• Desde lo alto de la azotea, Lyra había dejado que la ciudad se desdibujara ante sus ojos. Donde ahora se alzaban edificios fríos y luces constantes, su memoria insistía en devolverle otras formas, calles estrechas, piedra húmeda, sombras profundas donde la noche parecía respirar. Lugares que ya no existían, pero que para ella seguían intactos. Allí había corrido cuando apenas tenía nueve años.

    Huía de los Varkhûn, vampiros sanguinarios para quienes la sangre noble era ofrenda y destino. Incluso siendo una niña, Lyra lo sabía. Sabía que su linaje la marcaba, que por sus padres su sangre tenía valor. Aquella noche no corría solo para escapar...corría porque iba a ser sacrificada. Porque debía morir junto a ellos.

    La lluvia había caído sin piedad, empapándole el cabello, cegándole los ojos. Sus rodillas y brazos estaban cubiertos de raspones, la piel ardiendo con cada tropiezo, pero no se había detenido. El miedo era más fuerte que el dolor. Solo pensaba en esconderse, en seguir adelante, en no desobedecer la última voz que había escuchado.
    Su madre se había arrodillado frente a ella, con una calma rota que no encajaba con el horror de la noche. Con manos temblorosas le había colocado el collar alrededor del cuello, ajustándolo con cuidado, como si ese gesto pudiera protegerla del mundo.

    ♧ Corre, Lyra -le había susurrado -No mires atrás. Pase lo que pase… yo siempre estaré en tu corazón -Entonces corrió...corrió aferrándose a esas palabras. No miró atrás. No vio cómo sus padres se quedaban. No vio cómo la noche los reclamaba. Solo apretó el collar contra su pecho, creyendo que aquel objeto era lo único que la mantenía con vida. Lo único que le quedaba de ellos.

    No murió esa noche. No como estaba escrito. Vivió gracias al sacrificio de sus padres, y esa verdad se había convertido en una herida silenciosa que el tiempo nunca cerró. Ahora, siglos después, Lyra suspiró despacio. El sonido se perdió en el aire nocturno. Sus dedos rozaron el collar con un gesto cansado, nostálgico.

    ♧ Suficiente -se dijo a sí misma -Los lamentos no traen a los muertos de vuelta -su mente, traicionera, insinuó otra posibilidad -A menos que… no - Se obligó a apartar ese pensamiento. Comunicarse con ellos, buscar sus voces más allá del velo, era demasiado arriesgado. Ya lo había intentado una vez. Recordaba demasiado bien cómo había terminado. Nada había salido como esperaba… y las consecuencias aún la perseguían.

    Cerró los ojos un instante, dejando que la nostalgia se drenara de su mente. Cuando volvió a abrirlos, la ciudad seguía allí, viva e indiferente. Ella permanecía inmóvil, con el peso del pasado colgando de su cuello, que parecía recordarle los estragos de su yo de la niñez.
    Desde lo alto de la azotea, Lyra había dejado que la ciudad se desdibujara ante sus ojos. Donde ahora se alzaban edificios fríos y luces constantes, su memoria insistía en devolverle otras formas, calles estrechas, piedra húmeda, sombras profundas donde la noche parecía respirar. Lugares que ya no existían, pero que para ella seguían intactos. Allí había corrido cuando apenas tenía nueve años. Huía de los Varkhûn, vampiros sanguinarios para quienes la sangre noble era ofrenda y destino. Incluso siendo una niña, Lyra lo sabía. Sabía que su linaje la marcaba, que por sus padres su sangre tenía valor. Aquella noche no corría solo para escapar...corría porque iba a ser sacrificada. Porque debía morir junto a ellos. La lluvia había caído sin piedad, empapándole el cabello, cegándole los ojos. Sus rodillas y brazos estaban cubiertos de raspones, la piel ardiendo con cada tropiezo, pero no se había detenido. El miedo era más fuerte que el dolor. Solo pensaba en esconderse, en seguir adelante, en no desobedecer la última voz que había escuchado. Su madre se había arrodillado frente a ella, con una calma rota que no encajaba con el horror de la noche. Con manos temblorosas le había colocado el collar alrededor del cuello, ajustándolo con cuidado, como si ese gesto pudiera protegerla del mundo. ♧ Corre, Lyra -le había susurrado -No mires atrás. Pase lo que pase… yo siempre estaré en tu corazón -Entonces corrió...corrió aferrándose a esas palabras. No miró atrás. No vio cómo sus padres se quedaban. No vio cómo la noche los reclamaba. Solo apretó el collar contra su pecho, creyendo que aquel objeto era lo único que la mantenía con vida. Lo único que le quedaba de ellos. No murió esa noche. No como estaba escrito. Vivió gracias al sacrificio de sus padres, y esa verdad se había convertido en una herida silenciosa que el tiempo nunca cerró. Ahora, siglos después, Lyra suspiró despacio. El sonido se perdió en el aire nocturno. Sus dedos rozaron el collar con un gesto cansado, nostálgico. ♧ Suficiente -se dijo a sí misma -Los lamentos no traen a los muertos de vuelta -su mente, traicionera, insinuó otra posibilidad -A menos que… no - Se obligó a apartar ese pensamiento. Comunicarse con ellos, buscar sus voces más allá del velo, era demasiado arriesgado. Ya lo había intentado una vez. Recordaba demasiado bien cómo había terminado. Nada había salido como esperaba… y las consecuencias aún la perseguían. Cerró los ojos un instante, dejando que la nostalgia se drenara de su mente. Cuando volvió a abrirlos, la ciudad seguía allí, viva e indiferente. Ella permanecía inmóvil, con el peso del pasado colgando de su cuello, que parecía recordarle los estragos de su yo de la niñez.
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  • Una vez más en este bosque... Una vez más los recuerdos inundarían su ahora lúcida mente...

