• — ¡Vin! Dice Vale que si vamos por sushi hoy. —Marco, su compañero del departamento de finanzas, no dudó en abordarlo con emoción a la salida del trabajo.— Hace mucho tiempo que no vamos y, siendo realista, la verdad es que también me gustaría. ¿Qué dices, vamos?

    Vincent se le quedó mirando con duda e intriga. No es que no tuviese antojo de sushi o que no quisiera distraerse un rato de su monótona rutina en el trabajo pero, la verdad, detestaba la idea de tener que conducir por más tiempo para llevar a Valentina hasta su casa y después regresar a dejar a Marco, porque le quedaba de camino a su hogar, y así terminar retrasándose más tiempo. Además, entendía que era el único que tenía vehículo y por eso lo invitaban, porque nadie más se iba a tomar la molestia de llevarlos al otro extremo de la ciudad, regresarlos a sus hogares y no pedir un solo centavo para la gasolina. ¿Quién más iba a ser tan noble para dejar que se aprovecharan de él tan descaradamente?

    — No lo sé. Tengo que terminar un trabajo llegando a casa, también le dije al jefe de nómina que veríamos su tema cuando estuviese en casa y mañana tengo una reunión con el equipo de auditoria. No sé si realmente pueda...

    — Hoy hay promoción. Todos los rollos están al dos por uno.

    — ¿Todos? Pero no lo sé, realmente tengo trabajo que...

    — Los helados de yogur también están al tres por dos. —Marco agregó de inmediato. Como si quisiera interrumpirlo sin darle oportunidad de negarse una vez más ante su petición.— Esos son los que te gustan, ¿no? Además, no sé si lo habías notado, pero ya nos pagaron.

    Ya nos pagaron. Nos pagaron. Pagaron. Promoción. Dos por uno. Tres por dos.

    Por un momento Vincent se quedó pensando en aquellas palabras que resonaron con fuerza en su mente. Aunque las deudas del mes le pasaron por la cabeza, el hecho de entender que su salario había sido pagado era suficiente para cambiar su humor. Su rostro cambió, pasando de esa incomodidad por el aprovechamiento, a una expresión más relajada en la que enviaba todo al carajo.

    — Bueno. Por mí está bien, ya hablaré mañana con los demás. Vamos, pero ustedes dos deberán invitarme el helado esta vez. —Vincent asintió, confirmando sus palabras y estando satisfecho con su propia decisión. De verdad que ya comenzaba a saborearse el helado cubierto de chocolate y con trozos de fruta como decoración para mejorar el dulzor.— Ya me hacía falta salir de esa oficina.

    Del dinero gastado hoy, se preocupará el Vincent del mañana.
    — ¡Vin! Dice Vale que si vamos por sushi hoy. —Marco, su compañero del departamento de finanzas, no dudó en abordarlo con emoción a la salida del trabajo.— Hace mucho tiempo que no vamos y, siendo realista, la verdad es que también me gustaría. ¿Qué dices, vamos? Vincent se le quedó mirando con duda e intriga. No es que no tuviese antojo de sushi o que no quisiera distraerse un rato de su monótona rutina en el trabajo pero, la verdad, detestaba la idea de tener que conducir por más tiempo para llevar a Valentina hasta su casa y después regresar a dejar a Marco, porque le quedaba de camino a su hogar, y así terminar retrasándose más tiempo. Además, entendía que era el único que tenía vehículo y por eso lo invitaban, porque nadie más se iba a tomar la molestia de llevarlos al otro extremo de la ciudad, regresarlos a sus hogares y no pedir un solo centavo para la gasolina. ¿Quién más iba a ser tan noble para dejar que se aprovecharan de él tan descaradamente? — No lo sé. Tengo que terminar un trabajo llegando a casa, también le dije al jefe de nómina que veríamos su tema cuando estuviese en casa y mañana tengo una reunión con el equipo de auditoria. No sé si realmente pueda... — Hoy hay promoción. Todos los rollos están al dos por uno. — ¿Todos? Pero no lo sé, realmente tengo trabajo que... — Los helados de yogur también están al tres por dos. —Marco agregó de inmediato. Como si quisiera interrumpirlo sin darle oportunidad de negarse una vez más ante su petición.— Esos son los que te gustan, ¿no? Además, no sé si lo habías notado, pero ya nos pagaron. Ya nos pagaron. Nos pagaron. Pagaron. Promoción. Dos por uno. Tres por dos. Por un momento Vincent se quedó pensando en aquellas palabras que resonaron con fuerza en su mente. Aunque las deudas del mes le pasaron por la cabeza, el hecho de entender que su salario había sido pagado era suficiente para cambiar su humor. Su rostro cambió, pasando de esa incomodidad por el aprovechamiento, a una expresión más relajada en la que enviaba todo al carajo. — Bueno. Por mí está bien, ya hablaré mañana con los demás. Vamos, pero ustedes dos deberán invitarme el helado esta vez. —Vincent asintió, confirmando sus palabras y estando satisfecho con su propia decisión. De verdad que ya comenzaba a saborearse el helado cubierto de chocolate y con trozos de fruta como decoración para mejorar el dulzor.— Ya me hacía falta salir de esa oficina. Del dinero gastado hoy, se preocupará el Vincent del mañana.
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  • Ahi estaba ella, en lo alto de un edificio fumando, ya habian pasado unos cuantos dias desde que su mejor amigo se habia casado, y no podia estar mas alegre por ello... Sin embargo, se sorprendio al ver que habian bastantes mas invitados ahi, Angel parecia tener muchos mas amigos ahora y, en el fondo se sentia algo... ¿Celosa?, no, no era eso, tenia miedo, miedo de que Angel la dejara de lado, miedo de que no le necesitara mas. Y ahora él estaba casado y con hijos, por lo que tendria mucho menos tiempo para salir con el, y sabe que aunque lo hicieran, ya no podrian hacer muchas de las cosas locas que hacian en el pasado.

    —Carajo Angie... Realmente que tuviste mucha suerte... Ojala contar con tu misma suerte.—

    Murmuraria para ella misma dandole una larga calada al cigarro, expulsando el humo mientras cerraba su ojo. Envidiaba un poco a Angel, pues pudo ser feliz aun en este abismo infernal, ¿y ella?, ella se sentia estancada, sentia que su vida no podria mejorar, pero que si podria irse mas a la mierda, no tenia nada bueno, solo a Angel... Solo a el... Y tal vez, a aquel idiota tan noble al que beso 2 veces y con el que bailo en la fiesta de la boda de Angel.

