donde el invierno exhala su último suspiro. El suelo todavía conservaba parches de nieve cristalizada, pero el sol, más alto y brillante, comenzaba a derretir los bordes de los estanques.
Changli permanecía inmóvil, como una deidad del fuego atrapada en un reino de escarcha. Sostenía su sombrilla con una elegancia que rozaba lo irreal, mientras los últimos restos de nieve se deslizaban por la seda del parasol. Para cualquier observador, ella era el centro de gravedad del jardín; el punto donde el frío terminaba y comenzaba el calor.
Cuando el Viajero apareció al final del sendero, Changli no necesitó verlo para saber quién era. El ritmo de sus pasos y la forma en que el aire se agitaba a su alrededor le resultaban familiares. Ella mantuvo la vista al frente, observando cómo una gota de agua caía desde una rama de ciruelo, golpeando el suelo con un sonido sordo.
—El fin del invierno siempre me produce una extraña melancolía— pronunció ella, como si estuviera leyendo un poema escrito en el aire. —Es el momento en que lo viejo debe morir para que lo nuevo pueda nacer. Una transición necesaria, aunque a veces dolorosa.—
Finalmente, la Consejera giró el cuerpo con una parsimonia estudiada. El movimiento hizo que su larga cabellera rozara los adornos de su vestidura. Sus ojos dorados, intensos y analíticos, se clavaron en los del Viajero. Había una suavidad en su expresión que reservaba para muy pocos, una chispa de complicidad que contrastaba con su usual máscara de estratega.
—El Viajero siempre parece encontrar el camino hacia mí justo cuando los vientos cambian,— añadió con una pequeña sonrisa enigmática. —¿Será por instinto, o es que el destino tiene poca imaginación?—
Changli bajó ligeramente la sombrilla, invitándolo implícitamente a entrar en su radio de calor, donde el frío del invierno ya no podía alcanzarlo.