    El camino había sido breve esta vez, lo recordaba con más claridad que antes, un efecto que tenía en ella el retomar su forma original.

    La noche era iluminada solamente por la luna llena. El único ruido en estos lugares era el viento silbando a través de los árboles, pues los animales eran escasos en estas tierras. Sus botas apenas hacían algún ruido al caminar.

    Sus ojos de un color plateado se notaban bajo la sombra proyectada por su sombrero. Su cabellera rubia era iluminada parcialmente por la luz lunar.

    Finalmente alcanzó su destino, la tumba que había visitado miles de veces. Las flores se amontonaban, la mayoría marchitas, apenas un recuerdo, una plegaria para que volviese con ella.

    Su voz rompió el silencio. — Pensé que querrías verme así. — Pues no venía como Morana, sino como Adela, aquella mujer de campo que, de alguna forma, consiguió cautivar la mirada de un noble.

    Adela suspiró, tenía sus girasoles en mano, una flor que simbolizaba la lealtad y la admiración. Colocó las flores sobre la tumba con delicadeza. — Es posible que no vuelva. — Comentó como si su esposo fuera a escucharla a través de la tierra.

    Si bien era poderosa, el conflicto por venir era a gran escala, y no sabría si le sería posible volver a verlo, no sabría si su vida terminaría en este siglo.

    — Espero que lo entiendas. — Su voz sonaba... Cansada más que triste. Tantos años repitiendo el mismo camino, tantos años repitiendo el mismo ritual ¿Para qué? Debería dejar de hacer esto, él ya no está y le dejó claro que no quería una segunda vida.

    — Adiós Gerhard. — Dijo en voz baja al momento de voltearse, quiso decir que lo amaba, pero realmente... Ya no lo tenía tan claro. El tiempo había hecho mella en su corazón, pero ahora no había tiempo de dudar...

    Así se alejó, caminando tan tranquilamente como llegó al lugar, pero con una nueva duda en su corazón.
    Una vez más en este bosque... Una vez más los recuerdos inundarían su ahora lúcida mente... El camino había sido breve esta vez, lo recordaba con más claridad que antes, un efecto que tenía en ella el retomar su forma original. La noche era iluminada solamente por la luna llena. El único ruido en estos lugares era el viento silbando a través de los árboles, pues los animales eran escasos en estas tierras. Sus botas apenas hacían algún ruido al caminar. Sus ojos de un color plateado se notaban bajo la sombra proyectada por su sombrero. Su cabellera rubia era iluminada parcialmente por la luz lunar. Finalmente alcanzó su destino, la tumba que había visitado miles de veces. Las flores se amontonaban, la mayoría marchitas, apenas un recuerdo, una plegaria para que volviese con ella. Su voz rompió el silencio. — Pensé que querrías verme así. — Pues no venía como Morana, sino como Adela, aquella mujer de campo que, de alguna forma, consiguió cautivar la mirada de un noble. Adela suspiró, tenía sus girasoles en mano, una flor que simbolizaba la lealtad y la admiración. Colocó las flores sobre la tumba con delicadeza. — Es posible que no vuelva. — Comentó como si su esposo fuera a escucharla a través de la tierra. Si bien era poderosa, el conflicto por venir era a gran escala, y no sabría si le sería posible volver a verlo, no sabría si su vida terminaría en este siglo. — Espero que lo entiendas. — Su voz sonaba... Cansada más que triste. Tantos años repitiendo el mismo camino, tantos años repitiendo el mismo ritual ¿Para qué? Debería dejar de hacer esto, él ya no está y le dejó claro que no quería una segunda vida. — Adiós Gerhard. — Dijo en voz baja al momento de voltearse, quiso decir que lo amaba, pero realmente... Ya no lo tenía tan claro. El tiempo había hecho mella en su corazón, pero ahora no había tiempo de dudar... Así se alejó, caminando tan tranquilamente como llegó al lugar, pero con una nueva duda en su corazón.
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  • Preludio a la guerra.
    Fandom OC
    Categoría Drama
    Konrad Eisenwulf