    —Huh, tal vez deberia de... Hablar con el, segun entendi el cielo le da permiso para bajar aqui, y si le digo a esa perra loca de Charlie que se comunique con ellos... Si, ¡al carajo!, ¿si Angel pudo progresar en su vida porque yo no?, ¡lo hare!... L-luego de que me termine este cigarro.—

    No queria admitirlo pero, se sentia nerviosa.
    Ahi estaba ella, en lo alto de un edificio fumando, ya habian pasado unos cuantos dias desde que su mejor amigo se habia casado, y no podia estar mas alegre por ello... Sin embargo, se sorprendio al ver que habian bastantes mas invitados ahi, Angel parecia tener muchos mas amigos ahora y, en el fondo se sentia algo... ¿Celosa?, no, no era eso, tenia miedo, miedo de que Angel la dejara de lado, miedo de que no le necesitara mas. Y ahora él estaba casado y con hijos, por lo que tendria mucho menos tiempo para salir con el, y sabe que aunque lo hicieran, ya no podrian hacer muchas de las cosas locas que hacian en el pasado. —Carajo Angie... Realmente que tuviste mucha suerte... Ojala contar con tu misma suerte.— Murmuraria para ella misma dandole una larga calada al cigarro, expulsando el humo mientras cerraba su ojo. Envidiaba un poco a Angel, pues pudo ser feliz aun en este abismo infernal, ¿y ella?, ella se sentia estancada, sentia que su vida no podria mejorar, pero que si podria irse mas a la mierda, no tenia nada bueno, solo a Angel... Solo a el... Y tal vez, a aquel idiota tan noble al que beso 2 veces y con el que bailo en la fiesta de la boda de Angel. —Huh, tal vez deberia de... Hablar con el, segun entendi el cielo le da permiso para bajar aqui, y si le digo a esa perra loca de Charlie que se comunique con ellos... Si, ¡al carajo!, ¿si Angel pudo progresar en su vida porque yo no?, ¡lo hare!... L-luego de que me termine este cigarro.— No queria admitirlo pero, se sentia nerviosa.
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    PORTADA OFICIAL — ISTHAR’S ESSENCE
    Agencia Ishtar’s Demonic Déesse · Infernal Glamour
    Edición Especial · París · Invierno

    ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━
    Título Principal:
    ISTHAR’S ESSENCE
    Donde la moda, el misterio y lo sobrenatural se sientan a la mesa.

    Tagline Editorial:

    “El aroma del amor eterno… servido en una taza de café.”
    ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━

    PROTAGONISTAS DE PORTADA

    ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━

    Sting Nura Byakuren Ishtar

    El Dragón del Crepúsculo

    -Cabello plateado con matices fríos, símbolo de linaje antiguo y poder contenido.

    -Vestimenta clara y elegante: saco blanco, camisa oscura, joyería sutil que evoca nobleza infernal.

    -Aura sobrenatural manifestada en forma de dragón etéreo azul, rodeándolo como un guardián espiritual.

    -Mirada intensa, protectora, dominante sin necesidad de imponerse.

    Encarnación de:
    Poder ancestral
    Elegancia peligrosa
    Misterio aristocrático
    Control absoluto

    Asuna Ichinose

    La Luz Silenciosa de París

    -Cabello claro y suave, caída natural que transmite pureza y calidez.

    -Atuendo invernal delicado: suéter beige, falda a cuadros, medias oscuras.

    -Sonrisa tímida, mirada dulce, presencia reconfortante.

    -Postura cercana, confiada, envuelta en la protección de Sting.

    Encarnación de:
    Ternura
    Belleza cotidiana
    Amor sincero
    Calma que doma a la bestia

    ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━

    ESCENA Y COMPOSICIÓN

    ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━

    La pareja se encuentra sentada en un café parisino clásico, con mesas redondas de mármol y sillas de mimbre. Al fondo, la Torre Eiffel se alza al atardecer, bañada por tonos violetas y rosados.

    Los flashes de los fotógrafos atraviesan los ventanales, capturando un momento que parece íntimo… pero destinado a la eternidad.
    Ellos no posan: existen, y el mundo observa.

    Las tazas de café humeante simbolizan cercanía, rutina compartida, amor real en medio del caos mediático.

    ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━

    ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━

    EXCLUSIVA EN PARÍS
    🖋 La Pareja del Año

    El encuentro que redefinió la elegancia sobrenatural en la capital de la moda.

    ESTILO Y MISTERIO
    🖋 Tendencias Invernales

    Cuando lo cotidiano se fusiona con lo demoníaco y lo divino.

    BEHIND THE ESSENCE
    🖋 Amor, poder y discreción

    La historia detrás del dragón y la flor.

    ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━

    ESENCIA DE LA AGENCIA

    ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━

    Ishtar’s Demonic Déesse · Infernal Glamour presenta aquí una portada distinta:
    No gritos.
    No fuego abierto.
    No caos.

    Solo amor contenido, poder silencioso y glamour íntimo.

    Esta portada no seduce…
    hipnotiza

    ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━

    FRASE FINAL DE PORTADA

    ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━

    “Incluso los dragones necesitan un lugar donde descansar el corazón.”

    ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━
    ✨ PORTADA OFICIAL — ISTHAR’S ESSENCE ✨ Agencia Ishtar’s Demonic Déesse · Infernal Glamour Edición Especial · París · Invierno ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━ Título Principal: ISTHAR’S ESSENCE Donde la moda, el misterio y lo sobrenatural se sientan a la mesa. Tagline Editorial: “El aroma del amor eterno… servido en una taza de café.” ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━ 🌙 PROTAGONISTAS DE PORTADA 🌙 ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━ 🔥 Sting Nura Byakuren Ishtar El Dragón del Crepúsculo -Cabello plateado con matices fríos, símbolo de linaje antiguo y poder contenido. -Vestimenta clara y elegante: saco blanco, camisa oscura, joyería sutil que evoca nobleza infernal. -Aura sobrenatural manifestada en forma de dragón etéreo azul, rodeándolo como un guardián espiritual. -Mirada intensa, protectora, dominante sin necesidad de imponerse. Encarnación de: 🐉 Poder ancestral 🐉 Elegancia peligrosa 🐉 Misterio aristocrático 🐉 Control absoluto 🌸 Asuna Ichinose La Luz Silenciosa de París -Cabello claro y suave, caída natural que transmite pureza y calidez. -Atuendo invernal delicado: suéter beige, falda a cuadros, medias oscuras. -Sonrisa tímida, mirada dulce, presencia reconfortante. -Postura cercana, confiada, envuelta en la protección de Sting. Encarnación de: 🌸 Ternura 🌸 Belleza cotidiana 🌸 Amor sincero 🌸 Calma que doma a la bestia ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━ ☕ ESCENA Y COMPOSICIÓN ☕ ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━ La pareja se encuentra sentada en un café parisino clásico, con mesas redondas de mármol y sillas de mimbre. Al fondo, la Torre Eiffel se alza al atardecer, bañada por tonos violetas y rosados. Los flashes de los fotógrafos atraviesan los ventanales, capturando un momento que parece íntimo… pero destinado a la eternidad. Ellos no posan: existen, y el mundo observa. Las tazas de café humeante simbolizan cercanía, rutina compartida, amor real en medio del caos mediático. ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━ ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━ EXCLUSIVA EN PARÍS 🖋 La Pareja del Año El encuentro que redefinió la elegancia sobrenatural en la capital de la moda. ESTILO Y MISTERIO 🖋 Tendencias Invernales Cuando lo cotidiano se fusiona con lo demoníaco y lo divino. BEHIND THE ESSENCE 🖋 Amor, poder y discreción La historia detrás del dragón y la flor. ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━ 🩸 ESENCIA DE LA AGENCIA 🩸 ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━ Ishtar’s Demonic Déesse · Infernal Glamour presenta aquí una portada distinta: No gritos. No fuego abierto. No caos. Solo amor contenido, poder silencioso y glamour íntimo. Esta portada no seduce… ✨ hipnotiza ✨ ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━ 🖤 FRASE FINAL DE PORTADA 🖤 ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━ “Incluso los dragones necesitan un lugar donde descansar el corazón.” ━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━
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    𝐋𝐀 𝐏𝐑𝐎𝐌𝐄𝐒𝐀 𝐃𝐄 𝐔𝐍𝐀 𝐌𝐀𝐃𝐑𝐄 - 𝐈𝐈
    𝐄𝐧 𝐥𝐚 𝐞𝐫𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐨𝐬 𝐡é𝐫𝐨𝐞𝐬 𝐲 𝐦𝐨𝐧𝐬𝐭𝐫𝐮𝐨𝐬

    Para una madre, una de sus mayores alegrías es el instante en el que carga a su hijo entre sus brazos por primera vez. Esa vida pequeña que llevaba cuidando en el interior de su vientre abre los ojos y conoce el mundo.

