Henry Grimmtael Jaegerjaquez Black Sasha Ishtar 𝐀yane 𝐈𝐬𝐡𝐭𝐚𝐫
Las sombras no nacieron aquella noche.
Siempre estuvieron ahí.
Dormidas entre mis huesos.
Escondidas detrás de mis sonrisas.
Esperando.
El cielo crujió como cristal roto cuando mi cuerpo dejó de soportarlo más. No hubo parto. No hubo gritos de vida. No hubo manos sosteniendo un nacimiento sagrado.
Solo oscuridad.
La tierra se abrió bajo mis pies mientras la niebla negra escapaba desde mi pecho, desde mi garganta, desde cada herida que jamás cerró realmente. El Caos no pidió permiso. Nunca lo hace.
Las sombras comenzaron a arrastrarse alrededor de mi cuerpo como bestias hambrientas. Miles de voces susurraban nombres olvidados mientras el mundo entero temblaba junto a mí.
Dolía.
Dolía tanto que incluso el aire parecía desgarrarme por dentro.
Pero sonreí.
Khkhehe…
Porque al fin lo comprendí.
No era una maldición.
No era un error.
Era un nacimiento.
Las sombras comenzaron a comprimirse frente a mí, girando sobre sí mismas como un agujero devorándolo todo. Ojos rojos aparecieron primero dentro de la oscuridad. Después dientes. Después una silueta.
Alta.
Delgada.
Hermosa de una manera equivocada.
Cabello negro desordenado con mechones blancos cayendo sobre su rostro. Piel violácea marcada por el Caos. Ojos rojos brillando como heridas abiertas dentro de la noche. Sus garras todavía desprendían sombras vivas mientras el suelo se quebraba bajo sus pies descalzos.
No era un niño.
Nació ya como un heraldo.
Como si el odio hubiese decidido tomar forma adolescente desde el primer instante.
Y aun así…
Cuando levantó lentamente la mirada hacia mí…
Sentí algo parecido al amor.
Mis dedos manchados de sangre rozaron su mejilla mientras alrededor nuestro el mundo seguía desmoronándose.
—Bienvenido al comienzo del nuevo mundo…
Mis labios se curvaron lentamente en aquella sonrisa torcida tan propia de mí.
—Nyxar'Kael.
Las sombras rugieron.
—Heraldo del Caos.
Las sombras no nacieron aquella noche.
Siempre estuvieron ahí.
Dormidas entre mis huesos.
Escondidas detrás de mis sonrisas.
Esperando.
El cielo crujió como cristal roto cuando mi cuerpo dejó de soportarlo más. No hubo parto. No hubo gritos de vida. No hubo manos sosteniendo un nacimiento sagrado.
Solo oscuridad.
La tierra se abrió bajo mis pies mientras la niebla negra escapaba desde mi pecho, desde mi garganta, desde cada herida que jamás cerró realmente. El Caos no pidió permiso. Nunca lo hace.
Las sombras comenzaron a arrastrarse alrededor de mi cuerpo como bestias hambrientas. Miles de voces susurraban nombres olvidados mientras el mundo entero temblaba junto a mí.
Dolía.
Dolía tanto que incluso el aire parecía desgarrarme por dentro.
Pero sonreí.
Khkhehe…
Porque al fin lo comprendí.
No era una maldición.
No era un error.
Era un nacimiento.
Las sombras comenzaron a comprimirse frente a mí, girando sobre sí mismas como un agujero devorándolo todo. Ojos rojos aparecieron primero dentro de la oscuridad. Después dientes. Después una silueta.
Alta.
Delgada.
Hermosa de una manera equivocada.
Cabello negro desordenado con mechones blancos cayendo sobre su rostro. Piel violácea marcada por el Caos. Ojos rojos brillando como heridas abiertas dentro de la noche. Sus garras todavía desprendían sombras vivas mientras el suelo se quebraba bajo sus pies descalzos.
No era un niño.
Nació ya como un heraldo.
Como si el odio hubiese decidido tomar forma adolescente desde el primer instante.
Y aun así…
Cuando levantó lentamente la mirada hacia mí…
Sentí algo parecido al amor.
Mis dedos manchados de sangre rozaron su mejilla mientras alrededor nuestro el mundo seguía desmoronándose.
—Bienvenido al comienzo del nuevo mundo…
Mis labios se curvaron lentamente en aquella sonrisa torcida tan propia de mí.
—Nyxar'Kael.
Las sombras rugieron.
—Heraldo del Caos.
[Henry] [SashaIshtar] [Ayane_Ishtar]
Las sombras no nacieron aquella noche.
Siempre estuvieron ahí.
Dormidas entre mis huesos.
Escondidas detrás de mis sonrisas.
Esperando.
El cielo crujió como cristal roto cuando mi cuerpo dejó de soportarlo más. No hubo parto. No hubo gritos de vida. No hubo manos sosteniendo un nacimiento sagrado.
Solo oscuridad.
La tierra se abrió bajo mis pies mientras la niebla negra escapaba desde mi pecho, desde mi garganta, desde cada herida que jamás cerró realmente. El Caos no pidió permiso. Nunca lo hace.
Las sombras comenzaron a arrastrarse alrededor de mi cuerpo como bestias hambrientas. Miles de voces susurraban nombres olvidados mientras el mundo entero temblaba junto a mí.
Dolía.
Dolía tanto que incluso el aire parecía desgarrarme por dentro.
Pero sonreí.
Khkhehe…
Porque al fin lo comprendí.
No era una maldición.
No era un error.
Era un nacimiento.
Las sombras comenzaron a comprimirse frente a mí, girando sobre sí mismas como un agujero devorándolo todo. Ojos rojos aparecieron primero dentro de la oscuridad. Después dientes. Después una silueta.
Alta.
Delgada.
Hermosa de una manera equivocada.
Cabello negro desordenado con mechones blancos cayendo sobre su rostro. Piel violácea marcada por el Caos. Ojos rojos brillando como heridas abiertas dentro de la noche. Sus garras todavía desprendían sombras vivas mientras el suelo se quebraba bajo sus pies descalzos.
No era un niño.
Nació ya como un heraldo.
Como si el odio hubiese decidido tomar forma adolescente desde el primer instante.
Y aun así…
Cuando levantó lentamente la mirada hacia mí…
Sentí algo parecido al amor.
Mis dedos manchados de sangre rozaron su mejilla mientras alrededor nuestro el mundo seguía desmoronándose.
—Bienvenido al comienzo del nuevo mundo…
Mis labios se curvaron lentamente en aquella sonrisa torcida tan propia de mí.
—Nyxar'Kael.
Las sombras rugieron.
—Heraldo del Caos.
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