    El silencio era pesado, roto solamente por el sonido del andar de la mujer. Su ropa era de otra época; mejor así, pues si bien ahora vivía en la época moderna, las brasas del conflicto de antaño habían vuelto a arder.

    Cualquiera que la viera no la reconocería, no era Morana, ahora portaba su verdadera apariencia, una mujer rubia de ojos plateados y complexión delgada. Una mujer cuyo nombre nadie recordaba, pero durante esta guerra se volvería a pronunciar.

    Nunca le pertenecieron nombres de nobleza, nunca tuvo derecho a títulos ni linajes, no heredó el estatus que su madre ostentó en vida, era un nombre común para alguien común, de la misma manera que los apellidos eran reservados para aquellos de nobleza...

    Adela.

    ¿Dónde estaba? Solamente ella lo sabía...

    Fortaleza alzada en su nombre, un altar a su persona construido por quienes en su momento fueron sus siervos, y destinado a ser su lugar de descanso.
    Un lugar que la iglesia consideraría profano; sin embargo, era sagrado para ella.
    La luz del exterior le iluminó el rostro en el momento que alzó la vista.

    Las velas que se encontraban en los laterales del lugar se encendieron por si solas, reconociendo que al fin, su señora había vuelto.
    Este sería el punto de reunión durante la guerra y, en caso de necesidad, sería donde transcurriría el encuentro final, pero eso no acontece ahora.

    Se acercó a paso calmado hacia su asiento, acarició el reposabrazos con nostalgia, el polvo se adhirió a su mano, este lugar llevaba demasiado tiempo olvidado.

    Se tomó un momento mirando su asiento, que aunque se mantuviera intacto, estaba marcado por el paso del tiempo.

    Parece que los años no le pesaban solamente a ella.

    Se dispuso a tomar asiento, posando su arma sobre su regazo, fue entonces cuando su voz cortó el silencio.