    Así fue como comenzó todo.

    Con cada minuto que pasaba, sentía que todo su ser era desgarrado desde el interior por piedras afiladas. En su agonía, sus ojos alternaron entre los ramos de hierbas secas colgadas en hileras del techo, las lámparas de aceite dispuestas en los muebles viejos y el humo del incienso, blanco y denso, que, lejos de relajarla, revolvía su cabeza con un dolor agudo. Apretó la mano de la reina Temiste con tanta fuerza como para hacerla estallar en pequeños fragmentos. No recordaba mucho de ese momento, todo era confuso, doloroso, y ese mismo dolor era el que le recordaba que estaba presente en un lugar en el que quizás no debería haber entrado, pero esa mujer tuerta significaba la diferencia entre la vida y muerte de su hijo.

    ────Respire, respire… y…. ¡Ahora empuje! –ordenó Ofelia.

    Y así lo hizo con todas sus fuerzas. Echó su cabeza hacia atrás, apretó la mandíbula y los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No había palabras para describir el inmenso dolor que la atravesó en esos instantes. Tampoco para el alivio que experimentó cuando escuchó el llanto de su bebé por primera vez.

    ────Mire qué tenemos aquí… ¡Un jovencito de extremidades fuertes! Calma, calma, me vas a arrancar el pulgar, niño.

    Las lágrimas rodaron por las mejillas de Afro y jadeó una risa entrecortada. Su pequeño sollozó y ella hizo lo mismo. Jamás había escuchado un sonido tan hermoso, tan dulce. Él temblaba y parecía buscarla con su carita humedecida. «Aquí estoy, aquí estoy», quiso decirle.

    Ofelia se encargó de limpiar a su hijo y lo envolvió con algunas mantas que tenía preparadas. Afro soltó la mano de la reina y la escuchó suspirar a su lado. Si se trataba de alivio por haberla soltado o por la dicha de ver por primera vez a su nieto, fue algo que Afro no pudo discernir, la habitación se sumió en un silencio expectante. En su estado débil, escuchó su pulso en los oídos, las lágrimas en sus ojos enrojecidos dejaron de correr, y el lecho se hundió bajo sus codos cuando intentó incorporarse con pesadez. Esperó. Permaneció rígida en su sitio, lista para abalanzarse en cualquier momento como una leona sobre su presa, con la mirada afilada siguiendo cada uno de los movimientos de Ofelia dirigiéndose a sus hierbas y morteros.

    ────¿Qué… estás haciendo?

    No hubo respuesta y Afro puso la punta de un pie fuera de la cama. Ofelia embarró su pulgar con los restos que quedaron de la mezcla que preparó previamente y lo juntó con otra pasta que tenía en otro mortero aún más pequeño, apenas una porción de un ungüento que era oscuro, al observarlo con atención, Afro se percató de que esa mezcla tenía pequeños trozos ambarinos de lo que parecían haber sido pétalos de una flor blanca. El aire en sus pulmones escapó silencioso por sus labios entreabiertos. Eso era «moly».

    Ofelia presionó su dedo contra la frente de su hijo y dijo:

    ────Para que siempre estes protegido, para que tu esencia se mantenga y tu voluntad jamás se doblegue.

    Afro no conocía de todos los secretos que las comadronas empleaban para asistir a las futuras madres en esas labores. Conocía muy poco sobre el proceso. Pero sí estaba segura de una cosa; el procedimiento que Ofelia había seguido para asistirla no era usual, incluso para una pharmakis. Una hechicera. Cuando un bebé estaba a punto de nacer, las parteras solían elevar sus plegarías a Ilitía, la diosa de los nacimientos, ella velaba por todos los nacimientos, incluidos los de dioses y semidioses. Se decía que su ausencia durante los alumbramientos podía traer consecuencias terribles.

    Pero la pharmakis no la llamó en ningún momento, ni siquiera en una plegaria susurrada. Ni a Ilitía, ni a ninguna otra deidad para pedir por su protección divina para su hijo. Y eso… eso al menos tranquilizó a Afro. Lo que menos deseaba era que cualquier deidad se enterase del nacimiento de su bebé.

    ────Con esto será suficiente –dijo sonriente Ofelia, sin voltear a verla, como si pudiera leer la expresión recelosa en su rostro celestial–. No necesita más protecciones que esta.

    Fuera, las gotas de la lluvia repiqueteaban incesantes sobre el techo. El moly era una raíz oscura con flores blancas que no podía ser arracada por los mortales. Su principal función era evitar la magia de transformación, pero también actuaba como un escudo para proteger del dominio de la voluntad, incluido el dominio de los mismísimos dioses. En pocas palabras, la raíz evitaba que cualquier dios interfiriera en la mente o el cuerpo de quién la consumiera. La curiosidad de Afro se afiló como una espina.

    ────¿Estás segura de ello? ¿Ni siquiera… la protección de la Cazadora? –preguntó Afro, metida en su papel de una joven mortal noble. Un escalofrío le recorrió la pierna cuando la planta de su pie tocó por completo el piso. Era la clase de pregunta que cualquier madre habría formulado en su situación.

    Evitó decir aquel nombre, como una mortal quién se sabe temerosa de las consecuencias de no clamar por la ayuda a los dioses y que sus acciones lleguen a sus oídos, pues decir su nombre en voz alta sería invitación suficiente para que, Artemisa, la Cazadora Silenciosa, prestara, aunque sea por un breve instante de curiosidad, su atención sobre la estancia. A ella también se le encomendaba la protección de los niños en sus primeros días de vida.

    ────No la necesita –aseveró–. Mi magia no depende ni pide permiso a nadie, como se habrá dado cuenta. Trabajo con una conexión profunda con la magia más antigua, la ligada a la naturaleza. Yo negocio y trabajo hombro con hombro con la vida misma. Ahora este jovencito está protegido contra todo mal. Ah, por supuesto… –la curva en sus labios comenzó a adoptar una sonrisa burlona–… yo no vendo sueños de humo. No prometo grandes proezas para este niño. No será un gran líder entre los suyos, ni acudirán a él por el consejo de su sabiduría. No será el más temido en batalla y su mente no será tan afilada como el filo de su espada. Todo lo que él consiga lo obtendrá por el sudor de su frente. Si usted desea pedir por el favor y la protección de alguna deidad, adelante, es libre de hacerlo –depositó con cuidado a su hijo en sus brazos, y Afro lo apretó contra su pecho–. Pero si me permite darle un consejo, guarde su aliento y sus lágrimas, mi señora. Los dioses no hacen nada por buena voluntad sin obtener algo tan grande como su gloria a cambio. La protección más grande que necesita su hijo ahora mismo es la de sus padres.

    Dicho eso, Ofelia salió de la habitación para lavarse y cambiarse. Algo en esas palabras la dejó consternada, decendieron como una verdad incomoda y espesa. Había ira contenida en ellas y de pronto entendió el motivo; esa aseveración solo podía salir de la boca de quién ya ha tratado con dioses. Sus pestañas ensombrecieron parcialmente su mirada y una línea apretó en sus labios.