    — Konrad Eisenwulf. — Pronunció con tono calmado, mas el caballero sabría que era una orden, requería de su presencia una vez más.
    [Ultimate_Warrior] El silencio era pesado, roto solamente por el sonido del andar de la mujer. Su ropa era de otra época; mejor así, pues si bien ahora vivía en la época moderna, las brasas del conflicto de antaño habían vuelto a arder. Cualquiera que la viera no la reconocería, no era Morana, ahora portaba su verdadera apariencia, una mujer rubia de ojos plateados y complexión delgada. Una mujer cuyo nombre nadie recordaba, pero durante esta guerra se volvería a pronunciar. Nunca le pertenecieron nombres de nobleza, nunca tuvo derecho a títulos ni linajes, no heredó el estatus que su madre ostentó en vida, era un nombre común para alguien común, de la misma manera que los apellidos eran reservados para aquellos de nobleza... Adela. ¿Dónde estaba? Solamente ella lo sabía... Fortaleza alzada en su nombre, un altar a su persona construido por quienes en su momento fueron sus siervos, y destinado a ser su lugar de descanso. Un lugar que la iglesia consideraría profano; sin embargo, era sagrado para ella. La luz del exterior le iluminó el rostro en el momento que alzó la vista. Las velas que se encontraban en los laterales del lugar se encendieron por si solas, reconociendo que al fin, su señora había vuelto. Este sería el punto de reunión durante la guerra y, en caso de necesidad, sería donde transcurriría el encuentro final, pero eso no acontece ahora. Se acercó a paso calmado hacia su asiento, acarició el reposabrazos con nostalgia, el polvo se adhirió a su mano, este lugar llevaba demasiado tiempo olvidado. Se tomó un momento mirando su asiento, que aunque se mantuviera intacto, estaba marcado por el paso del tiempo. Parece que los años no le pesaban solamente a ella. Se dispuso a tomar asiento, posando su arma sobre su regazo, fue entonces cuando su voz cortó el silencio. — Konrad Eisenwulf. — Pronunció con tono calmado, mas el caballero sabría que era una orden, requería de su presencia una vez más.
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  • ꧁༒☬𝓐𝓛𝓐𝓢𝓣𝓞𝓡 𝓡𝓔𝓓 𝓓𝓔𝓜𝓞𝓝 𝓞𝓥𝓔𝓡𝓛𝓞𝓡𝓓☬༒꧂ Bonne année 2026 !
    L'image est magnifique, et la couronne française lui donne une touche unique. Merci, mon noble chevalier.
    [Alastor_rabbit] Bonne année 2026 ! L'image est magnifique, et la couronne française lui donne une touche unique. Merci, mon noble chevalier.
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    ꧁༒☬𝓐𝓛𝓐𝓢𝓣𝓞𝓡 𝓡𝓔𝓓 𝓓𝓔𝓜𝓞𝓝 𝓞𝓥𝓔𝓡𝓛𝓞𝓡𝓓☬༒꧂ elegancia la de Francia...
    Hasta parece noble de esa época
    [Alastor_rabbit] elegancia la de Francia... Hasta parece noble de esa época 🧐🍵
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  • 𝚃𝙷𝙴 𝙴𝙽𝙳 𝙾𝙵 𝚃𝙷𝙴 𝙱𝙰𝚃𝚃𝙻𝙴
    Fandom .
    Categoría Acción
    Nadie negaba que Erixos tenía una agilidad envidiable y rapidez para tomar decisiones, un líder nato con un instinto animal para sobrevivir. Había servido en las Guerras Dacias, bajo el reinado del emperador Trajano; guiando a sus hombres entre las montañas, soportando el cruel invierno en fortalezas de madera que apenas daban reparo de la nieve y el frío álgido, viendo caer a hombres jóvenes y también a veteranos que parecían indestructibles.

    Fueron meses difíciles, el enemigo tenía la ventaja de quien conoce el terreno en el que ha vivido toda su vida, pero no contaban con que el menor de los hijos de Cassyus supiera defender una posición durante un ataque nocturno, manteniéndose firme mientras la mitad de sus hombres caían y ganando tiempo hasta que los triarii «veteranos equipados con lanza» en compañía de los equites «jinetes expertos» hasta que los refuerzos atacaron desde el extremo opuesto, tomando al enemigo por sorpresa y aseguraron la victoria.

    Cuando regresó a su aldea con licencia temporal, todavía le costaba creer que estaba vivo. Sujetaba las riendas de su caballo que exhausto por el viaje caminaba más despacio que de costumbre, pero ese no era problema para su amo que caminaba a la par, paciente y agradecido con tan noble animal por haberle ayudado a regresar a su hogar. Erixos portaba su uniforme, la lorica segmentata, el casco colgando del pliegue del codo y su gladius envainado, más por costumbre que por necesidad. Aun así, cada sonido inesperado lo hacía girar, la guerra le había dejado reflejos difíciles de apagar.

    Se preguntaba si las cosas en su hogar estarían como las dejo, en ocho meses dudaba encontrar demasiados cambios, pero su mayor temor era no encontrar a la mujer en la que habían pensado día y noche.

    Al llegar a la entrada de la aldea, vio a un par de campesinos descargando un carro de heno. Uno de ellos lo observó y al reconocerlo, lo saludo con una reverencia de profundo respeto y los demás imitaron el gesto. Un centurión no era un soldado cualquiera, para los campesinos representaban autoridad y tener uno viviendo en la misma aldea les aseguraba que estaban a salvo, sobre todos de bandidos.

    Sin embargo, para ellos Erixos era, ante todo alguien a quien convenía respetar y no provocar.

    Cuando entró en la aldea, varios vecinos lo miraron con discreción. No era común ver a un centurión tan joven con el vitis «la vara de mando» sujeta a su cinturón como si aún no estuviera acostumbrado a portarla y de inmediato corrieron la voz sobre su llegada para que los sirvientes de Erixos se acercaran a recibirlo, a él y a su fiel caballo que lo había acompañado en la batalla.