    Por mucho que le escocieron en la piel, no iba a negarlas. ¿Cuántas veces no había escuchado a otras deidades jactarse de las ofrendas acumuladas sobre sus altares, más que de los actos nobles que sus manos podrían generar, si realmente de ellos naciera el querer concederlos? ¿Cuántas veces no había visto ese resplandor en sus miradas eternas, cuando un héroe se alzaba y veían en este un medio para mantener su prestigio, para siempre tener que deleitarlos con sus nuevas hazañas? Una vez que encontraban en los mortales un tesoro invaluable, jamás los dejaban ir. Siempre orillados a perseguir la gloria y la fama eterna, negados a poder vivir una vida tranquila y feliz. Afro también era una diosa, y sin embargo, nunca permitiría que él pagara ese precio. No quería una vida así para su hijo.

    Sin embargo, también había otra verdad; lejos de lo que los mortales pudieran imaginar, a los dioses, los mortales y sus aflicciones, no podrían importarles menos. Afortunadamente para la mayoría, pasarían desapercibidos ante su mirada, solo unos cuantos tendrían el infortunio de conocer lo que es ganarse la atención de los inmortales. En su interior, deseaba, como nunca había ambicionado nada antes, que ese caso mayoritario fuera el de su hijo. Aun así, debía reconocer que estaba de acuerdo con la bruja, no dejaría la protección de su niño a ninguna otra divinidad más que a ella misma.

    ¿Qué le habría hecho aquella deidad que le entregó el moly a la pharmakis? ¿Era la responsable de lo que le había ocurrido en su ojo?

    Un llanto la devolvió al presente y ella actuó para calmar su aflicción. A Afro le pareció increíble que, después de tantas lunas transcurridas, de esas noches en las que, sentada frente al fuego del hogar, apoyaba la mano sobre su vientre, cerraba los ojos y, absorta, había sentido sus primeras pataditas debajo de su piel, ahora, por fin podía arrullar a su hijo.

    ────Debo reconocer que es tal como la retratan los rumores –musitó Temiste, apoyando una mano cálida sobre su hombro.

    ────Es posible –respondió Afro y una sonrisa se dibujó en sus labios en cuanto su pequeño dejó de llorar–. Pero los rumores y los cuentos son precisamente eso. No son hechos.

    Su hijo cruzó miradas con ella con sus ojitos redondos, húmedos, tan brillantes y eso bastó para que cualquier atisbo de tensión a su alrededor se evaporara para dar paso a una felicidad que estalló en su pecho como la miel tibia.

    ────Hola, hola…

    La voz se le quebró un poco, y de su interior brotó un cariño inmenso que estaba destinado a su hijo, rivalizando con el agotamiento sobre sus parpados grises. A Afro no le importó si su hijo iba a ser el más sabio entre los hombres, el mejor entre los dárdanos o el guerrero más temerario en las batallas, como dijo Ofelia, él no tenía que cumplir con grandez hazañas para ganarse el corazón de su madre, pues ella lo quiso desde ese primer día.

    Solía decir que su niño era un niño del verano: nació durante una tarde lluviosa del solsticio que marcaba el fin de la primavera, esas fechas en la que los campos se volvían fértiles y los cielos estaban despejados y brillantes. Tenía el cabello del mismo color que las hojas de los arboles durante el otoño, las mejillas y el puente de la nariz salpicados de pecas tostadas cómo las de su padre; los rasgos de la familia real de Dardania. Y esos ojos… esos ojos claro que los reconocía, eran los de ella: iris de color rosa. Lo meció con amor y él buscó su calor, acurrucándose contra el pecho de su madre.

    Afro no conocía lo que era tener una familia. Nació habiendo quedado huérfana de padre, no tenía madre, pues su cuna habían sido las profundidades del mar. Había ocasiones, aunque no demasiadas, en las que Afro se decía si misma que ser huérfana tenía sus ventajas. No respondía a casi nadie por sus acciones, no tenía una voz que le dictara qué era lo que debía hacer. Esa ausencia la había obligado a volverse independiente, a aprender muchas cosas por su cuenta. Pero también la hacía sentirse increíblemente sola. No tenía a quién acudir en búsqueda de un consejo cuando lo necesitaba, tampoco había quién la escuchara. No tenía a quién abrazar, tampoco quién la abrazara a ella.

    A veces, cuando era más joven, se tendía sobre la cama, cerraba los ojos e imaginaba que tenía una familia. Una madre y un padre. Otras solo eran padre e hija. Él la criaba bajo su ala, era la clase de padre que era severo, fiel a las historias que escuchó sobre él, pero enérgico cuando se trataba de velar por ella. Su madre… ella era dulce, comprensiva, protectora, de carácter tranquilo pero inquebrantable. Le enseñaba a tejer, y por las noches, trenzaba su cabello en las noches, mientras le tarareaba una canción. Y Afro la repetía en el mundo real, hasta quedarse dormida, rodeada por las sombras de su habitación.

    Afro no tenía nada de eso. Pero su hijo no crecería así. Su madre jamás lo dejaría solo.

    ────¿Me permitirías cargarlo, risueña diosa? –preguntó con suavidad Temiste.

    ────Por supuesto.

    La diosa, con extremo cuidado, depositó a su hijo en los brazos plateados de su abuela mortal, y en el rostro de Temiste se curvó una amplia sonrisa. La imagen le calentó el pecho. Durante muchas de esas noches de espera, había observado a Temiste trabajar en su telar, con esos dedos hábiles moviendo los hilos de lana, mientras le contaba historias de su juventud, de como había llegado al palacio de Dardania y asistió a otras madres, antes de Afro.

    Los hijos nunca son iguales, le había dicho una vez. Algunos son un mar de lagrimas durante sus primeras décadas, pero cuando crecen se vuelven un rayo de sol, otros son como las olas de un lago, y mantienen esa quietud aún de grandes. Entonces Afro imaginó como sería su hijo al crecer, ¿sería una hija o un hijo? ¿cómo sería al caminar a su lado?

    Ofelia apareció vistiendo una nueva túnica verde oscuro, aún terminando de anudarla a la cintura con un cordón. Se dispuso a comenzar el proceso de purificación de miasma con humo de plantas sagradas, agua y sal. No sabía si eran imaginaciones suyas, pero cada vez que sus miradas se entrecruzaban, podía ver cierto recelo arder en su pupila. ¿Había descubierto a la diosa detrás del disfraz? Si ese era el caso, la hechicera no dijo nada en ese momento. Afro no apartó sus ojos del suyo. El aire en la habitación se volvió liviano y nítido. Pero la pesadez en su cuerpo no la abandonó, y ya había durado demasiado, a pesar de llevar el disfraz de mortal encima. Su carne estaba experimentando un llamado que nunca antes había sentido; el llamado a la tierra.

    Afro se preguntó cómo relatarían esa escena los rapsodos en sus canciones; la diosa del amor que había recibido a su hijo en la casa de una pharmakis. Sin gloria, sin hazañas imposibles de realizar ¿Enaltecerían ese momento de júbilo? La transmisión de historias por parte de los poetas, era, a menudo, incierta. Diseccionaban sucesos, los retocaban. Hacían lucir mejor a unos que a otros.

    Pero ante ella, había una certeza clara.

    Su hijo era un semidiós. No heredaría de ella ninguna cualidad extraordinaria más allá de su belleza y, aparentemente, también el color de sus ojos. Afro no era una deidad profética; no le legaría la visión del futuro entre los hilos del destino. Tampoco era una guerrera que le enseñaría el arte de las armas.

    En cambio, Afro le enseñaría todas las maravillas del mundo que ella tanto amaba. Le mostraría la inmensidad del mar y las criaturas que habitaban dentro y fuera del agua, las llanuras esmeralda de Dardania extendiéndose debajo de las montañas, y el sabor de los higos con miel. Le cantaría por las noches mientras lo arropaba, y le enseñaría el nombre de las constelaciones que brillaban en el cielo nocturno.

    Esa era su promesa. Y la cumpliría.

    Temiste no parecía haber manifestado ningún síntoma extraño, ninguna molestia; y su hijo igual. Bien. La diosa hizo girar elegantemente su muñeca y abrió su canal psíquico, aun sabiendo que, si lo hacía, esas dos sombras se iban a asomar. Correría el riesgo, no le gustaba sentirse con las extremidades débiles a medio camino de desplomarse. Fuera lo que la estaba aturdiendo, lo averiguaría.

    Entonces Afro se abrió a las emociones a su alrededor, y estas la azotaron como una ola gigantesca en el mar embravecido.
    𝐋𝐀 𝐏𝐑𝐎𝐌𝐄𝐒𝐀 𝐃𝐄 𝐔𝐍𝐀 𝐌𝐀𝐃𝐑𝐄 - 𝐈𝐈 𝐄𝐧 𝐥𝐚 𝐞𝐫𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐨𝐬 𝐡é𝐫𝐨𝐞𝐬 𝐲 𝐦𝐨𝐧𝐬𝐭𝐫𝐮𝐨𝐬 Para una madre, una de sus mayores alegrías es el instante en el que carga a su hijo entre sus brazos por primera vez. Esa vida pequeña que llevaba cuidando en el interior de su vientre abre los ojos y conoce el mundo. Así fue como comenzó todo. Con cada minuto que pasaba, sentía que todo su ser era desgarrado desde el interior por piedras afiladas. En su agonía, sus ojos alternaron entre los ramos de hierbas secas colgadas en hileras del techo, las lámparas de aceite dispuestas en los muebles viejos y el humo del incienso, blanco y denso, que, lejos de relajarla, revolvía su cabeza con un dolor agudo. Apretó la mano de la reina Temiste con tanta fuerza como para hacerla estallar en pequeños fragmentos. No recordaba mucho de ese momento, todo era confuso, doloroso, y ese mismo dolor era el que le recordaba que estaba presente en un lugar en el que quizás no debería haber entrado, pero esa mujer tuerta significaba la diferencia entre la vida y muerte de su hijo. ────Respire, respire… y…. ¡Ahora empuje! –ordenó Ofelia. Y así lo hizo con todas sus fuerzas. Echó su cabeza hacia atrás, apretó la mandíbula y los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No había palabras para describir el inmenso dolor que la atravesó en esos instantes. Tampoco para el alivio que experimentó cuando escuchó el llanto de su bebé por primera vez. ────Mire qué tenemos aquí… ¡Un jovencito de extremidades fuertes! Calma, calma, me vas a arrancar el pulgar, niño. Las lágrimas rodaron por las mejillas de Afro y jadeó una risa entrecortada. Su pequeño sollozó y ella hizo lo mismo. Jamás había escuchado un sonido tan hermoso, tan dulce. Él temblaba y parecía buscarla con su carita humedecida. «Aquí estoy, aquí estoy», quiso decirle. Ofelia se encargó de limpiar a su hijo y lo envolvió con algunas mantas que tenía preparadas. Afro soltó la mano de la reina y la escuchó suspirar a su lado. Si se trataba de alivio por haberla soltado o por la dicha de ver por primera vez a su nieto, fue algo que Afro no pudo discernir, la habitación se sumió en un silencio expectante. En su estado débil, escuchó su pulso en los oídos, las lágrimas en sus ojos enrojecidos dejaron de correr, y el lecho se hundió bajo sus codos cuando intentó incorporarse con pesadez. Esperó. Permaneció rígida en su sitio, lista para abalanzarse en cualquier momento como una leona sobre su presa, con la mirada afilada siguiendo cada uno de los movimientos de Ofelia dirigiéndose a sus hierbas y morteros. ────¿Qué… estás haciendo? No hubo respuesta y Afro puso la punta de un pie fuera de la cama. Ofelia embarró su pulgar con los restos que quedaron de la mezcla que preparó previamente y lo juntó con otra pasta que tenía en otro mortero aún más pequeño, apenas una porción de un ungüento que era oscuro, al observarlo con atención, Afro se percató de que esa mezcla tenía pequeños trozos ambarinos de lo que parecían haber sido pétalos de una flor blanca. El aire en sus pulmones escapó silencioso por sus labios entreabiertos. Eso era «moly». Ofelia presionó su dedo contra la frente de su hijo y dijo: ────Para que siempre estes protegido, para que tu esencia se mantenga y tu voluntad jamás se doblegue. Afro no conocía de todos los secretos que las comadronas empleaban para asistir a las futuras madres en esas labores. Conocía muy poco sobre el proceso. Pero sí estaba segura de una cosa; el procedimiento que Ofelia había seguido para asistirla no era usual, incluso para una pharmakis. Una hechicera. Cuando un bebé estaba a punto de nacer, las parteras solían elevar sus plegarías a Ilitía, la diosa de los nacimientos, ella velaba por todos los nacimientos, incluidos los de dioses y semidioses. Se decía que su ausencia durante los alumbramientos podía traer consecuencias terribles. Pero la pharmakis no la llamó en ningún momento, ni siquiera en una plegaria susurrada. Ni a Ilitía, ni a ninguna otra deidad para pedir por su protección divina para su hijo. Y eso… eso al menos tranquilizó a Afro. Lo que menos deseaba era que cualquier deidad se enterase del nacimiento de su bebé. ────Con esto será suficiente –dijo sonriente Ofelia, sin voltear a verla, como si pudiera leer la expresión recelosa en su rostro celestial–. No necesita más protecciones que esta. Fuera, las gotas de la lluvia repiqueteaban incesantes sobre el techo. El moly era una raíz oscura con flores blancas que no podía ser arracada por los mortales. Su principal función era evitar la magia de transformación, pero también actuaba como un escudo para proteger del dominio de la voluntad, incluido el dominio de los mismísimos dioses. En pocas palabras, la raíz evitaba que cualquier dios interfiriera en la mente o el cuerpo de quién la consumiera. La curiosidad de Afro se afiló como una espina. ────¿Estás segura de ello? ¿Ni siquiera… la protección de la Cazadora? –preguntó Afro, metida en su papel de una joven mortal noble. Un escalofrío le recorrió la pierna cuando la planta de su pie tocó por completo el piso. Era la clase de pregunta que cualquier madre habría formulado en su situación. Evitó decir aquel nombre, como una mortal quién se sabe temerosa de las consecuencias de no clamar por la ayuda a los dioses y que sus acciones lleguen a sus oídos, pues decir su nombre en voz alta sería invitación suficiente para que, Artemisa, la Cazadora Silenciosa, prestara, aunque sea por un breve instante de curiosidad, su atención sobre la estancia. A ella también se le encomendaba la protección de los niños en sus primeros días de vida. ────No la necesita –aseveró–. Mi magia no depende ni pide permiso a nadie, como se habrá dado cuenta. Trabajo con una conexión profunda con la magia más antigua, la ligada a la naturaleza. Yo negocio y trabajo hombro con hombro con la vida misma. Ahora este jovencito está protegido contra todo mal. Ah, por supuesto… –la curva en sus labios comenzó a adoptar una sonrisa burlona–… yo no vendo sueños de humo. No prometo grandes proezas para este niño. No será un gran líder entre los suyos, ni acudirán a él por el consejo de su sabiduría. No será el más temido en batalla y su mente no será tan afilada como el filo de su espada. Todo lo que él consiga lo obtendrá por el sudor de su frente. Si usted desea pedir por el favor y la protección de alguna deidad, adelante, es libre de hacerlo –depositó con cuidado a su hijo en sus brazos, y Afro lo apretó contra su pecho–. Pero si me permite darle un consejo, guarde su aliento y sus lágrimas, mi señora. Los dioses no hacen nada por buena voluntad sin obtener algo tan grande como su gloria a cambio. La protección más grande que necesita su hijo ahora mismo es la de sus padres. Dicho eso, Ofelia salió de la habitación para lavarse y cambiarse. Algo en esas palabras la dejó consternada, decendieron como una verdad incomoda y espesa. Había ira contenida en ellas y de pronto entendió el motivo; esa aseveración solo podía salir de la boca de quién ya ha tratado con dioses. Sus pestañas ensombrecieron parcialmente su mirada y una línea apretó en sus labios. Por mucho que le escocieron en la