    Livia
    Nadie negaba que Erixos tenía una agilidad envidiable y rapidez para tomar decisiones, un líder nato con un instinto animal para sobrevivir. Había servido en las Guerras Dacias, bajo el reinado del emperador Trajano; guiando a sus hombres entre las montañas, soportando el cruel invierno en fortalezas de madera que apenas daban reparo de la nieve y el frío álgido, viendo caer a hombres jóvenes y también a veteranos que parecían indestructibles. Fueron meses difíciles, el enemigo tenía la ventaja de quien conoce el terreno en el que ha vivido toda su vida, pero no contaban con que el menor de los hijos de Cassyus supiera defender una posición durante un ataque nocturno, manteniéndose firme mientras la mitad de sus hombres caían y ganando tiempo hasta que los triarii «veteranos equipados con lanza» en compañía de los equites «jinetes expertos» hasta que los refuerzos atacaron desde el extremo opuesto, tomando al enemigo por sorpresa y aseguraron la victoria. Cuando regresó a su aldea con licencia temporal, todavía le costaba creer que estaba vivo. Sujetaba las riendas de su caballo que exhausto por el viaje caminaba más despacio que de costumbre, pero ese no era problema para su amo que caminaba a la par, paciente y agradecido con tan noble animal por haberle ayudado a regresar a su hogar. Erixos portaba su uniforme, la lorica segmentata, el casco colgando del pliegue del codo y su gladius envainado, más por costumbre que por necesidad. Aun así, cada sonido inesperado lo hacía girar, la guerra le había dejado reflejos difíciles de apagar. Se preguntaba si las cosas en su hogar estarían como las dejo, en ocho meses dudaba encontrar demasiados cambios, pero su mayor temor era no encontrar a la mujer en la que habían pensado día y noche. Al llegar a la entrada de la aldea, vio a un par de campesinos descargando un carro de heno. Uno de ellos lo observó y al reconocerlo, lo saludo con una reverencia de profundo respeto y los demás imitaron el gesto. Un centurión no era un soldado cualquiera, para los campesinos representaban autoridad y tener uno viviendo en la misma aldea les aseguraba que estaban a salvo, sobre todos de bandidos. Sin embargo, para ellos Erixos era, ante todo alguien a quien convenía respetar y no provocar. Cuando entró en la aldea, varios vecinos lo miraron con discreción. No era común ver a un centurión tan joven con el vitis «la vara de mando» sujeta a su cinturón como si aún no estuviera acostumbrado a portarla y de inmediato corrieron la voz sobre su llegada para que los sirvientes de Erixos se acercaran a recibirlo, a él y a su fiel caballo que lo había acompañado en la batalla. [Almad3esclava]
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    Bienvenido, Sting Nura Byakuren Ishtar

    Hoy el umbral de Ishtar’s Demonic Déesse Infernal Glamour se abre para recibir a una presencia nacida del linaje, la elegancia y el poder. Tu nombre no llega como un eco: llega como una proclamación.

    Aquí, donde el glamour infernal se forja con disciplina, carisma y esencia divina, tu porte se convierte en símbolo. Cada mirada que portas es autoridad, cada paso es legado, y cada sesión será una manifestación de tu identidad única: nobleza oscura, estilo impecable y magnetismo absoluto.

    Bienvenido al escenario donde los herederos no solo brillan…
    redefinen la belleza y el dominio.
    ✨ Bienvenido, Sting Nura Byakuren Ishtar ✨ Hoy el umbral de Ishtar’s Demonic Déesse Infernal Glamour se abre para recibir a una presencia nacida del linaje, la elegancia y el poder. Tu nombre no llega como un eco: llega como una proclamación. Aquí, donde el glamour infernal se forja con disciplina, carisma y esencia divina, tu porte se convierte en símbolo. Cada mirada que portas es autoridad, cada paso es legado, y cada sesión será una manifestación de tu identidad única: nobleza oscura, estilo impecable y magnetismo absoluto. Bienvenido al escenario donde los herederos no solo brillan… redefinen la belleza y el dominio. 🔥👑
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  • Ustedes creen en el amor eterno? En ese encuentro único y jamás se borra de su mente y corazón?..
    Les contaré una pequeña historia..LA LEYENDA DE LOS AMANTES MARIPOSA

    Zhu Yingtai es una chica muy inteligente que quería aprender e ir a la escuela. Sin embargo, en aquella época la mujer no lo tenía fácil y no podía tener acceso a la educación más allá de la que podía recibir en su casa. A pesar de las dificultades, llegó a convencer a sus padres tras una larga insistencia, y de esta forma se las arregló para disfrazarse de chico y así poder cumplir su sueño de ir a la escuela.