piel, no iba a negarlas. ¿Cuántas veces no había escuchado a otras deidades jactarse de las ofrendas acumuladas sobre sus altares, más que de los actos nobles que sus manos podrían generar, si realmente de ellos naciera el querer concederlos? ¿Cuántas veces no había visto ese resplandor en sus miradas eternas, cuando un héroe se alzaba y veían en este un medio para mantener su prestigio, para siempre tener que deleitarlos con sus nuevas hazañas? Una vez que encontraban en los mortales un tesoro invaluable, jamás los dejaban ir. Siempre orillados a perseguir la gloria y la fama eterna, negados a poder vivir una vida tranquila y feliz. Afro también era una diosa, y sin embargo, nunca permitiría que él pagara ese precio. No quería una vida así para su hijo. Sin embargo, también había otra verdad; lejos de lo que los mortales pudieran imaginar, a los dioses, los mortales y sus aflicciones, no podrían importarles menos. Afortunadamente para la mayoría, pasarían desapercibidos ante su mirada, solo unos cuantos tendrían el infortunio de conocer lo que es ganarse la atención de los inmortales. En su interior, deseaba, como nunca había ambicionado nada antes, que ese caso mayoritario fuera el de su hijo. Aun así, debía reconocer que estaba de acuerdo con la bruja, no dejaría la protección de su niño a ninguna otra divinidad más que a ella misma. ¿Qué le habría hecho aquella deidad que le entregó el moly a la pharmakis? ¿Era la responsable de lo que le había ocurrido en su ojo? Un llanto la devolvió al presente y ella actuó para calmar su aflicción. A Afro le pareció increíble que, después de tantas lunas transcurridas, de esas noches en las que, sentada frente al fuego del hogar, apoyaba la mano sobre su vientre, cerraba los ojos y, absorta, había sentido sus primeras pataditas debajo de su piel, ahora, por fin podía arrullar a su hijo. ────Debo reconocer que es tal como la retratan los rumores –musitó Temiste, apoyando una mano cálida sobre su hombro. ────Es posible –respondió Afro y una sonrisa se dibujó en sus labios en cuanto su pequeño dejó de llorar–. Pero los rumores y los cuentos son precisamente eso. No son hechos. Su hijo cruzó miradas con ella con sus ojitos redondos, húmedos, tan brillantes y eso bastó para que cualquier atisbo de tensión a su alrededor se evaporara para dar paso a una felicidad que estalló en su pecho como la miel tibia. ────Hola, hola… La voz se le quebró un poco, y de su interior brotó un cariño inmenso que estaba destinado a su hijo, rivalizando con el agotamiento sobre sus parpados grises. A Afro no le importó si su hijo iba a ser el más sabio entre los hombres, el mejor entre los dárdanos o el guerrero más temerario en las batallas, como dijo Ofelia, él no tenía que cumplir con grandez hazañas para ganarse el corazón de su madre, pues ella lo quiso desde ese primer día. Solía decir que su niño era un niño del verano: nació durante una tarde lluviosa del solsticio que marcaba el fin de la primavera, esas fechas en la que los campos se volvían fértiles y los cielos estaban despejados y brillantes. Tenía el cabello del mismo color que las hojas de los arboles durante el otoño, las mejillas y el puente de la nariz salpicados de pecas tostadas cómo las de su padre; los rasgos de la familia real de Dardania. Y esos ojos… esos ojos claro que los reconocía, eran los de ella: iris de color rosa. Lo meció con amor y él buscó su calor, acurrucándose contra el pecho de su madre. Afro no conocía lo que era tener una familia. Nació habiendo quedado huérfana de padre, no tenía madre, pues su cuna habían sido las profundidades del mar. Había ocasiones, aunque no demasiadas, en las que Afro se decía si misma que ser huérfana tenía sus ventajas. No respondía a casi nadie por sus acciones, no tenía una voz que le dictara qué era lo que debía hacer. Esa ausencia la había obligado a volverse independiente, a aprender muchas cosas por su cuenta. Pero también la hacía sentirse increíblemente sola. No tenía a quién acudir en búsqueda de un consejo cuando lo necesitaba, tampoco había quién la escuchara. No tenía a quién abrazar, tampoco quién la abrazara a ella. A veces, cuando era más joven, se tendía sobre la cama, cerraba los ojos e imaginaba que tenía una familia. Una madre y un padre. Otras solo eran padre e hija. Él la criaba bajo su ala, era la clase de padre que era severo, fiel a las historias que escuchó sobre él, pero enérgico cuando se trataba de velar por ella. Su madre… ella era dulce, comprensiva, protectora, de carácter tranquilo pero inquebrantable. Le enseñaba a tejer, y por las noches, trenzaba su cabello en las noches, mientras le tarareaba una canción. Y Afro la repetía en el mundo real, hasta quedarse dormida, rodeada por las sombras de su habitación. Afro no tenía nada de eso. Pero su hijo no crecería así. Su madre jamás lo dejaría solo. ────¿Me permitirías cargarlo, risueña diosa? –preguntó con suavidad Temiste. ────Por supuesto. La diosa, con extremo cuidado, depositó a su hijo en los brazos plateados de su abuela mortal, y en el rostro de Temiste se curvó una amplia sonrisa. La imagen le calentó el pecho. Durante muchas de esas noches de espera, había observado a Temiste trabajar en su telar, con esos dedos hábiles moviendo los hilos de lana, mientras le contaba historias de su juventud, de como había llegado al palacio de Dardania y asistió a otras madres, antes de Afro. Los hijos nunca son iguales, le había dicho una vez. Algunos son un mar de lagrimas durante sus primeras décadas, pero cuando crecen se vuelven un rayo de sol, otros son como las olas de un lago, y mantienen esa quietud aún de grandes. Entonces Afro imaginó como sería su hijo al crecer, ¿sería una hija o un hijo? ¿cómo sería al caminar a su lado? Ofelia apareció vistiendo una nueva túnica verde oscuro, aún terminando de anudarla a la cintura con un cordón. Se dispuso a comenzar el proceso de purificación de miasma con humo de plantas sagradas, agua y sal. No sabía si eran imaginaciones suyas, pero cada vez que sus miradas se entrecruzaban, podía ver cierto recelo arder en su pupila. ¿Había descubierto a la diosa detrás del disfraz? Si ese era el caso, la hechicera no dijo nada en ese momento. Afro no apartó sus ojos del suyo. El aire en la habitación se volvió liviano y nítido. Pero la pesadez en su cuerpo no la abandonó, y ya había durado demasiado, a pesar de llevar el disfraz de mortal encima. Su carne estaba experimentando un llamado que nunca antes había sentido; el llamado a la tierra. Afro se preguntó cómo relatarían esa escena los rapsodos en sus canciones; la diosa del amor que había recibido a su hijo en la casa de una pharmakis. Sin gloria, sin hazañas imposibles de realizar ¿Enaltecerían ese momento de júbilo? La transmisión de historias por parte de los poetas, era, a menudo, incierta. Diseccionaban sucesos, los retocaban. Hacían lucir mejor a unos que a otros. Pero ante ella, había una certeza clara. Su hijo era un semidiós. No heredaría de ella ninguna cualidad extraordinaria más allá de su belleza y, aparentemente, también el color de sus ojos. Afro no era una deidad profética; no le legaría la visión del futuro entre los hilos del destino. Tampoco era una guerrera que le enseñaría el arte de las armas. En cambio, Afro le enseñaría todas las maravillas del mundo que ella tanto amaba. Le mostraría la inmensidad del mar y las criaturas que habitaban dentro y fuera del agua, las llanuras esmeralda de Dardania extendiéndose debajo de las montañas, y el sabor de los higos con miel. Le cantaría por las noches mientras lo arropaba, y le enseñaría el nombre de las constelaciones que brillaban en el cielo nocturno. Esa era su promesa. Y la cumpliría. Temiste no parecía haber manifestado ningún síntoma extraño, ninguna molestia; y su hijo igual. Bien. La diosa hizo girar elegantemente su muñeca y abrió su canal psíquico, aun sabiendo que, si lo hacía, esas dos sombras se iban a asomar. Correría el riesgo, no le gustaba sentirse con las extremidades débiles a medio camino de desplomarse. Fuera lo que la estaba aturdiendo, lo averiguaría. Entonces Afro se abrió a las emociones a su alrededor, y estas la azotaron como una ola gigantesca en el mar embravecido.
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  • Un buen sitio para conocer un poco a la especie dominante, los vestigio de uno de sus actividades menos nobles, la guerra, ninguna especie inteligente o no, escapa de la necesidad de recursos bajo cualquier pretexto.

    Unidad 44, examina los nidos humanos, en ruinas, solo cimientos, paredes y concreto de lo que fue una ciudad, pero hay toda clase de objetos de los que puede llevarse para estudiar o coleccionar.
    Un buen sitio para conocer un poco a la especie dominante, los vestigio de uno de sus actividades menos nobles, la guerra, ninguna especie inteligente o no, escapa de la necesidad de recursos bajo cualquier pretexto. Unidad 44, examina los nidos humanos, en ruinas, solo cimientos, paredes y concreto de lo que fue una ciudad, pero hay toda clase de objetos de los que puede llevarse para estudiar o coleccionar.
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  • Es dicho como susurros detrás de un abanico o como carcajadas después de una copa de espíritu, que una dama propia jamás se atrevería a cabalgar por su cuenta. El peligro que conllevaba el pesado vestido, las vaporosas mangas y la exposición solar eran razones suficientes para decantar el uso doméstico a un carruaje combinado con un parasol.

    Pero allí, donde el bosque se negaba a arrodillarse a merced de la humanidad y el arrullo de las copas en unísono podían llegar a rugir como la marejada más noble, Viktoria encontraba una bocanada de libertad como nunca hubiera respirado en medio de la ciudad. Sin títulos, sin ojos recelosos ni murmullos meditabundos. Solo ella, el mar albo debajo de cada pisada que atreviera a darse y el lejano sonido de un caballo amarrado ocupando su tiempo en pilar de heno.
    Es dicho como susurros detrás de un abanico o como carcajadas después de una copa de espíritu, que una dama propia jamás se atrevería a cabalgar por su cuenta. El peligro que conllevaba el pesado vestido, las vaporosas mangas y la exposición solar eran razones suficientes para decantar el uso doméstico a un carruaje combinado con un parasol. Pero allí, donde el bosque se negaba a arrodillarse a merced de la humanidad y el arrullo de las copas en unísono podían llegar a rugir como la marejada más noble, Viktoria encontraba una bocanada de libertad como nunca hubiera respirado en medio de la ciudad. Sin títulos, sin ojos recelosos ni murmullos meditabundos. Solo ella, el mar albo debajo de cada pisada que atreviera a darse y el lejano sonido de un caballo amarrado ocupando su tiempo en pilar de heno.
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  • ── No hay nada noble en ser superior a tus semejantes; la verdadera nobleza reside en ser superior a tu antiguo yo.
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  • ── Luna Menguante... eso quiere decir que es cuestión de tiempo para que cambie de apariencia... Sean gentiles con mi otra personalidad, ella es mas noble, sensible y empática, no hieran su corazon de oro. ~
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  • Desde lo alto de la azotea, Lyra había dejado que la ciudad se desdibujara ante sus ojos. Donde ahora se alzaban edificios fríos y luces constantes, su memoria insistía en devolverle otras formas, calles estrechas, piedra húmeda, sombras profundas donde la noche parecía respirar. Lugares que ya no existían, pero que para ella seguían intactos. Allí había corrido cuando apenas tenía nueve años.

    Huía de los Varkhûn, vampiros sanguinarios para quienes la sangre noble era ofrenda y destino. Incluso siendo una niña, Lyra lo sabía. Sabía que su linaje la marcaba, que por sus padres su sangre tenía valor. Aquella noche no corría solo para escapar...corría porque iba a ser sacrificada. Porque debía morir junto a ellos.

    La lluvia había caído sin piedad, empapándole el cabello, cegándole los ojos. Sus rodillas y brazos estaban cubiertos de raspones, la piel ardiendo con cada tropiezo, pero no se había detenido. El miedo era más fuerte que el dolor. Solo pensaba en esconderse, en seguir adelante, en no desobedecer la última voz que había escuchado.
    Su madre se había arrodillado frente a ella, con una calma rota que no encajaba con el horror de la noche. Con manos temblorosas le había colocado el collar alrededor del cuello, ajustándolo con cuidado, como si ese gesto pudiera protegerla del mundo.

    ♧ Corre, Lyra -le había susurrado -No mires atrás. Pase lo que pase… yo siempre estaré en tu corazón -Entonces corrió...corrió aferrándose a esas palabras. No miró atrás. No vio cómo sus padres se quedaban. No vio cómo la noche los reclamaba. Solo apretó el collar contra su pecho, creyendo que aquel objeto era lo único que la mantenía con vida. Lo único que le quedaba de ellos.

    No murió esa noche. No como estaba escrito. Vivió gracias al sacrificio de sus padres, y esa verdad se había convertido en una herida silenciosa que el tiempo nunca cerró. Ahora, siglos después, Lyra suspiró despacio. El sonido se perdió en el aire nocturno. Sus dedos rozaron el collar con un gesto cansado, nostálgico.