    En la escuela conoció a un joven llamado Liang Shanbo, con el que compartió habitación. Empezó una gran amistad entre ambos y con el paso del tiempo Zhu Yingtai acabó enamorándose de él.

    Sin embargo, un día Zhu Yingtai recibió la trágica noticia de que su padre había enfermado y tenía que regresar a casa. Antes de dejar la escuela, la joven le entregó a una profesora un precioso abanico de jade para que se lo entregara a Liang Shanbo y supiera quién era ella y su amor hacia él.

    El día que dejó la escuela, Liang Shanbo la acompañó gran parte del trayecto a su casa y durante el camino, la joven trató sin éxito de hacerle ver cuál era su verdadera identidad. Viendo que Shanbo no entendía sus mensajes, decidió inventarse la historia de que tenía una hermana gemela ofreciéndole su mano al joven, que prometió visitarla.

    Cuando la joven llegó a su casa su padre se había recuperado, pero la buena noticia rápidamente se desvaneció cuando su padre le dijo que había aceptado una propuesta de matrimonio para ella, y que se iba a casar con un noble llamado Ma Wencai. Zhu, muy triste por la situación, no tuvo más remedio que aceptar la decisión de su padre.

    Cuando Liang Shanbo recibió el abanico y descubrió quién era realmente Zhu Yingtai, fue corriendo a su pueblo a buscarla. Sin embargo, ya era demasiado tarde, ella estaba comprometida. El joven entristeció enormemente al conocer la situación de su amada y maldijo el error de no haberse dado cuenta a tiempo. Los dos jóvenes se abrazaron y juraron que nadie sería capaz de destruir el amor que sentían el uno hacia el otro y estarían juntos para siempre.

    Liang Shanbo regresó a su casa, pero no pudo superar la inmensa tristeza que le invadió el pensar estar separado de su amada. Y tras una profunda depresión, enfermó y murió.

    Llegó el día de la boda de Zhu, y de camino a su nuevo hogar, de repente se levantó un gran vendaval que hizo que ella y todos los invitados que la acompañaban tuvieran que pararse. Justo allí se encontraba la tumba de Liang Shango. La joven no dudó en acercarse a la tumba y empezó a llorar desconsoladamente, pronunciando el nombre de aquel chico al que había jurado amor eterno. De repente, apareció un agujero en la tumba, y Zhu se precipitó en su interior. Los invitados a la boda vieron cómo salían de la tumba dos mariposas gigantes, que volaban alegremente.

    Las dos mariposas eran las almas libres de Zhu y Liang, que se dirigían hacia el cielo. Volaban juntos, felices, ahora ya nadie ni nada podría separarlos. Su amor sería eterno. Para siempre.

    (Historias chinas antiguas)
    Ustedes creen en el amor eterno? En ese encuentro único y jamás se borra de su mente y corazón?.. Les contaré una pequeña historia..LA LEYENDA DE LOS AMANTES MARIPOSA Zhu Yingtai es una chica muy inteligente que quería aprender e ir a la escuela. Sin embargo, en aquella época la mujer no lo tenía fácil y no podía tener acceso a la educación más allá de la que podía recibir en su casa. A pesar de las dificultades, llegó a convencer a sus padres tras una larga insistencia, y de esta forma se las arregló para disfrazarse de chico y así poder cumplir su sueño de ir a la escuela. En la escuela conoció a un joven llamado Liang Shanbo, con el que compartió habitación. Empezó una gran amistad entre ambos y con el paso del tiempo Zhu Yingtai acabó enamorándose de él. Sin embargo, un día Zhu Yingtai recibió la trágica noticia de que su padre había enfermado y tenía que regresar a casa. Antes de dejar la escuela, la joven le entregó a una profesora un precioso abanico de jade para que se lo entregara a Liang Shanbo y supiera quién era ella y su amor hacia él. El día que dejó la escuela, Liang Shanbo la acompañó gran parte del trayecto a su casa y durante el camino, la joven trató sin éxito de hacerle ver cuál era su verdadera identidad. Viendo que Shanbo no entendía sus mensajes, decidió inventarse la historia de que tenía una hermana gemela ofreciéndole su mano al joven, que prometió visitarla. Cuando la joven llegó a su casa su padre se había recuperado, pero la buena noticia rápidamente se desvaneció cuando su padre le dijo que había aceptado una propuesta de matrimonio para ella, y que se iba a casar con un noble llamado Ma Wencai. Zhu, muy triste por la situación, no tuvo más remedio que aceptar la decisión de su padre. Cuando Liang Shanbo recibió el abanico y descubrió quién era realmente Zhu Yingtai, fue corriendo a su pueblo a buscarla. Sin embargo, ya era demasiado tarde, ella estaba comprometida. El joven entristeció enormemente al conocer la situación de su amada y maldijo el error de no haberse dado cuenta a tiempo. Los dos jóvenes se abrazaron y juraron que nadie sería capaz de destruir el amor que sentían el uno hacia el otro y estarían juntos para siempre. Liang Shanbo regresó a su casa, pero no pudo superar la inmensa tristeza que le invadió el pensar estar separado de su amada. Y tras una profunda depresión, enfermó y murió. Llegó el día de la boda de Zhu, y de camino a su nuevo hogar, de repente se levantó un gran vendaval que hizo que ella y todos los invitados que la acompañaban tuvieran que pararse. Justo allí se encontraba la tumba de Liang Shango. La joven no dudó en acercarse a la tumba y empezó a llorar desconsoladamente, pronunciando el nombre de aquel chico al que había jurado amor eterno. De repente, apareció un agujero en la tumba, y Zhu se precipitó en su interior. Los invitados a la boda vieron cómo salían de la tumba dos mariposas gigantes, que volaban alegremente. Las dos mariposas eran las almas libres de Zhu y Liang, que se dirigían hacia el cielo. Volaban juntos, felices, ahora ya nadie ni nada podría separarlos. Su amor sería eterno. Para siempre. (Historias chinas antiguas)
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  • En los frondosos bosques, en sus coloridos campos de flores, reposa una criatura imponente pero hermosa. De espeso pelaje y llamativos ojos bicolor.
    Es un animal noble y puro al que le rodea un aroma dulce pero sutil. ¿Vendrá de las flores de las que hizo su lecho? Lo cierto era que no.
    ¿Acercarte? ¿Tocarle? Sí, podrías verte tentado a ello dada su aparente actitud pacífica pero cuidado, pues podrías perder una mano.
    En los frondosos bosques, en sus coloridos campos de flores, reposa una criatura imponente pero hermosa. De espeso pelaje y llamativos ojos bicolor. Es un animal noble y puro al que le rodea un aroma dulce pero sutil. ¿Vendrá de las flores de las que hizo su lecho? Lo cierto era que no. ¿Acercarte? ¿Tocarle? Sí, podrías verte tentado a ello dada su aparente actitud pacífica pero cuidado, pues podrías perder una mano.
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    —𝕿𝖍𝖊 𝕶𝖎𝖓𝖌'𝖘 𝕭𝖚𝖗𝖉𝖊𝖓.

    El aire en Camlann era pesado, no por la lluvia que pronto caería, sino por el peso de las vidas que había tomado y el peso del futuro que yo, como Rey, debía cargar.
    Me llamaron el "Rey de los Caballeros". No era un título que buscara, sino una carga que acepté. Desde el momento en que saqué a Caliburn de la piedra, dejé de ser una persona. Dejé de ser una niña, una mujer, o cualquier cosa que pudiera sentir calidez. Me convertí en un símbolo, en la espada. Y la espada no tiene emociones.
    Mi primer sentimiento fue la soledad. Al tomar la corona, el mundo de los humanos se cerró para mí. Los vi sonreír, amar, llorar por cosas pequeñas, y yo solo podía mirarlos desde la distancia, envuelta en mi armadura plateada. Debía ser fuerte, inquebrantable, por ellos. Si yo mostraba debilidad, el reino caería. Por eso, enterré mi corazón bajo promesas de hierro.
    Luego vino la esperanza. Cuando reuní a mis Caballeros de la Mesa Redonda, pensé que mi sueño era posible. Lancelot, Gawain, Bedivere... eran los pilares de Camelot, la prueba de que la nobleza existía. Por un tiempo, creí que ese momento dorado duraría para siempre. Creí que podríamos crear una utopía donde la gente no sufriera.
    Pero la esperanza dio paso al dolor. Vi a Lancelot caer, a Gawain perder la fe, y, finalmente, vi la traición de Mordred, mi propia sangre. Me esforcé tanto en ser el rey perfecto, en seguir cada norma, en no cometer ni un solo error, que fallé en lo más importante: la humanidad. Fui un rey, pero nunca fui un padre, ni una amiga, ni una esposa. Solo fui una máquina para dirigir.
    Enfrentar a Mordred en Camlann no fue una batalla; fue la ejecución de mi propio ideal. Mientras alzaba a Excalibur, no sentía ira, solo una profunda y desgarradora tristeza. La luz de mi espada era la luz que borraba mi error, el error de haber creído que podía negar mi propia naturaleza para salvar a otros.