    ♧ Suficiente -se dijo a sí misma -Los lamentos no traen a los muertos de vuelta -su mente, traicionera, insinuó otra posibilidad -A menos que… no - Se obligó a apartar ese pensamiento. Comunicarse con ellos, buscar sus voces más allá del velo, era demasiado arriesgado. Ya lo había intentado una vez. Recordaba demasiado bien cómo había terminado. Nada había salido como esperaba… y las consecuencias aún la perseguían.

    Cerró los ojos un instante, dejando que la nostalgia se drenara de su mente. Cuando volvió a abrirlos, la ciudad seguía allí, viva e indiferente. Ella permanecía inmóvil, con el peso del pasado colgando de su cuello, que parecía recordarle los estragos de su yo de la niñez.
    Desde lo alto de la azotea, Lyra había dejado que la ciudad se desdibujara ante sus ojos. Donde ahora se alzaban edificios fríos y luces constantes, su memoria insistía en devolverle otras formas, calles estrechas, piedra húmeda, sombras profundas donde la noche parecía respirar. Lugares que ya no existían, pero que para ella seguían intactos. Allí había corrido cuando apenas tenía nueve años. Huía de los Varkhûn, vampiros sanguinarios para quienes la sangre noble era ofrenda y destino. Incluso siendo una niña, Lyra lo sabía. Sabía que su linaje la marcaba, que por sus padres su sangre tenía valor. Aquella noche no corría solo para escapar...corría porque iba a ser sacrificada. Porque debía morir junto a ellos. La lluvia había caído sin piedad, empapándole el cabello, cegándole los ojos. Sus rodillas y brazos estaban cubiertos de raspones, la piel ardiendo con cada tropiezo, pero no se había detenido. El miedo era más fuerte que el dolor. Solo pensaba en esconderse, en seguir adelante, en no desobedecer la última voz que había escuchado. Su madre se había arrodillado frente a ella, con una calma rota que no encajaba con el horror de la noche. Con manos temblorosas le había colocado el collar alrededor del cuello, ajustándolo con cuidado, como si ese gesto pudiera protegerla del mundo. ♧ Corre, Lyra -le había susurrado -No mires atrás. Pase lo que pase… yo siempre estaré en tu corazón -Entonces corrió...corrió aferrándose a esas palabras. No miró atrás. No vio cómo sus padres se quedaban. No vio cómo la noche los reclamaba. Solo apretó el collar contra su pecho, creyendo que aquel objeto era lo único que la mantenía con vida. Lo único que le quedaba de ellos. No murió esa noche. No como estaba escrito. Vivió gracias al sacrificio de sus padres, y esa verdad se había convertido en una herida silenciosa que el tiempo nunca cerró. Ahora, siglos después, Lyra suspiró despacio. El sonido se perdió en el aire nocturno. Sus dedos rozaron el collar con un gesto cansado, nostálgico. ♧ Suficiente -se dijo a sí misma -Los lamentos no traen a los muertos de vuelta -su mente, traicionera, insinuó otra posibilidad -A menos que… no - Se obligó a apartar ese pensamiento. Comunicarse con ellos, buscar sus voces más allá del velo, era demasiado arriesgado. Ya lo había intentado una vez. Recordaba demasiado bien cómo había terminado. Nada había salido como esperaba… y las consecuencias aún la perseguían. Cerró los ojos un instante, dejando que la nostalgia se drenara de su mente. Cuando volvió a abrirlos, la ciudad seguía allí, viva e indiferente. Ella permanecía inmóvil, con el peso del pasado colgando de su cuello, que parecía recordarle los estragos de su yo de la niñez.
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  • Una vez más en este bosque... Una vez más los recuerdos inundarían su ahora lúcida mente...

    El camino había sido breve esta vez, lo recordaba con más claridad que antes, un efecto que tenía en ella el retomar su forma original.

    La noche era iluminada solamente por la luna llena. El único ruido en estos lugares era el viento silbando a través de los árboles, pues los animales eran escasos en estas tierras. Sus botas apenas hacían algún ruido al caminar.

    Sus ojos de un color plateado se notaban bajo la sombra proyectada por su sombrero. Su cabellera rubia era iluminada parcialmente por la luz lunar.

    Finalmente alcanzó su destino, la tumba que había visitado miles de veces. Las flores se amontonaban, la mayoría marchitas, apenas un recuerdo, una plegaria para que volviese con ella.

    Su voz rompió el silencio. — Pensé que querrías verme así. — Pues no venía como Morana, sino como Adela, aquella mujer de campo que, de alguna forma, consiguió cautivar la mirada de un noble.

    Adela suspiró, tenía sus girasoles en mano, una flor que simbolizaba la lealtad y la admiración. Colocó las flores sobre la tumba con delicadeza. — Es posible que no vuelva. — Comentó como si su esposo fuera a escucharla a través de la tierra.

    Si bien era poderosa, el conflicto por venir era a gran escala, y no sabría si le sería posible volver a verlo, no sabría si su vida terminaría en este siglo.

    — Espero que lo entiendas. — Su voz sonaba... Cansada más que triste. Tantos años repitiendo el mismo camino, tantos años repitiendo el mismo ritual ¿Para qué? Debería dejar de hacer esto, él ya no está y le dejó claro que no quería una segunda vida.

    — Adiós Gerhard. — Dijo en voz baja al momento de voltearse, quiso decir que lo amaba, pero realmente... Ya no lo tenía tan claro. El tiempo había hecho mella en su corazón, pero ahora no había tiempo de dudar...

    Así se alejó, caminando tan tranquilamente como llegó al lugar, pero con una nueva duda en su corazón.
    Una vez más en este bosque... Una vez más los recuerdos inundarían su ahora lúcida mente... El camino había sido breve esta vez, lo recordaba con más claridad que antes, un efecto que tenía en ella el retomar su forma original. La noche era iluminada solamente por la luna llena. El único ruido en estos lugares era el viento silbando a través de los árboles, pues los animales eran escasos en estas tierras. Sus botas apenas hacían algún ruido al caminar. Sus ojos de un color plateado se notaban bajo la sombra proyectada por su sombrero. Su cabellera rubia era iluminada parcialmente por la luz lunar. Finalmente alcanzó su destino, la tumba que había visitado miles de veces. Las flores se amontonaban, la mayoría marchitas, apenas un recuerdo, una plegaria para que volviese con ella. Su voz rompió el silencio. — Pensé que querrías verme así. — Pues no venía como Morana, sino como Adela, aquella mujer de campo que, de alguna forma, consiguió cautivar la mirada de un noble. Adela suspiró, tenía sus girasoles en mano, una flor que simbolizaba la lealtad y la admiración. Colocó las flores sobre la tumba con delicadeza. — Es posible que no vuelva. — Comentó como si su esposo fuera a escucharla a través de la tierra. Si bien era poderosa, el conflicto por venir era a gran escala, y no sabría si le sería posible volver a verlo, no sabría si su vida terminaría en este siglo. — Espero que lo entiendas. — Su voz sonaba... Cansada más que triste. Tantos años repitiendo el mismo camino, tantos años repitiendo el mismo ritual ¿Para qué? Debería dejar de hacer esto, él ya no está y le dejó claro que no quería una segunda vida. — Adiós Gerhard. — Dijo en voz baja al momento de voltearse, quiso decir que lo amaba, pero realmente... Ya no lo tenía tan claro. El tiempo había hecho mella en su corazón, pero ahora no había tiempo de dudar... Así se alejó, caminando tan tranquilamente como llegó al lugar, pero con una nueva duda en su corazón.
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