    《("El deseo de ganar ya no estaba allí. Solo la necesidad de terminar. De pagar el precio por el sueño roto.")》


    Cuando la luz de Excalibur se desvaneció, y yo caí, herida de muerte, sentí, por primera y última vez bajo la armadura, una punzada de alivio. Alivio de que el trabajo había terminado. Alivio de poder devolver la espada, el símbolo de mi carga, al lago.

    Y al final, mientras Bedivere me veía morir, no lamenté la muerte. Lamenté mi vida. Mi último pensamiento no fue para el reino o la gloria, sino un simple y vano deseo:

    —Ojalá nunca hubiera sido Rey. Ojalá hubiera podido vivir como una persona normal, y no como una espada.—

    Morí en paz, al menos, sabiendo que, aunque mi sueño fue una tragedia, cumplí mi juramento. Y ese es el único consuelo que un rey puede llevarse.
    —𝕿𝖍𝖊 𝕶𝖎𝖓𝖌'𝖘 𝕭𝖚𝖗𝖉𝖊𝖓. El aire en Camlann era pesado, no por la lluvia que pronto caería, sino por el peso de las vidas que había tomado y el peso del futuro que yo, como Rey, debía cargar. Me llamaron el "Rey de los Caballeros". No era un título que buscara, sino una carga que acepté. Desde el momento en que saqué a Caliburn de la piedra, dejé de ser una persona. Dejé de ser una niña, una mujer, o cualquier cosa que pudiera sentir calidez. Me convertí en un símbolo, en la espada. Y la espada no tiene emociones. Mi primer sentimiento fue la soledad. Al tomar la corona, el mundo de los humanos se cerró para mí. Los vi sonreír, amar, llorar por cosas pequeñas, y yo solo podía mirarlos desde la distancia, envuelta en mi armadura plateada. Debía ser fuerte, inquebrantable, por ellos. Si yo mostraba debilidad, el reino caería. Por eso, enterré mi corazón bajo promesas de hierro. Luego vino la esperanza. Cuando reuní a mis Caballeros de la Mesa Redonda, pensé que mi sueño era posible. Lancelot, Gawain, Bedivere... eran los pilares de Camelot, la prueba de que la nobleza existía. Por un tiempo, creí que ese momento dorado duraría para siempre. Creí que podríamos crear una utopía donde la gente no sufriera. Pero la esperanza dio paso al dolor. Vi a Lancelot caer, a Gawain perder la fe, y, finalmente, vi la traición de Mordred, mi propia sangre. Me esforcé tanto en ser el rey perfecto, en seguir cada norma, en no cometer ni un solo error, que fallé en lo más importante: la humanidad. Fui un rey, pero nunca fui un padre, ni una amiga, ni una esposa. Solo fui una máquina para dirigir. Enfrentar a Mordred en Camlann no fue una batalla; fue la ejecución de mi propio ideal. Mientras alzaba a Excalibur, no sentía ira, solo una profunda y desgarradora tristeza. La luz de mi espada era la luz que borraba mi error, el error de haber creído que podía negar mi propia naturaleza para salvar a otros. 《("El deseo de ganar ya no estaba allí. Solo la necesidad de terminar. De pagar el precio por el sueño roto.")》 Cuando la luz de Excalibur se desvaneció, y yo caí, herida de muerte, sentí, por primera y última vez bajo la armadura, una punzada de alivio. Alivio de que el trabajo había terminado. Alivio de poder devolver la espada, el símbolo de mi carga, al lago. Y al final, mientras Bedivere me veía morir, no lamenté la muerte. Lamenté mi vida. Mi último pensamiento no fue para el reino o la gloria, sino un simple y vano deseo: —Ojalá nunca hubiera sido Rey. Ojalá hubiera podido vivir como una persona normal, y no como una espada.— Morí en paz, al menos, sabiendo que, aunque mi sueño fue una tragedia, cumplí mi juramento. Y ese es el único consuelo que un rey puede llevarse.
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